Capítulo 11

PAZ EN LA TORMENTA

"El amor es lo esencial,

el sexo, sólo accidente.

Puede ser igual

o diferente.

No es el hombre un animal,

sino carne inteligente,

por suerte, a ratos, doliente".

–Fernando Pessoa

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¡Tony!

Peter no sabía si había hablado, si había gritado, o si su cerebro había aullado ese nombre.

Sin embargo, de pronto se encontró a sí mismo hincado junto a él, tomándole el pulso (lento pero existente, ¡gracias a dios!), posando sus labios sobre los suyos, dándole aire, intentando no dejarse arrastrar por su propio pánico.

El único problema era que no estaba funcionando.

—¡Tony! ¡Oh, dios! ¡Oh, dios, Tony, oh, dios, vuelve!

Los ojos de Tony estaban enrojecidos, abiertos como dos esferas a punto de salir de sus cuencas, y su piel cetrina, a través de la ropa, se sentía fría, tan fría...

—¡Vuelve, vuelve, vuelve, por favor!

Empezó a realizar maniobras de RCP. Curiosamente los ejercicios de práctica en la escuela no lo habían preparado para esto.

—Tony, por favor…por favor…

¿Cuándo se había puesto a llorar? Enfadado consigo mismo, pensó que de nada servía perder el dominio. Las lágrimas, cuando lo que se necesitaba era actuar, constituían un lujo inútil. Si la reanimación no estaba funcionando, el siguiente paso lógico era llamar una ambulancia.

Sin más alternativa, sacó el teléfono del bolsillo.

Hasta que lo notó.

La dirección que los ojos de Tony seguían.

A Peter le costó sumar dos más dos, desesperado como estaba, pero cuando lo hizo, se levantó como una tromba, buscando frenéticamente lo que Tony apuntaba.

Lo encontró.

Un aparato pequeño y metálico, improbable toque decorativo de la habitación, yacía encima del tocador. Destellaba una luz roja, casi maligna, y en el centro tenía un botón. Peter lo presionó con un dedo tembloroso.

Entonces, casi como un milagro, Tony parpadeó. Se movió. Incluso trató de incorporarse… Sólo para caer de nuevo al suelo, incapaz de sostenerse con las piernas.

Peter corrió de nuevo a su lado, le pasó una mano por la cara y por el pelo antes de tomarlo en sus brazos y acunarlo.

—Has regresado. Okey, ya estás de vuelta. —En su pecho le quedaban algunos restos de histeria—. Estás bien, vas a estar bien. Tony, háblame. Di algo. Di que estás bien.

Tony abrió la boca, farfulló algo inteligible antes de convertirlo en una oración completa. Peter quiso reír a carcajadas al escucharlo.

—Te daré mil dólares por tres dedos de Whisky.

—Hecho. —Su risa era demasiado parecida a un sollozo para que Tony se sintiera tranquilo—. Ya lo traigo. Pero no sé dónde está. Esto no se parece a nuestra suite.

Y entonces, como si estuviera reviviendo una pesadilla, la cara de Tony se deformó en una emoción básica que Peter jamás le había visto. Miedo.

Puro miedo, no adulterado y repugnante.

—Tenemos que irnos. Ahora.

Y aparentemente, el miedo era todo lo que necesitaba para ponerse en pie.

—Tony, estás temblando, tienes que…

—Dos mil si lo traes dentro de los próximos sesenta y cinco segundos.

—¿Qué?

—El Whisky. ¡Vámonos!

Abrió la puerta con el celo de un espía ruso, checó ambos lados del pasillo, y jaló a Peter de la mano. Su torpe e inestable andar sólo se comparaba con sus ganas de largarse de ahí.

Se metieron al elevador a prisa. Tony pulsó el botón más de una vez, inspeccionando en todo momento que nadie se acercara.

Cuando localizaron la suite, Tony instó a Peter a que entrara primero. Luego de cerciorarse que habían perdido al enemigo invisible que los perseguía, cerró la puerta.

Cayó de nuevo, resbalando todo el cuerpo sobre la superficie.

Peter apareció pronto con una botella en una mano y un vaso en la otra. Después de servir una cantidad de whisky que excedía en mucho los tres dedos, se agachó, y le acercó el vaso a los labios.

