Cinco

En algún momento entre las cinco y las seis de la mañana, Erin se despertó sobresaltada. No había tenido una pesadilla ni nada parecido pero una vez que se despertó ya no pudo volverse a dormir de nuevo. Era muy pronto y aún así ya hacía tanto calor que se había quedado pegada entre las sábanas. Se apartó el pelo de la cara y se puso en pie para ir al baño. Lo más probable es que volviera a la cama después porque se había pasado la noche poniéndose en contacto con Kingsley, después de la reunión.

La casa estaba en total silencio. Erin se movió con lentitud hasta la puerta de al lado de su habitación, que era el baño, mientras bostezaba. Ya tenía las manos en el pomo de la puerta y estaba a punto de entrar cuando, para su sorpresa, esta se abrió desde dentro. Estuvo a punto de chocarse con quien creyó que era Sirius, hasta que vio que tenía el pelo más corto y sin duda era más bajo y joven que él. No podía ser Sirius porque hasta donde Erin había visto, había un baño en cada planta.

— ¿Harry? —Preguntó dubitativa.

El chico se echó para atrás al ver a Erin, con cara de susto. Tenía el pelo revuelto y además no llevaba las gafas puestas.

—Merlín, Erin. —Arrugó un poco la nariz, como si no pudiera verla bien. —Casi me olvido de que estabas aquí.

—Yo tampoco sabía que te habías quedado. —Se defendió ella.

—Tenía que hablar con Sirius y al final se me hizo tarde.

Erin asintió un poco con la cabeza. Harry aún no se había movido de la puerta.

—Oh. —Dijo al ver que Erin tampoco se movía. —Ibas al baño, claro.

Los dos se habían sonrojado, era una situación un poco vergonzosa aunque no era la primera vez que ambos se habían visto en sus pijamas. No después de todas las noches que habían pasado en la casa de los Weasley.

—Nos vemos en tu cumpleaños, Harry. —Se despidió Erin. —No te metas en muchos líos.

Harry le sonrió un poco mientras se alejaba por el pasillo. Era irónico que alguien que solo tenía unos cuantos años más que él le estuviera diciendo aquello pero a Harry le agradaba Erin.

—Los problemas me suelen encontrar a mí.

Después de aquel encuentro fortuito, la primera semana para Erin en la mansión Black se pasó en un suspiro. La mayor parte del tiempo lo pasó leyendo los informes que se había traído sobre los mortífagos más peligrosos y también de mortífagos potenciales. Establecer patrones sobre sus movimientos era esencial para detenerlos aunque a ella le gustara más hacer esto directamente que ocuparse del papeleo.

Estaba casi siempre en su habitación y tan solo veía a Sirius cuando iba a comer o de vez en cuando mientras que se cruzaban de un piso a otro. En uno de aquellos momentos, sin habérselo pensando mucho, se atrevió a preguntarle si podía cambiar la decoración de su habitación. No le molestaba demasiado pero iba a pasarse allí tanto tiempo… Esperaba que la respuesta hubiera sido peor pero Sirius se había reído y le había dicho que odiaba aquella maldita casa y que podía hacer lo que le pareciera. Literalmente.

Para el final de la semana ya había terminado. Mientras que miraba el resultado final, pensó en llamar a Sirius. Hacía unos cuantos días que no mantenían una conversación en condiciones y no quería mirar más informes aquel día. No tenía ni idea de lo que podía estar haciendo en el momento pero recordó lo que había mencionado para avisarle así que gritó.

— ¡Sirius!

No tuvo que repetirlo ni gritar más alto porque al momento escuchó cómo se le oía subir por las escaleras. Cuando llegó a la puerta de la habitación, él ni siquiera tuvo que preguntarle por qué le había llamado.

Las paredes estaban pintadas de un color azul claro, la cama ya no tenía aquel aparatoso dosel y tampoco había alfombras de colores oscuros en el suelo. El espacio parecía mucho más grande y luminoso. Había más vida.

Sirius caminó por la habitación mirando los estantes hasta que llegó a la ventana y el pequeño asiento que tenía delante. Alargó la mano para tocar unas plantas que Erin había puesto colgando encima de la ventana, tenían flores blancas y azules.

— ¿Te gusta? —Escuchó preguntar a Erin a sus espaldas.

—Creo que debería reformarlo todo. —Empezó a decir Sirius. —Y te dejaría hacerlo a ti.

Erin sonrió aunque Sirius no podía verla. Sintió una sensación gratificante en el pecho mientras escuchaba sus palabras. Sirius se dio la vuelta.

— ¿Sugerencias? —Preguntó.

