Primavera Perdida
III
― Luces hermosa ― declaró Jon cuando la vio salir de las estancias que habían pertenecido a su madre. El pasillo estaba en completo silencio y solo él le esperaba, su doncella salió poco después cargando la capa Stark que llevaría esa noche. El Rey llevaba una túnica de paño gris con una capa de plata oscura, el emblema de la casa Stark sostenía la prenda en su lugar, mientras que su pechera sostenía al dragón tricéfalo de los Targaryen. Se había aceitado el cabello para que sus oscuros rizos no lo traicionaran y se había recortado la barba, el fuego de las antorchas oscurecía su rostro ahí en donde la cicatriz cruzaba su ojo.
Dentro de su solemnidad lucía muy guapo, aunque melancólico, todos decían que era porque extrañaba a su reina y ella no lo discutía. Recordó todas las tristes historias de amor de los Targaryen y tragó incómoda, le habría gustado hacerlo feliz, le habría gustado que todo fuera diferente.
Pero no era así.
― Gracias ― fue lo único que pudo decir, su doncella se acercó y le ayudó con la capa de los Stark que debía llevar, a diferencia de la de Jon era completamente blanca y el lobo huargo de su familia estaba bordado en hilos de seda negra y plata, lo cual le hacía brillar a cada paso que daba. Era inevitable para ella el recordar la última vez que caminara como doncella hacia su nuevo marido, pero nada de aquella ceremonia había quedado, en cuanto le fue posible quemó su vestido y la capa tan similar a la que llevara.
― Vete, puedo seguir yo ― ordenó el Rey a su doncella, quién se inclinó cortésmente y se retiró. Jon con la experiencia que le dieron años ajustando sellos y cerrando capas, se encargó de cubrir apropiadamente a su hermana, para ajustar los broches con cabeza de lobo que llevaría esa noche.
Sansa dio un hondo respiro, y vio el vaho salir de su boca y confundirse con el de Jon. El silencio era ensordecedor, estaba segura de podía escuchar cómo es que la respiración de ambos cambiaba y, de seguro, como es que su corazón había comenzado a alterar sus latidos.
Una ráfaga de viento, como todas las de ese invierno, silbó fuerte por unos momentos en el que solo pudieron observarse. No se sintió ni invadida, ni incómoda cuando Jon le cogió de las manos y observó cada uno de sus dedos, el detalle de encaje de las mangas de su vestido como es que se las acercó al rostro para olerlas.
― Jon ― le habló, temiendo de que hiciera alguna locura.
― Hemos salido de dos guerras cruentas ― dijo él sin mirarle ― no es justo iniciar una ahora ¿Te parece?
Sansa suspiró.
― ¿Por… ¿Por qué crees que sería así? ― se obligó a decir. Jon alzo la vista, eran de la misma estatura, a diferencia de su prometido quién la esperaba afuera, en el Bosque de los Dioses. Jon sonrió con aquél gesto triste que le había acompañado desde el banquete, resignado y gentil.
Sansa se había obligado a cortar, en lo posible, todo contacto que debiera mantener con él, sin que resultara sospechoso. Como recompensa a ello el Rey le había respetado y no había buscado encontrarla a solas nuevamente.
Había sido tan extraño, tan ajeno a lo que los uniera esos últimos años; su huida al Muro, aquél abrazo. Tuvo que haberlo sospechado, debió haber entendido como es que se trabajan los sentimientos de las personas. Como es que desde el preciso momento en el cual se encontraron ya no eran los mismos, ya no eran Jon Snow, ni Sansa Stark. No eran los niños que se habían conocido e ignorado bajo los muros de Invernalia cuando todo era mejor.
Debió haber mantenido su distancia, debió haber sido menos contenedora, menos consejera, menos íntima. Pero resultaba tan difícil, siquiera su relación con Robb había tomado aquellos ribetes tan cercanos y ella adoraba a su hermano mayor. Él había sido su primer príncipe cuando fuera una niña que jugaba a ser Naerys y él, Aemon El caballero dragón. Resultaba casi irónico que fuera el bastardo que nunca captara su atención quién finalmente llevara la sangre Targaryen.
