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Capítulo siete: Sensaciones remilgosas

— ¡Maldición! Este lugar es demasiado resbaloso, no puedo trepar en los árboles — se quejaba amargamente Boruto mientras caminaba por un sendero rocoso y lleno de hierbas altas. Estaba concentrado en cada paso que daba hasta que algo lo saco de su trance inesperadamente.

— Auxilio — escuchó muy fuerte un grito de ayuda no muy lejos de ahí. Boruto se alarmó e inmediatamente fue a auxiliar a la persona en cuestión. Lo que encontró lo dejo pasmado. Alguien emitía sollozos mientras seguia pidiendo ayuda incesantemente. Boruto desde su lugar se asomó detrás de un árbol y vió la silueta pequeña y delgada en medio de muchas plantas. Utilizaba la manga blanca de su kimono para limpiarse algunas lágrimas derramadas que habían encontrado soporte en sus mejillas para no caer así al piso.

Boruto sabía perfectamente que hacer en una situación así. No dudó en ir hacía aquella persona y averiguar que le sucedía .

La niña hipaba constantemente, no se reponía de si tristeza y ni siquiera se daba cuenta de la presencia del ninja hasta que esté se acercó descaradamente más para examinarla minuciosamente. Probablemente fuera una niña de entre seis y siete años, su aspecto era delicado y su cabello castaño recogido en dos coletas chuecas, una más arriba que la otra. Llevaba puesto un kimono blanco con líneas amarillas a la altura de los hombros y una mochilita colgada en su espalda. La niña parpadeo múltiples veces y lo miró confundida hasta cesar sus lágrimas, sin embargo la humedad de sus mejillas seguían vigentes y Boruto se preguntaba porque estaba sola una niña tan pequeña en un lugar tan tenebroso como un bosque.

Nadie la hallaría pronto si continuaba estática en medio de la nada. Realmente fue un golpe de suerte que él pasará por ahí pues ni siquiera él mismo sabía a donde se dirigía, solo estaba seguro de algo, que estaba buscando a Mitsuki y Sarada por cada rincón y así continuaría hasta dar con sus paraderos.

La niña se sintió incómoda por su ardua mirada y para apartarlo lo empujó delicadamente tocándole el pecho. Boruto se apartó entendiendo el mensaje de la menor. No obstante siguió con su cara de duda y como nunca se quedaba con ella no tardó en quitársela.

— Oye. ¿Cómo llegaste aquí? — espero expectante su respuesta.

— Mis padres desaparecieron — se talló sus ojos irritados con su manga. Estaban rojizos

— ¿Y cómo fue eso?

— No lo sé — tembló su voz — Alguien se llevó a mi madre y mi padre fue a buscarla. Me dijo que lo esperara aquí pero no ha vuelto.

— Oh ¿y eso hace cuánto que se fue?

— No sé contar — hizo un puchero arrugando su frente — solo sé que mucho porque era de mañana y no había sol como ahora.

— Entonces tienes horas aquí — concluyó pensativo.

La niña asintió con timidez.

— Dices que alguien se llevó a tu madre — reanudó la plática.

— Así es — confirmó lo ya dicho — Unos tipos malos y grandotes se pusieron en nuestro camino y empezaron a gritar.

— ¿Eran tipos malos? — con una mano puesta en su barbilla siguió recopilando los hechos.

— Si — asintió esta vez con un movimiento de cabeza — Estoy segura pues traían cuchillos y estaban cubiertos.

— Maldición — resopló frustrado golpeando con su puño la propia palma de su mano — Y tu padre decidió dejarte.

— Dijo que era peligroso — argumentó — No pudo ir tras ellos inmediatamente porque tenían a mi madre atrapada. Por favor ayúdalos — suplicó agobiada mordiéndose el labio, tenía ganas de llorar otra ves.

— Quisiera hacerlo pero no puedo sino me das más pistas — se rascó la nuca avergonzado. Lamentaba no poder hacer más por ella, por la desamparada niña.

— ¡No me dejes sola! — exigió entrando en pánico.

— No voy a hacerlo — intentó tranquilizarla — Te llevaré a tu casa. ¿Se puede saber de qué aldea eres?

— Soy de la aldea oculta de la hierba.

— ¿¡Cómo!? — gritó espantado retrocediendo unos pasos — ¿una niña tan inocente como tú vive en esa aldea? Tan sola.

— Si ¿porqué? — respondió retadora con una mirada desafiante — ¿Tienes miedo? — mascullo con burla.

— ¿Miedo yo? — se alteró — ¡Ja! — sonrió orgulloso — Niña no sabes con quién hablas por lo que veo. Soy el ninja más poderoso que hayas conocido — se aduló el mismo con arrogancia.

— ¿Un niño como tú es tan fuerte? — arrugó el ceño pues no le creía.

— Claro. Nadie más se puede comparar con el gran Boruto Uzumaki de aldea oculta de la hoja.

— ¡De la aldea de la hoja! — repitió asombrada — Justo íbamos ahí porque mi padre es comerciante.

