Capítulo 7
CELOS
"Los celos con sus propias flechas se hiere"
–Anónimo
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A la hora acordada, Peter estaba esperando en las afueras de su apartamento con puntualidad de militar. Sin embargo, dos horas antes, batalló ante la odiosa perspectiva de lo que debería ponerse para almorzar con el señor Stark.
PP
¿Qué tan elegante es River Café?
1:01 pm
A comparación de Luciano´s.
1:01 pm
TS
15 por ciento menos elegante.
1:02 pm
PP
¿Es decir…?
1:02pm
TS
Es decir, que uses lo que se te venga en gana.
1:02pm
Aquello no agilizó la toma de decisiones. Al final, y con el reloj haciendo tic-tac, optó por una camisa blanca abotonada, y los pantalones y zapatos negros que usó para la boda. Peinó su cabello escrupulosamente hacia atrás, y sonrió ante los resultados. Casi lucía como si hubiera dormido la noche anterior.
Su teléfono volvió a parpadear.
Peter observó con cierto desdeño que se trataba de MJ y Ned. Ese par se había quedado largo excusas: una batería baja y un reproche en medio de una clase, que desembocó en el celular siendo arrebatado. Ambos lo sentían inmensamente. Peter, por su parte, no estaba molesto, pero eligió castigarlos en la medida de su desesperación pasada.
Por supuesto que ya les había explicado en un mensaje de texto lo sucedido. Sin embargo, él se quedó corto en detalles y largo en indiferencia. Ya tendría tiempo para ellos.
Mientras tanto, la limosina había llegado.
Atrajo las miradas de varios cuando se puso delante de Peter, pues era un momento de bullicio en la zona. La puertezuela se abrió (se deslizó, en realidad) y el olor a refinamiento comenzó a permear el aire libre de Queens.
Adentro no se encontraba el señor Stark, por buena o mala suerte.
Después de un viaje de 32 minutos, la limosina aparcó frente al restaurante más bonito que había visto Peter. Tuvo que detenerse para admirarlo.
Constaba de un espacio lleno de flores y arbustos, con la luz del día empleada a modo de iluminación gratuita, sillas y mesas al aire libre, y unas ventanas tan grandes y limpias que confundiría a más de uno al querer atravesarla.
Tenía dos pisos, y cuando llegó arriba, guiado por el hostess, Peter volvió a detenerse para empaparse de la vista. El ruido, las voces, las conversaciones, los meseros, la música de jazz… lo asaltaron. Y los problemas, la incertidumbre de varios días, Wade, las horas junto a él, … todo se disipó como la niebla bajo la luz del sol.
El señor Stark lo estaba esperando en la mesa más apartada, casi escondida entre plantas, y le ofrecía una cálida sonrisa; traje con doble botonadura, chaleco interior, reloj de bolsillo.
Miles de mariposas aletearon en el vientre de Peter.
Tomó asiento, y casi de inmediato la carta fue puesta delante de él para que revisara el menú. En lugar de ello, se dedicó a corresponder la sonrisa y a admirarlo con cierta timidez. A su izquierda, la costa de Brooklyn resplandecía.
—Agradable, ¿no?
—Mucho —coincidió Peter—. Creí que, para lugares como éstos, había que reservar con semanas de anticipación fuera de temporada. Pero que en mayo no puedes conseguir una mesa ni pagando con sangre.
—Sólo tienes que donarles un cuarto de litro. O ser el dueño del restaurante.
Peter, que ya nada le sorprendía de aquel hombre, asintió conforme. Era exactamente el estilo de Tony, recordó. Algo ostentoso y muy caro. Inalcanzable para Peter. Que la metáfora se aplicara también al hombre, ya era otra cosa distinta.
Extendió la carta y leyó los platillos con nombres e ingredientes apetitosos.
—¿De qué tienes hambre? —preguntó Tony, luego de un lapso de silencio—. Recomiendo especialmente la pasta. O la langosta. Pidamos langosta —al parecer Tony ya había elegido por los dos. A Peter no le importó.
—Bueno.
Como dio por sentado la decisión, apartó el menú y miró alrededor de la estancia, con una luz brillante por el cielo despejado, y pensó que en la noche sería tan íntima, tan romántica. Vio flores, no sólo sobre la mesa, sino también sobre un aparador tallado y en el jardín. Llenaban el cuarto de una fragancia sutil. La música impregnaba el aire.
