Primavera Pedida

XII


En su sueño Allen tenía su edad y cabalgaba por los campos de Altojardín gallardo y atractivo, usaba el cabello largo de un castaño que destellaba brillos rojizos cuando le daba el sol. Al son de la cabalgata Allen sacó una flecha y en un arco tan alto como él, de madera blanca de arciano, extendió la cuerda todo lo que daba su brazo y disparó la flecha, esta recorrió los campos rebosantes de trigo, los bosques húmedos del cuello y luego voló sobre la nieve para estrellarse contra la piedra gris de los muros de Invernalia, cuando se acercó al jinete vio que llevaba a Sansa tras él, con los brazos cruzados sobre su pecho y riendo como debió de hacerlo cuando era una niña.

Él también les sonrió, la niña no era Sansa, era su hija y su pecho se llenó de calor y humedad, cuando lo notó las lágrimas le caían imparables, trató de respirar hondo mientras recuperaba la compostura, pero cuando exhaló su pecho se vació y la sensación de soledad le despertó, las cortinas de su habitación se mecían suaves por el viento cálido que entraba en ellas, y el reflejo de su rostro contra el ventanal le recordó que Allen jamás llegaría a ser un jinete y que la risa de esa niña igual a Sansa había desparecido lunas atrás de los salones y campos de Altojardín.

Era una noche tan calurosa como todas las de aquel verano. Parpadeó y acostumbró su vista a la habitación, se giró sobre su cuerpo y el diseño del tejado de su habitación capturó su vista durante varios segundos; comenzó con estos a seguir la forma del paraíso que se había retratado en los muros y techos del castillo, la habitación que compartía con su esposa retrataba escenas de bailes y en el centro había una pareja que danzaba con las manos de ella en la cintura y las de él sobre las de la mujer.

"Es como esa noche…"

Recordó, cuando alzara a su esposa por los aires y terminaran de la misma forma. Dickon había sentido el pecho acelerado ante la gracia de Sansa para conducirlo, claramente había sido educado para ello, pero a su padre jamás le había interesado mucho el que sus talentos se desperdiciaran en salones.

"No le interesaba la política"

Su padre había sido un buen soldado y mejor comandante, en los tiempos de guerra se le requería para imponer el orden y era una función capaz de llevar a cabo a la perfección. Pero nada más. En cambio, su esposa, mucho más honesta y versada en asuntos de la corte había sabido explicarlo mejor.

"Puede ser un baile, una conversación o un paseo, la forma de llegar y conseguir acuerdos es establecer puntos en común, y para eso se comienza conociendo a quién será tu interlocutor"

Así Sansa se había ganado a varios; primero los conocía, luego los seducía con sus atenciones para solo entonces comenzar las negociaciones, a veces le parecía que su esposa tanteaba demasiado el terreno, luego le explicaba que incluso como señora del Dominio, no tenía intención alguna en imponer y por ello la querían, por ello todos habían contestado a su invitación, por ello incluso desde Dorne y la inhóspita Pyke habían acudido.

Se desperezó y procedió a levantarse, como las noches anteriores, su cama estaba vacía. Descorrió las cortinas y desde su ventana pudo ver las fogatas de los campamentos y, si bien la lejanía lo ocultaba, se palpaba en el aire el ruido de la música, los cantos y los bailes.

Se talló uno de sus ojos y buscó su ropa.

Sansa estaba en la habitación contigua, solo con una delicada túnica de seda traslucida cerca de la ventana, escribía algo y su silueta se desdibujaba con las sombras del lugar, solo la luna y su lámpara la iluminaban y le daban un aspecto fantasmagórico, como si realmente no estuviera ahí.

El rasgar de su pluma resonaba por sobre cualquier otro ruido en la habitación y a Dickon le pareció que todo era inútil.

― ¿Habéis tenido una pesadilla, mi señora? ― preguntó desde su lugar, Sansa se giró hacia él y le dedicó aquella sonrisa cansada para suavemente asentir.

Dickon se acercó a ella y con suavidad le cogió la mano, se inclinó para besarla. Y en ese momento no se cuestionó su gesto. Muchas cosas en Sansa le hacían reverenciarla como si se tratara de una diosa. Y sentía qué en su dolor, más que nunca ella merecía todo el amor y delicadeza que pudiera otorgarle.

― Por favor, decidme, mi señora y os daré confort ― ella nuevamente le sonrió y se inclinó para besarle.

― Es sobre el torneo ― por unos segundos, sus ojos volvieron a brillar como antes, cuando Allen vivía y él era el hombre más feliz de los siete reinos, para luego oscurecerse y ser aquellas piedras claras que lo alejaban de su pensamiento, aun así no le quitó la mano del rostro cuando continuó ― me dormí preocupada por la comida y ahora estoy nuevamente haciendo los cálculos… esa era mi pesadilla, mi señor ― Dickon se quedó observándola, tratando de averiguar que había detrás de ella. Pero la máscara con la cual Sansa se había cubierto desde la muerte de Allen, le parecía cada vez más impenetrable.

No es como si lo hubiera olvidado, o se hubiera encerrado en el dolor que él sabía ella sentía. Dos días después de la muerte de Dickon, Sansa había cogido a las mujeres del servicio, desde su doncella – Fanelle de la casa Hightower, hija de Acerogris – hasta la más humilde y pequeña de las criadas y les preparó horarios en los cuales se les enseñaría a leer.

