Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Y el ayer nunca muere
Una antología de Gohan y Videl escrita por LDGV.
Episodio 4: El hombre que no existía
Lentamente, tratando de tener el mayor cuidado posible, las exhaustas manos de Videl retiraban con una toalla húmeda las oscuras manchas de sangre que lo cubrían por doquier. Después de casi una eternidad, los gritos de dolor y los quejidos afligidos se silenciaron dándole cabida a una paz que, por más reconfortante que pareciese, no era más que una amarga mentira.
Habiéndolo aseado lo mejor que pudo, la pelinegra lo abrigó con las roídas y desgastadas mantas que solía usar para refugiarse del frío disponiéndose a recolectar, una a una, las destrozadas prendas de vestir que fueron cayendo al suelo a medida que lo arrastró hasta la cama. Haber logrado aquello era toda una hazaña, aquel hombre pesaba más que una docena de elefantes.
– Esto no puede continuar así, ya no sé cuánto más podré resistir.
Con cansancio, iluminando la noche con la débil luz de una vela, Videl tomó asiento en una vieja silla manteniendo su vista clavada en él. Esta no era la primera vez que aquella escena se repetía, lo único que cambiaba era la cantidad de heridas que traía en cada ocasión que golpeaba a su puerta estando al borde de la muerte. De continuar así, no lo contaría para la próxima.
Suspirando, intentando conciliar el sueño, Videl cerró sus ojos olvidándose del presente sólo para abrirlos entregándose al pasado. La vida no era así, las cosas no eran así. La humanidad no era perfecta, padecía horribles desgracias como el hambre, la injusticia y las guerras. Dolorosas tragedias que, a diario, Videl oía en la televisión o las veía en los periódicos que su papá leía.
A pesar de eso, Videl vivía en su pequeño rincón del paraíso complemente ajena a las maldades que convulsionaban al mundo. De niña, ella acostumbraba dirigirse a la escuela todas las mañanas luego de haberse despedido de sus padres apresurándose en reunirse con sus compañeros y amigos del salón. Día tras día, tal rutina reafirmaba el maravilloso milagro que era vivir.
Y así, mientras el agotamiento la sumergía más en un hermoso recuerdo, sin quererlo volvió a recaer en la misma fatal visión que la despertaba a medianoche. Tal remembranza siempre la forzaba a reflexionar, ni siquiera la propia Videl podría creer que recordara con tantos detalles sucesos que ocurrieron cuando apenas era una chiquilla.
Como si estuviese allí de nuevo, Videl era capaz de mirar el cuaderno frente a ella mientras lo llenaba de anotaciones escribiendo lo que su profesor dejó apuntado en el pizarrón. El silencio era diáfano e impoluto, ni el más remoto aleteo de una mosca llegaba a escucharse. Era una tarde soleada, el verano recién empezaba y las inminentes vacaciones comenzaban a hacerse sentir.
– ¡Miren eso!
De repente, sin aviso, uno de los tantos chicos alzó la voz señalando una explosión que se distinguía en la lejanía en lo que parecían ser las afueras de la ciudad. Videl, por reflejo, se volteó a su izquierda mirando una altísima columna de humo que se encumbraba hasta lo más alto del cielo. Los demás estudiantes, imitándola, empezaron a especular distrayéndose de sus deberes.
– Vamos chicos no se distraigan, continúen resolviendo los ejercicios que dejé en el pizarrón–su maestro, poniéndose de pie, le dio un vistazo a aquella fumarola disponiéndose a retomar el control de sus alumnos–en una hora terminará la clase, si no acaban con esos ejercicios ahora mismo tendrán que resolverlos como tarea para la próxima lección…
Algunos, como era de esperar, abuchearon ante la posibilidad de tener más tareas pendientes en su lista.
– ¿Profesor, qué piensa usted que haya pasado?
– No lo sé, Shapner–respondiendo a la pregunta, el docente regresó a su escritorio–pero sea lo que sea el departamento de bomberos se encargará de eso. Ahora sigan donde se quedaron, no olviden que los siguientes exámenes serán en unas semanas más…
Videl, viendo de soslayo aquel infernal fuego, tuvo dificultades para concentrarse sintiendo como su mente divagaba deseando que la campana sonara cuanto antes. Definitivamente los números no eran lo suyo, por más que se esforzaba los complicados y aburridos enigmas aritméticos que la desafiaban solamente le causaban molestos dolores de cabeza.
Aún así la normalidad se reestableció por unos minutos, nada indicaba que la reconfortante tranquilidad fuese a ser alterada con la violencia y brutalidad con la cual pasaría muy pronto. De haber estado más atentos a su entorno, se hubiesen percatado de como dos siluetas humanas descendían desde lo más recóndito del firmamento sobrevolando los edificios.
Empero, otra calamidad los puso en alerta.
– ¡Está temblando!
– ¡Es un terremoto!
Entretanto Videl seguía escribiendo, una vibrante sacudida se manifestó haciéndola romper la punta de su lápiz a su vez que los restantes objetos sobre su mesa bailaban y saltaban como consecuencia de la oscilación que ganaba más intensidad. Videl, sin saberlo, estaba a punto de experimentar un tormento que trataría de explicar en incontables oportunidades sin lograrlo.
Pensando que era un movimiento sísmico natural, los niños en toda la escuela fueron guiados por sus profesores avanzando por las escaleras y pasillos en busca de la salida. Videl, siendo la última en salir de su aula, juraría que vio a través de los ventanales de su salón a una persona volar como si fuese un ave. No obstante, aquello no fue lo único que alcanzó a ver gracias a las ventanas.
– ¡Dios mío, qué está pasando!
Otra maestra, totalmente aterrada, entraba en pánico al ver como el paisaje urbano se llenaba de un millar de explosiones que simplemente fortalecían el terremoto bajo sus pies. Videl, por más que lo intentaba, no conseguía creer lo que presenciaba. Hacía unos instantes luchaba contra las matemáticas, ahora, literalmente, corría al ser empujada por el instinto de supervivencia.
