Hey! Después de un par de semanas largas y agotadoras, aquí traigo el siguiente capítulo. ¿Quién lo diría?

La canción de hoy sería This ain't a love song, de Bon Jovi. No recuerdo si la he recomendado antes, pero… the feels, man, the feels.

En mi mente, la primera canción del baile es Beethoven's Silence, de Ernesto Cortázar, y la última es Mariage d'Amour, de Paul de Seneville.

Bien, los invito a leer!

El Príncipe y el Cazador

Capítulo 7: El Baile

El día de la Tercera Prueba amaneció todavía más frío que los días anteriores. Particularmente, quizás esto se debía a que era aquél un día ventoso y húmedo, muy diferente al frío apacible que hasta hacía unas horas se sentía en el Reino. A Aster, francamente, no le sorprendió. Parecía que su estado de ánimo empeoraba de la misma manera en que el clima lo hacía y a decir verdad, últimamente no estaba en sus mejores días.

Le costó trabajo ponerse de pie, asearse y prepararse. Odiaba todos los preparativos y rituales que tenía que realizar para presentarse ante la gente de este Reino, pero era algo a lo que se había habituado desde que era niño. En este tipo de lugares no podía ser como era en casa: el Guardián del Bosque, el Cazador, un Pooka libre y casi salvaje que usaba ropa cómoda para hacer sus labores diarias, un trabajador animoso y honrado, afectuosamente agresivo y sin más preocupaciones que las que implicaban mantener a su Bosque seguro y a su gente feliz.

En un Reino como éste, tenía que ser el Príncipe Aster, tercero en línea de sucesión. Tenía que mostrar una elegancia que lo incomodaba y una diplomacia que lo limitaba absolutamente. Sus palabras estaban condicionadas, todas y cada una de ellas, a ser medidas y precisas. Su trato siempre tenía que ser suave, sus conversaciones amables, sus emociones controladas. Si se dejara llevar por su temperamento aquí, como Jack lo había hecho libremente desde el día en que intentó pedir su mano, a estas alturas probablemente el Reino de las Montañas Nevadas y la Nación Pooka ya estarían en guerra una vez más.

Las ropas que tenía que usar aquí lo hacían sentirse todavía más limitado. El frío le entumía los músculos. Las reglas de etiqueta que tenía que seguir, aunque eran prácticamente las mismas que debía observar en cualquier reino al que fuera, le resultaban innecesarias, molestas. Percibía la incomodidad de su familia y le hacía sentir peor, culpable de pensar que podría haberle evitado todo esto a su madre, especialmente. Sentía que los había obligado a pasar por una situación de lo más humillante, que podría haber evitado por completo si hubiera sido sincero, consigo mismo y con Jack.

La situación se había vuelto, a decir verdad, insostenible.

En realidad, sentía que solamente estaba haciendo las cosas por evitarles más tragos amargos a todos. Quería volver a casa. Quería volver al Bosque.

Si se quedaba aquí y se casaba con Jack finalmente, su vida seguiría totalmente restringida, y además, bueno, seguiría estando condicionada a los deseos y exigencias de su pequeño, irritable y caprichoso esposo. Ya no sería el Guardián del Bosque, de eso se encargaría alguno de sus hermanos menores, y él se tendría que preparar para ser un perfecto Príncipe del Reino de las Montañas Nevadas. Algún día sería Rey, junto con Jack, pero en este preciso instante, aquél no era un futuro apetecible en absoluto.

-Aster, tienes que apurarte-, Camellia se asomó a la habitación, y al verlo pelearse con los botones de su saco, se acercó a él y los acomodó ella misma-, los Reyes nos pidieron ir a la Sala del Trono. Parece que la tercera prueba de tu Príncipe se aplazará por unos días.

Sorprendido, Aster dejó que su hermana terminara de peinarle el cabello con los dedos y alisar sus orejas hacia la parte trasera de su cabeza.

-¿Han dicho por qué?

-No-, ella apoyó las manos en sus hombros y le sonrió-, pero si yo fuera tú pondría una mejor cara que la que tienes en este momento.

De pronto, la expresión de Camellia se ensombreció. Aster odiaba cuando hacía esto.

-Dime qué era lo que venías a decirme en realidad.

-Estoy molesta, Aster-, contestó ella finalmente, mirándolo a los ojos y sin ocultar nada-, mi madre no tendría por qué soportar esta situación.

-Lo sé. Yo quisiera poder remediarlo de algún modo.

-No es nada que puedas resolver tú, hermano-, Aster sonrió cuando sintió las manos de su hermana darle pequeñas palmadas en los hombros-, y eso lo sabemos bien. Sin embargo, estaba pensando y quizás…

Camellia sonrió y Aster sintió un estremecimiento.

-Quizás…

-Quizás puedas hacer algo por ganarte a Jack rápido y acabar con esto de una vez-, propuso, ahora su expresión un poco más dulce-, ¿qué tan difícil puede ser con tus encantos?

Aster dejó salir una risa sin querer. A pesar de lo molesto que era todo, el tono juguetón de su hermana aligeró un poco las cosas. Luego de un momento, ambos se pusieron serios otra vez.

-En realidad, venía a decirte que Heath y yo estuvimos conversando anoche-, Camellia se alejó de él. Se aproximó a la cama desordenada, acomodó las almohadas y alisó las sábanas. Aster la miró un momento antes de alcanzarla y ayudarle-, y queremos que sepas que, si estás de acuerdo, estamos preparados para ponerle fin a esto.

Aster dejó salir un suspiro cansado en lo que ambos tomaban asiendo en diferentes extremos de la cama.

-No entiendo a qué te refieres.

-Bueno, es evidente que tú no tienes forma de acabar con esto de otra forma más que pasando las pruebas que el Príncipe te imponga-, apoyó las manos en su regazo y apretó los puños-, y mamá no protestará porque sería malo para tu reputación y tu honor. Pero mi hermano y yo podemos hablar por mamá y por lo que, a estas alturas, consideramos una humillación. Deberían saber que cualquier otro reino a estas alturas habría abandonado este lugar y tomado represalias. Estamos siendo demasiado flexibles.

-No quiero llevar las cosas tan lejos, Camie-, protestó Aster con la voz más templada y tranquila que podía-, sé que esta situación es molesta, pero no quiero que tenga peores consecuencias que las que ha tenido hasta ahora.

-Al dudar de ti, ese chiquillo no solo puso en tela de juicio tu honor, Aster-, replicó ella poniéndose de pie-, también puso en duda la veracidad de las palabras de nuestra madre al presentarte ante ellos. Detesto tner que verla poniendo buena cara y preocupándose por ti.

Aster sabía que su hermana era de temperamento rápido. Heath, a diferencia de ella, era mucho más mesurado, sin embargo estaba consciente de que ambos tenían su carácter, y probablemente estaba poniendo muy a prueba sus límites.

-Nada desearía más que terminar con esto ya-, él también se puso de pie, y caminó tras ella-, me siento sofocado y restringido. ¡Odio estas pieles, odio este clima, odio la etiqueta, odio la maldita diplomacia! Pero no puedo echarme para atrás, hermana. Y tampoco puedo permitir que tú y Heath vengan al rescate cada vez como si yo aún fuera un niño. Ya no lo soy y eso es algo que tienen que entender.

Camellia apretó los labios y dirigió sus ojos a cualquier parte menos al rostro de su hermano. Parecía que estaba tomando un trago de la sustancia más amarga.

-Me dices que odias esto-, dijo entonces, con la voz más contenida que podía hacer-, si sales victorioso de todo, Aster, esta será tu realidad. Esta será tu vida, éste será tu hogar, ¡Ese bastardo será tu esposo! ¡¿Crees que queremos esta vida para ti?!

-¡El matrimonio no fue idea mía, Camellia!

