Diez

Una mujer, un hombre y un perro se encontraban al lado del Caldero Chorreante a primera hora de la mañana de un jueves. Aquellos que les vieran no encontrarían nada chocante acerca de ellos pero Erin se sentía como si fueran a reconocerles en cualquier momento. Remus le había asegurado una y otra vez que casi nadie sabía que Sirius era un animago, y no iba a parecer raro que ellos dos estuvieran el Callejón Diagón. Al principio el plan había sido que Erin iría sola con Sirius pero Remus se había ofrecido a acompañarla por si algo ocurría y así Sirius no se vería obligado a revelarse. En verdad Erin se sentía más segura con Remus. Miró un momento hacia abajo fijándose en la forma que Sirius tenía como animago.

—Me sigue pareciendo muy extraño. —Comentó en voz alta. — ¿Se siente a gusto así?

Remus se encogió de hombros.

—Siempre dice que lo único que le molesta de ser un perro son las pulgas.

Ella hizo una mueca, pensando en que no quería saber nunca cómo se sentía tenerlas.

— ¿Empezamos? — Volvió a hablar Remus.

—Claro.

Erin sacó su varita procurando que las mangas de la chaqueta que llevaba la tapara lo suficiente para que el resto no se diera cuenta de que estaba utilizándola. No es que hiciera frío, pero tenía que disimular de alguna manera. Ambos empezaron a caminar casi murmurando para que nadie escuchara aquel hechizo aunque casi no había gente en la calle a aquellas horas. Ya había amanecido así que iban a darse prisa. Sirius iba por delante de ambos pero sin ir demasiado rápido como para perderle de vista.

Habían acordado que Erin se encargaría del hechizo que permitía rastrear y localizar a las personas que pasaran por aquella calle, Remus había trazado ya la base del dibujo para luego poder adherir el poder de los hechizos al papel, y Sirius se ocuparía de cubrir todos los rincones posibles. Erin no entendía muy bien cómo iba a hacer aquello bajo la forma de un perro pero tampoco quiso preguntarles.

Hasta llegar a la mitad del callejón todo fue sin problemas pero cuando alcanzaron el cruce entre Gringotts, que estaba a la derecha, y Knockout, la calle al lado del Callejón, Sirius tomó un giro y Erin se paró en seco. Tenía un recuerdo horrible de un día que se había escapado de la tienda de sus padres porque se aburría y se había metido por aquella calle sin darse cuenta. Había sido traumatizante para una niña de diez años ver un escaparate lleno de cabezas reducidas.

— ¿Erin? —Oyó que le llamaba Remus más adelante.

—Ya voy. —Contestó apretando su varita con más fuerza.

Tenían que incluir aquella calle en el mapa sí o sí porque era probable que algún mortífago llegara al Callejón entrando por allí; además, era estúpido que a su edad se asustara por algo así. ¿Acaso no era Auror? Erin volvió a caminar con más rapidez para alcanzarles sin dejar de mirar de reojo a ambos lados de la calle, aguardando a que algo ocurriera. Nada malo pasó, ni hubo ninguna cabeza reducida que hiciera que los pelos se le pusieran de punta. Solo siguió caminando aunque más cerca de Remus de lo que había estado antes. Si él se dio cuenta de que tenía miedo no dijo nada y dudaba mucho que Sirius se hubiera percatado. Incluso como perro seguía teniendo el mismo porte que en persona, se movía con elegancia y su pelo negro brillaba. El trayecto por Knockout apenas duró unos minutos y antes de que Erin se diera cuenta ya volvían a estar en el Callejón Diagón. Pasaron por delante de todas aquellas tiendas cerradas sin que un alma se cruzara con ellos, sin que nadie se diera cuenta de lo que estaban haciendo.

Erin se sentía aliviada porque si aquello funcionaba, iban a tener una ventaja muy grande, y lo que era más importante; podrían salvar a mucha gente en caso de ataque. Los días que se había pasado sintiéndose inútil habían merecido la pena solo por aquel momento.

Cuando ya casi habían acabado con toda la calle Sirius se detuvo en medio de otra intersección y Erin se plantó igual que había hecho antes pero esta vez no fue por miedo. Conocía aquella calle muy bien, casi podía ver la puerta verde de la tienda de sus padres desde donde se encontraba.

— ¿Hemos terminado? —Preguntó a Remus.

