Primavera Perdida

IV


Había sido un día absolutamente agotador, al igual que la noche que le siguió, pero no podía quejarse de ello. Siempre había imaginado que para el día de su boda él simplemente tendría que aparecer y esperar que su novia le fuera entregada en el Gran Septo de Colina Cuerno. Pero en el Norte todo era diferente. Si bien la ceremonia no había tenido la fastuosidad que él había visto en los días de su niñez, no dejó de tener cierta belleza; tranquila y reposada, además de la solemnidad por la cual se caracterizaba su gente.

No, aquel día al levantarse, todo el castillo había estado en movimiento y su novia la que más. Como una persona práctica, al menos así le habría criado Lord Randyll, no le molestó en lo absoluto ver, desayunar y almorzar al lado de Sansa y discutir los detalles de la ceremonia, que aún no se aprendía y, más que ello, ser útil. Dickon se sabía un hombre activo y le fastidiaba enormemente ver que el resto se movía y cumplía sus obligaciones, mientras él estaba sin hacer nada. Así habría sido en Colina Cuerno, pero algo le decía que, sin quererlo, él podría encajar en el Norte.

El Invierno había llegado como decían los Starks y los últimos días en fuera testigo de la existencia del sol habían quedado atrás cuando estuvieran al Sur del Cuello. Desde entonces todo se había vuelto noche, razón por la cual en varias ocasiones perdió la noción del tiempo. Su escudero debió convencerlo de que ya había atardecido, cuando, finalmente debió acudir a prepararse para la ceremonia. El resto, por otro lado, había resultado mucho mejor de lo que él esperara. Bastante mejor.

Seguía siendo de noche y a pesar de haber dormido, por horas creía, las velas del lugar continuaban iluminando la habitación como si nada hubiera ocurrido. Su cuerpo reaccionó de inmediato en cuanto recordó todo el proceso de su primera noche como hombre casado.

Por supuesto que había escuchado sobre el sexo; en las canciones obscenas que los soldados de su padre cantaban en su presencia, las lecciones del maestre Cleon sobre la reproducción -algo que solamente se enseñaba a los hombres- y, en el peor de los casos, las palabras que su padre le había dedicado sobre el tema. Esto último había resultado una experiencia bastante incómoda, pues Dickon no dejaba de imaginar las canciones de los soldados en donde la protagonista era su madre.

Sin embargo, había algo que no se le había dicho sobre ello. Y es que siempre, le pareció, que el sexo estaba diseñado para dominar y subyugar a la otra parte, en este caso, a su esposa; Sansa Stark. Por lo tanto, su propia forma de reaccionar y la de ella, de contestar a sus acciones, le había parecido tremendamente… plácido, tremendamente agradable y en lo absoluto impositivo. Sansa había sido tan receptiva y, en muchas ocasiones, se había dejado hacer completamente confiada en su "nula experticia", aquello le causó algunas dudas. Sobre todo, ante el conocimiento de que este no era el primer matrimonio de ella. Era cierto y de público conocimiento que Tyrion Lannister no había objetado la nulidad de su matrimonio, ya que se supo, él mismo había declarado que este nunca se consumó, por lo tanto, su esposa había llegado doncella a su segundo matrimonio.

Y si bien no tenía información de primera mano de Ramsay Bolton, si había escuchado a su padre sobre Roose; y según aquellas mismas palabras era un hombre digno de admirar, buen estratega y metódico, un hombre más de cabeza que de corazón. Si su hijo en algo se había parecido a él era posible que Sansa también llegara doncella a este último matrimonio. O, quería creerlo así, ya que, si bien en muchos momentos ella tomo las riendas de la situación, la forma en la cual había reaccionado le dio a entender que, en cuanto a real experiencia, ella tenía tan poca como él.

Eso, era un pensamiento reconfortante.

Su respiración le dio cosquillas y Dickon bajó la mirada hacia ella, dormía y su pecho subía y bajaba de forma pausada y sosegada. ¿Se sentiría tan bien como él? ¿Se habría sentido tan bien como él? Esperaba que si. Inconscientemente la apretó más hacia él y Sansa se reacomodó, esta vez rodeándole con su brazo desnudo.

