N/A: ¡Hola! Viendo que la idea tuvo buena recepción y dados los alentadores reviews que me dejaron, quiero agradecerles publicando un nuevo capítulo n.n

Muchísimas gracias a Sakura chan, Mary, Guest (1) y Guest (2) por comentar y apoyar este proyecto; como no tienen cuentas donde pueda responderles, lo hago por acá. Aprecio un montón sus palabras y deseo que este capítulo no los/las decepcione.

Corregí un pequeño aunque significativo error en el primer capítulo: la historia no transcurre en abril, siendo en Japón primavera, sino en otoño, casi a fin de año. Me confundí con las estaciones de este hemisferio xD Lo aclaro porque en la historia, Rukia tiene dieciocho años largos (como se conoce, su fecha de cumpleaños es en enero).

Sin nada más por comentar hasta ahora, les dejo la actualización y espero que les guste. Todavía es la fase introductoria, esto va para largo...

Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo.


II

Y ahora, un reencuentro... para nada casual

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La mirada de ese joven la estaba asfixiando. ¿Qué pasaba con él? La incomodaba y… también la seducía. Rukia se disculpó de la mejor forma que pudo, todo había sido culpa de su irresponsabilidad.

—Eres descuidada —le dijo él al fin.

Había pasado todo muy rápido, en unos pocos segundos. Había salido a hacer un encargo para Kaien-dono y cruzó la calle casi sin pensar, sin fijarse si pasaba algún coche. No podía ser tan distraída, estaba durmiendo mal y sus reflejos la traicionaban. En cuanto se dio cuenta de la situación, la camioneta ya había frenado a unos milímetros de su cuerpo.

Y ese tipo… Apenas lo vio, Rukia se sintió patética. Era guapo, condenadamente guapo, tenía clase y por si eso fuera poco, la observaba como si el mundo se acabara en ella. Era una mirada demasiado intensa para tratarse de un desconocido, era difícil de afrontar pero también imposible de eludir. La sofocaba.

Y su voz, tenía un tono de voz y una forma de expresarse tan especiales a pesar de haberle dicho sólo unas pocas palabras. Quien fuera que fuese, esa persona había agitado en un segundo todo dentro de ella.

Se disculpó una vez más antes de irse y siguió su camino, la tienda que buscaba se encontraba cerca de allí y tenía prisa. El sujeto no le quitó los ojos de encima hasta que ella desapareció de su rango de visión, y a Rukia le dio la impresión de que había algo en la presencia de él que la quemaba.

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Byakuya se inclinó sobre el volante por unos minutos antes de bajar del coche. No se sentía tranquilo, no podía seguir yendo por el mundo como si nada después de haberse encontrado con esa muchacha. Tantas emociones habían sido removidas de repente, tantos recuerdos sepultados fueron descubiertos al momento que vio sus ojos…

Todavía tenía el rostro de esa muchacha grabado en la retina: ojos grandes y azules, nariz pequeña, labios pulposos y rostro ovalado. De no ser por la forma del pelo… No, eso no tenía tanta importancia, la perturbación calaba demasiado hondo para pensar en nimiedades como esa. Había mucho en la imagen de esa transeúnte desconocida que recordaba a Hisana, demasiado para tratarse de una simple coincidencia.

"Shiba's."

Conocía el lugar, había pasado varias veces en coche por ahí y aunque nunca había entrado, tenía buenas referencias. Sin embargo… ¿en qué estaba pensando? ¿Qué planeaba hacer? No podía perder los estribos y pensar en rastrearla como si fuera un demente.

Todavía conmocionado, miró por el espejo retrovisor hacia la esquina en la que ella había desaparecido. Se quedó mirando, con la vaga esperanza de verla pasar de nuevo.

¿Por qué, por qué tuvo que haberse cruzado con ella? ¿Por qué tuvo que aparecer ante sus ojos y desestabilizar todo lo que él mantenía en orden perfecto?

Tan sólo había sido un minuto, un miserable minuto de verla y no había nada más a lo que se pudiera aferrar. Otra vez… No podía caer otra vez, no por ella, no por esa muchacha.

Fue entonces cuando inconscientemente lo asimiló y ya no hubo vuelta atrás: no había nada en esa perturbación de sus sentimientos que tuviera que ver con Hisana, había pasado mucho tiempo desde entonces y el amor que en el pasado él había sentido por ella ya había quedado atrás. Él estaba completamente deseando saber algo, cualquier cosa, acerca de esa nueva persona que acababa de cruzarse en su camino.

No podía soportarlo. Reactivó la marcha del coche, ya no le importaba la maldita tinta, salió cuanto antes de esa calle y condujo hasta su casa lo más rápido que pudo.

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El restaurante estaba tranquilo a la tarde. Nelliel y Bambietta bebían licuado, como si tal, sentadas a la barra. Rukia salió del vestuario y fue a despedirse de ellas, su horario de trabajo había llegado a su fin.

