Creo haber llamado a capítulos anteriores monstruos pero este sí que lo es, uno de 4500 palabras para ser exactos. Puede que sea mi favorito hasta el momento así que ojalá que os guste tanto como a mi me gustó escribirlo.


Dieciséis

Mundungus Fletcher no apareció por Grimmauld Place como se habían esperado pero Kreacher sí que cumplió su palabra encontrándolo. Erin casi prefería que fuera así porque estaba casi segura de que Sirius lo habría matado después de lo que había pasado al sacar a Harry de la casa de sus tíos. De haberle tenido delante, ella misma podría haberlo hecho. Kreacher llegó un día en plena tarde sin Mundungus y sin el guardapelo. Mundungus ya se lo había vendido a una mujer del Ministerio, en sus palabras a una vieja bruja entrometida con cara de sapo, pequeña y con un sombrerito en la cabeza. No era la descripción más completa que habían escuchado pero sí lo suficiente para pensar que se podía tratar de Umbridge, que se había convertido en la Jefa de la Comisión de Registro de Hijos de Muggles.

Todos se habían reunido de nuevo en la biblioteca. Después de cuatro largos días de espera por Kreacher, habían recibido muy pocas noticias de lo que ocurría en el exterior. No se podían arriesgar a dejar la casa, ni siquiera para buscar El Profeta.

—Ahora ya sabemos por dónde empezar a buscar. —Intervino Erin. —Aunque esto no nos lo pone nada fácil. ¿Dónde lo guardaríais si fuerais Umbridge?

—Tendría que ser muy confiada para dejarlo en el Ministerio. —Dijo Sirius.

A su lado, Harry siguió ojeando el periódico y leyéndoles noticias en voz alta si le parecían relevantes, como que Severus Snape era el nuevo director de Hogwarts, a menos de un mes para que se retomaran las clases.

—Podría tenerlo en su despacho. —Habló Hermione, que llevaba un rato callada, meditándolo.

— ¿Y cómo vamos a registrarlo? —Preguntó Harry. — No podemos entrar en el Ministerio como si nada.

Si antes ya era difícil, ahora que todo el mundo estaba buscando a Harry la idea era casi inconcebible.

—Poción multijugos. —Contestó la chica, como si fuera obvio.

—Ya y tendremos que esperar un mes que perderemos si al final Umbridge no lo tiene allí. —Protestó Ron.

—Creo que es mejor que nada. —Dijo Erin. —Tenemos que decidir quién va y pensar ya en quién transformarse.

Hermione, Harry y Ron intercambiaron miradas, dejando casi claro sin decir nada lo que estaban pensando. Los tres eran inseparables por lo que Erin no se habría esperado una decisión diferente. Querían hacerlo juntos. A Sirius el plan no le hacía mucha gracia porque no quería dejarlos solos, pero Harry insistió en que se habían enfrentado a cosas peores antes y al final todos estuvieron de acuerdo. La siguiente mañana se infiltrarían en la entrada del Ministerio para confundir a trabajadores cercanos a Umbridge y quitarles al menos un pelo suyo, para poder hacerse pasar por ellos.

—Mientras tanto, tiene que haber algo más que podamos hacer. —Se quejó Sirius.

—Tú conoces el Ministerio mucho mejor que nosotros, Erin. ¿Por qué no vais Sirius y tú? —Preguntó Harry. —Antes de que acabemos con la poción y así ya sabríamos dónde está.

—Con un poco de suerte ni siquiera la necesitaríamos. —Dijo Sirius y luego miró a Erin. Era exactamente lo que quería. —Yo digo que sí.

—Yo también. —Contestó ella sin vacilar.

Sirius podía transformarse y Harry les ofreció también la capa de invisibilidad de su padre, lo cual aterraba a Erin y le emocionaba al mismo tiempo. Si se veían en un apuro, ambos podían usarla. Todo salió a la perfección al día siguiente y decidieron esperar al menos un par de días para el siguiente paso: la infiltración al Ministerio. Una semana había pasado sin ningún avance aparte de la poción multijugos que Hemione ya había comenzado. Aunque podía resultar mucho tiempo, era mejor ser cautelosos que demasiado ansiosos. El plan para la tarde del sábado en el Ministerio era bastante simple; entrar por la Red Flu, encontrar el despacho de Umbridge y si el guardapelo no se encontraba allí, buscarla a ella. Lo más importante de todo era que nadie les reconociera o un segundo intento no sería posible.

