Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Y el ayer nunca muere
Una antología de Gohan y Videl escrita por LDGV.
Episodio 2: Fárrago
Debería sentirse bien, debería poder retomar su camino justo donde lo dejó uniéndose a la normalidad que veía en cada esquina. El planeta se reconstruyó, los millones que murieron a manos de Majin Buu habían regresado de entre los muertos por arte de magia. Y a pesar de todo aquello, ella seguía estancada en el mismo punto sin poder continuar.
Gohan, constantemente, le decía que se olvidara de sus inquietudes y que fuera feliz. Pero Videl, en sus adentros, le cuestionaba cómo podría ser feliz si el ambiente que la rodeaba era una ilusión. La Tierra y sus habitantes dejaron de existir por culpa de Majin Buu, y ahora, gracias a una criatura que aún no comprendía del todo, tal tragedia se desvaneció como si de una mancha se tratase.
Era como estar atrapada en una vida artificial, una vida falsa. Ninguno de sus amigos recordaba lo que pasó, nadie tenía ni el más ínfimo recuerdo de aquel demonio rosado. Tal hecho la llevó a creer que no era más que una simple marioneta, una marioneta doblegada al control de un dragón gigante que tenía el poder de manipular a su antojo la realidad.
Quizás exageraba, quizás era una terca que no sabía sacarle provecho a esa segunda oportunidad. Y al verlo de ese modo, Videl se preguntó cómo hubiesen sido las cosas si su madre hubiera resucitado luego de perecer por su enfermedad. Para Gohan y sus amigos era fácil continuar, para ellos la muerte perdió todo significado. Pero para ella, asimilar lo que pasaba no era nada sencillo.
Ya en su dormitorio, y después de un caluroso día de escuela, Videl se quitó sus zapatos dejándose sus calcetines púrpuras al seguir avanzando por su cuarto. Sentándose en su cama, le dio un vistazo a las fotografías de Gohan y ella que las adornaban. Un año antes jamás habría imaginado algo semejante, estar en una relación amorosa no formaba parte de su lista de propósitos.
– Creo que mamá debe estarse riendo de mí ahora mismo…
Muchas cosas cambiaron sin que estuviese preparada, y no sólo lo acontecido con Majin Buu, ella también cambió. Su largo cabello peinado en coletas le dio paso a una cabellera más corta, su dura personalidad se ablandó tanto que llegó a enamorarse del chico menos convencional que ha conocido. Sin duda alguna, no era la misma de antes. Ni tampoco lo sería de nuevo.
Sin embargo, un elemento integral en ella seguía inmutable a pesar de sus cuestionamientos. Debía admitir que había dejado de practicar hacía mucho, pero como decía su madre: lo que bien se aprende nunca se olvida. Rebuscando entre sus pertenencias guardadas en su armario, Videl la halló. Su vieja guitarra lucía como nueva, tal y como la primera vez que la sostuvo en sus manos.
– Desearía que estuvieras aquí mamá, alguien como tú se merecía tener una segunda oportunidad. No es justo…
Aún podía recordar aquella época. Si bien era muy niña en aquel entonces, su memoria grabó los detalles más importantes haciéndole imposible que los olvidase. Habían pasado pocos meses desde la derrota de Cell a manos de su padre, cómo se creía en ese momento, y ella, gradualmente, experimentó un cambio radical que trastornó por completo su mundo.
Su padre ya era famoso antes de luchar contra Cell, pero haberlo vencido sólo empeoró las cosas. Para la mayoría de las personas el dinero no crecía en los árboles; aunque para Mr. Satán aquello se hizo real. Pronto, al desbordarse la riqueza de entre sus dedos, el campeón comenzó a comprar cualquier cosa que se atravesase por su camino sin importar si era necesario o no.
La modesta y pequeña casa familiar se volvió insuficiente para Mr. Satán quien, de forma impulsiva, adquirió la propiedad más lujosa y elegante que existía en la recién renombrada Ciudad Satán. Su madre, sintiendo lo mismo que ella, fue su guía en aquella acelerada transición de ser alguien normal a ser multimillonaria esmerándose por minimizar el abrupto impacto.