— Sino estoy mal — empezó a hacer cálculos mentales — no estás tan lejos de tu casa. De hecho me parece que tú aldea está a pocos kilómetros de aquí.

— Mi aldea es muy insegura — reconoció atemorizada bajando la mirada — no quiero volver.

— Tenemos que hacerlo, de lo contrario anochecerá en dos o tres horas y te quedaras sola aquí.

— ¡Pero mi padre dijo que lo esperara! — murmuró afligida con ganas de llorar otra vez.

— Y estoy seguro de que lo haremos. Cree en mi — sonrió ampliamente — Pero tenemos que movernos. ¿No tienes algún familiar con quien dejarte?

— Esta mi tío. El hermano de mi madre.

— ¡Perfecto! Entonces vámonos.

— De acuerdo — se dejó convencer un poco más animada.

El par de jóvenes y la niña se mantuvieron caminando por más de una hora hasta que llegaron a las puertas de la aldea de la hierba. El lugar era bastante diferente a Konoha. Su clima era hùmedo y sus estructuras se encontraban ocultas entre el bosque, así que tenía abundante vegetación, brotes de bambú y hongos enormes, pero lucía desolado y descuidado. No era para menos. Boruto sabía que en la aldea de la hierba vivían muchos criminales exiliados de otras aldeas que hoy en día se volvieron más civilizadas como la de la niebla, y la mayoría de la gente normal había decidido irse a zonas más pacíficas pues este territorio era el nuevo escondite favorito de ninjas renegados.

También decían que aquí existían al parecer todavía humanos alterados genéticamente para ser más poderosos que uno común. Idea del gran Orochimaru.

Aunque la aldea ya no era tan grotesca como antes todavía imperaba la violencia.

Había intentado el daimyō (el señor feudal del país) por lo que notaba reconstruirla tras la tercera guerra Shinobi ocurrida décadas antes de que él naciera, pues prácticamente había quedado casi hecha polvo y cenizas. Por eso se le hacía extraño que la niña que había encontrado habitará ese sitio y que encima tuviera familia viviendo ahí. Debería de darle las gracias a kami que aún continuará con vida estando rodeada de criminales.

Boruto se atrevió a cruzar la frontera y aunque esperaba que estuviera un hombre vigilando y cuidando la entrada no había en realidad nadie. Eso indicaba que no había ley o reglas en la aldea que rigiera sobre los habitantes. Aquí cada quien podía hacer lo que se le viniera en gana permitiendo abusos de los ciudadanos contra otros ciudadanos.

Se adentraron al lugar cautelosos, bueno de hecho Boruto era el más desconfiado porque la niña andaba con comodidad.

Pasaron por algunas tiendas. Los pocos habitantes que se cruzaban en el camino se veían humildes por no decir que pobres. Se les quedaban viendo minuciosamente sobre todo a Boruto pues sabían que se trataba de un extranjero aunque aún desconocían de que aldea era procedente. Boruto podía sentir la hostilidad de las personas, claramente no era bienvenido. Pero también habían individuos que lo veían extrañados quién sabe porqué motivo.

El calvario de Boruto terminó a los pocos minutos al llegar por fin a una casa construída de madera, poco lujosa. No había duda la pobreza en ese lugar era un virus, un problema en general.

Entraron a lo que mejor sea dicho, era una choza. La niña un poco más animada hizo a un lado las cortinas que cubrían la entrada al hogar ya que no había puerta.

Ambos encontraron a un hombre sentado en el suelo delante de una mesa, era posiblemente un campesino, dedujo el rubio por su vestimenta. Era un hombre moreno, bronceado por las quemaduras por estar expuesto tanto tiempo en el sol, su complexión era alta y robusta, físicamente era muy fuerte pero tenía una mirada noble nada que ver con su rostro bien marcado y su cuerpo grande que hasta miedo imponía. El hombre bebía en una taza de barro un té y cuando escuchó que las cortinas de su hogar eran barridas, volteó en automático a ver al invasor. Grata fue la visita pues una gran sonrisa apareció de extremo a extremo en su boca. La niña hizo lo mismo y fue hacia con él invadida por la felicidad de encontrarlo finalmente. Se abrazaron con mucho sentimiento para placer de Boruto pues no cabía duda de que la niña la había pasado muy mal pérdida y en ausencia de sus padres.

El hombre de cabello castaño de unos 40 años la separó de su pecho con cuidado y siguió sonriéndole. Realmente estaba muy feliz de verla nuevamente luego de tanto tiempo.

— ¿Y tus padres querida? — fue lo primero que le llamó la atención. La ausencia de su familia.

— Mis padres — balbuceo confundida. No se le había ocurrido que tendría que explicarle todo lo sucedido tan rápido. Boruto notó la incomodidad en la niña así que el habló con él directamente sobre la situación.

— Encontré a la niña perdida en un bosque.

— ¿Perdida en un bosque? — se desencajó — Pero como puede ser — exclamó asombrado.

— Sí tío. Mis padres no estaban conmigo.

— ¿Y dónde están esos desobligados? — se molestó.

— Eso es lo que queremos saber — informó Boruto

— ¿¡Como dices!? ¿De verdad no estaban con ella?