La electricidad, alimentando el caos, comenzó a fallar al titilar las luces que les mostraban por dónde correr. Videl, tambaleándose y cayendo al suelo, se quedó petrificada por el dantesco concierto de clamores y llantos que atestaban sus oídos. Y al alzar la vista, la ojiazul descubrió con terror que se encontraba sola y rezagada con respecto al enorme grupo que veía adelante.
– ¡Espérenme, no me dejen aquí!
Tomando impulso, Videl se esforzó por alcanzarlos en tanto los cristales reventaban haciéndose añicos ante ella. A pesar que la superficie terrestre se sacudía como una gelatina, Videl pudo esquivar los muchos obstáculos en su camino viendo a los chicos de su salón a unos cuantos metros en la distancia. Si lograba reunirse con ellos, saldría de allí y volvería a casa.
Reclinándose en las paredes para no volver a caer, Videl miró a sus costados como los casilleros y los salones explotaban uno tras otro como si un centenar de bombas detonaran por obra de algún terrorista o maniático. Pese a su joven edad, Videl siempre se caracterizó por un carácter serio que en otras circunstancias la ponían en entredicho por alguno que otro bromista o bravucón.
Sin embargo, al escapar del voraz incendio a sus espaldas, tal peculiaridad fue una gigantesca ventaja que no sólo la ayudaría a sobrevivir a este ataque, sino también, que sería su mayor fortaleza en los venideros tiempos de hambruna y penurias. Otros infantes, al verse solos y no contando con la misma suerte, no supieron cómo reaccionar pereciendo cruel y rápidamente.
– ¡Videl, Videl!
Girándose, escuchando como alguien pronunciaba su nombre, Videl halló a una de sus amigas más queridas escondiéndose debajo de una puerta derribada. Deteniéndose, frenando en seco, Videl fue invadida por una asfixiante tos ocasionada por la espesa cortina de hollín que, imparable, se extendía por todos los rincones de la maltrecha edificación que amenazaba con venirse abajo.
– ¡Ireza, no te quedes ahí! –hablando con dificultad, Videl tosía sin control sintiendo como sus pulmones se carbonizaban al aspirar aquel tóxico humo– ¿por qué no estás con los demás?
– Los perdí de vista y me quedé atrás…–asustada, arrinconada en su endeble refugio, Ireza le replicó luchando por encontrar aire respirable.
Arrodillándose para posteriormente gatear, Videl se abrió paso ignorando las punzantes cortaduras que iba acumulando a raíz de los numerosos trozos de cristal que yacían esparcidos. Alcanzando a Ireza, la ojiazul no distinguía absolutamente nada al estar enceguecida por el tizne que irritaba sus ojos obligándola a mantenerlos cerrados.
La inconciencia, riéndose y burlándose de ellas, daba la impresión de capturarlas al no aparecer nadie que les brindara auxilio. Oyendo como los muros retumbaban y crujían, ninguna de las dos imaginó que el edificio se desmoronaba empezando a caerse una sección tras otra. Muchísimas grietas y fisuras, expandiéndose como un cáncer, se intensificaban multiplicándose sin parar.
Aunque, irónicamente, tal cosa resultaría ser su salvación.
Ya no resistiendo más, una pared se desplomó abriendo un gran agujero por donde entró una fuerte ráfaga de viento que golpeó de lleno el rostro de ambas. Tratándose de un soplo de vida, metafóricamente, Videl e Ireza respiraron con urgencia dándose una necesaria bocanada de oxígeno. Y Videl, entreabriendo sus párpados, distinguió una brillante luz justamente frente a ellas.
– ¡Rápido, salgamos por ahí!
– ¿Pero y los demás?
– ¡Sólo sígueme!
Sin pensarlo demasiado, Videl se arrastró dirigiéndose a esa abertura que milagrosamente apareció para ofrecerles una segunda oportunidad. Ireza, con problemas, la siguió sin poder ver hacia dónde iban confiando totalmente en Videl. Y su fe en ella, viéndose recompensada, le obsequió un reconfortante alivio cuando alcanzaron a llegar al exterior de la escuela.
Desgraciadamente, haberse librado de morir calcinadas meramente les hizo atestiguar el peor de los horrores.
Videl, mirando con más claridad el escenario que las rodeaba, fue incapaz de articular cualquier palabra para describir lo que veía. Ireza, deteniéndose a su lado, cayó en el mismo embrujo temblando como un asustado conejo al creer que aquello no era más que una espantosa pesadilla. Una pesadilla que perduraría por más de trece malditos e insoportables años.
Lo que comenzó con una sola columna de humo, acabaría transformándose en un horizonte completamente lleno de devastación y muerte ofreciendo una perspectiva del mismísimo infierno. Una devastadora lluvia de destellos de colores, reducía a montañas de escombros y fierros retorcidos a todos los rascacielos de la ciudad borrándolos del mapa.
El cielo, oscureciéndose al envenenarse de tanta humeante negrura, le impedía al sol iluminar los cuerpos desmembrados y quemados de los habitantes que se contaban por cientos al estar tirados en las calles. Los clamores y las súplicas se oían en cualquier dirección; no obstante, sus peticiones no eran respondidas acallándose poco a poco hasta que una macabra afonía reinó.
– ¿Videl, qué está pasando?
– No lo sé, no lo sé…
Sintiendo como la tierra se contorsionaba exactamente detrás de ellas, Videl rodó colocándose sobre sí misma observando en primera fila como su escuela perdía la batalla destrozándose al no poder soportar su propio peso. Ireza, gritando al ser víctima del terror, se cubrió con sus brazos protegiéndose de diminutos fragmentos de hormigón que rebotaron hacia ella y Videl.
Las dos, al unísono y naturalmente, se preguntaron si sus compañeros y maestros lograrían salir antes que la estructura se destruyera. Por distintas razones, tanto Videl como Ireza, se habían separado del resto sin lograr reunirse con ellos, su paradero les era incierto pero no tanto como su propia seguridad. Hallándose a la intemperie, el azar aparentaba estar apostando en su contra.