-Altezas…

Aster y su hermana voltearon hacia la puerta, donde un sirviente, evidentemente asustado, los observaba. Se miraron, preguntándose en silencio, casi telepáticamente qué tanto de lo dicho había sido escuchado por el sirviente. Y qué tan perjudicial sería que Camellia acabara de llamar al Príncipe "bastardo".

-Los… Reyes los esperan en el Salón del Trono.

Camellia miró a su hermano de reojo.

-Adelántate, Aster. Quisiera… discutir un poco con este amable caballero que ha venido por nosotros.

Aster sonrió. Se despidió de su hermana con fingida galantería y ella correspondió de una forma similar.

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Cuando Aster llegó al Salón del Trono, se sorprendió de encontrar ya ahí a su madre, a su hermano y a la Princesa Emily sentados a los lados de los padres de Jack. Jack, por su parte, estaba de pie frente a ellos, digno y reservado como pocas veces, así que tuvo que suponer que era un asunto de importancia el que esta familia traía entre manos.

-Nos alegra que haya podido unirse a nosotros, Príncipe Aster-, saludó la madre de Jack en cuanto lo vio entrar-, ¿su hermana…?

-Se nos unirá pronto Alteza, dijo que podíamos empezar sin ella.

-Bien-, ahora fue el padre de Jack quien tomó la palabra-, el motivo por el que les pedimos que vinieran aquí y no fuera del Palacio para el anuncio de la siguiente prueba, es que no la habrá, por lo menos no el día de hoy. El Baile de Invierno ha sido aplazado por más de dos semanas, y en realidad, nosotros esperábamos que a estas alturas el asunto ya estuviera resuelto.

Ambos padres miraban acusadoramente a Jack. Él solo se encogió de hombros.

-Mis pruebas no atrasaron el Baile, Majestades, la enfermedad del Príncipe Aster lo hizo-, replicó, sin una pizca de arrepentimiento o disculpa en la voz-, si por mi fuera, el asunto, como ustedes lo llaman, ya estaría resuelto, en efecto.

Aster tomó una respiración profunda, y literalmente se mordió la lengua para contenerse del enojo que le provocaba Jack.

-Silencio, Jack-, interrumpió su madre, con su expresión suave ya olvidada por completo-, no queremos buscar culpables. Queremos anunciar que el Baile se llevará a cabo esta noche, ya que todos los preparativos estaban listos de todos modos. Tu siguiente prueba se llevará después, quizás en un par de días más. En cuanto al Baile, por supuesto que la Reina Dahlia y sus hijos son nuestros invitados de honor.

-Será un placer atender el baile, sus Altezas-, intervino entonces Dahlia, probablemente porque se dio cuenta de que Jack volvería a replicar-, pero no quisiera imponer nuestra presencia. Además, ni mis hijos ni yo estábamos preparados para atender una ocasión similar.

-Oh, no es nada, Dahlia-, sonrió el padre de Jack-, nuestras costureras seguro serán rápidas en preparar ropas adecuadas para usted y su familia. Además, ya nos adelantamos al hecho, pues queremos que el Príncipe Aster sea anfitrión del Baile junto con Jack, ya que están próximos a casarse. Será su primer evento oficial.

Un silencio incómodo reinó en el Salón del Trono por varios instantes en los que la respiración de Jack pareció atorársele en el pecho. Finalmente, al no haber un solo ruido proveniente de alguno de los presentes, Rose-Marie volteó a ver a su hijo.

-¿A qué debemos agradecer el no escuchar una nueva protesta tuya, Jack?

A Jack le sorprendió esta interpelación, casi amarga, provenir de su madre. De todas formas, no perdió la compostura.

-Creo que ya hemos visto qué tan escuchadas pueden ser mis protestas, de lo contrario no estaríamos en esta situación. Con gusto seré anfitrión, junto con el Príncipe Aster, siempre que durante el Baile no se haga ninguna referencia a nosotros como prometidos, pues yo no he aceptado tal trato.

-Estoy de acuerdo-, secundó Aster, y tuvo que reprimir una sonrisa victoriosa cuando Jack volteó a verlo de golpe, como si no se hubiera esperado esta reacción de su parte. Los Reyes suspiraron, asumiendo que tenían que disfrutar de su pequeña victoria como viniera.

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Después del mediodía, se presentaron unas costureras en la habitación de Aster, con la intención de arreglar los últimos detalles de su vestuario para esa noche. Tras ellas llegaron sus hermanos y la hermana de Jack.

La princesa Emily tomó asiento cerca del biombo donde Aster peleaba con las ropas.

-Mi madre me pidió que hablara con usted, Príncipe-, pronunció la niña con resolución. Heath y Camellia intercambiaron miradas-, pues quiere estar segura de que sabrá qué hacer cuando se presente en el Baile.

-Se lo agradezco.

En ese momento, Aster apareció desde atrás del biombo para verse al espejo. Sus ropas consistían en un traje de gala color verde, oscuro como las hojas de los árboles más viejos de su bosque. Sobre su pecho descansaba una placa parecida a la armadura de un guerrero, pero no era realmente funcional. En los bailes, era tradición que la gente vistiera ropas que en cierto modo indicaran su estatus, y si bien aquí el título de Príncipes que los Pookas tenían no eran del mismo valor que el título de Jack o el de Emily, por ser extranjeros, se les respetaba como guerreros, algo que un Pooka, independientemente de dónde estuviera, no dejaría de ser.

-Para empezar, por ser anfitriones, se espera que ambos dirijan unas palabras al público antes de comenzar. Debe saber, Príncipe, que el evento es en la explanada exterior del Palacio, y toda la población está invitada. No solo estarán presentes los nobles de nuestro Reino, también los civiles. Se espera que los anfitriones dirijan algunas palabras al público antes de que la celebración comience oficialmente.

Aster se detuvo un momento y miró a la Princesa. Las costureras juntaban distintas partes del traje con agujas, marcando los lugares donde tendrían que hacer nuevas costuras para ajustarlo lo mejor posible al cuerpo de Aster. Eran tan efectivas en su trabajo que casi no sentía su presencia. A sus espaldas, sus hermanos conversaban entre ellos y esperaban en silencio su turno para ajustar sus respectivos trajes.

-¿Esperan que hable con el público?

-Así es.

Aster estaba habituado a hablar en público, pero no en este tipo de celebraciones. En la tribu Pooka era habitual que los líderes dieran algunas palabras de motivación al empezar un entrenamiento, o durante una época o día importante, como cada año al inicio de las cosechas.

Heath, Camellia, el resto de sus hermanos y él estaban más que experimentados en esto, ya que, desde la muerte de su padre, ellos habían tomado gran parte de sus responsabilidades para restar un poco de peso de los hombros de su madre, que dirigía a las tribus casi por completo en el aspecto logístico, por así decirlo.

Pero una cosa era eso y otra muy diferente era hablarle a la gente en un evento social, frívolo y supuestamente divertido como un Baile.

-Todos los años las palabras que dan mi hermano y mis padres son de felicidad y agradecimiento por la llegada del invierno, que es la época más fuerte y próspera para nuestra gente. Jack se encargará de eso. Mi madre espera que usted dé unas palabras, como extranjero, acerca de lo que piensa de nuestro Reino, y lo beneficiosa que será para ambos reinos su boda con Jack.

Aster percibió la forma evidente en que sus hermanos bajaron la voz ante estas palabras, pero no se dio por enterado.

-No quiero decir algo que se entienda mal, Princesa. Jack no ha aceptado casarse conmigo todavía.

-Pero quizás lo haga-, replicó ella, con toda calma-, eso no lo sabe aún, Alteza.

-Bastante alterado está-, Aster suspiró-, bien, Princesa, intentaré decir algo adecuado. ¿Qué más?

Emily aceptó su rendición.

-La tradición es que los anfitriones hagan juntos la primera y la última canción del Baile. Mi hermano no tiene objeción a esto. Otra regla es que los anfitriones no pueden negarse si alguien más les solicita bailar una pieza, siempre que no sean la primera ni la última. Además de eso, no tienen otra obligación más que asegurarse de que la gente esté disfrutando la fiesta.

