Diecinueve

Cuando llegaron de madrugada a Grimmauld Place, la casa estaba inusualmente callada. Era lo propio de aquellas horas, pero no acostumbraban a estar en silencio los últimos días. Siempre había imprevistos, vigilancia sin descanso y sorpresas no deseadas. Tanto Erin como Sirius habían tenido suficiente por un día, sobre todo ella, que se marchó a su habitación sin despedirse más que con un beso en la mejilla. No sabía si sería por la poción que se había tomado antes, o porque no podía dejar de pensar en lo inevitable, pero no fue capaz a pegar ojo. Intentó probar a levantarse a tomarse una tila y tampoco no funcionó.

Erin había escuchado su puerta abrirse más de una vez aquella noche, por ello cuando al volver del baño escuchó unas pisadas dirigirse escaleras arriba no le sorprendió.

—Erin—percibió la voz de Sirius antes de poder verle—. Estoy preocupado por ti.

—No puedo dormirme —admitió sin que apenas hubiera pasado un segundo.

No tenía sentido mentirle ni fingir. En aquel preciso momento en medio de la noche, casi en completa oscuridad, Erin se sintió vulnerable y abrumada por completo. Sirius que ya estaba a su lado, pasó sus dedos por su mejilla, como si quisiera encontrar su rostro en medio de la oscuridad. En un leve murmullo su voz suplicó:

—Dime qué puedo hacer.

Erin no podía encontrar las palabras. Sirius había luchado con ella, le había ayudado a ella y sus padres, secado sus lágrimas y la había acompañado en todo momento. Hacía solo un par de días le había dicho que no sentía que la mereciera y ahora mismo, ella creía que era más bien al revés.

—¿Te quedas conmigo? —le preguntó—. Preferiría no estar sola.

—Claro.

Por un segundo pensó que iba a quedarse en el sillón, pero se metió en la cama detrás de ella.

—Ya sé que no es el momento —habló ella—, pero no me imaginaba que la primera vez que durmiera contigo fuera así.

—Erin —suspiró Sirius.

—Perdón.

Se envolvió con las sábanas y se acurrucó contra él. Después de un momento Sirius comenzó a acariciarle el pelo, como si lo estuviera pensando.

—Tampoco me imaginaba que fuera a conocer a tus padres así. Ha sido un día muy extraño —murmuró—. Y mañana se irán a por el guardapelo.

—Merlín, se me había olvidado.

—Ya a mí casi también. Ojalá pudiera decir que todo está bien. ¿Cómo voy a pasarme el día sin pensar en ello?

—Dímelo a mí —susurró Erin—. Ni siquiera te he dado las gracias.

—Ni falta que hace, Erin. Tú habrías hecho lo mismo por mí —explicó Sirius—. Y si seguimos hablando no te vas a dormir nunca.

A Erin le entraron ganas de decirle que de haberlo sabido no le habría pedido que se quedara, aunque se calló. Sirius no dijo nada más, y pese a que su intención no habría sido volver a dormirse lo hizo poco tiempo después. Sirius ya se había ido la mañana siguiente cuando ella se despertó, seguro que estaría despidiendo a Harry, Ron y Hermione así que Erin se quedó un rato más en la cama. No se sentía con fuerzas como para contarles nada. Cuando bajó por fin a comer no se oía ni un ruido en la casa, Sirius no estaba ni en la cocina ni en su habitación y solo le quedaba un lugar donde podría distraerse hasta que Harry volviera, la biblioteca. Allí lo encontró.

—Hola —le saludó.

—Hola.

Sirius se giró para verla en la puerta y aunque en su cara no dejaba entrever sorpresa su voz le había delatado al saludarla.

—¿Qué estás haciendo? — le preguntó Erin.

— Leer un poco. ¿Has comido algo?

Ella asintió con la cabeza y entró a la sala cerrando la puerta detrás de ella.

—¿Es de verdad o solo lo dices para que te deje? —insistió Sirius, que la miraba por encima de su libro.

—Sí he comido, lo juro —contestó ella—. Me encuentro un poco mejor.

—Me alegra oírlo.

—¿Les has contado algo de ayer?

—Un poco —admitió Sirius—. ¿Te molesta?

Erin negó con la cabeza, ni siquiera sabía si sería capaz de admitirlo en voz alta.

—No tenemos que hablar de nada —añadió él.

A Erin le pareció bien, movió un sillón hasta pegarlo al de Sirius y se sentó cruzándose de brazos, con los pies apoyados en un viejo taburete. Recostada, apoyó su cabeza de lado y desde aquella altura pudo ver lo que él estaba leyendo sin levantar la mirada. Parecía una colección de poemas

—¿En qué estás pensando? —le preguntó Erin. Se había estirado para poder acariciarle el brazo.

—En mañana. ¿Tú no?

Ella asintió. Estaba preocupada, pero ya nada podía ser peor que el día anterior.

—Me estaba empezando a acostumbrar a esta casa —dijo Sirius—. Nunca me lo habría imaginado.