– ¿Un avión? –desayunando en silencio, Videl miraba tu plato de cereal oyendo como su madre trataba, en vano, de hacer entrar en razón a su padre–pero si ya hace unos días compraste un yate y un auto nuevo.
– Exacto, si voy a viajar con estilo por tierra y mar es lógico que también lo haga por aire–carcajeándose, Mr. Satán le restó valía a cualquier objeción a su siguiente compra.
– Creo que no deberías gastar tanto dinero en cosas que quizás no uses a menudo, podrías hacer donaciones a asociaciones de caridad–tomándolo de la mano, ella quiso hablarle al hombre con el cual se casó y no con la derrochadora celebridad en la que se había convertido–sé que te has ganado todo este dinero de forma justa, pero me entristece ver la manera en lo que lo usas. No olvides los problemas que teníamos antes, allá afuera hay muchas personas que están sufriendo lo mismo.
– No entiendo por qué no te alegras por nosotros, todos los días te escucho hablándome del pasado–molesto, Mr. Satán perdió su buen humor en menos de un pestañeo–pero si quieres hablar del pasado, entonces hablaremos del pasado. Estuvimos a punto de perder nuestra casa por culpa de la hipoteca, gastamos todos nuestros ahorros en unos meses. Fueron tiempos horribles, recuerdo lo angustiada que te ponías cuando recibíamos las cartas del banco amenazándonos con echarnos a la calle.
Videl, aún sin decir nada, había perdido el apetito y sólo jugueteaba con su comida resultándole difícil no escucharlos.
– Pero ahora que por fin todo eso quedó atrás, que hemos pagado nuestras deudas y que podemos vivir mil veces mejor que antes; sólo te quejas–con un tono de reproche, Mr. Satán le alegó a su esposa–ya olvídate del pasado, déjalo atrás. Yo sólo quiero una mejor vida para los tres, nada más.
– Sólo prométeme que no gastarás todo lo que ganes en un parpadeo; de lo contrario, volveríamos otra vez a la vida que teníamos.
– Está bien, pero prométeme que no volveremos hablar de esto nunca más.
– De acuerdo…
Por más que aseguraron que así sería, aquello sólo fue una promesa vacía y ambos lo sabían. Mr. Satán continuó malgastando su fortuna mientras su esposa se esforzaba por moderarlo, quedando atrapados en un círculo vicioso que fue erosionando su matrimonio fragmentándolo más y más. Y justo en medio de los dos, Videl guardaba silencio encerrándose en sí misma.
Con el tiempo, Miguel, la madre de Videl quien fue una cantante en su juventud, quiso sacar a su hija de ese encierro queriendo compartir con ella su talento musical esperando que Videl poseyera uno similar. A regañadientes, Videl trató de complacerla asistiendo a una escuela de canto para niñas la cual abandonó semanas después al demostrarse que aquello no era lo suyo.
No obstante, la música sí fluía por la venas de Videl quien no lo descubriría hasta que hizo un viaje fugaz con su mamá a una tienda de instrumentos musicales. Allí, colgando de las paredes y colocados en las vitrinas, Videl miró una gran variedad de flautas, violines, armónicas, trompetas, clarinetes, baterías, saxofones, acordeones, maracas y guitarras.
– ¿Te gusta?
– Umm no sé, sólo me llamó la atención.
Miguel, quien solía olvidarse de los excesos de su marido refugiándose en la música, frecuentaba entrar a sitios de ese tipo para solamente mirar los instrumentos. Por mera casualidad, habiendo recogido a su hija de la escuela, la llevó consigo notando a unos cuantos minutos de haber entrado allí como Videl se quedó mirando fijamente una guitarra negra que colgaba del techo.
Su instinto maternal le dijo, sutil e intrínsecamente, que tal suceso no era ningún capricho del azar y que no debía pasarlo por alto. A diferencia de su esposo, Miguel no habituaba hacer compras caras ni caprichosas pero debido a las circunstancias estaba dispuesta a hacerlo. Pese a que Videl continuaba diciendo que no lo interesaba, vio cómo su madre pagó el precio por aquella guitarra.