Afuera el viento y los lobos aullaron, había escuchado miles de historias sobre el verdadero terror que era el Invierno y ahora estaba ahí, en medio del mismo, en el hogar ancestral de la casa que solía representarlo. Siempre le había parecido que el lema de los Starks era muy sombrío, una forma de dar a entender que las cosas, siempre, siempre empeorarían, sin embargo, yacer con Sansa Stark era quizás una de las mejores experiencias que el Norte le había entregado.

Aunque claro, también era la primera.

Imaginaba que así era cuando se estaba enamorado. No es que él lo estuviera, pero claramente si el inicio de su matrimonio y la duración del mismo estaba sujeto a cuantas veces tendrían sexo los dos, pensaba que si. En aquél caso si podría enamorarse de Sansa Stark. Además, claramente culpaba de toda aquella sensación a su propio carácter y así como al de su novia.

A diferencia de lo que la gente pensara su madre le había enseñado a ser gentil y considerado, sobre todo con las damas, con su hermana y, en general, con cualquier mujer. Como respuesta su padre le había señalado que era el comportamiento adecuado para ellas en consideración a su fragilidad y delicadeza, que además su esposa debía ser reflejo de lo que sería como señor y que una mujer hueca, sin inteligencia y sentido, por mayor que fuera su belleza, no era un premio adecuado. Que, sin embargo, debía cuidarse de las mismas porque eran capaces de arruinar a un hombre, quizás por ello lord Randyll había sido seco y hosco con su madre, pero al ver yacer a Sansa a su lado, bajo su abrigo le parecía imposible que semejante criatura fuera siquiera capaz de pensar en hacerle daño.

¿Ella le había buscado no?

Sonrió como idiota, a medias avergonzado a medias contento. La forma en la cual se había comportado, la forma en la cual la había tocado. Todo volvía una y otra vez a su memoria. En ese momento con el cuerpo y la cabeza fría le parecía, simplemente, una locura; como es que sentirla húmeda y temblorosa le había encendido de una manera tan poco racional, tan instintiva. Por supuesto que era una trampa y, ahora entendía claramente, el por que los hombres estaban dispuestos a caer en ella una y otra vez.

Él estaba dispuesto a hacerlo.

Sansa suspiró en medio de su sueño y se giró sobre su brazo dándole la espalda, a Dickon le pareció sencillamente adorable, razón por la cual se giró junto con ella y la rodeo con sus brazos, dispuesto a, claramente, dejarse llevar por el sueño. Alzó las mantas para subirlas y cubrirse, y escondió su mano izquierda de tal manera en la cual pudiera acariciar el abdomen de su esposa, si los Dioses le favorecían de aquella noche saldría el primero de sus herederos, sobre la almohada en la cual descansaban los cabellos de Sansa apoyó el rostro y comenzó algo parecido a un juego con el pequeño pliegue que sobre salía en el espacio libre entre el ombligo y el inicio de su femineidad. Se tentó a bajar aún más, pero le pareció adecuado el, también, dejarla descansar.

Fue el ruido de las espadas lo que le despertó. En algún momento de su sueño el sonido de estas se había colado en su cabeza recodándole el patio de entrenamiento de Colina Cuerno, su padre estaba en un rincón con las piernas separadas y los brazos cruzados, él se encontraba algunos centímetros más allá viendo una de las tantas veces en que su padre avergonzó públicamente a Sam.

Demasiado temeroso de Lord Randyll, Dickon había sido incapaz de moverse en dirección de su hermano, aunque fuera para darle su apoyo. En aquellos años, lo único que le había interesado era no terminar como el pobre Sam. Sin embargo, con el pasar de los años, y esto lo admitía, comenzó a sentir una mezcla de compasión y rabia hacia el. Le fastidiaba enormemente que a pesar de sus fracasos para volverse un señor su madre siguiera recompensándolo. En más de una ocasión lo había escuchado por el castillo llorando mientras que su hermana y Lady Melessa lo consolaban. Por otro lado, sus propios logros no eran visibles para nadie, primeramente, porque su hermano se llevaba toda la atención de las mujeres de su hogar y, aún si había sido capaz de lograr más allá de las expectativas de su propio padre, este no era dado ni a los cumplidos y menos a los halagos. Solo un asentimiento le indicaba a Dickon que hacía las cosas de la forma en que se esperaba que las hiciera.

