Primavera Perdida
VII
Había algo parecido a una comitiva, liderada por su esposa y Lady Arya para despedir al rey, él también había estado ahí, solo que cuando el dragón descendió fuera de los muros de Invernalia hizo todo lo posible por desaparecer de la vista de aquella bestia. No era como si Rhaegal le siguiera con sus ojos como lo hacía, y estaba seguro de ello, Drogón. Sin embargo, no confiaba en el control que su amo, Jon Targaryen pudiera tener sobre un animal como ese. Razón por la cual y ante cualquier eventualidad prefería poner toda la distancia posible entre él y esa bestia.
Ese día el cielo había permanecido oscuro, con un leve color entre azul y purpura, como el que había al amanecer, solo que las nubes en ningún momento se separaron o dieron espacio suficiente para dejar que el sol iluminara el Norte como había ocurrido en algunas ocasiones la última semana, siquiera cuando el Rhaegal descendió en medio de estas lanzando llamaradas al suelo para derretir la nieve y el hielo que se apoderaban del camino.
Dickon lo vio lanzar fuego hasta que la tierra estuvo negra para luego dejarse caer, acomodarse y mantenerse en absoluta tranquilidad.
Entonces su atención fue atraída a la nieve que caía perezosa y sosegada, la cual lentamente comenzaba a cubrir las escamas del dragón, Rhaegal se sacudió un par de veces cuando esta le molestara y gruño un par, como si apresurara al Rey para volver a Desembarco del Rey, donde el Invierno era más tolerable.
Notó que sus pensamientos iban en esa dirección; no tanto en volver al sur, sino que en que también deseaba que el Rey se marchara, no lo había notado hasta ese momento, pero desde hace un par de semanas que muchas cosas que hacía o decía el rey le resultaban tremendamente fastidiosas, se vio entonces hace un par de noches deseando que se largara de una vez.
Y en contra de todo lo que él solía ser, entre mayor era su desagrado más atento se encontraba ante lo que este hacía o decía. Sus pisadas, por ejemplo, le parecían inconfundibles. Dickon se sabía una persona que pocas veces ponía atención a esos detalles, principalmente por que escapaban a su vista y reflejos guerreros no podían responder ante el caminar singular de una sola persona, pero estaba seguro de que incluso en la calle más populosa del mercado de Colina Cuerno habría podido escuchar y diferenciar las pisadas del Rey, era todo su ser el que se colocaba en guardia; su espina se erizaba, al igual que los vellos de su nuca, él mismo se erguía ante la tensión que se apoderaba de sus músculos y se sentía tonto por ello. No es como si fuera un enemigo, al menos, sus intenciones hacia él no iban dirigidas de esa manera.
"¿Cierto?"
Completamente ajeno a todos sus devaneos internos Jon Targaryen, el rey se le acercó en el puente que separaba el Bosque de los Dioses con el patio de entrenamiento. Lucía, como todos esos días; triste y la perspectiva de volver con su reina no parecía alegrarle en lo absoluto. Aun así, caminaba hacia él con la seguridad de un soldado y la elegancia de un señor, se decía que a la Guardia de la Noche solo iban los del pueblo llano y los hijos sin heredar de los señores, cuando era conocido como el Bastardo de Invernalia, era lógico que se marchara. ¿Habrían visto esos campesinos y comunes lo mismo que él en ese momento? ¿Habría llegado Lord Nieve a ser su comandante por sus gestos, su forma de hablar?
Era lógico que su destreza en la batalla le había ayudado en su puesto, pero él también sabía que debía existir cierto trato, cierta certeza sobre cómo hablar al resto para llegar a ser querido, odiado u temido. Sin ir más lejos: Lord Randyl, su padre, había sido temido y odiado por el resto de los señores e ignorado por las damas, principalmente por su dureza, pero al mismo tiempo admirado por sus dotes de comandante y guerrero, aquellos que hablaban a sus espaldas, se plegaban y no cuestionaban sus órdenes en el campo de batalla, el mismo Jaime Lannister había seguido su consejo de no defender la Roca y en cambio atacar Altojardín, cuando la reina dragón llegara a Poniente.