Aprovechando que Mr. Satán se encontraba de gira en busca de más patrocinadores, Videl comenzó sus lecciones bajo la tutela de su progenitora quien tuvo que luchar con el testarudo modo de ser de su hija. Sin embargo, la propia Videl fue admitiéndose que le fue tomando el gusto. Odiaba cantar, su voz no era buena en eso. Pero sus manos, sus manos eran virtuosas.
– Me duelen mucho los dedos.
– ¿Quieres que paremos por un rato?
– Sí.
– Bien, tomémonos unos minutos.
Mr. Satán se ausentaba de su hogar por muchos días, incluso por meses. Normalmente su esposa se hubiese quejado de aquello; aunque por ahora le sacaba mucho provecho a su ausencia. Gracias a eso, Miguel pudo mostrarle a Videl la manera correcta de sujetar la guitarra, así como afinarla para dotarla de un dulce sonido. Habiendo cubierto lo más básico, era hora de tocar.
Solas, como si estuviesen de regreso en su auténtica morada y no en esa fría mansión, ambas llenaron con notas musicales los muros de la habitación que las albergaba dibujando sonrisas en sus rostros. Videl, siendo una principiante, sólo conseguía algunos acordes muy desafinados que con la práctica y la paciencia iría puliendo.
Con las yemas de sus dedos llenándose de callos, día tras día fue familiarizándose más con su guitarra llegando, inclusive, a dormir con ella como si se tratase de un oso de peluche. Pronto las peleas y discusiones entre sus padres se esfumaron de su mente al ser eclipsadas por las cuerdas al vibrar. No importaba si sonaba horrible, aquello fue una catarsis que liberó su tensión.
Miguel, orgullosa al ver el monumental progreso de su hija, la acompañó cantando varias de las canciones que casi la llevaron al estrellato antes de conocer a su esposo. Era inverosímil no preguntarse como una mujer con aquella capacidad musical no se consolidó en el medio artístico, esa era una más de las injusticias que Videl le achacaría al destino cientos de veces.
Y fue en ese punto, mientras Videl comenzaba a sentirse mejor con su nueva vida, que ella se percató de un hecho que por años se haría recurrente en sus recuerdos.
– ¿Estás bien, mamá?
– Sí, sí–replicándole, Miguel frotó su cabeza al interrumpir su canto–es sólo este maldito dolor otra vez, con una aspirina me sentiré como nueva.
Más adelante, al tener la madurez necesaria, Videl entendería que la razón de las fuertes cefaleas que acosaban a su madre se debía a un tumor que crecía dentro de su cabeza. Creyendo que no era nada serio, Miguel se medicaba a sí misma tomando aspirinas que levemente aliviaban su dolor. Pese a lo insoportable de tal padecimiento, ella prefirió permanecer junto a Videl.
Las lecciones prosiguieron con normalidad, Videl fue dejando atrás los sonidos chirriantes siendo capaz de ofrecer agradables melodías. Fue tan asombrosa su evolución, que Miguel convenció a Videl de recibir a su padre con un modesto concierto cuando éste regresara de sus viajes. Ensayando con gran pasión, madre e hija perfeccionaron su número aguardando por su público.
Videl, sintiéndose verdaderamente feliz por primera vez en aquella gigantesca residencia, dibujó una gran sonrisa en su infantil semblante al acabar con el último de los ensayos horas antes de la llegada del campeón. Pero más allá de sólo enseñarle a usar la guitarra, Miguel estaba a punto de marcar a su hija dotándola de un elemento que la identificará por casi toda su futura adolescencia.
– ¿Te secaste bien el cabello, hija?
– Sí, mamá…
– Ven, déjame ver.