—Chardonnay seco —pidió Tony al mesero cuando éste se acercó—. Y para el joven…
Peter hizo ademán de revisar otra vez la carta, pues en realidad no había pensado en la bebida.
—Tendrá lo mismo que yo. Y ya que estamos en similitudes, ambos comeremos la langosta.
—Excelente decisión, señor —dijo el mesero, al tiempo que les servía el vino en unas copas largas—. Tardará un poco en hervirse, pero le aseguro que valdrá la espera.
Cuando el mesero se alejó, hubo otro lapso de silencio. Peter ya se estaba acostumbrado a la incomodidad que inducía el compartir un mismo espacio con Tony.
Stark empezó por aclararse la garganta antes de hablar.
—Obviando la tensión palpable en el ambiente que revuelve el estómago, ¿cómo estás?
Una sonrisa aleteó en los labios de Peter.
—Bien, bien. Creo. No excelente, pero… ¿Y usted?
—He tenido mejores momentos.
Quizá no pudieran volver a la amistad fácil que habían compartido antes... antes de la noche en la que había pasado su lengua por ciertos lugares bajo los ojos vigilantes del señor Stark. Pero podrían intentarlo, ¿no? Peter tenía que intentarlo.
—Quiero disculparme por mi comportamiento de antes. De mucho antes —soltó, triturando una servilleta con los dedos—. En especial por lo que pasó en mi apartamento —masculló—. No tenía derecho…lo que hice estuvo mal y…
—Mira, yo no te pedí que te detuvieras, ¿o sí? —cortó el señor Stark—. Soy tan culpable como tú. Puede que incluso más.
—Pues, técnicamente sí lo hizo —rebatió Peter—. Sí pidió que me detuviera, pero yo no quise escucharlo.
Había rememorado la noche tantas veces en su cabeza que podía estar seguro de lo que decía. Tony sí le pidió que se detuviera, pero el calor del momento fue demasiado intenso, y acabó por diluir todo razonamiento.
El señor Stark no estaba tan convencido.
—Yo…puede que no me acuerde de cada singular detalle, pero no tiene importancia porque-
—Tiene mucha importancia porque yo-
—No quería que te detuvieras.
Los pensamientos de Peter se desviaron de su propósito original y frenaron en seco.
—¿Qué?
—Deseé que continuaras hasta el final. Creo que nunca había deseado algo con tanta fuerza en mucho tiempo. Debí querer que te detuvieras, pero no fue así —sacudió la cabeza—. Y justamente contigo. No estuvo bien. Especialmente porque eres tú.
Peter quería preguntar qué rayos significaba aquello, cuando…
—Tengo que diferir en eso —dijo una voz. Peter levantó los ojos y distinguió una figura, la identidad de la cual no ofrecía ninguna duda—. Es precisamente porque se trata de este niño guapo que de manera instantánea lo vuelve todo tan bien, incluso cuando está mal.
Era Wade.
—¿Puedo? —Sin esperar respuesta, ya se había sentado en el lugar que estaba en medio de Peter y Tony—. Gracias. ¡Qué lugar más encantador! Perfecto para darle de comer a los patos. ¿Alguien tiene pan?
Wade vestía una playera grande con estampados de marihuana, y la misma cadena de plata con su nombre grabado en el cuello. Le guiñó un ojo a Peter, y él pudo notar cómo palidecía y cómo le regresaba luego la sangre al rostro de golpe, como fuego debajo de la piel.
—¿Q-qué estás…? ¿Por qué estás…? ¿Cómo es que…?
—Eres tan adorable cuando te trabas —Le sonrió pícaramente y se volvió para tenderle la mano a Tony—. Hola, soy Wade Wilson. Hablamos por teléfono.
—Lo sé. Reconozco tu voz —contestó él, sin corresponder el saludo. Examinaba a Wade con una aversión evidente—. Y no pretendo sonar como un disco rayado, pero tendré que reanudar las preguntas de mi pupilo. ¿Por qué estás aquí y cómo…? Oh, por supuesto…
La sonrisa de Wade se ensanchó, mientras que la irritación de Tony fue en aumento.
—Eres descuidadamente específico —comentó Wade con alegría, retirando la mano que Tony se rehusó a estrechar—. La próxima vez que reveles direcciones por teléfono, verifica quién está al otro lado de la línea.