— Aparentemente alguien los raptó. Al menos eso es lo que dice la niña.

El campesino se levantó como un rayo del suelo. Arrugando el ceño cuestionó.

— ¿Y tú quién eres? — habló con brusquedad confrontando al adolescente — ¿ De dónde vienes?. Tus ropas son muy pudientes para mí gusto.

— Eso es porque él viene de la aldea de la hoja — dijo la niña con admiración sosteniéndose con las manos del pantalón de su tío, exigiendo su completa atención.

— De la aldea de la hoja — susurró con antipatía. Pero Boruto no reconoció esa reacción pues no alcanzó a escuchar al hombre.

— Fue una coincidencia tío. Porque mis padres se dirigían hacia allá a vender sus cosas.

— ¿Y cómo fue que los secuestraron? — apretó su puño con impotencia.

— Eso yo se lo explicaré — ofreció Boruto a duras penas ya que no quería que la niña rememorará inescesariamente ese episodio tan amargo

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— Hemos llegado por fin, Sarada — avisó el albino a la pelinegra deteniéndose afuera de las puertas de la aldea del arroz. La chica se colocó a su lado.

— ¿Y ahora que vamos a hacer? — se inquietó porque ya casi estaban prácticamente a unos pocos metros de la villa y debían planea antes como actuarían para no levantar sospechas. Había muchísima gente cerca de la entrada de la aldea además de los vigilantes que se encargaban de regular el acceso de extranjeros — ¿Entraremos solo de paso o nos quedaremos? — intrigada volteó hacia él y subió la ceja esperando una respuesta eficaz. Porque lo que ella pretendía no le convencía ni a ella misma, debían estar de acuerdo en todo de ahora en adelante.

— ¿Tú crees que sea conveniente quedarnos aquí? — preguntó con actitud hereje moviéndose hasta quedar detrás de un árbol y desde ahí observó a los aldeanos paseando en armonía por la villa en familia o con amistades. Había un festival, lo supo rápido por los juegos mecánicos y puestos de comida que engalanaban las calles.

— Yo creo que no — opinó poco satisfecha con su respuesta sin embargo esta le salio fluida. Si Mitsuki le decía lo contrario y decidía quedarse, ella lo seguiría.

— Lo mismo pienso — pero Mitsuki le dió la razón cediendole a ella la obligación de decidir sobre su destino.

— Si pero estoy tan cansada — bostezó adormilada la muchacha — No creó poder seguir — confesó relajando el cuerpo. No tenía energías para nada más que no fuera para acostarse en un rico futón por varias horas.

— Si andamos durante toda la madrugada es seguro que para mañana a medio día lleguemos a Konoha — pensó que era su deber avisarle a Sarada del beneficio que tendrían si apuraban el paso. Pero para acceder al beneficio ella tendría que sacrificar su tan anhelado descanso.

— ¿Y si continuamos hasta mañana temprano? — propuso esperanzada que hasta los ojos le brillaron.

— Entonces llegaremos poco antes del anochecer — resumió a secas.

—Eso es algo bueno Mitsuki — le brillaron nuevamente los ojos emocionada. Entonces si se podrían a detener a descansar sin ningún problema — Los aldeanos comienzan a estar inactivos cuando llega la noche. No queremos que te vean llegar conmigo lo cual resulta más probable si llegamos en el día — busco persuadirlo y por fin la última oración captó de inmediato el interés de Mitsuki.

— De hecho yo estaba pensando en dejarte antes de entrar a los dominios de la aldea.

— Es decir... que me dejaras afuera — concluyó inconforme y cabizbaja. Inclinó su cabeza haciendo que un mechon negro de su cabello le tapara el rostro. Inconscientemente serviría como capa para esconder la expresión entristecida que sin querer estaba ahí.

— Si — reafirmó desanimando más a la abatida chica — recordemos que hay gente vigilando la entrada. Y tambien a veces hay ninjas partiendo a sus misiones a esas horas. No quiero que nos crucemos con ellos. si me llegan a ver contigo van a considerarte mi cómplice una vez que todo el mundo sepa que me me he renegado.

— Eso es verdad — suspiró cada vez más abatida. Los problemas ahora se hacían más grandes. Ya veía las verdaderas consecuencias de los malos actos de ambos.

— Tu madre y tu padre podrían decepcionarse si se enteran de esto — Mitsuki sabía lo importante que era para Sarada ser una excelente hija. Ganarse el reconocimiento y admiración de sus padres era una predilección para que se sintieran orgullosos de ella — No quieres que te consideren una traidora también. Además quieres ser Hokage y para ti es muy importante no manchar tu reputación para ser un perfecto ejemplo a seguir de la gente. No quiero ser tampoco el culpable de hacerte mala fama

— Pero aún así...— abrumada pensaba debatir. Algo dentro de ella quería seguir ayudando a Mitsuki hasta las últimas consecuencias aunque eso a ella la metiera en más y más problemas.

— Está decidido — reiteró severo viéndola fijamente — Te dejaré cerca más no dentro de los límites de Konoha.

