AN: Me sorprende haber actualizado tan pronto. He aquí el último texto. Debo confesar que este capítulo se me hizo muy fácil de escribir, mis dedos simplemente teclearon sin que yo me de cuenta. Espero que cumpla las expectativas, estoy un poco nerviosa por eso jeje. Advierto que aquí habrá un poco más de introspección y menos diálogo, pero es necesario para entender algunas cosas.
Sólo queda un epílogo que contará con un salto temporal (? y que espero poder publicar antes del 24 (día de mi cumpleaños) como me lo propuse.
Desclaimer: Sherlock es el hijo negado de ACD y Molly es bebé de Mofftiss, lamentablemente no me pertenecen.
22 de Noviembre
Eran exactamente las seis de la mañana. La neblina de la madrugada empezaba a disiparse y los primeros rayos de sol se filtraban por la ventana junto con el ruido de los pobladores de Xitang que se alistaban para iniciar su rutina. 'Ruido' era una forma de decir, al ser un pueblo rodeado completamente por agua, carecía del sonido de bocinas o tráfico. Todo era tan tranquilo, tan pacífico, tan... aburrido.
La red criminal de Moriarty había sido completamente desmantelada cinco semanas atrás y Sherlock tenía carta libre para volver a Inglaterra — a la comodidad de Baker Street y a la familiaridad de Barts, pero antes habían un par de favores que requerían ser devueltos.
Este era su séptimo —y con suerte último— día en China. Mycroft lo había enviado con la finalidad de interceptar a un traficante de drogas que planeaba hacer cruzar un cargamento desde Nepal a través del Himalaya, para luego distribuirlo en Londres. Había sido un caso bastante sencillo, y habría sido resuelto en menos de tres días si su hermano le hubiera proporcionado los datos correctos.
Cuatro días fueron perdidos tratando de dar con el hombre correcto en el Monasterio de Rongbuk. Grande fue la sorpresa cuando dicho traficante terminó siendo una rubia y esbelta mujer. ¡Una mujer! ¡En un monasterio! Había sido muy ciego como para no verlo antes.
Ahora sólo quedaba esperar las órdenes de Mycroft para tomar el avión que lo llevaría a su siguiente destino: India.
Resolver estos casos para su hermano resultó ser más interesantes de lo que había previsto, cada uno era distinto al anterior, además era una buena oportunidad para conocer la forma en la que operaban los criminales fuera de Inglaterra — un escape de su zona de confort.
Lo único que detestaba de todo esto era el 'tiempo muerto', esos lapsos entre caso y caso en los que debía esperar. Siendo todas ciudades desconocidas para él, no había mucho que pudiera hacer aparte dar vueltas de un lado a otro en su habitación.
Era en esos momentos en los que extrañaba Londres.
Cuando no habían criminales que atrapar podía entretenerse con algún nuevo experimento usando las partes de cuerpos que Molly le proporcionaba y si sentía que necesitaba un aire diferente entonces iba a los laboratorios de Barts para continuar con sus investigaciones; una pequeña conversación por aquí y por allá con la patóloga y el resto serían horas de investigación ininterrumpidas.
Knock knock
Sherlock, que había estado dándole la espalda a la puerta, volteó al oír el crujido de ésta abrirse. Con algo de torpeza ingresó una pequeña mujer de aproximadamente sesenta años cargando una fuente con el desayuno.
-Zǎoshang hǎo -saludó él.
La mujer dejó la fuente con un pequeño golpe en la mesa de noche y se dio la vuelta para salir.
-Xièxiè -agradeció.
-Shì de, shì de -respondió la mujer moviendo una mano, restándole importancia y apresurandose en cerrar la puerta.
Sherlock caminó hasta donde la anciana había dejado el desayuno y lo miró con suspicacia. En estos casi tres días de hospedaje en aquel lugar, la mujer había probado no tener las mejores habilidades en la cocina.
No podía quejarse, era mejor que nada y él lo sabía.
Durante los veintiún meses que había estado viajando alrededor de Europa, poniendo en riesgo su vida, él había experimentado en carne propia lo que era pasar hambre, frío y dolor.
Un claro ejemplo había sido el día de su cumpleaños, diez meses atrás.
Aquel seis de enero había sido su segundo día consecutivo sin haber comido nada. En otras condiciones eso habría sido algo normal, él estaba acostumbrado a no comer cada vez que tenía trabajo que hacer para así no retrasarse, pero después de meses de esfuerzo físico y mal sueño, comer era la que más necesitaba para recuperar energías.