— ¿Estás preparada? — Preguntó Sirius, cuando los dos estaban delante de la chimenea.

Erin asintió con la cabeza.

—Antes de que nos vayamos, quiero que sepas que voy a hacer cualquier cosa por conseguir ese guardapelo hoy. —Dijo él. —Entendería que no quisieras hacerlo.

Ella se dio la vuelta para mirarle, alejándose de la chimenea. Ya lo sabía de sobra. No se esperaba menos de Sirius, viendo lo mucho que se había opuesto a que Harry saliera siquiera de la casa.

—Los dos vamos a hacer todo lo que podemos, no digas tonterías. —Le corrigió. —Además, me necesitas.

Erin conocía el Ministerio, donde estaban todos los departamentos y despachos, sobre todo el de Seguridad Mágica. Sin ella, Sirius tardaría el doble de tiempo en orientarse.

—Nada de estupideces heroicas. —Continuó. No era día para imprudencias. —Prométemelo.

—A la primera señal de peligro nos vamos. —Dijo Sirius mirándole a los ojos. —Lo juro.

—Sin importar lo cerca que estemos.

Sirius suspiró con resignación pero asintió con la cabeza.

—Vámonos.

Los dos entraron en la chimenea y envueltos en una llamarada de color verde esmeralda se encontraron en la entrada al Ministerio. El Atrio parecía más oscuro de lo que Erin recordaba y también estaba más concurrido de lo que habría esperado para la tarde de un sábado.

—Póntela tú. —Dijo dándole la capa a Sirius antes de salir al pasillo. Era factible que alguien lo reconociera. —Tenemos que llegar a los ascensores.

—Voy detrás de ti.

Erin asintió y comenzó a caminar hasta el centro del vestíbulo. Lo que vio hizo que se parara en seco. Donde antes había estado la fuente de la Hermanos Mágicos, ahora había una gran escultura que decía LA MAGIA ES PODER. En el centro había un mago y una bruja de tamaño inmenso, sentados en dos tronos. Sin embargo, cuando se fijó más se dio cuenta de que los tronos no eran tronos sino representaciones de hombres, mujeres y niños muggles aplastados por los magos. Estaban torcidos, intentando escapar. A Erin se le encogió el estómago mientras contemplaba la escena pero siguió rodeando la escultura hacia las puertas doradas que guardaban los ascensores. En las puertas había al menos cincuenta personas esperando pero también había muchos ascensores, así que esperó hasta que todos se montaron para encontrar uno vacío. Una vez que la puerta se cerró, Sirius salió de debajo de la capa y se la devolvió a Erin.

— ¿Has visto eso?

—Lo difícil sería no hacerlo. —Respondió ella entre dientes mientras pulsaba el botón del primer piso. —Es lo más retorcido que he visto.

—Deberías usar la capa tú también. —Dijo Sirius. —Esto no me gusta nada.

A Erin todo el asunto le había parecido pan comido por la mañana pero ahora ya no estaba tan segura. ¿Qué pasaría si alguien la reconocía?

—A mi tampoco. —Admitió.

La chica extendió la capa y cubrió a Sirius con ella, que a su vez tapó a Erin. Se apoyó hacia delante con las manos para poder ver por donde caminaban. Parecía que los dos entraban bien, uno detrás de otro. De repente la voz del ascensor anunció que habían llegado.

Primera Planta: Ministro de Magia y Personal De Apoyo.

—El despacho de Umbridge tiene que estar aquí, donde se encontraba la Subsecretaría del Ministro. —Dijo Erin.