—Gracias. Ya me arreglo solo.

—Está bien.

Observó cómo Tony bebía el licor con la sed de alguien que pasó días en el desierto. Al terminar, recargó la cabeza contra la puerta y exhaló profundamente.

—¿Más?

—Sí. No. ¡Mierda! Olvidé mi celular en la otra habitación. Tengo que hacer al menos unas siete llamadas.

—Lo que tienes que hacer es recostarte. Todavía tiemblas como una hoja —Él mismo temblaba como una hoja.

—Sólo es el shock. Estaré bien. Lo que necesito es actuar.

Pero acabó por frotarse la cara con las manos y, momentos después, enterró la cabeza entre las rodillas. Peter se obligó a mirar al hombre más fuerte que conocía, desplomándose. Quería abrazarlo, quería sostenerlo hasta que todas las heridas en su corazón se hubieran curado. Pero la duda picoteaba. El miedo latía como tambor.

—¿Quién ha sido? ¿Qué demonios te ha hecho? ¿Por qué? —Se esforzó por contener las lágrimas.

El silencio de la habitación lo abrumó. Solo se oía el sonido de la lluvia, fría y constante del otro lado de la ventana. Apenas unas horas antes, Tony y él habían estado en su coche, enfrascados en un mundo enteramente suyo, con risas y pasión. Y ahora…

—¿Cómo supiste que estaba ahí? —oyó murmurar a Tony.

—Obadiah me lo dijo. Por favor, Tony, ¿qué está…?

Enmudeció de repente, ya que aquel nombre había prendido una chispa, que rápidamente se propagó a furia descontrolada, en Tony. Levantó la cabeza de golpe y lo miró con odio intenso que no iba dirigido a Peter.

—Así que Obie te lo dijo, ¿eh? Cabrón, bastardo, celoso hijo de puta. Te ha enviado allí, ¿verdad?, sabiendo en qué estado ibas a encontrarme. Enfermo bastardo.

—¿Obadiah? —notó la garganta seca y tuvo la sensación de que le habían frotado la piel con hielo—. ¿Él, él, él te hizo esto?

—Y con un cuerno que lo hizo. Traidor —Habiéndose repuesto del shock, y enardecido por la cólera, se dispuso a caminar, alterado y nervioso, a lo largo de toda la suite—. Me atrajo a su habitación para discutir negocios. Tan simple, tan cotidiano. ¡Y lo siguiente que sé es que me está chantajeando! Sabe de nosotros —volteó hacia Peter, para luego desviar la cabeza y seguir caminando como león enjaulado—. Lo sabe, y lo está usando para ponerle las manos encima a mi empresa. Él fue quien falsificó las firmas, él fue quien corrompió los tratados ecologistas, mantuvo relaciones clandestinas con militares, ¡ni siquiera dentro de nuestra nación, maldita sea! ¡Y además, para rematarla, arriba de la cereza, él fue quien ordenó mi secuestro en Afganistán, por la madre que me parió!

Sin habla, demasiado confundido para expresar de viva voz una sola de la docena de preguntas urgentes que se le agolpaban en la cabeza, Peter permaneció donde estaba, boquiabierto.

—Ese maldito es igual que una jodida cobra, paciente y mortífero. Se escondió detrás de un buen puesto y apellido, pasó inadvertido durante años, y ahora ha vuelto a salir. Sólo estoy vivo de milagro porque aún me necesita. Cree que me necesita. ¡Dios bendito, que no deje de creerlo!

—¿Qué hacemos? —escupió Peter, poniéndose al fin de pie—. Quiero decir… ¿Qué podemos hacer? —tragó saliva dificultosamente—. Entiendo si…si no quieres…se-seguir con esto. Me refiero a… ¿podemos salir limpiamente? ¿hay evidencia?

—Circunstancial. Algunas fotos, algunos mensajes de texto. Nada contundente.

—¿Qué clase de fotos? —sintió que se le drenaba la sangre del cuerpo. Otra vez.

Pero Tony meneó la mano, impaciente.

—Relájate, nada demasiado provocativo. Sólo soy yo, yendo a tu apartamento disfrazado, o tú, caminando hacia el mío. Si me lo preguntas, la evidencia apenas nos podría provocar cosquillas de nervios.

