Dieciocho

—Venía a por ti. —Habló Paul. —Tú te defendiste, ya está.

Intentaba aparentar tranquilidad, pero la voz le vibraba.

—Tenemos que marcharnos. —Añadió.

—A San Mungo, tenemos que ir a San Mungo. —Dijo Sirius. —Pero no nos podemos Aparecer allí.

Se movió hasta llegar a la puerta, pasando por delante del cuerpo sin vida del mortífago y se estremeció.

—Necesitamos la red Flu. —Dijo Katherine dándole la razón.

Esta se había apresurado a darle un abrazo a su hija, para intentar consolarla. Erin pasó al lado de Sirius, mirando al frente y tratando de esquivar la vista del hombre. Cuando estuvieron afuera, Sirius se dio cuenta de que le seguían temblando las manos.

—Podemos ir desde mi casa. —Sugirió.

—¿Y qué pasa con el secreto? —Habló Erin.

Los tres se quedaron mirándola. Ella apenas era capaz de sostenerle la mirada a Sirius y él sabía que en cuanto estuvieran fuera de peligro, Erin se rompería.

—Que le den al secreto, es una emergencia. —Contestó. —Si yo me Aparezco dentro con tu padre, ¿te ves capaz de llevar a tu madre?

Erin miró a Katherine, que le apretó el brazo con intención de animarla y la chica asintió con poca convicción.

—No puedes pensar en nada más ni un solo segundo. —Le recordó Sirius.

Aparecerse con otra persona requería mucha concentración y aunque no dudaba de las capacidades de Erin, era una situación muy delicada. Él podría volver a buscarlos de uno en uno, pero se había Aparecido ya dos veces en un solo día y acabaría agotado.

—Puedo hacerlo. —Aseguró Erin.

—Está bien.

Sirius agarró a Paul y a la cuenta de tres los dos se encontraron en la entrada de la casa de Sirius. A los pocos segundos, Erin y Katherine aparecieron dando un salto en el aire y su madre se apoyó contra la pared para no caerse. Las dos estaban de una pieza.

—Seguidme. —Les dijo a los demás, aunque Erin sabía de sobra dónde estaba la chimenea.

En la cocina aún seguían los platos sin lavar que antes habían usado, sobre la mesa del salón había un par de libros y en el sofá estaba tirada una sudadera de Erin.

—¡Kreacher! —llamó Sirius.

El elfo apareció de repente desde la cocina, arrugando el ceño al ver que había más gente presente. Sirius no se detuvo para mirarle mientras buscaba el tarro con los polvos Flu para llegar a San Mungo.

—¿Dónde está Harry? —preguntó.

—El señor Potter y sus amigos aún no han regresado.

—Bien, cuando lo hagan, diles que Erin y yo estamos bien pero que hemos ido a San Mungo. —Ordenó. —Y sobre todo que no se muevan de aquí.

—Como el Amo quiera. —Kreacher asintió y luego miró a Erin. —La señorita tiene mala cara.

Erin abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla sin articular palabra. Su madre le apretó la mano y Paul se acercó a la chimenea en cuanto Sirius encontró lo que buscaba. De uno en uno fueron pasando por la chimenea hasta que Sirius fue el último en utilizar los polvos.

En San Mungo solo les bastó con llegar al vestíbulo para ver que estaba lleno de heridos de aquel ataque. Erin rehuía su mirada, estaba completamente pálida y daba la impresión de que vomitaría en cualquier momento. Se pusieron a la fila delante del mostrador principal, esperando a que algún sanador viniera a por Paul. Iban pasando por toda la fila buscando a las personas que más graves estaban, y a los que no lo estaban o solo iban a acompañarlos los mandaban a otra sala. No habían pasado ni cinco minutos cuando se llevaron al padre de Erin y Katherine se marchó también con él. Erin se quedó al lado de Sirius y aprovechó para hablar con ella, intentando no hacerle sentir incómoda. No tenía sentido preguntarle si estaba bien cuando estaba claro que no lo estaba.

—Quieres esperar a que salgan, ¿verdad?

Ella asintió.

—No tienes que quedarte conmigo si no quieres.

—Claro que sí. —Replicó. —¿Tú quieres que te deje sola?

—No. —Le contestó. —Creo que tienes una herida.

Erin le señaló a la altura de la barriga y él miró hacia abajo. Primero pensó que se había manchado con sangre al ayudar a Paul, pero cuando se tocó se dio cuenta de que era su propia sangre.

