Diecisiete

Los días siguientes a la noche que besó a Erin, Sirius no podía posar la mirada en el sofá sin pensar en ello, sin importar si no había nadie en la sala o tan solo eran Ron y Hermione discutiendo de nuevo. La chica no dejaba que nadie se acercara a la poción multijugos, ni siquiera Harry, aunque de vez en cuando le pedía a Erin que le echara un ojo por ella. El tiempo pasó despacio en aquellas tres semanas restantes, como si el mundo se negara a que se acabara el verano. Sirius habría deseado también que fuera así. Desde la noche todo eran miradas entre él y Erin, un roce de manos al pasar, un beso rápido cuando estaban los dos solos. Por lo demás, nada había cambiado demasiado porque pasaban el mismo tiempo juntos que antes, ni tampoco llamaban tanto la atención como para que los demás se dieran cuenta de que algo había ocurrido entre ellos.

El aburrimiento estaba empezando a hacer mella en todos. Al principio se habían conformado con los periódicos que Kreacher les traía, aunque estos se convirtieron en pura propaganda y dejaron de ser una fuente de información fiable. Remus escribía cada pocos días, pero no se pasó ni una vez por Grimmauld Place. Sirius lo entendía, no tenía nada que reprocharle. La excusa de que Ron quería quedarse con Harry funcionaba con Molly, al menos por el momento. En el momento en que fueran a irse necesitarían algo mejor y Arthur ya se había ofrecido a cubrirles, a sabiendas de lo que le parecería a su mujer. Aun así, Sirius temía que a la que más preocupaba dejarlo todo era a Erin. Incluso Hermione, que no sabía hasta qué punto les contaba a sus padres lo que estaba pasando en el mundo mágico, estaba volcada por completo.

A tres días de irse al Ministerio, había poco que hacer para distraerse. Sirius estaba entretenido con un crucigrama de un número viejo del Profeta en la mesa de la cocina, mientras que Erin leía a su lado y de vez en cuando se fijaba en lo que escribía.

—Con nueve letras. —Leyó Sirius en voz alta. —Pequeña criatura hecha de humo que atrae a los viajeros en los pantanos.

Erin le miró frunciendo el ceño.

—¿Hinkypunk?

Sirius comprobó los huecos que le faltaban y lo escribió.

—Pues sí que encaja.

Erin acercó su silla un poco más a él para seguir leyendo. Mientras lo hacía, Sirius se quedó contemplando el rostro concentrado de la chica, incapaz de contener una sonrisa.

—¿Dónde está Harry? —Le preguntó.

—No lo sé, creo que arriba. —Le contestó Erin, que seguía mirando el periódico.

Sirius pasó un brazo por detrás de la silla de Erin y ella se giró hacia él.

—¿Por qué me miras tanto?

—Tienes una cara distintiva. —dijo, medio en broma, medio en serio. —Atractiva.

Posó su mano en su mejilla y se la acarició con el pulgar. Erin le miró con una pequeña sonrisa en la cara y después volvió a bajar la mirada. Había sido solo un segundo, pero Sirius creía haber vislumbrado una luz distinta en sus ojos.

—Madre mía. —Dijo ella riendo. —¿Eso te funciona con las chicas?

—Me da la impresión de que sí. Al parecer soy muy carismático. —A Erin dejó caer el libro que estaba leyendo en el regazo y su vista volvió a Sirius.

—Debe ser por eso. —Murmuró ella antes de besarlo con lentitud.

Tres semanas habían pasado, tres desde el primer beso y a Sirius nunca le parecían lo suficiente. De repente, se oyó una nota de piano más aguda de la cuenta desde el salón y Erin se separó de él, sobresaltada. Sirius casi refunfuñó, separándose también de la chica.

—¿Quién se ha puesto a tocar el piano?

El piano que había en el salón estaba medio olvidado en un rincón, lleno de polvo y desafinado. Él nunca había tenido gran interés por él ni sabía que ninguno más lo tenía. Erin se balanceó en la silla, mirando al salón y Sirius hizo lo mismo. Se podía ver la escena de lejos.