—Entonces, podemos, digo, qué pasa si… ¿Qué va a suceder?

El silencio encontró su lugar próspero e incómodo. Tony parecía reacio a seguir hablando.

—¿Quieres terminar? —preguntó Peter.

No quería, le estrujaba el corazón con sólo pensarlo, pero si dejar de ver a Tony salvaba la dignidad de Stark Industries...

Al sentarse en la cama, Tony parecía más abatido que nunca.

—No lo has entendido, Peter. En cuanto empezó con la cantinela de amenazas y extorsión, le dije que podía meterse sus jodidos chantajes por donde le entraran, que no iba a cederle ni un ápice de mi compañía. Pero luego…


Estaban jodidos.

Ahora sabía lo que era el miedo. Ya lo había sentido años atrás, cuando lo asaltaron en Queens y le apuntaron con una navaja al cuello; pero se dio cuenta de que ese terror profundo era apenas una sombra del que había sentido cuando vio la palidez de Tony, su inmovilidad, sus intentos fallidos para hacerlo reaccionar.

Sin embargo, el miedo al futuro, semejante a una burbuja venenosa, se infló en su interior, y no sabía cómo deshacerse de ella.

Desde el baúl junto a la ventana, Peter observaba con inquietud la lluvia mientras Tony hacía lo mismo, sentado en el otro extremo.

Habían dejado de dirigirse la palabra, tanto para poner en orden las ideas, como para encender el televisor y oír el parte meteorológico. El locutor advertía de la inminencia de inundaciones. Si esto se prolonga demasiado, se cortará el fluido eléctrico por algunas zonas, pensó Peter, y sin duda las costas se desbordarán. Ya alcanzaba a ver los charcos que se formaban y crecían.

—Te he oído.

Peter siguió estudiando la cortina de lluvia malencarada.

—¿Cuándo?

—Cuando intentabas reanimarme. La parálisis temporal no afecta realmente ninguno de los cinco sentidos. Que, por cierto, aún me duele como si hubieras ensayado pasos de claqué en mi pecho. Intenta no volver a hacerlo.

—Me diste un susto de muerte. Intenta no volver a hacer eso.

Pudo notar en su visión periférica que Tony se giraba para verle la cara.

—A lo que voy es… Quería preguntarte si ya estás bien.

Peter vio un relámpago dividiendo el cielo.

—Estoy mejor.

—Sigues temblando.

Después de un par de segundos, Peter sintió movimiento. Era Tony, que se acomodaba a lado suyo.

—Saldremos de ésta —le dijo—. Ese hijo de puta ha cometido un error. Todos los empresarios fraudulentos lo hacen de vez en cuando. Contrataré un abogado, uno endiabladamente bueno, como de los que Pepper usará para nuestro divorcio.

Si los cuellos pudieran girar más rápido, probablemente se destornillarían de su lugar.

Tony sonrió.

—¿Ahora sí miras para acá? Bien. Ya que tengo tu atención, puedo decir lo que tenía planeado decir al final de la estropeada noche: ¡Ta-dá…! —exclamó con voz queda y falto de entusiasmo—. Sorpresa… En un par de meses, seré un hombre divorciado. Yo, un hombre divorciado. La de frases extrañas que se me ocurren. Es inclusive más raro que un hombre casado, ¿no crees?

—Tony…

—Lo sé. Lo siento —acarició la mejilla de Peter, y él sintió su aliento tibio que emanaba de su cuerpo cálido. Mucho mejor así, pensó. Mucho mejor—. Suelo hablar hasta que alguien me detenga. Así que prepárate. Lo cierto es que me cansé de ser "el hombre infiel". Nunca quise ser esa clase de sujeto. Y aunque aún no es oficial ni se lo he pedido formalmente, que ella dirá que sí. Hemos sido igual de infelices desde que nos casamos, quizá desde novios.

—Nunca me han parecido infelices a mí.

—Oh, ¿tú te refieres a delante de las cámaras? ¿En público? Sí, no, es lo mismo que en el dormitorio, totalmente idéntico.

—Pero si eran tan infelices, ¿por qué se casaron siquiera? —Había hablado desde el fondo de su amargura, y no cayó en cuenta de ello hasta que Stark le devolvió una mirada tan perpleja como la suya—. Olvida lo que dije. No es mi lugar. Lo siento.