Las puertas del ascensor se abrieron y ambos salieron en silencio, caminando despacio bajo la capa. Nada más salir a la derecha, se encontraron con una fila interminable de mesas con gente trabajando. Colocaban y sellaban unos panfletos que Erin había visto en el Profeta en los días anteriores. La cara de Harry llenaba la mayoría de ellos pero otros eran pura propaganda en contra de los muggles y los nacidos de muggles, afirmando que habían robado la magia. Una sarta de mentiras detrás de otra, que desafortunadamente, habría gente que creería. Por suerte para Sirius y Erin, la puerta del despacho de Umbridge estaba lo suficiente alejada de aquellos trabajadores como para que pudieran verles colarse en él, y en un momento en que nadie apareció abrieron la puerta con sigilo.

A Erin apenas le bastó poner un pie dentro para darse cuenta de lo recargado que estaba el lugar de decoración. Escuchó a Sirius cerrar la puerta detrás de ella y tiró de la capa.

—Esto es peor que tu casa.

—Mil veces más inquietante, sí. —Respondió Sirius. Se quedó mirando los platos de gatos en la pared, que se movían de un lado para otro.

Todo en la habitación era rosa, a excepción de los pilares y unos detalles decorativos en el techo dorados. Más que nada, a Erin le producía una sensación de repelús; era como si se encontrara dentro de una casita de muñecas. De muñecas perversas.

Accio guardapelo. —Dijo Sirius alzando la varita, sin que nada ocurriera. —O no está aquí o ese hechizo no sirve.

Erin empezó a registrar un pequeño armario que había a uno de los lados del despacho, cerca de la ventana. No tardó más de cinco minutos en ver que no había más que archivos y carpetas con más papeles en aquella parte, mientras que Sirius miraba el escritorio de Umbridge. Erin se dirigió hacia él al verle mirar algo. Se había quedado de pie, apartando la silla a un lado.

—El guardapelo no está en ningún cajón. —Dijo alzando la vista para mirarla. —Pero hay algo casi más interesante.

Le tendió una carpeta con lo que parecían registros, igual que su ficha cuando trabajaba en el Ministerio. Erin se puso a leer y vio que se trataba de los más buscados y gente que Umbridge estaba vigilando. En ningún orden particular estaban Arthur Weasley y su familia, marcados como relacionados con Harry Potter, también Tonks e incluso el propio Sirius. La mitad de los apartados estaban sin rellenar por falta de información y por mucho que Erin leyó y releyó, no encontró una sola mención a ella misma.

— ¿No aparezco? —Preguntó cuando acabó con la carpeta.

Sirius negó con la cabeza.

—Y en esta tampoco. Una chica con suerte.

O con buenos contactos, pensó Erin al acordarse de Tonks y su amigo. Su ficha ya estaba a buen recaudo en casa de sus padres. Nada le apetecía más en ese momento que coger todas las fichas y marcharse con ellas pero entonces, Umbridge sabría que alguien las había encontrado y no podían permitírselo. Sirius guardó todo en los cajones donde los había encontrado, volvió a poner la silla en su sitio y agarró de nuevo la capa de invisibilidad.

— ¿Dónde hará los interrogatorios? —Preguntó.

— Suponiendo que use la Sala de Juicios, tiene que estar en la décima planta. —Contestó Erin. —Y para llegar allí no se pueden usar los ascensores, hay que acceder desde la novena.

Sirius se dio cuenta de inmediato de qué departamento estaba hablando.

—La novena planta es el Departamento de Misterios. Perfecto. —Dijo con sarcasmo.

Tampoco era el lugar preferido de Erin. Es más, al cruzar las escaleras para llegar a la Sala de Juicios una vez que estuvieron allí, la piel se le puso de gallina. Gracias a la capa de Harry pudieron entrar en la sala donde Umbridge estaba sin ser vistos, quedándose en la puerta. No estaban tan lejos como para no ver nada pero lo suficiente para escapar con rapidez si la situación lo requería.

—Mierda. —Maldijo Sirius desde la entrada.

— ¿Qué pasa? —Preguntó Erin. Se había quedado detrás de él y desde donde ella estaba aun no se veía a Umbridge.

—Lo lleva puesto.