—Créelo, Bambi-chan, a Bazz-kun también le gustan los hombres.

—Eres estúpida. Soy yo la que se acostó con él, me daría cuenta al instante de algo como eso.

Bazz-kun era el cocinero del turno noche y al parecer, su orientación sexual había sido puesta en boga por el grupo de meseras. Como aquella era la hora más tranquila del negocio, los chimentos de Nelliel se disparaban en masa.

—Chicas —Rukia interrumpió la conversación, la cual no dejaba nada a la imaginación de los oídos ajenos.

—¿Ya te vas? —preguntó Nelliel.

—Huh. Necesito que apunten esta reserva para las nueve, son de la heladería de Masaoka —Les entregó un papel y se encaminó hacia la puerta—. Por cierto... Deberían dejar de divulgar ese tipo de conjeturas, es malo —Las reprobó.

—¿No quieres quedarte a cotillear un rato? —Nelliel hizo un mohín de desilusión, ignorando sus últimas palabras.

—No puedo, tengo que estudiar. Se acercan los exámenes y necesito administrar bien mi tiempo.

—Uhm, está bien… Ah, tengo una idea —Oh, no, las ideas de Nelliel a veces la asustaban—. ¿Qué tal si salimos de copas este fin de semana? ¿Verdad que es un buen plan, Bambi-chan? Vayamos al bar de Jackie.

—No puedo, quedé con un chico —rechazó la otra en rotundo.

—¿Así es como traicionas a una amiga? —Nelliel la reprobó con indignación.

—No somos amigas, sólo somos compañeras de trabajo —Bambietta le dio un sorbo a su licuado para eludir la acusación.

Nelliel la fulminó con la mirada.

—Bien, pásatelo muy bien con tu chico —dijo—. De todos modos todavía cuento con Rangiku-san, ella no me abandonará como… otras.

—¿Ya están hablando de mí, par de brujas?

La susodicha cruzó la puerta de entrada pasando junto a Rukia. Era la más coqueta y sensual de todas las empleadas, uno solía quedarse impresionado con sólo oler su perfume. Dejó su bolso de cuero sobre la barra y se unió a la conversación.

—¿Y bien? ¿Cuál es el plan ahora? —preguntó bebiendo del licuado de Nelliel.

—¡Vayamos al bar de Jackie el sábado, Rangiku-chan! —ésta le hizo un par de cosquillas.

—Hecho. Rukia-san, ¿tú vienes? Hay cócteles de primera —Rangiku le guiñó el ojo, un gesto que no auguraba nada bueno viniendo justo de ella.

Sin embargo Rukia se lo pensó un poco. Hace mucho que no salía, ya no recordaba lo que era disfrutar un sábado con amigos. La última vez que se había reunido con Inoue, su compañera de estudios, había sido hace más de un mes. Renji también solía sugerirle que saliera de la cueva, él era su mejor amigo desde pequeños y últimamente no se veían casi nunca, entre su trabajo y el de ella y el hecho de que él tenía novia se les complicaba.

Rukia suspiró resignada.

—Está bien —aceptó al fin—. Sin embargo… nada de forzarme a beber alcohol, de insistirme para que bese a extraños o de empujarme hacia la tarima —fijó la mirada especialmente en Rangiku—. ¿De acuerdo?

—¡Yaaaaaay!

—¡Hey, ustedes tres! ¡Basta de cháchara!

Las cuatro se giraron para ver a la persona que acababa de entrar al negocio. Las empleadas en servicio se pusieron de pie en un segundo.

—¡Kuukaku-dono!

—¿Qué creen que están haciendo? No hay tiempo para cotillear. ¡Vamos, muevan esos traseros! Quiero que los pisos brillen.

—¡Sí!

Antes de irse del negocio, Rukia compuso una sonrisa. Aquellos momentos valían los malos tragos padecidos durante las horas de trabajo a pesar de todo.

Se despidió de las chicas y se fue. Una buena pila de apuntes la esperaba sobre el escritorio de su cuarto.

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La casa estaba igual que cuando se fue, tía Senshumaru aún no había regresado. Estaba todo limpio, salvo por alguna que otra cosa fuera de lugar. Rukia corrió las puertas shoji del fondo para que se renovara el aire de adentro y cuando miró hacia el sector del lavarropas, vio el canasto lleno de ropa para planchar. Debía hacerlo, o tía Senshumaru estaría hecha una furia cuando llegara.

Tenía las piernas cansadas, y eso que la jornada no había sido demasiado extenuante. Recordó a Kaien-dono mirándola de frente cuando estaban sentados a la barra y entristeció.

¿Hasta cuándo? No tenía sentido darle vueltas a esos pensamientos. Él no era el hombre para ella, él tenía una esposa a la que amaba y a la que nunca cambiaría, y Miyako-dono era una mujer hermosa y genial.