Poniéndose de pie, sacudiendo el grisáceo polvo que las cubría, las dos niñas emprendieron una desesperada carrera por regresar a sus hogares cuestionándose, sin evitarlo, si sus padres estarían bien en medio de tal destrucción sin precedentes. Ignorando el agotamiento, las quemaduras y otras dolencias, el dúo de chiquillas trataba de no caer en los muchos cráteres que las rodeaban.
– ¿Dónde están todos, acaso están muertos? –Ireza, al no contar con la misma prematura madurez que Videl, era derrotada fácilmente por el miedo– ¡no se ve a nadie!
Confundida, no pudiendo responderle, Videl se limitó a estudiar el terreno circundante cubriendo su nariz ante el nauseabundo hedor a carne quemada. Su estómago, revolviéndose sin que pudiese hacer algo al respecto, le provocaba unos terribles deseos de vomitar tosiendo y escupiendo al ponerse de cuclillas.
Aquel malestar la poseyó haciéndole caso omiso a los lloriqueos y preguntas que Ireza lanzaba una tras otra; empero, al percibir un estruendoso estallido a unas pocas calles de su ubicación, Videl redefinió sus prioridades reanudando su marcha no sin antes gritarle a Ireza que la acompañara. Así pues, saltando entre los cadáveres, la rubia y la pelinegra continuaron a pesar del peligro.
Y a lo lejos, resonando sutilmente, Videl distinguió el inconfundible bullicio de varias armas de fuego disparando como si una guerra se estuviese librando. Enseguida, brillando con debilidad entre la densa cortina de polvo y humo, Ireza reconoció los tonos rojos y azules de las sirenas de policía dibujando una inmensa sonrisa aliviada en su infantil rostro.
Videl, compartiendo el mismo sentimiento, no se demoró en enrumbarse directamente hacia ese sitio esperando que ellos pudiesen ayudarlas a reencontrarse con sus familias. Si bien aquello les levantó el ánimo, éste volvería a bajar cuando al aproximarse se toparon de frente con otra escena atroz pintada con el carmesí indudable de la sangre humana.
– ¿Adónde se metieron esos sujetos?
– ¡No lo sé, desaparecieron de repente!
Dos oficiales, notoriamente desorientados y malheridos, eran los únicos sobrevivientes de una brigada completa de uniformados cuyos vestigios eran imposibles de reconocer. Una veintena de patrullas, destruidas y destrozadas, se hallaban volcadas o cortadas por la mitad luciendo extrañas cicatrices en sus carrocerías como si una fuente de calor abrasador las hubiese atacado.
Era tal el nivel de daños en todas ellas que Videl, mirándola con detenimiento, también notó que los neumáticos y el asfalto se habían derretido mezclándose y formando una sola unidad. Tal cosa no era natural, aquello no podía causarlo ningún armamento que ella conociese pese a su juventud. Sea lo que sea que haya hecho eso, no pertenecía a este mundo.
No obstante, como entendería muchísimo después, en realidad era todo lo contrario.
– Creo que ya se fueron, ya se fueron…
– ¿Estás seguro?
– Claro que sí, ya no se ven por ninguna…
Callándolo, esculpiendo en su faz una expresión de horror y sorpresa, una descarga de energía salió de la nada atravesando el pecho de ese pobre desafortunado enviándolo al más allá en el acto. Videl, a unos quince metros de él, se ocultó detrás de un automóvil deshecho apretando los dientes para reprimir sus deseos de gritar. Y aquello, inteligentemente, la mantuvo a salvo.
– ¿Qué…qué demonios son ustedes? –Haciendo lo opuesto que Videl, aquel policía empezó a vociferar mientras apuntaba con su revólver a cualquier cosa que se moviese– ¿de dónde salieron ustedes, de dónde?
Una atmósfera, quieta y amenazante, se cernió sobre él obligándolo a mirar sus alrededores con una amalgama de rabia y temor. Agitado, escuchando solamente el ruido de su propia respiración, aquel indefenso individuo sentía el duro latir de su corazón entretanto el sudor goteaba de su barbilla al no oír ninguna respuesta para sus interrogantes.
Videl, agachada lo más que le era posible, no tuvo la capacidad de quitarle sus retinas de encima a aquel tipo sintiendo, sin conseguir explicarlo, que algo o alguien los asechaba con malignas intenciones. Fue tan grande aquel agobio que la aprisionó que, sin quererlo, una de sus piernas se movió golpeando un puñado de piedras que llamó la atención de aquel oficial.
– ¡Malditos!
Automáticamente, sin que vacilara, ese sujeto apuntó hacia donde Videl se encontraba comenzando a disparar pensando que se trataba de los responsables de la destrucción de la ciudad. La ojiazul, paralizada por completo, oyó como las balas chocaban contra el vehículo que la ocultaba rogándole a la providencia que ninguna de esos mortales proyectiles la impactaran.
– ¿Hasta cuándo nos quedaremos aquí, número Diecisiete? –una voz femenina, hablando desde muy arriba de sus cabezas, sorprendió por igual a Videl y al policía– ¡ya mata a esa sabandija y vámonos a otra parte!
– ¡Lo arruinaste todo, número Dieciocho! –una presencia masculina, con un claro reproche, replicó–quería seguir jugando con él un poco más, luego iba a matarlo tomándolo desprevenido.
– ¡Entonces mátalo de una vez, en esta maldita ciudad ya no queda nada!
– ¡Qué aburrida eres, número Dieciocho!
– ¡Salgan de dónde quieran que estén, puedo escucharlos! –El uniformado, inclinando hacia arriba el cañón de su pistola, los retó con una imprudencia que le costaría caro– ¡malditos sean, pagarán lo que han hecho!
Videl, por su parte, vio como dos siluetas se delineaban en medio de las fumarolas que bloqueaban el cielo escondiéndose, instintivamente, debajo de aquel coche que la protegía. Desde esa posición su ángulo de visión resultaba ser limitado impidiéndole ver con nitidez lo que pasaba; sin embargo, pudo mirar sin dificultades como dos personas aterrizaban con una letal suavidad.
– ¿Quién diablos son ustedes? –Girándose al oírlos plantarse en el suelo, el policía los encaró con su revólver– ¿vienen del espacio exterior o del infierno?