—No. Es una pregunta legítima. Yo diría que básica. Escucha —Mientras empezaba su discurso, enredó un brazo alrededor del cuello de Peter, en forma de apoyo—: Ella y yo nos fuimos conociendo durante meses de un modo informal, y después de un modo íntimo a lo largo de casi un año. Fue la relación adulta más larga que he tenido con alguien. Una relación seria con proyectos de futuro. Yo pensaba que estábamos enamorados el uno del otro. Pero ella no me amaba, ni yo a ella, o, si acaso, lo nuestro era un amor con requisitos muy específicos. Así que no podríamos decir que era un regalo.

Se quedó callado un momento, pareciendo seleccionar sus palabras con mucho cuidado.

—No es fácil mirarse al espejo y aceptar que te falta algo. Que no eres quien deberías ser. O que has fallado en ser la mejor versión de ti mismo. Me sentí así durante muchos años, pensando en que había desperdiciado mi vida ayudando a matar inocentes. Y es peor cuando algo te impide amar a la persona que quieres. Y viceversa. Pero, mierda, lo intenté con todas mis fuerzas…

Peter trató de mantenerse firme.

—Lo entiendo. Pero no es necesario que…

—E incluso cuando llegas a aceptarlo, cuando te das cuenta de que no es eso exactamente, de que también hay algo que falta en la otra persona, algo que falta en todo el asunto... Sientes que estás perdiendo el camino. Bruce me dijo algo el otro día que me hizo pensar mucho. Me preguntó si en algún momento me había imaginado la vida con Pepper. Ya sabes, visualizar cómo estaríamos después de llevar juntos unos años. Pude ver el futuro inmediato; las preparaciones, la boda, la luna de miel. Cómo continuaríamos nuestro trabajo, acostumbrarnos a la nueva vida en matrimonio… y después caí en que eso era todo. Eso era lo máximo que podía ver. No cómo viviríamos ni qué haríamos aparte de ese cuadro difuso; ni cómo seríamos después de una década.

» Al final me di cuenta que no era difícil representar mi vida sin ella. En lugar de eso, vi magulladuras en el orgullo y el ego. Mucha rabia y dolor. Y la consecuencia de sentir que probablemente yo no estaba hecho para todo eso del amor y el matrimonio. Quería estarlo. Pensé que estaba preparado —su voz se había apagado—. Pensé que hacer un compromiso con ella resolvería la fricción que desde hace tiempo abunda entre nosotros. ¿Pero quién diría que el matrimonio no es la solución a todo? —acompañó eso último con una risita—. Quise demostrarle que era capaz de llegar a ese nivel de compromiso, pero creo que, al final, sólo intentaba probármelo a mí mismo.

El corazón de Peter se había encogido.

—No tienes que explicármelo.

—Aún no he terminado. Intentaba recoger las piezas de mi relación con Pepper y componerlas en algo medianamente útil. Funcional. Entonces apareciste tú, que tengo años conociéndote, y te veo y te pienso y te siento por primera vez de manera diferente. Y pensé: Joder. Un niño. Joven adulto —resopló cuando vio que Peter iba a corregirlo—. Sabes a lo que me refiero. Los niveles de incorrecto me desbordaron, lo admito. Me vi acorralado porque se sentía tan bien y no quería que fuera así. Estaba tratando de restaurar mi presunto fallido recién matrimonio, por el amor de dios —hizo una pausa para respirar—. No tengo un plan general para lo que suceda a partir de ahora. Es importante que sepas eso —sus ojos se encontraron—. No sé qué siento cuando estoy contigo —subió las manos por su cara hasta llegar a las mejillas—. Pero la palabra que lo describe, te juro que dista mucho de lo que alguna vez he sentido con Pepper. Por lo que soy cautelosamente optimista. Estoy dispuesto a dejarme llevar por "esto" —hizo un gesto con la mano entre ellos dos.

