Entrar en la mansión de verano del megalómano Richmond Valentine era como escuchar una oda a la extravagancia del propio dueño, una canción escrita con abalorios de color dorado brillante y lenguaje de los barrios bajos de Washington. EL dinero era únicamente un medio del que el rico se servía para satisfacer sus caprichos infantiles. como una opípara cena rica en hamburguesas del Mcdonald's y ración extra de patatas fritas, o radiantes estatuas de héroes griegos bordeando los lados de su vestíbulo.
No obstante, todo aquello quedaba lejos de resultar ridículo o absurdo; el señor Valentine imprimía sus extravagancias con su estilo propio y fresco, el cual también se podía permitir, aunque no era gracias a su dinero.
A su mesa esa noche se sentaban una muchacha rubia y sofisticada, protegida por dos enormes guardas vestidos de negro que la esperaban en un vestíbulo; era la princesa Tilde de Suiza la cual había viajado desde la residencia de sus padres en Viena ante la el anuncio del megalómano de que la invitaba a cenar en su mansión. El otro invitado esa misma noche era el primer ministro británico, el cual parecía disfrutar de su postre y de la conversación del millonario, desde luego más que la princesa. Detrás de esta, la esbelta asistente personal de valentine esperando atender las peticiones de su jefe.
-Les agradezco mucho que hayan realizado un viaje tan largo para acudir a mi casa, su Alteza, y señor Primer Ministro-el hombre sonrió al megalómano, la joven no-. Como ya les he dicho en mi carta , quería tratar con ustedes personalmente un proyecto que estoy planeando y, una vez llevado a cabo, podría constituir la diferencia entre la salvación de la Tierra y su destrucción.
El Planeta es nuestro hogar, nos proporciona alimento, cobijo y calor siempre que lo necesitamos, pero sus recursos no pueden durar para siempre; en los últimos cincuenta años, la población mundial ha experimentado un crecimiento radical, y con ellos nuestras requerimientos de energía del planeta lo han empezado a desbordar- del techo de la estancia surgió unas gráficas contenidas en un pequeño holograma que se proyectó sobre la mesa del comedor, ante todos los allí presentes. La princesa se sobresaltó y olvidó la tarta de queso que le acababan de servir-. Como pueden ver el futuro de la raza humana es tan predecible como desolador. Necesitamos una solución que reduzca al máximo nuestro consumo del planeta. Por suerte, llevo años trabajando en este proyecto y creo haber dado con una posible solución- una nave espacial como salida de una película se proyectó en el holograma tridimensional de la sala-. Esta belleza es la vía de liberación que permitirá a unos cuantos cuidadosamente escogidos salir al nivel de la estratosfera; de este modo no quedará dañados por otros individuos- Tilde paró un sorbo de agua a medio camino de sus labios y se quedó mirando fijamente al millonario-. Verán, la razón de estas precauciones puede parecer excesiva a simple vista pero créanme, es absolutamente necesario.
tengo en muy alta estima a personas de alta clase como ustedes, pero no todos sirven para cambiar y mejorar el mundo... Por desgracia, demasiada gente pasa los días con la nariz pegada a una pantalla y creyendo que así están viviendo sus vidas. Bueno, esa gente es la que está destruyendo la Tierra, solamente consumiendo y mamando de su teta como corderos hambrientos. Esas personas deben desaparecer por el bien común, por muy cruel que suene no todo el mundo puede ser salvado- la princesa sentía la boca seca estas alturas pero no podía apartar los ojos del hombre que estaba hablando-, pero hemos de pensar en el bien futuro. La humanidad se está destruyendo poco a poco, y en su proceso está destruyendo la Tierra- un nueva imagen apareció en el holograma: una pequeña pieza que parecía una tarjeta-. o único que propongo es un plan para acelerar el desagradable proceso y así ahorrarle una larguísima era de sufrimientos a nuestro planeta. Ese pequeño chip será el que a ustedes, si están dispuestos por supuesto, les salve de la enorme agresividad a la que se verán sometidos los usuarios de mi última invención: una tarjeta SIM instalada en todos sus dispositivos móviles, de pequeño tamaño y extremadamente elevada potencia. Una vez las ondas de mi satélite establezcan contacto con todas y cada una de las tarjetas SIM, la ira devorará a los habitantes de la tierra hasta consumirlos, y con esto quiero decir, hasta que se maten entre ellos. ¿y dónde estaremos nosotros los millonarios, los de elevada posición, los privilegiados? disfrutando de unas estupendas bebidas en nuestra nave muestra la basura se hace cargo de ella misma.