—Yo tampoco.

Se quedó callado un segundo mirando un libro, pero sin molestarse en cambiar de página. Después se incorporó un poco y se giró para mirarla.

—Nos conocimos aquí —dijo cerrando el libro —. Estaba pensando en ello mirando a la entrada cuando venía a la biblioteca. También me acordé de cuando te caíste por las escaleras.

—Ya, con el dichoso retrato de tu madre—a Erin se le escapó una sonrisa—. Muy gracioso.

—Sí, pero también estaba pensando en el salón. En ti y en mi besándonos por primera vez.

—En el sofá.

—Me voy a acordar cada vez que lo mire—dijo él después de darle un corto beso—. Ojalá hubiera tenido más tiempo contigo.

—No me voy a ningún lado, Sirius.

—Ya lo sé, pero... ¿qué va a pasar con nosotros cuando todo esto acabe? Piensa en cuando tienes un amigo, digamos que del colegio. En esos años sois inseparables, pero cuando todo termina, ya no sabes donde encajarlo. Ya no es lo mismo. Es un producto de las circunstancias.

Erin se separó de él, quedándose en silencio. Aquello parecía estar preocupándole de verdad y ella ni siquiera se había dado cuenta.

—Sirius, todas las relaciones son así, siempre conoces a alguien de una manera u otra y si al final no funciona, no será porque las cosas hayan cambiado. Tú... ¿qué quieres que pase?

—No quiero que se termine.

—Ni yo tampoco. ¿Qué creías que iba a decir?

—No lo sé. Solo sé que me gustas tanto que me da miedo asustarte con todo lo serio que me gustaría que fuera.

—No me asusta nada—le aseguró Erin tomándole de la mano—. Me tranquiliza.

Le encantaba saber que, de los dos, ella no era la única que apostaba por que funcionara.


Harry, Hermione y Ron cumplieron su misión sin un rasguño y ahora el guardapelo de verdad era de ellos. Tenían provisiones preparadas, así como ingredientes para pociones básicas, sus tiendas y sacos de dormir entre otras cosas. La mañana siguiente se marcharían antes de que saliera el sol, dejando el que había sido su único refugio. Decir que Erin estaba nerviosa era poco, si la noche anterior apenas dormido aquella parecía incluso peor. Los tres chicos se habían quedado en el salón montando guardia y Erin se había marchado a su habitación para terminar de meter algo de ropa en su mochila. Después se metió en la cama, sin poder evitar ver los minutos pasar. Llevaba un rato con un pensamiento repitiéndose en su cabeza, un deseo que la inquietaba y a la vez la emocionaba. Con el corazón palpitando con velocidad en su pecho salió de la habitación de puntillas, evitando hacer ruido, y se dirigió a la habitación de Sirius. Se quedó paralizada en la puerta, aunque luego se dio cuenta de que se veía una tenue luz encendida dentro y picó una vez.

Sirius entreabrió la puerta y su rostro se suavizó al ver que era ella.

—No me digas que no te puedes dormir otra vez.

—Más bien no me quiero dormir —puntualizó Erin.

Echándole un vistazo a la habitación, vio que su cama ni siquiera estaba deshecha. No podía haber estado durmiendo.

—No quiero saber qué está pasando por esa cabecita tuya —murmuró Sirius haciéndola pasar.

Seguro que sí te gustaría, se calló ella.

—Estaba pensando en lo que hablamos antes —dijo Erin acercándose a él una vez que cerró la puerta—. Todavía tenemos esta noche y yo no me quiero quedar con ganas de nada.

Sirius frunció el ceño, como si no entendiera lo que estaba diciendo, pero no le dio tiempo a decir nada, porque Erin le beso antes. Él no se quedó atrás mientras que sus manos viajaban de su rostro a la parte baja de su espalda.

—Ya sé por dónde vas —murmuró entre un beso y otro.

La apretó más contra él y le siguió un beso más largo y desesperado. Para el siguiente, Erin estaba del todo segura de que no quería que aquello se quedara en unos besos.

—¿Y bien? —preguntó Erin.

— ¿Quieres que pare?

Ella negó con la cabeza y apoyó su mano en su cuello.

—No. Esa es la cuestión.

Él se separó un poco de ella y le quitó el pelo de la cara.

—Tenemos todo el tiempo del mundo.

— ¿Lo tenemos de verdad? —preguntó Erin.

Al día siguiente se marcharían, ¿quién sabía qué iba a pasar en adelante? Tenía miedo a que Sirius empezara a decir que no les pasaría nada o algo parecido que siempre decía, entonces la magia del momento se rompería, pero no lo hizo.

— ¿Estás segura, Erin? Mírame.

Le miró a los ojos y le cogió de la mano, Erin lo tenía claro. Los dos deseaban al otro, los dos eran adultos con total consentimiento y sabía que hiciera lo que hiciera Sirius la respetaría. ¿Qué más quería?

—Sí. ¿Y tú?

—Sí.

Sirius se apartó un momento de ella y fue a por su varita, que estaba encima de su escritorio.