A Peter lo embargó un cúmulo de emociones tan brillantes e intensas que le extrañó que no brotaran de su interior convertidas en luces de colores. Temiendo descontrolarse, se esforzó en sonreír. De modo que no se lo dijo; no estaban preparados para las declaraciones de amor. Y en cualquier caso, el momento no parecía el más oportuno. Tony se iba a divorciar. Estaba confundido. Estaba dolido. Asustado. Estaba bajo amenaza. Deberían tomárselo con calma, ver por dónde iba la cosa. Y, sin embargo, Peter estaba teniendo la ocasión de conocer una de las mayores alegrías de la vida; un amor no correspondido al que de repente le corresponde. En cierta medida. Peter podía trabajar con cierta medida. Era eso o nada.

—Ven. Vamos a prepararte una bebida.

Pero Peter ya no la necesitaba. Adormecido como bajo los efectos terminales de una potente droga, había dejado de temblar.


—No puedes mezclar Jager con cerveza y hierbabuena, pequeña alimaña. Es asqueroso.

—Obsérvame.

—Lo que observo es una aberración líquida.

—¿Podrías ser más exagerado?

—Primero responde cómo es posible que seas tan buen químico y tan pésimo bartender. ¿No deberían ir de la mano esas cualidades?

—No lo sé. ¿Te sirvo?

Eran las cinco de la madrugada. Manhattan dormía. El cielo quería despertar. Peter y Tony bebían cocteles inventados por ellos mismos.

Mantuvieron las luces de la suite bajas, lo suficiente para ver por dónde iban y al mismo tiempo no tropezar en la delicada penumbra.

Tony dio por muerto su teléfono («JARVIS protege toda mi información de cualquier forma, tardarán años en descifrar la contraseña»), de modo que eligieron crear un momento de paz en medio de la tormenta. Un recuerdo. De los más hermosos que Peter habría sido capaz de pedir. Ya que durante una sola noche había experimentado todos los estados emocionales posibles: deseo, regocijo, celos, miedo, dolor, alivio, y, por último, en aquel instante, en lugar del acostumbrado fuego, un calor sencillo; producto de tener la compañía de su hombre favorito.

Peter sabía que iba a atesorar la forma en que Tony lo besaba; rápido, pero de alguna manera más íntimo que cualquier cosa que hayan compartido hasta ahora. Dejaba a Peter con un calor en el pecho y un hormigueo en el estómago. También estaba seguro de que su cerebro registraría para siempre la cercanía entre sus piernas alineadas, con Peter sentado sobre la barra de granito y Tony de pie chocando copas, bromeando, y con gesto distraído apoyando la mano en su muslo.

Pero también sabía que iba a necesitar algo más. Algo que inflamara todas sus entrañas, que prendiera cada fibra de su ser. Muy pronto lo necesitaría. Aunque fuera una última vez. Porque ahora, hacia el final de la noche y el comienzo de un nuevo día, a Peter lo embargaba una fuerte determinación.

«No sé qué estoy haciendo ni cuándo recibiré el próximo golpe. ¿Cuándo me lastimarás, Tony, y cuánto tardaré en sobreponerme a esa herida? ¿Cuánto tiempo habrá de transcurrir antes de que uno de los dos cometa alguna crueldad, una estupidez, o prescinda del otro?»

El tiempo para averiguarlo se había acabado.

Pero antes…

—¿Cómo demonios sabe eso?

—No sabe tan mal.

Aunque, en ese momento, Peter intentaba controlar cada músculo de expresión facial.

—Eres un terrible mentiroso, Parker. Siempre lo has sido.

Se inclinó para besarlo, suavemente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero Peter sabía que no era cierto.

Agarró a Tony de la cara y lo besó con ansia. Unos instantes después, perdieron los dos el sentido, impulsados más allá de la razón… La respiración de Tony seguía siendo regular, pero abrazó con fuerza a Peter y lo atrajo hacia sí.

Después del insoportable miedo que había pasado al creer que lo había perdido para siempre, necesitaba sentirlo con desesperación.

—Estoy aquí —murmuró cuando Peter le tiró del pelo para profundizar el beso—. Todo estará bien.

—No hagas promesas.

«¿Vale esto la pena? ¿Valgo yo la pena?»

Tony le tomó el rostro entre las manos y luego lo empujó hacia atrás.

—¿Qué hago, entonces? Dime. Soy un desastre. ¿Qué necesito para empezar a hacerlo bien?

—Ahora no quiero pensar. Sólo quiero vivir el presente. Prefiero no pensar, que ninguno de los dos piense. Sólo quiero sentir —esbozó una sonrisa—. ¿Qué te parece si te dejo ciego de placer?