—Ron y Hermione. —Contestó ella.

Desde allí se siguieron escuchando más acordes, unos más acertados que otros. Daba la sensación de que la chica le estaba enseñando a tocar el piano.

—Así que ahora se llevan bien. —Comentó Sirius.

Los dos parecían estar muy enfrascados en aquella lección. En un momento dado, Ron se quedó observando a Hermione más de lo normal, sin sonreír, pero con una intensidad que Sirius casi podía sentirlo desde allí.

—Se gustan el uno a otro. —Dijo Erin. —Pero todavía no lo saben.

—Tienes toda la razón. —Dijo él mirándola otra vez. —Un poco como tú y yo.

—Nosotros somos mucho más rápidos. —Inquirió Erin. —Y menos mal.

Sirius se rio y volvió con su crucigrama. Erin se apoyó en su hombro y este le dio un beso en la frente, sintiendo una sensación gratificante en el estómago. Aquella chica sí que le gustaba, sí y por una vez, no quería estropearlo.

—La número dos horizontal es Miranda Goshawk. —Dijo Erin apuntando al número.

—Vale.

—¿Alguna vez has pensado en qué diría si pusieran tu nombre en uno de estos? —Preguntó Erin.

—Diría algo así como "hombre con increíbles dotes mágicas, único mago del mundo que se ha escapado de Azkaban". —Contestó Sirius. —Sería todo un honor.

—Es verdad. —Erin se apartó de su hombro como si se hubiera dado cuenta de algo de repente y se le quedó mirando. —Nunca te he preguntado cómo lo hiciste.

—¿Escaparme de Azkaban? —Erin asintió. —Es curioso porque casi nadie me lo ha preguntado. Es un secreto, claro está.

Erin dejó su libro de la mesa y le quitó la pluma de las manos a Sirius, posándola también.

—No me vengas con historias, Sirius Black.

—No te lo voy a contar. —Le respondió.

—Venga, se me da muy bien guardar secretos. —Dijo ella. Se sentó de lado en su silla y le cogió de la mano. —Sé que eres animago y no se lo he contado a nadie.

—Ya. ¿Acaso has visto a mucha gente últimamente a quien contárselo?

Erin estaba a punto de resoplar por su culpa, aunque sabía igual que él, que solo lo hacía para provocarla.

—¿Te has levantado con el pie izquierdo hoy o solo es que disfrutas picándome?

—La segunda. —Le contestó él con una mueca burlona.

—Ya me lo parecía. —La chica apartó la mano y se cruzó de brazos. —¿Y bien? ¿Cuál es el secreto?

A Sirius le daba igual contárselo, aunque apenas nadie lo sabía. Después de todo había sido inocente y encima, Erin ya sabía cómo había ocurrido sin darse cuenta.

—El secreto es mucha paciencia y una gran habilidad para colarse entre los barrotes. —Explicó. — Siendo un perro, por supuesto.

—¿Y ya está? —Dijo ella, sonando decepcionada.

—¿Te parece poco? Me ofendes, Erin.

—Esperaba algo más épico, la verdad.

Bueno, también había habido una gran travesía a nado de por medio, pero esa era otra historia.

—Si quieres algo épico, vuelve a ese libro. —Le aconsejó. Después le volvió a quitar la pluma. —Y esto es mío.

—No estoy leyendo.

Sirius se inclinó para mirar lo que estaba haciendo y vio el mapa que habían diseñado del Callejón encima de las hojas del libro.

—¿Y bien? —Preguntó.

—Nada, como todos los días.

—Mejor, entonces. —Aquel invento llevaba a Erin de cabeza desde que Remus se lo había entregado a ellos.

