Capítulo 10
LA GALA
"El hambre es insolente; sólo desea ser alimentada"
–Homero
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En opinión de Peter, se podía decir mucho acerca de Anthony Edward Stark.
Un hombre ordinario puede ser divertido, inteligente y guapo. Ahora, multiplica esas cualidades a la décima potencia, y tienes al hombre capaz de convertir la noche más fría en la mismísima antesala del infierno. Dependiendo de su estado de ánimo o de las circunstancias, podía presentar una imagen elegante que recordaba a James Bond pidiendo vodka martini en Montecarlo, y poco después, visto y no visto, transformarse en un genio de laboratorio; lentes, cerebro, sarcasmo, y dispuesto a empaparte los pantalones con una pistola de agua. Podía discutir sobre la destilación positrónica de partículas subatómicas con la pasión de un hombre que necesita subtítulos, y participar con el mismo fervor en un debate acerca del enemigo más digno de Bugs Bunny. Ésas eran algunas de las características que le gustaban de Tony.
Otra característica, recién descubierta, era su regazo.
El regazo de Tony era el asiento favorito de Peter.
Dentro de un Audi plateado con vidrios polarizados, la silla del piloto era lo bastante grande como para que pudiera montar las piernas de Tony. Sentarse a horcajadas encima del conductor podría considerarse un movimiento riesgoso y poco prudente, según la opinión de varios. Sin embargo, cuando se tiene una Inteligencia Artificial vigilando el camino, todo es posible.
Peter podría perderse en el sabor de sus labios para siempre. El toque sutil de la menta, la colonia que se había puesto para la ocasión, y su propia saliva, mezclado con una dulzura que probablemente fuera producto de la química en su cerebro que le decía cuán increíble era todo eso.
Sus piernas enmarcaban las caderas del hombre, sus brazos rodeaban la extensión de su cuello, y unas fuertes manos no hacían más que apretujarlo hasta dejarlo sin aire. Pero Peter no quería aire. Quería más.
Casi sin pensar, enterró sus dedos en el cabello de Tony para profundizar el beso. El suave gemido del hombre en el fondo de su garganta fue tan inesperado, que actuó como la chispa para encender el fuego en la base de la columna vertebral de Peter.
Soltó un ruidito necesitado, y las manos de Tony deambularon por su cuerpo hasta caer en sus glúteos. Los apretó.
En lugar de oír un prolongado gemido, como debería de ser, JARVIS arruinó el momento con su británica e inoportuna voz.
"Estamos por llegar, señor."
—Maldita sea, JARVIS —Tony se separó de la boca de él—. Algún día ajustaré tus circuitos para que evites ser un bloqueador de erecciones. Pero tiene razón —añadió lanzándole una mirada a Peter—, ya casi llegamos. Además, no querrás ensuciar estos pantalones; son de fantástica calidad. ¿Dónde los conseguiste?
Peter esbozó una sonrisa que oscilaba entre la ironía y la satisfacción.
—Tú me los diste.
—Debo tener muy buen gusto —con sus manos ajustó el moño de su cuello y acarició la extensión del saco para retirar pliegues—. Mira eso; finas hebras de seda gris, traídas desde Italia. Se podría pensar que es un traje hecho a la medida. Te ves estupendo.
—¿Y tú? —preguntó Peter—. ¿Estás tan bien como aparentas?
—¿Y cómo de bien se me ve?
—De portada de revista.
Una sonrisa aleteó en los labios de Tony.
—Gracias. He hecho un gran esfuerzo.
«Y con poco esfuerzo, los resultados siguen siendo abrumadores», recordó Peter. Tony llevaba un clásico traje negro, tan negro como sus ojos oscurecidos por el hambre. Su cabello estaba un poco revuelto –maniobras de Peter– pero en general seguía pulcramente peinado. Cada pelito de su barba se hallaba en posición y estéticamente recortados. En opinión de Peter, no había mucha diferencia entre una capa de elegante ropa y su cuerpo desnudo; de ambas formas se veía realmente estupendo. Aunque claro, si tuviera que elegir, elegiría lo que más le deleitara la pupila…En ese momento no lo tenía muy en claro.
—Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? —la mirada de Tony estaba clavada en su entrepierna—. ¿Una sesión de besos y ya estás bien puesto como si nos empleáramos horas en ello?
—En mi defensa, también me apretaste el trasero.
—Aun así… Es un tanto precoz de tu parte —Levantó la vista con una pícara sonrisa—. ¿Seguro que podrás salir del auto cuando lleguemos?
—Sólo dame un minuto.
—Aparentemente, tenemos menos que eso. Intenta controlar tus ganas la próxima vez que decidas acorralarme.
—En mi defensa…—se detuvo a media oración—: Nope, no tengo defensa. Me enciende verte de traje y corbata. No hubiera podido evitarlo.
—Interesante información —Tony se inclinó para besarle la mejilla y luego el cuello—. Recuérdame modelar para ti otro día. Tengo montones de trajes.
—Lo haré… con seguridad —Apenas fue capaz de pronunciar las palabras, pues el aliento se le iba cortando a medida que los besos húmedos de Tony trepaban por sus orejas, pómulos, labios… Y mientras lo besaba de esa forma que lo volvía loco, Tony estiró un brazo en busca de la cremallera de los pantalones y lo bajó para poder tocarlo. Era cierto que ya estaba duro como una roca; cuando lo cubrió con sus manos, Peter soltó un gemido sobre su boca.
"Señor, literalmente estamos a la vuelta de la esquina. Recomiendo discreción"
—Maldita sea, JARVIS —exclamaron al unísono. Con un jadeo frustrado que mediaba entre la risa, se apartaron.
