Tres

Kingsley se marchó casi de inmediato tras las presentaciones, dejando a Erin de nuevo en el recibidor con un Sirius Black mirándola con curiosidad.

— ¿No necesitas ir a buscar tus cosas?

—Lo tengo todo aquí. —Explicó ella mostrando su pequeño bolso de color azul claro. —Es un hechizo de extensión, por supuesto. Me lo enseñó Hermione Granger.

—Hermione Granger. —Repitió Sirius mientras avanzada por el pasillo. —Una chica muy lista.

Después les siguió un silencio un tanto incómodo. Erin no tenía nada que decirle, ¿qué se suponía que iban a hacer los dos hasta recibir instrucciones de Kingsley? Algo tendría que haberle encomendado a Sirius para los dos.

—Puedes ocupar cualquier habitación que te guste, aunque te recomiendo la última a la derecha en el tercer piso. —Empezó él a explicar. —Está al lado del baño y tiene unas vistas bonitas.

—Entonces esa será, gracias. —Respondió ella.

No se fiaba mucho de si la decoración sería de su gusto pero eso era lo de menos. Seguro que era más espaciosa que la que tenía en su propia casa.

—Dejo que te acomodes. Si necesitas cualquier cosa, búscame. Y si no, da un grito.

Erin levantó un poco las cejas mientras sus labios se curvaban hacia un lado. Curioso.

—Está bien. ¿Nos vemos a la hora de la cena?

Sirius se encogió de hombros.

—Claro.

Dicho esto se marchó a alguna parte de la casa que Erin obviamente no conocía, y ella subió escaleras arriba en busca de su nueva habitación. Algunos peldaños crujieron un poco al pisarlos, haciendo aún más evidente que la casa era antigua. Tampoco estaba tan mal como para caerse pedazos pero se veía deshabitada. En el tercer piso el pasillo era más corto así que a Erin se le hizo más fácil encontrar la habitación que Sirius le había recomendado.

Era grande, como ella se había imaginado. Tenía una cama matrimonial con un gran cabecero de madera esculpida, una cómoda a su derecha y un armario más que suficiente para la chica en el fondo de la habitación. Además, había un gran ventanal en la pared izquierda con un pequeño banco para sentarse al lado de él. La habitación parecía oscura, pero era muy bonita. No había nada que un par de hechizos y un poco de maña con los colores no pudieran arreglar.

Erin se pasó el resto de la tarde ordenando su ropa en el armario y colocando lo más importante en los cajones de la cómoda. También se había traído una foto con sus padres y unos cuantos libros que posó en una estantería cercana a la ventana. Aquel iba a ser un buen lugar para leer. El tiempo se le pasó tan rápido que solo se dio cuenta de que era de noche cuando vio que ya no había luces en la calle. Entonces bajó hasta la primera planta, esperando que Sirius ya estuviese allí.

Se dirigió a la sala donde había estado antes, y sí, Sirius estaba allí pero para sorpresa de Erin se escuchó otra voz. Pensó que se trataría de alguien más hasta que vio que la voz pertenecía a un elfo doméstico. Sirius estaba sentado en la cabecera de la mesa del salón y sostenía un periódico con sus manos, seguramente El Profeta. Lo bajó cuando vio a Erin entrar.

—Kreacher, ven aquí. —Llamó al elfo. La criatura obedeció aunque avanzó con lentitud y refunfuñando por lo bajo. —La señorita Hardy se quedará desde ahora en esta casa, la servirás como a mí. O mejor, espero.

—Sí, amo. —Contestó Kreacher de mala manera. Se volvió un momento a Erin y ella se dio cuenta de que tenía los ojos azules, la piel muy pálida y arrugada en la cara. —Más traidores de sangre en la casa de los Black. ¡Qué diría el ama de Kreacher!

Erin se acercó a una silla al lado de Sirius aún mirando al elfo marcharse de nuevo a la cocina. Nunca había tenido un elfo doméstico, no planeaba tenerlo pero si todos eran así seguro que no querría acercarse a ninguno.

—Es un cascarrabias. —Habló Sirius dirigiéndose a ella. —Está un poco loco y apenas me obedece.

— ¿Y por qué sigue aquí entonces? Si no te importa que pregunte.

—No quiere marcharse, siempre ha servido a mi familia. Además, hace buena comida y yo no soy muy bueno con eso, te lo aseguro.

Erin se sentó por fin, a la izquierda de Sirius. Él se levantó a dejar su periódico e hizo que Kreacher les sirviese la cena y después se marchase. El plato rebosante que Erin tenía delante hizo que se le hiciese la boca agua. Quizás Sirius tenía razón y aquel elfo sabía cocinar de verdad.

—Dime, Erin. —Habló él una vez que habían empezado a cenar. — ¿Acaso Kingsley te ha pedido que me eches un ojo?

Ella paró de comer y dio un trago de agua.

—No. —Dijo posando el vaso. —No creo que necesites una niñera.

Sirius sonrió un poco haciendo que se le formaran arrugas en las esquinas de los ojos. Luego volvió la vista a Erin.

