Hola! Estoy muy contenta de estar aquí una vez más, aquí tengo otro capítulo de este fic. Ya quería publicar este, de hecho me gustó mucho escribirlo.
Espero que les guste!
La canción de hoy es (Everything I do) I do it for you de Bryan Adams. Cursi, lo sé, pero hermosa.
Enjoy!
El Príncipe y El Cazador
Capítulo 5: La Primera Prueba
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Al día siguiente, luego de un desayuno tan silencioso e incómodo como la cena del día anterior, partieron todos a la explanada del Palacio, donde se había anunciado que Jack daría a conocer su primera prueba. El contingente integrado por ambas Familias Reales y sus sirvientes salió del Palacio para encontrarse con un público mucho más numeroso de lo que todos esperaban, integrado lo mismo por nobles que por soldados y civiles, y Jack se sintió un poco enfermo de pensar que esto lo había provocado precisamente él mismo al no saber controlar sus arranques.
No estaba seguro de cómo debía actuar a continuación. Había pasado buena parte de la noche pensando en qué prueba impondría a Aster. Aunque también, para ser sincero consigo mismo, había pensado en qué podría decir para salir de un embrollo tan molesto si era posible, cómo deslindarse de todo esto, cómo darle fin sin tener que pasar por todo el circo que él mismo había propuesto. Esa sería la mejor opción para él. Sin embargo, al observar a la multitud que esperaba ansiosa, y al sentir las miradas implacables de la Familia Real Pooka encima de él, supo que no podría hacer mucho por arreglar las cosas a estas alturas.
Antes de que pudiera pensar en cómo daría a conocer la prueba que se le había ocurrido, el Rey Richard dio la bienvenida a la audiencia, y recordó el notable suceso del día anterior. Al igual que con la Reina, era evidente para Jack que su padre se esforzaba por mantener ante los ojos de todos los presentes la imagen perfecta de su hijo, transformando con envidiable habilidad sus defectos en virtudes. De modo que la negativa a casarse, los insultos hacia los Pookas y la idea de hacer estas pruebas como forma de hacer que su prometido demostrara su valía, pasaron de ser caprichos de un Príncipe evidentemente malcriado a ser muestras inequívocas de un comportamiento precavido, inflexible a la vez que comprensivo, adecuado para un futuro líder.
Jack no pudo evitar sentirse avergonzado por todo esto, sobre todo porque, si bien la gente del público quizás aceptaría las palabras del Rey, para la familia de Aster era prácticamente un insulto poner la situación de un modo tan conveniente para él y tan humillante para Aster. Cuando fue su turno de hablar, se sorprendió de ver que al pie del escenario había un grupo de hombres, vestidos y preparados como para un combate. La madre de Aster debió percibir su turbación, porque en seguida le ofreció una respuesta:
-Anoche, cuando ponías tus condiciones para estas pruebas, no las dirigiste hacia mi hijo, sino hacia tu público-, pronunció con una pequeña sonrisa que, más que otra cosa, parecía ponerlo a prueba-, estos hombres han venido aquí a pelear por tu mano, tanto como mi hijo lo hará.
Jack contuvo la respiración un momento, haciendo una pequeña cuenta mental para llegar a la conclusión de que ahí había por lo menos treinta hombres. Más sorprendido se sintió aún, cuando Aster bajó del escenario también y se unió al grupo cruzándose de brazos, como rebajándose al nivel de ellos, como echándoselo en cara. Este asunto no parecía que fuera a mejorar en lo más mínimo, dijera Jack lo que dijera.
-B…bien…- después de un momento de duda, levantó la voz-, en la Primera Prueba, deseo que mi futuro prometido me demuestre su Valor. Para ello, deberá enfrentar a la criatura más poderosa y temible de nuestro Reino: el Dragón Azul de la Montaña del Norte.
Hubo un murmullo sorprendido de la multitud, tal como Jack lo esperaba. Perfecto. Alguien se atrevió a levantar la voz.
-Pero eso es imposible, Príncipe-, quien hablaba era una anciana perteneciente a la corte, cuyo interés por mucho tiempo había sido casar a alguna de sus nietas con Jack-, cientos de soldados han perecido en las garras de esa bestia. El tesoro que protege ha estado intacto desde hace siglos, desde antes de que nuestro Reino existiera.
En este punto, Jack sonrió.
-Ese es un buen punto, señora-, contestó con actitud respetuosa, como el perfecto caballero que todo el mundo creía que era-, para esta prueba, deben saber que yo no tengo interés alguno en el tesoro del Dragón Azul.
Se generó un momento de silencio dramático que Jack aprovechó para asimilar los rostros de sus "candidatos": algunos se veían demasiado jóvenes, otros demasiado viejos, pero todos tenían apariencia de soldados, de personas fuertes, y quizás tendrían la posibilidad de enfrentarse a la prueba con al menos mediano éxito. Por más que los repasaba con la mirada, el único de ellos que era capaz de conservar su atención era Aster.