— Mitsuki...— su voz se le escapó temblorosa. Levantó nuevamente la cabeza, barriendo con ella cualquier rastro de la anterior melancolía — ¿Qué voy a decir cuando me vean sin Boruto ni Konohamaru sensei? — se estremeció por el solo hecho de pensarlo.

— Eso tienes que resolverlo tú — tan rápido se deslindó de esa obligación.

— Oye que poco amable — replicó ofendida inclinando las cejas muy al estilo de Sasuke.

— No es eso — la haría comprender su posición, pues él no estaba mejor que ella — Es que ya tengo suficiente con mis propios problemas. No puedo con los tuyos. Además eres muy astuta — reconoció con una sonrisa — Tú sabrás cómo convencerlos de como regresaste. Espero que Konohamaru sensei y Boruto ya hallan llegado a la aldea — se tocó la barbilla pensativo — Lo más impertinente es que se hubieran quedado afuera a investigar tu desaparición porque entonces van a descubrir nuestro secreto y con ello lo que realmente pasó.

— Si. Y tampoco quiero que te culpen y te condenen — apoyó con desasosiego.

— Aún así lo harán cuando sepan que ya no pertenezco a Konoha — pronunció desanimado.

— Sabes Mitsuki — pausó para reflexionar un poco. Esto que iba a decir estaba siendo empujado para salir por su boca por una fuerza invisible, tanto que incluso parecía urgente comunicarselo — El hecho de que ya no seas parte de la aldea no significa que dejemos de ser amigos. Siempre lo seremos. Y mientras no haya nada que nos haga confrontarnos no nos haremos daño. Tienes mi palabra de que seguiremos teniendo unidos nuestros lazos de amistad.

El corazón de Mitsuki se regocijó tras el paso de esas profundas palabras. Una sensación cálida se regó por su pecho como agua cuando sus ojos se conectaron con los oscuros y penetrantes de Sarada Uchiha. En ese momento ni siquiera a sus oídos llegaron el ruido de los pájaros revolotear por los árboles, estaba cautivado. No podía apartar su entera atención de cada una de sus facciones las cuales recorría con una inocente mirada.

Cómo por arte de magia sentía que podía confiar en Sarada ahora más que nunca, pues la expresión de la cara de la muchacha transmitía algo especial e indescriptible que lo instaba con fuerza a creer ciegamente en ella y en cada letra que profiriera. Estaba completamente seguro de que podía depositar su plena confianza en ella y la mujer no le daría la espalda.

La mirada necia de Mitsuki sobre ella puso nerviosa a la chica, quien seguia pese a esto correspondiendo a su escudriño de la misma forma. Sintió la humedad en sus manos y también se mordió su labio inferior para frenar el temblor en esas protuberancias carnosas de su boca, sus mejillas se colorearon de color rosado llegando a creer que tenía fiebre por lo caliente que se estaban tornando. Consciente de lo inapropiado de todas estas reacciones para devolver su compostura desvío la cabeza para esquivar su escudriño. No podía pasar por alto que estaba asustada, pero de una manera extraña. Era demasiado curiosa como para no darse cuenta que algo en su cerebro y en su cuerpo no estaba funcionando con normalidad.

Para rematarla su respiración se tornó irregular pese a rehuir verlo a la cara, sus sensaciones estaban siendo exhibidas al mismo tiempo y frente al posible causante que no dejaba desgraciadamente de observarla con empeño. ¡Qué poca sensatez! ¡Y que inoportuno! Pudiera ser que Mitsuki al ser un humano anormal no se diera cuenta de su alteración, pero su corazón femenino se escuchaba hacia el exterior, tendría que ser sordo para no percibirlo, abrió los ojos exageradamente porque todo era muy rispido. Su personalidad no era compatible con los cambios que recién se estaban presentando.

Mitsuki no entendió nada. ¿ Porque Sarada estaba tan inquieta y avergonzada? No comprendía. No entendía pero no entendió nada sobre él mismo. Continuaría averiguando por su cuenta porque todo en él se estaba volviendo intranquilo cuando Sarada le hablaba con cordialidad. Tal vez precisamente la cordialidad al no ser acompañante frecuente de Sarada Uchiha fuera la que le provocara desconcierto. Quería descubrir que significaba el hecho de que la viera con ahínco en momentos cuando no peleaban.

Ella no se daba cuenta cuando últimamente la admiraba aprovechando que ella no lo notaba. En ese instante siempre su respiración se entrecortaba y no podía dejar de fijar sus ojos hasta que era obligado a hacerlo cuando ella estaba a punto de descubrirlo observándola con ahínco.

Suspiró perdido encogiendo los hombros. Mientras no encontrara la respuesta se mantendría igual por el mismo camino. Posiblemente en una de esas aclaraba sus dudas.

Sarada todo lo contrario. Empezaba a sospechar con pavor que es lo que ocurría, por algo le decían astuta. Antes de que se le saliera de las manos se retiraría de su lado precavida tomando su distancia con la ilusión de que volviera a la normalidad su trato.