La única reacción que tuvo de su padre fue la última, cuando le obligó a doblar la rodilla ante la Reina Dragón, no sin recordarle cuál era su verdadera obligación para su hogar.

"Tú eres el futuro"

Le había dicho, y no pudo evitar preguntarse que pensaría ahora su padre de saberlo casado con la hija de Ned Stark.

Para cuando reaccionó, se dio cuenta de que estaba a solas en la habitación. Si había amanecido no podía decirlo, desde la ventana más cercana lo único que podía distinguir era el cielo escuro y, al parecer, estaba lloviendo sobre Invernalia. El frío le invadió en cuanto salió de la cama para tener una mejor vista de lo que ocurría afuera, recordó que estaba desnudo; cogió la primera manta que tuvo a su disposición y se rodeó con ella la cintura, el efecto fue inmediato. Aún si es que le cubría completamente el cuerpo, el calor comenzó a llenarlo.

Fue cuando la puerta de la habitación de abrió, obligándole a voltear para ver a su esposa seguida de dos doncellas que, aparentemente, traían su desayuno.

Sansa lo observó con un brillo especial en los ojos y le sonrió, aunque a primera vista le pareció que aún estaba cansada. Las chicas tras ella se quedaron fijas mirándolo, hasta que su esposa las despidió. Hasta ese momento se había sentido completamente seguro de todo, solo las risas de las muchachas le hicieron sentir muy incómodo. Se sujeto la manta hecha de piel de lobo con mayor fuerza y la alzó para cubrirse aún más.

― Mi señora ― saludó inclinando levemente la cabeza y tratando de esconder el ardor de su rostro.

― Mi señor― respondió ella, llevaba un vestido de un azul oscuro con bordados de hojas y flores invernales, en un negro que se fundía con el fondo, una capa de piel marta oscura como las plumas de un cuervo, guantes de cuero y un pañuelo floral de un azul más claro al cuello. Era un regalo de su parte ― os he traído el desayuno ― le sonrió, a lo que él solo pudo señalar.

― ¿Os habéis levantado hace mucho? ― Sansa negó, se sacó la capa oscura y la dejó sobre una pequeña mesa, sobre la cual, seguramente sus padres también habían compartido.

― A lo más una hora ― el olor de la carne cocida y pan recién horneado hicieron que su estómago rugiera.

― ¿Por qué no me despertasteis? ― preguntó realmente intrigado. Sansa le dio la espalda para preparar lo que parecía ser una bandeja.

― Oh, os veíais muy cansado ― se giró hacia él y Dickon le siguió cuando se acercó a la cama que ambos compartieran ― Por favor mi señor ― Dickon volvió a la cama con las mantas de piel de lobo cubriéndole a medias y centró toda su atención en la bandeja de comida; había panceta, vino especiado y caliente, pequeños trozos de pescado frito y algo de carne. Ya el vino, sirvió para devolverle cualquier tipo de energía que lo hubiera amarrado más de las horas permitidas a la cama.

Sansa lo dejó ahí mientras se encaminaba hacia chimenea, con un atizador removió las llamas para luego dejar caer más troncos de leña cortada y avivar el fuego.

― ¿No desayunaréis conmigo mi señora? ― preguntó Dickon a lo que Sansa contestó acercándose a la cama y sentándose frente a él.

― Solo estaba avivando el fuego ― le contestó, la vio sacarse los guantes y coger con los dedos desnudos un trozo de carne. Lo único que pudo hacer fue sonreír.

― Creí haber escuchado el sonido de espadas ― dijo. A lo que Sansa asintió:

― Son el Rey y Arya ― contestó sin importancia ― están tratando de pasar la resaca ― Dickon se le quedó observando.

― Lady Stark no es muy convencional ― declaró, a lo que Sansa asintió llevándose la copa de vino de la que él bebiera a los labios.

