N/A: ¡Hola! Les dejo la actualización de esta semana, un capi muy especial para mí n.n Ojalá les guste, esto vendría a ser algo así como la "primera cita oficial" de la pareja.
Paso a responder los reviews de:
Mary: Gracias por seguir ahí, me alegra que los capis te hayan gustado. Rukia se va a ir abriendo de a poco con Byakuya, con el correr de los capítulos se va a entender el porqué de tanta inseguridad. Mientras tanto, veremos cómo se las ingenia Byakuya para acercarse a ella. Yo te sigo en el proyecto de violarlo, hubiera hecho un desmadre en ese coche xD jaja. Un beso.
Sakura chan: Muchas gracias por seguir ahí n.n Tal cual, ahora los dos tienen una idea de quién es el otro, habrá que ver qué compatibilidades hallan entre sí y cuáles no. Estoy como vos, alentando a Byakuya para que saque a Kaien de su corazón, jaja. Rukia es difícil pero no creo que sea capaz de resistirse por mucho tiempo al encanto de Byakuya. El comentario de Kaien indignó a todas, sobre todo a Rukia. A futuro se verá qué reacción tiene al respecto. Concuerdo en lo que decís, la de Rukia es una situación que se ve a menudo en realidad y es triste, porque sólo conlleva dolor y desilusiones. Qué bueno que tu amiga lo superó, esperemos que Rukia también lo haga n.n Gracias por el apoyo, te mando un beso.
Sin nada más que agregar, me despido esperando ansiosa sus comentarios. ¡Hasta otra!
Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo.
VI
En el jardín, todo
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El turno del mediodía había finalizado y ahora Rukia tenía la tarde libre. Como tenía el horario fijado para encontrarse con Byakuya, se dirigió a la parada de ómnibus más cercana al restaurante y lo esperó allí, el sitio que habían acordado como punto de encuentro. Hacía una tarde bastante fresca y las hojas caídas de los árboles copaban las calles y veredas.
No tiene caso deprimirse por lo que fue o lo que debió ser, siempre se está en el mejor momento…
Actualmente mi único interés eres tú…
Esta chica dura y aguerrida, que ahora está frente a mí, realmente me atrae…
¿Qué pasaba con ella? No debería ponerle demasiada atención a esas palabras que él dijo, era probable que sólo hubieran sido soltadas al azar. Pero, aun así… tenía que reconocer que la forma en que él se expresaba con ella le resultaba agradable y no podía ignorar que el tono de su voz destilaba sinceridad, y vaya, incluso la derretía. Kuchiki Byakuya, fuera quien fuese, poseía algo que la paralizaba.
Al margen de que la atrajera físicamente, no estaba segura de que él fuera su tipo de hombre. Con dieciocho años una persona todavía tiene muchísimas cosas por descubrir, tanto a su alrededor como en sí misma. Rukia, por el momento, tenía la sensación de que ella y Byakuya eran muy diferentes entre sí y no podía afirmar ni negar si esas diferencias los favorecían o perjudicaban, pero de cualquier manera se había dispuesto a dejarse llevar y salir un rato con él, si sólo con eso lograba pasar una buena tarde y olvidarse de todo por un rato.
Porque era eso lo que ella necesitaba: distraerse, cambiar de aire. Si continuaba empecinándose con Kaien-dono no haría más que seguir dañándose, estancarse y en el peor de los casos, dar marcha atrás, y ella no era de las que reculaban, ella siempre intentaba mirar hacia delante, no podía dejarse boyar en las turbias aguas de la incertidumbre por mucho tiempo más. Los sentimientos que tenía por Kaien-dono le deparaban inestabilidad y desconcierto, y ella no soportaba esas cosas. Ella necesitaba tener un fundamento, una base sólida en la que afincarse, porque así era su carácter y el dejarse arraigar en arenas movedizas no hacía más que producirle una horrenda y constante inseguridad que no estaba dispuesta a seguir tolerando.
Eso era, aún no había perdido del todo los estribos. O tal vez sí, de seguro que en algún momento sí los perdió pero ahora se estaba retractando, ahora realmente estaba siendo consciente de que no podía continuar tropezando con aquella tortuosa y errónea piedra. Kaien-dono era un hombre maravilloso y tenía una vida propia, y ella también tenía la suya. De hecho, su vida recién estaba empezando. Por más de que doliera, debía renunciar a esas ilusiones falsas e imposibles.
Lo haría, sí que lo iba a hacer.