Y Aster era el único de ellos que no lo miraba fijamente mientras continuaba hablando.
-Lo que deberán traer como prueba de haber enfrentado al Dragón es una de las escamas de su cuello: las más grandes, resistentes y difíciles de conseguir.
Al Jack decir esto, nuevas exclamaciones salieron de la multitud. Los retadores se miraban entre ellos con ansiedad.
Se escuchaban las voces del público: "eso es imposible", "es suicidio", "los está mandando a su muerte" …
-Si estoy pidiendo esto es porque no me voy a conformar con cualquier persona-, dijo de pronto Jack, levantando la voz, luego de permitir que los murmullos tomaran un volumen considerable para acallarlos en un despliegue de magnificencia, que por sí sola era un gran espectáculo-, quien pase estas pruebas no solo será mi esposo, también será el Rey algún día, junto conmigo. Por lo tanto, exigiré lo mejor de todos los presentes. Si enfrentar un Dragón por mí, por este Reino, es demasiado pedir, entonces ninguno de ellos tiene lo que yo estoy buscando.
Las palabras de Jack fueron terminantes.
El Rey tomó el mando de la situación una vez más y consiguió que Jack aclarara las condiciones punto por punto. Se acordó que tendrían un día como límite para cumplir con esta improbable hazaña, por lo tanto, se esperaría que, si alguno lo lograba, tendría que llegar al Palacio como máximo al día siguiente después del desayuno. Se llamaría a un hombre de confianza del Rey, que conocía a los Dragones, para que evaluara la escama entregada y diera fe de su autenticidad.
Aceptados los términos, los retadores partieron del Palacio entre gritos y vítores de la multitud. Murmullos preocupados y rumores sonrientes también se escuchaban, pero Jack se negó a escucharlos. Cuando se dio la vuelta, con la intención de ir a sus habitaciones, se encontró con las miradas reprobatorias de su familia. La que más le dolió fue la de Emily.
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Muchos de los retadores se rindieron desde antes de llegar a la Montaña del Norte. Aster recibió instrucciones de sus hermanos, que consiguieron un mapa y lo acompañaron parte del camino. Una vez que llegaron a una distancia prudente, lo dejaron continuar solo. A Aster no le sorprendía que fuera tan fácil para esas personas renunciar tan rápido; había un frío infernal bajando de la montaña y a él no se le ocurría porqué alguien que no tuviera la misma motivación que él quisiera someterse a semejante tortura. Esto debía ser horrible incluso para ellos que estaban acostumbrados al frío.
Había llevado ropa adecuada para el tipo de clima al que sabía que iba a enfrentar, pero no estaba preparado para esto, ni siquiera luego de que la hermanita de Jack lo proveyera de pieles extras. No quería tomar su forma completa de Pooka, le gastaba demasiada energía y sospechaba que la iba a necesitar después.
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La subida por sí sola le tomó por lo menos cuatro horas. Los dientes le castañeaban y sentía los dedos paralizados y frágiles. Calculaba que debía pasar del mediodía, lo cual no era ningún alivio, pues eso no significaba que fuera a aumentar la temperatura. A este lugar no llegaba el Sol de la misma forma en que se asomaba por los bosques cálido-húmedos a los que estaba acostumbrado.
Sólo quería terminar con esto. El frío, a decir verdad, no le dejaba pensar en otra cosa.
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Quizás fue por eso que sólo cayó en cuenta de la verdadera gravedad de la situación cuando llegó a la entrada de la cueva donde, según le habían dicho, encontraría al Dragón Azul. Por lo que pudo ver, a juzgar por la soledad y la quietud del lugar, nadie más había llegado a este punto. Incluso, quizás podría atreverse a decir que parecía que nadie había atravesado la entrada de la cueva en años.
Dicha entrada estaba enmarcada por picos de hielo por toda la orilla, el suelo, los costados y el techo, como la enorme boca de una bestia gigantesca, que podría cerrarse por cualquier ángulo y atraparlo entre sus despiadadas fauces. Aster optó por pasar por encima de los picos más bajos, con cuidado y de la forma más respetuosa, evitando lo más posible romperlos. Le sorprendió darse cuenta de que, a apenas un par de metros de la entrada, la cueva se sumía en la más completa oscuridad. Se acercó a una de las paredes de roca, procurando mantener todos sus sentidos alerta, y se sujetó con una mano para guiar su camino. Era como si la penumbra absorbiera la luz del exterior por completo.
Mientras avanzaba, cuidando cada paso, Aster escuchaba su propio caminar, y parecía que también el ruido se incrementaba por diez o más veces con cada paso que daba. Comenzaba a ponerse nervioso. No podía ver más allá de su propia nariz.