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— Vaya — suspiró decaído el hombre estirándose un mechón del cabello con suavidad. Su frustración llegaba a límites inesperados pero intentaba controlarse. Eso era lo que Boruto descifró cuando lo veía en medio de la desesperación, ahí sentado en el suelo detrás de la mesa junto a él — sabía que algún día esto podría ocurrir — confesó cerrando los ojos — Mi hermana salía muy seguido de aquí con su esposo para irse a vender sus cosas a otras aldeas. La gente que aquí vive sabe que tanto afuera como adentro hay muchos peligros sobre todo porque aquí no rige ninguna ley.

— Si eso lo sé — reveló Boruto con la misma angustia — la gente está muy vulnerable, habló por todos aquellos que son simples aldeanos que buscan sobrevivir con lo poco que tienen, no ninjas ni criminales — aclaró — Creo que se necesita a un líder que pueda controlar el lugar — comentó preocupado observando fijamente el suelo.

— ¿A quién te refieres? — levantó la cabeza lanzándole una mirada arisca — ¿a un kage? — cuestionó incrédulo apretando con fuerza la quijada — esos tipos solo se dedican a vivir de nuestros impuestos. Nunca ven por las necesidades de la gente — develó con asco, como si por el solo hecho de mencionar a los kages se le trabajan las palabras.

— Eso es mentira — contradijo molestándote un poco — es verdad que existieron kages así. Pero conozco a varios que de verdad se preocupan por su gente.

— ¿Cómo quién? — cuestionó con burla sonriendo arrogante de medio lado. Más Boruto acostumbrado a este tipo de conductas no se dejó intimidar por su insolencia.

— Cómo el quinto raikage — comenzó a recopilar — el quinto kazekage e incluso el sexto mizukage a quien le tocó restablecer, rehabilitar y tranquilizar la furia de todos aquellos de la aldea de la niebla tan peligrosa como está.

— ¿El mizukage? — musitó con una fingida incredulidad desorbitando los ojos al punto de que se le veían las pequeñas venas oculares tensas. Pero luego una sonora y fastidiosa carcajada se desató en medio de la plática. La niña que dormía lejos de ahí en una habitación sacudió su cuerpo alterada pero no se despertó.

El hombre dejó de carcajearse tan descaradamente. Golpeó el tarro de su bebida contra la humilde mesa. Boruto comenzaba a irritarse. Sus eventuales burlas tenían un límite para él y estaba a punto de sobrepasar dicho límite.

— ¡Niño! — mencionó todavía engreído apoyando sus manos sobre sus poderosas rodillas — todo es cuestión de dinero y poder— aseguró furico — ¡Nadie es kage de corazón!

— Mi padre si lo es — musitó enardecido pero muy apenas se distinguió el murmullo.

Sin embargo algo logró captar su adversario de debate. No tardó nada en exigir que repitiera la nueva información.

— ¿Cómo dices? — dijo meticuloso acercando peligrosamente su cara a la del chico para intimidarlo. Pronto el adolescente se sintió acosado por su exahustiva mirada.

— Que debería de haber orden aquí — se hizo el tonto y cambio de tema fingiendo que llamaba su atención los objetos viejos que había en el lugar...Boruto no queria exponer su vida personal y la de su padre, esto era secreto. Al menos para desconocidos que le caían mal.

La costumbre de ocultar su identidad fue adoptada desde el pasado. En un principio era porque odiaba ser respetado solo por el simple hecho de ser el hijo del hokage, el hombre más famoso, poderoso e idolatrado del mundo. El héroe más reconocido y querido.

Ser su hijo fue una verdadera agonía, tener que cargar con su apellido y encima también el de su madre le supuso problemas, tensión, agobio y frustración por no poder ser alguien de acuerdo a la altura de sus padres. Además odiaba que su padre prefiriera ser figura pública, lucirse con desconocidos y trabajar todo el tiempo para los aldeanos en lugar de darle su lugar a su familia como una familia normal y feliz. Eso hizo que él creciera con un resentimiento progresivo hacia él y hacia todos los que lo miraban con respeto solo por ser "el hijo de hokage" y no de cualquier Hokage sino de Naruto Uzumaki el héroe de la villa.

No fue sino hasta que vio la vida de su padre en riesgo y sacrificándose por él y por todos en medio de un ataque en el examen chunin que se dió cuenta de lo valiente y noble que era. Su padre no era un hombre superficial como supuso, ni un cobarde narcisista. Fue a rescatarlo junto con el padre de Sarada o sea su maestro también y luego hicieron las pases para siempre. Así que hoy en día amaba restregarle en la cara a cualquiera que era hijo del hokage con mucho orgullo.

Sin embargo en esta ocasión existía algo diferente podía jurarlo. Tenía un mal presentimiento.

Como no iba a tenerlo si se encontraba dentro de territorio casi enemigo. Pues Konohagure aún no tenía un pacto de diplomacia con la aldea de la hierba.

— Hm — gruñó con desdén el tipo, tío de la pequeña niña que Boruto encontró accidentalmente en medio de un bosque. El individuo no quedó satisfecho con la respuesta de Boruto. Algo serio le ocultaba el muchacho, concluyó con acidez.