Hasta ese punto de su historia, Videl dejaba que su pelo fluyera suelto sin darle ningún detalle en especial. Por ende, siendo el día en que presentarían su show, a Miguel se le ocurrió hacer un tenue pero significativo peinado en Videl. Comprobando que sus cabellos yacían secos, tomó un peine y procedió a cepillarla alisando la espesa melena azabache que ella le heredó a Videl.
Videl, por otro lado, se miraba a sí misma frente al espejo observando como su mamá fue dándole forma a su nuevo aspecto. Presenció como ella dividió por la mitad su cabellera haciendo que cada porción colgara por encima de sus hombros; enseguida, para mantener en su lugar aquellas dos coletas, Miguel las aseguró mediante un par de rulos acabando finalmente con su tarea.
– ¿Te gusta?
– Sí.
En aquel entonces, Videl no le dio mucha importancia. Pensaba que al terminar la noche volvería a su antigua imagen, así que no se quedó meditando sobre eso. A petición de Miguel, Videl lució un lindo vestido blanco adornado con algunos ribetes rosas; asimismo, una cinta del mismo tono rodeaba su cintura brindándole un resplandor adorable. Cosa que a Videl le resultó molesto.
– Anda, no pongas esa cara.
– No me gusta esta ropa, me apena.
– Pero si estamos vestidas iguales, combinamos muy bien.
Vestidas idénticamente, Miguel quería darle una sorpresa a su marido mostrándole el talento que Videl ocultaba por dentro. Aunado a eso, ella pretendía reencontrarse consigo misma volviendo a sentir aquella vibrante adrenalina que en el pasado la exaltaba al salir al escenario. Añoraba sus tiempos con el micrófono en mano, anhelaba tanto resucitar el pretérito por unas horas.
Fue en un club nocturno donde lo conoció, él todavía era uno más del montón cuyo nombre nadie alababa. Él, varias veces, se quedaba hasta tarde oyéndola cantar sin moverse de su asiento. Muchos otros se le acercaban con invitaciones nada decorosas, pero aquel sujeto de enorme bigote la miraba con una atención casi religiosa desbordando su más honesta admiración.
Y ella, al recordarlo, sólo quería sentirse amada por él otra vez.
– ¿Crees que a papá le guste nuestra actuación?
– Claro, ya verás que sí…
Miguel, sin decirlo, también deseaba revivir su matrimonio el cual se hundía como un transatlántico malherido. Presentía que su esposo se veía con otras mujeres al estar fuera de casa. Carecía de pruebas pero al ver su manera tan derrochara de malgastar su riqueza, le era natural suponer que más de una sinvergüenza se valía de eso para enredarse con él.
Con cada seguidor y centavo que él ganaba, ella sentía que lo perdía más.
Gracias a la complicidad de los mayordomos y las sirvientas, Miguel preparó una improvisada ambientación digna de un teatro apagando varias de las luces de la estancia dejando que la delicada luz de unas cuantas velas lucharan contra la oscuridad. Videl, sentada en una silla, cargaba en su regazo su guitarra repasando mentalmente la canción que tocaría.
Miguel, aclarando su garganta, se plantó en su lugar aguardando por el arribo de Mr. Satán que tenía programado llegar en pocos minutos según su agenda. No obstante, como ya se había vuelto costumbre en él, las luces de su limusina reaparecieron con casi una hora de retraso deteniéndose ante la enorme puerta de su hogar.
Agotado, muy cansado de firmar autógrafos y tomarse fotografías con los millones de fanáticos que halló con su camino, Mr. Satán se dirigió apresurado hacia la entrada deseoso de tirarse en su cama y no levantarse por meses. Así pues, con ese deseo en mente, Mr. Satán cayó en la trampa que su esposa arregló observando de inmediato las tinieblas que reinaban.
– ¿Qué pasa aquí, acaso se descompuso algún fusible o qué?
Su pregunta rápidamente recibió una respuesta; empero, tal respuesta no eran palabras sino notas musicales. Encendiéndose a su izquierda, una lámpara iluminó la silueta de su hija quedándose sin habla al ver que aquel dulce sonido provenía de ella. Videl, sonriéndole sin dejar de tocar, hizo gala de las habilidades que pulió gracias a Miguel durante semanas.