-Ya veo-, la diversión, los eventos sociales de este tipo, en realidad no eran cosas que Aster disfrutara o que supiera manejar. Visto en cierto modo, ésta bien podría ser una prueba más: tendría que demostrar que podía encajar en esta sociedad, que podía dar la imagen que esperaban de él, que podía dirigir un acto tan, en apariencia sencillo, como un Baile.

Aster sabía que no era poca cosa. Esta era una tradición del Reino de las Montañas Nevadas, y si por algún motivo las cosas salían mal, se atrevía a pensar él sería el principal afectado, si bien no en su relación con Jack (que ya era todo lo mala que podía ser), sí, quizás, en la forma en que la gente de este Reino lo vería en adelante. Debía ser muy, muy cuidadoso.

Más que otra cosa, esto se convirtió de pronto en un asunto político. Quizás era ridículo pensar así, pero dada la situación, fue imposible que Aster lo viera todo con una luz diferente.

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Los invitados comenzaron a llegar antes de que Aster pudiera sentirse cien por ciento preparado para lo que venía. Los veía aproximarse asomado a una ventana que tenía una perfecta vista al exterior, y tuvo la lejana sensación de que, por más que lo intentara, quizás nunca encontraría su lugar aquí. Con las ropas que traía puestas se sentía más bien disfrazado, aunque en realidad físicamente encajaba bien con lo que se esperaba de él, socialmente hablando. Siendo sincero consigo mismo, su corazón se sentía en todas partes menos aquí.

Pero al mismo tiempo, tenía que admitir…este lugar era hermoso. Si las circunstancias fueran distintas, estaría todos los días asomado a esta ventana pintando el paisaje: las montañas cubiertas de nieve, hasta donde alcanzaba la vista, los lejanos árboles de flores rosas y moradas que contrastaban suavemente con la blancura, el cielo azul, casi permanentemente nocturno, las estrellas brillando con claridad…

A lo lejos, las casas, cuyas luces le daban vida al valle en el que se ubicaba el Reino. Las ligeras y hermosas nevadas nocturnas que dejaban una pequeña capa de copos de nieve en la ventana…

Sí, este era un lugar muy hermoso. Y eso no iba a cambiar si él se casaba o no con Jack.

Tal vez debía esforzarse por hacer las cosas bien, aún si Jack no era de la misma idea.

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Pronto, Heath apareció a su lado, le ofreció una sonrisa como para animarlo, y ambos fueron a buscar a su madre y hermana para presentarse juntos en el Baile.

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Tal como Jack esperaba, Aster lucía más que bien en la ropa que habían confeccionado especialmente para él. Jack no quería prestarle atención por mucho tiempo. No quería que fuera evidente lo terriblemente atraído que se sentía hacia él. Decir que se sentía atraído era decir muy poco, en realidad; estaba enamorado de una manera que le carcomía la carne. Verlo así, tan apuesto, tan grande y fuerte, y saber que, de alguna manera, seguía siendo suyo, todo suyo, lo llenaba de un orgullo pleno y posesivo. Quería tener a Aster. Pero al mismo tiempo se sentía tan cobarde…de no poder. De no ser suficiente.

Cuando subieron al estrado, se tomó un momento para apreciar a las personas que estaban reunidas aquí, esperando oírlo hablar.

Jack era adepto a ser escuchado. Nada lo llenaba más de orgullo, si era sincero consigo mismo, que tener la capacidad de atraer la atención de otra persona. Y claro que, dioses, la atención de Aster era lo que más quería- lo que más amaba. Pero la atención de otras personas, sobre todo en grupos grandes, no era algo de lo que fuera a renegar, quizás nunca.

Tal como Emily había anticipado, el discurso de apertura de Jack estuvo lleno de buen ánimo, hubo algunas risas incluso, y al finalizar, se sintió más que satisfecho con el resultado de sus palabras. Tal celebración era, primero que nada, un gesto de buena voluntad de la Familia Real hacia su gente, y Jack se sentía responsable por expandir buenos deseos, pero sobre todo, la idea generalizada de que todo estaba bien. De que su Reino era fuerte y que lo sería por mucho tiempo más.

Aster, por su parte, se veía nervioso al ser su turno de hablar. Jack se preparó mentalmente para saltar en su auxilio con un comentario gracioso si llegaba a ser necesario. A un costado, en una elevación dispuesta para este fin, sus padres, su hermana, y la familia de Aster se encontraban sentados en sus sillas de honor, viendo la escena desarrollarse. Finalmente, habló.

-Antes de venir aquí, ignoraba muchas cosas. Este Reino puede parecer, para alguien como yo, desolador y difícil. Las amplias planicies de hielo, el frío que adormece la piel… la noche eterna…

Sus palabras sumieron todo de pronto en un profundo silencio.

-Y sin embargo, hace un rato veía por un ventanal, y por primera vez me di un momento para apreciar la belleza de su paisaje, y para reflexionar en que, lo que importa es lo que hay en cada uno de sus pequeños lugares. El Lago Turquesa, por ejemplo, que guarda en su interior una de las flores más bellas que haya visto en mi vida. La montaña del Norte, donde vive el Dragón más fuerte y honorable que puede existir. Y cada una de las personas que se encuentran aquí, que no dudo que sean algunas de las personas más fuertes que haya conocido. Porque para mí, es admirable, haber encontrado el modo de vivir en un lugar que para un extranjero puede ser temible, y haberlo convertido en el hermoso hogar que es ahora. Creo que eso es lo que se celebra en una noche como esta. Y como extranjero, estoy conmovido de que se me permita presenciar esto. Este Reino y su gente, merecen vivir, progresar y continuar por el buen camino que han forjado todos estos años. Espero de todo corazón que así sea.

Aster sintió que salía de un sueño cuando los aplausos animados resonaron en sus oídos. Si bien su discurso había sido corto y sencillo, lo había recitado con pasión y sinceridad. La gente que había venido esperando solo una noche de diversión, se llevaría también el recuerdo de un Príncipe extranjero (un orgulloso guerrero de la Nación Pooka, además), alabando su patria, y ese era un recuerdo que muchos atesorarían por bastante tiempo.

Aster nunca hizo referencia a su tentativa unión con Jack, y tampoco hizo el intento de llamar este lugar "su hogar". No se había atrevido. Pero confiaba en que lo que había dejado salir de sus labios había sido suficiente.

Cuando él y Jack bajaron a la pista de baile y la orquesta se preparaba para la primera pieza, decidió que saldría de esta situación con toda la dignidad que le fuera posible. Jamás había sido el mejor bailarín, pero siempre había sido lo suficientemente cuidadoso para no pisar a sus parejas cuando la ocasión se presentaba.

Cuando finalmente Jack y él estuvieron frente a frente, se dio un momento para admirarlo y recordar lo diferentes que habían sido sus días cuando se encontraban en el Bosque. No podía decidir si Jack se veía mejor aquí, con su atuendo de Príncipe –el más elegante, puro y perfecto-, o con la ropa que usaba para andar entre los árboles, en la tierra, con los animales y las hojas. Sólo podía llegar a la conclusión de que, a sus ojos, y fuera cual fuera la situación, Jack era perfecto.

-¿Te gusta lo que ves? Debo informarte que no me vestí así precisamente para ti hoy- comentó el joven Príncipe con su acostumbrado engreimiento cuando notó que lo miraba, y Aster estuvo a punto de carcajearse en voz alta, a sabiendas de que, como siempre, estaba concentrado en hacerlo reír y enojar a partes iguales.

-Se me ocurren un par de formas en las que te podrías ver mejor, y en ninguna de ellas estás vestido-, contestó entre dientes, y esto le ganó un pisotón de parte de Jack que lo obligó a apretar los labios para no gritar por el dolor agudo y repentino. Jack portaba una sonrisa tensa en el rostro.