Sin embargo, cualquier esperanza que pudiera crecer en su cabeza, porque si lo había hecho, murió antes de siquiera ser ideada, cuando Jon volvió a Invernalia, ya no era Jon Snow el Rey en el Norte.
Aún recordaba el caos que había en las afueras del muro principal de Invernalia cuando vio al Dragón descender. Arya corrió en su dirección para decirle que era él; Jon. Y toda la alegría que debió sentir por volver a verlo como tanto había deseado se desvaneció ante la presencia de Daenerys de la Tormenta. Se había obligado a no pensar nada de ella y de la posible relación que tuviera con su, aún, hermano.
El golpe había sido mucho peor cuando en el salón principal de Invernalia, les revelara que se había comprometido con ella.
Entonces vinieron Sam y Bran, Sansa vio a lo lejos como ambos Targaryen se tomaban de las manos frente al árbol corazón del Bosque de los Dioses de Invernalia, mientras el menor de sus hermanos le revelaba el "terrible" secreto y el ardor de su estómago se terminó anidando en su garganta. Jon ya no era uno de ellos, y además había otra en su vida.
Se habló mucho en contra de que parientes tan cercanos se casaran, pero Sansa no se hizo esperanzas. Cuando habló lo hizo para apoyar la decisión del hombre en quién más confiaba, ella lo sabía; Jon no retrocedería en su palabra. Muchos creían que el título de Señora de Invernalia y Guardiana del Norte eran suficiente para ella, una mujer. Pero, lo habría cambiado todo con tal de que las cosas hubieran sido diferentes, de que Jon siguiera siendo su hermano, Rey en el Norte y ella la Señora de Invernalia.
Sin embargo, Sansa ya no podía pensar en términos tan infantiles, los cuentos habían muerto con su padre; ellos, como señores, se debían al Norte, a Poniente y a sus súbditos.
Había aceptado la cercanía de Daenerys al saber lo que Jon veía en ella: valor, fuerza, tenacidad todo lo que ella jamás tuvo. La cabeza de Daenerys nunca estuvo llena de historias fantásticas y como mujer era quién debía cargar con el legado Targaryen, si Jon fue el elegido para acompañarla debió, por fuerza, decidirlo por si mismo, no por ella o por Arya, o por Invernalia.
Si había sentido algo incorrecto por su hermano o, si había soñado con ambos, ese era su secreto. Y la verdad había llegado a ella muy tarde como para pensar en un futuro, a esas alturas, inexistente. Estaba aceptado y lo había entendido. Y, quizás, como el propio Jon, fue su decisión callar.
Le observó el perfil suave; los salvajes se burlaban de la belleza del Rey, Jon captó su mirada y le sonrió con los ojos brillantes. Sansa sintió deseos de llorar también.
― Es cierto, algo no correspondido no puede ser problema para nadie ― le hubiera gustado decirle que si, qué si lo había hecho, solo que demasiado tarde. El tiempo les había jugado una jugarreta y había mucho más que ellos en el mundo.
Nada mejoraría si es que ella decía la verdad y todo podría volver a cambiar. Solo un par de pasos más le permitirían dejar todo eso atrás. Necesitaba a Dickon, al caballero que debía rescatarla. Tragó y el nudo bajó con la fuerza de una piedra que le rasgaba la garganta.
Fue cuando Jon la soltó y le dio la espalda para que ella se cogiera de su brazo. Cuando lo hizo él volvió a presionar su mano.
― De verdad espero que seas muy feliz ― dijo. A lo que ella asintió con un escueto gracias. Tenía la sensación de que si habría la boca para algo más diría las palabras prohibidas y Jon no se lo merecía, tampoco Dickon, tampoco Dany. Haber luchado tanto para nada. No, era una señora, tenía muy claro cuál era su deber como tal y había cosas más importantes.
Jon lo era, Dickon lo era.
El patio principal estaba adornado con antorchas que hacían un largo camino hasta el Bosque de los Dioses, el cielo era completamente negro y las nevazones se habían detenido por algunos días. Los sirvientes guardaron silencio cuando ambos continuaron por el camino que la luz les señalaba. Uno de ellos se atrevió de darle una buenaventura y Sansa solo inclinó la cabeza agradecida.
