Primavera Perdida X


El olor de su esposa le inundaba las fosas nasales voraz como un veneno y Dickon sentía que podría hundirse en el a cada momento. A través de la neblina que era su pensamiento en ese momento, se dijo que quería llevarla al límite, que gimiera su nombre con fuerza para que todo el castillo escuchara, era un pensamiento cruel, lo sabía, pero en ese momento lo que menos le interesaba tenía que ver con quién podría escucharle. Arrebatado de lujuria besó con mayor intensidad los pliegues y aspiró deseoso sobre el montículo cubierto de suave vello, este brillaba de su saliva, reflejando las luces que los acompañaban en la habitación y al alzar la vista más allá, podía ver la pálida piel de su abdomen, ahí bajo el ombligo estaba la marca que el bastardo había dejado en ella, una pequeña y oscura sombra.

Cerró los ojos y se concentró en su excitación, no tardó en volver sobre su ritmo y ya con el coño húmedo de su esposa en la boca introdujo suave dos de sus dedos para estimularla aún más. El resultado fue el esperado, Sansa jadeó y contuvo un gemido para luego caer desmayada sobre la cama. Dickon se incorporó y con la elegancia de un felino avanzó por sobre ella para acomodarse entre sus piernas.

― ¿Os gusta como os cojo Sansa? ― preguntó en susurros, juntando su frente a la de ella, contradiciendo la idea de que todos los escucharan. Ella cerró los ojos y mordiéndose los labios asintió.

La estocada fue brusca y enérgica, obligando a su esposa a dejar caer su cabeza hacia atrás. Sintió como es que la vida volvía a él y cuando volvió a entrar en ella, Sansa se alzó lo que pudo para besarle con ferocidad, introdujo su lengua en la boca de él y Dickon gimió cuando le dejó morderla. Recostándose sobre ella, la apresó y le hizo alzar las caderas, quería entrar todo lo que le fuera posible, sentir la calidez y humedad de su interior, mientras ella parecía desesperada por absorber todo su aliento en cada beso. Cambio su ritmo a embistes cortos y consecutivos, los que le parecieron una delicia.

― ¡Oh, Dickon! ― suspiró ella trémula contra su boca ― ¡Más, ma….s! ― Sansa apartó el rostro para respirar y volvió a besarlo, luego lo apartó y se giró para darle una espectacular vista ― Venid, mi señor, os quiero dentro ― pidió con el rostro sudoroso y contraído, mirándole directamente. Dickon, avanzó de rodillas y cuando la tuvo a su alcance, la sujetó de las caderas y paseó su miembro por toda su femineidad antes de regresarlo a donde pertenecía; dentro de ella. Se inclinó y le apartó el cabello de su cuello para besarlo con reverencia, bajó su ritmo y sus penetraciones fueron más pausadas y suaves, dio un pequeño mordisco sobre el pálido hombro y con su mano libre comenzó a jugar con el pezón, cuando su cabeza se puso a la altura de la de ella, le mordió el lóbulo de su oreja mientras le susurraba gran parte de las obscenidades que aprendiera entre los soldados de su padre.

Se mantuvieron así el tiempo que quisieron, se besaban con pasión y separaban solo cuando el aire se acababa, Dickon trataba de sostenerla de todos lados, era brusco y suave, le besaba los cabellos, los hombros o el rostro, en la boca y si fuera solo su voluntad lamería cada parte de su cuerpo hasta saciarse. Y solo cuando su cuerpo le exigió liberarse, cerca del clímax, se congratuló al sentir cómo es que las piernas de Sansa se tensaban, al mismo tiempo que su bajo vientre para dar paso al orgasmo, Sansa le mordió el pulgar con el cual había jugado en su boca y él no se quejó mientras derramaba su semilla dentro de ella.

Se dejó caer exhausto sobre ella, pero pronto debió salirse y acomodarse a su lado cuando con suaves golpes Sansa le indicara que la estaba aplastando.