—Es solo un corte. —Le dijo quitándole importancia.

Ni siquiera se había dado cuenta de que se lo había hecho, estaba claro que tenía otras preocupaciones en el momento.

La cola avanzó y ellos fueron los siguientes en la cola. En el mostrador había dos mujeres, una de ellas estaba apuntando en una lista, sin levantar la vista.

—Hola, bien. Vosotros dos, ¿heridos o acompañantes? —Les preguntó la otra mujer.

—Las dos cosas. —Respondió Sirius por ambos. —No es nada grave.

—Podéis pasar primero por este pasillo a la izquierda hasta el fondo y os curarán. —Explicó la mujer, después se puso a atender a otra mujer que venía con un niño en brazos detrás de ellos y Sirius tuvo que apartarse.

—Mi padre acaba de pasar a que lo intervengan con mi madre. —Insistió Erin a la otra mujer.

—Entonces solo un acompañante más, dos por persona, son las normas.

La chica se apoyó en el mostrador y Sirius anticipó el rumbo que iba a tomar la conversación, viendo que aquella señora ni siquiera había tenido la intención de mirarlos a la cara.

—Pero mi madre ya está dentro.

—Lo siento mucho. Estamos desbordados, no podemos dejar pasar a más gente. Está siendo un día muy complicado.

Erin empezó a alzar la voz.

—Sé muy bien que es un día complicado y no es vuestra culpa ni tampoco mía, pero no me creo que en todo San Mungo no tengáis más que una sala de espera.

El vestíbulo estaba casi en silencio, parecía que todo el mundo se había puesto a escuchar su conversación. La mujer posó la pluma, resoplando y miró a Erin a los ojos por primera vez.

—Cariño, aquí hay mucha gente herida de gravedad, que se ha estado jugando la vida ahí fuera. No puedo pararme a discutir contigo porque tengas una pataleta.

—Lo primero de todo no me llames cariño. —Comenzó Erin. —Yo también llevo todo el día fuera y todo el santo verano velando por todos vosotros. Antes era Auror, ¿sabes? Y ahora no puedo ni hacer mi maldito trabajo.

Sirius nunca había visto a Erin tan alterada y tras haberse mantenido al margen, tuvo que intervenir antes de que la cosa empeorara. Le puso una mano en el hombro a Erin y vio que se le estaban acumulando las lágrimas en los ojos de la rabia.

—Erin, tranquila. No pasa nada.

—Sí que pasa, Sirius.

Sí que pasaba y lo que pasaba lo sabían muy bien los dos. Erin no estaba mosqueada solo por aquella tontería.

—No puedo. —Murmuró y se marchó corriendo hacia el baño.

Él se quedó parado en el sitio, sin saber si salir tras ella y la mujer que les había atendido antes apareció delante de él, pidiéndole a la otra mujer que le dejara hablar.

—¿Señor Black? —preguntó observándole. Parecía que después de haber escuchado a Erin nombrarle y haberle mirado más de dos veces se había dado cuenta de quién era.

Sirius miró de reojo hacia atrás y se percató de que había mucha gente mirándole. Nadie le llamaba señor Black, el señor Black era su padre.

—Solo Sirius. —Le corrigió.

—Por favor, escríbame su nombre y el de su acompañante. —Le indicó pasándole la lista de acompañantes.

La mujer que había discutido con Erin le miraba apretando los labios con el gesto enfadado. Él intentó no mirarle para no darle más importancia al asunto, pero le enfurecía ver cómo una persona de cara al público trataba así a la gente. Sirius añadió su nombre y el de Erin al lado del de su padre y se la devolvió.

—¿Tenéis alguna poción calmante? Mi amiga no se encuentra bien.

—Sí, por supuesto. Disculpadnos por haberla molestado.

—Solo espero que tratéis mejor a toda persona que lo necesite y hagáis una excepción, no porque tenga un apellido como el mío. —Le soltó.

La mujer enrojeció y Sirius se marchó a por Erin dejándole con la palabra en la boca. No le fue muy difícil encontrarla, porque solo un baño tenía la puerta cerrada, el que ella ocupaba. Desde fuera se podía escuchar el llanto que estaba intentado frenar, sin mucho éxito.

—Erin. —Le llamó Sirius apoyado en la puerta.

Ella dejó de sollozar por un segundo, se oyó cómo descorría el pestillo y la puerta se abrió. Erin le cogió del brazo metiéndole dentro y volvió a cerrarla.