― Paso mucho tiempo en Braavos ― dijo ― ahí aprendió como usar la espada, aunque siempre fue buena con todo tipo de armas.

― ¿Lord Eddard la dejaba practicar? ― Sansa le miró tranquilamente cuando le aclaró;

― No, por supuesto. O no, al menos, con Ser Rodrick y los aprendices, no con Jon, Robb o Bran, pero Arya siempre fue voluntariosa, no habría podido detenerla aun cuando tuviera a todas las septas sobre ella ― aquello le gustó.

Era lo más personal que habían tratado desde que se comprometieran. Que hablara de su hermana con aquella tranquilidad le hizo ver que, de alguna forma, confiaba en ella. Y que, incluso si era parte de su papel como su esposa, estaba comenzado a confiar en él.

― ¿Y que hay de ti, mi señora? ― preguntó mientras cogía un trozo de panceta.

― Oh, no tengo la habilidad de Arya para esas cosas. Incluso cuando nuestro Rey ordenó que todos debíamos ser armados, sin importar edad o sexo, solo pude aprender a como tomar el arco. Y disparar algunas patéticas flechas.

― Si así lo deseáis yo puedo enseñaros ― dijo cabizbajo, pero con la mirada fija en ella; esa mañana llevaba el cabello suelto y nada de maquillaje. Tampoco veía alhaja alguna, su rostro tenía el rubor del frío ahí en sus pómulos altos y en la punta de su nariz.

Se le quedó observando algunos segundos de más, como si tratara de descifrar si es que su ofrecimiento era una broma, o en serio.

― No tengo ese tipo de habilidad o talento mi señor, sería una pérdida de tiempo…

― Eso no lo sabremos hasta intentarlo ― dijo con tono quedo y tranquilo.

― Si mi señor así lo desea ― dijo escondiendo algo parecido a una sonrisa.

Le habría gustado cogerla del mentón y besarla. Se veía tan esbelta sentada frente a él, con un brazo apoyado sobre la cama y mirando hacia el fuego de la chimenea. Le habría gustado contestar que la deseaba a ella. Pero aquello quizás lo perdería otro par de horas. Y, realmente, sentía curiosidad de ver al Rey combatir.

Cuando terminaron el desayuno Sansa le ayudo a vestirse.

― No creo que las ropas de Altojardín sean apropiadas para Invernalia ― señaló cuando le llevó una capa de piel de lobo de un marrón oscuro que llevaba el prendedor de un cazador en sus correas. El peso era significativo, pero Dickon se sintió seguro bajo ella, aquél acercamiento y las forma en la cual Sansa se conducía no pudo menos que provocarlo a besarla, sin embargo, su tan compuesta esposa no parecía pensar en ello, razón por la cual, solo le cogió su mano mientras esta aseguraba el broche del cazador para decirle.

― Necesitaré de vuestra ayuda allá, mi señora ― Sansa se le quedó mirando extrañada y él pareció entenderlo ― Altojardín es un gran castillo y, admito, que mi educación ha sido más de soldado que de señor.

Sansa asintió, sin notar que el solo verla ahí acomodándole sus ropas, llevándole el desayuno, hablando con aquella familiaridad sobre sus hermanos, había echado por tierra la idea de dejar Altojardín a su madre y hermana, quería que Sansa Tarly, fuera una señora que se viera rodeada por una belleza digna de la propia, que se sintiera afortunada de aquello tal como él lo sentía al verla una y otra vez.

La voz de su padre diciéndole que las mujeres eran peligrosas encalló en su cabeza, pero al perderse en sus ojos, los consejos de Lord Radyll se hundieron en la oscuridad. Ella le sonrió.

― Haré lo mejor que pueda ― él se inclinó y la besó. Sansa se dejó rodear por sus brazos y no objetó cuando él profundizo su beso.

Si en algún momento había caído lluvia, ahora el patio de Invernalia estaba cubierto de nieve. Siendo pleno día, el cielo estaba tan cerrado y oscuro que se dificultaba creer la hora, más aún el ver cómo los sirvientes cumplían a cabalidad cada una de sus funciones. Él, acostumbrado al sol, le costaba diferenciar los espacios en medio de aquella oscuridad.