Antes de salir habían repasado las rutas y calles que iban a seguir y creía que tenían que ceñirse el plan todo lo posible.

—Sí. —Le contestó él.

—Pues vamos.

Habría sido muy fácil seguir solo un par de calles más y llegar hasta la tienda de sus padres. Sin embargo, Erin no quería tener ningún trato de preferencia. No podían añadir todos los lugares que los miembros de la Orden frecuentaran porque eso sería imposible. Ella misma tendría que asegurarse de que sus padres estuvieran a salvo si algo pasaba allí.

Si Sirius se había dado cuenta de algo, no mencionó nada cuando los tres volvieron a Grimmauld Place. Fueron directos a la biblioteca, a intentar terminar lo que habían empezado. Erin estaba aún medio dormida después de haber madrugado tanto y pensaba que nada le iba a hacer concentrarse más que un café. Estaba muy equivocada. Tan pronto como Remus colocó el mapa sobre la mesa y Sirius posó su varita sobre él, Erin ya no pudo apartar más la mirada. Entendió perfectamente a lo que Remus se había referido con fijar los hechizos en el papel, viendo como rayos de luz se extendían por el pergamino y los sustituían líneas que seguían el dibujo que Remus había hecho. Había estado rodeada de magia toda su vida pero aún se sorprendía con cosas increíbles como aquella. Cuando llegó su turno Erin no se podía creer que ella hubiera colaborado con el mapa.

—Nunca imaginé que volvería a hacer esto. —Comentó Remus mientras repasaba el mapa.

—A mi me parece una locura. —Dijo Erin. — ¿Seguro que teníais solo quince años cuando hicisteis el mapa?

Remus no paró de trabajar mientras que contestaba a Erin pero se le escapó una risa.

—No nos alagues demasiado o a Sirius se le podría subir a la cabeza.

Erin se rio también al oír a Sirius protestar pero lo cierto es que ella tenía algo de razón. Seguro que desde muy jóvenes habían sido grandes magos, aquella era una prueba más.

—Bueno, no conozco a nadie más que se haya escapado de Azkaban. —Apuntó Erin. —Y tú Remus, fuiste de lejos nuestro mejor profesor de Defensa contra las Artes Oscuras.

Él apartó la varita y le sonrió a Erin, que estaba sentada a su lado.

—Vaya, muchas gracias. Tú ya eras una gran alumna entonces, Erin y mírate ahora.

La verdad es que podía sentirse orgullosa de sí misma; los Hufflepuffs siempre habían sido subestimados.

—Deberías pensar en un apodo. —Dijo Sirius. —Para firmar en el mapa, a no ser que quieras usar tu nombre.

—Sí, debería pensar en uno. —Admitió Erin.

Ellos dos eran Canuto y Lunático por razones obvias y aunque ella no encontrara nada especial con lo que distinguirse, usar su nombre de verdad al lado de sus apodos parecería extraño.

—Tienes un par de días para meditarlo. Creo que debería repasarlo antes del cumpleaños de Harry pero no podemos alargarlo más. —Habló Remus.

Erin asintió. El momento de llevar a Harry hasta la madriguera se estaba acercando y también la boda de Bill. Apenas quedaban tres días para el fin de semana.

—Se me ocurrirá algo. —Aseguró.

Remus anunció después que se llevaría el pergamino para terminarlo y dicho esto, dejó la la casa y Erin y Sirius se volvieron a quedar solos.

—Creo que me voy a dar un baño. —Dijo él. —No me siento despierto del todo.

Erin lo entendió de sobra y se fue también detrás de él pero a la cocina. Se hizo un café y luego cogió un par de galletas para comérselas mientras que leía algo. Quería volver a la biblioteca para ver si encontraba algo de inspiración para su nombre. Sin embargo, cuando estaba a punto de girar en el pasillo, mientras que le daba un mordisco a una galleta, se fijó en una puerta a la izquierda que estaba entreabierta. Nunca la había visto así y tampoco sabía lo que había dentro. Erin no se consideraba una persona entrometida pero en aquel momento la curiosidad venció a la voz racional que le decía que no era asunto suyo. ¿Acaso no había dicho Sirius que estuviera como en su casa?


No tengo excusa por la tardanza pero parecía que había pasado muuucho menos tiempo. Este capítulo se me llevaba resistiendo, prometo más acción en los siguientes. ¡Gracias por vuestra paciencia!