—Ven aquí. —Murmuró Sirius antes de abrazarla, provocando que fuera de nuevo un mar de lágrimas.

Erin intentaba hablar entre el llanto, pero Sirius no podía distinguir lo que decía, más allá de que había matado a alguien. No la soltó hasta que paró de llorar y sus hombros dejaron de agitarse con cada lágrima. Erin se separó de él para mirarle, con la cara roja y los ojos hinchados. Alargó su mano y le acarició la mejilla, limpiándole una lágrima. Sirius también había llorado en silencio, ¿cómo no podía viéndole así?

—Deberíamos ir a que te curen eso. —Le dijo Sirius.

—¿Segura? —Ella se encogió de hombros.

—No me encuentro bien.

—Ya lo sé. Lo siento mucho Erin.

Ella asintió vagamente con la cabeza y le siguió afuera, con la cabeza gacha mientras que recorrían el pasillo. Una enfermera le curó el corte a Sirius en un segundo y mientras tanto, Erin se quedó sentada en frente, esperando a que acabara. Después, la misma mujer le dio una poción para calmar los nervios sin hacer ninguna pregunta.

Esperaron en una sala que no estaba ni la mitad de abarrotada que en la que habían estado antes. Aun así, Sirius podía sentir todas las miradas en él. Erin se dejó caer en un asiento, donde no había nadie alrededor ni en frente, suspirando con pesadez. Sirius se sentó a su lado.

—¿No te molesta que todo el mundo te reconozca? —preguntó Erin.

Él se encogió de hombros.

—Ha sido así toda mi vida. —Respondió. —Creo que aún hay gente que no se cree que yo sea inocente.

La mayoría diría que era imposible que un hombre inocente fuera a Azkaban pero Sirius opinaba, que simplemente, el sistema había dejado de funcionar hacía mucho tiempo.

—A mí me incomodaría.

A él también, aunque ya había aprendido a vivir con ello.

—Sé mi verdad, Erin. Para mí es suficiente.

La chica se quedó en silencio mirando a la ventana que había al fondo de la sala. Lo que reflejaba era una ilusión, igual que el techo encantado del Gran Comedor, aunque también estaría anocheciendo afuera. Las luces dentro estaban más tenues que en el pasillo y las escasas conversaciones eran susurros.

—¿Y cuál será mi verdad ahora? —preguntó Erin girándose para observarle.

Ya no tenía los ojos llorosos ni la cara enrojecida, solo parecía agotada.

—La conoces bien. —Le respondió Sirius apoyando su mano en su rodilla. —Eres paciente, inteligente y tienes el corazón más grande que he conocido. Eres valiente y nunca le harías daño a nadie si no estuvieras en peligro. Eso es lo que he visto hoy y lo que sé.

—No me lo voy a poder quitar de la cabeza.

—¿Por qué no intentas descansar un poco?

Era injusto, pero era la verdad. Erin apenas tenía un hilo de voz. En cuanto apoyó su cabeza en el hombro de Sirius y la vio cerrar los ojos, no pudo culparla. No tenía fuerzas para decir nada más. No creía que fuera a dormirse de verdad, pero su respiración se ralentizó poco a poco. Aquella poción sí que debía ser buena. Sirius intentó no moverse demasiado en el rato que siguió para no molestarle y justo cuando creía que él también se dormiría, no habría pasado más de media hora, escuchó la puerta abrirse. Vio a la madre de Erin y alzó la mano para que se acercara.

—¿Ha pasado algo? —preguntó Sirius.

Katherine negó con la cabeza.

—Oh, no. Le van a intervenir y me han pedido que saliera. Está mejor de lo que nos imaginábamos.

Escucharlo fue todo un alivio, era lo único bueno que había salido del día.

—¿Cómo os han dejado pasar a los dos?

—Erin se ha peleado un poco con las de recepción. Después yo.

Katherine se sentó frente a Sirius, observando a su hija.

—No me puedo creer que se haya dormido.

—Se ha tomado una poción.

—Ya me parecía. —Comentó. —¿Se ha puesto muy nerviosa?

Sirius asintió.

—No creo que se le haya pasado del todo.

—Será mejor que no la despierte, luego la avisaré si pasa algo. —Dijo Katherine.

La madre de Erin dejó la chaqueta en el asiento de al lado y suspiró.