– ¡Número Diecisiete, ya me cansé de escuchar a este idiota!... ¡mátalo!
– Estás de malhumor porque no encontraste ropa que te gustara en esa tienda…
– La que tenían estaba muy pasada de moda…
– ¡Ya cállense! –Furioso, recordando cómo sus amigos y colegas perecieron por su culpa, accionó el gatillo utilizando las escasas municiones que aún poseía– ¡acabaré con ustedes dos, malditos!
Por estar refugiada en ese sitio, Videl fue incapaz de atestiguar como el plomo se estrellaba de lleno contra aquellos desconocidos sin causarles ni el más ínfimo rasguño. Aún así, al contemplar como los trozos aplastados de metal caían al pavimento, experimentó la misma sensación de incredulidad y pavor que, sin control, se adueñó de ese infortunado agente del orden.
– Desaparece de mi vista…
La mujer que, en el futuro, Videl conocería como número Dieciocho, se arrojó contra su siguiente víctima a una velocidad sobrehumana sujetándolo de la garganta aplicando una presión bestial en él. Videl, conteniendo la respiración, tuvo la suerte de no alcanzar a ver como esa bella monstruosidad de cabellos rubios le partía el cuello a ese desventurado caballero.
– ¡Ahhhhhhhhhhhh!
Como si una corriente eléctrica la sacudiera en su totalidad, el chillido horrorizado de una niña provocó que Videl recordase que no se hallaba sola. Volteándose, viendo hacia atrás, Videl vio como Ireza continuaba gritando propiciando que aquellos asesinos se fijaran en ella. La pelinegra, sin desearlo, se petrificó mirando como su amiga se condenaba a ella misma.
¿Debió haber hecho algo para salvarla?
¿Debió salir de su escondite para protegerla?
¿Debió al menos intentar lo que fuese con tal de rescatarla?
A partir de ese día en adelante, esas y más preguntas la torturarían haciéndola sentir culpable por lo que pasaría en pocos segundos. Ireza siempre fue más que una amistad, llegó a quererla tanto que era como la hermana que nunca tuvo. Extrañaba su compañía, sus risas, sus bobadas y su sinceridad. Verla morir fue igual de doloroso que resistir en el apocalipsis que vendría después.
– Vaya, parece que aún quedaba alguien con vida.
– ¡Haz que se calle, número Diecisiete!
– De verdad que hoy estás de un humor terrible, en la próxima ciudad que visitemos será mejor que encuentres ropa de tu agrado…
Ireza, estando congelada y aterrorizada, ni siquiera trató de huir o pedir ayuda al sentirse desamparada. Videl, sin reaccionar, vio como aquellos homicidas se le acercaban con una diabólica lentitud. Aquel joven de cabellera oscura y pañoleta anaranjada, le sonrió con una falsa amabilidad diciéndole con un gesto que se tranquilizara mirándola gimotear al arrodillarse junto a ella.
– ¿Estás sola, pequeña? –acariciándole sus dorados mechones, ese maldito rufián le preguntó con dulzura y delicadeza.
– Sí…sí…
– Ya veo, no deberías andar sola en medio de un mar de cadáveres. Es peligroso–con hipocresía y burla, él le comentó secándole las abundantes lágrimas que corrían por sus mejillas–te pareces mucho a mi hermana, tienes el mismo color de cabello que ella…
– ¿Hermana? –Hablando con dificultad, la voz de Ireza se entrecortaba por el llanto.
– Sí, ella es mi hermana–apuntándole con un dedo a su acompañante, número Diecisiete se giró por un santiamén para volver a enfocarse en la niña– ¿te das cuenta?...las dos son casi idénticas.
– ¡Diecisiete deja de estar jugando y mátala ya!
– Aunque es una pena que sea una amargada y gritona–riéndose de ella, Diecisiete bromeó un poco.
– ¿Dónde están todos, dónde están mis papás? –Ireza, viéndolo a los ojos, lo vio dibujar una orgullosa y amplia sonrisa.
– ¿Viste lo que le pasó a ese policía, lo viste?
– Sí…
– Bueno, eso les pasó a todos–sin el más mínimo tacto, Diecisiete le afirmó–lo siento mucho, lindura; pero dudo que tus papás sigan con vida después de lo que hicimos.
Ireza, con ganas de volver a llorar, fue silenciada cuando él le tapó la boca con una mano.
– Ya tenemos que irnos, pero te prometo que no te dolerá…
No podía asegurarlo con certeza, pero Videl juraría que Ireza la miró directo a los ojos en ese fugaz instante antes de desaparecer para siempre. No quedó nada de ella, ni el más remoto rastro o huella que pudiese sepultar en una tumba a la cual llevarle flores. Ireza se desvaneció en una radiante luz que brotó de la mano de ese monstruo, una luz tan dorada como sus mechones.
Todas las noches la veía morir. Sus sueños, pese a sus intentos por detenerlos, se transformaron en la misma pesadilla donde Ireza moría asesinada una y otra vez sin hallar descanso eterno. La década siguiente le trajo una gran variedad de tragedias; pero ese recuerdo en específico, era como una astilla en su mente volviéndola loca al culparla por no haber hecho algo por ella.
– Otra vez se fue mientras dormía…
Si bien ese tormento se transformó en su penitencia, también solía ser su fiel despertador regresándola a la realidad con la precisión de un reloj. Y habiéndose despertado, Videl confirmó lo que sospechaba desde que él reapareció frente a su puerta cubierto de sangre y más muerto que vivo.
– Al menos debería decirme quién es…
En la cama un enorme vacío se robó su mirada, estudiando minuciosamente la figura plasmada en las mantas y el colchón. Levantándose, poniéndose de pie, Videl pestañeó un par de veces adaptándose a la brillante presencia del sol que se filtraba entre las viejas cortinas. Comprobando que sus pertenencias ya no estaban, Videl se inclinó a recoger una solitaria venda ensangrentada.