Se miraron cómplices y sonrieron, él porque había recordado todas las locuras que le había susurrado cuando su pasión no diera más, así como por las respuestas que ella le había dado. Sansa, en tanto, se llevó las manos a la cara en un infantil gesto de vergüenza y cuando rio sus ojos brillaron encandilándolo. A modo de broma se mostró confundido y le frunció el ceño.

― Espero que no sea mi desempeño lo gracioso ― dijo. Sansa negó, se giró hacía él, quién la recibió en sus brazos y le besó en la boca.

― Ha sido magnifico, mi señor ― no es que Dickon tuviera con quién comparar la experiencia, pero saber que su esposa era feliz en todo aspecto con él, le traía una grata sensación de alegría a su pecho.

Satisfecho se quedó mirando hacia el tejado, en la que fuera las habitaciones principales de los invitados. Sansa las había acomodado para ambos y estaban ubicadas cruzando los jardines del castillo, lo más alejado posible de la reina y Jon. Al principio creyó que se quedarían en las de la fallecida Lady Olenna, pero Sansa le había manifestado que incluso, a pesar de conocerla muy poco había llegado a estimarla, así como tampoco pudo pensar en usar las viejas habitaciones de Maergary o Ser Loras.

En general, Dickon no solía cuestionar las decisiones de su esposa, puesto que solían ser acertadas. Pero la perspectiva de dormir en la habitación de la reina de las espinas, no le alentaba en lo absoluto, sobre todo después de que tuviera que cargar su cuerpo desde la cama en la cual se había dormido a esperar la muerte hasta el sarcófago que Ser Jaime preparó para ella.

No era un pensamiento adecuado para ese momento, pero le fue imposible sacárselo de la cabeza, sobre todo por el desagradable espectáculo que fue el olor de la habitación, cuando ya muerta Lady Olenna soltara todo su interior.

De un movimiento rápido se levantó y procedió a vestirse lo más ligero y cómodo posible.

― Dickon, ¿Qué haces? ― preguntó Sansa cuando lo vio dirigirse hacia la entrada.

― ¿No tenéis hambre, mi señora? ― Sansa parpadeó y luego le sonrió.

Cuando salió al pasillo principal un sirviente se le acercó, pero Dickon le hizo un gesto con la mano señalándole que no lo necesitaba. Salió al primer patio y una brisa fresca le acarició la piel. Había extrañado las noches de verano en el Dominio, en ocasiones el calor del día podía ser sofocante, pero las noches eran una verdadera delicia; el ruido de los árboles, el aroma de los campos, como es que los canales y riachuelos daban música al campo, el canto de las recolectoras y los soldados. Ciertamente que era un lugar mucho más plácido para vivir, sobre todo comparado con Invernalia aunque no le quitaba los méritos al norte y reconocía que su paisaje también tenía una especial belleza, más salvaje, más intacta.

Ya cerca de las cocinas escuchó las risas, estas se encontraban abiertas a uno de los patios que daban a las lavanderías por el este y cercada de intricados pasillos que terminaban en un salón secundario donde los platos ya servidos eran entregados a los mayordomos.

― Desmond descabalgó al chico con un palo de escoba y cuando la vieja Linnette lo vio, no solo lo maldijo desde las cocinas, sino que, además, lo siguió hasta la armeria y, a los pocos minutos con Karl lo encontramos follándosela ― estalló una carcajada general, que le hizo retroceder sin dejar de apreciar el cuadro. Los hombres estaban reunidos sentados en improvisadas sillas, en el patio de las cocinas, bebiendo cerveza o vino, todos norteños y el rey estaba apoyando contra un muro, dándole la espalda a él y riéndose de ello cuando continuaron.

― Linnette podría ser su madre ― dijo otro de los muchachos que por su voz Dickon lo reconoció como Denys Brewster.

― La mitad de los bastardos que rondan el castillo son de Desmond, además yo no me preocuparía, Linnette dejó de parir antes de la guerra.

Desde donde estaba Dickon vio al rey alzar su copa y dar un sorbo.