Pronto escuchó otro ruido que sobrepasó fácilmente al de sus pasos. Era un ruido… si tuviera que describirlo, diría que sonaba como si alguien hubiera tomado una gran lámina de metal y la hubiera deslizado contra las rocas de la pared. Era fuerte, pesado y duro. No era algo placentero de escuchar y para ser sincero, quizás por si solo el ruido hubiera hecho que saliera corriendo de ahí, pero una vez más, estaba en este lugar para probar su valor.
Aster no tenía miedo fácilmente, pero se sentía orgulloso de poder decir que, en las veces de su vida en que había tenido miedo de verdad, no se había echado para atrás. Esta era una de esas veces, claramente.
Mientras tanto, el frío hacía que le castañearan los dientes, y sentía como si estuviera desnudo a pesar de las ropas que llevaba. Las puntas de sus dedos estaban heladas y le parecía que el más insignificante golpe podía hacer que cualquier parte de él se hiciera pedazos, como si fuera la más delicada figura de hielo. De modo que al miedo se le sumaba una profunda vulnerabilidad.
Comenzaba a preguntarse si esto de verdad valdría la pena, cuando una voz retumbó en aquella cueva, haciendo que temiera que los picos de hielo arriba de él le cayeran encima. En caso de que eso pasara, no había a dónde correr.
-¿Quién está ahí?
La voz sonaba grave, lejana y retumbante, como de ultratumba. Al escucharla, Aster sintió un estremecimiento más agresivo en el cuerpo que el que le había provocado el frío. No pudo hacer que de sus labios, o si quiera de su cerebro, saliera respuesta alguna.
-Oigo castañear tus dientes, criatura, seas lo que seas-, agregó la voz, con sorprendente calma-, muéstrate, y tal vez te perdone la vida.
Aster se quedó quieto, y finalmente, decidió que no podía pasar nada peor.
-Mi nombre es Aster, Dragón. He venido a enfrentarte.
Hubo un momento de pesado silencio, y Aster se sintió estúpido. Luego de unos segundos, vino un nuevo sonido, esta vez, más que metal, parecía que una poderosa corriente de aire golpeaba contra las rocas generando un trueno poderoso, y él pudo ver con claridad cómo una a una, unas antorchas en la parte alta de la pared de roca se iban encendiendo bajo el aliento abrasador de un Dragón, cuya forma le fue revelada en todo su esplendor en el momento en que la última antorcha de la habitación fue encendida. Terminada su tarea, el Dragón bajó un poco el cuello para observar mejor a su inesperado visitante. Aster concluyó que debía medir cuando menos cuatro veces lo que él, considerando que solo su hocico era tan amplio y ancho como su propio torso. Esto lo comprobó cuando el dragón acercó su cara a él, se detuvo a pocos centímetros y dejó salir un bufido que, si bien le dio una muy bienvenida oleada de calor, lo hizo sentir mucho más pequeño de lo que quizás era en comparación con él.
-Así que…¿un Pooka, eh?
Aster asintió. El Dragón continuaba mirándolo, como esperando que dijera algo más. Aster respiró profundo, inflando el pecho, y realizó una inclinación.
-E. Aster Bunnymund, para servirle. ¿Puedo saber con quién tengo el honor?
El dragón casi parecía divertido al contestar.
-Por siglos, he sido llamado el Gran Dragón Azul.
Aster podía ver porqué. Casi todo su cuerpo era de ese color. Las escamas de su rostro eran de un tono azul oscuro, cobalto. Las de sus brazos y el resto de su cuerpo parecían más claras, pero las que le interesaban eran las de su cuello; grandes, brillantes y en un tono similar al de los zafiros más puros. Aster podía entender por qué alguien querría la escama de un dragón como éste; cuando se movía, una luz parecía deslizarse por ellas, haciendo que tuvieran un brillo primero blanco, luego verde, luego morado y finalmente regresaban al azul.
-¿Tiene algún otro nombre?- preguntó, saliendo de su distracción. El dragón guardó silencio y volvió a bufar cerca de él.
-No es algo que te interese, pequeña e insignificante criatura-, replicó, no con soberbia, sino con convicción-, has interrumpido mi descanso. Dame una buena razón para no hacerte cenizas.
-He dicho que he venido a enfrentarlo, Dragón-, replicó Aster, y una vez más se sintió estúpido cuando el dragón comenzó a reír abiertamente-, ¿qué es tan divertido?
-Nunca he sido vencido, y menos por alguien que evidentemente no tiene idea de cómo usar magia. ¿Qué esperas lograr de esto, príncipe Pooka?
A Aster lo sorprendió un poco que el dragón se diera cuenta de que era un Príncipe. Vaya, incluso una criatura ermitaña como ésta parecía ser menos distraída que Jack.