Sumida en esas divagaciones, avistó el vehículo de Byakuya estacionándose frente a ella. Qué hacerle, rechistó, bien podía ella superar sus propios obstáculos sola pero ya que Kuchiki Byakuya se había deslizado en el camino, seduciéndola en el proceso, tampoco iba a negarse, sería una tonta si lo hiciera.
Byakuya la atraía mucho… Ese sujeto había logrado acapararla.
No sabía cómo iría a resultar todo aquello pero estaba segura de que si no aprovechaba la ocasión, incluso su hermana mayor se decepcionaría de ella.
Rukia se puso de pie y se acercó al coche. Byakuya le destrabó la puerta.
—¿Y bien? ¿Cuál es el plan? —preguntó la joven mientras se acomodaba en el asiento del copiloto.
Byakuya la observó por un momento en silencio… Esa mocosa carecía absolutamente de algo llamado buenos modales. Debería ponerla en su lugar.
—¿Todo en orden? —contestó él, conteniéndose, a modo de respuesta. Rukia lo miró como si le estuviera hablando en noruego.
—Bien, supongo.
Byakuya pisó el embrague y puso el vehículo en marcha, música sonando, y comenzaron a avanzar por las calles.
—¿Qué tal el trabajo? —quiso saber él.
—Normal —La otra se mantuvo invariable.
—¿Tus estudios?
—También.
—¿Te presentaste al examen?
—Sí.
Llegaron a un semáforo en rojo y él se detuvo a mirarla con una expresión mitad desconcierto, mitad impaciencia.
—¿Eres siempre tan desconsiderada? —preguntó, y esta vez su tono de voz no se contuvo de expresar cierto disgusto.
—Usualmente —dijo Rukia, que ni siquiera se molestó en voltear para encararlo. Byakuya, entonces, frunció el entrecejo.
—Ya veo. Entonces tendré que corregir eso.
Cuando Rukia giró la cabeza para ver lo que el sujeto se disponía a hacer, se encontró con que una mano rápida había capturado certeramente su rostro tomándolo de la barbilla y que ahora un par de labios suaves y agradables estaban arrebatándole un beso violento. ¡Cielos! Rukia se quedó sin aire.
—¡T-Tonto! —farfulló cuando él la soltó—. ¡No se supone que tengas que besarme ahora!
Byakuya la observó anonadado. ¿Tonto? ¿Esta mocosa de estatura insignificante lo estaba llamando tonto? ¿A él? ¿A Kuchiki Byakuya?
El semáforo se puso en verde y él retomó la marcha.
—¿Por qué? —se limitó a cuestionar, algo descolocado.
—¡P-Porque…! ¡Tendrías que hacerlo en otro momento! —Rukia estaba escandalizada—. P-Por ejemplo, al final de la cita o-o en un momento climático, ¡deberías hacerlo más romántico…!
A Byakuya lo venció el desconcierto y la perplejidad, aun así la miró de soslayo. De modo que romántico…
—¿Eso crees? —observó arqueando una ceja, sus labios apenas curvando el asomo de una sonrisa.
—¡Olvídalo! —Rukia se volvió contra la ventana con el rostro enrojecido y cuando pudo reponerse de tal arrebato, indagó—. ¿Y tú? ¿Qué tal el trabajo? Por cierto, ¿qué se supone qué es esta música? Suena muy anticuada.
Byakuya ya no supo si deseaba tomarla ahí mismo, contra el volante, para que dejara de decir estupideces o si debería bajarla del coche y no volver a verla nunca más. Era exasperante.
—Lo es —respondió con la voz fría—. Es música clásica.
—Tch…
—¿Qué pasa? ¿Te parece tan extraño que una persona joven pueda deleitarse con este tipo de música?
—¡Pues claro que me parece! No es como si te encontraras por ahí con gente que escucha melodías tan desusadas.
Byakuya la observó de reojo. "Al menos tiene un léxico lo suficiente decente…"
—Como sea, ¿qué tal el trabajo? —La joven retomó el tema de conversación.
—Marchando —respondió él—. Resolviendo asuntos con los impuestos y la inmobiliaria. Intento adquirir el título oficial del fondo de comercio y algunos obstáculos están interponiéndose, sin embargo, considero que eventualmente podré solucionarlos. Por otro lado, los insumos en el tributo público están absorbiendo gran parte de las ganancias, por lo que he tenido que reforzar las estrategias de venta. Supongo que sólo se trata de un período.
—Vaya, eres todo un empresario —ironizó la otra.