Cuando la música empezó, Aster ya rodeaba la cintura de Jack con un brazo y sujetaba su mano, mientras la otra mano de Jack descansaba en su hombro. Con las primeras notas, tuvieron que ponerse de acuerdo con la mirada antes de decidir cómo moverse. La música se escuchaba lejana, sombría incluso. Aster trataba de distinguir los instrumentos involucrados sin dejar de mirar a Jack. Un piano melancólico dominaba la pieza casi por completo y la cadencia le era extraña; había comenzado con un ritmo rápido, pero se había vuelto lento. Aster estaba acostumbrado a que fuera al revés.

De pronto, la risa cristalina de Jack le interrumpió el pensamiento.

-¿Qué es tan divertido?

-Solo me preguntaba cuánto tardarás en pisarme. Se nota que esto no es lo tuyo.

-En mi defensa, tú me pisaste primero.

Jack infló las mejillas y levantó un pie abruptamente, pero renunció al último segundo, pues ambos fueron conscientes de que otro arranque de esos sólo le daría la razón a Aster.

Con Jack rojo de enfado y Aster con una sonrisa en el rostro, el baile se volvió pronto mucho más suave. Pero alrededor de ambos sólo había quietud, y eso intrigó al Príncipe Pooka.

-Si esperan un espectáculo, no lo tendrán-, Aster volvió su mirada hacia Jack, que ahora parecía más irritado, aunque quizás no precisamente contra él-, quieren que nos besemos, o algo así.

Aster sonrió para sí mismo, y se concentró en no pisar a Jack en lo que la canción terminaba.

Si tuviera la libertad de hacerlo, habría inclinado su cabeza contra la de Jack. Habría hundido la nariz en su cabello y habría murmurado todo tipo de secretos a su oído. Habría hecho a Jack recargarse contra él para que oyera la marcha loca de su corazón dentro de su pecho.

Ahora mismo, sólo sentía frialdad. Rechazo. Y la certeza de que lo que él quería y lo que Jack quería, definitivamente no eran lo mismo.

Cuando la canción terminó, se separaron, cada uno con una respetuosa inclinación.

Después de una corta ronda de aplausos, una nueva canción comenzó. Ya no estaban obligados a bailar juntos y, mientras una y otra pareja se integraban a la pista, Aster observó mientras un joven llamaba la atención de Jack para bailar. A su vez, una chica se acercó a él y ofreció su mano graciosamente. Aster le sonrió.

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En el transcurso de las siguientes horas, Aster se ocupó en caminar alrededor de la pista de baile, comer uno que otro bocadillo y bailar con cada persona que se le presentaba (se suponía que no debía rechazar ninguna oferta). Bien, bien, también había gastado bastante tiempo en observar a Jack. En enojarse con la facilidad con la que el joven Príncipe entregaba su mano a cuanto invitado se lo pedía, con la que sonreía y hablaba, y compartía secretos y miradas brillantes…

Aster tenía que mirar hacia otro lado y preguntarse si en algún momento de esta vida volvería a tener a Jack así en sus brazos, si alguna vez le volvería a sonreír como no fuera con una burla o insulto en medio de ambos. Lamentaba que le fuera tan fácil confiar con semejante facilidad en extraños y entregarles todo: su compañía, sus miradas, sus palabras…

Luego se tenía que recordar que él había destruido esa confianza, esa compañía que había compartido con Jack. Lo había hecho cuando había fallado en ser completamente sincero con él.

Jack tenía cierta razón en desconfiar de él. En no entregarse por completo. Pero esto no detenía los celos locos que Aster sentía al tener que compartirlo.

No, compartirlo no, porque Jack no era suyo. Y aún si se terminaban casando sabía que él sería propiedad de Jack y no al revés. Aunque ya no estaba tan convencido de que aquello fuera algo bueno, o siquiera deseable.

En esto pensaba cuando una mujer joven se acercó a él. Se veía algo mayor que la mayoría de las chicas con las que había bailado, pero evidentemente no era una señora tampoco. Y como la mayoría de las mujeres de este lugar, era hermosa, con esa belleza propia de los elfos, aunque nunca cercana a la de Jack. Cuando le ofreció su mano, Aster tuvo el buen criterio de sonreírle y sacarla a bailar.

Contrario a lo que el Príncipe Pooka esperaba, en esta ocasión el baile no pasó rápido e indiferente como los demás. Para su sorprendido placer, la mujer de hecho consiguió captar su atención con una plática amena. Tenía una manera de hablar y de expresarse que hacía que hasta los frívolos rumores de la corte sonaran interesantes. Su forma de hablar tenía cierta pizca de humor retorcido que hacía que la prefiriera a las otras, que habían demostrado todo tipo de recatos innecesarios, aunque Aster no estaba del todo seguro si, quizás, algunas lo habían hecho para parecer atractivas. A algunos hombres esto les parecía encantador. A él no. Él siempre había preferido la fortaleza cínica, el desparpajo incluso, claro, siempre que no fuera en ofensa de alguien más. Al menos, no alguien que estuviera presente. Quizás por eso le había gustado Jack, para empezar. Jack, Jack, Jack. Aster no parecía poder pensar en otra cosa.

-Y dígame, Alteza-, lo increpó la mujer de una forma que, lejanamente, se parecía a la manera en que él mismo llamaba a Jack "Alteza" cuando recién se conocían: con una suave y bienintencionada burla-, ¿Qué jugosos chismes tiene usted qué contar?

Aster rio en voz baja. Ella parecía una mujer bastante sincera. Así que decidió hacer lo mismo.

-Yo no soy adepto a tales pasatiempos, señorita-, aclaró, y los ojos de ella brillaron con buen humor-, rara vez presto atención a aquello que no sean mis obligaciones.

-Ya veo. De todas formas, debería aprovechar las oportunidades que se le presentan-, dicho esto, ella lo obligó a dar una vuelta, gracias a la cual pudo ver por unos segundos a Jack. Él no les quitaba los ojos de encima-, nuestro Príncipe es difícil de atrapar. Hacer el anzuelo más atractivo puede resultar beneficioso.

Cuando volvió a ver el rostro de la joven, ella le sonreía con las cejas levantadas, preguntándole con la mirada si captaba el mensaje. Aster sonrió.

-Bien. De hecho, tengo una historia graciosa que quizás la divierta-, la canción que bailaban ahora era, si bien no demasiado animada, sí lo suficientemente alegre para aprovechar y llevar una plática amena.

Quien los viera de lejos quizás habría podido confundirlos con una pareja de verdad más que solo con una pareja de baile. Aster, alto y apuesto, la joven, bonita y elegante, hablando agradablemente al bailar como si lo hubieran hecho toda la vida, las mejillas rojas por el calor y los ojos brillantes por la diversión. Aster tuvo la lejana impresión de que esto probaba que, contrario a lo que se empeñaba en creer, sin Jack la vida seguiría su curso.

Trató de ahuyentar el pensamiento de su cabeza.

-Soy toda oídos-, concedió ella mientras ensanchaba su sonrisa.

-Bien, no sé si tiene usted noción de que los Pookas podemos cambiar nuestra forma-, ella hizo un gesto de curiosidad e interés. Aster asintió-, tenemos tres formas básicas. La que usted ve es la que más usamos. A veces, para andar con mayor comodidad en el Bosque, me transformo en conejo. Para algunas batallas, adoptamos la forma de un conejo humanoide. "Gigante", si lo quiere ver así.

-¿Crece en estatura?

-Diez o quince centímetros-, concedió-, y crecemos de otras formas también.

Ella reprimió una risa por la insinuación.

-En fin. Un tío muy lejano llevaba años investigando una forma de combinar estas formas a su conveniencia. Ya fuera con una pócima o con un ritual mágico. Hace tiempo perdió la cabeza. Era lo que uno ve en las historias de miedo como una especie de brujo loco, obsesionado con lo que considera su misión en la vida.