Y Rukia la envidiaba por eso.

Empezó por planchar las sábanas y los manteles, mejor deshacerse de lo más tedioso en vez de dejarlo para lo último.

"Si tan sólo pudiera hacer lo mismo con estos sentimientos."

Era cierto que nueve meses podía considerarse poco tiempo para afirmar que estuviera enamorada de alguien, pero lo que ella sentía por Kaien-dono era tan real, tan fatídicamente real que le era imposible dudar que fuera de otra manera. Lo admiraba desmedidamente, cada momento que pasaba a solas con él generaba en ella una ansiedad muy difícil de controlar.

Y aquello había sido desde el principio, desde el primer día en que lo vio; cuando ella pensaba que la entrevista para trabajar de mesera en el restaurante Shiba's resultaría en un fiasco, él la había contratado y había confiado plenamente en ella. Siendo inexperta, una torpe inexperta… Él no había tomado en cuenta eso, había felicitado su determinación y esperado lo mejor de sus capacidades.

Quizás todo había empezado por allí, por un simple y estúpido reconocimiento. A veces pensaba que la culpa era de Grimmjow, el muy bastardo había aguijoneado hasta tal punto su autoestima que apenas llegaba un hombre que reconocía sus esfuerzos, ella iba y le entregaba el corazón en la mano. Fuera como fuese, no tenía caso, Grimmjow ya no importaba y sus sentimientos por Kaien-dono era una realidad.

Se sentía conmovida siempre que él la felicitaba, su pecho palpitaba cada vez que él le brindaba su apoyo. La gentileza que Kaien-dono ofrecía a las personas que lo rodeaban, y que era completamente opuesta al carácter hosco que había tenido Grimmjow, hacía que lo admirara todavía más. Decían que no estaba bien comparar, que cada quien tenía sus cualidades y sus defectos, pero para ella era inevitable hacer esos inútiles balances: Kaien-dono reinaba en su intachable pedestal.

Y como frutilla del postre, le era fiel a su esposa. Según los rumores dispersados por Nelliel, Kaien-dono y su esposa Miyako estaban planeando tener un hijo. Cuando Grimmjow… el bastardo de Grimmjow había roto su corazón acostándose con cualquier mujerzuela, Kaien-dono aparecía ante sus ojos como una fiel réplica del esposo perfecto.

Cada tanto recibía mensajes de Grimmjow, diciéndole que la extrañaba. Y Rukia, desde su fría indiferencia, sabía que eso era verdad. Si algo había tenido de bueno el muy bastardo, era que sus sentimientos por ella siempre habían sido nítidos. Nunca había podido mentirle a ella, muchos menos en la cara, y fue por esa misma razón que un día pudo descubrir que la engañaba con otra.

¿De qué servía jurar amor eterno por el cielo y la tierra si esa promesa sólo se quedaba en palabras, si no se la respaldaba con hechos? Grimmjow la había hecho sufrir, por supuesto que la había lastimado, pero al final la resolución de Rukia había resultado ser más fuerte que lo que sentía por él. No había dudado en dejarlo, aunque lloró durante muchas semanas, sabía que había tomado la mejor decisión. No lamentaba nada, simplemente se trató de algo más que debió superar.

Y ahora estaba patéticamente enamorada de su patrón. Era una idiota, pero se juraba que un día sería completamente fuerte para superar también esos sentimientos. Nelliel y Renji tenían razón, tenía que empezar a salir, el estar demasiado tiempo estudiando y trabajando no ayudaban a mejorar el panorama.

El sonido de las llaves contra la mesa la devolvió a la realidad. Tía Senshumaru había regresado a casa.

—Oh, así me gusta —Le sonrió al ver la ropa planchada—. ¿Por qué esa cara? Planchar no es tan deprimente, chica.

—No es nada —mintió Rukia pasando el aparato por una manga—, sólo es cansancio.

Senshumaru la miró en silencio.

"Niña tonta. Como si no te conociera."

—¿Quieres que prepare té? Traje bizcochos —le propuso para animarla.

—Ah, sí.

Después de que Rukia terminara de planchar, merendaron juntas y se pusieron al día con las novedades y los chismes de barrio de turno. Su tía siempre tenía algo para contar, aunque la mayoría de las veces eran cosas relacionadas con el trabajo y con gente que Rukia no conocía.

—Voy a arreglar las plantas. Piensa en qué quieres cenar.

Tía Senshumaru salió al pequeño jardín y Rukia fue a encerrarse en su cuarto. Contempló los apuntes sobre el escritorio, su lapicero lleno de coloridos marcadores, y se puso manos a la obra.