Y en el espectro contrario no podía si no ver a Sansa, su querida Sansa Stark. Aquella muchacha incluso más joven que él, y con muchos menos años de experiencia, era amada, querida y respetada. Casi sin importar su condición de mujer; los señores le sonreían y coqueteaban, los más jóvenes se turbaban ante su presencia y en más de una ocasión vio a pajes imberbes y herreros ancianos mostrarse nerviosos frente a ella. ¿Y las damas? Donde debía haber recelo y envidia por su belleza, solo existía camaradería y sonrisas. Para él no existía dama más bella, ni ahí, ni en las tierras del sur y Dickon sabía que esa belleza maduraría con el tiempo y se volvería una tentación para cualquiera que la viera, ya fuera hombre o mujer.
Sus miradas se encontraron y su esposa le sonrió antes de que su rostro prestara atención a quién le hacía compañía, desvió entonces la mirada con un gesto tranquilo pero lleno de frialdad y continuó hablando con las damas que la acompañaban.
Miró hacia el Rey, y este también observaba el patio para luego mirar sobre los muros.
"¿Quieres saber si es que os amo?"
Las palabras se repitieron en su cabeza, lo hicieron ahí mientras le miraba y cada vez en que habló con su esposa por la razón que fuera. Recordó los tonos secos con que Sansa le contestaba y su gesto de hielo cada vez que esta debió contestarle al Rey. Si, parecía que la frialdad de su esposa había precipitado la casi huida de Jon Targaryen.
Se sintió tan satisfecho al saber que para él todo era calor y cortesía, gentileza y ternura. Era algo que debería mantenerle tranquilo. Saber y ver que su esposa no correspondía ese amor, y que le era odioso saberlo debería alegrarle. Incluso si es que era demasiado pronto para hablar del propio, aquél que debería existir entre ambos, Sansa estaba siendo leal a los votos que habían proferido ante los antiguos Dioses del norte.
Pero no era así, incapaz de enfrentarla ante lo que había visto y escuchado, solo se dedicó a observar cómo es que el Rey sufría cada día en que su dragón no acudía a su llamado, como es que la última nevada, de dos días, prácticamente los había encerrado en el castillo en donde Sansa había ignorado y esquivado al rey, incluso de las formas más descorteses. Sabía que Lady Arya había tratado de mediar entre ambos, pero el rey sencillamente le había pedido que no interviniera.
"Debéis volver con vuestra reina"
Le había parecido tan cruel, tan fría, tan diferente del trato que le daba a él; su esposo. Una dama sureña habría agradecido sus sentimientos y le habría explicado el porqué no podría corresponderlos. Sansa, su querida Sansa no solo le había obligado a declararlos a viva voz para rechazarlo, sino que los había puesto en duda y, desde su punto de vista, aplastado sin la menor consideración. De hecho, le parecía que al pedirle que volviera con su reina. Sansa, declaraba, que le resultaban molestos y quizás insignificantes.
Volvió la vista hacia su esposa en el patio y conversaba animadamente con la encargada de las cocinas y una de sus damas de compañía, incluso la vio sonreír. ¿Era porque el Rey había resultado ser un bastardo? ¿Era porque ella rechazaba a alguien a quién creyera su hermano toda la vida?
Eso podría entenderlo. Aun así, más que sentimientos de ira, al verlo esos días y ver cómo es que toleraba los desaires de Sansa, el rey que siempre le había parecido triste, comenzó a causarle realmente lástima. Ya la había sentido por Jaime Lannister y no podía evitarlo, menos al ver el gesto alicaído que siempre acompañara al rey. Incluso a pesar de lo fastidiado que se había sentido con él las últimas semanas, quizás era una mera reacción ante el desagrado que su esposa estaba mostrando.
No lo sabía.
― Por favor, venid a vernos Lord Tarly, cuando volváis al Sur ― dijo Jon con cortesía mirando, esta vez estaba seguro, a su esposa.
Le pareció una descortesía y las entrañas se le revolvieron.
Recordó aquella triste escena en el bosque de los dioses, en donde ninguno de ellos lo vio.