A pesar de su ajetreada travesía, se mantuvo estático prestándole suma atención a los veloces y diestros dedos de Videl quien hacía vibrar las cuerdas de su instrumento generando que, muy sutilmente, una chispa del pasado saltara en la memoria del campeón quien juraría que esa tonada le era familiar. Lo cual, con aún más ahínco, se demostró cuando una voz se manifestó.
La procedencia de aquel melodioso canto lo forzó a voltearse a su derecha, allí, siendo iluminada por unos candelabros, ella apenas era visible. Acercándose, caminando despacio, Mr. Satán tuvo una vista más nítida de la figura que se le aproximaba. Era ella, Miguel, vestida igual que aquella noche cuando él la invitó a tomar una copa años atrás en su juventud.
El campeón, genuinamente sorprendido, ya había olvidado lo increíble que era la presencia escénica que Miguel podía gestar al usar su don. Por un instante, Mr. Satán dejó a un lado su dinero, su fama, sus lujos y sus pecados. Por un instante, Mr. Satán se sintió como aquel muchachito que entró a beber una cerveza en un club nocturno maravillándose al oírla.
Videl, por primera vez en mucho tiempo, vio como sus padres se miraban con verdadero amor casi desapareciendo el aura de conflicto y separación que últimamente los envolvía. Por cinco minutos no fueron millonarios, por cinco minutos fueron una familia otra vez. Tal imagen, para bien y para mal, entró en sus ojos grabándose en lo más profundo de su memoria volviéndose inolvidable.
Por su parte, Miguel, continuando con su espectáculo familiar, rodeó con sus brazos a su esposo cantándole casi al oído dándole la máxima demostración de sus sentimientos esperando que él regresara a ser el mismo de antes. Podía sentirlo, el que estaba ante ella no era el ególatra que fingía ser su esposo, era realmente su esposo.
Ambos, contemplándose el uno al otro, se perdieron en un océano de remembranzas que Videl, al mirarlos, no era capaz de imaginar. Evocaron cuando él la invitó a beber un trago. Recordaron la ocasión cuando él, con insistencia, se empeñó en acompañarla hasta su casa al caminar por las solitarias calles y, en especial, conmemoraron cuando él le robó el primero de sus muchos besos.
Y allí, sintiéndose como una pareja de nuevo, Mr. Satán tiró a un lado su asombro inicial preguntándose a él mismo quién fue el culpable de hacerles perder esa conexión tan genuina que los unió al conocerse. Desgraciadamente, su propio nombre resonó en sus adentros señalándolo como el responsable de casi destruir una de las cosas más hermosas que la han sucedido.
En muchas oportunidades, tal y como ocurría ahora, Mr. Satán se cuestionaba qué había visto Miguel en él. Ella era preciosa, sus ojos azules eran divinos y su pelo oscuro parecía pertenecerle a un ángel. Un demonio y un ángel, una combinación así; un amor así, desafiaba tanto la ficción como la realidad. Algunos dirían que era demasiado afortunado, él diría que fue bendecido.
Sin embargo, despedazando la fantasía de cristal que los tres protagonizaban, aquellos molestos dolores de cabeza que Miguel sufría a menudo no le tuvieron más compasión.
– ¿Miguel, te sientes bien?
– Dame sólo un segundo, un segundo…
– ¿Miguel? –viéndola perder sus fuerzas, Mr. Satán le preguntaba con angustia– ¿Miguel, Miguel?
Silenciándose, Miguel interrumpió su show al sentir un abrupto mareo forzándola a buscar apoyo en su marido quien la sostuvo al percatarse de su palidez inusitada. Videl, también deteniéndose a muy poco de terminarse la melodía, se puso de pie experimentando un indescifrable escalofrío que recorrió su espalda temiendo que algo malo sucedía.