En cuanto a la Magia, sí, las habilidades de Aster eran limitadas. Podía transformarse en todas las variedades de apariencia que un Pooka podría tomar, pero no podía inventarse una apariencia completamente nueva. Podía visualizar un lugar, hacer un túnel y llegar a dicho lugar sin problemas, pero siempre mientras supiera qué lugar era ese y cuál sería el camino que recorrería bajo la tierra. A partir de esta cueva, por ejemplo, le tomaría dos minutos llegar al Palacio si él quería, pero no había podido hacer lo mismo en su viaje hasta aquí. Ahora que conocía el camino, ya era una opción.
Su más grande atributo mágico era la forma en que sus manos influían a la tierra sin que tuviera que hacer un esfuerzo extra en conseguir que crecieran las plantas, o que los animales se comportaran de un modo beneficioso para la naturaleza. Esas habilidades, aunque en su Tribu eran respetadas y admiradas, aquí no le servían de mucho.
Y los dragones, como criaturas mágicas, no eran precisamente su especialidad, así que realmente no tenía demasiado con qué defenderse en este momento.
De todas formas, estaba en el punto donde simplemente no se podía echar atrás. Había aceptado el reto, y lo enfrentaría.
-Espero obtener una de tus escamas, Dragón-, los ojos rojos del dragón parecieron aclararse y brillar, o quizás era que las pupilas largas de la criatura se estrecharon tanto como para ser solo dos líneas verticales dentro de sus irises. De cualquier forma, Aster supo que lo había impactado-, y nada me detendrá para conseguirla.
El Dragón se quedó quieto un momento, y parecía como una estatua, una piedra. Aster por un momento temió que lo fuera, y haber alucinado toda esta escena.
-Bien, Príncipe Aster-, concedió el Dragón, retrocediendo a una posición tensa, con sus patas apoyadas en el suelo y la espalda abajo, como listo para saltar encima de su presa-, acepto tu reto. Puedes empezar cuando quieras.
Aster echó mano de su espada, dio una última respiración profunda, y cargó contra el Dragón Azul con toda la fuerza que le fue posible.
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Era poco probable que esto funcionara, o al menos, eso tuvo que pensar en retrospectiva, cuando yacía con el pecho contra el suelo y una de las patas delanteras del Dragón presionando su espalda. Le sorprendía, aunque no mucho realmente, cómo le había sido tan sencillo simplemente desarmarlo y vencerlo con fuerza bruta.
Lo que le sorprendía verdaderamente era el hecho de que no lo hubiera matado aún. Era una creencia arraigada que los dragones eran criaturas despiadadas, sedientas de sangre, que al primer error que Aster cometiera lo lamentaría absolutamente.
Sin embargo, una vez bajo su poder, el dragón solo descendió la cabeza hacia él y bufó contra su espalda.
-Me has causado curiosidad, criatura. No pienso matarte, pues, aunque tu insolencia me ha hecho enojar, demostraste dar más batalla que la mayoría de los guerreros que he conocido.
-Qué buena noticia-, replicó Aster con marcada ironía en la voz. No había resistido ni diez minutos, ¿en cuánto tiempo el dragón había podido acabar con los otros que se habían atrevido a enfrentarlo?
-Me alegra que mi opinión te complazca- si el Dragón había captado algo del desdén en la voz de Aster, no lo demostró-. Ahora, Pooka, quiero escucharte. ¿Por qué has decidido venir a retarme? ¿y de qué utilidad te sería una de mis escamas?
Haciendo estas preguntas, el Dragón quitó su enorme garra de la espalda de su retador, y lo dejó ir. Aster sintió que su cuerpo se iba desenredando cuando se ponía de pie, tanta había sido la presión a la que lo había sometido.
Se sintió un poco mejor cuando se dio cuenta de que, con la presencia del dragón, las antorchas encendidas y el ejercicio de su batalla fallida, ya no sentía frio. Ahora, al sentirse menos en peligro, no tuvo problemas en contestar:
-Es… quizás para que lo entiendas tendría que contarte toda la historia, y es un poco larga, Dragón. De otro modo, mi solicitud te parecería frívola.
El Dragón se quedó en silencio por largo rato antes de hablar. Aster comenzaba a considerar que quizás finalmente decidiría acabar con él. Bien, de algún modo podría escapar. Aunque estaba realmente cansado y adolorido.
El Dragón continuaba en silencio, y de pronto, la sensación cambió del cansancio a la intranquilidad más absoluta.
-Tantos siglos he pasado en esta cueva que renuncié a contar el paso del tiempo, quizás hace años. Pocas veces me entretengo tanto con una visita. Disfrutaré mucho de tu historia seguramente, si decides contármela.
Por un momento, Aster tuvo una honda sensación de tristeza proviniendo de él. Pero ya que no tenía otra forma de consuelo que ofrecerle, decidió que contar su historia no tenía por qué ser algo tan terrible.