—¿Qué dices si continuamos en mi casa lo que JARVIS se fijó a interrumpir como meta personal? —inquirió Tony, mientras le enmarcaba el rostro entre las manos—. Claro, después de un rápido acto de presencia en la gala.
—Digo que es la mejor idea que has tenido —El hombre alzó una ceja—. Quiero decir…, no es la mejor idea que has tenido, ¡estás lleno de grandes ideas!, pero yo me-me refería a, bueno, la idea que…
—Dios, eres adorable —se permitieron el lujo de recrearse con sus bocas por otro segundo—. Mueve tu igualmente adorable trasero y déjame tomar aire, para variar.
Peter se cambió de asiento de mala gana, aunque sonriendo.
—Más vale que haya continuación —le advirtió.
—Haré que olvides tu propio nombre, ¿te suena bien? —Stark tenía la vista puesta en el camino y las manos, desgraciadamente, en el volante—. Por ahora, piensa en cosas frías.
Cosas frías, cosas frías, cosas frías, pensó con desesperación. ¡Glaciares!, ¡osos polares!, ¡nitrógeno líquido!, ¡EL TRASERO DESNUDO DE NED!
El trasero desnudo de Ned fue la clave.
Al salir del coche, los flashes iluminaron dos cinturas que no tenían nada que insinuar.
Hablando de flashes… Peter esperaba reporteros, esperaba cámaras, esperaba multitudes, fotografías…, sólo que no tantos.
«Gente rica», oyó decir a MJ en el fondo de su mente, tal como si estuviera ahí.
Tampoco esperaba viento y brizna prometiendo ser lluvia atronadora.
Un techo formado por personas sosteniendo varios paraguas era sacudido por corrientes de aire. Tony y Peter tomaron refugio debajo, hasta llegar al lobby. Los meteorólogos habían previsto largos chubascos y poderosas tormentas en el transcurso del mes. Pero nadie las esperaba tan pronto.
Fueron guiados al salón principal. La majestuosidad del hotel sólo podía compararse con sus invitados.
Las mujeres llevaban vestidos glamorosos que dejaban al descubierto el cuello y los brazos, pero sus joyas las recubrían casi por entero; los hombres usaban trajes de etiqueta, negros y blancos. Portando una copa en mano, reían y charlaban con la misma ligereza que Peter había observado durante la boda de Tony, aunque la mayoría se trataba de gente de más edad, personajes de pelo cano, semblantes de estadistas, cargados de poder y responsabilidades. Entre ellos, iban y venían camareros levantando sobre tres dedos bandejas de copas de vino y canapés. Tony tomó dos copas al pasar un camarero y se las llevó a Peter.
Bebió sólo un sorbo, decidido a paladear con calma. No todos los días te encontrabas bebiendo vino de alta calidad situado en la cima de la escala social Neoyorquina, pensó Peter. El que el salón tuviese unos techos de más de cuatro metros de altura, arañas destellantes con lágrimas de cristal blanco y rojo, y unas paredes de color rubí que podría albergar a toda la población de Queens, añadía grandiosidad a la escena. La atmósfera era un poco intimidante y formal. Peter se dijo que aquel no era el típico lugar en el que te zamparías una pizza de pepperoni, sino un bonito sitio para compartir una comida exquisitamente preparada con gente interesante.
La noche, tanto como la lluvia, se abría paso.
Muy prometedora noche, recordó Peter. Esperaba que la gala no fuera muy prolongada, pues aunque era increíble el escenario ante sus ojos, los escenarios íntimos desarrollándose en su mente tenían mayor urgencia. No podía esperar a que se le olvidara su propio nombre.
No obstante, la realidad de su noche relució crudamente y bastante rápido.
En el centro del salón, un poco a mano izquierda, había un imán. Su nombre era Tony Stark.
Y Peter se hallaba demasiado cerca del blanco.
Los invitados llegaron en forma de tropel; todos entusiasmados por establecer contacto con el apuesto genio billonario, objeto de mucha palabrería en las últimas semanas.
Mientras se abrían paso hacia ellos, Peter advirtió que ni siquiera lo veían a él. Estaban rodeados, sitiados y envueltos por el público, pero nadie se fijó en Peter. Si hubiera llegado del desierto, arrastrándose boca abajo, nadie habría reparado en su presencia. Únicamente tenían ojos para Tony. ¿Podía culparlos? Peter también tenía ojos sólo para Tony Stark.
Meneando la copa sin beber, Peter se alegró de encontrar un rinconcito para sí mismo al lado de su hombre favorito. Tony intentó presentarlo, por supuesto. Lo hizo. Y cuando las demás personas reparaban en él, el interés era evidente, pero se parecía más a un aparente respeto que no tardaba en desvanecer.
Poco a poco, Peter fue retrocediendo, hurtándose de toda mirada. Se le ocurrió pensar que él era un accesorio prescindible, dada la cantidad de gente luchando por hablar con Tony. Apartó el pensamiento con una negación de cabeza. Si Tony lo quería ahí con él, para Peter era más que suficiente.
Atrás de su espalda, una conversación ávida entre varias mujeres se manifestó en cómplices susurros.
—Cielo santo, es el hombre más sexy que he visto nunca. Podría tener a una docena de amantes haciendo cola pacientemente. Es una verdadera lástima que esté casado….
—¿No has oído? —La sorpresa tiñó la voz de su acompañante.
—¿Qué?
—¡No está viviendo con su esposa! ¿Acaso no lo sabías?