Se había sentido impotente y molesto; aquél bastardo había herido a su esposa sin que él pudiera hacer absolutamente nada por ello. Había dejado crueles marcas sobre una mujer que él debía proteger. No la había conocido en aquella época, y no podía evitar preguntarse cómo es que nadie había socorrido a la verdadera señora de Invernalia, entonces los norteños no solo le parecieron fríos, sino traicioneros y cobardes.
Nublado por la ira, había ido al sept de Invernalia a buscar calma para su cabeza y para su pecho, pero aquellas estatuas ya no le decían nada, quiso reclamarle a la Madre y a la Doncella por dejar que hirieran a una hija, a una doncella, al padre por ver sin hacer nada, al desconocido por entregarle al Bastardo de Bolton al Rey antes que a él.
Luego se dijo que era estúpido, un chiquillo con intenciones de figurar más de lo que le correspondía, estaba bien que el Rey vengara a su hermana, era lo que él habría hecho.
"¿Estaba ya ahí, enamorado de ella?"
Lo siguiente que vino a su memoria era que, al final, había encontrado paz en el Bosque de los Dioses. Era extraño, él debería sentirse como un entrometido, alguien completamente fuera de lugar, tratando de encajar en un espacio que no lo recibía. Había un bosque de los Dioses en Colina Cuerno, su padre había sido un hombre respetuoso de los Dioses, fuera cual fuera, pero aquél bosque era demasiado vivo, todo a su alrededor era verde y marrón, las ardillas construían sus hogares en medio del Arciano, los pájaros cantaban, incluso una enredadera de rosas subía por sus ramas mezclando sus flores con las hojas color sangre del árbol corazón, era bellísimo y aun así no le inspiraba todo el sosiego que le provocara el Bosque de los Dioses de Invernalia, bastaba poner un pie ahí para sentirse transportado a otra época, a la Edad de los Héroes, el aíre frío le limpiaba los pulmones y el tacto de la nieve colándose por sus ropas le aclaraba la cabeza.
Llegó hasta el árbol corazón, y tal cual cuando fuera un chiquillo en Colina Cuerno, lo escaló toda su altura, se arrebujó en su capa y desde ahí vio cómo es que Invernalia caía en el sueño, a lo lejos escuchó a los lobos del Bosque de los Lobos y la respuesta que el huargo de Invernalia les dio.
Esa noche había cerrado los ojos y rezado, a sus nuevos Dioses.
Ahora, mirando al Rey, debió nuevamente pedir fortaleza a ellos, la suficiente como para que sus entrañas se relajaran y le permitieran contestar como el señor que era. Sin embargo, su cabeza estaba entrampada en como elaborar; no sabía si debía negarse, podía ser el esposo de Lady Sansa, pero no había afecto de él hacia la reina y, de a poco, sentía que la lástima que le inspiraba el Rey no era suficiente como para exponer a Sansa, nuevamente, a su presencia.
De todas maneras, debía contestar algo que fuera protocolar, tal cual le enseñaran sus padres.
― Claro que no lo haré ― dijo su instinto, y el asombro que se pintó en el rostro del Rey era, imaginaba, un reflejo del propio.
― ¿Perdón? ― preguntó Jon con el ceño completamente fruncido, Dickon parpadeó entendiendo lo que había salido de su boca; de la nada el corazón en el pecho comenzó a golpearle, pero se obligó a controlarlo, quiso llamar a los antiguos Dioses pero, finalmente, no lo hizo.
― No llevare a mi esposa a vuestro castillo, no iré con vosotros ― eso había salido con mucha más calma de su pecho y el Rey pareció aguantar el golpe los suficientes segundos como para que su triste mirada se llenara de enojo. Sin embargo, la mención de Sansa también pareció calmar a Jon.
Aun así, sus palabras fueron tensas cuando habló:
― Podría obligaros si quisiera ― él estuvo de acuerdo.
― Es verdad, ¿Lo haréis? ― el desafío estaba implícito y tanto el rey como Dickon lo sabían.
Como señor de Invernalia y Altojardín, Dickon se cruzó de brazos y procedió a sentarse sobre el borde de los gruesos brazos de madera de la estructura, seguro de que su superioridad física fastidiaba enormemente al Rey; se permitió posar tranquilo y calmado, como si no le temiera a la bestia que esperaba a Jon fuera de los muros de Invernalia, como si no le debiera ningún respeto a su presencia.