-Bien…-, se sentó en el suelo y trató de ponerse cómodo-, ¿cómo podría empezar? -, por alguna razón, lo primero que acudió a su mente fue aquella noche que había compartido con Jack, y cómo éste había transformado algo tan íntimo y grave en uno de sus juegos, haciendo que se sintiera una atmósfera mucho más tranquila y cómoda. Cómo lo había amado por eso-. Hace tiempo, un muchacho se perdió en un bosque, y pronto se encontró a un Cazador.
El Dragón apoyó su cabeza sobre sus patas delanteras, como poniéndose en posición para escuchar un cuento. Miró al Pooka fijamente con sus enormes ojos rojos, que parecían mucho más suaves y relajados que antes. A Aster le recordó lejanamente a un perro, uno gigantesco y temperamental, cuando cerró los ojos y simplemente lo escuchó.
-…el Cazador pensó que el muchacho se iría rápido, así que no le puso atención. Pero él no lo hizo, y pronto, al oírlo hablar y al observarlo bien, el Cazador se dio cuenta de que aquél que lo acompañaba era nada menos que el Príncipe del Reino vecino.
El dragón abrió los ojos y lo observó con mayor interés. Aster supuso que debía intentar mantener su atención así durante el resto de la historia.
-Cuando el Príncipe regresó a su hogar, el Cazador supuso que no volvería a verlo, pero en un par de semanas, él volvió a aparecer y se quedó todo el día haciéndole compañía en el Bosque. Pasaron las semanas y continuaron viéndose.
El dragón asintió, mostrándole sin palabras que seguía la historia. Aster sonrió para sí mismo.
-Pasado el tiempo, el Cazador y le Príncipe se hicieron amigos, pues pasaban mucho tiempo juntos, conversaban de muchas cosas, compartían todo tipo de bromas entre ellos, y se confiaban sus secretos y preocupaciones. El Cazador se vio envuelto en una situación que lo preocupaba. Pues, ya que cada vez que el Príncipe se iba pensaba que nunca volvería a verlo, había omitido hablarle de dos cosas muy importantes: en primer lugar, se había enamorado perdidamente de él. En segundo lugar, el Cazador también era un Príncipe, y habían llegado demasiado lejos en su amistad como para echarla a perder con una confesión tan tardía.
Ante esta revelación, el Dragón abrió mucho los ojos y levantó un poco la cabeza antes de volverla a acomodar sobre sus patas.
-No me parece suficiente razón para ocultar hechos de semejante importancia-, protestó el Dragón, evidentemente insatisfecho, pero intrigado con la historia. Aster sonrió.
-Bien, a decir verdad, el Príncipe Cazador…
-El Príncipe Pooka.
Aster suspiró, sonrió, y continuó:
-El Príncipe Pooka- corrigió para gusto del Dragón- tenía otros motivos para ocultarlo.
Aster continuó contándole la historia en el mismo tono, y, para su sorpresa, el Dragón prestó atención a la historia de principio a fin.
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Entre su búsqueda por contarle al Dragón lo suficiente sin afectar demasiado su privacidad, y que el Dragón era una criatura extremadamente curiosa que preguntaba por detalles y antecedentes para entender el contexto de un relato que era más bien simple, Aster tardó aproximadamente dos horas en contar toda la historia. Al llegar al punto en el que se encontraban ahora, el dragón se quedó en silencio, y Aster temió que la historia no lo hubiera complacido.
-Venir aquí a robar una de mis escamas no es una muestra de valor, Príncipe Aster-, opinó de pronto, impresionando a Aster de que éste fuera su comentario-, más bien es una completa necedad, un riesgo innecesario. No por mí. El frío de esta montaña es mortal para quien no puede regular su propio calor interno. Temería que tu amado quisiera matarte.
Aster suspiró, pero supuso que él diría algo más así que no protestó.
-No fuiste muy listo, ocultándole tu identidad-, continuó el Dragón, en el mismo tono serio y reflexivo -, pero creo entender porqué lo hiciste. Y finalmente, tengo que decir que, de haber estado en tu lugar, hubiera matado a ese pequeño bastardo en el momento en que insultó a tu raza y a tu familia.
-No creo que lo haya hecho con intención-, replicó Aster entonces, quizás con demasiada celeridad, pero sin poder evitar su deseo de mantener protegido a Jack-, las personas que realmente odian a los Pookas no muestran la curiosidad que él demostró al conocerme. Creo que sólo estaba asustado…o eso quiero creer. Me niego a pensar que mi ángel tenga un corazón despiadado.
El Dragón se quedó en silencio, mirándolo con atención. Quizás había un poco de lástima en su mirada hacia él. Un momento después, giró un poco más hacia el fondo de la cueva, y con su garra derecha comenzó a empujar algo hacia Aster. Pronto el Pooka se dio cuenta de que lo que le ofrecía era una pequeña canasta, con pan, queso y algunas frutas. El Dragón la acercó suficiente con su pata y luego la empujó con su nariz hasta dejarla frente a su huésped.