—Lo soy —aseveró Byakuya—, e intento mejorar con el tiempo.
El ceño de Rukia se torció con indignación. "¡Ni siquiera agradece mi cumplido…!"
—Bueno, si es así entonces puede que aprenda algo de ti —La joven se cruzó de brazos, finalmente asumiendo que debía reconocerle algo de mérito—. Después de todo mi carrera abarca parte de ese rubro. Aunque de todos modos, preferiría especializarme en el sector turístico.
—¿Te gustan los viajes? —quiso saber Byakuya.
—Sí, viajar es mi sueño —La expresión de Rukia adquirió un brillo radiante—. Planeo ir de vacaciones cuando termine la cursada.
—¿A dónde irás? —Byakuya la miró curioso, su semblante ahora suavizado.
—Aún no lo he decidido. Principalmente, me gustaría poder escoger un destino natural que tenga un valor histórico.
—Ya veo —En el rostro del joven hubo un asomo de calidez—. Suena interesante.
El viaje se extendió un rato más por las calles y avenidas de la capital hasta que el coche comenzó a deslizarse a lo largo de un extenso paredón. Byakuya dejó el vehículo en un aparcamiento y Rukia caminó junto a él hacia la enorme entrada de ese sitio. Avanzaron por una ancha empalizada y pronto, una fragante y fulgurante explosión de colores y tonos verdes invadió sus sentidos: estaban en un bellísimo jardín botánico.
—Este lugar… —Rukia se quedó sin aire.
—Solía venir aquí con mi madre cuando era pequeño —comentó Byakuya—. Cuando ella murió, adopté la costumbre de venir cada mes en su memoria. Sin embargo, con el transcurso del tiempo se convirtió en un hábito propio.
—Realmente… es precioso.
Recorrieron la estancia llenándose los ojos con toda la diversidad de árboles, flores y plantas que había en el lugar: arces, ombúes, cerezos, abedules, kitos, fagus, hayas, ciruelos; jardines de camelias, de hydrangeas, de crisantemos, rosedales exóticos de daimonjis, hakkodas y manyos; estanques de lotos; arboledas de ube y cualquier cantidad de plantas nativas y extranjeras que formaran parte de aquella extensa y deslumbrante vegetación, además de los bonitos puentes alzándose por encima de los estanques y las lagunas y de las fascinantes elevaciones rocosas que terminaban de armonizar el paisaje. Era como un mundo aparte.
—Oh, bonsáis —Rukia corrió hacia un parterre de cultivo y se agachó para contemplar las macetas.
—¿Te gustan? —Byakuya la siguió.
—Sí. Mi tía los cultiva en el jardín de nuestra casa, tenemos varios. He intentado cultivarlos pero no sé me da muy bien. Nunca he podido superar a mi hermana, a ella siempre le quedaban perfectos —Rukia se sonrió—. Su favorito era un momoyogi de azalea, aun lo conservamos. Oba-san se encarga de cuidarlo.
Byakuya se quedó en suspenso por un instante que pareció infinito. Rukia, entretenida con las plantas, no lo notó.
—Tenías una buena relación con ella —apuntó él con parquedad.
—Eso… normal —musitó Rukia—. Ella me llevaba seis años y éramos bastante distintas pero yo la admiraba. Supongo que es algo típico de los hermanos menores pero, cuando era pequeña yo realmente deseaba ser como ella. Hisana nee-san… Ella era independiente y trabajadora, y era amable y hermosa, todos la querían. Ella… fue realmente alguien admirable.
La imagen de Rukia tanteando las hojas de los bonsáis y el amor que fluía debajo de todas esas palabras que, tiernamente, pronunciaba, hicieron que Byakuya sintiera en el pecho una incómoda opresión. Otra vez esa sensación de qué diablos estaba haciendo, el torrente de dudas e inseguridades volviendo a cernirse sobre él para luego colapsar violentamente sobre la figura pequeña, esbelta, hermosa y anhelada de Rukia, en cuclillas, cargando su bolso infantil y contemplando los árboles diminutos.
Algo estaba mal, pero los sentimientos que en aquel instante lo apretaron no le permitieron pronunciar esa enorme y peligrosa inquietud. Aún no, no estaba preparado.
—Intento seguir su ejemplo —siguió Rukia, todavía con una sonrisa—, por eso trabajo y me esfuerzo todo cuanto puedo. Es lo que nee-san esperaría de mí.