—No me digas. Lo tendré en mente —replicó el señor Stark, su tono era tajante y frío, su ceja izquierda estaba alzada en modo despectivo—. Sin duda el epítome del saber. Puedes irte en paz.
—Ah-ah-ah. No tan rápido —levantó un dedo—. Vine hasta aquí para darle a este dulce muñeco algo importante.
Hurgó en el bolsillo trasero de su pantalón y luego le extendió a Peter una billetera roja.
—Ten, la olvidaste anoche en mi casa.
Lo que sea que Wade estaba tramando era incomprensible para Peter. Esa no era su billetera: la suya estaba resguardada en su propio pantalón, y cabe añadir que de ella nunca se desprendía, pues fue un regalo de su tío Ben.
Y el hecho de que Wade mencionara que la había dejado en su casa…
—E-esa, uh, esa es, no es… —balbuceó, sonrojándose de un modo lastimoso.
—También olvidaste el paquete de condones con sabor a cereza —A Peter se le desorbitaron los ojos—. Pero supuse que resultaría indecoroso enseñarlo en un lugar tan refinado. ¿Cuándo lo quieres devuelta? Quedan pocos, por todo el uso que le dimos, pero son funcionales.
Peter se sintió como aquella langosta hervida al vapor que habían ordenado. El calor iba en aumento, a la par con la vergüenza. Y como no podía más con los bochornos, estampó las dos manos sobre su rostro, con la sensación de que su estómago resbalaba hacia un acantilado. Murmuró "Oh, dios. Oh, dios".
Luego se llevó las manos al pelo y lo revolvió con ahínco, sintiendo los ojos de Tony puestos en él, y seguro de que su agitación emocional estaba escrita claramente en toda su cara.
—Wade… —empezó; su bufido destilaba frustración.
—Antes de que digas lo que vas a decir, revisa tu teléfono —le instó él.
Eso hizo Peter, titubeando al principio. Después leyó.
W
Hola encanto.
Prepárate para una visita exprés.
3:21 pm
Sígueme la corriente.
3:21 pm
Comprobaremos qué tan celoso puede llegar a ser un hombre casado.
Si el experimento no funciona, serás todo mío ;)
3:22 pm
Dirigió la mirada a Wade, que estaba sonriendo con tajos de complicidad, y luego al señor Stark, que derrochaba caudales de hostilidad. Las puntas de las orejas de Peter se le pusieron más rojas, y se arrellanó en el asiento con una sensación de vértigo.
—¿Ahora recuerdas? —inquirió Wade con tono significativo—. Dijiste que necesitabas la billetera hoy mismo. Los condones no te urgían. Tanto.
—A-ahh —logró articular.
En ese momento, llegó el camarero.
—¿Tenemos otro invitado? —preguntó de manera afable—. ¿Qué beberá?
—Nada, porque ya se iba —dictaminó Stark—. Billetera entregada. Condones en espera. Yo diría que misión cumplida, ¿no?
—En efecto —respondió Wade—. Aunque me encantaría quedarme a charlar con ustedes, gracias. Tendré un Vodka Martini con olivas, buen señor —dijo al mesero, luego se volteó hacia Peter—. Como en nuestra primera cita, ¿recuerdas, cariño?
—Hum…
—Lo siento, pero quizá no has comprendido bien —la voz de Tony sonaba ácida como un limón—. Esta es una conversación privada. O lo era, hasta que llegaste. Apreciaríamos mucho si nos dejaras continuar.
Por alguna razón, sin embargo, eso hizo que Wade sonriera y se recostara contra la silla
El mesero alternó la vista entre ambos hombres.
—Voy a… regreso en un rato, caballeros.
Durante la pausa que siguió, Peter tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no morderse el labio.
El repentino cambio en la atmósfera era inquietante, por decirlo menos, y Peter deseó simplemente poder irse. Aunque también estaba espoleado por la curiosidad. ¿El señor Stark estaría celoso por Wade Wilson? ¿O era meramente el instinto al desagrado que Wade inspiraba lo que lo ponía tan hostil? Peter podía entender lo segundo. Aquel hombre tenía una personalidad repelente. Y para dos sujetos que deben estar acostumbrados a tener la balanza del poder de su lado…
En cambio, si fuera lo primero…A Peter se le aceleró el corazón de sólo pensarlo.
—¿Sabes cuál es tu problema? —preguntó Wade luego de unos segundos de incómodo silencio.
—Realmente espero que me lo digas.