Sirius retrocedió para que Erin pudiera pararse donde él estaba y entonces ella lo vio. Umbridge se encontraba justo en el centro de la Sala, presidiendo el tribunal, con un traje de color chillón y tal y como Sirius había dicho, el guardapelo de Salazar Slytherin colgaba de su cuello.

— Esperaremos a que acabe. —Murmuró Sirius.

—Reza para que no haya más interrogatorios detrás.

Al fondo de la sala, la mayoría de los asientos estaban vacíos y allí se quedaron durante una larga hora escuchando delitos imposibles hasta que Umbridge pidió un descanso y se levantó de su asiento. Los dos casi también saltaron en el sitio y se apresuraron a llegar a la salida para seguirla antes de que la perdieran de vista. Estaba sola y si no se paraba con nadie aquella era su oportunidad de pillarla por sorpresa para quitarle el guardapelo. La persiguieron por las mismas escaleras por las que habían venido pero no fueron capaces a alcanzarla hasta que llegaron hasta los dos ascensores a los pies del Departamento de Misterios. Correr debajo de una capa de invisibilidad no era algo sencillo, mucho menos cuando se trataba de dos.

—Voy a salir. —Anunció Erin antes de que el pasillo se acabara.

— ¿Qué estás haciendo? — Le reprochó Sirius.

—Nos tenemos que subir al ascensor que va enfrente del suyo para poder ver a donde va. —Explicó. —Si nosotros la vemos también ella a nosotros. Los ascensores no se mueven solos, sospecharía.

Uno de los dos tenía que dejarse ver si querían que les saliera bien. Erin se quedó parada muy cerca de la reja, Umbridge no les estaba prestando ni la más mínima atención pero ya se había hecho paso entre el resto de personas que iban con ella para detener el ascensor. Erin lo paró también. Estaban casi en el segundo piso, en el Departamento de Seguridad Mágica. Cuando la jaula ya alcanzaba el suelo, Erin vio una persona a lo lejos que esperaba por el ascensor justo en su lado. La persona alzó la mirada y Erin tuvo que detenerse.

—Oh, no.

Alto, pelo castaño estirado hacia atrás, pómulos prominentes, joven. Llevaba las mangas remangadas y en el brazo izquierdo se podía entrever que tenía la Marca.

— ¿Qué? —Preguntó Sirius sin mostrarse.

—Que me conoce. —El corazón le empezó a latir con rapidez. —Me ha visto. Ve tras Umbridge o la perderemos.

El ascensor se detuvo, las puertas se abrieron, el hombre entró sin quitarle los ojos de encima y a Erin le fue imposible moverse. Al menos, Sirius podría seguirla.

— ¿Erin? —Preguntó como si no se creyera del todo que era ella. —No sabía que siguieras con nosotros.

Con vosotros nunca, pensó.

—Peter. —Dijo con una sonrisa fingida. —Cuanto tiempo.

Su familia, los Rosier, eran unos de los Sagrados Veintiocho, y él, un supremacista de la sangre más. Los únicos méritos que le habían llevado a trabajar en el Ministerio eran el dinero y las conexiones que tenía, ni más ni menos. Por ello, Erin sabía muy bien que se trataba una persona peligrosa a la que era mejor no cruzar.

Nunca había hablado con él más de lo estrictamente necesario, ni tampoco tenían conocidos en común más allá del trabajo lo cual agradeció en el momento. No sabía hasta qué punto la conocía del todo, si sabía quién era su padre o sus amigos. Lo único que Erin tenía claro es que no podía soportar tenerlo delante, con su mirada incesante en su rostro y su cuerpo.

— ¿Vas arriba? —Ella asintió. —Pensaba que ya venías de allí.

—Me he equivocado antes.

Peter sonrió un poco y la puerta se cerró.

—Voy al noveno.

—Yo también, qué casualidad. —Respondió Erin.

Después se quedó mirando al suelo, deseando que no le diera más conversación.

—No te he visto con Yaxley.

La mente de Erin se quedó en blanco. Yaxley, ¿el mortífago? Quizás estaba ocupando el puesto que los Aurores habían tenido antes.