—¿Qué? ¡No…! —el tono de ella denotaba asombro—. Acabo de llegar a la ciudad, no me he puesto al corriente con los chismes. Entonces, ¿pleito doméstico o algo más turbulento?
—Nadie sabe a qué se debe exactamente su separación —terció otra mujer con afán azaroso—, pero al parecer se han negado el habla casi desde su luna de miel.
—Madre mía… Se veían tan felices juntos. Pobrecillo —A Peter le sorprendió el tono de genuino lamento de la mujer nueva en la ciudad.
—¿Pobrecillo él? ¡Ja! ¡Pobrecita ella! —cacareó una cuarta—. Te apuesto lo que quieras a que ese pedazo de hombre tiene un amante en la ciudad, y que por eso ella lo corrió de casa al descubrir su pequeña aventura —Peter adivinó que era la que más llevaba tomando vino. Arrastraba las palabras y la síes como si las cargara físicamente con sus manos—. Es imposible mantener atado los de su tipo. Si les aprietas un poco la correa, se revuelcan asfixiados. No están hechos para el matrimonio, te digo.
—Bueno, admito que no me sorprendería —informó otra de ellas. Peter ya no podía distinguirlas sólo por las voces—. Siempre fue un granuja libertino. ¿Por qué habría de cambiar sus maneras sólo por firmar un papel escrito? Hasta parece injusto.
—Si ama a su esposa, si en verdad la ama, no es injusto. Es lo lógico.
—Entonces nunca la amó.
—Yo creo que sí la amaba, pero te digo que no es del tipo que se torna a la monogamia de un día para otro.
—Tú piensa lo que quieras. Lo que a mí me sorprende es que haya encontrado a alguien lo bastante listo para no gritar a los cuatros cielos que tiene sexo con Tony Stark.
—Querida, si fuera yo, tranquilamente guardo el secreto. Lo que sea para prolongar el mayor tiempo posible. Las cosas realmente buenas duran poco, ¿sabes?
—Ahora, la verdadera pregunta: ¿hombre o mujer? Yo voto por hombre.
—Mujer, obviamente. Siempre las ha preferido.
—Yo pienso que, sin importar el género, tiene que ser más joven que él y que su esposa. Por lo menos para que todo siga apuntando hacia arriba.
—Salud por eso.
Peter no quiso escuchar el resto.
Caminó en dirección contraria, hacia las mesas provistas de aperitivos y licor. Miró fijamente unos brownies acomodados en círculos concéntricos por lo que le parecieron décadas. Los invitados habían reclamado gran parte de ellos, y el círculo estaba un tanto desbaratado. Afuera, las gotas crispaban los enormes ventanales con desganada insistencia, y en la cabeza de Peter diluviaba.
La gente llena el vacío con chismes, intentó recordar. No podía dejar que la simple palabrería de algunos se interpusiera entre lo que Peter sentía. Además, aquellos no eran los hechos. Tony no abandonó a su esposa por Peter. Ellos decidieron separarse por cuenta propia… Tal vez Peter se acercó demasiado a Tony en un momento dado, pero él no… ¿Por qué decidieron separarse? Era increíble, pero Peter nunca se lo había preguntado. Ni a sí mismo ni a Tony. Quizás el tema de un matrimonio cuestionable era poco menos atractivo que averiguar de cuántas fascinantes maneras podía tener un orgasmo… ¿Qué tipo de problemas irremediables podrían tener una pareja de recién casados? ¿No era todo felicidad y bienestar al inicio? ¿No se supone que arrastran las discusiones con el pasar de los años?
Tony no abandonó a su esposa por él. No había roto un matrimonio. No era su culpa. Trato de convencerse de ello, pero más importante, trató de repetirse con aplomo que, si bien Tony Stark fue promiscuo, ahora era un hombre diferente. Un hombre que le besaba los párpados cuando se acurrucaban en la cama, que le ofrecía preparar comida cuando Peter no deseaba levantarse, uno con el que compartía opiniones y les interesaba el mismo mundo de las ideas. Algunos días hablaban bajo cuatro capas de ropa de cama, con los rostros cálidos bajo una colcha amarilleada por el sol. En las noches se amaban aprisa, gruñendo desesperados, o con una infinita paciencia y dedicación a las caricias.
Ése era el Tony que conocía.
Lentamente intercambió su copa de vino –bebida hasta el fondo– por uno de esos brownies. Con todo aquello atascado en la garganta, resultaba difícil engullir incluso aquel pan de chocolate tan deliciosamente horneado. Cuando terminó de masticar, se giró para buscar a Tony con la mirada.
¿Cómo sabía qué tenía que decirle a cada una de aquellas personas, se preguntaba Peter, para que rieran a carcajadas o terminaran con una sonrisa y un suspiro en los labios?
No parecía tener problemas a la hora de relacionarse con naturalidad. Peter bebió un sorbo de vino mientras lo observaba platicando con un cuarteto de mujeres que internamente denominó "escuadrón de piernas largas". Peter no se inmutó cuando la más joven, una chica bonita parada a su izquierda, le puso la mano sobre el hombro y Tony se inclinó hacia ella para reír. Peter no rechinó los dientes cuando un joven no mucho mayor que él, se agarró al otro brazo de Tony y parecía no tener intención de soltarlo a menos que alguien se lo suplicara.
—¿Te estás divirtiendo?
Arrancado de golpe de sus pensamientos, Peter volvió la cabeza.
Un hombre calvo, de barba enmarañada grisácea, con voz grave, y potente colonia, se encontraba a su lado. Peter lo había visto en portadas de revistas –revistas industriales en las que siempre aparecía a lado de Tony, claro–, y quizá tuvo un retazo de él en la boda, pero no recordaba su nombre. Sabía que se trataba de un pilar en la corporación de Stark Industries y nada más.