—No has probado sus labios —Le puso a Peter una mano encima del hombro—. Son estupendos. Pero esa es sólo mi opinión, y dicen que la doy con demasiada frecuencia.
Tony se rio falsamente.
—Apuesto a que sí —Su voz se había congelado, y justo bajo el hielo había un enfado latente.
—Quiero decir; son increíbles —continuó Wade, dirigiéndose a Tony, pero mirando sólo a Peter—. Suaves, aterciopelados, deliciosos. Y perdona mi vulgaridad —se volvió hacia Tony—: Pero tiene un culo de primera categoría.
Peter notó que un ruidito ahogado le subía por la garganta, pero lo sofocó al llegar a la boca. Su corazón era como un exaltado redoble de tambor en los oídos. Sin embargo, no podía perder el tiempo en sus propias reacciones: tenía que fijarse en las del señor Stark. Lo observó con disimulo.
Por su parte, en él había calma, aunque por debajo se notaba la ira: tenía los ojos colocados en Wade, sin pestañear, y la mandíbula rígida.
—¿Esa es meramente una declaración de los hechos o tienes algún punto? —preguntó fríamente.
—Tengo un punto G. ¡Oh, tú te refieres a…!, claro. Mi punto es que te haría bien probarlo de vez en cuando. No mi punto G. El caramelo aquí presente —frotó el hombro de Peter hasta rozar el cuello—. Yo lo hice anoche —sus dedos acariciaron el lóbulo de la oreja—. Hasta que nos interrumpiste. Estuvimos a punto de aventarnos todo el kamasutra.
—Mis condolencias.
—Fue una pena. ¿Verdad, hermoso?
—Hum…
—Nos dolió en el alma. Gracias a dios que luego volvimos a las amordazadas, el sexo por detrás, y el porno entre payasos.
Los labios de Peter no pudieron evitar curvearse. En cambio, los de Tony escupieron una pregunta.
—¿Siempre eres así de imbécil o ahora te estás esforzando?
—Eso es debatible. Algunos dicen que no tengo filtros entre mi cabeza y mis bol- ¡Guau, mira la hora! —chilló Wade, mirando su reloj—. Olvidé que tengo un compromiso terriblemente importante y para nada inventado que dura todo el día. Hasta la vista, primor —le dijo a Tony, levantándose—. A ti te veré en la noche, guapo —le dijo a Peter—. Mi casa, ¿a las diez? No puedo esperar.
Entonces le plasmó un sonoro beso en la mejilla. Dio media vuelta y salió campante de allí, con el andar de un hombre despreocupado.
—Un gran partido —comentó Stark, tras un momento de silencio. Veía la dirección por donde Wade se había esfumado—. Y yo pensé que tenías malos gustos en hombres —se giró hacia Peter—. Como, por ejemplo, oh, no lo sé: inteligentes, maduros, o de tu propia edad. Alguna atrocidad de ésas. Pero me has callado la boca con Wade. Estaba equivocado sobre ti.
En su tono había algo obviamente mordaz, pero también había algo frío y brusco, que hizo que Peter se sintiese pequeño. Para contrarrestarlo, optó por tomar un sorbo de vino, y centró la mirada en el señor Stark.
—No es del todo malo —masculló.
Porfiaba por explicarle lo que en verdad había pasado con Wade la noche anterior (o lo que no había pasado), pero quería ver hasta dónde podía llevar la farsa. Hasta dónde podía extender la mentira y dejar al descubierto los celos. Porque eran celos, ¿cierto? Así parecían. Eso creía. Porque si fuera el instinto paternal hablando, no estaría siendo sarcástico, pensaba Peter. Estaría receloso hacia Wade, cierto, y también le pregonaría a Peter diversas razones para no salir con alguien como él, pero lo haría desde un posición preocupada y afable.
Al contrario de todo eso, rechinaba ira y exhumaba fingida indiferencia.
—¿No del todo malo? Bueno, si tú lo dices —se burló—. Tiene en la frente un cartel que dice: «Soy un perfecto imbécil problemático». Pero si a ti te gusta, ¿quién soy yo para juzgar?
Peter se sentó un poco más recto, se aclaró la garganta, y con la cara enrojecida dijo:
—Sí, me gusta.