Un largo silencio se asentó entre los dos mientras Rukia continuaba mirando los bonsáis y luego se ponía de pie para acercarse a una pequeña plantación de olivos que estaba junto a aquel parterre. Byakuya la siguió con la mirada y por un momento la acometió esa horrible sensación de que ella le era inalcanzable.
—Y… ¿qué pasó con tus padres? —preguntó Rukia de un momento a otro.
El movimiento brusco de su rostro ofreciéndole el candor de una mirada clara le disolvió el estupor. Byakuya dio algunos pasos avanzando hacia ella.
—Accidente de tránsito. Volvían de la hacienda y un vehículo se les atravesó en el camino. Fue una muerte inmediata —relató él.
—Ya veo, fue una tragedia —concedió Rukia—. ¿Y no tienes hermanos? —Byakuya lo negó con un gesto y Rukia continuó—. Mencionaste que tienes un abuelo, ¿vives con él?
—Vivo solo —El joven deslizó la mirada por una hilera de olivos—. Abandoné la vivienda de mi abuelo hace tres años, Ginrei jii-sama. Él es una persona mayor y ahora está de viaje.
—Oh, vaya. Tú realmente eres alguien independiente, Byakuya —El asombro y la sinceridad contenidos en la voz de la joven hicieron que él se apaciguara. Byakuya se sonrió minúsculamente.
—¿Eso crees? —respondió—. Siempre he sido leal a mis principios. Me gusta poseer esta autonomía. No hay forma de que sea de otra manera.
Rukia lo contempló en silencio por un rato.
—Eso… ¿Y cómo es vivir solo? —le preguntó después—. Quiero decir, ¿no se siente… solitario?
—No en realidad —aseguró él—. Disfruto de tener mi propio espacio y estoy acostumbrado a rodearme de poca compañía. La soledad nos hace fuertes.
Ahora era Byakuya quien contemplaba y acariciaba atento las hojas de los árboles, y Rukia se permitía observarlo con gran curiosidad: Kuchiki Byakuya era extraño, él era… diferente. De repente le pareció que era como un privilegio el poder charlar con alguien como él, porque percibía que era maduro y eso le gustaba. Se sintió conmovida.
—Ya veo —resopló al fin—. Honestamente yo ni siquiera lo he pensado, de hecho estoy muy cómoda viviendo con oba-san.
—Aun eres joven —apuntó él, y Rukia lo encaró con una expresión de mofa.
—No es como si tú fueras demasiado mayor que yo, no hables como si fueras un señor superado o algo por el estilo.
Byakuya se quedó de piedra. ¿Cómo es que ella…?
—¿Cómo lo sabes? —inquirió seriamente—. No te he dicho mi edad.
Rukia se sonrió con suficiencia.
—Tengo mis contactos —dijo.
El rostro de Byakuya adquirió un cariz aún más perplejo que asimismo era sombrío. ¿A qué se refería con que tenía contactos? ¿Acaso esta mocosa se había atrevido a investigarlo o algo semejante? Esto era demasiado, no lo iba a consentir, a Kuchiki Byakuya no lo burlaba nadie.
—Tonto, me mostraste tu documentación, ¿lo olvidaste? —mencionó ella.
Y volvía a llamarlo tonto…
Continuaron recorriendo el parque, paseando por los puentes y cruzando de un jardín a otro por los bonitos senderos de piedra. Visitaron el invernadero, compraron refrescos y Byakuya, con su retórica elocución, le enseñaba a Rukia acerca de algunas singularidades propias de aquel lugar. Rukia lo escuchaba con atención, en parte impresionada y en parte, por supuesto, encrespada, ya que el sujeto continuaba dándose a ver como si lo fuera entendido en todo.
—Cuando llegue el invierno —mencionó él— este jardín estará cubierto de nieve y la vegetación no podrá ser apreciada en su totalidad. Aun así, es la época más interesante de contemplar. En el invierno…
—En el invierno sólo queda contemplarse a uno mismo —lo interrumpió Rukia, arrebatándole las palabras—. Es la vicisitud de la vida reflejada en el cambio de las estaciones. Se dice que en el invierno hay poco para ver pero yo creo que observarse a uno mismo es el desafío más grande, dado que nunca se termina de ver lo que se tiene dentro. Las personas suelen temerle al hecho de descubrir sus propios defectos y todavía más al hecho de reconocerlos. Por eso, parte del renuevo que empieza con el invierno es aprender a conocerse y reconocerse en esos espacios que habitamos en blanco, e incluso redescubrirnos. Y quizás, cuando llegue la primavera, dejarnos florecer como nuevas personas.
