Una semana con los Loud

Capítulo 21 El sonido del silencio

Howie, ¿No encuentras insultante usar de excusa tu enfermedad justo ahora?—preguntó el joven de al menos veinticuatro años, parado frente a la puerta de la casa en Providence, con el ambiente lluvioso fuera del recibidor de madera.

Stanley, mi salud decae con el pasar del tiempo, a diferencia de mi curiosidad.—admitió el referido—Pero es importante que realices este viaje, pocas son las diligencias que toman el camino a Insmouth durante esta época, encontrar otra podría tardar meses.

Stanley, un joven adulto de poco más veinte años, era un hombre recién graduado de la respetable rama del periodismo, dedicado a documentar casos sorprendentes e intrigantes para hacer saber a las masas sobre la presencia de cosas que ellos no deseaban ver, Stanley tenía un futuro prometedor en sus manos, pero también un primo molesto, Howie, que se dedicaba a investigaciones fantasiosas y pueriles, sobre historias mitológicas de dudosa procedencia. Stanley solo seguía manteniendo contacto con Howie, porque era su único familiar de su edad, y su amistad forjada en un pasado, que ahora parecía distante.

Pero Howie, veo que aun no entiendes, tengo asuntos más proliferantes en que gastar el tiempo, ya deje de ser un niño.—dijo despectivamente, estaba frente a la puerta de la casa del susodicho.

Howie, en cambio, era un chicuelo de apenas dieciocho años, tan lleno de enfermedades que prefería pasar todo el día en casa, leyendo libros. Cosa que lo volvió un retraído con el pasar de los años, pero que Stanley nunca se dedico a cambiar. Su personalidad era tan marcada, que incluso sin enfermedad, sabía que Howie seguiría escabullido en su guarida. Siempre leyendo cuentos e historias de monstruos imaginarios con tentáculos, viniendo de otras dimensiones, y a ese lunático de Poe.

¿Y dejaste de amar a la tía Sarah?—le recriminó Howie al susodicho por sus palabras.

Eso hizo que Stanley se detuviera en seco, su tía Sarah, la dulce e inocente señora que los cuidaba a él y Howard cuando solo eran niños en el poblado de Dunwich, fue encerrada por su abuelo Luther Watheley en una habitación especial construida bajo el molino del terreno familiar, debido a "una enfermedad terminal".

Ambos pasaban ya de los veinte años y esa enfermedad "terminal" seguía sin aniquilar la vida de su tía, pero el confinamiento era tan estricto como lo fue en un inicio.

No, no la deje de querer, fue como una madre para mí, y tú fuiste como un hermano.—admitió él lanzando un largo suspiro—Pero no puedes vivir en el pasado por siempre Howie, el mundo cambia…

¡La familia nunca cambia!—dijo a la defensiva.

¿Enserio? Porque hasta donde yo sé, la familia suele mandar correspondencia con constancia para preguntar sobre cómo estuvo el último año nuevo, o disculparse por no asistir a la fiesta de graduación, o el cumpleaños de Elizabeth.—dijo Stanley recriminando y pegándole una palmada en el pecho, dejando los boletos de autobús en el pecho de su primo—La verdadera familia, Howie, no te busca después de siete años sin contacto para decirte que deberían ir a un pueblo remoto y olvidado de la mano de Dios a buscar pistas de… De… ¡Fantasmas!—dijo bastante indignado.

Los Profundos no son fantasmas, son…

Ciertamente no me interesa.—le cortó Stanley—Dame un motivo, un único motivo que haga merecer mi tiempo de esta empresa.

Porque es Insmouth donde fue la tía Sarah antes de…Ya sabes… Enfermar.

Stanley volvió a suspirar profundamente, su primo aprovechó la oportunidad y lo tomó del brazo, dejando de vuelta los billetes en su mano:

Vamos Stanley, será el reportaje de tu vida, imagínate, serías el primero en descubrir a los Profundos, después de años de que solo sean una raza escondida en nuestras propias narices.—dijo para después tomar un papel con anotaciones y lo dejó en la mano contraria al boleto de ida y venida a Arkham—Y si mis investigaciones apuntan en el aro de la verdad, entonces daré un tiro certero al afirmar que nuestra tía sufrió su enfermedad por el contacto con estos desgraciados.