-No veo que tenga eso de gracioso-, protestó ella entonces, aunque aún lucía más divertida que indignada. Aster sonrió para sí mismo.

-A lo que quiero llegar es a que, en cierto modo, consiguió lo que quería. Pero no tan bien como él hubiera querido. Quería el cuerpo de un humano, las orejas de un conejo pequeño, para poder esconderlas y que no fueran notorias ni un punto débil en batalla. Y…otras partes, de un Pooka completo.

-¿Qué partes?- preguntó ella, apenas conteniendo la risa. En este punto, Aster estaba tan encantado con la plática y con, por una vez, ser él quien fuera el centro de atención para otra persona, que no dudó en inclinarse hacia ella y decirle al oído su respuesta.

Ya fueran las palabras que pronunció Aster, el hecho de que las soplara a su oído, o la anécdota en sí, pero no se le escapó la piel de gallina que cubrió el cuello de la mujer antes de comenzar a reír. Él tampoco pudo evitar dejar salir una carcajada suave.

-Lo más gracioso fue-, continuó hablando, también intentando ocultar su risa-, que todo le salió al revés… sus orejas eran enormes, y su…

-¡Basta!- reía la joven, y Aster, casi inconscientemente, la presionó más contra su pecho. Cuando pudieron controlarse, fue evidente para ambos que más de un par de ojos habían volteado hacia ellos. Recuperando la compostura, y aprovechando otra vuelta en el baile, Aster miró a Jack, sólo para darse cuenta de que éste parecía muy intencionalmente evitar mirarlo.

Bien. Que Jack sintiera un poco de lo que él llevaba sintiendo toda la noche.

Cuando terminó la canción, la chica le agradeció su compañía y la plática, y al ofrecerle la mano otra vez, Aster volvió a entender el mensaje que quería darle. Se inclinó, tomó su mano y apenas pasó los labios sobre sus nudillos. Ella se despidió graciosamente y se unió a un grupo de amigas.

En este punto, Aster volteó sólo para ver que Jack se retiraba rápidamente de la pista de baile sin mirar atrás una sola vez. A su paso, sus padres y la familia de Aster voltearon a verlo también, sorprendidos por el exabrupto y evidentemente ignorantes de lo que acababa de pasar entre ellos.

A Aster le parecía curioso, tener la capacidad de irritarse tanto uno al otro sin intercambiar una sola palabra.

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Emily tuvo que buscar ella misma a Jack y prácticamente arrastrarlo de regreso al Baile.

La noche había sido un éxito, la gente había bailado, comido y se había divertido. Muchos se acercaron a los reyes a pedir favores y dejar regalos, y como era de mala suerte negar favores en una noche como esta, los reyes habían concedido en seguida todos los que habían sido posibles para hacer a su gente feliz.

El último baile era un poco más ceremonial que el primero. Todas las parejas que cabían en la pista de baile se amontonaban y bailaban, saliendo por turnos hasta que solo quedaban, en el centro, los anfitriones.

Esto molestaba a Jack por dos cosas. Uno, tendría que compartir una canción completa con Aster una vez más. Dos, al menos durante el principio de la canción, estarían tan amontonados que no habría espacio ni para respirar en brazos del Pooka. Lo que quizás no lamentaría tanto de no ser porque se encontraba tan enfurecido con él.

¿Qué se había creído para hacer semejante escena con una vulgar cortesana? Ahora Jack sería la burla de todo el Reino. No solo había dado un discurso cursi que por algún motivo toda su gente había amado (probando ser, una vez más, el Príncipe perfecto que todos querían más que a Jack), también se había esforzado en demostrar que prefería todo tipo de compañía antes que la de él.

Estaba furioso.

Y peor aún fue, cuando escuchó la canción elegida para el último baile.

-Tenía que ser-, se lamentó en voz alta, sin querer, cuando ya se encontraba en brazos de Aster una vez más. Éste bajó la mirada, interrogante, y Jack contestó antes de que preguntara-, Mariage d'Amour. Creo que siguen esperando que hagamos algo. No sé por qué se empeñan en atormentarme.

Aster no sabía si Jack hablaba de él, de los músicos, de sus padres o de la vida misma. Cuando empezaron a moverse con la pieza, fue difícil hacerlo sin tener que mantener sus pechos presionados. Sus respiraciones chocando, y recordando sin querer aquél contacto prohibido en el Bosque.

-¿Tanto detestas la idea, Jack?- Jack levantó la mirada de golpe. Le sorprendió no encontrar en los ojos de Aster otra cosa que sufrimiento-, si te pidiera ahora mismo, de rodillas y con la frente en el suelo que te casaras conmigo, ¿me rechazarías?

-No te veo haciéndolo- repuso Jack, mirando hacia otro lado.

Aster se detuvo, soltó sus brazos y empezó a descender. Jack entró en pánico, lo tomó de los codos y lo detuvo.

-Si te atreves a humillarme así, te mato aquí mismo-, amenazó, y a Aster tal vez le hubiera resultado divertido de no ser por la gravedad en los ojos del joven. Continuaron bailando de forma tensa, esperando que, entre la multitud, nadie hubiera notado el altercado.

-Dime qué he de hacer entonces.

Jack respiró profundo. Lo miró a los ojos. Se preguntó por qué tenía tanto miedo. Porqué, apenas la noche anterior, se había atrevido a invitarlo a su habitación y ahora, esta misma noche, no podía si quiera soportar su presencia. Su mirada. Su calor. Su aroma.

Casi temía por su vida cuando estaba tan cerca de él. Lo asaltaba el recuerdo de sus manos y de sus besos, pero aquella primera y única vez ahora le sabía a un recuerdo tan lejano, como si hubiera ocurrido a otras personas, en una encarnación totalmente distinta. No que Jack creyera en eso. Y aún si lo hiciera, sería avaro de su parte creer que él y Aster estuvieran destinados a pasar juntos una vida y otra.

-Si te hubieras ido desde el primer día, no estaríamos metidos en esto. No te voy a decir qué espero que hagas. Solo te diré que si me ves sufriendo es por tu presencia. Mi vida sería mucho mejor y más sencilla si no te hubiera conocido.

Para ser justos, Jack había sido quien se había aferrado a la relación, que había comenzado con una amistad inocente. Quizás Aster también había tenido la culpa, por no haberlo alejado cuando había podido. Cuando había debido hacerlo.

-Cásate conmigo.

El murmullo de Aster casi pareció congelarse en el viento. Comenzaba una brisa fresca que le enrojeció las mejillas y la nariz. Jack fingió no escucharlo, pero el brillo líquido en sus ojos lo traicionó.

Para este momento, la pista se había vaciado y solo quedaban ellos dos, presionados uno contra el otro, mirándose a los ojos, colgados de los labios del otro, aún sin besarse.

Cuando la música terminó, Jack temblaba, y la inclinación que hizo no fue ni mínimamente tan elegante como la de Aster.

.

.

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Aster caminaba rumbo a su habitación. Se había quedado atrás despidiendo a algunos invitados, hasta que los padres de Jack lo animaron a retirarse de una vez. Sus hermanos, en cambio, se habían retirado pronto para acompañar a su madre a su habitación.

-Aster, ¿tienes un minuto?

Aster volteó y vio a Heath acercándose a él por el pasillo.

-Mamá dice que quiere hablar contigo. Le dije que esperara hasta mañana, pero insistió.

-De acuerdo-, aceptó Aster, y siguió a su hermano a la habitación de Dahlia. Cuando llegaron ahí, Heath les deseó buenas noches a ambos y se fue, rápido. La Reina Pooka estaba sentada ante el pequeño escritorio que había en la habitación. Al ver a su hijo, lo instó a sentarse en la silla libre que había a su lado.

-¿De qué quieres hablar, mamá?

Dahlia lo miró un momento antes de emitir un pequeño suspiro y tomarle la mano.