Mientras leía remarcaba las oraciones más importantes. La carrera que había elegido no le atraía en sí por la idea de gestionar información, sino porque tenía entendido que estaba directamente relacionada con el turismo y aquél era un sector de trabajo en el que siempre había demanda. Rukia tenía la ilusión de hacer alguna pasantía en un hotel importante, sabiendo que sería un punto de influencia significativo para su currículum. Aún cursaba las primeras materias de la carrera y el camino, según se veía, era bastante largo.

Su sueño era viajar, conocer y explorar lugares, visitar playas remotas y perderse en bosques frondosos. Ésa era su meta y trabajaría arduo por ella cada día. Cada minuto de trabajo era un paso menos hacia su sueño.

Pasó página tras página, comparando textos entre un apunte y otro. Cuando anocheció, encendió la lámpara del escritorio y bajó la persiana de la ventana.

Tras un buen rato de lectura se reclinó sobre el asiento y suspiró. Perezosamente, fijó la mirada en el retrato que estaba junto al lapicero.

"Nee-san…"

Se trataba de una foto de ella y su hermana mayor cuando eran pequeñas. Hacía poco más de cuatro años que Hisana había fallecido, su muerte había significado una tragedia pero Rukia no la recordaba con dolor.

Esa noche, su hermana se encontraba en el puerto de la capital con un amante desconocido, que fue quien más tarde dio testimonio del accidente. Según relataron luego los policías, el tiro no había estado destinado a ella; el asalto se encontraba a unos pocos metros de la pareja y una bala perdida había ido a dar desafortunadamente en el pecho de su hermana. Fue una noticia terrible para ella y oba-san, y el caballero que iba con ella se presentó al entierro para dar sus condolencias. Al parecer llevaban poco tiempo conociéndose pero se veía que él la quería de verdad.

La vida íntima de su hermana mayor siempre había sido un misterio, Hisana nunca daba explicaciones sobre lo que hacía, era muy conservadora y reservada. De hecho, según Rukia había logrado descubrir cuando era pequeña, había tenido un novio que vivía en la capital. Había días en los que su hermana dormía fuera de casa y oba-san tampoco cuestionaba su vida íntima, porque la muchachita era responsable y sabía moverse con cautela. Un tal Byakuga, Sakuya o algo por el estilo se llamaba el chico, creía recordar Rukia, había oído su nombre cuando una vez la escuchó hablando por teléfono sin querer.

A veces, Rukia pensaba que si Hisana no había llevado al chico a casa no debía de haber sido alguien importante para ella después de todo, sin embargo, tampoco tenía caso cuestionarlo. Decían por ahí que uno vivía el amor a su manera y quizás su hermana lo sobrellevara de esa forma.

Se llevaban seis años y como tal, su relación había sido algo distante, no había demasiadas cosas que pudieran compartir. Eran muy distintas, en donde Hisana había sido todo lo encantadoramente femenina posible, Rukia destacaba por ser todo lo salvajemente masculina posible; a Hisana le gustaba regar las flores como a su tía y Rukia las pisaba sin querer mientras se bajaba del árbol del jardín. Se querían a su modo, por supuesto, eran hermanas y se apreciaban, pero no podía decirse que hubieran tenido alguna amistad. De hecho, cuando Rukia había empezado a crecer, sus horas de recreación solían ser invertidas mayormente en deambular por el parque con Renji y otros chicos mientras que Hisana ya se delineaba los ojos y salía de compras con sus amigas.

Antes de su muerte tampoco solían verse mucho. Hisana planeaba independizarse, trabajaba muchas horas y casi siempre estaba fuera de casa. Nunca estaba a la hora de la cena, ella siempre había sido tan ausente y misteriosa… Pero simplemente era así, y tenía cosas buenas a cambio de esos desfasajes. De vez en cuando la abrazaba desprevenida, la ayudaba a desenredarse el pelo o a hacer los deberes de la escuela, y de cuando en cuando le regalaba dinero para que pudiera salir a pasear con sus amigos.

Conservaba las cosas buenas. Aunque su muerte había sido injusta, era absurdo deprimirse. Lo había hecho en su momento, por supuesto que sufrió profundamente la muerte de su hermana; le llevó mucho tiempo superarlo y recomponerse de tal conmoción. Quizás de no haber sido por la compañía que en ese entonces le había ofrecido Grimmjow, le hubiera costado más afrontarlo sola. Ahora, Rukia entendía que la vida seguía y que ella debía continuar creciendo. Haría todo lo que su hermana mayor hubiera deseado que hiciera, no la defraudaría, intentaría enorgullecerla a través del esfuerzo y de una memoria animada. Ésa era su manera personal de honrarla y de aliviar los sentimientos que le había producido su muerte, mirando hacia adelante y dando lo mejor de sí.

Le sonrió al retrato con calidez y volvió a hundir la cara en los apuntes. Su hermana no se había ido del todo, su corazón aún estaba con ella.