Stanley miró el boleto empapado, luego a su primo, pensó en todo lo que habían pasado juntos, desde cuando se enteraron de que las visitas a Dunwich se acabarían, cuando Howie se recluyó en su habitación en una investigación sin fin sobre enfermedades mortales y olores petulantes mientras que él se dedicaba a reintegrarse a la vida en Providence. Incluso se permitió recordar como sus vidas quedaron totalmente separadas cuando comenzó a estudiar en la universidad y como eso eventualmente le trajo un puesto en el peritico local, puesto que oscilaba en una delgada línea con el desempleo si no encontraba un titular jugoso...

Ahora Stanley tenía una vida, una vida en sus años más dulces, ascendiente y llena de alegrías, incluso creía que podría ganarse el cariño de alguna señorita antes de cumplir los treinta. Mientras que su primo parecía, en cambio, enfermo debido a su reclusión y por sobre todo, evasivo a la realidad, con sus constantes escritos fantásticos de cosas totalmente absurdas.

Vamos Stanley, si yo fuera solo empeoraría mi condición médica.—dijo Howie suplicante—En cambio tu eres fuerte, decidido, ágil… Y eres hábil hablando con las personas, no como yo…

Finalmente aceptó el boleto guardándolo en el bolsillo de su largo abrigo y le lanzó una mirada de molestia a su primo.

Más te vale que pueda encontrar respuestas, como mínimo.—dijo Stanley con un dedo acusador—Eres demasiado astuto para tu propio bien Lovecraft…

Maldijo a la vez que volvía la espalda a la entrada y se dirigía hacia su carro, sin ningún sombrero que cubriera su cabeza de la lluvia torrencial.

Por nuestra tía.—dijo Lovecraft en la puerta de su casa, levantando una mano e intentando sonar animado.

Por la tía Sarah.—dijo Stanley guardando también en el chaleco la libreta de notas.

Cerró los ojos, y cuando los abrió se encontraba en la habitación de un hotel mohoso y descuidado. ¿Cuántos días habían pasado desde aquella charla con su primo? ¿Un par? ¿Casi una semana o dos? Escuchaba pasos crepitando desde las escaleras, pero no pasos como los que dejaría un zapato chocando contra la madera, sino de algo pegajoso y de piel escamosa, que dejaban un pequeño ruido claramente de chapoteo, eran ellos, venían tras él, sabía demasiado, sabía ahora todo. No tenía escapatoria, de un momento a otro esas criaturas lo encontrarían en su habitación y lo matarían, lo matarían en sus años más dulces… Solo podía pensar algo en ese momento.

¡TE MALDIGO HOWIE!—gritó buscando una salida por la ventana del quinto piso a la vez que la puerta de la habitación era abierta, esas horribles figuras se acercaban a él.

El grito fue tal que el agua negra y apestosa, estancada en la pequeña piscina inflable, salió expulsada en un chorro hasta el techo, solo para volver a caer sobre la cabeza del susodicho. Stan el Profundo despertó de su letargo, no sin esfuerzo.

Al momento de levantarse, con su joroba siempre curva, vio que sus manos seguían chamuscadas por la noche pasada. Claro que lo estarían, después de todo había atacado a la elegida de sangre. Esa niña rubia del futuro era la mejor arma que creía tener la otra niña pelinegra contra sus ataques, sin darse cuenta de que en realidad el arma no era en contra suya, sino en contra de los humanos. Era cuestión de tiempo antes de que fuera totalmente corrompida y sirviera a sus propósitos.

El profundo vio por la ventana al exterior, definitivamente no estaba en Insmouth, ni en ninguna ciudad cercana, esas niñas no mintieron, aunque desconocía totalmente el nombre de Royal Good, pero para ser justos había olvidado la mitad de las cosas que conocía como un insignificante ser humano… Intentó pensar en sus recuerdos, pero no lograba pensar como Stanley, sino que profundizaba en sus recuerdos como Profundo… Solo recordaba fuego, mucho fuego, ¿Tal vez sonido de explosiones?