― Recuerdo que solía jugar con Robb sobre estos muros ― dijo Jon sin mirarla, Sansa alzó la vista, mientras cruzaron el primer muro camino hacia el bosque. El rey volvió la vista hacia ella y le habló:
― Aún no es muy tarde ― le dijo, a Sansa le pareció una advertencia. Pero todo aquello le tenía cansada.
Haberlo esperado tanto para que al final él se decidiera por alguien más. Era cierto que lo había hecho cuando creyó que ambos compartían sangre, pero… Negó, era el peor resultado de aquella declaración en Desembarco del Rey, tener que pensar y repensar sobre todo lo ocurrido y sobre lo que pudo ser. Tener que seguir viendo a Dany, tratarla de hermana mientras ella le traicionaba en pensamiento. Que Jon volviera a sus sueños en donde ella era suya y de nadie más.
Había sido demasiado. Era demasiado.
― Jon basta ― pudo elucubrar cabizbaja ― no sigas por favor.
El Rey se detuvo bajo el puente, en las sombras y la buscó.
― Si, si me lo dices… ― había un tono de expectación en su voz y Sansa entendió que fueron sus palabras.
Quizás él también lo había notado, que aquella complicidad e intimidad tan de hermanos, no era eso. No había sido eso, y solo sus sentidos traicionados por lo que creían, habían sido capaces de expresar lo que realmente debía unirlos; no el nombre, tampoco la sangre.
Solo que ella nunca dijo una palabra y para cuando lo notó todo había cambiado, por lo tanto, estaba obligada a ocultarlo, a suprimirlo y fingir que no existía. A veces pensaba que quizás algo debió de escapársele, imaginó que su deseo debió ser tan fuerte que incluso él lo sospechó y eran estas las primeras palabras que le dijera sobre ello, lo que le habían dado una ínfima esperanza.
Sería tan dulce, sería tan hermoso.
Fue cuando se dijo que debía ser fuerte, ella era un lobo y los lobos eran valientes; Jon había decidido, al igual que ella. Simplemente era demasiado tarde.
― No diré nada ― respondió esta vez mirándole fijamente ― no hay nada que decir, es solo que… ― suspiró ― no te sigas dañando ― dijo obviando que a cada palabra también la heria a ella ― Me duele verte así ― Sansa lo vio recibir el golpe y asentir.
― Lo siento ― finalizó con voz severa mientras negaba ― no ha sido correcto ― le habría gustado besarlo, aunque fuera solo una vez, pero eso quedó en el olvido cuando la guío, en completo silencio, hasta el árbol corazón.
El Rey no volvió a dirigirle palabra alguna hasta que la ceremonia se completó, Dickon dijo sus palabras correctamente y pareció percibir la tristeza que la embargaba, razón por la cual le sonrió con tranquilidad en todo momento. Sansa sentía las intenciones de él, quería abrazarla y consolarla, quizás como ella lo hiciera en Desembarco del Rey, pero ante todo mantuvo la compostura y fue extremadamente cortes en todo momento.
Cuando debió despedirse de su tutor, solo entonces Jon se permitió abrazarla, esta vez con la misma añoranza con la cual lo hizo en Muro, cientos de años atrás. Sentía como si quisiera fundirla en su pecho y ella se dejó llevar por sus lágrimas. Jon se separó de ella y se las limpió conmovido, entonces la besó en la frente y la contemplo tranquilamente mientras ella veía como sus ojos se oscurecían en pena y rabia. Años atrás había hecho lo mismo cuando le pidió que confiara en él, cuando le habló de los enemigos que tenían.
Ahora cumplía el rol de su padre y, Sansa supuso, le fue imposible sonreír a Dickon cuando la entregó a su nuevo marido.
― ¿Estáis bien mi señora? ― le preguntó Dickon mientras la guiaba de vuelta al salón principal de Invernalia, otorgándole su brazo y de inmediato buscando su mano para entrelazar sus dedos. Sansa se limpió nuevamente las lágrimas y le sonrió.
― No quise ser así de tonta ― dijo a modo de disculpa. Lo que sacó un suspiro comprensivo en su nuevo marido, este rodeó su cintura con delicadeza y depositó un suave beso en sus cabellos.