― Aún si son bastardos es bueno que haya niños en Invernalia, con todos los muertos de la última guerra… buenas cosechas y niños ― los hombres miraron al rey asintiendo solemnes, alzaron sus copas y repitieron.

― Buenas cosechas y niños ― era una forma breve y directa de entender que la misión de todos ellos en ese momento era, sencillamente, mantener la paz.

Y de inmediato, no pudo evitar pensar en el heredero del rey que no había llegado a nacer. Sabía que Sansa se había enterado de los pormenores de aquél fatídico episodio por la reina, pero no había compartido esas noticias con él. Asumió que se debía a que era un secreto que no le pertenecía a ella, y Dickon prefirió no molestarla con preguntas.

"Buenas cosechas y niños"

Hablar aquellas palabras y saber que tu pequeño siquiera había podido dar un respiro en este mundo le pareció una idea triste y todo el resentimiento que tuviera hacia el rey debido a que este amaba a su esposa, se desvaneció.

De hecho, la admiración que le había llenado al conocerlo pareció volver a su pecho. Y se recordó que Jon Targaryen, aquél joven que lucía triste desde que le conociera, era quizás el más valiente de los hombres de Poniente. La primera vez que lo viera, fue como un soldado más que había acudido al norte a pelear contra el terror y la muerte, había plegado los pocos hombres que le seguían y su estandarte bajo el Dragón de los Targaryen, compartió con ellos en el pequeño consejo junto al rey, la reina dragón y Sansa, que en ese tiempo era tan lejana para él como lo podría ser la fría Lady Stark.

En aquel tiempo la vida significaba muy poco para Dickon, se había vendido y abandonado a su padre por temor a la muerte, le había creído al Gnomo y no dudo en aceptar cuando se le encomendó, junto a los señores de Marbrand, Moote y Blackwood ir al Muro y cortar el paso para los muertos. Fue una misión suicida, no tenían los hombres, ni las armas para combatir al ejército de los muertos, el frío medraba las fuerzas que les acompañaran y si no fuera por la ayuda de los salvajes y clanes de las montañas, de seguro siquiera habrían llegado a su destino. Ya en el camino habían perdido más de la mitad de los hombres que les seguían combatiendo a caminantes que a otrora pertenecieran a la Guardia de la Noche. Hacer fuego era imposible, porque las tormentas arreciaban con metros y metros de nieve por sobre ellos, no había madera y pronto la comida comenzó escasear.

Encontraron un centenar de personas vivas en Ciudad Topo, pero ningún hombre, solo mujeres, ancianos y niños, todos imposibilitados de luchar, ya fuera por miedo, hambre o heridas. Les ayudaron, sin embargo a llegar hasta el Castillo de la Noche, en donde no encontraron a nadie.

Pasaron diez días antes de tener noticias de la Torre NocturnaOscura, que era el punto en el cual los remanentes de la Guardia se ocultaban. Ahí conoció a su Lord Comandante; Ed Tollet un sujeto sombrío y pesimista que, contra todo pronóstico, les devolvió la vida a cada uno de ellos; no venía solo. Un ejército de salvajes que incluía a wargs, gigantes y bestias del tamaño de barcos, más cientos de sujetos de los clanes de las montañas, todos habían acudido por orden del Rey a buscarlos y destruir lo que quedaba del ejercito de los muertos.

Los wargs fueron sus ojos, ya que el riesgo de acercarse a los muertos los haría vulnerables. Y estos les dijeron como atacar, con unos pocos hombres; de ponientes, salvajes y de los clanes, Dickon logró acercarse lo suficiente como para que el pavor lo llenara al llegar a la Brecha de Guardaoriente del Mar; ahí vio los cientos de miles que caminaban hacia las tierras de Poniente, hacía su madre y su hermana, hacia Sam. Entonces entendió que no podía hacer nada más que luchar hasta caer muerto. Que el futuro no era una posibilidad y menos creer que algo se podría hacer contra tal horror, excepto luchar.