– Supongo que volverá la próxima vez que me necesite…
Ese hombre era como un fantasma, entraba y salía de su vida sin explicación alguna llegando a cuestionarse si era real o no. Si tenía un nombre lo ignoraba, pero era esa incertidumbre de no saber nada de él, la que la impulsaba a curarlo y cuidarlo como si él fuese la posesión más valiosa que tuviese. Era un hombre que no existía, un hombre que significaba todo para ella.
Sus destinos se cruzaron por primera vez en medio de una inclemente tormenta, aquella tarde cayó del cielo muchísimo más que sólo relámpagos y lluvia. Mientras veía el lluvioso clima desde una ventana, distinguió como un punto destellante se precipitaba a tierra creando un colosal agujero al estrellarse. Tal violenta colisión, sacudió su humilde morada hasta sus cimientos.
En un principio creyó que era un meteorito; empero, empujada por un repentino calor que brotaba desde sus adentros, a Videl no le importó mojarse atravesando un sinfín de ruinas que alguna vez formaron parte del paisaje urbano de una gran ciudad. Y al llegar al borde de aquel cráter, cualquier suposición o conjetura se fue por el caño al descubrir lo que allí se escondía.
– ¡No puede ser!
Tirado y moribundo se topó con un ser humano, o al menos eso aparentaba. Apenas si respiraba, pero podía sentir su débil pulso negándose a detenerse. La sangre, mezclándose con el agua que caía sin parar, originó un charco rojizo que no dejaba de crecer llegando a tocar la punta de sus botas. Y allí, al verlo agonizar, se dijo que no cargaría en su conciencia otra muerte más.
Ireza murió por su inacción.
Ese desconocido sobreviviría por su intervención.
– Resiste por favor, te ayudaré…
Dejó las dudas para otra ocasión, ese no era el momento para pensar. Halándolo de una pierna, dando hasta su último aliento, lo arrastró por el lodo hasta albergarlo bajo su propio techo. Jamás olvidaría su sorpresa al estudiarlo más de cerca, nunca había visto a alguien tan musculoso como él. Aquel sujeto daba la impresión de poder romper un roble por la mitad, era asombroso.
Vendó y atendió cada lesión y corte que halló en él, cualquier otro hubiese muerto luego de semejante choque. No obstante, desafiando la lógica y el sentido común, aquel individuo continuaba con vida pese a haber caído desde lo más alto del firmamento. Asimismo, Videl no ocultaba su asombro al tocar con las puntas de sus dedos las abundantes cicatrices en su piel.
Algunas eran leves, superficiales. Otras, como las que tenía en todo su pecho y abdomen, presumían una profundidad tan aterradora que Videl no entendía cómo pudo haber sobrevivido a heridas tan serias. En definitiva, su inesperado huésped resultaba ser una persona que simplemente no podía existir en realidad. Aún así, le transmitía una inusual tranquilidad.
A lo largo de los últimos años, desde el momento que en su ciudad fue destruida, Videl se vio obligada a pelear por su supervivencia enfrentándose a retos que los pronósticos más reservados vaticinaban que terminaría falleciendo en agonía. Sin embargo, terca y reacia a morir, Videl luchó contra viento y marea aprendiendo de cada error que cometía y, máxime, a no confiar en nadie.
Inmediatamente después de ver como su amiga era arrancada de este mundo, Videl se dirigió veloz a su casa dejando un infinito rastro de lágrimas a medida que avanzaba. Para su desdicha, no dejaría de llorar por un tiempo al llevarse el segundo golpe del día. Un golpe que acabó de confirmarle que se encontraba sola y por su cuenta.
– ¡Papá, mamá!
Su hogar, el que horas antes yacía justo allí, fue reemplazado por una montaña humeante y carbonizada de escombros que combinaba con el ambiente de destrucción en los alrededores. Llamó a sus padres con todas sus fuerzas, gritó hasta que su garganta se desgarró dejándola sin voz por días. Si bien era obvio, ella se negó a aceptar lo que sus ojos le mostraban.
Escaló la pila de restos escarbando entre las cenizas, encontrando toda clase de objetos que sólo empeoraron su llanto. Mucha de su ropa estaba irreconocible, de sus juguetes no quedaban más que polvo. Continuó buscando hasta que la noche se presentó, no le interesó estar a la intemperie tratando de encontrar el más diminuto signo de esperanza entre los lúgubres despojos.
Al salir el sol, y con sus mejillas todavía húmedas, sus esfuerzos dieron resultados aunque no eran los deseados. Levantando un puñado de madera quemada, Videl se desplomó al identificar dos cuerpos chamuscados que claramente eran los de sus progenitores. Ambos, compartiendo un fuerte abrazo, partieron al más allá al no lograr escapar de su horrible final dejándola huérfana.
Con dificultad, usando sus propias manos para hacerlo, los sepultó en el patio trasero donde, en verano, acostumbraban preparar parrilladas comiendo juntos sobre en el verdoso pasto. Un pasto que, aún emanando humo, ahora daba por sentado que ya nada volvería a ser como lo recordaba. El pretérito era inalcanzable, el presente era un infierno y el futuro era incierto.
Sabiendo que no podía quedarse allí, recogió las pocas cosas que podrían serle de utilidad topándose, casualmente, con un viejo y achicharrado álbum fotográfico. Y en él, al abrirlo, se manifestó un milagro que la llenaría de fuerza en los momentos más duros que estarían por venir. Era una fotografía de ella y sus padres, la única foto que el fuego no consiguió devorar.
Y con ese recuerdo guardado en un bolsillo, Videl partió sin saber cuánto resistiría.
Los androides, así se hacían llamar los asesinos que destrozaron su existencia. Aquello lo supo gracias a una radio abandonada con la cual, por obra del azar, se tropezó con ella al buscar víveres en un restaurante parcialmente demolido. Durante las semanas que las baterías le dieron energía, aquel aparato le narró las atrocidades que esos homicidas perpetraban sin que fuesen detenidos.
Pero, aunque sonase contradictorio, Videl entendería que el verdadero peligro para la humanidad no eran los androides. Era la humanidad misma.
– ¡Quédate quieta, maldita mocosa!