Mientras Rukia caminaba junto a una plantación de helechos, Byakuya la escuchaba hablar observándola de espaldas y forzándose a mantener el control sobre sí: esta mocosa lo estaba volviendo loco diciendo todo eso.
Ella, al girar por una arboleda, le sonrió con picardía.
—¿Qué? ¿Te sorprendí?
Byakuya la miró sin aliento. Sí, lo estaba volviendo loco.
—Te dije que me gusta la naturaleza —alegó Rukia—. No es novedad que disfrute de la contemplación, es parte de lo que somos.
—Así es —afirmó finalmente Byakuya, sin dejar de mirarla—. Por eso mismo ahora estoy ansioso porque llegue el invierno y con él… la certeza de algo nuevo que quizás esté empezando a descubrir.
Rukia se percibió inmutada al oír esas últimas palabras, pero se recompuso pronto.
Ahora pasaban por un camino rodeado de arbustos de magnolias blancas y otros de camelias rosas. Rukia se detuvo a contemplar alegremente las segundas mientras un rayo de sol le cortaba la cara, al tiempo que una brisa suave y pasajera le sacudía el pelo. Byakuya se estremeció.
—Éstas me gustan —dijo Rukia con una sonrisa— pero… a oba-san no, así que no las tenemos en nuestro jardín. Yo creo que inspiran un sentimiento muy poético.
—Tienes razón —musitó Byakuya acompañándola—. Simbolizan el amor y la pasión. Son un emblema del deseo y del afecto sincero que se siente por el otro.
Rukia lo miró de lado, esforzándose por no sonrojarse.
—Sí, recuerdo que tuve que estudiar eso en el bachillerato, para literatura. Fue por eso que empezaron a gustarme —comentó.
—¿Por los poemas? —inquirió Byakuya, y Rukia asintió—. ¿Cuáles te gustan?
—No soy buena recordándolos.
Byakuya puso la mirada en las flores rosadas, pensativo, y después de un momento habló, con un tono de voz pausado.
—En el jardín
»Ha tenido lugar la floración
»Blanca de una camelia.
Rukia se volvió para mirarlo, su rostro lleno de asombro.
—Onitsura —musitó Byakuya—. Es uno de sus haikus.
Hubo un destello de luz en la mirada de Rukia que hizo que Byakuya sintiera que aquello que estaba aconteciendo entre los dos no era del todo terrible. Al menos, en ese momento, se parecía a dejar hundir en un río inquieto un pesado anzuelo y sentir que tocase un fondo calmado.
La joven continuó mirando las flores.
—Vaya, no me sorprendería que también fueras poeta —mencionó ella con cierto deje de ironía, uno que fue como una caricia en el pecho de Byakuya.
Él se sonrió.
—Si quieres que lo sea, sólo tengo que intentarlo.
Rukia se volteó una vez más, ahora indignada por semejante soberbia, y él no tardó en fijar los ojos en su rostro. De repente sintió que los elementos dejaban de fluir y que su pecho comenzaba a palpitar calurosamente, más allá de su dominio, del tiempo.
—Esta camelia… —empezó Byakuya— es rosa y es única... y es todo el jardín.
Los ojos de Rukia se abrieron en grande y un calor intenso amenazó con invadir sus mejillas, abriéndose paso desde su pecho. Byakuya continuó mirándola fijo, demasiado entregado a esa improvisada composición lírica para lo que ella fuera capaz de imaginar. Su expresión era serena.
—Esta camelia… —volvió a decir— se ofrece ante mí… como un instante eterno.
Él caminó algunos pasos hasta quedar en pie junto a ella. Acarició el pétalo de una flor de aquel arbusto y lo contempló.
—Quiero que esta flor… —Siguió mirando el pétalo— que arde y se mece al viento… nunca se apague.
Todo estaba detenido. Un silencio demasiado claro y cálido había caído entre los dos, pero también cargado de muchas emociones. Rukia sintió un ligero estremecimiento y su pecho se agitó más de lo normal.
Él… Kuchiki Byakuya… ¿qué pasaba con él? Uno no podía ir por la vida recitando esa clase de poemas a cualquiera, él realmente la estaba desencajando. Y el maldito era un poeta, en serio.
Cuando sintió que recuperaba el aliento, siguió transitando su camino.
—Tienes talento —se limitó a comentar, sin que él pudiera ver el sonrojo de su rostro. Byakuya, mientras la seguía, se mantuvo inalterable.