-Aster, hijo, estoy lista para que me digas cualquier cosa que me tengas qué decir.

Aster se quedó en silencio, sin idea alguna de lo que debía contestar. Un segundo después, su madre insistió.

-Pase lo que pase, no voy a enojarme.

Aster puso los ojos en blanco un momento antes de sonreírle, de una forma bastante insegura, siendo realistas.

-No soy ya un niño, mamá. No temo que me riñas o me castigues, y a estas alturas, si lo hicieras, sé que lo merecería.

La mirada de Dahlia se endureció de esa forma que una madre con experiencia tiene perfeccionada para hacer a sus hijos bajar cualquier defensa. Con Aster le funcionaba bastante bien. Entonces, el Príncipe respiró profundo y trató de mantener las apariencias un momento, pero se rindió, soltando la respiración y relajando un poco su pose.

-Bien, si me estás preguntando, asumo que algo sabes y sólo quieres que confiese.

Dahlia le acarició una mejilla. Aster cerró los ojos y sonrió, apenas.

-Bien. Te diré que de lo único de lo que estoy segura es de que… tus interacciones con Jack no son propias de dos personas que apenas se conocen. Las miradas, los enojos. Esas peleas silenciosas…

Aster suspiró.

-Bien. Yo… conocí a Jack, antes. Y… tuvimos algo.

Dahlia sonrió para sí misma, complacida por haber tenido la razón. Aster la miró.

-No creo que hayas asumido todo solo por unas cuantas miradas.

Su madre se recargó en su silla, cerró los ojos y sonrió aún más ampliamente que antes.

-Bueno, te diré. Los árboles me hablan, querido hijo. Y… ellos me contaron una historia.

-¿Qué historia?

-Un día, un joven se perdió en el Bosque y se encontró con un Cazador…

-¡Oh, por todos los…!

Dahlia casi quiso reír cuando Aster se puso de pie y comenzó a pasearse por la habitación, exasperado.

-¿Qué tanto sabes?

-Lo suficiente para no haber tenido otra opción que aceptar este matrimonio-, Aster se detuvo, y la miró con atención. Dahlia seguía sentada, tranquila, contenida-. Aster, ¿Crees que todo este tiempo habría soportado tantas humillaciones si no hubiera sido por algo realmente importante? La unión de nuestros Reinos no era algo que necesitáramos para vivir, sabes que hemos sido autosuficientes por siglos. La paz, aunque fuera relativa, era más que suficiente. No hubiera pedido la mano de Jack para ti si no hubiera conocido la historia que los unía, y si no hubiera pensado que ese era tu deseo.

En este punto, Aster se sentó frente a ella, en el suelo, como el niño pequeño que había negado ser. Por su parte, su madre le tomó la cara con las manos cuidadosamente, limpiando las lágrimas furiosas con sus pulgares, y trató de ser dulce, comprensiva, pero firme. Detestaba ver a su hijo llorar por alguien que a todas luces no lo merecía, pero estaba dispuesta a apoyar su amor si su corazón realmente lo deseaba.

-Si amas a ese niño, entonces todo esto ha valido la pena, o al menos eso quiero creer-, declaró la orgullosa Reina-. Hoy tus hermanos estaban listos para romper el compromiso si era que Jack cometía alguna barbaridad en el Baile. Ya los he calmado, no tienen por qué meterse en esto. Ahora es tu turno de arreglártelas con Jack. Te advierto que no estoy dispuesta a irme de aquí sin, al menos, una respuesta satisfactoria.

Aster trató de darse valor. La presencia de su madre lo calmaba. Verla tan segura en un momento así lo obligó a sentirse, al menos, un poco más tranquilo con lo que fuera que le deparara el futuro.

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-Cazador.

Aster volteó y por enésima vez se recordó lo estúpido que era de su parte responder a este llamado. Sobre todo después de haber sido rechazado tan terminantemente durante el Baile.

-Alteza-, contestó, del mismo modo que contestaba siempre, y se sintió indignado consigo mismo por lo fácil que era para Jack tenerlo a sus pies. Con su presencia, con su voz. Jack era todo para él, y no podía negarlo, menos en un momento así, cuando su toque era lo único, lo que más deseaba.

-Quiero mostrarte algo. De hecho, es algo que quería mostrarte la otra noche, pero fuiste rápido en retirarte. Acompáñame, no contamos con mucho tiempo.

Dicho esto, se dio la vuelta. Tal como la vez anterior, Aster lo siguió, con cuidado, en silencio, incapaz de negarse a él, aunque ambos en este momento temblaban de incertidumbre. Le sorprendía su repentino cambio de comportamiento, cómo, a pesar de todo, había recuperado el dominio, y parecía dispuesto a soportar tenerlo cerca a pesar de todas las veces ya que se había resistido a su toque, a su presencia, a la idea misma de que ahora ambos pudieran ser más.

En esta ocasión, al llegar a la puerta, Aster no se retiró, y entró tras Jack no sin estar alerta a cualquier amenaza o enojo que pudiera salir de pronto de él, rechazándolo efectivamente una vez más, consciente de su ánimo cambiante y de su personalidad arrebatada y decisiva.

Mientras caminaba tras él, Aster se dio el tiempo para analizar el lugar en el que se encontraba, sin dejar de sentirse incómodo. El interior de la habitación de Jack era tan grande como la había imaginado, repleta, más que de muebles, de cosas. Parecía que el joven era un coleccionador empedernido de cuanto objeto pudiera encontrar que llamara su atención, libros, juguetes, mapas. El escritorio que se recargaba contra la pared de la derecha estaba prácticamente tapizado de papeles con dibujos y escritos que no parecían tener ton ni son. Había percheros cubiertos de todo tipo de abrigos y sombreros, había estantes atiborrados de figuras, las paredes estaban empapeladas de pinturas…

-Mira ahí.

En la pared que le señalaba Jack, debidamente enmarcado y protegido, se encontraba reinando el cuadro que Aster había hecho unos días atrás.

Se sintió… orgulloso. Fue una sensación tan satisfactoria, saber que a Jack le había gustado suficiente la pintura para tenerla ahí, que Aster, por momentos, no supo que decir.

-Creo que no se me hubiera ocurrido nada mejor-, confesó de pronto Jack, mirando la pintura fijamente, con una sonrisa-, para serte sincero, no tenía una respuesta para la prueba.

Antes de que Aster volviera a empezar a cuestionárselo todo, sintió repentinamente sus brazos llenos de Jack. El joven se recargó contra él, presionando su rostro contra su pecho, y Aster apenas atinó a acariciarle vagamente la espalda, sin saber qué era lo que Jack esperaba de él. Las palabras llenas de coraje de su madre le llenaron el corazón de fuerzas, y de la repentina, casi dolorosa esperanza, de que Jack siguiera siendo suyo, y de que lo fuera para siempre.

-Me alegra que ya no estés enfermo. Me sentía tan culpable…

Las manos delgadas, frías y traviesas de Jack subieron por el cuerpo de Aster, acariciándolo suavemente, con la clara intención de llevárselo, de atraparlo. Aster miró a Jack, mientras el joven le sostenía la mirada y deslizaba sus manos por su pecho lo más delicadamente que podía.

-¿Jack?

-Shhh, estamos en el Palacio, Cazador-, sonrió el joven, para luego fingir preocupación-, aquí deberías llamarme Príncipe. Bastantes problemas tendré si mi Familia llega a verte dentro de mis habitaciones.

Aster intentó no reír, intentó no participar de la fantasía, no dejarse llevar. Pero ¿qué podía perder? Esta también era su fantasía, y le era tan fácil caer en ella cuando Jack era todo lo que deseaba, todo para lo que vivía.

-Lo lamento, Alteza. No era mi intención ser indiscreto.