A veces trataba de olvidar ese día. Trataba de olvidar haber dormido en el piso de un departamento abandonado, trataba de olvidar el punzante dolor de la herida que tenía la frente, trataba de olvidar lo solitario que se había sentido y cómo su hermano no había mostrado mucho interés en brindarle un lugar para pasar la noche. No culpaba a Mycroft, pero cuando quería era capaz de hacer aparecer un elefante en medio de la Antártida; conseguirle una habitación no habría requerido mucho esfuerzo.
En muchas ocasiones (sobre todo cuando la pasaba verdaderamente mal) había tenido momentos de debilidad. Un par de veces llegó a considerar la posibilidad de tirar la toalla y dejar que Moriarty ganara. Su cumpleaños había sido uno de esos días, hasta que cierto mensaje llegó a su teléfono.
Sherlock había subestimado el buen corazón (como la gente lo llamaba) que Molly Hooper poseía. Al principio creyó que las atenciones que recibía de parte de ella eran únicamente porque sentía algún tipo de gusto pasajero por él, pero con el tiempo —tal vez muy tarde—, se dio cuenta de que ella era así. Esa era su naturaleza. Siempre se preocupaba por los demás, siempre trataba de ayudar. No era sólo con él (como había creído de manera egocéntrica en un principio), era con todos.
Durante sus breves intercambios a lo largo de su partida, Sherlock se dio cuenta de que había descubierto un lado de Molly que no conocía. Algo que ni la mejor de sus deducciones le hubiera permitido percibir. Aquel que tal vez hubiera conocido antes si no la hubiera visto como una simple proveedora de cadáveres o permisos de laboratorio. Molly en los textos se notaba más segura de sí misma, más bromista, más desinhibida. Como por ejemplo en aquella ocasión cuando le había hablado estando ebria. Sherlock estaba seguro que de haber estado sobria, Molly jamás habría dicho las cosas que dijo. Pero ese era el punto, él había tenido la oportunidad de conocer ese lado de ella, lado del que tal vez jamás sería testigo en persona. Sherlock la había conocido un poco más desde su lado personal.
Aquel día de su cumpleaños Molly Hooper le demostró una vez más lo buena que una persona podía ser. Era ridículamente cursi decirlo — pensarlo — creerlo, pero era la verdad.
Ella le preguntó si se encontraba seguro, si no pasaba frío o hambre y él... pues él había mentido. Molly no tenía por qué enterarse, después de todo el propósito de dejarle el teléfono móvil había sido para evitarle preocupaciones. Durante veinte minutos (que era lo que más o menos duraban sus conversaciones), Molly había logrado que se olvidara por completo de la situación en la que se encontraba en aquel momento. Lo que había empezado como un día miserable termino siendo —al menos por unos breves minutos— bastante... bueno, por decirlo de algún modo.
Esa había sido la última vez que habían hablado, que ambos habían intercambiado textos.
Dos meses después ella le hablaría para contarle que había iniciado una relación con alguien.
Sherlock estaba enterado (gracias a su red de vagabundos) que ella llevaba semanas saliendo con un hombre, pero no le había dado importancia. Lo tomó como uno más de sus intentos fallidos. Poco tiempo después fue ella misma quien le confirmó todo lo contrario.
Molly Hooper estaba en una relación y eso no tenía nada que ver con él. Sherlock no era el tipo de persona se andaba con formalidades como para responder 'Oh me parece perfecto, les deseo lo mejor. Tal vez cuando vuelva podamos reunirnos para tomar el té mientras yo deduzco su vida completa en menos de tres minutos', y ella le había dicho que no esperaba respuesta alguna.
Esa misma noche se había puesto en contacto con los cinco miembros de su red de vagabundos que estaban encargados de vigilar a Molly y les ordenó terminar la guardia. Lo que Molly hiciera con su vida y con su novio ya no era asunto de él. Si aquella relación terminaba entonces todo volvería a la 'normalidad'.
Pero parecía que Molly iba en serio en su relación. Hoy, casi ocho meses después ellos seguían juntos.
Sherlock dejó su plato ya vacío en la fuente que había llegado treinta minutos atrás y volvió a ponerse de pie. Caminó el corto tramo desde la pequeña mesa hasta la ventana, metió su mano derecha en el bolsillo de su pantalón y tocó su teléfono.