—No —concedió—. Simplemente me he inspirado.
Entendiendo lo que él quiso decir con esas palabras, Rukia prefirió no acotar nada más. El maldito sonaba demasiado sincero como para que estuviera mintiendo, era increíble… La crispaba, y no tenía idea de por qué. Entonces, incapaz de formular cualquier evasiva, defensa, ofensa o lo que fuera, se quedó callada y siguió caminando, ahora entre los setos.
.
El tiempo corrió y comenzó a levantarse un poco de frío, las hojas secas de los árboles se arremolinaban en el aire. Rukia ahora se encontraba sentada en un pequeño banco de piedra y Byakuya la acompañaba en pie a pocos metros, ambos en el interior de una glorieta cercada. La joven contempló el rostro del muchacho, que estaba sumido en la observación de un conjunto de árboles.
No se esperaba que aquello resultara así, tan sólo debía ser un paseo para distraerse. Su objetivo principal era olvidar sus sentimientos por Kaien-dono y Kuchiki Byakuya parecía estar completamente dispuesto a conquistarla en el proceso. Y con un demonio, ¿qué pasaba con él? ¿Se creía un galán de película, algo como un estúpido, refinado y anticuado Edward Cullen versión asiática? Y lo peor de todo, ¿qué diantres estaba pasando con ella? Reaccionando tontamente ante el despliegue de su encanto refinado y arrogante, como si tal.
Vaya alboroto sentimental la acuciaba a Rukia, confundiéndola, retrayéndola y obstinándola constantemente. Sus sentimientos eran un lío.
Y el maldito de Byakuya terminaba por resultarle magnífico al final de cuentas, no lo iba a negar. Mucho menos reconocérselo. ¿Y por qué ahora él era un maldito, por cierto? Qué más daba… El tipo era todo un presumido, con esa apostura siempre calmada… Parecía decirle a los demás que ellos le importaban un bledo y querer demostrarles, con todo el éxito, que él era mejor. Y aun así, podía decir que había varias cosas de él que le gustaban, porque aún no era tan obstinada como para ver solamente sus defectos.
¿Acaso ella no era tan fuerte como creía? ¿Es que Grimmjow la había desilusionado tanto que indefectiblemente tenía que caer enseguida por cualquier sujeto que la tratara como se debiera?
No era bueno, no se dejaría vencer otra vez por ese tipo de emociones contraproducentes que ya la habían hecho sufrir. No se iba a dejar ganar por el encanto de Kuchiki Byakuya, estos encuentros con él eran sólo una válvula de escape.
Sí, eso era. Sus pensamientos ya iban poniéndose en orden. Rukia miró la hora en su teléfono y se percató de que pronto debería partir, le quedaba hacer el turno de la noche en el restaurante así que era mejor que se pusiera en marcha.
—Tengo que irme —avisó poniéndose de pie—. Debo regresar al trabajo.
Byakuya, que continuaba mirando los árboles, se ladeó apenas para verla, y al notarla acomodarse el bolso en el hombro, se sintió golpeado por una vaga sensación de pérdida que lo inquietó.
Se acercó hasta quedar frente a ella y la observó por un largo momento.
—Dijiste que no tienes novio —mencionó de repente.
A Rukia la tomó por sorpresa aquella acotación, por lo que fue incapaz de responder de inmediato. Aun así, repuso, sintiéndose algo nerviosa:
—¿Y eso qué?
—Asumo que alguna vez lo has tenido.
Rukia lo miró desconcertada.
—¿Cómo que lo asumes? —cuestionó—. ¿Qué quieres decir con eso? ¿De qué estás hablando?
—Lo que quiero decir es que —Byakuya reflexionó un poco antes de seguir, ésta era una conversación difícil de tener. Al menos era difícil tenerla con ella, pensó, porque aún no podía prever del todo sus reacciones. De modo que continuó— no pareces una chica ingenua. Eres una mujer alerta, inteligente y decidida, y ningún hombre puede pasar por alto algo como eso. Y no creo que no haya habido alguien... en tu corazón.
Rukia se encogió de hombros. Conocía muy bien este tipo de planteos, en su momento lo había padecido con Grimmjow, había oído una anécdota similar en boca de Renji, y de por sí, ella siempre había tenido amistad con el género masculino, así que sabía muy bien lo que ellos se traían entre manos cuando encaminaban una conversación hacia ese rumbo.
Caramba… Los hombres y su inevitable obsesión por querer marcar territorio. La joven eludió su mirada.