—Aún no he tenido tiempo de hablar con él. —Se excusó.

Las manos le estaban temblando y de repente, la varita se le escurrió entre los dedos.

— ¿Sabes una cosa? —Habló Rosier mientras Erin se agachaba a por ella. —Puede que fueras una buen Auror pero eres una mentirosa pésima.

Erin tragó saliva y justo cuando ya alcanzaba su varita, él se la arrebató. Después alzo su propia varita y el ascensor se detuvo en el aire.

—Seguro que no te importará responder a unas preguntas, ya que estás aquí. Luego te devolveré tu varita. Recuerda que si no tienes nada que esconder, no tienes nada que temer.

Ella se encogió de hombros, con indiferencia.

—Claro que no.

El ascensor continuó subiendo y Peter tampoco cerró la boca.

—Veo tres posibilidades. —Comenzó. —Tienes familia muggle, estás protegiendo a alguien o quizás tan solo seas una traidora. ¿Cuál es?

Erin se volvió a poner en pie, intentando mantenerse regia. Sirius ya estaría detrás de Umbridge y aunque las cosas se hubieran puesto muy feas para ella, estaba segura de que se haría con el guardapelo. Tenía que hacerlo.

—Tengo principios. —Murmuró.

Rosier soltó una carcajada y avanzó hacia Erin apuntándole con la varita.

—Tienes agallas para presentarte aquí como si nada, eso te lo reconozco.

Erin lo tenía tan cerca que ahora sí que estaba asustada. La había acorralado siendo mucho más alto y más fuerte que ella.

—Siempre has sido una chica preciosa pero eso no significa que vaya a hacer la vista gorda. —Dijo alzándole la barbilla. Erin le apartó la cara de inmediato. —No soy tan estúpido.

—Yo opino que sí. —Pronunció una tercera voz. —Expelliarmus.

Justo enfrente de Erin, tras el mortífago, Sirius apareció con su varita contra la nuca de este. Más tarde Erin le mataría por no ir a por el guardapelo, ahora solo podía tranquilizarse porque sabía que estaba a salvo.

—Dale a la señorita lo que le pertenece. —Dijo con firmeza. —No es una sugerencia.

Erin recuperó su varita, se alejó del hombre y detuvo el ascensor. Sirius le obligó a darse la vuelta y quedarse contra la pared del fondo. En cuanto se dio la vuelta los ojos de Peter reflejaron que le reconocía en solo unos segundos.

—Con que la tercera opción, una traidora. —Su voz mordaz buscaba la reacción de Erin pero la chica no se inmutó. —Aunque igual sea más de una opción viendo tu historial, Black. Siempre rodeado de lo mejor de cada casa: mestizos, amantes de muggles, muggles.

—Ya veo que has estado indagando sobre mí. Cualquiera diría que estás celoso. —Le provocó él de vuelta.

—Tu familia se avergonzaría aun más de ti si te viera.

—Entonces debo estar haciendo algo bien. —Sentenció Sirius sin bajar la varita. Ya le había escuchado demasiado. — Confundus.

A Peter le empezaron a temblar las piernas y su cuerpo se vino abajo de inmediato como si fuese una marioneta. Erin dio un paso al frente y se agachó con la varita en la mano.

Obliviate. —Susurró.

Una vez desmemorizado, Erin se dio la vuelta para mirar a Sirius, alzando la voz.

— ¿No te dije que fueras a por Umbridge?

—Sí. —Le respondió él. — ¿Y qué me hiciste jurar antes de marcharnos?

A la primera señal de peligro nos vamos.

Erin agachó la cabeza. No quería gritarle a Sirius porque la rabia no era para él. Toda la inquietud que sentía era por culpa del hombre inconsciente que tenía detrás.

— ¿Qué hacemos con él?

Sirius se pasó la mano por el pelo.

—Lo sacamos de aquí en la planta que menos gente haya y nos marchamos ya.

A Erin no se le podía ocurrir nada mejor en cualquier momento. Cuando despertara seguro que sospecharía que algo había pasado pero que pensara lo que quisiera.