Había grandes antorchas para entibiar el aire, aunque a Dickon le parecían inútiles. El frío, aún bajo su capa subía por sus piernas provocándole calosfríos, habría preferido por mucho continuar en cama al lado de su esposa, pero en ocasiones cosas tan simples siquiera podían ser.

La imagen se aclaró sobre el brillo de los aceros chocando. Las llamas reflejaban la espada de acero valyrio del Rey, la cual llamaban Guardajuramentos, quizás podría pedirle al Rey un enfrentamiento con Veneno de Corazón, aquella que su hermano le había entregado antes de la batalla del Muro.

― Desearía tener esa agilidad ― dijo una voz a su lado, cuando Dickon se giró vio a Sam observando con atención a los luchadores. Volvió la vista a estos y asintió.

― Vi al rey combatir bajo los muros de Último Refugio, realmente es un hábil espadachín ― Sam asintió.

― Cuando llegué al Muro terminó rindiéndose de tratar de enseñarme. Siempre he sido muy torpe para ese tipo de cosas, y todos los días Ser Alliser y los demás me pateaban el culo hasta hacerme llorar ― Dickon lo recordaba, Sam completamente humillado, vestido de mujer y abofeteado por su padre, había estado mal de su parte el siquiera decir algo, el odiarlo por llevarse toda la atención.

― ¿Lo quieres?

Sam siquiera se preocupó de negar, asintió seguro y sonrió.

― Fue el primero en defenderme, en tratarme como si fuera de su familia ― aquello jamás lo había pensado, lo solo y rechazado que debió sentirse mientras era maltratado en el hogar que debió cuidarlo y protegerlo.

― Lo lamento ― le dijo, solo que Sam no pareció prestarle atención, le habría gustado decirle más, pero las palabras que estaban en su cabeza se negaban a salir de su boca, debió haberlo defendido, debió haber hecho tantas cosas. Razón por la cual su disculpa pasó sin siquiera ser notada. Ambos eran lo único que quedaba de la casa Tarly, deberían están más unidos.

― Ahora ya es cosa del pasado ― finalizó Sam sonriéndole ― después de pasar por todo lo que pasamos… aquellas palizas realmente fueron nada ― rio con más ganas ― habría dado lo que fuera por una de esas palizas cuando los Otros atacaron el Muro.

Dickon nada tuvo que agregar, incluso en lo más feroz de la batalla deseó estar frente al Drogón, segundos antes de que la reina decidiera que debía pensar mejor sobre sus verdaderas obligaciones como señor de Colina Cuerno. Aquello le entristeció, tanto por lo que Sam sufrió como por la muerte de su padre. Lord Randyll despreciaba la debilidad y a los hombres que lo eran, pero él había crecido temiéndole y después admirándole. Sam debió tener un tipo especial de valor para ser quién era y haber crecido bajo la sombra de su padre. Era solo que nadie más parecía haberlo visto.

Miró a los combatientes; quizás el Rey si lo había hecho.

La pequeña se inclinó hacia adelante y la espada del Rey cruzó de lado al lado el espacio vacío que debió haberla cortado a la mitad.

Nunca había visto ese estilo de lucha y le parecía más que adecuado para una dama, era ágil, veloz y gracioso, como si fuera una danza.

La espada del Rey sonó tres veces, precisamente la cantidad de veces en que la espada de la pequeña, que parecía más un puñal, lo tocó.

El Rey era veloz y potente para atacar, pero le pareció a Dickon que desperdiciaba mucha fuerza en un objetivo que no resultaba ni grande ni poderoso, aquello solo le llevaría a cansarse con mayor velocidad, y los pasos de Lady Stark era cortos y precisos, lo que a su gusto le daba la ventaja, ella podría durar mucho más que él en ese combate.

― ¿Qué estilo de lucha es ese? ― preguntó a Sam.

― Creo que es la danza del agua, de las primeras espadas del Señor del Mar

― ¿En Braavos? ―preguntó sin saberlo realmente, solo tomaba en cuenta lo que Sansa le había dicho esa mañana.