― Claro que no lo sois ― los guardias los saludaron cuando los vieron cruzar el umbral del salón principal.
A diferencia de las celebraciones en el Sur, las del Norte no tenían aquél desbordante entusiasmo. Era Invierno y habían tenido la suerte de un par de días de tranquilidad, se había trabajado para bajar la nieve y el mismo Rey había colaborado en ello a lomos de Rhaegal. Aun así, había alegría en el salón principal, risas y niños corriendo de un lado a otro, tal cual la última celebración que ella viviera ahí, cuando no era más que una niña.
Sansa vio a pinches de cocina ofrecer vino y carne asada a los guardias y ella misma se dio el tiempo de hacerlo con sus señores invitados, algunos seguían llegando y no se los reprochó; ella mejor que nadie sabía de las complicaciones de viajar en el Norte y no es como si el resto dispusiera de un Dragón para resguardar su camino. Vio, saludó y presentó a su nuevo esposo a los señores de Glover, Cerwyn y Karstark.
Todos fueron muy corteses con Dickon pero Sansa pudo leer sus gestos interrogantes; ella no había elegido a un norteño.
Una vez terminara con aquellas formalidades, Sansa y Dickon pasaron a sentarse en la mesa principal. Se esperaba que Jon compartiera con ellos y el resto de los Stark pero cuando el Rey se acercó a los hombres de Invernalia que antes le habían servido, respiró aliviada. Dickon se mostró extrañado pero ella le tranquilizó, al decirle que no se trataba de ofensa alguna, sino que en Invernalia era común comer entre los sirvientes y pajes del castillo. El Rey, en tanto, pidió que le sirvieran ahí y durante lo que duró el festejo fue el lugar que se llevó la atención de todos los invitados.
Si era la forma de Jon de sobrellevar aquella noche, ella no le diría nada.
Los colores de ambos cubrían todo el salón, y tras el lugar que le pertenecía a los señores estaban los estandartes de la casa Stark y Tarly, el Lobo y el Cazador, tras ambos y ocupando un espacio más pequeño, aunque de mayor altura se distinguía el dragón tricéfalo de la casa Targaryen.
Arya se le acercó cuando le dijo que Bran se sentía cansado, a lo que ella asintió dándoles el permiso para retirarse. Antes de que su hermana abandonara el festejo Sansa la cogió de la mano obligándola a mirarle.
― ¿Podrías ver a Jon? ― Arya dirigió una mirada hacia el Rey y luego asintió divertida. De seguro le causaba gracia que su hermano el Rey se emborrachara en su matrimonio. Sansa imaginó que era un escenario digno de cuando solo eran ellos; Arya y Jon, y disfrutaban haciéndole bromas de mal gusto.
Sonrió pensativa, aunque no dejó que aquellas ideas se apropiaran de su estado de ánimo. Ya había sido difícil el guardar sus palabras cuando Jon la llevara con Dickon. Ahora, por fin se sentía a salvo de aquellos sentimientos y no dejaría que el pasado lo entorpeciera.
El banquete avanzó con tranquilidad, el vino y la cerveza corrieron de a poco y lentamente el ambiente se tornó cálido, las risas que en un principio eran sutiles y corteses comenzaron a durar más y ser más ruidosas; Sansa se sorprendió cuando la de Jon sobrepasó a la de todos los hombres que lo rodeaban y como, poco a poco estos comenzaron a imitarle. Arya le dio una mirada sorprendida sin disimular que ella también se sentía contagiada por el aparente estado de euforia de su hermano.
A diferencia de los matrimonios del sur en el norte no había ceremonia de encamamiento y Dickon parecía completamente encantado con ello. Sansa sabía que era una tradición sureña, pero dos de sus esposos no se habían mostrado de acuerdo con el mismo. Tyrion había amenazado al Rey para evitarlo y Dickon simplemente se había mostrado incomodo ante la idea.
Sin embargo, no era algo que se pudiera posponer toda la noche. Cuando se dio el paso para que los novios se retiraran; Sansa, que había estado pendiente de Jon y Arya toda la noche, lo vio escabullirse hacia la salida con la menor de los Stark siguiéndole.