—Erin nos había contado algo de un trabajo, por orden de Kingsley Shackelbot. Luego vino a casa solo un par de veces, a traer algo y después de lo de hoy estoy un poco confundida.

Sirius sintió como si la conversación que había tenido con Paul se volviera a repetir. Por supuesto que ninguno de los dos sabía nada, aunque parecía que Katherine estaba más decidida a entender lo que estaba pasando. No sabía hasta que punto podía revelárselo, pero tampoco sentía que fuera justo no darle ninguna explicación.

—Sí, Erin y yo somos compañeros. —Admitió. —A Kingsley le pareció buena idea para…el trabajo.

Hasta ahí podía contarle. Además, ¿qué iba sino a decirle? ¿Qué su hija estaba viviendo con él, y que tenían lo que fuera que tuvieran? Hasta hacía unas horas, ni siquiera sabía que se conocieran.

—Pero no habéis acabado, ¿verdad?

—Ojalá. Llevo luchando por la misma causa toda mi vida. Hay días en los que no le veo el final.

—Quizás no el que nos gustaría a todos. —Dijo Katherine, sabiendo muy bien de qué estaban hablando. — Ese es el problema.

—Todo esto, —continuó su madre— en lo que esté metida Erin, tiene que ver con tu ahijado, ¿verdad?

Katherine había bajado la voz además de procurar no mencionar a Harry. Había más gente, pero nadie parecía estar prestándole atención.

—Sí. Por el momento, está a salvo que es lo que importa.

—Bien. —Contestó ella.

Sirius se quedó en silencio y miró de reojo a Erin, que aún estaba dormida. La conversación se había acabado, pero Sirius aún sentía que no había sido del todo sincero. No le gustaban los secretos y después de aquella tarde, era el mejor momento para darse cuenta de que no eran buenos tiempos para callarse nada.

—A Erin y a mí…—dijo mirándose las manos—, se podría decir que nos une más que un trabajo.

Katherine le contestó de inmediato, lo cual sorprendió a Sirius.

—Estaba pensando que debía de importarte mucho mi hija para quedarte con ella. Me imagino que tú también sabes igual que yo, que lo que ha pasado hoy le va a destrozar. Por eso estás aquí. No quería preguntártelo directamente.

—No me molesta. —Respondió Sirius.

Por alguna razón, casi sentía que el calor se le había subido a la cara cuando en realidad, no le había explicado nada. Quizás era la intuición de una madre.

—Me tranquiliza que tenga a alguien con ella.

Katherine esbozó una sonrisa y Sirius hizo lo mismo.

—Es una buena chica. —Dijo mirándola de reojo. —No se merece nada de esto.

Su madre le dio la razón y se volvieron a quedar en silencio. Entonces, Sirius ya no se sintió tan incómodo; al menos lo había dicho. Katherine se levantó más de un par de veces más mientras esperaban, nerviosa. Erin se despertó justo cuando les dijeron que podrían pasar a ver a Paul y Katherine ya estaba en la puerta.

—¿Cuánto he dormido? —preguntó Erin retirándose del hombro de Sirius.

—No lo sé, ¿una hora? —Dijo él.

—Vaya, lo siento.

Sirius le sonrió. La verdad es que no sentía mucho el hombro. Al menos no tenido había preocupaciones por un tiempo.

—Tu madre y yo llevamos aquí un buen rato. Acaban de venir a buscaros para que paséis.

Los dos se levantaron y se unieron a Katherine en la puerta. Ya que Sirius se quedaría fuera para esperar a Erin, se despidió de Katherine.

—Me gustaría haberos conocido a los dos de otra manera. —Le dijo con sinceridad. No era exactamente cómo se habría imaginado conocer a los padres de Erin. — Siento mucho lo que ha pasado hoy.

—No es culpa tuya, Sirius. Muchas gracias por habernos ayudado. Espero que nos volvamos a ver. —Le dijo ella con una sonrisa.

Él también lo esperaba, porque solo podía significar una cosa. Sirius miró a Erin y su madre le sonrió de nuevo a ella. Ninguno dijo nada más antes de que se abriera la puerta porque no necesitaron palabras.


Siento el retraso con este capítulo. En principio se suponía que lo subiría en Navidad pero no me acababa de convencer...en el siguiente capítulo pasarán algunas cosas...más alegres? Además voy a introducir a un personaje que no había salido hasta ahora y conociendo a este fandom, o suele encantar o lo odian. Espero que sea lo primero esta vez.¡Hasta la próxima!