Por un quinquenio, Videl se refugió en las alcantarillas alimentándose de latas oxidadas de atún y vegetales. Sació su hambre con las escasas provisiones que encontraba en antiguos supermercados y tiendas; empero, como descubriría con rapidez, no era la única en visitar esos sitios con el deseo de llenar su estómago.
– ¡Esta comida es mía, yo la encontré primero!
Otros sobrevivientes, igual que ella, buscaban hasta debajo de las piedras algo que calmara su inanición escudriñando cualquier lugar que les prometiera ayudaros. Muchos, empujados al límite al ya no existir un gobierno que los controlase, recurrían a la violencia amenazándose y matándose los unos a los otros llegando al extremo de caer en el canibalismo.
Videl, viendo aquello desde la protección de los drenajes, salía solamente cuando el velo nocturno camuflaba su presencia. Aunque, en ocasiones, tenía la mala fortuna de toparse con bandidos o pistoleros que carecían de escrúpulos a la hora de hacer lo que sea por vivir un día más. Aún así, Videl estaba muy lejos de ser una indefensa y desprotegida mujer.
Su padre, a pesar de no poseer gran destreza, era un apasionado amante de las artes marciales y aspiraba poder competir en alguna oportunidad por el campeonato mundial. Y Videl, con frecuencia, le ayudaba a entrenar y practicar aprendiendo varios movimientos de pelea que, en la soledad de los vertederos, se encargó de perfeccionar y pulir con paciencia.
En épocas difíciles, defenderse era más que primordial.
– No estoy de humor para juegos, niña estúpida–apuntándole con un arma, un forajido la amenazaba al toparse con ella en las ruinas de un supermercado–será mejor que me entregues por las buenas esas latas de habichuelas o te las quitaré por la fuerza.
– Esta no es la primera vez que me encuentro con sujetos como tú, que tengas un arma en las manos no me asusta–retadora, guardando los valiosos recipientes con habichuelas en su mochila, Videl se puso en posición de pelea.
– ¡Niña tonta!
Sagaz, sin perder la compostura ni el temple, Videl se ladeó con tal prontitud que las balas sólo llegaron a rosar su extenso cabello negro que se agitó en el aire. Sabiendo que debía irse de allí cuánto antes, Videl no se anduvo con rodeos y se deslizó en el suelo contratacando con una patada rastrera a nivel de los tobillos que, con efectividad, tumbó a ese maloliente matón.
Colocándose arriba de él, Videl apretó sus puños acribillándolo con una brutal serie de puñetazos y derechazos que explotaron en cada centímetro de la faz de su agresor. Videl no pretendía matarlo, pero al menos procuraba dejarlo lo más diezmado posible para evitar que se levantase y la siguiera. No quería que su morada fuese descubierta, el anonimato era su seguro de vida.
Así pues, al verlo inconsciente y fuera de combate, Videl registró sus ropas tomando todo aquello que le resultase de provecho para de inmediato retirarse entre las sombras. Esa fue su rutina en su triste niñez y en su conflictiva adolescencia, las cloacas le dieron un espacio donde refugiarse del exterior ocultándose tanto de los androides como de otros potenciales riesgos.
No obstante, los muros del alcantarillado fueron desmoronándose gradualmente debido a los daños del primer ataque perpetrado por Diecisiete y Dieciocho; aunado a eso, con el paso de los crudos inviernos y de las cruentas tormentas, los túneles acabaron inundándose haciéndole ver a Videl que ya no era conveniente seguir habitándolos. Debía volver a la superficie, lo quisiese o no.
Y así, habiendo perdido la inocencia y la juventud, una Videl en plena adultez se embarcó en un corto viaje a las afueras de la ciudad dejando atrás el devastado corazón de la extinta Ciudad Estrella Naranja. Para su suerte, la providencia volvió a sonreírle obsequiándole una maltrecha y polvorienta cabaña a la que le dedicó mucho esfuerzo en reparar y subsanar.
Fue en esa misma cabaña donde lo hospedó y atendió durante las dos interminables semanas que se mantuvo convaleciente. A diario, con una devoción casi religiosa, Videl se acercaba a la cama para comprobar su estado asombrándose, aún más, que sus gravísimas fracturadas y laceraciones estuviesen sanando con una velocidad que superaba los límites naturales de un humano normal.
– No sé si logras escucharme, pero desearía que sí pudieses–a veces, luego de recolectar agua de lluvia en unas cubetas, Videl le hablaba queriendo despejar las preguntas que resonaban en su mente exigiendo una respuesta–por muchos años me mantuve escondida lejos de la gente, me volví una solitaria, casi una ermitaña pero gracias a eso he podido sobrevivir hasta hoy.
Él, como ya era habitual, permanecía dormido.
– Pero tú has sido el único que me ha impulsado a salir de mi caparazón, me siento como una estúpida hablándole a alguien que tal vez no puede oírme pero de verdad necesito entender por qué tengo esta necesitad de cuidar de ti–tomándolo de una de sus manos, Videl delineó una media sonrisa en sus labios al mirar la considerable diferencia de tamaños–quiero saber quién eres, quiero saber cómo es posible que cayeras del cielo y siguieras con vida, quiero saber cómo tus heridas sanan tan rápido. Quiero saber si algún día este maldito tormento se acabará, necesito saber todo eso y mucho más…
Y una mañana, al despertar en la silla que la acunaba al reinar la luna, una nueva interrogante se añadió a su lista.
¿Adónde se fue?
Sin olvidar ninguna de sus pertenencias, sin dar la más mínima explicación y sin darle las gracias, aquel extraño hombre se marchó. Videl, al notar su ausencia, explotó en furia insultándose y blasfemando contra él por haber sido tan ingenua. Empero, más frecuentes de lo que imaginaba, sus visitas se tornarían cotidianas teniendo varios elementos que se repetían:
Él aparecía justo al obscurecerse el ocaso.
Él aparecía cuando el suicidio más la tentaba.
Él aparecía ante su puerta desplomándose a sus pies.