En aquel momento Sam, que no se había acercado a Dickon le dijo un par de palabras que ella no alcanzó a escuchar, la música había subido su volumen y la risa de los señores estaba volviendo aquella tranquila velada en un festejo como tal.
Los pajes los dejaron al pie de las escaleras que daban a las habitaciones principales del castillo. En donde Sansa los despidió. Dickon que había bebido muy poco, lucía nervioso y ansioso. Sansa imaginó que algo así podría ocurrir, era factible que su esposo hubiera llegado a la edad adulta en medio de la guerra y que aquello imposibilitara el que conociera a alguna mujer.
También sabía que los hombres tenían formas de proveerse los placeres de la carne y tampoco le habría extrañado si su esposo hubiera estado más tranquilo. Alto como era cogió una antorcha cercana y comenzó a subir las escaleras con pasos lentos y pesados. Quiso preguntarle si se sentía bien, pero le pareció que lo avergonzaría. Así que le siguió en silencio y cuando la respiración comenzó a ser más intensa la espero y ayudo a cubrir los últimos escalones.
Sansa agradeció el calor de la chimenea, parecía haber cubierto completamente la habitación. Su esposo se dirigió hacia esta y se quedó quieto observando las llamas crepitar.
No sabía cómo dar inicio a todo, recordó a Ramsay rasgando su ropa y a Tyrion ordenándole desvestirse. ¿Debería hacer ella lo mismo? ¿Debería esperar a que Dickon actuara? En vez de pensar en ello, decidió tranquilizarse, este no era el pasado, era el presente y no se preocuparía por lo que le deparaba el futuro.
Se encaminó hacia el tocador que fuera de su madre, un espejo envejecido le mostró el reflejo de sus ojos, y se llevó una mano al cabello para comenzar a deshacer el peinado que llevara. Suspiró, era el final de un día oscuro y largo, abajo podían escucharse la música y las risas, y se preguntó dónde estarían Jon y Arya, no fue difícil ubicarlos en el Bosque de los Dioses, o tal vez fuera de los muros de Invernalia buscando a Fantasma.
Lo mejor era no preocuparse. Si Jon no podía cuidarse, Arya lo haría.
Sacudió la cabeza, sacando al Rey de sus pensamientos y se llevó una mano a los cabellos para desenredarlos, fue cuando sintió el tacto de Dickon, instintivamente volteó a verlo y se topó con sus ojos, azules como los de ella mirándole fijamente.
― Permitidme… Sansa ― ella asintió en silencio casi avergonzada cuando el comenzó a sacar el resto de los sujetadores y adornos que había llevado en el cabello. Los iba dejando con deliberada lentitud sobre el tocador inclinándose tan cerca de su rostro que Sansa podía sentir su aroma y el ritmo de su aliento, tenía un leve deje de vino y frutas, lo había visto comerlas durante el festín; moras y naranjas sanguíneas.
Cuando su cabello ya estuvo suelto, a través del espejo, Sansa lo vio hundir el rostro en ellos, sintió como es que sus manos bajaban de su cabeza a su cuello y cómo es que suavemente desanudo la cinta que cerrara la chaquetilla de cuero de su indumentaria matrimonial. Sintió escalofríos cuando depositara un húmedo beso sobre su cuello desnudo y la piel se le volvió de gallina cuando respiró sobre este.
Era solo un gesto y se sintió conmovida, nunca nadie le había dedicado tanta devoción. Aquel sencillo gesto la desarmó, Sansa echó la cabeza hacia atrás dando todo el espacio para que Dickon tuviera pleno acceso a su cuello y él no la defraudo; lo besó y acarició en partes iguales, mientras que uno de sus brazos descansaba laxo él lo cogió y entrelazo los dedos de ambos, cuando su rostro ascendió en la búsqueda de su boca Sansa no demoró el encuentro y al momento de besarse fue ella quien, más torpemente de lo que imaginara, no supo cómo lidiar con las ropas de su esposo.
Dickon no se molestó por aquel detalle y se impuso en toda su fuerza sobre ella, en un movimiento que los llevó a ambos al suelo. Aquello pareció enfriarlos para darle el tiempo de detenerse y mirarse. Sansa podía ver el deseo en los ojos de su esposo y algo más que le hizo sentir segura. Él realmente deseaba amarla. Y que fuera tan honesto al mostrar aquél sentimiento no pudo menos que sorprenderla.