Agravándose la situación, las jaquecas que Miguel padecía a diario explotaron al unísono arrebatándole la conciencia. Mr. Satán, pasando del paraíso al infierno en un pestañeo, no tenía ni la más remota idea de qué estaba pasando. Abrumado, sin capacidad de reacción, el campeón enmudeció amortiguando la caída de Miguel quien se deslizó hasta tocar el piso de mármol.
– ¡Mamá…mamá!
Alertados por los angustiosos gritos de Videl los criados de la mansión, quienes se habían alejado para que ellas llevaran a cabo su función, entraron de inmediato en aquel aposento descubriendo la macabra escena. Mr. Satán, aún ensimismado, no reaccionó en los primeros segundos hasta que posteriormente lo hizo al ser bombardeado por el interrogatorio que sus empleados le disparaban.
Videl, olvidándose de su guitarra, intentó correr hacia Miguel viendo como una multitud de mucamas invadidas por el pánico se esforzaban por hacerla volver en sí. Al estar cerca de llegar al lecho de su madre, una de las criadas la atrapó manteniéndola lejos del caos y la confusión que reinaba a poquísimos metros de ella.
– ¡Suéltame, suéltame! –Forcejando, batallando por liberarse, Videl gritaba a todo pulmón hasta casi quedarse sin voz– ¡te dije que me soltaras, suéltame!
– ¡Ya viene la ambulancia, ya viene!
Para mala fortuna de Videl, sus quejas y pataleos no dieron efecto llenándose de impotencia al ser llevada a su cuarto; entretanto, Mr. Satán hacía preguntas deseando una explicación clara de lo que acontecía. Lo que comenzó como una velada de reconciliación y amor, se terminó de empañar cuando el inconfundible chillar de una sirena de ambulancia se abrió paso hacia la mansión Satán.
Mirando todo desde la ventanilla de su habitación, Videl jamás olvidará como el lindo vestido que su madre preparó para la ocasión fue cortado para darles espacio a los equipos médicos que vigilaban sus erráticos signos vitales. Para Videl, desde esa fecha en adelante, el mero hecho de mirar hacia el exterior por medio de esa ventana se convertiría en sinónimo de malos recuerdos.
El campeón, padeciendo un remordimiento indescriptible por haberse pasado de tono con muchas mujeres durante su viaje, mandó al carajo su cansancio y no se demoró en acompañar a su esposa tomándola de la mano en todo el recorrido hasta llegar al hospital. Apartar de allí, se desarrollaron dos historias paralelas y simultáneas pero iguales en amargura.
Videl, sin cambiarse de ropa, no durmió en toda la noche esperando alguna noticia o la oportunidad para ver a su madre. Para calmar su impaciencia por tan larga espera, Videl halló refugio en su guitarra tocando la misma canción una y otra vez como si aquellos acordes la ayudaran a salir de su confinamiento para conectarse con Miguel en la distancia.
– ¡No puede decirme eso, doctor!
– Yo lo siento mucho, Mr. Satán. Pero no hay nada que podamos hacer.
– ¡Tiene que haber algo que puedan hacer, contrataré al mejor cirujano del mundo si es necesario!
– Mr. Satán, entiendo lo que está sintiendo, pero se lo repito una vez más. El tumor que le detectamos a su esposa dentro de su cabeza está demasiado profundo, es prácticamente inoperable. Le aconsejo, Mr. Satán, que comience a pensar en los preparativos para su funeral…
– ¡Cállese, mi esposa no se va a morir!
Los doctores, por medio de exhaustivos exámenes y pruebas, no tardaron mucho en descubrir al causante de aquellos dolores que Miguel ocultó por varios meses. Con el nada favorable veredicto de la ciencia médica, Mr. Satán se arrodilló pidiendo intervención divida para concederle a su mujer una milagrosa sanación.
No obstante, la providencia vio sus infidelidades y lo torturó con el peor de los castigos.
Durante el quinquenio que vendría, Mr. Satán recordaría vívidamente como no se separó de Miguel ni un milímetro. La cual, gracias a los sedantes que aminoraban su silente suplicio, continuaba dormida mostrando una falsa paz. Él, aferrándose a su mano, se negaba a aceptar lo que ocurría sintiéndose incapaz de rescatarla de esa agonía.