Él mismo no sabía porqué estaba ahí, o desde cuando había abandonado la bahía del diablo para encontrarse a cientos de millas de las olas, el olor del aire matutino le daba la idea de lo seca que era la tierra a sus alrededores. Quiso acercar su mano a la ventana, pero el contorno negro de sus dedos era un buen recordatorio de porqué no debía hacerlo, aquella habitación estaba encantada con un aura de protección, nada entraba y nada salía. Al menos nada que fuera maligno.

Pero él era paciente, él no iba a permitir que por un poco de prisa su misión fuera dañada, no, él tenía clara su misión, volver a comunicarse con el resto de sus hermanos Profundos, volver a su hogar en la tumba del padre Dagon y orar por todos esos años que había perdido de rezos y canticos perenes… Aunque algo le preocupaba, en lo más recóndito de su alma, tenía una severa preocupación, y esa era de que ninguno de sus hermanos había acudido a su llamado psíquico, ni siquiera para contestarle en medio de frecuencias telepáticas, no escuchaba a la lejanía el canto de la madre Hydra, nada… Era como si estuviese rodeado de un mundo vacío de su raza… No, simplemente no había sentido en aquellos momentos todas las señales por estar tan alejado del mar, sus hermanos y hermanas debían de haberle respondido el llamado psíquico que había hecho la noche pasada seguramente, pero él era incapaz de interceptar el mensaje de vuelta, mismo que sin saberlo había causado tan terribles pesadillas a los Loud. Él no podía estar solo, porque los Profundos son una raza que no puede morir… ¿O sí podían?

Sin saberlo, justo debajo de donde estaba Stan, se encontraban los dos señores Loud desayunando tranquilamente con una Lily salvaje en su asiento especial, para su suerte el horno no era un aparato que ocupase electricidad para ser funcional. El caos en la cocina era evidente, sus hijas solo habían tomado los lonches para sus días escolares, sin preocuparse por limpiar.

Rita volteó a la pila de platos sucios que tenia acumulada frente suya, y dio un sorbo a su café para no romper el silencio que se había generado entre esposo y esposa. La única que rompía el silencio era Lily, la cual no paraba de balbucear cosas sin sentido, mientras se encontraba sentada comiendo papilla que le daba el señor Loud.

—Y entonces…—intentó romper el hielo el señor Loud después de unos incomodos cinco minutos de miradas desviándose—¿Todo bien en el trabajo?

El señor Loud estaba preocupado ya que su esposa se encontraba bastante timida en su presencia, después de haber tenido un día muy importante en su trabajo… Día del cuál no le había contado nada. Tal vez fuera el hecho de que Rita era muchas cosas, pero nunca insegura. Sin embargo, frente suya solo tenía silencio. Simple y llano silencio era lo que reinaba en la habitación entre ambos, como conocidos que fingían no conocerse.

El problema principal es que Rita siempre solucionaba las cosas por su cuenta, y no necesariamente con la ayuda suya o de alguien más, ella creía poder manejar una situación difícil aun si no se encontrase del todo segura de qué hacer. Y eso era lo que le preocupaba a Lynn senior, ¿Qué había pasado en el trabajo de Rita para tenerla así de preocupada? ¿Debía de hacer algo para ayudar? ¿Le diría ella, aunque se lo preguntase?

Rita, por otro lado, desvió la mirada y respondió con la mejor amabilidad que pudo:

—Bastante bien, sí…—se quedó seca de palabras—Atendí un par de pacientes yo sola.—admitió finalmente intentando sonreír forzadamente.

—¿Eh?—se extrañó el señor Loud—¿No lo hacías desde hace mucho?

—Maldito sea, doctor…—carraspeó Rita, pensando en esa mañana que estuvo en el cuerpo de su madre y en como odió con el alma que el dentista le abandonara a su suerte, no se imaginaba cuántas veces aquel mismo acto hubiese pasado con su madre como dueña de ese cuerpo y como no había conseguido el acenso aún.

—¿Qué dijiste?—no entendió el señor Loud.

—Meditación ósea…—se inventó Rita repentinamente para no decir la verdad—Es una técnica nueva que uso…—dijo Rita volteando de uno a otro lado.