—Magnífico. Estoy feliz por ustedes. ¿En qué estábamos? Oh, es verdad —apoyó la mejilla sobre su puño izquierdo—. Algo sobre que lamentabas haberme chupado la polla, dos noches atrás —Peter se sintió helado—. Creo haberte escuchado decir algo como eso en mi oficina, antes de que hicieras una salida dramática. Pero basta de eso —meneó la mano—. Lo que yo quiero es saber cuándo llegará la langosta que orde-
—¡Pero qué torpe soy! —exclamó Wade, que había entrado de nuevo al restaurante, y se dejó caer en la silla que antes había ocupado—. ¡Olvidé exponer mi último argumento! ¿Me conceden dos segundos? Peter…—elevó los ojos al cielo, como tratando de recordar su línea del libreto—. Peter es la perfecta combinación de salvajemente adorable e increíblemente sexy —recitó—. Ya ésta. Nos vemos más tarde, dulzura.
Otra vez se levantó. Dio a Peter una palmadita coqueta en una mejilla, y se besó los dedos en dirección a Tony.
Ambos se quedaron viendo la dirección por donde Wade se había ido otra vez.
—Bueno, eso fue…
—Raro —tuvo que admitir Peter.
—No. Raro es que desaparezca tu control remoto. Él es su propio circo de fenómenos.
—Sí.
Los ojos de Peter cruzaron con los de Tony y luego ambos bajaron la mirada.
El desconcierto abrió paso a la vergüenza y la incomodidad. Por espacio de varios segundos, nadie dijo nada.
Quizá fuese el momento de contar la verdad, pensó Peter. Aquello no estaba resultando bien. Todo lo que hacía lo alejaba más del señor Stark, y eso era lo último que él deseaba. Experimento terminado.
—Hum…Señor Stark. Tengo que decirle algo. En realidad no me-
—Pero vaya, ¡que despistado soy! —exclamó Wade apareciendo. Otra vez. ¿A qué diablos estaba jugando?—. Creo que dejé algo en la billetera. Algo personal. ¿Te importaría si-
—Bien, ya fue suficiente —Tony se levantó de la silla; tono calmado, irritabilidad palpable—. Tienes cinco segundos para despejar el área, antes de que llame a seguridad de mi restaurante. Será agradable ver cómo te sacan a patadas.
—No olvides la cámara. Pero primero, ¿la billetera? —extendió la palma abierta hacia Peter.
—La basura que hayas dejado ahí dentro podrás recuperarla luego. Necesito que te vayas ahora.
—Oh, no te preocupes, lo haré. Cariño, la billetera, si eres tan amable —le dijo a Peter, chasqueando los dedos repetidamente.
Por primera vez, desde que lo conocía, Wade no parecía estar bromeando. Tenía una expresión pétrea, incluso tensa. Peter no pensaba a llevarle la contraria. Con una mano iba sacar la billetera del pantalón, cuando…
—Peter, no le des nada.
Mierda. Órdenes del señor Stark. A él tampoco podía llevarle la contraria. Peter se hallaba en medio una paradoja sin salida.
—Primor, si continúas cruzándote en mi camino, te convertirás en el blanco más accesible de mis iras —dijo Wade, con tono pomposo.
—Fui el blanco de una organización terrorista dedicada a la destrucción de la paz mundial, y salí ileso. En cambio, ellos no. Creo que puedo manejarte. ¡Seguridad! —Tony jamás alzaba la voz, pero lograba transmitir su mal humor y su autoridad con la mayor efectividad.
Para pronto, dos hombres corpulentos y fornidos aparecieron. Se colocaron detrás de Wade y casi les faltó tronarse los puños para mayor efecto amenazante.
—Ahora veo en qué clase de avispero me he metido —exclamó Wade, volteando a su alrededor sin lucir nada preocupado—. Yo nunca inicio peleas, soy un simple alborotador. Pero también sé elegir mis batallas, y me declaro vencido. Por ahora.
—Acompáñenos.
—Ya, pero trátenme con delicadeza.
Wade se dejó agarrar por los hombros y no opuso resistencia cuando le encaminaron a empujones hacia la salida. Por última vez.
El señor Stark no volvió a sentarse.
—Vámonos, chico —dijo tajante.
—Pe-pero la langosta…
—Apetito arruinado —El tono del señor Stark sugirió que no había lugar para debate—. Levanta tu trasero y ponte en marcha.
Los coches pasaban a una velocidad de vértigo, como meros borrones sin contorno. ¿O era Stark quien manejaba tan apresurado? Sí, él era. Peter se aferró con los dedos al asiento del copiloto y dejó que su cabeza pegara hacia atrás por la fuerza del movimiento propulsado hacia delante.