— Entonces señor — volvió a tomar con timidez la palabra — ¿no sería apropiado ir a buscar a los padres de la pequeña?

— Es exactamente lo que voy a hacer — aseveró y luego carraspeó colocando su puño para taparse la boca — Necesito de tu ayuda.

— ¡Cuente conmigo! — exclamó entusiasta levantando la mano hacia arriba.

— Muy bien — contestó con voz más grave arrugando más la frente — Encargaré a la chiquilla a una vecina — levantó lentamente su fornido cuerpo del suelo. Se disponía a marchar ya — Yo iré por unos amigos para que nos ayuden a buscar. No tardaré — avisó echándole una última mirada despectiva a Boruto.

Una vez que el tipo cruzó la puerta Boruto suspiró tensión acumulada desde hace días terminó agotándolo emocionante. Se dejó caer en el piso, sus brazos quedaron extendidos a sus lados.

— Que maldita mala suerte la mía — chasqueó la lengua de mal humor — encima de que me desvío de camino me toca lidiar con un viejo gruñón — miró hacia el techo pensativo — se suponía que yo solo tendría que estar buscando a mis amigos — susurró frustrado más no enojado. Reconocía que el problema con los padres de la niña era también algo prioritario sin embargo le llegó en mal momento. Pero él era como su padre en el aspecto de que jamás dejaba a nadie desamparado voluntariamente. Por lo tanto si veía a alguien que necesitaba ayuda el sería el primero en brindarsela porque era noble, bueno al menos sus amigos no paraban de sacarselo en cara para fastidiarlo pues él odiaba ese parecido.

Y justo ahora estaba en un conflicto interno. La seguridad de que estaba haciendo lo correcto ayudando a la pequeña era indiscutible, pero inoportuno ja que estaba retardando lo que pretendía hacer que era encontrar a Mitsuki y Sarada.

— Sarada Uchiha...— entrecerró los ojos angustiado. Por ella había iniciado su plan de búsqueda. Principalmente por ella había actuado más impetuoso de lo normal. Luego también por Mitsuki se había revelado contra Konohamaru.

Si ambos estaban juntos; entonces en él albergaba la esperanza de encontrarlos con vida.

Sarada era poderosa, violenta e inteligente. Mitsuki era poderoso, impetuoso como él pero era un cabeza fría. Definitivamente Sarada y Mitsuki eran incompatibles. Ella pensaba con la cabeza, y él con el puño...no se le iba ablandar el corazón a la hora de pelear. Bastaba con recordar cuando iba a matar a sangre fría a Sumire. Así que por ese lado se sentía tranquilo. Los dos harían hasta lo imposible por sobrevivir.

Solo que no se desesperaran, porque muy seguramente sabían que no se iba a quedar de brazos cruzados. No los iba a abandonar. Andaba detrás de sus pasos y los alcanzaría.

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— Esto es todo lo que tengo — espetó detrás del mostrador colocando con poco cuidado unas piezas metálicas sobre el mueble de color verde.

El empleado del lugar lo observó con aburrimiento. Luego siguió haciéndolo detenidamente con los objetos plateados. Sarada también lo miró sin moverse pero con la misma expresión aburrida dirigida hacia el muchacho colocado a su lado. Mitsuki no podía haber estado peor preparado para pedir asilo en un motel.

— Esto es chatarra.

— De hecho es plata — divulgó seco, duro con el trato como siempre. El hombre volvió a mirar inconforme las piezas y luego nuevamente a Mitsuki.

— Solo alcanzas para un cuarto.

Sarada se sonrojó furiosamente hasta los pies entendiendo otro de los problemas.

— No hay ningún problema — contestó áspero. El hombre suspiró en cambio.

— Bien. Tomaré esto como garantía — agarró los objetos arrastandolos del parador hacia su mano — se dió la vuelta

Descolgó de un tablero una de las llaves. Se volvió hacia ellos y se las dió — es la número 11.

Mitsuki asintió y no le quitó la mirada fija al hombre cincuentón de bigote y cabello castaño perfectamente peinado con un partido en medio. El hombre de chaleco negro y corbata roja no gustaba de miradas tan fijas y raras así que le lanzó a Sarada una mirada discreta de súplica. El peli blanco comenzaba a provocarle un escalofrío en la espalda. Sarada jalo con fuerza el brazo de Mitsuki y lo arrastró hacia la izquierda donde había un pasillo con escaleras. Estaban en un motel modesto de dos plantas, de estructura de madera.

Por fin habían cruzado los límites de la aldea. Nadie los había reconocido como ninjas de Konoha.

Anduvieron por la escalera iluminada por candelabros. Mitsuki vislumbró una ventana en medio del recorrido de las escaleras y avisó.

— Por aquí me iré yo — se descolgó del brazo de Sarada. La ventana estaba abierta y por ahí saco una pierna. Se iba a salir.

— A dónde diablos vas? — espetó arisca achicando los ojos. Desde su sitio examinó cada uno de los movimientos mecánicos del muchacho. Ahora que estúpida ocurrencia haría, se preguntó molesta la pelinegra.