Fue cuando Jon la traicionó y apareció en su cabeza; pensó en el Rey, y sus ojos tristes y oscuros como el cielo de aquél día. Supo entonces que de no hacer algo, lo que fuera, todo se desbarataría.
― Dioses, sois hermosa ― le dijo Dickon extendiendo su mano para salvarla del vacío. Sansa alzo su mano y acarició el rostro de su esposo agradecida; paseó sus dedos por los pómulos, el mentón, los labios y cuando él se inclinó para besarle Sansa le dio en el gusto.
Abrió la boca despacio y dejó que el introduciera su lengua; suave, tibia y húmeda. Se dejó llevar y cruzo ambos brazos tras el cuello de Dickon para profundizar el beso, en aquél momento fue ella quién exploró el interior de su marido y supo que había dado con algo cuando él soltó un gemido grueso y ahogado.
Dickon se separó de ella casi con urgencia y al instante la cogió con ambos brazos para volver a besarla. Sansa, también, regresó sus brazos al cuello de su marido y sin problema alguno este se encaminó hacía la cama, cuando la depositó siguieron besándose y los sentidos de Sansa le dijeron donde debía empezar a desatar. Con una facilidad irritante encontró el nudo de sus vestimentas, el que desarmó con los mismos dedos ágiles que la vistieran desde niña y al comprender los problemas de Dickon para continuar con su vestido, simplemente ella los deshizo.
Se detuvieron cuando ya se encontraban en ropa interior, una enagua traslucida de seda cubría su cuerpo, mientras que una camiseta de algodón blanco y cuello ancho le daba una vaga idea de lo que era su marido. Dickon no solo era alto sino que además lucía fuerte, a diferencia del Rey a quién nadie tomaría por un hombre excepcional.
"Basta, sacalo de tu cabeza"
Dickon dio un profundo respiro y la observó de pies a cabeza. Lucía asombrado y divertido. Lo vio llevarse las manos a la cintura, como si tratara de recuperar la compostura.
― No sé por donde empezar ― dijo. Para guiarlo, Sansa se puso de pie sobre la cama y él, en silencio se acercó a ella. No debió decir nada para que obedeciera, cortada la distancia Dickon presionó el rostro contra su pecho y ella sintió cosquillas y la piel de gallina cuando el aliento de su marido traspasó la delgada tela, haciéndole sentir calor ahí donde se apoyaba.
Sansa cogió su camiseta y él levantó los brazos sin objeción. Cuando se deshicieron de la prenda, fue que Dickon volvió a alzarla e instintivamente ella abrió sus piernas, él procedió a sentarse sobre la cama con ella sobre su regazo. Y por encima de la enagua de seda le besó uno de sus pechos.
El gesto fue automático. Sansa respingó, el calor que se había apoderado de su pecho bajó a su centro ante la desconcertada mirada de su marido. Solo que en vez de alejarse de ahí, Dickon volvió sobre su pecho y esta vez no tuvo reparo alguno en lamerlo.
El calor bajó más allá y sintió como es que algo caía de su interior, entonces el frío se coló entre sus muslos separados, y Sansa dio un hondo respiro, busco con la vista a su marido quién por sobre todo tenía sus ojos perdidos en ella. Sintió como es que la exploraba, primero acariciando el vello de su pubis y luego tanteando con mucho cuidado la piel de su femeneidad, Sansa volvió a sentir aquél calor incontrolable cuando él encontró su entrada y antes de caer de nuevo bajó sus besos pudo notar la mirada de triunfo que le dedicaba.
N/A:
Gracias por nada, malditos chupasangre, agradezcan que estoy inspiradisíma. Por otro lado, les recuerdo que sus reviews, son el único pago que tengo a este trabajo. Por lo que les reitero las gracias por nada.
Excepto claro a: Hatake Nabiki y Mel Blackstone. Los únicos que se comportaron como personas.
Espero lo disfruten.
Yo me retiro indignada.
Saludos,
Atte.-
Brujhah.-