Durante algunos instantes, Peter olvidó sus buenos modales y no despegó los labios. El hombre, imperturbable, continuó hablando.
—Tony odia este tipo de fiestas —mencionó, alzando su propia copa en dirección al cúmulo de gente que lo rodeaba y al que Peter se le había quedado observando tan descuidadamente—. Me preguntaba por qué decidió venir si sabía que iba a ser devorado por los oportunistas.
—A mí me parece que se la está pasando en grande —No pudo reprimir la frialdad de su tono.
El hombre sonrió, y las arrugas en sus ojos se acentuaron, pero con una especie de vigor y fuerza implacable, en absoluto relacionada a la vejez.
—Las múltiples facetas de Tony Stark —dijo tranquilamente—. Él aparenta muchas cosas, hijo. Cosas que, por lo general, acaban siendo totalmente erróneas o monumentalmente inesperadas. Pero nunca nada lo des por hecho. Lo siento. Obadiah Stane —Le tendió el brazo—. Tú debes ser Peter Parker.
La mano de Peter fue apretada bajo dos zarpas que irradiaban calor y seguridad.
—Sí. ¿Me conoce?
—Cualquiera que se jacte de ser cercano a Tony Stark ha oído hablar de Peter Parker —comentó por toda respuesta—. ¿Qué opinas si nos encaminamos hacia allá y entre los dos los salvamos de las pirañas?
Como eran de los hombres que no esperan por una respuesta (igual que Tony), Obadiah empujó la espalda de Peter, guiándolo a través de la muchedumbre. Un minuto después, alcanzaron al imán magnético.
Fue tan obvio en la expresión aliviada de Tony que se alegraba de verlos, que Peter se sintió un poco culpable por dejarse consumir por los celos.
—¡Obie! ¡Parker! —exclamó con evidente entusiasmo. Dejó a una rubia de pechos grandes y a su marido entrecano solos para acercarse a su encuentro. Luego bajó la voz—: Les entregaré todas mis posesiones terrenales si hablan conmigo durante el resto de la noche. O mejor aún, escapemos a un casino. Allá donde la gente está demasiado ocupada con las máquinas como para contarme anécdotas sobre su tercer divorcio.
—Me temo que yo sólo vengo de pasada —anunció Obadiah, extrayendo un puro de su saco y encendiéndolo—. Tengo asuntos que atender con el vicepresidente. Pero te he traído a tu joven paladín. Se veía aburrido desde donde estaba parado.
—Únete al club —Tony le ofreció una sonrisa que a Peter le costó rechazar.
—¿Cómo va la decoración del apartamento? —preguntó Obadiah. El humo bailaba en espirales sobre su boca. Un aroma fuerte, pensó Peter. Inundaba sus sentidos y le costaba respirar por la nariz.
—Evolucionando —respondió Tony—. No paro de añadir muebles para que no se oiga el eco.
—Genial. Oye —Obadiah inclinó la cabeza y abandonó todo rastro de informalidad. Con su brazo envolvió los hombros de Tony—, necesito hablar contigo. ¿Cinco minutos? Creo que tengo a la mesa directiva justo donde queríamos. Pero hay cláusulas que repasar.
Antes de responder, Tony le lanzó una mirada rápida a Peter.
—Seguro. ¿Dónde?
—Pedí un cuarto para la noche por si acaso. Las noticias dicen que la lluvia no aminorará, sino que se pondrá un poco temperamental. Ése podría ser un buen lugar para conversar. Pero no ahora —añadió—. Como dije, tengo que vérmelas con el vicepresidente.
—Dile que me debe una caja de whisky de doce años.
—Pasará de largo. Iré a buscarte en otro momento.
—Sabes dónde encontrarme.
Abandonó los hombros de Tony y se dirigió a los de Peter.
—Nos vemos, Parker.
—Gusto en conocerlo…
El humo que dejó atrás fue el último vestigio de su presencia. Peter, que contenía la tos, habló como si tuviera la garganta reseca.
—Uh, espero que la mesa directiva… ¿no se les vaya de donde quieren?
Tony sonrió y abrió la boca para decir algo, pero…
—Tony Stark —un aroma a flores permeó sus fosas nasales—. ¿Te acuerdas de mí?
Oh, por el amor de…
Esa vez, Peter ni siquiera trató de contener sus ojos poniéndose en blanco.
La hermosa mujer portaba un vestido de verde luminoso y escote drapeado. A su lado, sin embargo, una chica con menos figura y menor belleza la acompañaba, expresando en sus facciones el fastidio que Peter sentía, pero disimulado con una sabia indiferencia. Llevaba un vestido negro satín liso y apenas dos pasadas de cosmético.
Tony estudió a la mujer de arriba a abajo, antes de dar su respuesta.
—La reportera de Vanity Fair que no sabe redactar Colisiones Antiparalelas de Litman-Goralnik Hosenstein.
—Habría podido redactarlo correctamente si usted no hubiera bebido tanto whisky aquella noche, señor Stark —respondió ella con una sonrisa muy dulce—. Y la reportera tiene nombre.
—Cierto. Empieza con Aman…
—Christine.
—Christine… Lovewood.
—Everhart.
—¡Everhart! Sí, es lo que dije. Christine Everhart, ¿cómo podría olvidarla? ¿Qué puedo hacer por usted, Christine Everhart? Y con "hacer" me refiero a una charla insustancial, nada grabado, nada publicado, y ningún artículo de divulgación a la mañana siguiente.