Un auto deportivo rojo corría por el puente de Brooklyn, excediendo todos los coches a su camino y unas cuantas normas viales.
Por supuesto, nadie decía nada.
"Señor, su esposa le está marcando". Fue la Inteligencia Artificial quien tuvo que romper el silencio.
Tony resopló.
—Ahora no es el momento, JARVIS.
"Es la cuarta vez que llama. ¿Debería confirmarle que se encuentra con el señor Parker, para que no se sienta…preocupada?"
—No. No le digas eso.
Peter se volteó a Tony para mirarlo. Él tenía el gesto fruncido, y los puños apretados sobre el volante.
—Dile que estoy ocupado —dijo al cabo de lo que pareció una lucha interna—. Que no volveré en un par de horas. Y activa el Piloto Automático. Déjame ver esa billetera.
La última instrucción era para Peter.
Con dedos nerviosos, él la sacó de su bolsillo, mientras que observó al volante del auto cobrando vida y transitando por sí solo la carretera, a una velocidad mucho más prudente que su verdadero piloto.
Tony separó el asiento y se giró hacia Peter. Le arrebató la billetera de las manos. La abrió.
A primeras luces parecía vacía. Peter imaginó que encontrarían algo de increíble valor, o de tintes escandalosos, conociendo a Wade como lo conocía. Pero no. Tan sólo guardaba unas pocas tarjetas y cupones de regalos. Nada que pareciese importante.
—Un poco vacía para usarla de cartera, Parker —observó Tony—. ¿O acaso tengo que acusar a tu novio de robo?
—No es mía.
Tony lo miró.
—¿Qué?
Peter tragó saliva.
—No es mía. Wade la utilizó de excusa para… —«para ponerlo celoso»—, para verme.
El señor Stark arqueó una ceja.
—Una estrategia un poco rebuscada, ¿no crees? Seguro que podían verse a solas más tarde.
—No… él, uh, hum…
Se sintió acobardado cuando el señor Stark entrecerró los ojos, sospechando.
—Bueno, ya me lo dirás luego.
Tony cruzó una pierna con la otra y se dispuso a examinar cada una de las tarjetas delante de Peter. Eran cuatro: tres cupones de lo parecía una fabulosa promoción en la Casa del Yogurt, y una sencilla tarjeta de presentación dorada.
Aquella fue la que captó la atención del señor Stark.
Tenía escrito el nombre "Garrett, Jeremy" sobre la parte de en medio de la tarjeta, y el dibujo de un árbol blanco en la parte posterior.
—¿JARVIS, amigo?
"Lo tengo, señor." Unos segundos después, apareció en la pantalla frontal del auto la imagen de un chico pelirrojo, lleno de barros, y con cara de poca cosa. "Jeremy Garrett, de 25 años, proveniente de Manhattan. Era repartidor de pizzas."
—¿Era?
"Hace cuatro días renunció a su puesto"
—¿Motivo?
"El sistema sólo me arroja Asuntos Personales".
—Dame un perfil con base a análisis de redes sociales. Y establece una relación tangible entre Jeremy y Wade Wilson —añadió, enviándole a Peter una mirada rápida.
"A la orden, señor". Por espacio de algunos segundos, JARVIS guardó silencio, probablemente acatando la orden con más velocidad de la que Tony usaba para conducir. Al final habló. "Jeremy presenta pocas relaciones significativas y una incapacidad latente para la comunicación. Es miembro activo en varias comunidades de taxidermia, arte pornográfico y edición de video. Con relación a Wade Wilson, sólo puedo decir que ordenó una pizza del establecimiento donde Jeremy trabajaba. Hace cinco días.
—¿Cinco días? ¿Quieres decir que un día después, Jeremy renunció a su puesto?
"Sí, señor.
—Interesante.
"También…"
—¿Sí?
—Hace cuatro días que ya no revela actividad en Twitter, Instagram, ni Tumblr; sus páginas de internet predilectas.
—Eso es aún más interesante… ¿Qué me dices del árbol que está dibujado en la tarjeta?
"De momento, desconozco el significado. Mi base de datos buscará coincidencias, pero puede tomar tiempo"
—Has hecho un buen trabajo. También busca información sobre Wade Wilson, pero eso déjalo para más tarde. Activa el piloto manual, quiero conducir.