Mientras tanto, Jack se recreaba en el tacto firme y cálido de su pecho. Aster sonreía para sí mismo, preguntándose si Jack se daba cuenta de lo hermoso, lo inocente que se veía portándose así, aunque sus intenciones no fueran, realmente, las más puras.

-Mientras no se repita, supongo que no debería haber problema alguno-, recargó la cabeza contra su corazón. Aster lo sujetó de la cintura y lo presionó suavemente. Así era como quisiera estar siempre, y no pudo evitar la amarga sensación, o más bien recuerdo, de que, si Jack hubiera aceptado su matrimonio desde un principio, quizás en este momento estarían disfrutando de su luna de miel. Quizás así hubieran podido bailar juntos este día, con los corazones latiendo al mismo compás, compartiendo el aire, deslizándose suavemente a su propio paso…

Jack interrumpió sus pensamientos con un suspiro largo y teatral, que le provocó al Pooka una nueva sonrisa.

-Oh, Cazador, me he sentido tan solitario aquí, y tan atrapado-, continuó Jack entonces, alejándose apenas para mirarlo a los ojos y seguir con la historia-, detesto profundamente a mi esposo. No tenemos nada en común, y además, no sabe satisfacerme, no como tú lo hiciste aquella noche en el bosque.

Aster casi quiso reír en ese momento, sobre todo porque Jack lo tomó de la mano y lo obligó a dirigirse a un destino tan sorpresivo como apetecible.

-¿Y qué puedo hacer yo por usted, Alteza?- comenzó a caminar con languidez, mientras Jack lo guiaba hacia la cama, sin soltar sus manos-. Sólo soy un cazador, y usted bien sabe que es peligroso que estemos haciendo esto.

Ya de pie frente a la cama, Jack continuó acariciando el pecho de Aster, y luego de unos segundos tuvo el valor para levantar la cabeza y tomar su labio inferior entre sus labios y luego entre sus dientes, presionando suavemente, lo que hizo al Cazador gruñir, sin poder contener su deseo de devolver el beso, ahora con ternura, profundidad y pasión. Jack sentía que las rodillas le fallaban.

-Cazador…- murmuró contra sus labios cuando pudo formar una respuesta-, mi esposo es el peor. Ni siquiera creo que pueda darme hijos… lo hemos intentando una y otra vez y no da resultado…

Jack dejó salir un grito bastante vergonzoso cuando Aster lo tomó de la cintura y se presionó pesadamente contra él. Jack se sujetó de sus hombros y lo miró, y luego de un momento la expresión de Aster se suavizó, como si se hubiera dado cuenta de algo, lo que hizo que el joven sonriera.

-¿Eso fue porque te imaginaste a alguien más conmigo?-, preguntó Jack en un susurro, saliendo de personaje por un momento, y su sonrisa se amplió cuando Aster miró hacia otro lado con las mejillas rojas-, Cazador, sé mi amante, te lo ruego. Aún si solo es una noche… dame un hijo, uno que sea un Pooka, que sea igual a ti. Sería un obsequio que podré atesorar toda mi vida aún si no puedo tenerte para siempre, como yo quisiera.

Aster sintió que las palabras de Jack tocaron un punto en su mente cargado de posesión, de dulzura y amor, pero un amor, aunque tierno y suave, instintivo, dominante. Lo deseaba, lo quería, y esa parte salvaje en su interior le gritaba que lo tomara. Necesitaba marcarlo de por vida. Necesitaba hacerlo concebir, obligar a su pequeño vientre a dar vida.

-Tómame ahora, Cazador, y no pensemos en nada más hasta que amanezca-, prosiguió Jack, plenamente consciente de cómo sus palabras se robaban un poco más de la cordura de Aster-, haré lo que quieras, poséeme, no te contengas…

Aster lo miró a los ojos, esperando, rogando poder encontrar verdad en ellos, y encontró no solo eso, sino también deseo, esperanza, amor.

Era todo lo que él deseaba.

.

.

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Separaron sus labios un momento y Aster observó a Jack, que ahora parecía apenas poder observarlo desde su lugar protegido con almohadas y cojines, con la mirada perdida, los ojos llorosos, cubierto en sudor que hacía que con la noche tan fría sus pieles comenzaran a helarse si no continuaban moviéndose. Jack suspiró y le acarició el rostro, y Aster se acomodó mejor sobre él y le besó los labios de la forma más tierna que le fue posible.

Presionó contra él una vez más, y Jack apretó los labios, intentando que los ruidos que salían de ellos no fueran tan escandalosos. Aunque no sabía si era peor ahora, cuando Aster arremetía contra su cuerpo y lo poseía con tanta intensidad, o cuando simplemente se internaba en él lentamente, con pasión y amor reverberándole los poros.

-Mmmmm… Cazador…-, intentó murmurar, presa de un movimiento particularmente sinuoso de la cadera del otro contra la suya-, eres maravilloso…

-Alteza-, contestó Aster besándole el cuello, completamente hechizado por el juego en que Jack lo había envuelto y atrapado, sin querer salir nunca-, no me siento cómodo cuando me llama así. Me recuerda lo inferior, lo indigno que soy de tenerlo, y lo mal que es que estemos haciendo esto. Soy un criminal, un ladrón…

-No puedes ser un ladrón si me estoy entregando voluntariamente- protestó el Príncipe, y tomó con sus manos el rostro de su amante para hacer que lo mirara, y el Pooka se dejó caer en esas hermosas manos, besó sus muñecas y luego le besó los labios. Cuando pudieron descansar del beso, Jack le acarició las mejillas con sus pulgares mientras continuaba hablando-, ¿he de concederte otro nombre con el que pueda llamarte mientras estemos juntos? ¿Uno que nadie más escuche salir de mis labios y que no te delate mientras estés aquí?

Aster abrazó fuerte a Jack. La ternura, la pasión que le despertaba en el pecho era algo que jamás antes había sentido, lo asustaba, lo confundía, pero llenaba su ser de dulzura, satisfacción y amor infinitos.

-A partir de ahora, he de llamarte Amor, Amor mío, pues ese es tu nombre verdadero y único, en mi corazón.

Aster sintió algo parecido a una punzada de alegría, de gozo, de euforia, y no pudo evitar que una carcajada sonora escapara de sus labios cuando se elevó un poco sobre el cuerpo de Jack y lo miró. Jack tenía los labios apretados, las mejillas rojas, y parecía que sus intentos por contener la risa estaban siendo infructuosos.

-¿De dónde sacaste algo tan cursi?

La pregunta de Aster provocó que Jack finalmente no pudiera más y comenzara a reír incontrolablemente, abrazándose de su cuello. Aster lo abrazó con más fuerza y se quedaron un momento abrazados, riendo con suavidad.

-Te sorprenderías-, contestó finalmente, y se miraron una vez más-, ¿por qué no iba a ser simplemente mi idea? Sobre todo considerando que estoy diciendo la verdad.

Jack le acarició el rostro, deleitándose con la expresión de sorpresa dulce que Aster había puesto al escuchar estas palabras. Se dejó llevar por su beso, tan lleno de deseo, y se volvieron a mirar un momento, cuando Aster acomodó su mano, grande y pesada, sobre su estómago. Jack se sintió reclamado, poseído.

-Jack… ¿de verdad quisieras concebir a mi hijo?

Jack se sonrojó a un nivel al que no creía que era posible. Asintió, no confiando lo suficiente en su voz para dar una respuesta en voz alta. Aster besó y mordisqueó su cuello una y otra vez, haciendo que se sintiera todavía menos dueño de sí mismo. El juego se le había salido de las manos, y lo supo cuando el lóbulo de su oreja fue mordisqueado y luego la voz de su amante llegó a su oído, internándose en su mente.

-Necesito escucharte.

-S… sí. Sí, Amor mío, sí. Jamás podría con alguien que no fueras tú.

Jack contuvo la respiración mientras las manos de su amado se deslizaban por sus brazos, hasta sujetar las suyas, intercalando sus dedos firmemente. Lo acunó entre sus piernas. Se besaron sin detenerse.