Muffliato—pronunció apuntando al techo. Luego apuntó a la puerta —. Colloportus.

La habitación estaba insonorizada y cerrada. Sirius volvió a dejar la varita donde estaba y antes de que volviera Erin habló de nuevo.

— ¿Tienes silfio? La planta, quiero decir. Para hacer una infusión luego.

—Sé lo que es —contestó él —. Sí, hay en la cocina.

Erin murmuró un bien y se acercó a Sirius, que se había sentado en la cama.

— ¿Por dónde íbamos?

Lo primero que hizo no fue besarla en los labios, si no en el cuello, mientras deslizaba los tirantes de su camisón a un lado y este acababa en el suelo.

—Hace mucho tiempo que no hago esto—confesó Erin.

— ¿Más de diez años? —ella negó con la cabeza —Yo sí que estoy desentrenado.

Erin le besó y metió sus manos debajo de su camiseta, ya habían hablado lo suficiente y podrían hablar después. A la vez que le desnudaba no podía evitar pensar en lo que Sirius había dicho, no había estado con nadie en tanto tiempo y le había escogido a ella. Había poco que Erin no hubiera enseñado ya, así que cuando se encontró desnuda de verdad por una vez no le volvió a invadir la vergüenza. Quería disfrutar cada segundo, cada beso y cada caricia. Y lo hizo. No iba a olvidar la respiración agitada de Sirius contra la suya, sus manos en su cintura, sus caderas, las manos enredadas en su pelo y el calor que se había extendido por todo su cuerpo.

Después, Erin no se marchó más que a por otra ropa. Sirius se fue rápidamente escaleras abajo y Erin lo escuchó bajar a la primera planta. Cuando volvió venía con una taza humeante y unas hojas perfectamente cortadas.

—Están completamente dormidos —le dijo volviendo a entrar.

Le dejó la taza a Erin encima de la mesita de noche y la chica se sentó en un sillón al lado, mientras que Sirius volvió a la cama.

—Gracias.

—No quiero que pienses que tenía esto en mente.

—¿Y qué tenías en mente? — le preguntó Erin mientras preparaba la infusión.

—No sé —dijo Sirius con la mirada perdida en el techo—supongo que llevarte a cenar primero.

Erin se rio.

—Por si no te habías dado cuenta, vivimos juntos. Hemos cenado mil veces.

Parecía que se estaban saltando todos los pasos para hacer lo que les venía en gana.

—Ya, pero no como una cita.

—Me parece que ya es un poco tarde para eso —agregó ella —quizás cuando todo pase.

Sirius se calló, pero no perdió la sonrisa y Erin se tomó su taza sin dejar de observarle. Se podría haber quedado en aquel momento por mil horas más, tranquila y sin ningún peso encima.

—Voy a dejar esto abajo —dijo poniéndose en pie—¿y luego vuelvo?

—Claro —le contestó él.

Erin bajó otra vez de puntillas, esperando que siguieran dormidos como antes. Dejó la taza en la cocina sin apenas hacerse notar y volvió a subir las escaleras con el mismo cuidado. Ya estaba entrando por la puerta cuando se escuchó un estruendo abajo que hizo que los Sirius y ella salieran casi corriendo. Erin dio gracias por que los dos estuvieran vestidos con una mínima decencia y que no se pudieran sospechar nada, mientras bajaba a toda prisa. Harry había puesto un colchón en medio y Ron y Hermione se habían quedado cada uno en un sillón para dormir aquella noche, pero cuando llegaron se los encontraron ya en alerta y con las varitas en mano. Erin había pensado que era demasiado quedarse a vigilar y como si la vida la siguiera poniendo a prueba le había demostrado lo equivocada que estaba.

Justo delante de la chimenea había una persona en el suelo, con la ropa manchada. Al principio creyó que era hollín, pero cuando se fijó más se dio cuenta de que además parecía tener manchas de sangre. No parecía ser un chico más mayor que Harry o Ron. Fue Harry quien se acercó primero, se agachó y le dio la vuelta para ver cómo estaba y quién era. Si había atravesado las salvaguardias de la casa, solo significaba que debía de haber estado allí antes. Erin lo observaba todo con el estómago retorciéndose. Era lo último que necesitaban. Cuando Harry le dio la vuelta al chico y vio su rostro, además de un pelo rubio platino, aún más claro que el suyo Erin lo tuvo fácil. Nunca se había tratado con él, ni su familia, pero sabía de sobra de quién se trataba.

—¿Malfoy? —dijo Harry extrañado.


Lo primero de todo, esto es lo más explícito que seguramente escriba en esta historia (por el momento). Me ha quedado un poco corto pero creo que al menos está emocionante y el nuevo personaje se ha revelado. Una vez más perdón por el retraso, no tengo gran cosa que decir más que el mundo está bien loco ahora mismo. Como no puedo hacer otra cosa que estar en casa (obviamente), espero actualizar pronto y daros más emociones para hacer este trago más llevadero.

¡Espero que os guste!