Al terminar su discurso, Richmond Valentine tomó un sorbo de su refresco servido en copa de agua-¿Y bien, qué piensan ustedes, señor Primer ministro y Su Alteza?
El primer Ministro británico no se molestaba en disimular una sonrisa de complacencia, pero la princesa tilde estaba blanca como el papel y clavaba la mirada, incrédula y sin pestañear, en el millonario. Si esperaba que se retractase de todo lo que acababa de decir y admitiese que todo era una broma de dudoso gusto, aquello no ocurrió ni tampoco la habría tranquilizado acerca de la salud mental del hombre que los había invitado a cenar. Aquel hombre planeaba llevar a cabo el genocidio más grande de la historia, bajo la etiqueta de acción salvadora del planeta. Era un maldito demente.
-La verdad, señor valentine-comenzó el ministro británico- es que ha logrado impresionarme. Una idea brillante y francamente innovadora, sin duda.
Tilde no daba cré á completamente loco. Miraba fijamente a valentine con expresión marmolea, para después volver bruscamente la cara al ministro.
-Lyssnar du verkligen på vad det här rumphålet säger?- lo que traducido del sueco sonaría como "¿De verdad estás escuchando a este gilipollas? y añadió- Vakter, ta mig härifrån, vi går nu ("Guardias sacadme de aquí, nos vamos ahora mismo")
se levantó rápidamente solo para ser retenida por los hombros por la joven ayudante del millonario, una mujer de ascendencia asiática, la misma que les había recibido con él al llegar y que caminaba de una forma un tanto curiosa.
-¡Oiga usted, Princesa!-le espetó valentine- ¡Está en todo su derecho de irse si es lo que desea pero no toleraré que se me insulte en mi propia casa, ostia! Gazelle, acompaña por favor a la señorita hasta su destino- la joven asintió, solícita y eficiente-, y ahora señor ministro, ¿por qué no celebramos su unión al proyecto con una copa de mi mejor Pinot?
Tilde se marchó a grandes zancadas sin oír la conversación de los dos hombres, seguida de cerca por la asistente que hacía un ruido extraño al caminar, como si pisase cristales. Sus guardaespaldas la esperaban ya en el recibidor de la gran mansión, sin desenfundar pero preparados para cualquier ataque que pusiera en peligro a la Princesa. Ligera como un gato, gazelle la atrapó y la apretó contra su propio cuerpo, retando a los guardas que no dudaría ni un segundo en dispararla.
-¡Libera a la princesa!-gritó uno de ellos, mientras ambos desenfundaron sus armas a una velocidad relámpago.
Tilde sintió como era apartada de un violento empujón y fue testigo de primera fila de cómo aquella extraña joven desabrochaba la falda por debajo de la rodilla que formaba parte de su uniforme. No era una falda, era una tapadera para dos elementos resplandecientes y de aspecto mortífero que ocupaban el lugar donde previamente había estado un par de piernas. Lo que había oído no eran cristales, era metal, era el peso de la mujer siendo equilibrado en dos cuchillas de acero que cortaban a un incluso la vista.