La negación, intensificándose, fue la chispa que alimentó su inflado ego. Él era el campeón del mundo, derrotó a Cell, su billetera podría comprar cualquier cosa imaginable. Era el gran y único Mr. Satán, una maldita enfermedad no lo vencería. Se levantaría de allí y buscaría en todos los rincones de la Tierra hasta hallar a un médico que salvara a su esposa. Aún podía hacerlo…
Pero un agudo pitido derrumbó su arrogancia y todo se terminó…
– Miguel…
¡Qué insignificante se sintió!
– Miguel…
Fue una bofetada de realidad.
– Miguel, reacciona…
Su castillo de naipes se cayó.
– ¡Miguel!
Horas más tarde, ya con el sol comenzando a brillar, Videl lo vio llegar notando su actitud inerte y cabizbaja. Viéndose, mirándose mutuamente con sus ojos enrojecidos, no se dijeron nada. Ella, pese a su edad, captó el mensaje. Mr. Satán, no sabiendo qué decirle, se limitó a acercarse para abrazarla sumergiéndose, tanto ella como él, en un afónico llanto.
Bajo las circunstancias, la blancura de su vestido fue tiñéndose de más y más oscuridad hasta tornarse negro. Y así, vestida de negro, aún usando el peinado de coletas que su madre le obsequió, Videl se quedó sentada en una silla del vestíbulo principal viendo como miles de periodistas y demás desconocidos se aglomeraban en las afueras de la mansión.
El ambiente empeoró cuando el féretro con el cuerpo de Miguel se hizo presente, Videl se vio rodeada de aquellas personas quienes la observaban con lástima hablando de ella con murmullos. Agachando la mirada, Videl se aferró a su guitarra empezando a construir un grueso muro de indiferencia que se convertiría en su prisión hasta que Gohan apareció en su vida.
Tenía que ser una maldita broma, una maldita broma pesada. No había más explicación. Apenas ayer terminaban de ensayar su acto musical y ahora, frente a ella, el velorio de su madre se consumaba sin que Videl consiguiese encajar allí. Le tomaría mucho tiempo acabar de hilar lo que pasaba ante ella, lloraría a mares muchas veces mientras que en otras la furia la poseería.
– Mis más sinceras condolencias, Mr. Satán.
– Se lo agradezco mucho, señor alcalde.
– Si usted y su hija llegasen a necesitar algo, no dude en decírmelo.
– Es muy amable…
En el funeral, al igual en que la vela, Videl se sintió fuera de lugar. Prácticamente toda la ciudad se despedía de Miguel sin haberla conocido, sólo lo hacían porque era la esposa de su famoso y millonario padre. Tanta hipocresía y falsedad la irritaron, y esto, como concreto recién mezclado, endureció aún más las murallas que Videl edificó a su alrededor aislándose de todo y de todos.
Con la partida de Miguel la música abandonó aquella casa y también del espíritu de Videl. Su guitarra pasó de estar reclinada en una pared a ser olvidada dentro de su armario, las suaves melodías que dicho instrumento producía le recordaban demasiado a su madre provocando que no quisiese volver a tocar jamás.
Y así pues, reemplazando un viejo pasatiempo por uno nuevo, las artes marciales y la justicia se adueñaron de ella. Para una Videl más dura y cerrada, lanzar puñetazos y patadas era lo más apropiado. No quería nada de su pasado musical, no quería nada que la hiciese recordar la noche cuando perdió a su mejor amiga, a su compañera de juegos, a su madre.
– Creo que Gohan te simpatizaría mucho, mamá. A Gohan tampoco le gusta la fama ni el dinero, estoy segura que ambos se llevarían muy bien.
Dejando las amarguras atrás, Videl le sacó brillo a sus oxidados dedos dándole vida a aquella guitarra que por tanto tiempo permaneció muerta. Dentro del corazón de Videl, una parte de Miguel continuaba viviendo cobrando más fuerza con el sonido de las cuerdas. Cada latido era la voz de ella cantando, llenando de magia las paredes de la habitación.