—Oh, puedo sentir el dardo —replicó ella, imperturbable, apartándose el cabello rubio de la cara—. ¿Debería renunciar a mis intentos para que me conceda una pequeña y amistosa entrevista?
—Abandona toda esperanza.
—¿Qué tal si me concede un baile?
Peter clavó la vista en los ojos de Tony.
—Lamento decepcionarla, pero es preciso no dejar a mi aprendiz por su cuenta — dijo señalando a Peter—, o me veré en la difícil tarea de cargarlo sobre la espalda antes de que muera de aburrimiento —Pero, al bajar la mano, rozó el hombro de Peter en un gesto al mismo tiempo insignificante e inconfundiblemente íntimo. Peter entendió el mensaje y sonrió un poco—. Además, planeábamos irnos antes de que inicie la lluvia.
—Ya inició —repuso Christine—. Los meteorólogos se equivocaron al pensar que se demoraría para que todos pudiéramos regresar a casa temprano. Y respecto a su aprendiz —Por vez primera, ella miró a Peter y le dedicó una sonrisa, igual de dulce que las otras—. Tengo justo lo que necesita. Ella es Edith.
Con evidente desgana, la aludida tendió una mano, mientras que Tony y Peter se la estrecharon.
—Edith se muere por hablar con el señor Parker acerca de su trabajo en MIT sobre las Nanopartículas Metálicas como Uso Alternativo de Reciclaje. Lo leyó en una revista universitaria. Ella incluso dijo la palabra "alucinante", y me consta que es imposible sacarla de adjetivos negativos. ¿Por qué no les damos espacio para que conversen y nosotros vamos a bailar? Sin micrófonos —añadió con las manos levantadas.
Muy inteligente, pensó Peter, y mañosa. Usando a Edith como carnada para él, a Tony no le quedaría más remedio que estar a solas con ella. Frunciendo el ceño, la muchacha interpretó su papel aproximándose a Peter. Christine tendió la mano y Tony se la llevó al centro del salón, antes de dedicarle a Peter una mirada que podría interpretarse como disculpa.
Edith y Peter, ambos con el ceño fruncido, los observaron alejarse. La joven era morena, delgada, esquelética en realidad, y de semblante gélido, como si quisiera raspar a todos con la mirada.
—Entonces…—Peter hizo el intento por entablar conversación, aunque su vista se alternaba entre la joven cruzada de brazos y Tony, bailando un vals lento—. ¿Te, te gustó mi…hum, mi proyecto? Pensé que nadie en la tierra lo había leído.
—Estuvo bien —fue la seca respuesta de ella.
—Ah… —durante algunos tortuosos segundos, el silencio aniquiló el ambiente. Tony seguía bailando—. ¿A qué te dedicas?
Edith resopló ruidosamente.
—Soy pasante de Harvard.
—Guau —Las manos de Tony estaban puestas en la cintura de la reportera—. Debe, hum, debió ser muy emocionante cuando…cuando te dieron la noticia, ¿no?
—En su mayor parte, sí, lo fue —dio otro suspiro—. El trabajo es pesado. Pero no tan pesado como esto.
Peter la miró fijamente por primera vez.
—¿Qué quieres decir?
—Ella es mi prima —dijo apuntando a Christine con la barbilla—. Vine a visitar a mi familia en la ciudad, pero no esperaba ser arrojada a un par de estúpidas galas sólo para que ella pudiera hacer su trabajo husmeando en los escándalos de hombres ricos.
Peter dejó escapar un suave bufido.
—No fue muy sutil al respecto —masculló.
—Ni que lo digas. A veces también se acuesta con sus entrevistados. Afirma que en la cama algunos se ponen más vocales, así que corro el riesgo de que me abandone aquí sola. Ella conduce.
Peter miró otra vez. No debió hacerlo. O tal vez sí. Christine echaba la cabeza hacia atrás y el cuerpo hacia delante, mientras que Tony se limitaba a proferir cánticos sobrehumanos de galantería que la hacían reír de forma exagerada.
—Vamos a bailar —dictaminó el.
Edith lo miró como si se le estuviera zafando un tornillo.
—Estamos aburridos, no queremos estar aquí, ¿por qué no fingimos que podemos pasarla en grande? Tu prima parece tenaz —replicó—. No creo que te deje ir tan rápido de aquí. Tampoco la lluvia.
—En eso tienes razón —gruñó la chica—. Me prometió dos horas y han pasado cinco —otro suspiro—. Sí, ¿por qué no? Pondré estos ridículos tacones en buen uso. ¿Sabes dirigir?
—No.
—Yo tampoco.
—Prometo no tropezar. O al menos lo intentaré.
—Ten por seguro que yo sí lo haré.
La vio sonreír y entendió que no era tan antipática como aquel crudo exterior pretendía ser. Le recordó a MJ.
Caminaron juntos hasta la pista. Allí sintió la primera mirada. Porque fueron varias a través de la balada que Edith y él intentaban sobrellevar. Ambos eran torpes y poco adiestrados en la danza, pero tal vez por eso se complementaban de alguna forma. Peter trató de ser atento con su pareja, pese a que sus ojos reptaban por la figura de Stark cada cuando. Edith le habló de su vida en Harvard, los maestros, las tareas y los clubs de ajedrez a los que disfrutaba ir. Peter hizo lo mismo, pero sobre MIT. Al final, resultó ser una plática mucho más agradable de lo que esperaba. Sin contar las miradas furtivas, a hurtadillas y malhumoradas, no exclusivamente de Peter.