El señor Loud levantó mucho una ceja:

—¿Curaste pacientes tu sola con meditación ósea?—estaba al borde de la risa—¿Es esto una broma?—dijo volteando de uno a otro lado, esperando que las cámaras de Luan estuvieran apuntando a él—Oh cierto, no hay electricidad…—se recordó a si mismo en un susurro.

—La verdad pa…Lynn.—interrumpió Rita, deteniéndose antes de decir "papa", aprendiendo de la vez pasada—Creo que lo conveniente para ese problemita de la luz sería llamar un tec…

—¡No lo digas!—le detuvo el señor Loud poniendo sus manos en sus oídos y repitiendo "lalalala" muy alto.

—Eh… ¿Lynn?—se tenía que autocontrolar para no decir nada que diera una pista de su situación actual—¿Qué ocurre? Solo iba a decir que lo mejor sería llamar a un...

—¡LALALALALA!—comenzó a gritar más fuerte y sacando la lengua para acentuar más su grito.

—¿Qué diablos?—se preguntó a si mismo Lincoln, era extraño ver a su padre comportarse de aquella manera tan infantil.

—Bien, veo que ya no dices ridiculeces.—dijo el señor Loud complacido al ver la confusión de su esposa—Yo puedo repararlo cariño, ¿Por qué recurrir a un inútil electricista?

Rita se quedó callada, realmente como Lincoln nunca había ganado una discusión contra sus padres, siempre quedaba atrás en cuanto conocimientos y habilidades de debate, sin embargo, el destino suyo y de su mama dependía de si encontraban o no el papelito desdichado.

—Tal vez, porque el electricista es…

—¡Un ladrón! ¡Eso es lo que son esos malditos!—gritó Lynn Loud fuera de sus cabales, para luego tomar su billetera y sobarla como si de un bebe se tratase.

Lincoln solo levantó la ceja, ligeramente preocupado, pero definitivamente acariciando la idea de adquirir consulta psiquiátrica acabando toda esa aberración del cambio de cuerpos, aquellas imágenes de su padre en su estado más puro y cómodo eran tan extrañas y formaban una persona que desconocía totalmente, pero que siempre había vivido bajo su mismo techo, no, no una persona, un niño.

—Cariño…—dijo al inicio no muy convencida, luego lanzando una sonrisa amplia—Sabes que las niñas…—era tan extraño llamar a sus hermanas de esa manera—Tienen muchas actividades después de la escuela.—dijo con naturalidad maternal.

—Sí, ¿Y qué?—dijo inamovible el señor Loud.

—Ellas necesitaran usar sus aparatos para hacerlas, cariño.—dijo forzando nuevamente una amplia sonrisa que se notaba falsa a más de una legua de distancia, sudaba a montones y su coleta de caballo parecía desacomodarse—Y tu no llegarás a la casa hasta que sea bastante tarde, todas tendrán que pasar en esta solitaria casa a oscuras durante un par de horas.—dijo convencidamente Rita, aun sabiendo que esas "oscuras" horas era plena tarde y fingiendo pésame.

—Mhh…—iba a reclamar el señor Loud, para luego cruzarse de brazos—Tienes un punto.

"¿Enserio funcionó?" se preguntó internamente Lincoln, para luego proceder—Ve a trabajar, yo me quedaré en la casa y esperaré al técnico, este soluciona el problema y todos felices.—dijo satisfecha Rita sonriendo al final.

En cambio, hubo un silencio incomodo por parte del señor Loud, Lincoln debió haber notado desde antes que su padre no era muy bueno para hablar, o al menos no parecía serlo, cuando se enteró el lunes de las victorias de Lynn, fue su mama la que dio el discurso de que irían a cenar. Fue su madre la que los separó a él y su hermana de pelear, así como también la que dirigió la cena de la noche pasada cuando el señor Loud quería evitar que Luna fuera a tocar en el casino café, claro esta que él fue quien dio la sentencia de dar permiso a Luna, pero a efectos prácticos fue él cómo su madre… ¿Era su padre alguien con poca autoridad? ¿O era su madre la que tenía tanto control sobre él y el resto de la familia?