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El vinilo giraba sobre el tocadiscos desde la tarde. Byakuya estaba acostado boca arriba sobre el sofá de su estudio y al igual que el vinilo, se cabeza tampoco dejaba de dar vueltas.

Señor…

Esa chica, no lograba sacarla de su mente. Su mirada nerviosa y parpadeante continuaba repitiéndose una y otra vez en sus pensamientos.

Quiero que Byakuya-san sea feliz. Lo siento tanto….

Las últimas palabras de Hisana antes de que lo abandonara. Después de tantos años de haberlas dejado en el pasado, ahora las recordaba con precisión.

Lo siento de veras…

Otra vez esa intrusa. Sí, era una intrusa. Además de haber cruzado sin autorización por el sendero tranquilo y armonioso de su vida también se había inmiscuido en la parte más honda de sus pensamientos.

Debía dejar de pensar en ella. Al fin y al cabo sólo había sido un simple e irrelevante encuentro accidental. Llevaba horas diciéndose lo mismo, llevaba horas tirado en el sofá sin entender del todo por qué estaba sintiendo todo eso.

Shiba's.

Nuevamente la idea de volver a verla lo acechó, pero no, no era una buena idea. Todo eso había quedado hace mucho tiempo atrás, no importaba que ella fuera otra persona, el parecido que tenía con Hisana lo llevaba a concluir que se trataba de lo mismo. Olvidaría todo ese asunto, ya estaba decidido. Le pondría fin a esas absurdas divagaciones que no lo llevaban a ningún lado.

El timbre de la casa sonó de repente pero él no lo escuchó, estaba perdido en sus cavilaciones y la música suave reproducida por el vinilo tampoco fue de ayuda. Cuando sintió el teléfono vibrar en el bolsillo de su pantalón se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo acostado en ese estado reprobable.

Era Yoruichi. No le apetecía atenderla pero finalmente descolgó la línea.

—¿Qué pasa? —le dijo.

—Estoy tocando el timbre desde ayer. Sé que estás ahí, Byakuya-bo, puedo oír música —El tono de voz de aquella lo acusaba.

—No lo escuché. Ya voy.

Mucho menos le apetecía verla. No quería ver a ni hablar con nadie en realidad.

Fue a abrirle antes de que cambiara de opinión y de terminar ganándose así su enemistad. El asunto estaba muy claro con Yoruichi pese a todo, no había besos en la boca ni sentimientos de por medio pero eso sí, que no la hiciera enojar, nadie quería vérselas con ella.

—Tch, ¿qué estás escuchando? —soltó la muchacha cuando entró—, parece música para muertos.

—Tus palabras no tienen significancia —alegó Byakuya—; no cuando tienes un sentido del arte limitado. ¿Por qué estás aquí?

Yoruichi se echó en el sofá cruzándose de piernas y agarró un racimo de uvas que había en la frutera, empezando a comer de él. Contempló el rostro de Byakuya por unos segundos antes de responderle.

—¿Qué hay con esa cara? Deberías expresar alegría porque venga a verte, ¿no? —reprochó al fin. Byakuya frunció el entrecejo.

—Pensaba que primero había preguntado yo —respondió—, y no me gusta repetir las cosas.

—¿Acaso no puede una vieja amiga simplemente hacerte una visita? Últimamente estás más arisco que de costumbre —Yoruichi le dio un mordisco a su uva.

Byakuya se quedó mirándola junto a la pared. Quizás en algún punto de lo que decía ella tuviera razón, pero no le gustaba esa actitud de entrar como si tal a su casa y creer que tenía derecho a hacer lo que quisiera.

—Ahora, ¿contestarás a mi pregunta? ¿O vas a decirme algo como "sólo es la cara de alguien que no deja de trabajar"? Porque sé que no es eso.

—Ordenemos algo, tengo hambre —Byakuya se dirigió al estudio en busca de su teléfono, eludiendo a toda costa esa confrontación que había empezado a incomodarlo. Él no hablaba de sus sentimientos con nadie, y tampoco tenía caso mencionar un incidente tan insignificante como el de aquella muchacha.

Pidieron yakisoba en un restaurante cercano de la región. El pedido no tardó en llegar, ni Yoruichi en volver a hacer preguntas molestas.

—Es por una chica, ¿cierto? —preguntó de un momento a otro mientras comía.

Era tan fresca para decir y preguntar las cosas. A veces Byakuya se preguntaba cómo y por qué diablos había terminado liado con ella.

Físicamente no era su tipo, tampoco tenía una personalidad que lo fascinara. Sólo había empezado un día, casi automáticamente, cuando los dos estaban solos en el departamento de ella y desde entonces no pudieron parar. Hacía tiempo que él no tenía sexo y ella era increíble en la cama, y sumándole a eso que conocer mujeres no se le daba especialmente bien, los encuentros con Yoruichi se le hicieron inevitables.