"¿Por qué debería? Quiere quitarme a mi esposa"
Jon guardó silencio mientras le miraba, en aquel momento ambos se medían, trataban de ver más allá de lo que esos días le habían permitido.
Fue entonces, cuando Dickon desvió la mirada.
― Ya sé que la amáis, majestad ― dijo con aquella misma calma y seguridad, como si semejante acusación y declaración no le afectara en lo mínimo. En silencio espero, el rostro del rey pasó de la molestia, a algo parecido a una tranquila sorpresa.
Y no dijo nada, a eso Dickon solo asumió que como ofendido, le correspondía a él decir algunas palabras.
― Y debo deciros que me parece muy cruel de parte de mi esposa la forma en la cual os ha tratado ― el Rey soltó una risa sarcástica y llena de pesar.
― ¿Acaso os compadecéis de mí? ― Lord Tarly se giró hacia Jon y asintió.
― Así es ― aquella sinceridad cortó cualquier gesto adicional en el rey. Sin decir nada más, este asintió levemente y procedió a dejarle.
Dickon lo siguió con la mirada, vio como Lady Arya se le colgaba del cuello y el frío gesto que intercambió con su esposa; en esta ocasión no hubo abrazos, incluso Arya los miró extrañada cuando el Rey continuó su camino hacia la entrada de Invernalia: el Huargo y Lady Arya lo siguieron, él esperó un par de minutos, viendo como el Rey se despedía de los trabajadores que se encontraban ahí, antes de reunirse en el patio con su esposa.
El gesto de Sansa se iluminó y le extendió la mano para que él se la tomara, aprovecho el movimiento para atraerla hacia él y cobijarla bajo su capa, seguido a esto le sonrió y le beso en la frente. Sansa devolvió la sonrisa y eso calmó todos los ímpetus que su breve conversación con el Rey le dejara.
Ella, en tanto, se mostró completamente tranquila cuando le preguntó.
― ¿De que hablabais con Jon, mi señor? ― Dickon negó sin dejar de lado su sonrisa.
― Nos ha invitado a Desembarco del Rey, para cuando vayamos al sur ― Sansa asintió lento y con un vago gesto de preocupación, fue cuando aprovecho para preguntar ― ¿Qué os parece?
Sansa bajó la vista y Dickon pudo ver su gesto calculado y tranquilo. Le pareció que buscaría manipularlo, solo que en vez de eso contestó:
― ¿Os parece si lo discutimos cuando nos preparemos a ir al sur? ― era una respuesta más que satisfactoria. Ella, sencillamente, no quería hablar del tema en ese momento. Asintió tranquilo y luego ambos, sin soltarse, se encaminaron al salón principal.
Ese día, oficialmente, se dio inicio a la construcción de los carromatos que llevarían a los señores sureños de vuelta a su hogar. Varios de las Tierras de los Ríos que habían seguido a Jaime Lannister, como Edmure Tully, habían sobrevivido a la Batalla por el Amanecer para caer por la gravedad de sus heridas, él más el Señor Varamar y su hijo Patrek habían caído bajo los cuidados de las Hermanas silenciosas y ya era hora de que los dejaran descansar en sus tierras, junto a ellos les seguían alrededor de ochenta soldados, jinetes y arqueros. Sansa había ordenado que se les engalanara en la medida de que sus heridas lo permitieran, ordenó que los carromatos fueran llenados con hielo para que los cadáveres no se descompusieran en el camino.
Aunque en pleno Invierno aquello no parecía preocupar a nadie.
Esa noche se hizo un pequeño festín de despedida en donde se les recordó, Sansa dirigió la comida, aunque se mostró más solicita y atenta con él de lo que estaba acostumbrado. Imaginaba que se trataba de qué, al fin, su esposa se veía libre de la presencia de su hermano.
― Os veis satisfecha, mi señora ― Sansa cogió un trozó de panceta y la untó en salsa de arándanos.
― ¿Lo creéis, mi señor? ― le preguntó con los dedos aún en la boca.