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Jack sintió un estremecimiento recorrerle todo el cuerpo cuando Aster presionó sus labios contra su vientre. Sus besos y sus caricias en él, aunque tentativos, develaban bastante de lo que en realidad pensaba, y Jack no sabía, no estaba seguro de cómo debía sentirse al respecto.

-Aster…- susurró, y amó la forma en que su nombre se sentía ahora, saliendo de sus labios. El juego había terminado hacía un rato ya, y llamar a su amado "Amor mío", aunque era un deseo explícito de su corazón, se sentía nauseabundamente cursi como para repetirlo todo el tiempo-, sabes que no me preparé para concebir esta noche, ¿cierto? No hay nada ahí dentro.

La risa de Aster le quitó un poco de gravedad que Jack por un segundo creyó que estaba sintiéndose en la habitación.

-Lo sé, lo sé Jack. Pero créeme, ahora mismo nada me haría más feliz.

Jack se sintió aún mejor cuando Aster volvió a su lado y lo jaló hacia su pecho, abrazándolo firmemente, pero con la suficiente suavidad. En sus brazos, se sentía pequeño, frágil, como si en cualquier momento fuera a romperse en varios pequeños pedazos y solo éstos brazos fueran capaces de contenerlo.

-Igual a mí-, concedió cerrando los ojos, disfrutando su calor.

Aster miró hacia el techo, preguntándose porqué seguían con esto. Amaba tanto a Jack, y creía estar seguro de que Jack también lo amaba, y por ello, seguir con toda esta farsa lo hacía sentir bastante estúpido. Eran dos necios aferrándose a una mentira que podía acabarse. Todo lo que quería era quedarse a lado de Jack y amarlo incondicionalmente. Estaba dispuesto a dar todo de sí si eso era lo que requería para quedarse con su amor.

-¿En qué piensas?- preguntó el Príncipe, casi perezosamente, y Aster le deslizó los dedos por la espalda, admirando la suave piel y la hermosa curva de su cintura. Ante este delicado toque, Jack respondió presionándose más contra su cuerpo y acariciando su nariz contra su pecho.

-En lo mucho que deseo estar contigo siempre.

Jack se acurrucó aún más cerca de él, presionó el rostro contra su cuello y le abrazó el pecho fuertemente con sus brazos de apariencia frágil. Aster admiraba que debajo de esa delgadez, el cuerpo de Jack era en realidad bastante fuerte. Eficaz incluso. Verlo pelear debía ser una delicia, si era cierto que Jack tenía su parte de guerrero.

Después de un momento, Aster pudo despegar sus pensamientos del cuerpo de Jack, y sonrió para sí mismo. Decidió que le pediría de nuevo a Jack que se casara con él. Pero aquí, ahora que lo tenía en sus brazos, entre las sábanas. Ahora que estaban solos, que nadie los observaba ni los presionaba. Ahora que se tenían una vez más.

Se quedó un momento quieto, disfrutando de su suave peso entre sus brazos. Decidió que no presionaría, lo haría poco a poco. Primero, quería oír su voz. Quería sentirlo relajarse en sus brazos.

-¿Y tú? ¿En qué piensas?

Jack sonrió.

-En lo divertida que será la siguiente prueba que tengo para ti.

En ese momento, para Aster, el tiempo básicamente se detuvo. Repentinamente, fue consciente del frío del ambiente, de la vulnerabilidad de su cuerpo, de lo insignificante que parecía ser este instante en el Gran Orden de las cosas, y de lo efímero y superfluo que había sido este pequeño episodio de su vida con Jack.

Evidentemente, para él las cosas nunca significaban lo mismo que para Aster. Por más que el Pooka quisiera creer que hacía unos momentos lo había sentido derretirse de amor en sus brazos, lo cierto era que Jack desde un principio no había querido casarse. No sabía por qué había pensado que las cosas serían diferentes por ser él con quien tuviera que hacerlo.

Trató de no pensar mucho en la reacción que Jack tuvo cuando se separó lentamente de él y salió de la cama, buscando sus ropas con la mirada.

-¿A dónde vas?- preguntó el joven y Aster casi creyó escuchar algo de tristeza en su voz.

-No había pensado en lo de la prueba-, contestó, con lo que esperaba sonara como una voz tranquila, hasta indiferente si era necesario-. Tengo que ir a descansar.

Jack se sorprendió al darse cuenta de lo extraño que era, este pequeño, lejano, pero presente sentimiento de devastación que le traía el no tener a Aster cerca de él luego de las hermosas horas que acababan de pasar juntos. Habían sido horas largas, la noche se iba agotando, y de pronto el joven Príncipe se sintió devastadoramente solo. Aquella vez en el bosque se había dado el lujo de dormir en sus brazos y de imaginar una vida con él que sabía que jamás llegaría, o al menos en ese momento así lo pensaba.

Esta noche era tan distinta. Ahora, había una posibilidad no muy lejana de que Aster se casara con él, de que vivieran juntos muy pronto y de que pudieran hacer esto en total libertad…y aun así, Jack no se sentía conforme, seguro ni satisfecho.

Mucho empeoraba todo si Aster simplemente se salía de sus brazos ahora.

-Puedes descansar aquí-, ofreció con toda la tranquilidad que le fue posible-, faltan unas horas para que amanezca, y la prueba será hasta el día siguiente. Tienes más que suficiente tiempo para descansar.

-Temo que no será posible quedarme, Alteza-, contestó Aster, y esta vez, no había juego alguno en su forma de dirigirse a él-, de verdad tengo que descansar. Creo que si me quedo aquí no dormiré tranquilo.

-Aster.

Sorprendido de que Jack ahora dijera abiertamente su nombre, como pocas veces lo hacía, Aster volteó a verlo. Jack lo miraba fijamente, con verdadera rabia en la mirada.

-No me trates como si fuera un estúpido. No quieres estar conmigo, eso es todo, ¿por qué no simplemente lo dices?

Aster quiso reír.

-Bien, lo diré Jack, no me quiero quedar aquí contigo, ¿contento? Así de claro deberías ser tú también. Si no quieres casarte conmigo, acaba con la farsa y déjame ir sin seguir tratándome como si fuera tu juguete.

Jack se quedó sentado en la cama. Sus labios temblaban. Sus ojos se inundaban de lágrimas.

Aster sentía que una mano despiadada tomaba su corazón y lo apretaba, fuerte, mortífera. Decidió que intentaría una vez más.

-Jack. Te amo. ¿Entiendes eso? Con toda mi alma, soy tuyo, todo lo que soy, si me aceptas, si tú también me amas…-, se hincó ante la cama, y si hubiera traído con él el anillo lo habría ofrecido tanto como se estaba ofreciendo a sí mismo-. Jack, ¿Quieres casarte conmigo?

Jack se cubrió el rostro con las manos y negó con la cabeza una y otra vez.

Aster se puso de pie.

-Buenas noches, Jack.

Jack no tuvo el valor de descubrirse la cara hasta que escuchó la puerta de su habitación y aun así, escondió el rostro en la almohada cuando tuvo la oportunidad. La almohada que olía al cabello de Aster. Las sábanas que conservaban su calor. La habitación que había absorbido su presencia. El peso demasiado perceptible en su vientre, que casi lo obliga a vomitar.

Sólo el profundo y completo cansancio que sentía le ayudó a dormir. Y los sueños que tuvo esa noche, a pesar de ser hermosos, no tendrían el poder de confortarlo, cuando tuviera que despertar y enfrentarse a la realidad.

Aster no tenía obligación de amarlo.

Y cada vez más, con sus esfuerzos, Jack convertía ese sentimiento en algo completamente distinto.

Aster se rendía. Poco a poco, Jack lo sabía. Aster renunciaba a amarlo.

Y cómo dolía.

Continuará…

¿Por qué soy así?

¡Espero que les haya gustado!

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