La conocía desde pequeño, ella le llevaba algunos años. Siempre había sentido cierto rechazo hacia ella, más que nada por su forma de ser: era muy liberal y despreocupada, sus maneras eran reprochables ante el protocolo de comportamiento excelentísimo de todo buen Kuchiki. Sin embargo era buena, no había maldad en su alma y tenía la curiosa habilidad de hacerlo sentir en familia.

No había algo puntual o específico que lo atrajera de ella. Tan sólo tenían una larga amistad y sabían cómo satisfacerse en la cama.

—Déjalo ya, no tienes que responderme. Tu cara lo dice todo.

Y allí volvía a ventajearlo. Porque sí, ella lo leía tan bien que Byakuya sentía, con mucho disgusto, que lo ventajeaba.

—¿Por qué estás tan segura de estar en lo correcto? —intentó disuadirla—. ¿Acaso no puedes sólo suponer que haya tenido una mala noche?

—No a mí, Byakuya-bo —Yoruichi lo miró divertida—. Sabes que no puedes mentirme con algo como eso.

Byakuya dejó los palillos sobre la mesa, esa mujer estaba empezando a cabrearlo.

—Tienes más vanidad de la que aparentas —acusó.

—Al demonio, sólo dime quién es —rogó ella, tanta incertidumbre ya la estaba impacientando.

—No —aclaró Byakuya cogiendo otra vez los palillos—. No tengo por qué hablarte de algo como eso.

La expresión de Yoruichi fue de decepción extrema. ¿Tanto le costaba a ese hombre abrirse, confiar un poco en ella? No buscaba otra cosa, entendía bien los roles entre los dos y no deseaba más de lo que él se había dispuesto a dar. Quería verlo bien, de hecho, y sabía que no lo estaba.

—Está bien —aceptó finalmente con reticencia—. Al menos sé que es por una chica —De repente una sonrisa dibujó su rostro. Byakuya la ignoró—.Te deseo suerte, Byakuya-bo.

—No tiene caso insistir con ello, hablemos de otra cosa —terció Byakuya—. Ukitake estuvo en el local, te mandó saludos.

La charla se extendió por un rato más, hasta que terminaron de comer, y terminó igual que siempre: con los dos desnudos y gimiendo sobre la cama. No obstante había sido diferente esta vez, Byakuya no se entregó con el mismo afán de los encuentros anteriores. Había pensado, entre una copa de vino y otra, que quizás acostarse con Yoruichi lo ayudaría a disolver de una vez por todas esa fatídica y malsana tensión, pero no, el remedio resultó ser peor que la enfermedad, casi había sido un martirio desnudarla y dejarse tocar por ella.

De repente su mente, sugestionada por los efectos del alcohol, buscaba en su cuerpo otras formas, otro color de piel. Sus manos intentaban envolver un pecho de menor tamaño y el tatuaje que ella tenía en la pierna, de la nada, se le revelaba exasperante. Su pelo era largo, demasiado largo para lo que él quería, y sus ojos no conjugaban con lo que él ansiaba ver en su mirada.

Estaba húmeda, siempre preparada para recibirlo, pero ya no se sintió satisfactorio como antes cuando la penetró. Se movía bien y lo estimulaba, vaya si sabía moverse, ella tocaba las cuerdas adecuadas pero de alguna forma la melodía que creaba no excitaba ni un poco sus sentidos.

Ni siquiera funcionó al momento del oral. Culpa de sus dispersiones emocionales, culpa del alcohol, de su propia estupidez; ya no le encontró razón de ser a ese acto que se suponía debía ser gratificante. La tomó de rodillas y acabó cuanto antes fuera de ella. La situación era patética, Byakuya lo sabía. Algo dentro de él había sido indiscutiblemente afectado.

Y sabía por qué.

Esa noche, después de que Yoruichi se fuera y él se quedara solo, acostado con la luz del cuarto apagada, decidió que volvería a ver a esa chica.

Lo haría, sí que volvería a verla.

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El salón estaba bastante bullicioso por ser tan temprano. Después de unos pocos días, Shiba's había quitado el 2x1 en ramen y lo había cambiado por un descuento seductor en desayunos. Muchos jóvenes entraban y salían del restaurante aquel día, a la espera de ser convidados con tentadores cappuccinos venecianos y unas divertidas masas finas de estación.

—Te digo, Nelliel, no puedes seguir comiendo eso —espetaba Kaien en la barra—. Si te pones gorda los clientes se van a ir y me resultará una pérdida, tendré que descontártelo.

—Y yo tendré que demandarte —Ésta le dio un bocado a su pastel de queso—. ¡Mmmmh…!

—Nelliel —Rukia se acercó—, te buscan.