Dickon le sonrió, incluso en sus momentos menos glamorosos Sansa Stark… no Sansa Tarly era capaz de hacerle tropezar.
Asintió por respuesta.
― Y también os veis cansada ― en esa ocasión a ella le tocó sonreír.
― Ahora sois realmente honesto ― Dickon dirigió la vista hacia el salón y luego a su plato.
― Con vos siempre trataré de serlo.
― ¿Trataréis…? ― él no la miró en cambio dio un sorbo a su copa.
― Haré lo posible. Lo juro…
― Pero, mi señor, la honestidad en un matrimonio debería ser un absoluto… no algo en lo cual trataréis ― en esa ocasión fue Dickon quién cogió un trozo de comida entre los dedos y se los llevó a la boca.
― Entonces creo, mi señora, que será hoy el primer día en que muestre mi honestidad, en honor a nuestro matrimonio ― su tono era suave y casi juguetón, por nada del mundo quería asustarla o hacerle ver que se sentía enojado con ella.
No, su molestia estaba dirigida hacia otros.
― No soy una persona ¿Cómo lo diríais? Interesante, mi señora. Mis palabras suelen ser simples, pero sé que mis pensamientos no, quizás sea lo que tanto destaca en Samwell y tan poco en mi ― Sansa quiso interrumpirlo, más él se lo impidió ― sé que soy el soldado de los hijos de Radyl Tarly, pero también se escuchar y entender. Igualmente, entiendo que, a pesar de nuestro matrimonio, es realmente, muy poco lo que nos conocemos ― en ese momento su esposa retrocedió y tomó aquél gesto contrariado y frío que la hacía lucir tan valiente, Dickon supuso que estaba recordando aquella noche en que descubrió sus cicatrices, sin mediar nada la cogió de la mano para poco a poco acercarla aún más a él ― pero, mi señora, deseo que lo nuestro prospere. El mundo ha sido salvado y lo único que nos queda es la esperanza ― aquello pareció apaciguarla porque una suave sonrisa se pintó en sus labios junto a una mirada que lo trataba de ingenuo. No le importo ― ante todo ello, pienso que dejar de lado los sentimientos que el Rey a profesado hacia vos, mi señora, es lo más sabio ― Dickon vio el cambio en los ojos de su esposa.
Sansa, se volvió de hielo.
Se ceño se frunció y su boca se entreabrió con un deje de sorpresa y molestia que le embelesó como, realmente, todo lo que hacía.
― ¿Acaso Jon os dijo…?― él negó antes de que la pregunta fuera terminada.
― Os vi y escuché a los dos en el Bosque de los Dioses aquella noche ― se pasó una mano por la frente, cansado.
― Mi señor ― dijo entonces Sansa mirando al salón, pero completamente contraída ― … os juro que, nada, nunca ha ocurrido entre Jon y yo ― en esa ocasión él entrelazó sus dedos con los de ella y le alzó la mano para besarla.
― Lo sé ― asintió y luego le dedico una larga mirada. Quería decirle muchas cosas más, sin embargo, se centró en lo principal ― Cuando el Rey nos ha invitado a Desembarco del Rey, me he negado. Y le he dicho, lo mismo que os digo a vos ahora.
― ¿Dijo algo? ― preguntó ella preocupada, Dickon negó y entonces se dio cuenta de lo fácil que era mentir para la satisfacción de otro.
― Lo entendió muy bien, al fin de cuentas el Rey es un hombre razonable ― y si bien no eran las palabras que intercambiaron, si era la sensación que quedó en él después de su corta conversación.
Sansa asintió pensativa.
Él, en tanto, solo pudo imaginar lo que en ese momento llenaba la cabeza de su esposa.
El resto de la velada transcurrió con tranquilidad y cuando las risas comenzaron a llenar el salón principal, tanto él como Sansa se unieron a ellas.
Fue en su habitación en donde tuvieron el resto de su charla.
Sansa podía ser fría y elegante con todos en el castillo, sin embargo, su gesto fue infantil y juguetón cuando alzó las cobijas para resguardarse a su lado. Dickon no necesitó solicitud u orden alguna para ello, si se trataba de su esposa siempre estaba dispuesto a tocarla por la razón que fuera.