—No creo que tú necesites una tampoco. —Se calló un momento como si estuviera recordando algo. —Si no estabas en Gryffindor, ¿era Ravenclaw?

Erin negó con la cabeza. Nadie nunca esperaba que una Aurora fuera Hufflepuff pero aún así no se sintió molesta ni ofendida. Ya se había acostumbrado.

—Hufflepuff, en realidad. ¿No es un poco obvio?

Miró de reojo su propia ropa. Llevaba una camisa de rayas amarillas y detalles negros. Eran los colores de su casa.

—No lo sé, quizás solo te gustaba el amarillo. –Se defendió Sirius.

Ambos siguieron comiendo en silencio. Erin estaba contenta de estar allí de hecho, pero se sentía un poco extraña en una casa que no era la suya y con alguien del que sabía muy poco. Además, seguía un poco sorprendida por el momento en el que Sirius casi le había hecho jurar un inquebrantable.

—Siento lo de antes. —Pareció que le había leído la mente. —No iba a obligarte a jurar nada de esa forma.

—No pasa nada. —Le contestó Erin con sinceridad.

Siempre aceptaba una disculpa y Sirius había sonado sincero también. Era mejor dejarlo pasar y concentrarse en lo que debía. Cuando los dos habían terminado con sus platos, comenzaron con el postre: tarta de manzana. A Erin le encantaban los dulces y aunque aquello no era chocolate, estaba más que delicioso. Después, Sirius y ella se sentaron en el salón, cada uno en la esquina de un largo sofá.

—Así que Aurora durante ¿cuatro años? —Le preguntó.

—Más bien tres, uno fue de entrenamiento.—Corrigió Erin. —Mis padres casi se mueren cuando en sexto curso cuando les dije a lo que quería dedicarme pero yo lo tenía bastante claro.

Erin creyó que si ambos iban a pasar tiempo juntos, debían saber algo del otro. La mejor forma de conocer a alguien era dejarse conocer, por eso se lo estaba contando. Además, quería que confiara en ella.

—Seguro que les hubiera encantado que yo les ayudara con la tienda y algún día me hiciera cargo de ella. —Comentó. —Mis padres son herbólogos, pero la verdad es que no quiero aburrirte con esas historias.

Sirius frunció el ceño.

—No, está bien. Me gusta escuchar.

Erin asintió con la cabeza. Aquel hombre había pasado más de diez años en Azkaban, sin compañía de nadie. Claro que le gusta conversar, tonta, pensó para sí misma. No sabía cómo lo había soportado sin embargo, aquella soledad.

—Me apoyaron de todas formas. —Continuó ella. —Y eso es lo único que puedo pedir de ellos. Sé que sufren mucho por mi trabajo y seguro que lo seguirán haciendo aunque pasen años.

La sala estaba a una temperatura perfecta. Con el estómago lleno y sentada en aquel sofá tan blando, Erin se sintió más cómoda. Además, por fin habían conseguido entablar una conversación hilada.

—Entonces no puedes quejarte. —Le contestó Sirius. —Mi madre era una supremacista de la sangre pura que puso el grito en el cielo en el momento en que supo que yo había entrado en Gryffindor. Lo mejor que me pasó en mi vida, sin ninguna duda.

Erin no sabía nada de aquello. En realidad no sabía mucho más de Sirius aparte de lo que publicaban los periódicos y sabía que en ocasiones no podía fiarse ni de la mitad de lo que escribían. Siguió escuchando con atención, apoyando su mejilla en una de sus manos.

—Toda la familia Black había entrado siempre en Slytherin así que no gustó nada. No gustaba nadie que se opusiera a sus ideologías, de todas formas. Lo peor es que hay muchas familias que siguen así.

Sirius apartó un momento la vista, agachando la cabeza en un gesto un tanto triste. Erin se estiró para recoger El Profeta y cambiar de tema. Miró la portada, con una gran foto de Dumbledore en el medio.

— ¿Qué se supone que vamos a hacer ahora? —Preguntó agarrando el periódico con ambas manos.

Sirius se había levantado.

—Convocar una reunión de la Orden para empezar. Así podremos decidirlo.

— ¿Me hago cargo de avisarlos? —Preguntó ella.

Sirius estaba apoyado en el sofá. Negó con la cabeza.

—Mañana nos ocupamos, no te preocupes por eso.

Erin se levantó también, había captado el mensaje. Dejó El Profeta sobre la mesa y se acercó unos pasos hacia Sirius.

—Espero que podamos llevarnos bien.

Había sido una buena cena y una buena conversación. Estaba intentando hacerlo lo mejor que podía. La amistad y la lealtad eran de lo más importante para un Hufflepuff. Quería complacer a Kingsley y ¿por qué no? también ganar un nuevo amigo. Lo poco que sabía de Sirius era todo un ejemplo de admiración.

—Ya me has caído lo suficientemente bien, descuida. Nos vemos mañana.

Erin esperó que lo dijera de verdad. Si era así, ambos iban a entenderse.