La aludida miró en la dirección indicada y su semblante cambió en un santiamén. Tenía una expresión que según se lo mirara, podía llegar a dar miedo. Su novio estaba allí esperándola.

Nelliel se volvió hacia su patrón para pedir permiso y éste le asintió. Se marchó dando pasos furiosos.

—Ese chico, debería ponerlo en su lugar —opinó Kaien observando la situación. Nnoitra, el novio de Nelliel, cada tanto iba a buscarla al restaurante y por alguna razón siempre terminaban discutiendo en la puerta.

—Supongo que ella le quiere así, ¿no? —agregó Rukia pensativa—. Nelliel parece tenerle paciencia y después de todo ella es bastante… severa.

—Quién sabe… Sólo espero que también lo tenga a raya, hace mucho que trabaja con nosotros y la gente le ha cogido cariño. No quisiera verla triste, sabes. Necesito ver a mis empleados bien, son la cara de mi negocio y deben mantenerse dispuestos —Kaien hizo un ademán riguroso con el brazo.

—Es cierto —La mirada de Rukia vaciló con cierta aprehensión. Si tan sólo, por un segundo, él pudiera tener ese nivel de amistad con ella…

Siguió atendiendo sus mesas. Como había tanto trabajo no tenía mucho tiempo para distraerse, ni para perderse en cavilaciones absurdas. Esa mañana Bambietta también estaba con ellas, ya que Kaien la había llamado como refuerzo.

—¿Puedes atender al que está ahí? —Le pidió a las apuradas señalando una mesa que estaba contra la pared—. Tengo muchas mesas.

—Entendido —Rukia retiró las copas sucias y la propina de la mesa que acababa de desocuparse, las llevó al lavadero y a la vuelta cogió una carta.

—Buenos días, señor cliente —Se la ofreció al extraño que leía el diario con la cabeza gacha—. Permita que le deje…

El cliente alzó la mirada y Rukia se quedó perpleja.

—Tú…

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A Byakuya le llevó tiempo decidirse. Habían pasado tres días ya, tres días en los que necesitó aclarar sus pensamientos. La conmoción que le produjo verla se había diluido, pero también había sido reemplazada por un inevitable deseo de verla una vez más. Se había inventado, casi involuntariamente, situaciones en las que volvía a encontrársela por accidente, un momento en una tienda, al otro en medio de la calle, otra vez… Y ahora era más una fantasía alimentada por ese reciente recuerdo y por los recursos poco variables de su imaginación que una idea simplemente descabellada.

La cafetería estaba tranquila, había oído que en Shiba's habían puesto una promoción en desayunos y no tardó en inferir el por qué. El sólo pensar que esa chica estaba allí, a menos de quince cuadras de su propio negocio, le devanaba los sesos. No tomaba nada subirse al coche y darse una vuelta… Aunque sólo fuera para verla a la distancia.

Al final, de tanto pensarlo creyó que si no iba y disolvía la perturbación, no lograría mantener la calma por mucho más tiempo. Dejó el local en manos de su encargado y en cuanto menos lo notó, el motor de su coche ya estaba puesto en marcha y había avanzado dos calles.

Estacionó a la vuelta. Apenas entró al restaurante, la vio. Ella estaba hablando con un joven en la barra, probablemente el encargado o quizás el mismo dueño; podía ver en la actitud de él, y quizás suponerlo por la de ella, que era alguien de importancia en ese sitio. Se acomodó en una mesa que estaba en un sector tranquilo contra la pared y esperó que ella pudiera atenderlo.

Aunque conservó la tranquilidad, por dentro se sentía ansioso. Aquel comportamiento no era propio de él, podía adjudicarlo más bien a un enclenque adolescente de quince años que a un honorable miembro de la familia Kuchiki, casa importante de la aristocracia campestre. No estaba actuando con consecuencia, sin dudas su proceder era digno de amonestación.

—Buenos días, señor cliente —Reconoció su voz y la miró—. Permita que le deje…

¿Tan sólo eso? Todo pareció detenerse alrededor. ¿Tan sólo eso debía hacer ella para poner a temblar otra vez su centro…? Tenía un rostro precioso, esa chica, y una mirada que lo derretía. Sus labios entreabiertos provocaron al instante un estremecimiento en su pecho.

Ella se quedó mirándolo, por supuesto que lo reconoció. No podía esperar otra cosa, ¿acaso había pensado que ella no se percataría?

¿Por qué había ido? ¿Por qué se sentía contrariado entre querer hablar con esa muchacha y al mismo tiempo levantarse y retirarse de inmediato?

—Tú…

Después de recomponerse del asombro, ella le dejó la carta sobre la mesa. Byakuya la cogió sin quitarle los ojos de encima.

—Eres el tipo del otro día —dijo Rukia más bien para sí. Byakuya la vio vacilar por un momento y se le ocurrió que tal vez la estuviera incomodando.