Ambos siguieron a lo suyo, hasta que Harry bajó al fin al salón y los sonidos que provenían del piano cesaron. Los tres iban a marcharse a ver a los Weasley por mucho que Sirius se negara, al menos para intentar que Molly se creyera que todo iba como siempre. Ninguno pudo oponerse y la casa quedó vacía a excepción de ellos dos, ya que Sirius ni siquiera sabía dónde se había metido Kreacher.

Después de comer, Erin se marchó a la biblioteca a buscar algo con que entretenerse mientras Sirius recogía la mesa. Al entrar a la cocina con los platos e ir hasta la encimera, se dio cuenta de que la chica se había dejado olvidado el mapa encima de la mesa de madera. Desdoblado, Sirius pudo ver incluso desde lejos unas letras gigantescas envueltas en cuadrados negros. Lo observó con detenimiento mientras su corazón palpitaba con fuerza y empezó a llamar a Erin a voces. Había tantos cuadrados negros en el mapa, moviéndose de atrás adelante por todas las calles, que apenas se podían percibir los nombres. Aun así, sabía muy bien que los nombres encuadrados significaban una cosa: estaban en la lista de mortífagos de Erin.

—¿Qué pasa? —Preguntó ella preocupada en cuanto apareció en la cocina.

—Es el mapa. —Le contestó él pasándoselo.

—No sé por qué me esperaba que esto fuera a pasar en algún momento. —Comentó desanimada.

Sirius suspiró y dejó el mapa de nuevo en la mesa.

—¿Tienes alguna manera de avisar a Kingsley?

Si al menos se podían poner en contacto con él, quizás él fuera capaz de ayudar también. Sin embargo, Sirius no tenía ni la mínima intención de avisar a Remus. No iba a dejar que se pusiera en riesgo de ninguna forma.

—Creo que sí, aunque no sé si funcionará. —Contestó ella. —Pero tú y yo deberíamos ir cuanto antes.

En plena tarde y viendo el mapa repleto de nombres, el Callejón Diagón debía estar hasta arriba de gente inocente que seguramente sufriría las peores consecuencias de aquel ataque. Era obvio que no podían posponerlo ni un solo segundo, aunque ellos fueran solo dos personas más, tenían que intentar hacer algo.

Erin se marchó corriendo escaleras arriba, descalza y Sirius hizo lo propio llevándose consigo el mapa. En menos de cinco minutos, los dos estaban en el pie de las escaleras listos para marcharse. Se cogieron de las manos para Aparecerse a la vez y Sirius escuchó a Erin respirar con profundidad.

—No te separes de mí, por favor.

Él asintió y cerró los ojos para concentrarse. Por aquella vez, era mejor que estuvieran juntos. Aparecieron mucho más cerca de Knockturn de lo que a ninguno de los dos les hubiera gustado, en plena avenida frente a Gringotts. A su alrededor, Sirius solo podía ver polvo, las vitrinas de los escaparates reventadas en la acera y a gente corriendo sin rumbo. Erin se soltó de su agarre, pero se mantuvo a su lado con la varita en alto, intentando ver algo igual que él. No hubo ni señal de Kingsley ni nadie que reconocieran mientras trataban de abrirse paso en dirección norte, usando mil veces impedimenta y protego para defenderse o atacar cuando fue necesario. Había más gente que ellos peleando, pero la mayoría parecían más bien gente a las que el ataque les había pillado de improviso y no personas entrenadas.

Estaba más que claro que dos personas no eran suficientes para frenar a nadie y a la altura de Flourish & Blott's, con el estómago revolviéndosele a la vista de algún cuerpo tirado en el suelo, Sirius se metió por una calle estrecha sin salida con Erin en sus talones para resguardarse. Agradeció poderse parar a respirar un segundo, pero cuando se fijó en Erin, se dio cuenta de que ella estaba mucho más intranquila que él, aunque superficialmente no parecía estar herida. Antes de que él pudiera decir nada, ella comenzó a hablar.

—He visto a una pareja en la puerta de Fortescue. —Dijo con la voz entrecortada. —Que creo que estaban muertos y me he acordado…

Erin se quedó callada mirando al suelo por un momento, incapaz de seguir y apoyó su mano en el hombro de Sirius.