Tilde no pudo sino echarse a temblar mientras contemplaba cómo sus grandes y fuertes guardaespaldas eran desmembrados por las piernas biónicas de esa chica, la cual lanzaba patadas como si se sirviera de sus falsas piernas para volar por encima de las cabezas de sus indefensos oponentes. En cuestión de minutos, ambos estaban en el suelo, bañados en sus propios fluidos y rebanados como si de una macabra exposición de pan recién horneado se tratase. Tilde sintió cómo todos los músculos le fallaban al tiempo que se encogía contra una de las paredes del vestíbulo. La asistente la miraba con una sonrisa tan amable que desentonaba con su mortal exhibición de artes marciales. Expuesta siempre ante todo y todos, Tilde se sintió más indefensa que en toda su vida.
-No se preocupe por la princesa, primer Ministro. Mi ayudante cuidará muy bien de ella-aseguró Valentine a su invitado.
-Bueno, la verdad es que yo soy republicano, así que lo que le ocurra... se podría decir que me importa una mierda.
Ambos sumergieron sus sucias bocas en vino caro mientras Gazelle se disponía a acomodar a la princesa en su celda.
Algo que los guerreros aprendían en cada batalla era que cuando esta terminaba, sus sentidos seguían con la máxima alerta, detectando cada pequeño cambio externo e interno. Aún estando quieto y solo, si cerraba los ojos todavía podía percibir las sensaciones del momento., los arañazos penetrando la piel hasta quemar por dentro, los gemidos y gritos mezclándose y confundiéndose-
"Galahad"
Tu persona dejaba de existir para confundirse con el torbellino de acción que te rodeaba, cada movimiento impulsado por fuerza interior de apariencia inagotable. Te explotaba en el pecho, en el cerebro, en las entrañas.
"Galahad!"
Los nervios se sobrecargaron de electricidad y todos los músculos se tensan y relajan al capricho de los movimientos del otro. Dejabas de ser tú, ahora serás parte del torbellino guerrero. Tú te habías metido ahí, era tu misión salir integró, era una lucha para salvar tu vida una y otra vez, para que los inocentes siguieran siéndolo, para que los vivos lo siguieran estando.
"Harry"
el cuerpo a cuerpo era el mayor desafío; tienes que anticipar, responder y devolver. Pensabas por dos cerebros, veías a través de ojos de otros y respirabas gracias a sus pulmones hasta que uno de los dos esperaba por última vez. Una lucha por el aliento.
"Eggsy..."
Harry suspiró suavemente, cansado y eufórico, y se separó del joven el cual peleaba por recuperar el aliento, que estaba tumbado justo debajo de él. Eggsy tenía una muñeca presa por la mano de Harry, que le obligaba a doblar el codo por encima de su cabeza, apretando contra el cabecero de la cama. tenía los ojos clavados en los de harry, resoplando y con la cara enrojecida y sudorosa, muy vulnerable y muy desafiante a la vez. Harry pensó que estaba guapísimo.
la mano libre de eggsy, la que había empezado agarrado el cuello y el pelo de la nuca, aún fuerte, de Harry, se había deslizado arañando suavemente su clavícula y su garganta, como si leyera con las puntas de sus dedos en braille un mensaje oculto en su piel . La movió para notar en la escasa luz de la habitación la fuerte línea de la mandíbula y la mejilla, y perfilando con la punta del pulgar la pronunciada curva de su labio inferior. Harry Hart sintió como algo crecía en su pecho, algo como la sensación que llega antes de estallar en llanto, al verse observado por esa mirada tan llena de ternura. No rompió a llorar; en lugar de eso, le dio un beso suave en la palma de la mano, en la cara interna de la muñeca, en el antebrazo, para dejar libres ambas manos y deslizarse con cuidado sobre él, besándolo y siendo besado, acariciado y recibiendo caricias, notando como la fuerza de sus miembros emanaba poco a poco por las yemas de los dedos en contacto con la suave piel del otro. Agradablemente suave y firme. Brazos fuertes que componían una celda de la que no quería escapar, un abrazo de confort, de calor, de protección deseada. Puede que protección de sí mismo. Ni siquiera se paró a darle vueltas a esa idea fugaz, no se paró, no se detuvo a hacer nada que no fuer a dedicarse por completo a Eggsy. La burbuja de ensoñación en la que estaban los dos, que sólo existía para ellos dentro del mundo real no se rompió ni siquiera cuando ellos mismos se quedaron dormidos.