En cada una de sus apariciones nunca hubo intercambio verbal entre ellos; pese a eso, Videl jamás vaciló en socorrerlo. Pero, esta vez, las costillas rotas y las cortaduras sanguinolentas se quedaron minúsculas en comparación con la amputación de uno de sus brazos. Si bien la sangre era algo que ya había visto muchísimas veces, no la atestiguó en las proporciones tan mortales de ahora.
¿Quién le causaba esas terribles heridas?
¿Cómo era posible que sobreviviese a aquello?
¿Acaso ese individuo tenía algún nexo con los androides?
– A este ritmo, la próxima vez que se aparezca por aquí no tendrá una pierna.
Y así, llenándola de una incertidumbre y pena que le hacía desear haber compartido el destino de sus padres e Ireza, uno tras otro los meses desfilaron frente a su ventana. Pronto, con demasiada prisa, el blanco se apoderó del horizonte cubriendo los vestigios destruidos de la civilización y las montañosas colinas con una gruesa capa de nieve que evocaba las celebraciones de antaño.
Los pocos ríos que fluían se congelaron, la ya de por sí poquísima comida se hizo aún más difícil de encontrar haciendo que Videl mirase con apetito las cortezas de los árboles. Abrigada con un trozo de tela y al contemplar la blancura de los vientos, Videl se preguntaba si era la única que quedaba en toda la vastedad del planeta Tierra al no tener contacto con nadie más en mucho tiempo.
Literalmente se sentía sola. Los bandidos con los que lidiaba por obtener suministros se esfumaron de su vista; inclusive, otros residentes de la pulverizada metrópoli también desaparecieron de su entorno acrecentando su temor de ser la última persona en todo el mundo. Los animales y las plantas adoptaron el mismo patrón, era como si cada ser viviente se marchitara ante sus ojos.
De continuar así, su cadáver terminaría enterrado en el olvido.
¿Cómo hubiera sido su vida si los androides no hubiesen aparecido?
¿Su padre habría cumplido su anhelo de coronarse como campeón mundial?
¿Su madre sería una cantante profesional como quería desde que era muy pequeña?
No lo sabía, era un hecho lamentable que tales suposiciones se apaciguaran con un insípido "tal vez". Fantaseando, dejando volar su imaginación, vio a su padre librando la pelea más importante de su carrera alzando con júbilo su trofeo de ganador. Él sonreía y se carcajeaba con aquella risa tan escandalosa que lo caracterizaba, sea veía orgulloso de sí mismo pero, sobre todo, era feliz.
A su madre, por otro lado, la imaginó parada en lo alto de un escenario luciendo un precioso vestido con brillantinas que reflejaban las luces que seguían cada uno de sus movimientos. El público, coreando sus canciones, acompañaba su dulce voz al protagonizar aquel espectáculo con las letras de sus melodías repletas de amor e ilusiones.
Pero todo aquello era precisamente eso: ilusiones.
Titiritando por el frío, sintiendo como los dedos de sus manos y pies se entumían, Videl se encerró en el interior de su cabaña cerrando los agujeros en la madera por donde las heladas brisas se colaban adentro. Sin más qué hacer al respecto, Videl se anidó bajo las mantas de su cama luchando por mantener vivo el módico calor que albergaba en su ser.
El fuego en su chimenea hacía varios días que se apagó permitiéndole a la parca asecharla. Este, sin duda alguna, aparentaba ser el final de su camino. Los androides ya no eran una preocupación en su mente; al contrario, le habría encantado que ellos apareciesen frente a ella para que le pusieran fin a su agonía con aquellos calcinantes rayos que le arrebataron su familia.
Entreabriendo los ojos, temblando sin control, Videl creyó ver los rostros de sus padres sonriéndoles desde la lejanía. Ambos, saludándola al alzar sus brazos, la llamaban invitándola a unirse a ellos diciéndole que Ireza también la esperaba. Y ella, esforzándose por seguirlos, se inclinó cuanto pudo sobre el colchón mirando directamente el contorno de su puerta.
¡Crack!
Un sonido, proveniente desde el exterior, le dio realismo a las alucinaciones que experimentaba creyendo que finalmente el dolor se acabaría. Luego un segundo y un tercer golpe se sumaron, el pomo en la cerradura se agitó como si un extraño intentase entrar. Videl, con su conciencia casi dormida, ni siquiera se preguntó que sucedía pensando que era la muerte quien la buscaba.
Con brusquedad, provocando que una congelante ráfaga inundara la vivienda, la entrada se abrió por un instante mientras una silueta se delineaba en la oscuridad. No dándole importancia, ya no interesándole nada, Videl ignoró aquello sin percatarse que la portezuela se volvía a cerrar. Casi de inmediato, poco después, las tablillas del piso comenzaron a crujir al ser pisadas por alguien.
– Has cuidado de mí muchas veces, ahora yo cuidaré de ti.
Nunca antes había escuchado esa voz, le fue imposible identificar a su propietario a pesar de la sensación de familiaridad que le producía. Agotada, ya no pudiendo seguir despierta, Videl se desmayó percibiendo como una poderosa calidez la rodeó exorcizando el álgido demonio que la poseyó. Durmió cómoda, segura y en paz. Tal y como cuando su madre la arropaba de niña.
Y allí, con esa armonía abrazándola, Videl divagó en una realidad que para ella no eran más que sueños pero que, más allá de su comprensión, era otra versión suya de carne y hueso que en verdad existía. Se vio a sí misma entrenando al seguir los pasos de su padre, se vio a sí misma construyendo un legado que la haría merecedora de una reputación envidiable.
Ireza, desbordante de jovialidad, era su fiel escudera riendo y viviendo alejadas de la matanza que las separó cuando los androides se interpusieron entre ellas. Era un mundo casi perfecto, un mundo donde las calles y avenidas rebosaban de actividad al estar atestadas por la muchedumbre. Era, literalmente, un paraíso terrenal. Un paraíso que no fue para ella, pero sí para otra Videl.
Un paraíso del que debía despedirse.
– Qué bueno, ya despertaste…
Una cara, aclarándose y definiéndose, le dio la bienvenida al volver al invernal presente al cual pertenecía. Gradualmente, de a poco, aquella faz fue esculpiéndose mostrándole una gruesa nariz, unos labios algo resecos y un par de oscuros ojos negros que irradiaban un aura intimidante pero a su vez protectora.