Aún tenía dudas en su mente, dudas sensatas y válidas que merecían resolverse una a una con calma. Pero una cosa la tenía muy clara: ya no era la Videl de hace un año. Las criaturas, objetos y dones sobrenaturales ya le eran tan normales que ya podía creer lo que sea. Muy pocos sabían de dichas verdades, y ella, siendo una entre millones de personas, era una privilegiada al saberlo.
Si esta segunda oportunidad de vivir le resultaba artificial y difícil de digerir, estaba segura que gracias a la guía y a la compañía de Gohan la iría asimilando hasta volverse a reinsertar en la gran ruleta del cosmos. Y Gohan, sin sospecharlo, no sólo la liberó de su confinamiento; sino también, que resucitó facetas casi extintas en ella que hoy, gustosamente, dejaba fluir sin miedo ni temor.
Y su padre; asimismo, expió muchísimas de sus fallas limpiando su larga lista de mentiras y pecados. Su falsa victoria sobre Cell, sus fechorías al enredarse con otras mujeres, su avaricia y sus excesos fueron perdonados. En cierta forma los Videl y Mr. Satán de antes no volvieron a casa, la aparición de Majin Buu fue la cereza en el pastel que coronó su transformación y renovación.
Dándole un último vistazo a sus fotografías colgadas en los muros, Videl trazó una línea imaginaria que la transportó desde su infancia hasta el presente. Y sus mejillas, sonrojándose al ver una imagen de ella y Gohan compartiendo un beso, la acabaron de convencer. Valía la pena retomar su camino, valía la pena seguir y descubrir qué sorpresas le tenía guardadas el futuro.
Miguel, su madre, estaría feliz de verla avanzar convirtiéndose en una mujer valiente, fuerte, decidida y empoderada. Cuando llegue el momento las dos se volverán a ver, sus miradas azules se cruzarán al fundirse en un abrazo. Pero hasta que ese instante se dé, Videl aún debía recorrer un largo trecho repleto de retos y desafíos.
Tal y como Miguel solía decir: el show debe continuar.
Fin
Hola, mil gracias a todos ustedes por leer el segundo episodio de esta antología. Cuando Linkyiwakura me mostró el dibujo que inspiró este capítulo, me dejó pensando por unos minutos. Al menos para mí, es muy normal imaginar a Videl haciendo cosas relacionadas con las artes marciales pero, francamente, imaginarla tocando una guitarra sí me tomó desprevenido.
Y no porque piense que ella no tiene la capacidad para hacerlo ni nada semejante, sino porque siempre había creído que Videl pasaba la mayor parte de su tiempo entrenando y luchando contra delincuentes. Aún así, me resultó muy interesante y hermoso vislumbrarla con un instrumento musical. Es algo que se sale de lo convencional sobre Videl mostrándonos más sobre ella.
También, no quise desperdiciar la oportunidad para hablar un poco sobre la madre de Videl. Yo, en fics viejos, la llamé Susan Marie pero Akira Toriyama en años recientes nos reveló que el verdadero nombre de ella es Miguel. Además me encantó saber que Miguel era una cantante, lo cual contrasta muchísimo con la personalidad dura y ruda que Videl nos mostró al conocerla.
Lo único que me duele es no tener una imagen, un boceto tan siquiera sobre ella. Pero creo que podemos imaginarla siendo muy parecida a Videl, y tal cosa responde a la interrogante de dónde sacó Videl su hermosura porque de su papá no creo. En el futuro espero explorar más posibilidades sobre Miguel, personalmente se lo debo: ella nos dio a nuestra querida Videl.
Les dedico este capítulo a todos los miembros del grupo Godel en Facebook, mil gracias por haberme invitado su familia. Espero que este capítulo les gustara, si así lo desean me encantaría leer sus opiniones. Antes de irme quiero darles las gracias a Majo24, SViMarcy, Linkyiwakura, Avery Z, Videl Tateishi, Ann cito y a Imagine por sus comentarios en el episodio anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