Solo empezó a resquebrajarse cuando Harry se despertó, bien entrada la madrugada, en una cama que de tan cómoda no parecía suya y con otro cuerpo, algo más pequeño y muy caliente, pegado a él como si fuera su piel. No había dormido así de bien desde que era adolescente, antes de ser reclutado para la Armada Real, años antes de unirse a la academia de entrenamiento Kingsman. Cuando estaba indeciso entre unirse al ejército o estudiar en la universidad para convertirse en lepidopterólogo y ocuparse de dibujar mariposas y estudiarlas a todas horas. Desde entonces, la tensión de la guerra, las pérdidas humanas de compañeros y amigos, los remordimientos, la muerte y el miedo a morir poblaban sus sueños de horrendas y monstruosas imágenes, las cuales empujaba hasta lo más profundo de su cerebro durante el día. Aquella noche solo había revivido lo que había sucedido horas antes de haberse dormido, había soñado con abrazos calientes y bocas húmedas mezclados, con la conocida sensación de proteger y sentirse protegido pero esta vez de una forma mucho más... íntima.
Se apoyó sobre los codos para incorporarse y, acomodar a un eggsy dormido sobre su estómago encima de él, tan profundamente dormido que instintivamente se abrazó más fuertemente al pecho de su amante cuando este lo desplazó sobre las almohadas para que no rodara y se despertara. Harry pensó otra vez que estaba adorable, y le acarició el abundante pelo color miel. Tal y como estaba, le daban ganas de protegerlo, de cuidarlo, de hacerle feliz dándole lo que pidiera. Se enredó un largo mechón en el índice y sonrió como un perro viejo que vuelve a casa: ¿Qué le había hecho este chico para que se sintiera así por él?
Sin embargo, la fantasía tuvo que terminar para volver a su realidad de armas y peligros. Sin ganas, apartó las manos del cuerpo y el pelo del otro, que gimoteó un poco al sentir el frío del espacio vacío de la cama, y siguió durmiendo.
En silencio y con la luz de la reciente mañana surgiendo entre las cortinas, se vistió con tranquilidad y elegancia, con la pausa que distingue a un caballero del hombre común.
No estaba en sus planes arrepentirse y de hecho no lo hacía en absoluto. Ambos lo habían querido y ambos lo buscaron, y había sido increíble. No existía entre las normas de comportamiento de los Kingsman ninguna que estipularse a sus agentes la prohibición de compartir relaciones íntimas con sus compañeros de trabajo o incluso con sus propios pupilos, asumiendo por supuesto que ellos estuvieran de acuerdo y consintieron (resultaría imperdonable para cualquier caballero que presumiese de serlo tener cualquier contacto íntimo con alguien sin su pleno consentimiento) y lo más importante: que ambas partes fueran conscientes de lo que una aventura o una relación estable podía suponer al bien de la organization y el servicio. Nada podía interponerse entre un agente y su misión, o un futuro agente y su entrenamiento para el caso, y eso incluía en casi todas las situaciones pasar por encima de sus sentimientos y las personas a las que amaban. No solía ser fácil, interese una relación en el tiempo mientras te dedicabas en cuerpo y alma a proteger el mundo, pero Harry sabía de varios compañeros suyos que disfrutaban del calor y la compañía de otros miembros de la organización, en ocasiones mucho más que esporádicas, y de otros que lograban mantener relaciones con personas fuera de la organización, manteniendo la el secreto de su trabajo en todo momento y quedando habitualmente destinados a realizar tareas que los alejaban del campo de batalla. De un modo u otro, un sacrificio era requerido.