De repente, Stark y Christine abandonaron la pista, partiendo rumbos distintos. A Christine no se le veía contenta. Quizá no hizo su camino hacia la ansiada entrevista con Tony.
—Me duelen los pies —se quejó Edith de un momento a otro.
—¿Te llevo a…?
—Sí.
Había una zona donde las sillas y mesas estaban disponibles para los invitados, aunque casi nadie la usaba.
—Voy al baño —anunció cuando ella se frotaba los tobillos.
Fue un laberinto, pero al final lo encontró. Sin embargo, no entró a ningún cubículo. El agua corriendo por el grifo lo invitó a cerrar los ojos y a respirar hondamente.
Nunca había planeado enamorarse de un hombre 30 años mayor que él. Un hombre casado, además. Un hombre que, por lo visto, era experto en las relaciones interpersonales. Peter estaba comenzando a temer. Rumores ciertos o no, temía que fueran ciertos para él. Y la peor parte, lo más desmoralizante de todo, era que Peter no tenía derecho a exigirle nada.
«Siempre fue un granuja libertino. ¿Por qué habría de cambiar sus maneras sólo por firmar un papel escrito?»
«Entonces nunca la amó».
«…no es del tipo que se torna a la monogamia de un día para otro».
«Las múltiples facetas de Tony Stark».
«El amor no es una carga. Bótalo antes de que te bote a ti».
Temeroso, ahuyentó la posibilidad de su mente. De su corazón. Pero no del todo. Aquella idea quedó latente dentro de él, persistió delicadamente, igual que una pompa de jabón…, si las pompas de jabón fueran campo minado. Ni siquiera se atrevía a mirar la idea directamente por miedo a que estallase, aunque sabía que en algún momento tendría que enfrentarse al desastre. Las repercusiones. Los afectados. Peter se quedó empollando aquella idea mientras dejaba que su mirada se perdiera por otros derroteros.
Ellos estarían bien. Deja de pensar. No pasa nada.
El sonido de la puerta le hizo alzar la mirada. Tony apareció detrás de su reflejo.
—Hola —exclamó Peter con sorpresa dándose la vuelta.
—Hola, ¿puedo hablar contigo un segundo?
Peter asintió mudamente. Estaban en los baños de hombres, así que la privacidad para charlar quedaba implícita.
—La lluvia se ha convertido en tormenta tropical —informó—. Van a cerrar las autopistas. O al menos eso es lo que dicen todos los noticieros que no estábamos viendo por estar aquí, divirtiéndonos. Entonces, ¿qué sugieres? ¿Arriesgarnos a naufragar, o pedir un cuarto?
La pregunta no daba espacio realmente a opciones.
—¿Pedimos cuarto?
—También lo pensé. ¿Vamos a registrarnos ahora, o prefieres seguir bailando?
Tony hizo uno de sus gestos de "No me importa" pero su tono sonaba lejos de serlo.
—Yo… —La constante batalla entre lengua y cerebro se formalizó, halló el clímax, y pronunció un ganador. Por suerte, esa vez, no fue su lengua—. No lo sé…Estoy cansado.
—Yo también.
Peter le sostuvo la mirada. Estudió todo sobre él; su postura, manos escondidas en los bolsillos; su cara de póker, rumiando algo más profundo en el interior; sus ojos, serios y oscuros; su boca, abriéndose de repente para soltar una exhalación.
—Peter…Mira, yo… —empezó a decir—. Te traje aquí porque…—se aclaró la garganta—. Tú sabes que prefiero mil veces bailar contigo que con… Lo sabes, ¿verdad?
Parte de él lo sabía. La otra parte estaba segura de que no había una sola persona –hombre o mujer– sobre la tierra que no quisiera bailar con Tony Stark. Sentir inseguridad y celos por causa de ese hombre no era nada nuevo. Era nuevo y repentino, sin embargo, sentir inseguridad y celos por causa de ese hombre a quien por fin había probado y degustado repetidas veces, pero que seguía sin ser suyo.
Meditó todo lo anterior antes de responder:
—El problema es que yo no podría bailar contigo, sin importar cuánto lo queramos, porque…porque podría levantar sospechas.
—¿Sospechas? —Tony parpadeó, confundido.
—No actúes como si no…quiero decir, eres tú. ¿No has oído los rumores?
—He tenido dificultad para verificar todos los rumores sobre mi existencia en los últimos meses. Años. Décadas.
—Dicen que tienes un…que estás engañando a… que….
Por la forma en que los ojos de Tony cambiaron, Peter supo que se había explicado. No sabía, sin embargo, que Tony iba a encontrarlo divertido.
—Estás preocupado porque te vayan a señalar como el súper-bombón-amante-secreto de Tony Stark que solito desbarató todo un matrimonio —dijo con una liviana sonrisa en sus labios.
—¿Estoy alucinando? —Peter preguntó.
—Pues… Sí —dio un paso al frente—. En primer lugar, nadie en su sano juicio creería que eres mi amante. No me malentiendas, eres perfectamente apetitoso a la vista, pero la opinión pública considera que eres como un hijo para mí. Lo sé, suena repulsivo. Aunque si te soy honesto, yo también pensaba en ti como algo parecido a un hijo, más próximo a un aprendiz con quien compartía una genuina conexión. Eso fue, claro, anulado en el momento en que te hincaste entre mis piernas.
La risa se le escapó a Peter sin poder reprimirla, aunque estaba teñida de una incomodidad palpable.
—Tal vez sea cierto —dijo—, pero nunca desestimes el poder de las habladurías. Ya están especulando sobre el género de tu desvergonzada conquista.
—¿Dónde oíste eso?
—Literalmente a mis espaldas.