Esos pensamientos le vinieron a la mente con la misma rapidez que se largaron, aquello era ridículo, Lincoln no tenía motivos para querer manipular a su papa… Aun. De todas maneras, como Rita lanzó una sonrisa fingida tranquilizadora al señor Loud, ese intercambio de muecas y señas silenciosas fue lo que convenció a Lynn senior.

—Rita, quiero que seas sincera…—dijo el señor Loud en tono firme, pero extrañamente amistoso—Te he observado desde ayer, te estas comportando muy extraña, y yo creo saber por qué es…—dijo solemnemente.

"No digas cambios de cuerpos, no digas cambios de cuerpos" pensó Lincoln obstinadamente en su cabeza.

—Te despidieron del trabajo, ¿No es así?

Rita abrió de par en par los ojos, estaba sorprendida de aquella afirmación, negó con sinceridad la cabeza.

—¡No le entiendo!—dijo entonces el señor Loud—¿Entonces por qué te comportas tan extraña? ¿Te dieron el ascenso?

Rita le resumió básicamente lo que le hizo hacer el doctor Feinstein para psar la prueba de si podía quedarse sola en el consultorio, cosa que hizo enfadar al señor Loud.

—¡¿Te está probando Víctor después de tantos años?! ¡Ese hijo de puta malnacido…!—dijo molestísimo—Con razón no quieres ir a trabajar, yo también estaría enojado.—afirmó cerrando los puños y golpeando la mesa.

Lily, sorpresivamente, en lugar de asustarse comenzó a reír indiscriminadamente y balbuceando algo como… "Hipo be pua", pero no sabía Rita si en verdad imitaba a Lynn senior o si eran solo palabras al azar. Aparentemente el señor Loud también había notado eso, así que retomó su compostura habitual.

—¡Te quedarás en esta casa!—dijo furioso el señor Loud—Yo mismo hablaré con Víctor, y le diré que te sientes enferma.—dijo decididamente mirando su celular a media carga—Mira que andarte probando después de todo lo que has hecho por él…—dijo despectivamente y miró a Rita, probablemente esperando un refuerzo en sus quejidos.

—Ese…Tarado.—dijo Rita moviendo el puño insegura.

—Tatato.—dijo Lily blandiendo su puño.

—Demonios, esa niña no tiene ni dos años y ya tiene una boca podrida.—dijo el señor Loud fingiendo decepción y llevándose una mano a la boca para luego reír ligeramente al ver a su esposa.

Rita finalmente rio un poco por el chiste del señor Loud.

Todo iba a salir bien.

Aunque definitivamente, un pensamiento diametralmente opuesto se encontraba en torno al club de literatura, que habían cargado en conjunto a Lana y Lucy en dirección a la enfermería, iniciando primero solas Haiku y Cookie, siendo ayudadas más adelante por los pocos alumnos que se encontraron aun entre los pasillos. Una vez en la enfermería, solo a las chicas del club les dieron pase por ser las que "encontraron" a ambas desmayadas en el baño de mujeres.

La puerta de la enfermería fue cerrada cuando el director hizo acto de presencia, la enfermera para ese momento ya se dedicaba a ponerle gazas alrededor de la cabeza a Lana, con una suavidad irrebatiblemente maternal.

—¿Por qué siempre que hay un problema en esta escuela debe haber uno o dos Loud involucrados?—preguntó el director al ver a ambas hermanas recostadas y las otras niñas rodeándolas, se llevó una mano a las sienes—Bueno, mejor los Loud que los Chandler…—dijo finalmente para levantar el rostro y voltear a ver a las niñas—¿Qué ocurrió?

Las tres chicas del club de literatura temblaban de pies a cabeza, Darcy aun se aferraba a la camiseta de Cookie por la cintura, mientras que esta a su vez tomaba a Haiku de un brazo y se escondía detrás de ella. Por otro lado, Haiku abría la boca de par en par, pensaba más en lo que acababa de presenciar, por encima de las consecuencias terrenales, verdaderamente la hermana de Lucy estaba poseída, y tenía una foto que le recordaba aquello guardada en el celular.

—Se desmayaron.—dijo finalmente Haiku.