Además de lo delicado del asunto de los sentimientos y las relaciones íntimas, Harry tenía aún otra cuestión que no le dejaba tranquilo. Eggsy no era un protegido cualquiera; era un joven de cualidades excepcionales, en más de un sentido, con el que si el resto del examen se ponía en su favor, terminaría compartiendo puesto de trabajo y puede que hasta misiones. No obstante, Eggsy también era el hijo de Lee Unwin, su primer discípulo, al que conoció cuando era veinte años más joven y ambos tenían casi la misma edad. Y Lee había dado su vida para salvar la de Harry...Después de eso, Harry había conocido a la esposa de Lee y a su pequeño hijo, Gary "Eggsy" Unwin, un niño lloroso de no más de cinco años que acababa de perder a su padre. Harry le entregó una medalla de la organización secreta al pequeño y le pidió que cuidara de su madre, y este se echó en sus brazos temblando. Hace pocas horas había tenido los brazos de ese misma chico alrededor de su cuello, y también temblaban, pero sus ojos no reflejaban el más mínimo temor. Si Eggsy hubiera tenido que admitir como se había sentido en brazos de Harry, habría dicho que más protegido y seguro de lo que se había sentido en años.
la última imagen que harry dejó en su cabeza cuando ya estaba completa y limpiamente vestido con uno de sus trajes color gris y corbata azul marino, cara la espejo, fue el recuerdo de su amigo y protegido Lee Unwin y una cruel pregunta al aire: "¿Que pensaría Lee si supiera que él no se sentía por su hijo, el cual le había prometido en silencio que protegería después de su muerte, el tipo de aprecio que un mentor siente por su protegido?"
Tal y como dejó que ese pensamiento se colara en su cabeza, dejó que se fuera. Y a tenía la cabeza fría para actuar el resto del día con la precisión, calma y desconexión emocional que se esperaba de él.
Eggsy despertó algo más tarde y tardó aún un poco más en tomar consciencia de lo que realmente había ocurrido anoche.
Joder.
Se sentó en la cama y sintió tirones en los músculos de los muslos y de la espalda que no solía sentir ni aún después de una dura sesión de entrenamiento de agilidad. Sería que le faltaría entrenamiento...
De todas formas, eso le daba lo mismo; se sentía alegre, tranquilo, ligero. Campo a sus anchas por la cama de Harry aprovechando un poco de la luz de la mañana que se colaba en la habitación por entre las cortinas(Harry no las había abierto, pensó, le había dejado dormir más). La mañana parecía más bonita que las habituales de Londres, y hasta ciudad parecía haber adquirido un tono diferente, más acogedor, pero eso podía ser debido a lo rematadamente cursi que se había levantado esa mañana, se dijo.
Se levantó de la cama, desnudo, y se estiró y desperezó ante el espejo. Se detuvo a observar detenidamente la nueva colección de moratones que tenía en los hombros y alguna que otra marca en el cuello. Pasó el dedo por encima de ellos, sonriendo, rememorando cómo podía haberlos hecho, como si le quedase alguna duda.
Fue encontrando su pijama prestado en dos montones, uno al pie de la cama y otro sorprendentemente cerca de la puerta de la habitación. Era plenamente consciente de que lo que había... o habían hecho anoche no estaba estrictamente respaldado por las reglas de la convivencia de 24 horas de pupilo y mentor durante el entrenamiento... definitivamente no. Lo que es más, estaba casi seguro de que acababa de cometer, en cierta manera, un fallo en su entrenamiento, un fallo que esperaba que no le costase la expulsión de la agencia- si él tenía algo que alegar, se había comportado como un caballero en (casi) todo momento, si no se incluían los arañazos y algún que otro mordisco- pero tampoco había sido idea solo de él. Si Harry no hubiera querido tenerlo en su cama se lo habría dejado claro, ¿verdad?. Joder, Harry Hart había arrancado la cabeza a un tío con sus propias manos; si no lo hubiera querido allí ,le habría dejado inmóvil contra la pared en cuanto se le hubiera ocurrido tocarle.