—¿Por qué querrías saber eso? —refutó—. Es mi pasado y sobre todo, no es tu asunto.
Byakuya la miró con tenacidad.
—Lo es —contestó—. Dije que quiero conocerte.
Después de sopesarlo por unos segundos, Rukia le devolvió:
—Está bien. Entonces empecemos por ti.
—¿Por mí? —repitió Byakuya, quien temió que la serenidad se le resquebrajara—. Sólo he tenido una novia cuando tenía tu edad. No hay necesidad de profundizar en ello, también es parte de mi pasado —Sintió que las palabras le habían salido embaladas pero sabía que si se detenía a analizarlas, probablemente terminaría cediendo una vez más ante esa horrible inseguridad, como cada vez que estando con Rukia evocaba a Hisana.
Rukia se mantuvo inalterable.
—Lo mismo digo. Sólo un ex novio —pronunció sin afectación, y luego se encaminó, cruzada de brazos, hacia la entrada de la glorieta—. ¿Contento?
Byakuya la siguió con la mirada y le pareció que la imagen de ella alejándose de él no era una imagen grata de ver. Era una estupidez, sin dudas, pero en su interior él temía.
—No —concedió, y Rukia, sin voltear para mirarlo, alzó las cejas—. Honestamente, no estoy contento con saber que alguien más se haya ganado tus sentimientos. Pero aun así, supongo que tendré que aceptar que es tu pasado.
Esto era demasiado. ¿Qué derecho tenía este sujeto de decir palabras como esas? ¿Acaso en algún momento habían sentado las bases para emprender algún tipo de relación? No, nada de eso. Era momento de que Kuchiki Byakuya recibiera un correctivo.
El joven la alcanzó hasta la columna de entrada donde ella estaba parada y entonces Rukia lo encaró.
—Dije que no me gusta perder ni repetir lo que digo, pero olvidé mencionar algo más importante —Él la cortó antes de tiempo—. No me gusta compartir.
Rukia se quedó de piedra y ninguna palabra o articulación pudieron salir de su boca. Compartir… Compartir… Esto, lo que él decía, era algo demasiado sensato, era una enunciación cabal que la había trastocado y que había hecho pie en sus bases más hondas. Compartir, Kaien-dono, compartir… Por supuesto que no se puede compartir. Las personas, los amantes… no se comparten.
Byakuya le fijó la mirada, una que era por demás tenaz. Era una mirada nueva a los ojos de Rukia, porque aún no lo había conocido así de determinado.
—¿Compartir? —retrucó ella, saliendo por fin del embotamiento—. ¿Cómo puedes hablar de compartir acerca de algo que no tienes? Es absurdo.
—Lo diré una vez más y será la última vez que lo haga —dijo Byakuya—. Siempre consigo lo que quiero.
El calor volvía a quemarle las mejillas. Rukia necesitó alejarse nuevamente de él, ahora caminando fuera de la glorieta. Este tipo… él realmente la estaba persuadiendo. Le dio la espalda y un rato después, cuando logró recuperarse, volvió a encararlo, su rostro siendo golpeado por el viento.
—Tengo que irme —repitió—. Mi trabajo…
—Entiendo —la interrumpió él, avanzando hacia ella. Byakuya contempló su rostro, su propia expresión ahora suavizándose, y de un momento a otro extrajo delicadamente de su pelo una hoja de álamo en forma de corazón que había acabado de posarse allí. La dejó caer en el suelo y ésta flotó por un rato entre los dos, mientras él todavía le sostenía la mirada—. Se te hace tarde. Vámonos —dijo al fin.
Y Rukia, levemente aturullada, siguió sus pasos en silencio.
.
Regresaron al centro de la ciudad mientras Byakuya le relataba cómo se administra un negocio. Las respuestas que obtenía eran cosas tales como: "ya lo sé", "no es como si no lo entendiera", "por supuesto que sabía eso" e incluso "conozco cómo funciona un negocio, mejor hablemos de otra cosa", de modo que Byakuya tuvo que volver a replantearse la idea de bajar a Rukia del coche reforzada ahora por el hecho de que la mocosa había empezado a toquetear descaradamente los objetos personales de su vehículo. Se estaba pasando de la raya.
—¿Y qué esto? —preguntó Rukia de repente estirada hacia el asiento trasero y ofreciéndole a Byakuya una vista muy generosa de su propia parte posterior. Luego se reacomodó, sosteniendo una caja rectangular entre sus manos y levantando la tapa cuanto antes—. Oh…
Byakuya observó su rostro atento: Rukia parecía estar absorta en una epifanía. Sus ojos rutilaban con un brillo fascinante, sus labios rosados estaban entreabiertos a la forma de un hermoso y adorable círculo, y sus mejillas habían adquirido un suave color. Era como estar ante una manifestación divina.