-Come y descansa, Príncipe Pooka. Consideraré cuál será tu destino, pero tendrás que darme tiempo para tomar una decisión.
Sorprendido, Aster decidió que no podía desperdiciar una oportunidad como esta de reponer energías, y así como se sentía protegido en el calor de la cueva, echó mano de los alimentos ofrecidos y comió hasta saciarse.
En una distracción, el Dragón le explicó que algunos magos del Reino de las Montañas le llevaban comida regularmente. La carne que le ofrendaban era más que suficiente y, aunque el resto de los alimentos que le dejaban eran de su gusto, bien podía vivir sin ellos.
A Aster le impactó positivamente que el pan fuera tan suave, pero, de nuevo, la temperatura a la que el Dragón mantenía ésta parte de la cueva debía ser lo que lo mantenía así.
El Dragón Azul permaneció un buen rato sin decir nada, y Aster se encontró entrando y saliendo de un estado profundo de somnolencia que le habría alarmado si aún tuviera frío, pero finalmente decidió que debía deberse a un estómago lleno y al calor del lugar, y no a una hipotermia que acabaría con su vida.
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-He tomado una decisión-, al escuchar la poderosa voz del Dragón, Aster volvió a despertar, ahora sí completamente alerta-, sin embargo, me encuentro inseguro de cómo proceder.
Al ver que el Dragón enderezaba su cuerpo, dejando su estado de descanso, Aster se puso de pie. El Dragón inclinó su rostro hacia él, y volvió a inspeccionarlo con detenimiento.
-La prueba que te puso tu caprichoso Príncipe no sirve, en mi opinión, para demostrar tu valor. Sin embargo, tú la transformaste para ese propósito quizás sin darte cuenta. Se necesita Valor para aventurarse en esta montaña de la manera respetuosa que tú lo hiciste, para darle la cara y tu nombre a la criatura a la que enfrentas, y jamás atacar por la espalda, como he sido atacado incontables veces. Se necesita Valor para hablar de frente con un Dragón siendo una criatura tan fácil de destruir, y para permitirte dormitar en presencia de algo que puede acabar contigo cuando lo desee.
Aster sentía sus latidos en las orejas.
-Se necesita Valor para contar tu historia y admitir tus errores, y para no despreciar lo que es diferente a ti-, Aster supuso entonces que, como los Pookas, los Dragones debieron vivir en su momento todo tipo de rechazos y aislamiento. Qué mejor prueba de que él, siendo tan poderoso, estaba recluido en esta cueva-, y por eso, mi decisión es que darte una de mis escamas no es algo de lo que vaya a arrepentirme. Sin embargo, antes de entregártela, quiero que sepas que si te la doy es porque creo que tú mereces portar una prueba de tu Valor. No considero que tu Príncipe, en cambio, merezca tal obsequio.
Dicho esto, el Dragón posó una de sus garras a la altura de su cuello, seleccionó una gran escama, y tiró de ella hasta que se desprendió de su piel con apenas un pequeño gruñido de dolor. Aster miró el poco de sangre verde que brotaba de la herida y la piel clara y suave que había debajo.
-Le debo lealtad al Reino de las Montañas Nevadas, y si algún día hay otra guerra, me veré obligado a salir y defender mi hogar. Quizás este espacio vulnerable sea por donde entre la flecha que finalmente acabe con todos estos siglos de soledad.
Aster tomó la escama. Era tan grande como las dos palmas de sus manos juntas, azul, iridiscente, dura, y por supuesto, hermosa como pocas cosas en el mundo. Aster miró al Dragón, y decidió hablar con sinceridad, aun cuando se encontraba preocupado por el posible resultado de sus palabras a continuación:
-Agradezco infinitamente este obsequio, Dragón. Te prometo que le daré un buen uso, pero no puedo jurarte que no se la daré a Jack. Él es mi Ángel, mi Estrella, y si me pide esto no seré capaz de negarme.
-Es tu decisión si se la das a tu Príncipe. Mi voluntad sería que, en cambio, él también fuera capaz de demostrar que es merecedor, no de la escama, sino de tus esfuerzos. Vete ahora, Príncipe Aster, y espero volver a verte algún día en circunstancias más propicias. Quizás entonces, te deba lealtad como mi nuevo Rey.
-Tus palabras son demasiado para mi humilde persona-, ofreció Aster, en una muestra de caballerosidad que era lo menos que sentía que podía ofrecerle ahora-, también yo espero volver a verte, Dragón.
El Dragón Azul inclinó la cabeza y casi en seguida pareció dormir. Aster respiró profundo, golpeó dos veces el suelo con su pie, y un túnel apareció debajo de él, llevándoselo de esa cueva rápidamente.