Mitad impresionado, Peter se preguntó si la inteligencia de JARVIS conocía algún límite. La otra mitad estaba ligeramente atemorizado.
—Bueno, el apetito me ha regresado. Espero que no te moleste Burger King.
Dicho eso, pisó el acelerador a fondo.
El olor a comida rápida embargó el lujoso auto del señor Stark, pero Peter no se sintió culpable al apestarlo. Estaba hambriento. Y también muy curioso. El temor lo superó fácilmente gracias a las papas a la francesa.
—¿Cree que Wade tenga algo que ver con Jeremy? —preguntó antes de darle un mordisco a su Whopper grande con extra queso y tocino. A través de la ventana, vio pasar a una familia con niños cerca del auto, estacionados en Burger King dos cajones a la izquierda.
—¿Viste la manera en que se ensañó por su cartera? —El señor Stark degustaba su combo doble a la parrilla, por lo tardó en añadir—: Esconde algo, y es en relación a esa tarjeta.
—¿Pero usted cree que… —terminó de masticar y tragó—, que le haya hecho algo a Jeremy? Lo insinuó…
—Quién sabe —le dio un sorbo a su vaso grande de coca antes de continuar—: JARVIS lo buscará en su base de datos. Aunque, si el tipo aparece muerto, ya contamos con un sospechoso.
A Peter lo recorrió un escalofrío involuntario.
—¿Habla de usted y JARVIS, o estoy incluido?
—Estás incluido, mi querido Watson —Peter no pudo evitar sonreír ante ello. Aunque segundos después, la sonrisa se convirtió en piedra—. Las ventajas de salir con un lunático: sabes dónde vive, ¿cierto? Al menos eso fue lo que entendí dada la información compartida en este día. Dame todo lo que sepas sobre él, y tu palabra de que no volverás a verlo nunca.
Peter contuvo el último mordisco a su hamburguesa, y se le quedó viendo al señor Stark. No estaba seguro de qué clase de reacción debería tener. Podría ofenderse, podría indignarse. Podría ser un rebelde y decir que no dejaría de verlo. O podría ser obediente, como casi siempre lo era cuando se trataba del señor Stark.
Lo cierto era que lo embargaba un cúmulo de indiferencia y una pizca de conflicto; no era como si quisiese ver a Wade otra vez, pero, al mismo tiempo, desechaba la idea de que alguien tomara las decisiones por él, aunque tuviera buenos argumentos al hacerlo.
—Mira, puedes azotar la puerta metafórica y gritar que estoy arruinando tu vida en otra ocasión —repuso Tony ante su silencio. Después se llevó una papa a la boca—. Hasta que no sepamos lo que fue de Jeremy, no volverás a verlo. Hay muchos peces en ese vasto océano llamado Nueva York.
—¿Esa es la verdadera razón por la que no quiere que vea a Wade? —escupió sin pensar. Parecía que se había ido por la ofensiva.
Aunque la mandíbula de Tony se tensó, le dirigió una mirada confusa.
—¿Qué intentas decir?
Encogiéndose interiormente ante la incomodidad de su atrevimiento, Peter luchó por aparentar confianza, pese a que un definitivo sonrojo le abarcó por toda la cara.
—Pue-puede que Wade no haya hecho nada malo. Y puede que yo quiera volver a verlo —agregó con osadía.
—¿Es esa conjetura otro ejemplo de tu insensata propensión a pensar bien de todo el mundo? Ese hombre indica mal augurio, ¿cómo no puedes darte cuenta?
—Y puede que usted esté celoso.
Hasta aquel momento, el señor Stark no había dejado de comer. Se llevaba papas a la boca continuamente y bebía de su vaso de refresco. Pero en aquel momento se detuvo.
De repente, en sus labios nació una sonrisa torcida.
—Te recuerdo que soy un hombre casado, Parker —dijo—. Y tú sólo eres un interno de dieciocho años.
Peter casi cedió ante el azote de sus palabras. Casi se acobardó y casi metió el rabo entre las patas. Casi.
—Uno al que, sin embargo, le permitió una felación mientras se quedaba a dormir en su propio apartamento.
Aquella sonrisita irónica se evaporó de su rostro. Era insólito que Tony Stark se quedase sin palabras, pero eso fue lo que sucedió en ese momento.
Peter se sintió poderoso y en control…, por un instante. Luego se instaló maliciosamente un sentimiento de culpabilidad en su estómago.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué estaba diciendo?