«Por última vez»

—Me da la sensación de que ya soy todo tuyo.

Peter deseó con todas sus fuerzas que eso fuera cierto.

Sus mentes ya estaban nubladas cuando cruzaron la cocina y se lanzaron a la cama.

Ambos se desnudaron al mismo tiempo. Las manos de Peter estaban enredadas en las mangas de la camisa en el momento en que Tony lo penetró. («—¿Siempre tienes botellitas de lubricante guardadas en el saco? —Sólo cuando sé que vamos a follar en el auto. Uno tiene que replantearse estrategias sobre la marcha, claro») Peter trató de liberar sus manos, pero la sensación que le producía estar indefenso e inmovilizado aumentó su excitación. En cuanto consiguió sacarlas, hincó los dedos en las caderas de Tony para animarlo a que lo penetrara más profundamente. Incapaz de contenerse, Tony permitió que la lujuria los dominara. Pero si la necesidad de Tony era frenética, la de Peter era desesperada.

Cuando el orgasmo traspasó a Peter, lanzó un grito de alivio. El cuerpo de Tony se hundió en el suyo. Luego quedó inmóvil. Jadeante, se apoyó en los codos para mirarle el rostro.

—¿Era esto lo que querías?

—Sí.

—Rápido y brutal.

—Sí.

—¿Crees que ahora acabará todo?

Peter cerró los ojos y tuvo que hacer un esfuerzo de voluntad para volver a abrirlos.

—No.

«Pero tiene que»

—Me alegro —Relajó la mano y se la pasó por la mejilla—. Esta vez no me obligues a tomarte.

El muchacho lo abrazó.

—Tuve tanto miedo

—Ya lo sé.

Tony jugueteó sobre sus labios. Quería más, mucho más que ese alivio primitivo que acababan de ofrecerse. Cuando él pronunció su nombre en un suspiro, supo que apenas era el principio de lo que quería.

Una nueva necesidad creció en su interior, como si nunca hubiera sido saciada. Anhelaba probar el gusto de la piel de Tony, de modo que le recorrió la cara y el cuello con la boca. Con un susurro de aprobación, rodó con él hasta quedar sobre su cuerpo, con la libertad de hacer lo que quisiera.

El viento arreciaba y sacudía la ventana. Comparados con la violencia desatada en el exterior, Peter y Tony se movían con lentitud, casi con languidez. Tocar, lamer, suspirar y gemir.

Tony se sentó para colocarlo sobre su regazo. En ese momento, Peter necesitaba la ternura para calmar el dolor ya sufrido, y el que vendría. Se miraron antes de besarse con dulzura.

Y se dieron más.

Nunca tendría suficiente.

Porque el amor de Tony era su droga.

Peter se preguntaba qué pasaría si le inyectara una dosis entera. Cuál sería su reacción. Cuán alto podría volar. Cuán duro podría caer.

Tony se estremeció cuando Peter condujo de nuevo el miembro al interior de su cuerpo. Y entonces comenzó a penetrarlo con embestidas suaves y lentas.

Levantó los labios para encontrar los del hombre y besarlo. Mantuvieron el mismo ritmo latido a latido, y después embestida a embestida cuando la dulzura se convirtió en desesperación.

Cuando Peter tomó en sus manos el miembro de Tony, fascinado al encontrarlo duro y listo, esbozó una sonrisa. Pequeños gruñidos inundaron la habitación de lujo.

Cayeron otra vez sobre la cama. Al sentir que su orgasmo era imparable, Peter se dejó guiar hasta que lo tuvo encima, con sus piernas alrededor de la cintura.

El cuerpo le palpitaba de deseo. Mientras sus pensamientos se hallaban sumidos en el caos, los besos salvajes e implacables bajaron por su cuello, y consiguieron que anhelara aún más.

«Te amo», pensó mientras el techo se acercaba a sus cuerpos. ¿O eran ellos los que estaban flotando en el aire cargado de placer?

Otro tipo de sacudida, producto de haber sido acariciado en los pezones, lo hizo echar la cabeza hacia atrás, morderse el labio, cerrar los músculos en torno esa polla.