Desde la habitación era posible escuchar el viento silbar y a los lobos aullar. Y contrario a lo que pareciera, desde su lugar se sentía completamente seguro y acogido.
"¿Será este mi hogar?"
Lo único que podía aceptar era que estando Sansa ahí podía sentirlo, podía palparlo.
― Mi señor ― interrumpió ella sus pensamientos. Hasta que se acostara no había notado lo cansado que se sentía, fue como si su cuerpo se hubiera derretido, al igual que el hielo cuando Rhaegal lo fundió antes de descender en las afuera del castillo de Invernalia. Por lo que sin siquiera considerarlo, sus ojos se cerraron apenas apoyó su cabeza en la almohada, con toda la intención de dormir, hasta que el suave llamado de su esposa le devolvió a la realidad.
No se molestó en abrir los ojos cuando preguntó:
― ¿Mi señora?
― Me preguntaba si habéis escrito a vuestra madre… ― aquello le hizo despertarse como si le hubieran hablado de un ataque al castillo.
Lo había olvidado por completo. Siquiera había dado señales a Lady Melessa de lo bien que estaba y lo feliz que era, quizás su madre había escuchado de su compromiso, aunque dudaba lo mismo sobre su matrimonio.
Aquello le hizo levantarse.
― Lo he olvidado por completo ― dijo mientras sacaba rollo y pluma para dar inicio a su misiva.
― En serio, todos vosotros sois de lo más ingratos, cuando tenga a mis hijos los educaré para escribirme al menos una vez a la semana, incluso si no hay nada que decir ― aquella declaración hizo de Dickon se girara y mirara a su esposa.
― ¿Cuántos pensáis, mi señora? ― Sansa que estaba acomodando las mantas ante el desorden dejado por su esposo lo miró en silencio por varios segundos. La habitación se llenó del ruido del crepitar de las maderas en la chimenea, Dickon la vio bajar la vista y extender los brazos por sobre las mantas, como si las estirara.
― Cuatro me parece bien ― dijo Sansa al final.
Dickon asintió, él y sus hermanos totalizaban cuatro; dos varones, dos damas. Le parecía perfecto.
― Será triste separarlos ― dijo él, volviendo a su carta y recodando las obligaciones que estos llevarían impuestas solo por ser sus hijos y herederos.
Demoró horas, Dickon jamás había sido bueno con las palabras ya fuera expresadas o escritas. Y si bien consideraba que en Sansa podía confiar, no era, en lo absoluto, comparable a lo que sentía hacia su madre.
Demoró por que le contó todo, desde lo tranquilo y feliz que se sentía, a como le había agradado el Norte, culpando de ello a su esposa. Que la caza, la pesca, la comida y la bebida, todo era completamente diferente al sur, pero todo, absolutamente… delicioso. Le rogó porque perdonara su ingratitud, le relató lo ocurrido en Altojardín y cómo es que le habían encerrado en Rocadragón, como Lord Tyrion había abogado por él y su campaña al Sur del Muro, las batallas, los heridos, los muertos y La batalla por el Amanecer, Daenerys, Jon Snow y Jon Targaryen.
Aunque si, se guardó de señalarle lo que ocurrió entre el Rey y su esposa. Confiaba y amaba a su madre, pero todo en su mensaje era verdad, incluir algo como ello, a riesgo de quién más pudiera leer su carta solamente podría generarle problemas. Además, no sabía cómo su madre reaccionaría ante ello; Lady Melessa podía ser una dama gentil y cortes, pero Dickon estaba seguro qué las noticias sobre la muerte de su padre debieron llegar a ella y no bajo el mejor cariz.
"Aunque ¿Cómo haces para decirle a una mujer que su esposo quedó convertido en cenizas y su hijo fue enviado al Muro?"
Cuando volvió a su cama Sansa ya dormía y esa noche no tenía intenciones de molestarla, en cambio se quedó pensando en su madre, la partida del Jon y el futuro de sus herederos.
N/A:
Transición feliz, lamento la demora y ya viene el drama.
Atte.-
Brujhah.-