Ser Adam Marbrand cayó en la primera carga contra, lo que se creyó, era la retaguardia de aquél ejército. En medio de su ataque con la única caballería que existía de los bosques cercanos al Muro salieron más muertos y los devoraron como insectos a un animal pudriéndose. Dickon vio a Ser Adam levantarse de la muerte con las cuencas vacías, mirándole directamente hacía donde él y el resto se escondían; seguía teniendo aquél cabello rojizo tan característico de su casa. Lord Blackwood también fue devorado por los muertos y cuando se alzó solo le faltaban ambos brazos y una de sus piernas, torcida hacía atrás volvía su caminar más triste que grotesco.

Fue Lord Moote quién le dijo que para detenerlos había que quemar los bosques. Fue el Lord Comandante quién le dijo que si quedaban caminantes el fuego no les haría nada.

"Si no lo intentamos, no quedara nada"

Ya cansado y sin esperanza alguna, Dickon se ofreció voluntario para ello, sin embargo Moote lo impidió, lo trató de imberbe y de no saber nada. Cuando Dickon lo despidió le dijo que huyera, que huyera al sur y luego cogiera un barco a Essos.

Los bosques no ardieron, y Moote no volvió hacia ellos.

Habiendo fracasado de todas las formas posibles, pues los muertos no dejaban de aparecer, Dickon se entregó a su propio fin; una vez dejaran de aparecer de los bosques, cogió cuerda, tela y aceite el cual guardó contra su cuerpo con la intención de mantenerlo caliente y se encaminó solo, en medio de una feroz tormenta de nieve a los bosques más cercanos al Muro, si moría en medio de las llamas, como su padre, lo haría feliz. Había demasiada miseria y desesperación como para creer que podría salir de todo ello.

Sentía hambre, estaba cansado y oró al Padre y a la Anciana para que el caminante se apareciera en su camino.

Cuando la tormenta se detuvo y el silencio lo rodeó supo que así era. El espectro era casi traslucido, Dickon podía ver la forma de sus tendones y músculos, con la misma claridad con la cual podía ver a cualquier hombre. Este lo miró y Dickon vio en sus ojos inteligencia y tranquilidad, estaban frente a frente pero él era el único que temía, eran de la misma estatura y Dickon se sabía más alto que muchos hombres. Si fuera por fuerza, de seguro ganaría, si fuera un hombre y no un espectro, los labios secos y recogidos mostraban encías blancas y colmillos, no dientes, listos para atacar.

Se orinó, pero fue rápido al esquivar la lanza, casi perezosa que buscó morderle la pierna.

Los hombres callaron cuando lo vieron llegar. Dickon pudo verlo en sus ojos, a él lo respetaban; incluso con lo inalcanzable que aquello le pareció en algún momento. Los norteños lo respetaban a él, un señor verde del verano, un señor sureño de Altojardín. Pero eran hombres de los Stark, hombres de Sansa y del Rey, aquél frente a él, ese que había devuelto Invernalia a sus verdaderos señores.

― Majestad… ― saludó Dickon, Jon se enderezó y contestó el saludo con un asentimiento.

― Lord Tarly ― los muchacho procedieron a retirarse y de pronto se sintió como un intruso, como si él hubiera roto el espacio en el cual ellos podían ser… ellos; norteños todos.

¿Se sentiría el Rey así de extraño? ¿Como si no perteneciera a todo eso cada vez que caminaba por los pasillos de la Fortaleza Roja?

Les hizo un gesto con la mano.

― Por favor muchachos ― dijo tratando de parecer lo más afable posible, aunque de pronto se preguntó cuál sería la imagen que debía dar en ese momento, con sus calzones de algodón y una sola camisa de seda cubriéndole el basto torso, la prudencia le dijo que debía sentirse avergonzado, pero luego pensó en que daba lo mismo; estaba en su hogar ― continuad ― la orden pareció confundirlos, pero no se preocupó de ello.

Los días pasaron con tranquilidad y al cabo de una semana los dragones volvieron a aterrizar en el patio de entrenamientos para llevarse a los reyes con ellos. A diferencia de la despedida en Invernalia en aquél momento la ansiedad por ver al rey irse no se apoderó de su cabeza.