—¿Q-Qué es esto? —preguntó la joven en un susurro angelical.
—Wakame Taishii —contestó Byakuya, su expresión serena y signada por un irrefutable orgullo—. Una creación personal destinada al consumo. Es mi estrategia de venta más reciente. ¿Te gusta?
—C-Claro… —Rukia estaba embobada mirando la figura de la galleta—. Es hermoso…
Pronto estuvieron cerca del restaurante y entonces Rukia, que estaba terminando de comerse una de las galletas, se apresuró a decir:
—Hey, bájame a la vuelta, no me dejes en la entrada.
Byakuya arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—¡P-Porque no! —Rukia empezó a escandalizarse—. ¡Tú sólo has lo que digo!
El joven, por supuesto, ignoró rotundamente la demanda y estacionó el coche justo frente a la entrada del lujoso y deslumbrante Shiba's.
A Kuchiki Byakuya nadie le daba órdenes.
—¡¿Qué haces?! —exclamó una ofendida Rukia—. ¡Te dije que me bajaras a la vuelta!
—¿Qué problema hay? —retrucó él—. Llegas tarde y te facilito el camino.
—No es ése el punto —acusó ella—. ¡No estás respetando mi privacidad!
Byakuya, manteniendo la calma, decidió que no recibiría esa acusación.
—Lo siento, supongo que ya es tarde —dijo… sin sentir absolutamente nada.
Rukia se proyectó mentalmente golpeándolo, su puño ya había empezado a contraerse. Sí, esa mejilla clara e impoluta en el rostro sereno y estúpido de Kuchiki Byakuya se vería mucho mejor con una marca de sus nudillos… En fin. Echó un vistazo por la ventana hacia el interior del restaurante y decidió que bajaría del coche en ese momento, antes de que Kaien-dono se apareciera en su rango de visión.
—Gracias por el paseo de hoy —le dijo a Byakuya antes de irse—. Fue… refrescante.
—¿Lo fue? —quiso saber él.
—Sí.
—Entonces tengamos otro.
Oh, no, no otra vez. No iba a dejar que la intimidara nuevamente dentro del coche, mucho menos frente a la entrada de su trabajo. No.
—Supongo —Se apresuró a decir ella mientras abría la puerta y se deslizaba fuera del vehículo—. Nos vemos.
Byakuya le clavó los ojos mientras la observaba de espaldas acercarse a la puerta del restaurante. Esa chica… era muy difícil en verdad. Cuánta paciencia debería tener si quería continuar conociéndola.
Observó que un sujeto, cuyo rostro se le hizo familiar, se le acercó desde el lado derecho (que era una parte del restaurante compuesta por mesas que estaban ocupadas) y la abordó antes de que ella alcanzara la puerta. Algo dentro de él se detuvo porque la expresión con que Rukia miró a ese hombre no le gustó para nada.
—Kaien-dono… —La escuchó decir a lo lejos.
—Cielos, mujer, llegas tarde otra vez. ¿Incluso te quedas dormida durante la siesta?
Rukia farfulló algo que a él se le hizo ininteligible y después, el sujeto llamado Kaien repuso:
—No importa, no importa, sólo entra. Hace frío y si te enfermas, tendrás que ausentarte por algunos días. Shiba's no quiere perder a sus chicas, ¿eh? Son su escuadrón de élite…
¿Su chica? ¿Ese sujeto de estatura alta y complexión física fornida, cuyo rostro era aceptablemente agraciado, que iba bien vestido y evidenciaba ser el dueño de aquel negocio, estaba diciendo que Rukia era su chica mientras le palmeaba amistosamente el hombro y mientras ella lo miraba con esa estúpida y sentimental expresión?
No, esto era inaceptable.
Después de ver que Rukia se perdiera en algún rincón dentro de ese insignificante, exiguo y mediocre restaurante de poca categoría, Byakuya arrancó el coche y se marchó de allí, entendiendo muy bien la situación en la que se encontraba y que debía resolver sin dilación.
Esta vez él no iba a perder, no iba a dejar ir a Rukia como lo había hecho con Hisana. Absolutamente no.
Esta vez iba a ganar, él siempre conseguía lo que quería.
Iba a pelear por ella.