¿Qué estaba logrando?
¿Por qué disfrutaba poner a Tony entre la espada y la pared? No estaba bien. El señor Stark nunca podría corresponder sus sentimientos, y el que se hubiera corrido en su boca no representaba la prueba de amor definitivo; fue pura calentura del momento. Nunca iba a obtener lo que quería, menos de aquella forma.
Se frotó la cara con las manos.
—Lo siento —gimoteó—. Lo siento, no debí decir eso. Estoy arruinando todo. Lo siento.
Tony seguía sin decir nada.
—No estamos saliendo. Wade y yo —aclaró—. No es mi novio, ni tuve sexo con él. Fui a su apartamento, pero no pasó nada, yo no dejé que pasara nada…—dejó de taparse la cara y miró hacia un punto cercano a Tony—, bueno, tal vez algunas cosas pasaron, pero no, eh, no, n-no hicimos, uh…—ya se estaba atorando. Genial—. Básicamente estuvimos a punto, pero, pero… Usted llamó y- ¡Yo-yo no quería! ¡Le juro que no soy así! ¡Soy virgen!
Esto no fue genial en absoluto. Peter pudo sentir su confianza volar a través de las ventanas del auto, pero el señor Stark lo estaba escuchando; su expresión oscilaba entre la incredulidad y la curiosidad, y no parecía que fuera a interrumpirlo, de modo que Peter tuvo que seguir balbuceando.
—Tengo experiencia, pero soy virgen —dijo, consciente de que se ponía más rojo con cada palabra—. De otra forma no hubiera podido…uh…con usted —bravo por el eufemismo de polla—. Pero ese no es el punto —respira hondo, se dijo—. Wade Wilson fue al restaurante para ponerlo celoso, y creo que, de alguna manera, ¿funcionó?, pero yo no le dije que viniera —agregó rápidamente—. Lo conocí ayer, y le conté lo que pasó entre nosotros y él interpretó que estaba bien meterse para sacarlo de sus casillas y, y… no debí dejar que lo hiciera, no sé en qué estaba pensando. Él no significa nada para mí. Lo siento tanto, fue mi culpa y…
—Basta —Tony levantó una mano. Tenía el entrecejo fruncido, pero la voz mucho más amable—. Suficiente. ¿No estás tan harto como yo de las disculpas? Ya no hagamos eso.
La boca de Peter no parecía que fuese a trabajar durante un buen rato. Asintió.
—Mira, Parker. Peter —se corrigió—. Lo que ocurrió entre nosotros…, podemos darle vuelta cien veces, pero no va a cambiar el hecho de que…
"Señor…"
—Ahora no JARVIS —gruñó Stark.
"La señora Potts está haciendo las maletas"
Desde luego, JARVIS sabía cómo dejar sin fuelle una discusión.
Petrificado y lívido, en los ojos del señor Stark se arremolinaban nubes de tormenta, que sólo sirvieron para aumentar la incertidumbre de Peter.
—¿Señor Stark…?
No hubo respuesta.
—¿Señor St-
—No hables —pidió, y la voz se le había endurecido—. Bájate del auto, tengo que ir…Haré que pase por ti uno de mis choferes. Tengo que ir. Joder. Joder.
Luego de unos momentos de confusa ejecución, Peter se las arregló para salir, cerrar la puerta, y alejarse del coche, viendo cómo el señor Stark arrancaba a una furiosa velocidad en dirección contraria.
Esperó veinte minutos con el corazón en puño, plantado a la mitad del estacionamiento. Por un instante creyó seriamente que el señor Stark se había olvidado de él, pero entonces apareció un coche negro para recogerlo.
Cuando entró a su apartamento, desierto, sin May, decidió que iba a faltar al primer periodo de clases. Afortunadamente, también era el último del día, así que no se sintió culpable por saltarse la universidad sólo una vez.
La verdadera culpa venía de otros lugares, de distintas direcciones. Asimismo, el enfado. Y la nostalgia, y el pesar de sus fantasías hechas realidad.
Lo hiciste increíble. Estuviste jodidamente increíble. Peter…Dios, eres tan…
Como el recuerdo era muy doloroso, encendió el televisor, y ahogó los recuerdos en una larga película de ciencia ficción que apenas pudo comprender. La cabeza le daba vueltas.
Hacia algún punto de la noche cayó dormido.
Toc, toc.