Se había planteado no volver a tener algún tipo de contacto con Molly y así había sido durante todo este tiempo. ¿Debería romper con eso ahora que faltaba tan poco para volver? Tal vez. Sólo por hoy. Sólo porque era su cumpleaños y de algún modo sentía que se lo debía, nada más. Una vez no haría ningún daño.
Levantó su brazo izquierdo y vio la hora en su reloj, aún faltaban veinticuatro minutos para que en el Reino Unido se den las doce de la madrugada, aún tenía algo de tiempo. Debía hacerlo ahora, porque una vez que Mycroft enviara una avioneta por él para llevarlo al aeropuerto más cercano, no volvería a tener servicio hasta aproximadamente cinco horas después, cuando su vuelo aterrizara en Mumbabi.
Se quedó varios minutos frente a la ventana viendo a los pobladores ir de aquí para allá en sus canoas mientras intercambiaban productos con los del otro lado. Quince minutos después sacó el teléfono móvil de su bolsillo, lo levantó a la altura de su vista y entrecerró sus ojos.
¿Cómo se supone que empiezan esos tipos de mensajes? ¿Cómo hace la gente normal para saludarse unos a otros por fecha especiales?
Sherlock dio la media vuelta y comenzó a caminar de un lado a otro en la habitación — pensando.
Le tomó aproximadamente diez minutos darse cuenta de que no importaba cómo los demás iniciaran sus conversaciones, porque él no era como ellos.
Sólo sería él mismo y taaal vez, sólo tal vez, pondría algo de empeño.
Con esa idea se sentó al pie del colchón que usaba como cama y desbloqueó su móvil, buscó el número del teléfono que le había dado a Molly entre los escasos contactos y empezó a teclear.
Buenas noches, Molly. Como tal vez recuerdes a inicios de año (para ser específico el seis de enero) tú me saludaste por mi cumpleaños. No voy a negar que eso me tomó por sorpresa al principio, tuve que plantearme durante dos minutos cinco diferentes situaciones en las que tú podías haber descubierto la fecha. Luego vino a mi que tú fuiste la que llenó mis datos al momento de mi falsa muerte y todo resultó más que evidente. -S
La razón por la que te escribo hoy es porque me parecía justo devolverte el saludo. Claro que no es algo que yo acostumbre a hacer, pero ya que tú la habías hecho no me dejaste mucha alternativa. Así que aquí está: Feliz Cumpleaños, Molly Hooper. -S
¿En verdad las personas aprecian que las saluden por el día de su cumpleaños? Insisto en que es un-año-menos-de-vida. -S
Es como decir 'Feliz Cumpleaños, estás un año más cerca a morir' -S
Claro que eso depende de si mueres por causas naturales a una muy avanzada edad. No creo que aplique para los asesinatos o suicidios, no hay forma de saber a ciencia cierta a qué edad será. -S
Sherlock apreció los mensajes que había escrito y enviado y se sintió orgulloso con el resultado. Eso había estado bien.
Tal vez debía agregar un par de cosas más. Sí, por qué no.
Mycroft me ha confirmado que la fecha de mi regreso está programado para el próximo cinco de enero. Al parecer mis padres están entusiasmados por aburrirme con una de sus celebraciones por mi cumpleaños. -S
Está de más decir que no debes contarle a nadie acerca de la información que te acabo de dar. -S
Espero que Anderson no haya hecho mucha visitas a Barts. Su idiotez es algo que se contagia con el más mínimo contacto. -S
Bueno. Eso es todo. Nos vemos pronto, Molly Hooper.
Sherlock envió el último mensaje, bloqueó su teléfono, le dio un pequeño giro en el aire y procedió a guardarlo en su bolsillo.
Una hora después la avioneta enviada por Mycroft arribó.
No todos los días alguien como Sherlock saluda a otro ser vivo por su cumpleaños.
Molly hubiera estado genuinamente feliz al leer esos textos.
Lo hubiera estado, de haberlo hecho.
Dos meses atrás —cuando Tom se mudó a vivir con ella— el pequeño teléfono gris había sido removido de tu típico lugar al lado de su mesa de noche. Ahora yacía en el fondo de su último cajón, apagado — sin batería.
No me odien. Sentí que el final de este capítulo tenía que ser así. Además en mi última clase de guion aprendí que 'No siempre hay que darle al espectador lo que quiere'. Espero que Sherlock no se haya leído muy OOC. Nos leemos!