—De mis padres. —Contestó y después no pudo parar de hablar nerviosamente. — No sé dónde están mis padres, si estaban en casa o en la tienda. No he hablado con ellos y no sé si seguían abriendo o no.

Sirius miró a la entrada, viendo a lo lejos la calle sospechosamente vacía.

—Nos vamos ahora mismo.

—No es el momento de marcharse. —Murmuró Erin. —¿Vamos a dejar que acaben con todo?

—La mitad ya habrán huido, espero. Tú y yo somos solo dos personas, Erin. Piensa un momento en lo que tú quieres.

Sirius sabía que le iba a costar aceptarlo, pero no había nada que pudieran hacer.

—Quiero ir a por mis padres. —Admitió ella.

—Pues es lo que haremos. —Volvió a coger a la chica de la mano. —No nos vamos a arriesgar a dar la vuelta ahora.

No podían hacerlo, ni mucho menos atravesar Knockturn. Sirius no sabía dónde estaba la tienda de sus padres, pero Erin sí y lo más rápido sería Aparecerse. Los dos aparecieron a unos metros de la tienda sin encontrarse con nadie más alrededor, sin mayor problema. Sirius vio una gran puerta verde a lo lejos, con los cristales rotos, igual que en todas las tiendas que se habían encontrado aquella tarde y miró a Erin, que se había quedado pálida. La chica echó a correr varita en mano sin que le diera tiempo a reaccionar, aunque de repente se paró en seco cuando se escuchó a una voz gritar su nombre.

Erin se dio la vuelta y Sirius se apresuró a llegar a ella, sintiendo un gran alivio al ver que reconocía a la persona.

—¿Papá? —Preguntó mientras se dirigía a la esquina que quedaba justo en frente de donde habían llegado.

Había un hombre sentado contra la pared, con una pierna doblada y un gesto de dolor en el rostro. Sus ojos saltaron de Erin a Sirius sin parar, pero no pronunció palabra. Podía ser o bien al shock debido al ataque o la confusión de haberse encontrado a su hija con Sirius Black. Él se la jugaba a que era una combinación de los dos.

— ¿Y mamá? —Preguntó Erin.

—Estaba en la tienda también. No quería salir hasta que fuera seguro.

—No va a ser seguro en ningún momento. —Se agachó para intentar abrazarle y debió de darse cuenta de la sangre que tenía en la pierna porque luego se estremeció. —Estás herido, papá. Tengo que sacaros de aquí ya.

Erin resopló y se empezó a pasar la mano por el pelo. Estaban seguros en aquel rincón y cruzar la calle podía significar correr un riesgo muy grande si se encontraban con algún mortífago. Sirius, unos pasos más atrás, no podía ver nada de la calle desde su ángulo lo que significaba que ellos tampoco eran vistos por nadie.

—Yo voy a por tu madre y vuelvo hasta aquí. —Habló Sirius, que está el momento apenas se había atrevido a acercarse.

Era lo más seguro, viendo como le sangraba la pierna al padre de Erin. No quería decirlo en voz alta para no asustar a ninguno de los dos, pero no tenía buen aspecto.

—No te conoce, seguramente se asustará. Iré yo. —Le respondió Erin. —Si no vuelvo en diez minutos te llevas a mi padre.

—Erin. —Dijo él aludido.

Sirius pensó por un momento que sería una queja. Entendía que no quisiera quedarse con él, era un extraño que acababa de conocer y hasta aquel momento tampoco había sabido que conociera de nada a su hija. No podía ofenderse. Sin embargo, después de decir su nombre trató de incorporarse para cogerla del brazo e intentar retenerla. Estaba más asustado por ella que ninguna otra cosa.

—Sirius es mi compañero, no os va a pasar nada. —Le aseguró. —Y a mí tampoco.

Erin se levantó apresurada y antes de marcharse fue Sirius quien le cogió la mano y no su padre.