Toda aquella visita había sido lo más correcta posible no tenía conocimiento de que Sansa y el Rey se encontraran a solas en ningún momento. Además muchos de los señores que habían desoído su llamado los últimos meses habían acudido ante ellos a presentar sus respetos. Razón por la cual su madre, además había acudido con sus hermanas con la intención de programar enlaces para cada una de ellas y en eso, nuevamente, Sansa había sido indispensable.

Y en cuanto todo estuvo solucionado y los visitantes volvieron a sus castillos y señoríos Dickon y Sansa tomaron la costumbre de almorzar cerca del Mander. Sansa solía decirle lo bien que se sentía cerca de las aguas, su madre aludía a que era la sangre Tully en sus venas, que era de donde los señores de las Tierras de los Rios sacaban su fuerza. En aquellos momentos Dickon sentía que podía morir y aun así sería un final absolutamente perfecto.

Cabalgaban cerca de los campos y veían a los campesinos cosechando y a los niños corriendo y jugando, los cantos se mecían con el viento y las risas llegaban a sus oídos como cuando era un niño en Colina Cuerno. Se sentía completo, completo y lleno de vida, enamorado y dichoso. Aquellas noches de verano no había pasado una sola sin que no le hiciera el amor a su esposa, sin que no le leyera a su hijo, o se despidiera de un beso en la frente de su madre.

Todo relucía a vida, había paz y cosechas, miraba a su hijo y sabía que además habrían niños, muchos más.

En ocasiones, en esos atardeceres en que los asuntos del gobierno de las tierras no le molestaban, solía recordar la desesperación y locura que lo llevaran a enfrentar a aquél caminante. En su ignorancia siempre había creído que los muertos eran todos iguales. Hasta que el Rey en persona les explicó la diferencia entre los espectros y los muertos. Había sido una tarde negra como todas las de ese Invierno, con él más todos los señores reunidos en el salón principal de Invernalia. Y había extrañado esa tarde negra, cuando días después, buscando una salida a todo ese infierno el caminante se presentara ante él.

Lo único tibio que sintió fue la orina que se escapó y que solo en segundos se volvió tan fría como la nieve a su alrededor. La lanza volvió a girar sobre él y en esa ocasión el movimiento fue más veloz, aunque no tanto como su miedo.

"Si me toca estoy muerto…"

Y danzaron, antes Dickon se había enfrentado a Dothrakis sobre sus caballos y a la infantería. Había estado asustado y nervioso, pero eso era completamente diferente a enfrentarse a un demonio sobrenatural como el espectro que frente a él se encontraba, la nieve entorpecía sus pasos, la abultada ropa que solo ralentizaba sus movimientos. La lanza volvió a rozarle cuando cortó el lazo de su capa a centímetros de su cuello. Aquello liberó el movimiento de sus brazos al tiempo en que las agujas del frío le cruzaron todos los músculos.

Pero de pronto lo sintió. Algo parecido al cansancio comenzó a ascender por sus piernas y cuando llegó a su pecho le cortó el aliento, solo había estado esquivado a su oponente, dejándose vencer por que su cabeza estaba triste, porque sabía que no había esperanza y que luchas era inútil.

"¿Por qué entonces te aferras a la vida?"

Y la lanza le mordió la pierna, fue cuando despertó y entonces, solo entonces lo entendió.

"Somos los Primeros en la Batalla"

La lanza volvió a descender sobre él, solo que esta vez, rápido como la flecha del escudo de su casa, antepuso Veneno del Corazón y, el acero refulgió con un brillo pálido a sus ojos cuando la lanza se quebró en mil pedazos, la fuerza del impacto lo empujo al suelo y tanto él como el espectro se miraron incrédulos.

Con la misma tranquilidad con las cual hiciera sus movimientos, el espectro se movió veloz hacía él. Dickon retrocedió y cuando este le empujó sintió como si un mazo le hubiera destrozado el pecho. Cuando quiso empuñar nuevamente su espada un golpe le quebró la muñeca y su espada voló para caer enterrada en la nieve. El espectro lo cogió del cuello y comenzó a apretar.