—¿Un par de plantas en el salón?

Sirius se dejó caer al lado de la ventana aún mirándolo todo.

—No me esperaba menos. —Contestó mientras recordaba que los padres de Erin tenían una tienda dedicada a la herbología. —He tenido algunas, pero siempre se mueren.

—Un cactus, entonces. Apenas tienes que regarlos.

Erin se había sentado también pero al borde de su cama, frente a Sirius.

— ¿Entonces qué tiene de divertido tener plantas si no tienes que regarlas?

Ella ladeó un poco la cabeza, tenía su razón.

—No lo sé. No me gustan demasiado.

Erin era más de rosas, flores bonitas, de colores y que olieran bien.

Sirius había posado la vista en el montón de papeles que Erin tenía en el escritorio.

— ¿Eso es lo que has estado haciendo? —Preguntó apuntando con el dedo.

—Sí. —Respondió Erin con un suspiro. —No pienso tocarlos en un buen rato.

Sirius pudo ver cómo echaba la cabeza hacia atrás mientras suspiraba. Erin tenía unas buenas ojeras también. Se le veía cansada.

—Si quieres algo más divertido para leer, puedes ir a la biblioteca.

—Claro que tienes una biblioteca. —Dijo ella provocando que Sirius sonriera un poco.

Erin le siguió escaleras abajo después de que Sirius se levantara. Bajaron hasta el primer piso, pasaron la puerta del salón y giraron hacia la izquierda. Apenas había visto nada de la casa, pero Erin ya estaba impresionada de lo grande que era. Sospechaba que aún vería más cosas que la sorprenderían.

La biblioteca tenía por lo menos cuatro filas de estantería a cada lado de la sala con unos sillones en el medio y una mesa. Había repisas en cada estantería que llegaban casi hasta el techo de la habitación. Ahora era Erin la que estaba impresionada, igual que Sirius lo había estado antes.

—Hay libros de muggles en este lado. —Le dijo Sirius señalando la primera fila en frente. —El resto son todos sobre magia seguramente.

Erin se acercó a la estantería que le había indicado que eran libros muggles. Si tenía algo de Shakespeare o de las hermanas Bronte estaría en el cielo.

—Ah. —Sirius recordó algo. —Todavía no he podido deshacerme de todos los libros que había sobre magia negra. No te recomiendo que mires demasiado en las baldas del fondo.

Erin murmuró un sí mientras que pensaba que ni loca lo haría. No se había atrevido a entrar en la zona prohibida de la biblioteca en Hogwarts y mucho menos miraría en su equivalente en aquella casa. Se dio la vuelta y le dio las gracias a Sirius. Ya tendría algo que hacer para el resto del día: buscar un libro que le gustara.

— ¿Puedo pedirte un favor? —Preguntó Sirius.

—Claro.

Había respondido casi sin dudarlo.

—Voy a cenar con Remus esta noche. ¿Puedo confiar en que cuidarás bien la casa?

El tono de voz de Sirius se había parecido más a aquel que había usado el primer día que se habían visto. Era más serio pero también parecía estar dudando. Por supuesto no se refería del todo a la casa, era más una indirecta que gritaba ¿puedo confiar en que no nos delatarás?

—Sí. —Respondió Erin entendiendo su responsabilidad.

En realidad, era para lo que estaba allí: guardar la casa, tomar sus notas… Sirius ya había pasado bastante tiempo allí encerrado y alguien tenía que quedarse por precaución, en caso de que Snape revelara aquel lugar a alguien más.

Remus había invitado a su casa a Sirius desde hacía un par de días pero Sirius le había estado dando vueltas y vueltas. Su instinto le decía que Erin era de fiar. Era callada, educada, parecía extremadamente trabajadora y leal por lo que le habían contado y él mismo pudo observar. Sin embargo, una parte de su mente le decía que Peter Pettigrew también había sido callado, educado y leal.

Parecía una tontería no confiar en Erin después de aquella primera semana en la que había conocido por encima a la joven. Por lo tanto, había decidido callar aquella parte lo más rápido posible. Que alguien le traicionara una vez no significaba que el resto del mundo fuera a hacerle lo mismo.

Cuando Sirius volvió a casa, ya entrada la noche, se encontró con una luz encendida aún en el tercer piso que venía de la habitación de Erin. Se asomó un poco a la puerta y la vio con un libro entre las manos, acurrucada en el sillón. Ella no lo había visto pero aún así Sirius sonrió mientras bajaba por las escaleras. La casa no había explotado ni estaba llena de mortífagos.

Erin Hardy no era nada como Peter Pettigrew.