—No voy a irme a ningún lado sin ti así que date prisa. —Había sonado más a una orden de lo que había pretendido. Entonces le acarició un poco la mano cuando Erin casi ya se estaba soltando.

— ¿No vas a hacerme caso tampoco esta vez? —Preguntó Erin.

La única verdad era que las cosas acababan saliendo bien si los dos permanecían juntos. Sirius no se marcharía sin ella, aunque haría todo lo que estuviera en su mano por su padre.

—Nada de estupideces heroicas. —Le recordó él. —Ten cuidado.

Erin se volvió una última vez hacia ellos y asintió con la cabeza. Le sonrió a su padre como si quisiera decirle otra vez que todo iba a salir bien y luego se separó de la pared mirando a ambos lados. Erin había desaparecido corriendo, pero no se había oído ningún ruido más aparte de sus pisadas.

Sirius se acercó a Paul y se sentó en el suelo. Los dos tenían sus varitas en la mano y aunque Sirius quería concentrarse en la calle, por si alguien pasaba, su vista se desviaba hacia la pierna de Paul.

—Está muy mal, ¿verdad?

—No. —Contestó Sirius sin pensárselo mucho. Estaba mal, por mucho que no quisiera admitirlo.

Paul se apretujó más contra la pared y miró a Sirius.

— ¿Os encontrasteis a muchos mortífagos hasta aquí?

—En el Callejón sí. En esta calle ya no había nadie.

Sirius sabía lo que le estaba pasando la cabeza.

—Erin es una chica lista. Sabe defenderse y atacará si le hace falta.

No sabía si lo había dicho para tranquilizarlo a él o a sí mismo. Paul asintió sin dejar de mirarle. Entonces Sirius se dio cuenta de que Erin tenía los ojos del color de su padre, verdes. Lo único bueno era que el padre de Erin estaba consciente y no parecía estar tan débil como para desmayarse. Lo mejor sería que no dejara de hablarle.

—Ya.

—Es Paul, ¿verdad? Soy Sirius.

—Lo sé.

—¿Qué te ha pasado? ¿Dónde está tu varita?

Sirius sacó la suya para intentar detener la hemorragia.

Tergeo.

No era muy bueno en hechizos sanadores, ni creía poder cerrar la herida, pero al menos podría quitarle el dolor y evitar que se desangrara.

—Nos escondimos en la tienda hasta que los Mortífagos se marcharon, yo salí primero para ver si era seguro. —Explicó. —Alguien apareció de la nada, me atacó por detrás y me desarmó.

—¿Por dónde se fue?

—No lo sé, creo que alguien más lo atrapó. Llevo aquí escondido desde entonces, pensaba que Katherine me seguiría.

Sirius apartó la varita, viendo la sangre parar de brotar.

—Creo que es todo lo que puedo hacer. ¿Estás mareado, te encuentras mal?

Paul sacudió la cabeza.

—No, no. Muchas gracias.

Los dos se quedaron en silencio y Sirius pensó que aquella no era la forma en la que se habría imaginado que iba a conocer a los padres de Erin ni por asomo.

—Sabías mi nombre. —Comentó Paul.

Sirius le sonrió.

—Erin habla mucho de vosotros. —Explicó.

—No sabía que os conocíais.

Sirius se preguntó a si mismo si se le notaría o si habrían dejado entrever algo cuando ambos lo habían encontrado antes. Erin le mataría si decía algo y, además, tampoco sabía qué eran entonces.

—Sí, por trabajo. —Una respuesta corta y concisa. Lo mejor era dirigir su atención a otra cosa. —Pensaba que no conocía vuestra tienda, pero en realidad sí que había estado antes. Hace bastante tiempo.

Hacía muchos años, recordaba haber tenido que comprar algo específico para la clase de Herbología en primer o segundo curso.

—Era de los padres de Katherine, pero nosotros la llevamos desde que nos casamos.