Eggsy se fue a la habitación de invitados, consciente de que aún tenía un día movidito por delante, ya que aún era por la mañana y hoy sería su examen final. El estómago vacío se le empezó a tensar. Joder, hoy se decidiría todo, todo lo que había entrenado y estudiado, para todo lo que se había preparado, y allí estaba él, agobiado por cómo le miraría a su mentor a cara esa mañana después de haberse acostado con él...
"Que le jodan, ya está hecho", se dio a sí mismo "y bien que lo hice". Le daba igual lo presuntuoso que pudiera sonar a la voz acusadora dentro de su cabeza pero ni con métodos de tortura de la Alemania Nazi le hubieran obligado a admitir que estaba arrepentido en lo más minimo de los que había hecho. S i se teniaqu eir
Entró en la habitación que Harry le había prestado y que al final no había utilizado, para encontrarse con la cama perfectamente hecha y un juego de toallas encima. No había ni rastro de la sudadera, el polo o las ADIDAS con alas que había llevado la noche anterior.
-Buenos días Eggsy, espero que hayas descansado bien- Eggsy se sobresaltó con la voz a su espalda. Se giró para ver a un Harry pulcramente vestido y peinado, gafas incluidas, más un delantal de cocina (Eggsy se detuvo particularmente en esta última pieza de indumentaria. ¿Era normal que le quedara tan bien?)-. Lamento que aún no se haya terminado de secar tu ropa. Te sugeriría que te dieses una ducha y te aseases mientras la plancho. El desayuno ya está preparado, puedes bajar cuando termines y cambiarte después. Si tienes frío, coge el albornoz rojo de mi cuarto de baño, es todo tuyo. Si necesitas lo que sea, estoy en la cocina, ya la conoces.
Eggsy consiguió asentir sin sonrojarse como un idiota, y respondió con un "Claro, Harry" e ir directo al baño adosado a su pequeña habitación, pijama en una mano y toallas en la otra. Se preguntó por un momento si era habitual para Harry tener a jóvenes aspirantes a soldado desnudos en la habitación de invitados buscando el cuarto de baño. Aunque la verdad, a estas alturas, solo se habría llevado una sorpresa si se hubiera encontrado al propio Harry en toalla cepillándose los dientes en el baño al despertarse.
en el desayuno sintió que algo había cambiado; se sentía cómodo como en su propia casa, y definitivamente comiendo mucho mejor. Cocinar se añadía a la lista de habilidades de Harry Hart, así como comer con una educación y modales exquisitos. Eggsy se esforzó por hacer lo mismo, con bastante éxito, había que decir. Pero el cambio en el ambiente estaba claro: Harry estaba igual de caballeroso, pero actuaba de forma más relajada, menos rígida, más parecida a las horas que habían pasado la noche anterior preparando martinis en su cocina. Seguía actuando, cómo no, como un perfecto caballero, pero Eggsy percibía el aire familiar que desprendía cuando estaban los dos juntos , como si se hubiesen conocido de toda la vida. A lo mejor, pensó el joven mientras bebía su Earl Grey, así lo conocía Harry en realidad; el joven solo necesitaba que le mirase fijamente para sentir como arrancaba una a un a capas de su alma para hacerse totalmente con ella, y Eggsy se la daba sin dudarlo. No se había parado a pensarlo hasta ahora pero Eggsy se había entregado a Harry en cada mirada desde este había tumbado a los matones de su padrastro delante de él cuando lo habían insultado.