—Eso lo puedo notar.—afirmó el director con bravura—¿Por qué se desmayaron?—dijo mirando a las dos mayores con ojos inquisitivos—Hoy no ha sido un muy buen día con los Loud, y necesito respuestas.

—Una de ellas fue poseída y se convirtió en un…—intentó decir Cookie, pero rápidamente fue interrumpida por el director.

—¡Basta! No estoy para juegos.—dijo el director bastante molesto, seguramente por todo el asunto con Lincoln, aunque ellas no tenían manera de saberlo.

Se vieron a los ojos Haiku y Cookie, sabían que si decían la verdad no iban a lograr nada, aun mostrando la prueba directa del celular de Haiku, todo se desmoronaría si ellas no inventaban algo rápidamente, pero no hallaban palabras convincentes, o algo que pudieran usar a su favor.

—Nosotras…—iba a hablar Cookie.

—¡Las encontramos en el baño desmayadas!—gritó finalmente Darcy—Lo siento chicas…—dijo volteando a ver a sus dos amigas del club—Pero es mejor decir la verdad.—se llevó sus manos al pecho, mientras sutilmente les guiñaba un ojo a ambas.

—¿Las encontraron así?

—Oh… Bueno sí.—admitió finalmente Haiku primero nerviosa y luego arrepentida—Pensamos que nadie nos creería, pero esa es la verdad.—sentenció.

El director volteó a ver a las tres con las cejas en alto, luego a la enfermera de la escuela que para ese momento había dejado a las enfermas y leía un periódico, para finalmente lanzar un suspiro y terminar aceptando aquello. Paso a retirarse, la enfermera le siguió.

—Niñas, pueden quedarse, no creo que esas dos despierten en un buen rato, pero deben prometer que irán a sus clases cuando suene la campana.—dijo la mujer antes de salir, y sin darles tiempo a responder hizo un gesto y salió corriendo.

Las tres se quedaron solas en la enfermería, el más amplio silencio se extendió, a la vez que Haiku revisaba de cerca a Lucy, necesitaba un descanso, tanto así, que la escuchó roncando en plenitud y murmurando frases como "él sigue aquí" o también "garras, garras, uñas".

—Si lo que dijo Lucy es verdad… Hay un Profundo con vida otra vez.—dijo Haiku llevándose una mano al mentón después de volver a analizar sus palabras—Esto es malo.

—¿Por qué? ¿Qué es un Profundo?—preguntó Cookie sin entender.

—Los eliminaron todos después de la segunda guerra mundial dejando caer bombas en…—dijo Haiku pensativa mientras andaba en círculos—Si uno volviera, y tuviera cerca suya alguna fuente mágica, podría ser capaz de…—se detuvo—Chicas, tengo que hacer una llamada, Cookie encárgate de la puerta, Darcy…—pensó que ordenar—Tu vigila las ventanas…—dijo finalmente como última orden.

Así que Cookie tomó una silla y la puso en el seguro para dejar atrancada la puerta. Darcy se colocó junto a la ventana en una silla donde podría trepar y ver el patio exterior, pero rápidamente su atención se desvió de vuelta a Lana debido a un brillo que comenzaba a salir de su cabello.

Pudieron las tres apreciar como el cabello de Lana se teñía de negro en ciertos mechones, para luego cambiar a rubio y volver al negro, pero ahora en nuevos mechones, como si sus cabellos estuvieran en una lucha constante por permanecer de un solo color.

—Tengo que llamar a Henrietta, ya.—dijo Haiku tomando su celular y buscando entre sus contactos.

La campana de clases sonó, y las tres chicas permanecieron inamovibles, viendo a Lana de manera casi hipnótica. Haiku incluso dejó de ver su celular para apreciar aquel espectáculo de cabellos que comenzaba a tomar mayor intensidad y forma mientras los ojos de Lana se apretaban aun cerrados, y sus dientes hacían fuerza.

Nadie notó que Lucy se revolcaba ligeramente y apretaba su estómago contra sus brazos.

Continuara…

Na.-Lamento la tardanza, no tengo excusa, bueno sí, pero son asuntos personales, solo quiero que sepan que no deje en el olvido esta historia. Lo lamento.