—Vale. —Intentó pensar en una solución. — En la menos uno solo hay archivos, ya es muy tarde así que seguro que no nos verá nadie.

Tal y como dijo, no se cruzaron a un alma. Entre los dos, lo arrastraron fuera del ascensor y lo dejaron apoyado contra la pared con la varita en un bolsillo de sus pantalones.

— ¿Estás bien? —Preguntó Sirius cuando se montaron de nuevo.

—No lo sé. —Respondió Erin con honestidad aunque no fue capaz de mirarle a la cara, solo a la reja del ascensor que estaba más que harta de ver aquella tarde.

—Nos vamos a casa.

Si se suponía que el pensamiento tenía que reconfortarle no funcionó porque Erin solo pensaba que Harry se llevaría una decepción. Sin embargo, ninguno esperaba hacerse con el guardapelo aquel día y no hubo ningún reproche mientras Sirius explicaba lo que había ocurrido, sin entrar en detalles acerca de su encontronazo. Les contó que Umbridge no lo guardaba en su despacho sino que lo llevaba puesto y que habían estado muy cerca pero al final le habían perdido la pista porque alguien había reconocido a Erin.

—Y nos ocupamos de él. —Aclaró Erin. —Lo siento mucho, chicos.

—No pasa nada. —Aseguró Harry. —Tenemos la poción y según Hermione todo va como debería.

—Pero tendremos tres semanas por delante.

—Tres semanas para seguir pensando con que continuar después de este Horrocrux. —Dijo Hermione.

Eso también era cierto. Erin se sintió un poco mejor después de aquello pero no le tranquilizó del todo y después de cenar y haberse cambiado de ropa se encontró a si misma bajando las escaleras hasta el salón. Se sirvió un vaso de fuego de whisky y se tumbó a la larga en el sofá, boca arriba. Poco después, escuchó unos pasos acercarse a la sala. No hubo saludos ni preguntas. Sirius se deslizó por la parte superior del sofá y se dejó caer al lado de Erin, también boca arriba. El sofá no era lo suficientemente ancho como para dos personas y Erin tuvo que mover la mitad de su cuerpo casi encima de él para que los dos estuvieran dentro pero a Sirius no pareció importarle.

— Oye. —Protestó ella alzando el vaso para que no le cayera nada.

— ¿Qué haces?

Erin bajó el brazo y le enseñó la mano.

—Beber.

Y pensar en lo decepcionante que no dejaba de ser.

— ¿Me das un trago?

Ella hizo lo que pedía y luego se estiró para posar el vaso en la mesa.

—Tenemos una conversación pendiente. —Dijo Sirius, pasando su brazo alrededor de los hombros de Erin.

— ¿Ah sí?

— ¿Te pareció mal que me quedara contigo?

Ella sacudió la cabeza.

—En realidad no. —Admitió. —Ojalá me hubieras escuchado, aunque no sé que habría hecho si no hubieras aparecido.

—Se te habría ocurrido algo, estoy seguro.

Erin no estaba tan convencida de que fuera así, a lo mejor Sirius tenía unas expectativas muy altas sobre ella. Ahora que estaban los dos solos y sentía los dedos de Sirius acariciándole el brazo, Erin sí que tenía ganas de discutirlo. Eso y muchas otras cosas que se callaban. Ya habían estado así muchas veces antes, quizás no tan cerca, pero sí simplemente escuchándose el uno al otro.

—Le vi el tatuaje en el brazo y no sé qué se me pasó por la cabeza. —Continuó ella. —Me he enfrentado a gente así muchas veces pero él en particular...me repugna cómo me mira.

Erin bebió entonces, Sirius detrás y la chica se calló.

—No sé cómo estabas dispuesta a quedarte sola con él.

—Estábamos muy cerca de conseguirlo. —Se lamentó.

Erin apoyó su cabeza en el hombro de Sirius y le vino a la mente sus ojos posándose en sus labios mientras que los dos bailaban en la boda de Bill y Fleur, su mano en la cintura, tan cerca de ella que pensaba que habría podido escuchar lo rápido que le latía el corazón. Le parecía que igual había sido sola cosa de su imaginación pero aún así la duda le perseguía, sobre todo después de aquella tarde. No podía evitar preguntarse ¿y si no soy solo yo?, aunque al mismo tiempo tampoco sabía por qué Sirius, entre todas las personas del mundo, se interesaría por ella.