Sirius siguió la conversación, dándose cuenta de que Paul no había vuelto ni a mirarse la pierna, estando tan concentrado en él.

—Erin me contó una vez que os sorprendió saber que no quería dedicarse a esto.

—Sí, es verdad. —Admitió devolviéndole una pequeña sonrisa. —En los últimos cursos empezó a decir que quería ser Auror y ya no hubo nada que se lo pudiera quitar de la cabeza.

Sonaba bastante a Erin. A lo lejos, casi como si la hubieran invocado, se empezaron a oír unos pasos. Sirius se levantó despacio para comprobar que era ella, vio su pelo rubio a lo lejos, pero no había ni rastro de su madre.

—Erin. —Pronunció. A sus espaldas Paul respiró aliviado y Sirius le ayudó a levantarse, haciendo que se apoyara en él.

Erin había vuelto totalmente seria, con la varita agarrada con fuerza. Cuando Paul se dio cuenta de que Katherine no estaba, la sonrisa desapareció de su cara.

—¿Dónde está tu madre? —preguntó a Erin.

—Está en la puerta, escondida detrás del mostrador. —Explicó. —Me empezó a hacer señas desde ahí, creo que hay alguien más dentro. Está todo destrozado.

—Voy contigo. —Dijo Sirius.

—Yo no voy a quedarme aquí. —Protestó el padre de Erin.

—Papá, estás herido.

—Me puedo levantar, Sirius me ha curado la hemorragia, ¿ves? —dijo soltándose de su agarre.

Paul estaba cojeando, pero parecía determinado a hacer algo. Sirius entendía que no quisiera dejar atrás a su mujer. Erin suspiró resignada.

—Con mucho cuidado. —Murmuró.

Sirius asintió y se acercaron con sigilo hasta la tienda, intentando hacer el menor ruido posible. Erin iba a la cabeza y señaló a su madre a la derecha, que se puso en pie nada más verlos. Se llevó un dedo a la boca para advertirles que estuvieran en silencio y señaló a un pasillo del medio de la tienda. Erin entró por un lado hasta el fondo y Sirius por el otro, mientras que Paul se quedó atrás con Katherine. Entre una estantería y otra podía ver a Erin avanzar, ya que estaba todo tirado por el suelo. Cuando casi habían llegado al final, de pronto se vio una figura oscura que salió corriendo y una ráfaga de chispas que pasaron rozando a Erin. Los dos echaron a correr también detrás de él, con los padres de Erin en la cabecera podrían pararlo, pero era mejor que uno de los dos hiciera por si no reaccionaban a tiempo. Katherine le mandó un petrificus totalus que el hombre esquivó agachándose y cuando este se dio la vuelta apuntó a Erin de frente para que dejaran de perseguirlo. Sin embargo, la chica fue más rápida.

—¡Relashio! —gritó ella.

Unas chispas rojas salieron de su varita hacia el Mortífago y se escuchó un restallido a la vez que el hechizo le empujaba contra la esquina de una estantería. El hombre se estrelló contra ella, se dio un golpe seco con el borde en plena cabeza y de repente, cayó al suelo y este se tiñó de rojo.

Erin se quedó inmóvil. Solo se escuchó el sonido de su varita rebotando contra el suelo y a su madre dando una bocana de aire. Paul se giró a mirar a su hija con el rostro desencajado y Sirius avanzó hasta ella sintiendo cómo se le hundía el pecho. Recogió la varita de la chica y casi sin pensarlo, apuntó hacia la sangre que había en el suelo para limpiarla. Después apoyó una mano en su hombro, sin poder asimilarlo. Erin no reaccionó ni se giró a mirarlo, pero aun así puedo escucharla murmurar con una voz que señalaba que le seguiría el llanto.

—¿Qué he hecho?


Me gustaría decir que no había planeado hacer sufrir a mis personajes, pero así es. Que empiece el drama.

Hasta el próximo capítulo, si te ha gustado/horrorizado deja un comentario!