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Acababa de concluir el desayuno. En el Palacio, la familia Real y la Familia Real Pooka estaban en el Salón del Trono, expectantes. Dentro de un rato se cumpliría el plazo para que los retadores regresaran, si es que alguno de ellos había conseguido concluir la prueba impuesta por el Príncipe Jack.
Jack, por su parte, no había podido dormir en toda la noche pensando en Aster, y en qué tanto debía creer en lo que la gente decía, de que había mandado a esos hombres a su muerte. Sabía que el Dragón Azul era una criatura poderosa, sabía que vencer a un Dragón era poco menos que imposible para casi cualquier criatura, pero quería creer que Aster no había sido tan torpe de ir a enfrentarlo sin tener un plan de respaldo o una manera de huir en caso de necesitarla. El hecho de que no hubiera regresado aún podía significar que simplemente estaba en camino y no tardaría en llegar. Sí, eso era lo que Jack quería creer.
En el transcurso de la tarde y noche del día anterior, varios de los retadores simplemente habían desistido de la empresa. Un puñado de ellos había intentado llevar escamas falsas para pasar la prueba, pero las habían sometido a inspección y las habían descartado rápidamente.
Mientras tanto, nadie parecía haber tenido noticia alguna de Aster. Jack comenzaba a considerar él mismo ir a buscarlo a la montaña, cuando el vocero anunció:
-¡El Príncipe Aster!
Aster entró a la habitación a paso moderado y con la cabeza agachada, pero no parecía una expresión de tristeza tanto como de, quizás, preocupación. Al verlo, Jack sintió el impulso de ponerse de pie, pero se contuvo.
La Reina Dahlia, en cambio, se acercó a él cuando finalmente detuvo su paso frente a ambas familias.
-Me alegra ver que has vuelto con bien, hijo-, expresó ella manteniendo la compostura, al parecer le estaba siendo difícil. Aster levantó la mirada hacia ella, y extendió las manos, que hasta el momento había llevado ocultas debajo de la capa que lo cubría, mostrando que llevaba consigo la escama del Dragón Azul.
La Sala quedó en completo silencio. Los cortesanos reunidos ahí miraron la escena con asombro y curiosidad.
Jack levantó lo más posible la cabeza para observar cuando North, el experto y amigo de confianza de la Familia Real, se acercó a admirar la pieza.
-¡Shostakovich!-, expresó el hombre, mirando la escama por todos los ángulos con una expresión indescriptible en el rostro-, es una escama auténtica…la más grande y colorida que he visto. Su resistencia debe ser mayor a la de la aleación de metal más fuerte que tengamos conocimiento. Tiene que ser del Gran Dragón Azul, el corte fue limpio, la pieza está completa.
-¿De qué utilidad puede ser, amigo North?
-Una pieza como esta incrustada en un escudo puede hacerlo impenetrable-, explicó el hombre, volteando a ver a los Reyes-, me sentiría honrado de poder trabajarla en mi taller, pero eso será decisión del Príncipe Aster, supongo.
Después de unas cuantas explicaciones más acerca del peso, los colores y la dureza de la escama, North expresó que, a su parecer, el Príncipe había superado la Prueba con creces. Ahora, faltaba escuchar al Príncipe Jack.
El Rey y la Reina se miraron y asintieron complacidos, y luego miraron a su hijo.
Jack se mordió los labios, suspiró por el alivio que lo golpeó como una corriente de aire, y se puso de pie.
-Has pasado la prueba, Príncipe Aster. Me has demostrado tu Valor.
Aster pensó en estas palabras un momento, y luego pensó en todo lo dicho por el Dragón, y se sorprendió al darse cuenta de que el veredicto de Jack ahora le parecía… vacío. Era una victoria sin significado.
Cuando el experto hizo el intento por regresarle la escama, Aster se negó a tomarla.
-Por favor, North, haga con ella un escudo, y entréguelo de mi parte al Príncipe Jack-, indicó, modulando su voz como restándole importancia, y luego volteó a ver al Príncipe, que parecía confundido por esto-, considérelo parte del regalo de bodas, Alteza.
Heath se puso de pie y salió detrás de North con la intención de ayudarle con el encargo. Los demás fueron a tomar el almuerzo.
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Aster se negó a comer y pidió que se le dejara solo. Quería descansar.
Entró a su habitación asignada, se quitó los ropajes y las pieles excesivas y se dio un buen baño con agua caliente antes de meterse a la cama y dormir, por varias horas.
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Se unió a ambas familias a la hora de la cena, donde le preguntaron a Aster, sobre todo sus hermanos, por los detalles de su aventura. Decidió que no sería demasiado específico: se limitó a contarles que el Dragón no había sido vencido, pero que él había hecho lo suficiente como para apoderarse de la escama.