– Aún está haciendo mucho frío, no salgas de la cama.
Era él, el hombre que no existía se tornó muy real.
– Mientras dormías fui a cortar algo de leña, la chimenea debería hacer lo suyo ahora que la encendí–él, abrigándola de nuevo, le ofreció un semblante amable.
– ¿Qué es ese olor?
– Es el desayuno, además de la leña atrapé un ciervo–señalándole una enorme pieza de carne asándose en la chimenea, él continuó hablándole–quería prepararte algo de desayunar pero no encontré nada de comer en la cabaña, así que supuse que tus provisiones se agotaron.
Aquello sonaba y olía muy bien; no obstante, Videl no pudo resistirse a hacerle la primera de sus muchas interrogantes.
– ¿Quién eres?
– Mi nombre es Gohan–respondiéndole, él dio un paso hacia atrás para dejarla descansar–quiero darte las gracias por salvarme tantas veces, escuché todo lo que me decías cuando estaba tendido en esta misma cama aunque no podía contestarte. Sé que tienes muchas preguntas por hacerme, trataré de respondértelas todas lo mejor que pueda pero antes quiero que duermas un poco más.
– Mi nombre…mi nombre es Videl–no sabiendo qué decirle, ella optó por presentarse ahora que tenía la oportunidad de hacerlo–me llamo Videl Satán.
– Mucho gusto, Videl. Ahora descansa…
Agotada, cayendo rendida nuevamente, Videl no opuso resistencia y se dejó llevar. Le vio sonreír entretanto su aspecto se distorsionaba hasta desvanecerse. Esta vez ninguna imagen mental se mostró ante ella, fue un descanso apacible sin recuerdos dolorosos ni visiones abstractas teniendo la certeza que, al despertar, él estaría allí para tener aquella tan ansiada charla pendiente.
Y así lo fue. Horas más tarde, sentados a la mesa, ella aún arropada con una frazada, le escuchó hablar cuando le despejaba, una a una, todas sus inquietudes. Al principio muchas cosas que le parecieron absurdas, ilusorias e improbables. Llegó a creer que él se burlaba de ella al relatarle historias de viajes espaciales, tiranos intergalácticos y guerreros de cabellos dorados.
Aún así, al masticar la caliente carne en su plato, sus delirios fueron sonando más y más coherentes llegando a creerlos cuando, frente a ella, él hizo varias demostraciones que no le daban cabida al escepticismo. Sin embargo, más allá de eso, Videl conoció al individuo que había detrás de ese imponente físico.
Palpó en él el dolor de las muertes de sus camaradas, la angustia de su anciana madre al verle malherido y la impotencia de su joven alumno al no ser capaz de ayudarlo. Él, con vergüenza y honestidad, le confesó que siempre recurría a ella porque le hacía sentir lejos del tormento. Ella, sin proponérselo, le brindaba un consuelo que rayaba en lo inverosímil, casi en lo mágico.
Un consuelo que era mutuo.
Le dolió verlo partir al pasar la tormenta, le hubiese gustado que se quedara pero sabía que esa no era una opción para él. Se quedó inmóvil cuando se marchó, no se movió de su ventana hasta que su estela de luz se tornó tan pequeña que se perdió entre las nubes. Agradeciéndole los abundantes suministros que le obsequió, Videl intuía que no tardarían en volverse a ver.
Siempre estaría allí para él.
Siempre le esperaría con su puerta abierta.
Siempre miraría el cielo buscándolo entre las brillantes estrellas.
Porque el hombre que no existía era más que un simple visitante, era el último pilar que la sostendría hasta que su corazón no pudiese latir más. No tenía idea de cuánto les quedaba a los dos, podían morir de mil formas distintas en mil momentos diferentes; aún así, Videl miraba el firmamento sintiéndose libre de temor.
No hallaba la manera de explicarlo pero presentía que, muchísimo más allá de las barreras del tiempo y del espacio, una Videl con mejor fortuna que ella también se toparía con él. No importaba si ella o él morían a manos de los androides, en algún otro punto de la infinitiva vastedad del cosmos tanto ella como él tendrían la vida que nunca pudieron tener.
Y quién sabe, quizás acabarían siendo más que la suma de sus partes.
Fin
Hola, mil gracias por tomarse la molestia de leer, espero que este cuarto episodio les haya gustado. Como siempre, le doy las gracias a mí querida amiga Linkyiwakura por sus hermosos dibujos de Gohan y Videl, sin ella esta antología simplemente no existiría. Cada uno de estos fanarts representa un reto interesante, un reto que me complace compartir con todos ustedes.
Mirai Gohan y Mirai Videl son un punto muy sensible para mí; a diferencia de sus equivalentes del presente, ellos dos son como una herida abierta. Me explico, oficialmente Mirai Videl nunca es mencionada ni mostrada en la serie, lo cual podría indicar que ella no existió o nunca conoció a Mirai Gohan. Ambas alternativas me entristecen, me duele que no hayan podido conocerse.
Años atrás les dediqué dos historias: El Color de la Esperanza y Ávalon, dos fanfics que me traen lindos recuerdos de cuando comencé en esto de los fics. Sinceramente no tenía pensado escribir más de ellos porque creía que ya había plasmado mi visión de ambos en esos relatos; sin embargo, gracias al dibujo de Linkyiwakura, me puse manos a la obra y este es el resultado final.
Por otro lado, como detalle personal, les comento que hice hasta lo imposible por terminar este capítulo precisamente para el día de hoy: 12 de mayo. No hace falta que lo recuerde, estoy seguro que ustedes recordarán que fue en esa fecha cuando los androides aparecieron y desataron el apocalipsis que cobró la vida de casi todos los Guerreros Z.
Antes de retirarme quiero darles las gracias a Giuly De Giuseppe, SViMarcy, Linkyiwakura, Ely15, Lupis OrSa, Saremi-San 02, Majo Aphrodite, Lisa y a Son Michel por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