"El acero… el acero puede con él…"

Cerró los ojos y vio a su padre mirándole a los ojos antes de estallar en cenizas, las muros grises de Invernalia y la mirada triste de Jon Snow, la cabellera de plata de la reina Dragón y las alas batiéndose de las bestias cuando elevaban su vuelo. La caminata hacia al muro y como es que Ser Adam había caído, a Lord Moote yendo a su muerte y él mismo siguiéndole.

"Pelea muchacho"

Le ordenó su padre y Dickon vio a Sam llorando en medio del patio de entrenamiento. Lord Tarly se giró hacia él y su mirada era de piedra. Cuando le asintió, Dickon se encaminó hacia donde su hermano y cogió la espada de madera. Desde ese día Lord Tarly había dejado en paz a Sam.

"Somos los primeros…"

Sus brazos alcanzaron al espectro en el rostro y el aullido de dolor que lanzó fue cuando sus manos se quemaron al tocarlo, de todas maneras no lo soltó. En vez de ello comenzó a presionar. Sintió la mordida en el cuello y como es que las garras del espectro comenzaron a enterrarse en su piel.

"… en la batalla"

El sonido de un gemido cacofónico, le hizo creer que los dragones habían llegado en su ayuda. Un grito lleno de terror y dolor, proveniente de una bestia desconocida que reverberó en medio de aquella pálida soledad, el eco contestó desde el Muro a su espalda y de las hojas de los árboles del bosque frente a él. Además, este vino acompañado por su liberación. Dickon cayó en medio de la nieve sin poder respirar y cuando el oxígeno llenó sus pulmones, lo primero que su cabeza le dijo fue ir por su espada. No miró atrás y se impulsó con los brazos y piernas, casi corrió como un animal, para buscar el acero.

La sombra pálida y silente le seguía, pero Dickon se dijo que no debía voltear a ella, no importaba lo que ocurriera, tenía, debía coger el acero y Dickon no cometería el error de mirar atrás.

Nuevamente el gemido de la bestia le golpeó como si hubiera gritado sobre su oído, casi podía sentir el aliento frío y letal atravesarle la piel, fue cuando la solidez de Veneno de Corazón estuvo en sus manos, sintió como es que le halaban por la ropa y así como el frío lo atravesaba ahí en donde el espectro le sujetaba.

Y lanzó la estocada, sin titubeos y asolado por el miedo; la hoja quedó firme y fija en su objetivo y cuando Dickon se atrevió a mirar al demonio vio que su espada lo había atravesado justo en el pecho. Su rostro estaba deforme y donde antes hubiera un ojo ahora solo se veía una hendidura clara y vacía. Como respuesta a ello sus manos le ardieron segundos antes de que el espectro estallara tal cual su lanza segundos antes.

Luego de eso cayó al suelo feliz de haber cumplido, feliz de que la nieve fuera tan acogedora y listo para dormir.

Siquiera supo cómo es que despertó en medio de hombres vivos y de capas negras.

― Os vimos desde el Muro Lord Tarly ― le dijo Ed Tollet y el asombro así como el orgullo llenaba sus ojos.

Habían pasado cuatro días desde aquella pelea y no se había visto ningún espectro o caminante acercarse al Muro desde el norte.

Fue cuando una pequeña caballería se les unió. El frío letal y las tormentas inclementes habían cesado dejando solo un invierno normal, el día volvió a ellos y los hombres recuperaron las esperanzas.

No fueron más de cien, pero pudieron llevar fuego con ellos y desde entonces fueron ellos quienes atacaron desde la retaguardia a los caminantes reduciendo sus números, en su última batalla Dickon vio caer a los muertos sin siquiera tocarlos. A la bestia negra lanzar fuego sobre ellos como lo hiciera sobre los soldados de los Lannisters antes.

La esperanza había vuelto a los hombres y estos iban por los muertos con la confianza del mañana. Sabiendo de su fuerza y valor, dispuestos a vencer y no a morir.