— Saldré a echar un vistazo a la aldea.

— No venimos a echar vistazos. Ni es necesario, solo estaremos medio día aquí.

— ¿Acaso quieres que compartamos la misma cama? — cuestionó con indiferencia, sobrio.

— ¿¡Eh!?...— sonrojada hasta la médula su cuerpo se exaltó con brusquedad, todo en ella se alteró hasta cohibida movió un pie retrocediendo un escalón y sus ojos se dilataron. El comentario la tomó desprevenida; con la guardia baja.

— Veo que no — determinó con lógica y sin problema alguno — Shikadai dice que las mujeres te contagian de una enfermedad rara que hace que los hombres se comporten como estúpidos. Mejor evitarlo.

Sarada se mantuvo sorprendentemente muda. Ni pío salió de su boca. No bramó. No era por lo que había dicho Shikadai sino por lo acontecido antes lo que la desarmó. Indefensa omitió el curso que estaban tomando las cosas así que vasiló en si hablar o no.

Mitsuki fue más rápido. Sacó el otro pie por la ventana y saltó.

Desapareció en un segundo de su vista y como reemplazo la mujer solo se quedó con el espectáculo de las estrellas colgadas en el cielo rojizo.

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— La noche nos va a alcanzar — musitó preocupado el hombre, tío de la niña que encontró accidentalmente Boruto.

— Entonces solo buscaremos a tu hermana y a tu cuñado por una hora — determinó su compañero. Un sujeto de más baja estatura, muy flacucho, nariz aguileña y calvo de adelante pero con una coleta pequeña de cabello recogido — mientras esté iluminado el cielo — volteó a ver el manto azul, aquel por donde ya se asomaban las estrellas madrugadoras.

Los dos hombres reunidos en la calle aparte de ellos dos asintieron en acuerdo.

De manera abrupta una escena captó la atención de ese mismo aldeano.

— Oye...— llamó a su amigo sacudiendolo por el hombro — ¿Con quién pelea tu sobrina? — apuntó con el dedo.

— ¿Cómo que con quién? — poco interesado giró la cabeza hacia atrás mirando la escena de Boruto discutiendo con la niña, la cual intentaba según él controlar porque estaba de necia queriendo agarrar un gato callejero.

— Es el muchacho que encontró a Hidari en el bosque.

— Me parece conocido — se tomó la boca, pensativo.

— Debes estar confundiendolo. El niño ni siquiera es de aquí.

— Ah sí... — calló por un largo minuto. Empezó a reflexionar en lo hondo hasta que salió del trance — eso lo explica — murmuró incrédulo.

— Perdón no te escuché — dijo el tío de Hidari prendiendo un tabaco.

— Es Boruto Uzumaki.

— ¿Boruto? — masculló confundido.

— Uzumaki Boruto — repitió por si no le había quedado claro.

— Del clan Uzumaki — razonó impavido — ya casi no quedan como esos. Eh escuchado que tienen un poder extraño. De hecho hace más de 15 años aquí hubo una niña pelirroja que luego supe que se había aliado con el famoso Orochimaru.

— No seas idiota Susano — reprendió al hombre de mayor altura — Uzumaki Boruto. El hijo del hokage — enfatizó para que comprendiera.

— ¡El hijo del hokage! — escupió la pipa incrédulo. La pipa fue a dar al césped de un terreno — ¿¡estás seguro de que es él!?

— Por supuesto amigo. Eh ido a Konoha decenas de veces. Lo conozco porque una ves escuché en el mercado una conversación entre él y un ninja. Lo reprendía porque le ocasionaba continuos problemas a su padre. Hace años que no lo veía pero su cabello, sus ojos y sobre todo el bigote de zorro que tiene no pasan desapercibidos por mi.

— Esto es insólito — se trababa con las palabras — ¿y que haremos?

— No te das cuenta verdad grandulon — sonrió siniestramente pegándole levemente en la espalda — hemos estado esperando por años una oportunidad de oro cómo está para salir de nuestra maldita pobreza. Si lo secuestramos exigiremos un rescate sin igual. Se trata del hijo del nanadaime.

— Oh — abrió los ojos exageradamente

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— Grr — refunfuño Sarada al mismo tiempo que se tapó con fuerza la cabeza con ayuda de una almohada, como si quisiera asfixiarse — joder Mitsuki — nombró con rabia.

Ya pasaba muy seguramente la media noche, aunque en realidad no sabía exactamente qué hora era. Lo primero que había hecho al entrar al dormitorio fue darse un baño para relajarse. Se sintió de maravilla como en el paraíso luego de mínimo tres días de no tomar ninguna ducha pues no tuvo la oportunidad menos teniendo al molesto de Mitsuki rodando por ahí como perro sin darle mucha privacidad. ¿¡Cómo diablos se iba a meter a un río con el miedo latente de que nuevamente la viera medio desnuda? Descartó en su totalidad la idea.