Lo que Aster no quería decir en voz alta… no quería admitir, era que el Dragón lo había obligado a pensar en lo que compartía con Jack, y en la forma en que las cosas se habían desarrollado hasta el momento. Mirar a Jack, mientras él mantenía su fachada de Príncipe soberbio y odioso, era todavía un poco más molesto que antes. ¿Era quizás que el Jack que él había conocido en los Bosques no era el verdadero? ¿Qué pasaría si todo ese tiempo Jack solo había buscado una distracción, un amante de una sola noche, y aquí demostraba quién era en verdad? ¿Qué pasaría si él, Aster, en realidad, había quedado tan enamorado de él que simplemente había omitido todos estos detalles de su carácter, evitándose verlos y aceptarlos, y ahora simplemente habían terminado por explotarle en la cara?
No quería pensar que Jack fuera cruel, pero era verdad. Lo había mandado a lo que, para lo que todos sabían, era una muerte segura.
Quizás había querido que Aster se echara para atrás y decidiera irse.
Probablemente eso era lo que había pasado desde el principio. Pero Aster ya no quería pensar en ello, porque eso querría decir que Jack quería deshacerse de él.
Lo viera por donde lo viera, Jack simplemente no quería tenerlo cerca y eso era algo que le dolía demasiado.
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Cuando Jack vio que Aster se levantaba de la mesa, continuó comiendo. Sus padres y la familia de Aster habían continuado hablando con tranquilidad, y a su lado, Emily estaba tensa. No le había dirigido la palabra en todo el día. Al parecer, estaba algo molesta con él, y a decir verdad, Jack no podía culparla. Esperó por lo que parecía un tiempo prudente, y también se retiró de la mesa, no sin desearle buenas noches a la Reina y a los Príncipes de la manera más encantadora que le fue posible, intentando ganar, si no su simpatía, cuando menos algo de tranquilidad en la forma terrible que había empezado su relación con esa familia.
Salió del comedor y buscó su camino entre los pasillos del Palacio, y finalmente se encontró ante la habitación que le habían asignado a su Príncipe. Tocó la puerta sin pensar, y justo cuando se abrió, se dio cuenta de que no tenía idea de porqué había venido hasta aquí.
-¿Jack?
Aster parecía de lo más confundido al verlo, y a decir verdad, Jack mismo no tenía una buena excusa, así que pensó en algo rápido intentando no perder su pose habitual.
-Buenas noches, Aster. Sólo venía a… felicitarte, eso es, a felicitarte por haber logrado traer la escama. Hubo quien pensó que no lo lograrías y… me alegra ver que estaban equivocados.
Aster lo miró por unos segundos sin que su expresión cambiara, pero finalmente, una expresión de asombro se asomó por su rostro.
-Estabas… ¿preocupado por mí?
-Yo…no, claro que no-, repuso rápidamente, asegurándose de que no fuera demasiado obvia su actitud-, yo sabía que saldrías bien parado del encuentro con el Dragón, o que cuando menos serías lo suficientemente prudente para volver si no podías hacerlo. Yo…
Una sonrisa, sencilla, lenta, se fue formando en los labios de Aster, y al verlo sonreírle así, como antes, como cuando eran solo dos amigos juntos en el Bosque, Jack se quedó en silencio. Se sentía tan incómodo, tan fuera de lugar… la sonrisa de Aster cambió, a algo mucho más tenso, más oscuro.
-Muero por conocer la segunda prueba, Alteza.
Jack sentía que el corazón le latía rápido y sin descanso.
Antes de que se diera la vuelta para retirarse del todo, Aster lo detuvo un momento: con la misma expresión seria en su rostro, tomó su mano y la besó delicadamente, sin dejar de mirarlo a los ojos, y ante este gesto, Jack sintió que sus rodillas cedían. Se dio la vuelta rápidamente y salió de ahí corriendo, sintiéndose vulnerable… humillado casi, pero oh, la calidez, el contacto, la suavidad, el aroma que de pronto sentía impregnado en toda la piel…
Cuando pudo volver a su habitación, cayó en la cama con poca gracia, con las piernas débiles y temblorosas; Aster sabía cómo llegar a él, a cada parte de él, y parecía gustoso de aprovecharse de ello a cada momento.
La segunda prueba era su oportunidad de hacer algo fuerte, infranqueable, que acabara con esta situación de una vez por todas.
Continuará….
Nunca había escrito un personaje como un Dragón. Quería que fuera fuerte y sabio. Por un momento me tentaba que Aster lo venciera, pero tuve que contenerme porque creo que no hubiera habido lección alguna en ello. Creo que el verdadero enfrentamiento que tuvo con el Dragón, podría decirse, fue el de contarle su historia. Espero que mi razonamiento tuviera sentido.
En todo caso, ¡espero que les haya gustado!
Nos vemos pronto, espero que máximo un par de semanas.
Besos y abrazos!
Aoshika