Todo aquello había pasado tan rápido. Tan veloz en la cuenta del tiempo que en ocasiones solo le parecía una mala época de su vida, olvidando que prácticamente la humanidad había estado en riesgo. Con el tiempo supo los detalles de las batallas en las cuales él no había estado. Así como se supo que él había eliminado al último jefe de los espectros antes de guiar a otro innumerable ejercito a poniente. Pero su hazaña había quedado relegada a las miles que hicieron todos los otros que habían luchado en aquella guerra contra la muerte.

Incluso cuando llegó a Invernalia, se encontraba en mejor estado que muchos incluido el de Jon Targaryen y la reina dragón. Por lo que fue enviado luego al sur para dar espacio y comida quienes lo necesitaban más. Había llegado a Aguasdulces cuando se supo que la reina Dragón había sobrevivido y que sería tomada por esposa por Jon.

Y de nuevo los meses pasaron con velocidad hasta el día en que se cruzara por primera vez con Lady Sansa en los pasillos de la Fortaleza Roja, la forma en la cual ella le había mirado le prendó como nada lo hiciera durante su breve estadía en Invernalia.

De nuevo la esperanza había vuelto y por todos lados escuchaba como es que la señora de Invernalia era adorada por todos en la corte, lo bella que había lucido en la boda de los reyes y como, es que en esa celebración, sola había acudido a su mesa.

"― Nunca os he agradecido Lord Tarly… ―"

Fueron sus palabras y Dickon se había preguntado sobre que debía ella agradecerle.

Cuando volvió al presente Lady Melessa reía con Talla, mientras una de las doncellas le servía vino, la chica le hizo un gesto a lo que él le extendió su copa, se puso de pie para acercarse a ella y cuando la hubo llenado se la extendió.

― Puedes beber si quieres Tessa ― le dijo.

El viento fresco soplo desde el Mander trayendo consigo una suave brisa, a lo lejos un caballo relinchó y las hojas de los árboles se movieron con fuerza. Su sonido le había relajado desde que era un niño en Colina Cuerno, pero algo había esta vez que le heló la espalda como aquella vez más allá del Muro. Los cantos de los hombres de detuvieron así como las risas y las voces.

Solo el viento volvió a soplar y esta vez silencioso.

La muchacha le miró extrañada y Dickon supo que su gesto era de miedo. Tanto su madre como su hermana le miraron tan asustadas como ella y fue cuando Dickon volvió a escucharlo. Otro caballo relinchó. Y aquél gemido de dolor del caminante cuando él le aplastó la cara no le causó el terror que le llenó cuando reconoció la voz de su esposa.

― ¡Hijo! ― exclamó Lady Melessa poniéndose de pie y Dickon siquiera reaccionó a coger su montura cuando el grito de Sansa volvió a llamarlo.

"Sansa… Allen…"

Corrió todo lo que pudo hasta que sus piernas le ardieron, los árboles se hacían interminables y cada vez que recordaba conocer el camino y lo corto que este era hasta el río otro árbol, otro montículo, otra roca se interponía. Luego llegaron los campos de trigos tan altos que le alcanzaban hasta la cintura y la bestia volvió a gritar.

Cuando el dorado se acabó y llego a la ribera del río, vio a su mujer acunando algo; era obvio que se trataba de su hijo. Sansa lo mecía como cuando lo hacía dormir y la pierna de su pequeño se movía a ese son; inerte y completamente lacia.

El terror lo llenó al entender el cuadro. El pony de su pequeño volvió a lanzar ese gemido lleno de miedo y Sansa solo lloraba.

"No…"

Las rodillas le temblaron y lo llevaron al suelo, la respiración se le cortó y la bestia volvió a gemir otra vez. Había voces y personas a su alrededor pero él no sabía que decían. Sansa giró su rostro hacia él y la más absoluta desesperación llenaba sus ojos. La escuchó gemir y vio como apartaba a quienes intentaban acercarse y tocarla.

"No…"


N/A:

Recién lo terminé.

Saludos.