Definitivamente él estaba también distinto, mejor, mayor, más fuerte, más preparado. Caminaba la lado de su mentor, en un silencio cómodo, entre los suburbios de Londres que conducían a la sastrería. Harry era unos cuantos centímetros más alto que él, lo cual quedaba muy acusado incluso cuando Eggsy usaba sus zapatillas con alas, pero en esos momentos casi ni notaba la diferencia: podría haber echado a correr y haber volado de lo ligero de sentía. Había ganado una confianza que jamás pensó que hubiera tenido, la confianza de depender de tu propio cuerpo y medios para sobrevivir donde fuera, además de contar con valiosos aliados que sabía que lo ayudarían. Se sentía capaz de partirle el cráneo con la rodilla a Charlie si fuera necesario, no solo porque seguramente se lo mereciera, sino porque se sentía con es vigor.
No podía apartar la vista de Harry, y no hacía nada por evitar que se notara. ¿Y por qué debería, qué coño? Era gracias a ese hombre que él se había hecho a sí mismo como era ahora. Harry Hart era un ser que desde hace meses en general y desde la noche pasada en particular había fascinado a Eggsy por sus enormes contrariedades: tanto sabía empuñar un revólver y disparar con perfecta precisión como citar durante horas las características particulares de la mariposa Morpho peleides podía partir costillas a patadas tanto como besarte como si temiera que te fuera a romper; sus manos eran capaces de matar y de acariciar y a él lo habían mimado como nunca lo habían hecho otras. El señor Harry "Galahad" Hart , pensaba Eggsy, el caballero de la armadura dorada.
Sin duda su vida había mejorado mucho en los últimos meses. Claro, el entrenamiento y los estudios habían sido matadores, perol las recompensan llegaban a él cada día en forma de gadgets de última tecnología, oportunidades para lucir un traje espectacular hecho a su medida, una palabra de aprobación de sus amigos y superiores o una sonrisa clandestina de Harry.
¿Era de verdad posible que le estuviera sucediendo todo esto?
-Dispara al perro.
Eggsy se quedó paralizado y JB vivó. Después de recobrar la movilidad de sus músculos sintió deseos verdaderamente reales y salvajes de disparar a ese hombre. Chester King también vivió. Sus últimas palabras hacia el joven le retumbaban en los oídos mientras se marchaba.
"Sabía que no llegarías a nada". Recogió a JB del suelo y se lo llevó en brazos.
"Un niño de barrio bajo como tú jamás llegará a pisar una agencia como esta." Recorrió el pasillo a grandes zancadas para irse sin recoger sus cosas ni despedirse de nadie.
"Sabía que Harry se había equivocado contigo, como lo hizo con tu padre."
Decidido a darle una lección a ese vejestorio presuntuoso de los que los chavales de barrios bajos como él hacían para sobrevivir. Se metió sin permiso en el taxi aparcado a la puerta del recinto y condujo sin parar hasta su casa.
Ya en su habitación, y con JB sobre su nueva cama, Gary Unwin volvió a convertirse en el Eggsy de siempre con sus enormes zapatillas y chaqueta encima de polo. El mismo pobre perdedor sin futuro que había sido. Se dijo que a lo mejor se había equivocado, que todo el éxtasis de hace unas horas con Harry sólo había sido producto de su imaginación, que nunca había sido lo suficientemente bueno y que jamás había logrado nada parecido a formar parte de una agencia de espionaje.
Para sacarlo de sus tórridos pensamientos apareció su madre con su pequeña hermanita Daisy por la puerta principal. Eggs y corrió a abrazar a la niña, a tranquilizar como pudo a su madre por su prolongadísima ausencia. No obstante, al apartar un mechón de pelo rubio maltratado de la cara de su madre, Eggsy descubrió un moratón del tamaño de una manzana, que le cubría todo el ojo izquierdo y parte de la mejilla. El joven se encendió, toda la rabia que había sentido hace un momento contra Chester "Arthur" King, ahora encontró un nuevo destinatario: su padrastro Dean.
No se volvería a salir con la suya jamás. Esta sería la última vez que tocara a su madre ni siquiera con la punta de los dedos.
Y él se iba a encargar personalmente de ello.