—La gente apesta. No dejes que te afecte.
—Pero, ¿cómo? —preguntó miserablemente—. Los rumores no se detendrán, y en este caso también son la aplastante verdad. Soy tu amante —Fue la primera vez que pronunció aquellas palabras en voz alta—. Estás engañando a tu esposa por mí.
—Ahí es donde otra vez te equivocas —dio otro paso al frente. Había entrado en su espacio para respirar el mismo aire, y unos dedos levantaron su barbilla—. Pepper y yo podríamos mantener nuestra relación por teléfono. Pero tú…
Iba a decir algo importante, lo vio en el movimiento tajante de sus labios, pero la puerta del baño se abrió, y ellos se separaron.
El hombre anciano que acababa de entrar no prestó atención al deseo, la tensión ni el anhelo que ondeaba entre ellos.
—Vamos a registrarnos —indicó Tony. En ningún momento había dejado de mirarlo—. Hablaremos allí.
Caminaron en silencio hacia la recepción. Pudo oír una distante alegría desde otras habitaciones, y la lluvia, que caía en picada sin descanso a plena calle.
La morena que estaba sentada detrás de un escritorio de ébano alzó la vista con curiosidad antes de que sus ojos se posaran en Tony.
—¿Vienen a registrarse por la tormenta? —ante el asentimiento de Tony, ella prosiguió—: Tenemos limitaciones. Por ahora, sólo contamos con tres habitaciones conjuntas, dos con camas individuales y…
—Sólo denos su mejor suite.
Ella sonrió educadamente. Debía estar entrenada y acostumbrada para no desconcertarse ante las posibilidades de cada invitado.
—¿Tarjeta o efectivo?
Al notar el titubeo de Tony, Peter supo reconocer que la desazón amenazaba convertirse en rabia.
—Tarjeta —pareció resolver al fin. Las aletas de la nariz de Peter se inflaron y exhalaron, confiando en que Tony lo oyera.
Mientras la recepcionista tecleaba en la computadora su registro, apareció otro problema. Peter se preguntaba cuándo acabarían aquella noche.
—Habitación para una, por favor.
Reconoció la voz de inmediato. Era una de las mujeres que cuchichearon a espaldas de Peter. Y no es que importara mucho, pero fue la que había opinado que el matrimonio no era más que un papel firmado. Su vestido rojo se ceñía tan apretadamente su cuerpo bronceado que estaría obstruyéndole algún órgano interno.
—En seguida, señorita —contestó la recepcionista.
—¿No es terrible la lluvia? Tendré que pasar la noche completamente sola en una habitación de quinta —No parecía estar hablando con alguien en particular, pero daba la impresión de que quería hacerse oír por encima de todos los demás.
—Su suite se encuentra en el último piso, a mano derecha, por el final del pasillo —dijo la recepcionista a Tony, entregándole dos tarjetas plásticas a modo de llave. Luego se dirigió a la mujer de vestido tieso—. Su habitación se encuentra en el decimosexto piso.
—Guau, una suite —las uñas postizas de la mujer tomaron su respectiva llave sin ver a la recepcionista. Sus ojos estaban puestos en Tony—. Avísame si necesitas compañía —ronroneó como una gata que espera que la acaricien—. Las suites son habitaciones muy grandes.
—Tengo toda la compañía que necesito.
Sus pestañas, igualmente postizas como sus uñas, se desviaron un momento hacia Peter. Su boca sonrió, pero ella no.
—Cuánta razón —dijo—. Aunque yo me refería a otro tipo de compañía. Si se siente aburrido…
—Encenderé el televisor. Vamos, Peter.
Echaron a andar, de nuevo en silencio, por los corredores. Varios invitados de la gala ya se habían hospedado, entraban a la habitación con celeridad o como borrachos. Cuando localizaron su habitación, antes de poder abrirla, la fuerte esencia a tabaco volvió a envolverlos.
—Tony, cinco minutos. Urgente.
Tony se volvió hacia Peter.
—Ve.
Maravillosamente, lucía conflictuado. De hecho, parecía estar a punto de mandar todo al carajo. Por eso mismo, Peter lo instó a que fuera. Necesitaba un rato a solas.
Al irse con Obadiah Stane, Peter introdujo la llave, empujó la puerta y volvió a cerrarla empujándola. Miró a su alrededor.
Como el resto del hotel, la suite era espaciosa y sofisticada. La alfombra bajo los zapatos era mullida y de un tono plateada. Unas persianas largas y verticales cubrían las puertas de cristal que daban a la terraza; se abrían nada más pulsar un botón y ofrecían una vista de la Gran Manzana, ahora enturbiada por la lluvia. Contempló la cama ancha adornada con un edredón de seda azul.
Frustrado e inquieto, vagó por la suite. Mientras tanto, en su mente comenzaba a anidar la idea que procuraba sofocar. Aquella idea persistía, no obstante, reclamando su atención. Echaba raíces y germinaba putrefacción.
Se detuvo a mitad de la cocina incorporada.
Era hora de ponerle fin. A su inseguridad, a su miedo, a la duda constante. Había sido divertido mientras duró, pero jamás iba a poder deshacerse de aquel nudo en su garganta si no hablaba con él.
Cuando Tony regresara, le pediría certezas. Y no volvería a sentir aquel escabroso hoyo negro en su pecho si alguien se acercaba a Tony. Y no volvería a notar intensas oleadas de culpa y desprecio por sí mismo.