Lo siguiente en su plan fue acostarse en la cama del cuarto y tratar de dormir porque también ya habían pasado días que no probaba la suavidad de un colchón. Le había tocado dormir en una cama de piedra en el calabozo del escondite de Orochimaru, luego en el suelo de la casa de la anciana loca que casi quería casarla con Mitsuki y finalmente durmió a la interperie en una casa de campaña mal construída. Esto último fue la peor experiencia de su vida, un chorro de lodo y agua por aquí y desgraciadamente Mitsuki por el otro lado.

¡Que pesadilla! ¡Que horror!

Pero también que ironía pues solo había podido dormir cuatro horas hasta que se despertó y se llevó la sorpresa de no encontrar a Mitsuki ni adentro ni afuera de la habitación. Estaba espantosamente preocupada. Qué tal si lo habían descubierto, qué tal si le había sucedido algo malo. Y ella sin poder despejar sus dudas por lo que casi se comía las uñas de la angustia. Esta sería la tercera ocasión que se paraba de su cama para asomarse por la ventana con la esperanza de verlo afuera, siempre tenía la costumbre de no dormir como los humanos normales. Cuando acampaban en una misión era el único que no respingaba cuando le tocaba hacer guardia mientras todos descansaban. Le gustaba estar sentado sobre un árbol o un edificio en el interperie disfrutando la soledad y el silencio. Y precisamente por eso ella se levantaba cada quince minutos para asomarse por la ventana a ver si lo encontraba.

Se destapó de golpe arrojando la sábana blanca a un lado. Se irguió rápido por su molestia y se acercó poco sigilosa a la ventana de la habitación. De nuevo abrió las puertas de la ventana y cuando iba a sacar la cabeza en un segundo alguien asomó repentinamente la suya.

— ¡Ahhh! — un grito sonoro escapó por todo el lugar.

El corazón de Sarada aumentó su frecuencia y amenazaba con atravesar su pecho en cualquier momento. ¡Jamás nadie la había asustado así!

Y Mitsuki perplejo permanecía todavía al revés, colgado de la teja del techo y con la cabeza en dirección hacia abajo. Los ojos muy abiertos de Sarada pronto cambiaron de tono, se volvieron rojizos y en un santiamén un rotundo golpe fue el siguiente ruido en escucharse.

Ahí frente a él yacía Sarada apretando los puños furiosa con una mirada filosa dedicada solo a su persona. Mitsuki más desconcertado permanecía con una mancha rojiza en forma de mano sobre su mejilla. Le ardía horrores.

— ¡Tienes suerte de que no te mate! — espetó rabiosa con su Sharingan activido.

— ¿Que fue lo que pasó? — pestañeo desasegado.

— Casi me hago del baño por tu culpa.

— Entonces cada vez que quieres ir al baño te palpita así el corazón.

— ¿¡De que demonios hablas!? — exigió una explicación su humor no estaba para aguantar jueguitos tontos.

— Así eh escuchado que te suena otras veces. Los humanos son extraños.

— concluyó sin afán de ser apático — Y yo que pensé que estabas enferma.

— Shikamaru y sus opiniones distan mucho de la realidad. ¡Todos los hombres son unos estúpidos! — y nunca cambiaría de opinión porque esas mismas palabras alguna vez de niña se las mencionó a Sakura su madre. Eso de que las mujeres contagiaban una enfermedad a los chicos era tonto, solo un ingenuo como Mitsuki se lo tomaría en serio.

Mitsuki tenía Miles de dudas revoloteando por su cabeza y hablando precisamente de ella la sangre comenzaba a acumularse en su cráneo por la posición de su cuerpo que colgaba del techo. Se bajó en seguida quedando en cuchillas en la ventana muy cerca del rostro de Sarada.

— Que suerte saberlo — musitó aliviado clavando su mirada dorada en la de ella, a él se le erizó la piel con la íntima conexión — porque crei que podía enfermarme si hacía esto — susurró acompañado de un tono de voz grave y profundo tomándola del brazo con su mano para empujar ligeramente hacia él mientras que la otra se posó sobre su mejilla acunandola desde la boca hasta detrás de los largos cabellos azabaches que cubrian su nuca. Sarada previendo el peligro y advertida por el golpeteo incesante de su corazón se vio impulsada a echarse hacia atrás pero la firmeza del agarre de Mitsuki se lo impidió obligándola a permanecer turbada cerca de él. El estirón de su brazo por la mano de Mitsuki terminó con cualquier distancia entre los dos propiciando la fusión de sus labios que acariciaban inexpertos los suyos.

¢σηтιηυαяá...

...***

Hola asiduos lectores, quiero comunicarles que probablemente suba otro capítulo el sábado. En una semana eh subido ya dos luego de una larga espera, me disculpan por tardarme en hacerlo pero así es esto, a veces te llega la inspiración y al otro instante la mente se queda en blanco. Sin embargo les comento que los siguientes capítulos serán más emocionantes. Cada vez se va afianzando más la relación de Mitsuki y Sarada porque este es el segundo beso que se dan y curiosamente siempre toma la iniciativa Mitsuki ^=^ la primera vez el beso fue por coraje y el segundo por placer jaja