No sabiendo muy bien qué decir, Rukia se puso un poco nerviosa.

—T-Tenemos un importante descuento en cappuccinos y masas dulces —explicó apurada como para cortar la tensión—. Y promociones con tarjeta de crédito en carne asada.

Byakuya reparó en la carta por un momento y miró las promociones como si estuviera asimilando la idea de que en ese momento se encontraba en un restaurante. Rukia dio un paso hacia atrás para respetar su espacio.

—Así que trabajas aquí —se limitó a apuntar él—. No te he olvidado.

Pudo ver el leve efecto que esa última e innecesaria observación provocó en ella. Parecía que la muchacha tampoco había reaccionado del todo indiferente.

—Uhm, sí. Esto… no suelen pasarme esas cosas —admitió Rukia con un deje de nerviosismo refiriéndose al incidente—. En verdad he sido descuidada.

—Ya veo. Entonces debería olvidar mi anterior preocupación.

Rukia le lanzó una mirada tímida que era al mismo tiempo inquisitoria. ¿Se había quedado preocupado?

Byakuya le devolvió la carta.

Gyozas para llevar. Que sean tres.

—Sí —Rukia sacó una pequeña libreta y un bolígrafo con dibujillos de conejo del bolsillo de su delantal—. ¿De qué sabor?

—Carne.

—Ah, son mis favoritas. Me gusta prepararlas con salsa de soja, aunque últimamente he estado probando una combinación con patatas y… Oh —Se detuvo de golpe, notando que estaba expresando un entusiasmo que estaba de más. A veces sufría ese tipo de raptos con los clientes—. Enseguida.

Byakuya la observó mientras anotaba. Era… muy linda. Era realmente atractiva. Su cuerpo no era exuberante pero tenía curvas bien trazadas. Había algo en la bajada de su cintura y en la forma de sus caderas que captaba terriblemente su atención. Notó que la muchacha estaba un poco sonrojada e inesperadamente se sintió victorioso.

—¿Te gustan? —inquirió de repente. Rukia reparó en él—. Las gyozas.

—S-Sí. Bueno, son bastante tradicionales… Y sé cocinarlas desde pequeña, así que las como seguido.

La atención que ese joven ponía en ella la ponía nerviosa, era como si estuviera estudiándola, perforándola con la mirada. A Rukia le pareció que su presencia era muy imponente.

—Tengo que seguir atendiendo —avisó—. El pedido estará listo en alrededor de quince minutos. Con permiso —Se retiró de la mesa con una expresión entre tímida y vacilante.

Byakuya se quedó mirándola. No podía dejar de observarla, de sentirse intrigado al ver cómo ella interactuaba con los demás. La miraba ir y venir discretamente como si fuera un ávido espectador de su vida, uno que no había sido invitado. Ella tenía una amable sonrisa pero por momentos él era capaz de descubrirle un gesto ceñudo. No parecía ser alguien del todo paciente con los clientes, se notaba que sólo guardaba la calma por respetar su trabajo.

Cuando la muchacha regresó con el pedido, le dejó la cuenta.

—Sírvete, por favor.

Byakuya miró su rostro.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó de repente.

—¿Eh? —Rukia no estaba acostumbrada a intercambiar información personal con la clientela. Y él… él le estaba provocando algo en verdad.

"Alto. Es sólo un cliente ocasional, nada más." Se corrigió en sus pensamientos al ver que sus especulaciones estaban tomando un rumbo inadecuado.

—Rukia —dijo al fin.

—Rukia —Él lo repitió más para probar cómo ese inusual nombre sonaba en su boca.

Buscó el dinero en su billetera y lo dejó junto a la propina sobre la mesa, luego sus ojos volvieron a buscarla, fijándose en ella por un breve momento. Era realmente linda, y lo era aún más con ese leve sonrojo en su rostro.

—Esto… Gracias. Que tengas un buen día —dijo Rukia por último. Asintió con cortesía y se fue.

Byakuya la observó irse otra vez, mirando su andar, sus movimientos.

—Rukia…

Cogió su pedido, se puso de pie y después de echarle una última mirada, salió del restaurante.

Cuando Rukia se acercó a la barra para entregar el dinero, se dio cuenta de que había algo más aparte de la propina.

Kuchiki Byakuya. 9069700131

Ese tipo… Le había dejado su tarjeta personal con un número de teléfono. Acaso… ¿la estaba tentando?

Se guardó ambas cosas en el bolsillo del delantal mirando disimuladamente en derredor. Podía sentir que su rostro ardía en llamas.

Una vez al volante, Byakuya reparó en el peso de toda la situación. Esa chica tenía que ser la hermana de Hisana, como mínimo su familiar, no tenía dudas sobre ello... Pero eso no era lo más preocupante, había algo más que no podía eludir.

Esa chica le gustaba.