El combate terminó con el Rey embistiendo a su hermana completamente fuera de regla, Dickon sonrió ante el gritito de emoción que dio ella cuando la alzo por sobre su cabeza, como si quisiera cargarla sobre sus hombros. A mayor impresión Lady Stark se dejó caer como si fuera una muñeca para girar elegantemente en el aire y caer de pie.

― Demasiada fuerza Jon ― le dijo, y Dickon creyó que sin haberlo discutido Lady Stark le daba la razón al señalar el desperdicio de fuerza que el Rey utilizaba en el combate. Arya hizo una reverencia que sacó aplausos de los que ahí se encontraban, incluyéndolo a él.

Con la atención fija en ella, en ningún momento Dickon notó cuando el Rey fijó la vista en él.

― ¡Tarly! ― le llamó. A lo que él solo contestó mirándole, algo sorprendido. Miró a su hermano y este a él.

― A mí me dice Sam ― una vez estuvo seguro, se acercó hacia el Rey e hizo una respetuosa reverencia.

― Digame, su majestad ― Dickon le sacaba al menos veinte o más centímetros al Rey, razón por la cual estar frente a él le resultaba tremendamente incómodo. Como hombre y señor sabía que algunos hombres se sentían insultados si es que las características físicas o habilidades de uno de inferior cuna le eran superiores.

Jamás creería que Jon Snow, o Jon Stark fuera así. Sin embargo frente a él se encontraba Jon Targaryen.

― Os habéis despertado tarde hoy ― era verdad y no tenía problema alguno en ello.

― Así es, su majestad ― Jon dejó aire en un gesto de lo más divertido e imposibilitado de abrazarlo, como al parecer pretendía lo cogió de la nuca dirigiéndolo hacia el puente que daba al bosque de los dioses.

Tras ellos, Sam y Arya les seguían, aunque hablaban entre ellos.

― Me gusta tu nueva capa ― dijo una vez lo soltara.

― Lady Sansa la hizo para mí ― El Rey nuevamente dejó escapar el aire.

― ¿Lady Sansa? ¿Por qué la llamas así? ¿Acaso no es tu esposa? ― era cierto.

― Es solo la costumbre, su majestad. De seguro podré acostumbrarme a llamarla por su nombre ― El Rey le miró con gesto divertido, pero luego su rostro se volvió serio.

― Estuvisteis en las celdas de Rocadragón ― Dickon asintió, tampoco era algo que le avergonzara.

― Así es, su majestad.

― Recordadme porque.

― Me negué a doblar la rodilla ante vuestra Reina ― el Rey miró a Sam tras él.

― Dany era ingenua ― dijo de pronto logrando que su estómago se retorciera. Aun así no dijo nada ― no debió hacerlo ― finalizó y se le quedó mirando como si quisiera decirle algo más. Sin embargo, él no sabía cómo continuar, decir que fue la ingenuidad lo que hizo que la Reina convirtiera en cenizas a su padre le parecía casi un insulto a su propia inteligencia. Él había estado ahí, había visto como Drogón había destruido todo lo que su padre fue, los Dothrakis le habían golpeado tras las rodillas cuando quiso ir por sus restos y colocaron el arakh en su cuello. Hablaron algo en su extraño idioma y ella lo miró a los ojos, Lord Tyrion intervino y por largos minutos discutieron lejos de él, fue cuando las lágrimas llegaron a sus ojos al saber que su padre ya no estaba, ya no estaría.

"Tú eres el futuro"

Le había dicho, y esperaba que ese fuera de la mano junto a la esposa que lo había elegido a él.


N/A:

Como todos los que leen con unos desagradecidos, mis gracias irán para aquellos que me motivan a continuar, así que tú, que no dejas review, has llegado acá puedes irte al demonio.

Saludos a: Mel Blackstone, que como cualquier persona decente agradeció, Paz, Luz (ustedes dos tienen dos de los tres nombres de mi madre) y Hatake Nabiki. He tratado de contestar todos los reviews que han llegado y si falta alguno, solo digan.

En fin, espero los hayan disfrutado.

Adieu.