Tenía la piel cubierta de sudor. Tony volvió a inclinarse para rodearle un pezón con la boca, y paladeó su sabor a sal. Peter gritó con sorpresa, casi con pánico. Entonces Tony buscó su propia liberación, rauda y furiosa, y los hizo volar a los dos.


—No ha dejado de llover —observó Peter.

—Mmm.

El joven rio y respiró hondo.

—Nos costará explicar las machas que hemos dejado en las sábanas. —Acarició la húmeda espalda de Tony—. Necesito beber unos diez litros de agua.

—Te la traeré.

—Gracias.

Pero no se movió.

—Aunque me avergüence decirlo, debo admitir que me siento demasiado débil para llevarte en brazos hasta la cocina —Peter lo miró levantarse despacio y apretó los labios al observar sus nalgas musculosas. Dios, lo iba a extrañar.

El sol estaba saliendo perezosamente a través de las nubes grisáceas, aún cargadas de lluvia.

Cuando Tony regresó de la cocina, Peter tomó el vaso de agua y bebió hasta la última gota.

—Tony…

—¿Mmm?

Se habían vuelto a tender sobre la cama. Los rayos del sol comenzaban a alumbrar sus rostros.

—Creo que eres la mejor versión de quien puedes ser. El hombre que debiste ser y el que eres ahora son lo mismo. No tienes que esforzarte para ser alguien mejor.

Tony lo miró y le sonrió con dulzura.

—Gracias, chico.

—Pero hay algo terriblemente mal con lo que tenemos —prosiguió Peter, esforzándose él mismo—. Y por eso creo que no deberíamos vernos. Al menos hasta que te hayas divorciado.

Listo, sacó la bolita de azufre del pecho. Casi se sintió aliviado. Sólo faltaba lamer las heridas de su decisión durante los próximos días, independientemente de lo que Tony fuera a decir a continuación.

—No escapa de mi comprensión que quizá ésta no es la forma ideal de empezar a verse con alguien —dijo Tony, queriéndole imprimir humor—, algunos dirían que es inmoral, arriesgado y estúpido. Lo cierto es que nunca quise lastimar a mi esposa. Y definitivamente no te usé a ti con esa finalidad. Tampoco se podría decir que estaba pensando en algo decente cuando lo hice —una pausa, contempló el techo—. El divorcio toma su tiempo. Pepper y yo no tenemos hijos, por lo que será menos engorroso que un rodeo convencional, sin embargo, para eso está la prensa; para condimentar. Aunque nuestro acuerdo prenupcial fue diseñado precisamente para este momento: para cuando nos diéramos por vencidos —miró de nuevo a Peter—. Un mes. Creo que un mes es lo que necesito para poner mi mierda en su lugar y orden. Eso incluye a Obadiah.

—No puedo tomar al pie de la letra lo que dices.

—Y no quiero que lo hagas. Yo te buscaré cuando termine. Continúa con tu vida como si yo no existiera en ella.

Tony había estado en su vida demasiado tiempo como para fingir que de pronto no formaba parte de ella. Pero incluso Peter tenía que admitir que necesitaba tiempo. Había estado montado en una montaña rusa desde el principio del mes, y, aunque había resultado emocionante vivir a base de descensos vertiginosos y giros repentinos, necesitaba un respiro.

Asintió.

—No me llames. Y no me mandes mensajes. No puedo simplemente desaparecer de Stark Industries, pero…

—Tampoco te veré ahí.

Mirar el dolor que su acuerdo le causaba a Tony, el de cero contacto, le alegró en cierta manera. Porque le dolía también a él.

—De acuerdo.

—Sólo tenemos que hacerlo bien.

—Sólo tenemos que hacerlo bien.

Tres horas más tarde, luego de un rápido desayuno y un beso que se supo más a anhelo que a despedida, partieron en distintos autos.


Espero que no les haya abrumado tanto diálogo.

Personalmente, me gustó mucho escribir este capítulo, porque podemos ver la parte más vulnerable de Tony y también su lado más honesto.

Ojalá se hayan resuelto algunas dudas, aunque sigo sin contestar varias más. Lo hago a propósito porque tengo un plan…Que funcione ya es otra cosa XD

¡Gracias por sus comentarios, votos, amor-odio, y todo lo demás! Nos leemos la próxima semana 3