— ¿Por qué te quedaste conmigo? —Preguntó.

—Si tengo que escoger entre ti y Umbridge no me parece que sea muy difícil. Aparece un tipo con la marca en el brazo, enseñándola con orgullo ¿y piensas que te voy a dejar a ti sola?

Eso ya lo sabía, lo importante era la razón por la que lo había hecho. Era el momento perfecto. Solos ella y él, nadie se daría cuenta. Si las cosas se torcían, nadie tendría que saberlo jamás. Solo el pensamiento le aceleraba el corazón, pero y si… Tendría que sacar la valentía de alguna parte, pensó mientras inspiraba. No podía pasarse a pensar en lo peor que podía pasar, solo tenía que decirlo.

—No dejo de pensar en una cosa que te quiero preguntar. No es… fácil. Por favor, si esto no sale bien, desmemorízame o me moriré de vergüenza el resto de mis días.

—Si no me dices lo qué es, no puedo contestarte. Ni desmemorizarte, aunque no te pienses que estoy accediendo a hacerlo.

—Vale. En la boda. —Carraspeó. Erin se incorporó un poco separándose de él. Sirius alzó la mirada, con interés. —Cuando te sentaste conmigo, después de cenar. Mencionaste que alguien de la familia de Fleur te había pedido salir a bailar y le dijiste que no, que no estabas interesado.

—Sí.

—Después me pediste bailar contigo así que supongo que estarías interesado al menos un poco en mí. Y cuando bailamos hubo un momento que casi creí...que ibas a besarme. ¿Me lo imaginé?

Su voz sonó más estable de lo que se había esperado e intentó no apartar la mirada de Sirius ni un segundo. No quería perderse nada de su reacción; si la dejaba de observar o no, si acaso se avergonzaba, se reía o había cualquier atisbo en su rostro que pudiera delatar sus sentimientos. Los ojos de él seguían fijados en los suyos y Erin juraría que sus labios se curvaron hacia arriba. Sirius se quedó callado y Erin tuvo que contener la respiración. Ya podía sentir el calor en sus mejillas y por supuesto, la postura en la que estaban no estaba ayudando.

—No te imaginaste nada. —Admitió. —Solo me di cuenta de que igual no era el mejor momento.

El rubor volvió a adueñarse de la chica y aunque los nervios tampoco la habían dejado, ahora se sentía capaz de cualquier cosa.

Sirius quería besarla. Sirius quería besarla.

— ¿Qué hubieras hecho si te hubiera besado?

— ¿Delante de todo el mundo? Te habría matado. —Reconoció ella con honestidad.

— ¿Y en privado?

Le estaba provocando sí, la sonrisa ladeada en su rostro le delataba pero ella también sabía jugar.

—Dímelo tú. —Le respondió.

Sirius se recostó hacia atrás, por una vez sin nada inteligente que contestar. Sin pensarlo, Erin se aprovechó y casi sin darse cuenta, terminó encima de él. No podía haber tomado por sorpresa a Sirius, que en seguida sostuvo su cara entre sus manos. Bastó una mirada rápida entre los dos para saber lo que querían y fue Erin quien se inclinó y por fin, cerrando sus ojos dejó que sus labios acariciaran los suyos. El primer beso fue tierno. Cuando ambos se separaron Erin pudo sentir la sonrisa sincera de Sirius aunque empezó a negar con la cabeza.

—Es una idea terrible. —Murmuró contra su boca.

Erin podía tener sus dudas también, empezando por los años que Sirius le sacaba, por lo que pensarían los demás, Harry… en aquel momento no quería planteárselo. Era asunto de los dos únicamente.

—No tenemos nada que perder.

No, no perdería nada, pensó Sirius mientras la envolvía en un beso mucho más largo y hambriento. Pero ganar, podía ganarlo todo.