Le pareció inútil encender el televisor, puesto que no sería capaz de concentrarse en nada. En cambio, abrió las persianas y admiró la tormenta a través del cristal de la puerta. No aminoraba. No caían gotas, sino estoques afilados que podrían desgarrar la carne. Los relámpagos completaban ese toque de imagen tétrica. El aguacero que borraba los edificios y ahogaba todos los sonidos de la ciudad, parecía aislarlo del mundo.
Exhaló una gran bocanada de aire y de pronto se sorprendió añorando la presencia de Tony. ¿Cuánto tiempo había pasado? Buscó un reloj de pared. Cincuenta minutos. No era lo mismo que cinco minutos. Suspiró pesadamente. Peter ya sentía que llevaba esperando una eternidad.
Miró con atención dispersa las noticias del clima. Aparentemente llovería toda la noche, se detendría al inicio del nuevo día, pero continuaría durante la tarde. Más tarde sintonizó una película antigua de Star Trek. Reconfortado por la hilarante calidad de efectos especiales, pensó que su amigo Ned estaría viendo el mismo programa. De repente surgió un incontrolable deseo de tener allí a sus amigos cerca. O mejor aún, estar con ellos en su casa. Palomitas, videojuegos, y la despectiva mueca de MJ cuando se les escapaba lo nerd.
Parpadeó para contener las lágrimas.
A mitad del tercio de la película, Peter contempló la puerta. Las luces de la pantalla cambiaban y formaban sombras deformes sobre las paredes. Cuando rolaron los créditos, se levantó del sillón. Entreabrió la puerta, y luego asomó la cabeza un momento antes de sacar todo el cuerpo.
No pasaría nada si echaba un vistazo. Quizá se quedó charlando con alguien en su camino a la suite. Mientras apartaba la imagen de Tony rodeado de mujeres, se puso en marcha.
La formalidad de la gala se había disipado en un jubiloso after. Echando a andar por los corredores hasta el lobby, notó que la gente platicaba sobre el clima o la comida. Ni rastro de Tony.
El instinto lo llevó al bar. La mayoría de los hombres estaban ahí, bebiendo y fumando tan despreocupadamente que Peter deseó haberlo encontrado en aquel lugar. No obstante, encontró una cara familiar. Obadiah Stane.
Sus pies corrieron.
—¡Hey, Peter! —exclamó la potente voz del hombre cuando lo vio aproximarse. Los dos hombres a su lado con los que conversaba empezaron a hablar entre ellos—. Qué bueno que decidieron bajar. Le dije a Tony que el chardonnay aquí es excelente.
—No está conmigo. ¿Dónde está? —dijo con más urgencia de la que pretendía. Pero es que de repente todo su cuerpo temblaba.
—¿No está contigo? —Obadiah parecía tan confundido como él—. Nosotros terminamos hace mucho. Pensé que iría a su suite después de que hablara con aquella mujer.
Y entonces notó que un sofoco le subía por la nuca al recordar a la mujer bronceada de la recepción.
—¿Cuál mujer?
—Creo que era... ¿una reportera? O periodista —le dio una calada a su puro, exhalando de perfil para no arrojar el humo a Peter. Lo alcanzó de todos modos—. No estoy seguro del título que usó para arrinconar a Tony y sonsacarle dos minutos de entrevista. Aunque de eso ya fueron dos horas.
También notó la náusea en el fondo de la garganta, pero se la tragó.
—¿Dónde estaban? Cuan-cuando se encontraron… —intentó hablar con tanta normalidad como consiguió reunir.
—Planta treinta, por el pasillo —Estudió a Peter un instante. Le dio la impresión de que sopesaba si pronunciar o no sus siguientes palabras—: Ella comentó el número de la habitación. Si no mal recuerdo era la 314. Peter, si lo encuentras, avísame. Quiero ser el primero en saber si se está metiendo en alguna clase de…escándalo. Ya me entiendes. Nuestros esfuerzos para reinventar la industria después de ese malentendido de firmas no han de ser en vano.
Peter no se preocupó en decir gracias, ni en prometerle que lo haría. Tuvo que apretujarse un poco al subir en el elevador, pues un grupo de jóvenes escandalosos y borrachos –no pertenecientes a la gala– entraron al mismo tiempo que él.
Luego de muchos tambaleos y codazos endebles, consiguió salir del tumulto. Planta treinta. ¿Ahora qué? ¿Sorprendería a Tony engañando a su esposa con alguien que no era él? Sonaba a un pésimo plan. Podría seguir esperando en la suite, quizá hasta el amanecer. Eso sonaba aún peor. Consciente de que le sería imposible quedarse de brazos cruzados, sin saber, sin asegurarse, se dirigió a la habitación 314.
Pensó en las cosas que le diría si lo encontraba allí, con ella. Con quien sea. Pensó en que abriría la puerta de golpe, y sin importar la clase de escenario comprometedor que interrumpiera, Tony obtendría un pedazo de su mente.
Con el corazón retumbándole en el pecho, apresuró el paso.
Pensó en el error que había cometido, durante semanas, y si estaba sacando conclusiones demasiado rápido, incluso así, tenía que ponerle fin.
Pero nada de eso importó cuando abrió la puerta.
Tony estaba ahí.
En el suelo.
Pálido como muerto. Ojos abiertos de par en par. Inmóvil.
Antes de expulsar un grito, el corazón de Peter se paralizó, y luego se fracturó en mil piezas punzantes de dolor.
Más de 7mil palabras, 20 páginas. WOW. Espero no haberles aburrido.
Dejen aquí sus teorías locas, sus sentimientos caóticos, sus amenazas si quieren.
Me voy a esconder ahora debajo de las sábanas, apagaré el celular, y no lo miraré durante un buen rato. Bye, bye.