Dickon la dejó. Si esa era la forma en la cual Sansa se distraería del dolor, ni una palabra saldría de su boca. Supo después, por sus hombres y el servicio que había encargado que cada mujer enseñara a sus hijos y esposos la lectura, abrió la biblioteca del septo a la gente y después hizo lo mismo con la del castillo.

No es algo que le afectara a Dickon, el personal evitaba molestarlo y era más serviciales con él que nunca. Hasta donde entendía, Sansa había dicho a su gente que la orden provenía de él.

Luego, Dickon entendió que era para ocupar su cabeza, Sansa organizó a su lado la venta de todos los excedentes de los graneros al continente de Essos, e intercambio comida y vino, por especias de Dorne, maderas de las Tierras de las Tormentas, hierro desde Pyke, más comida desde las Tierras de los Ríos y pieles desde el Norte, aunque esta última transacción dejó poco de ganancia para el Dominio.

Le resultaba increíble qué bajo su mando, al alero de su esposa sus tierras crecieran tanto en medio de lo que debió ser el luto por la muerte de su hijo. Él como muchos otros había escuchado como es que Catelyn Stark se había rasgado la cara hasta hacerla jirones, en medio de los gritos por la muerte de su hijo, durante la boda roja. Era obvio que no se trataba de la misma situación, pero Sansa también había visto a su primogénito morir frente a ella.

El solo recuerdo de lo que sintió en esos momentos, le hizo erizar la piel.

Pero ante todo lo expuesto, ante todo lo que ocurría en aquel momento, Dickon sabía; Sansa no estaba bien. Cuando obtuvieron los dividendos del comercio, fue que Sansa había salido con la idea del torneo. Algo que le entusiasmó en un principio, pero a lo que luego cambió de opinión cuando entendió las implicancias de este.

Gente, gente y más gente. Y tanto en Invernalia, como en su nuevo hogar, él se había acostumbrado a la tranquilidad. No debería extrañarle, había crecido al alero de Altojardín, había participado como escudero en algunos torneos, y no era un ambiente desconocido para él.

Era solo que… él habría preferido un luto silencioso y tranquilo.

Sin embargo, le resultaba egoísta pensar solo en su dolor, Sansa estaba lidiando con este de tal forma en la cual le acomodara y no la culpaba. Él también sentía un vacío en el pecho y en la garganta, en el estómago. Había días en los que le resultaba imposible levantarse y cuando sugirió a Sansa el tener más hijos, los ojos de su esposa le habían mirado indefinibles y vacíos.

Él había creído que esa idea la consolaría, sin embargo, temía el día en que ella le dijera que nuevamente había concebido. Era demasiado el dolor para creer que se podría soportar nuevamente.

Además, jamás había vivido un verano tan vivo, le llenaba de culpa que el mundo se viera tan lleno de alegría, que las cosechas fueran tan bien, que el vino fuera tan dulce, que aquella paz fuera tan duradera, que tantos niños nacieran mientras los restos de su heredero eran devorados por los gusanos.

Era una burla, eran el tipo de cosas que debían ocurrir en el invierno, no cuando el universo se había alineado para hacerlo tan feliz.

"Es lógico que así ocurra, el mundo estuvo al borde de la destrucción, todos se sienten más vivos"

Le había dicho su esposa. Y era entendible, incluso él se había llenado de soberbia cuando comprendió la magnitud de su hazaña; había vencido a un caminante mano a mano.

Y mientras afuera todo seguía un curso normal y el sol brillaba y las mujeres cantaban y los niños corrían, en el salón principal de Altojardín solo se escuchaba ecos, ecos de palabras y pisadas. Y Dickon no sabía cuanto más podría soportar así.

Y era tan contradictorio, odiaba el silencio del interior y el ruido del exterior. Amaba a su esposa, pero le fastidiaba enormemente la cordialidad que se había instaurado entre ellos desde que Allen muriera, era cierto, se había llevado parte de su alma con él, y parecía que la de Sansa se estaba llenando de… nada.

Antes de retirarse besó una vez más a su esposa y, si bien, Sansa contestó en su respuesta había deber más que devoción. Ella le sonrió y él le acarició el rostro una vez más antes de darle la espalda.

― Por favor, mi señora, no os mantengáis hasta tan tarde, debéis descansar ― Dickon no se hizo muchas esperanzas respecto de cómo tomaría su esposa su consejo, aun así, le dijo que lo haría y grande fue su sorpresa cuando al despertar, varias horas después, ella, efectivamente se encontraba durmiendo a su lado.

Se levantó sin emitir ruido alguno y salió de la habitación, en cuanto puso un pie fuera Ser Ciffer acudió a él. Dickon mantuvo la voz baja cuando le habló;

― Lady Sansa ha estado hasta muy tarde despierta la última noche, por favor Ser Ciffer aseguraos de que todo siga su curso y no molestarla hasta que ella os busque ― el muchacho asintió y carraspeó:

― Mi señor, el maestre Wilhem ha traído el listado de los últimos caballeros inscritos para el torneo, así como esto ― le extendió un rollo.

Estaba lacado con el sello de los Targaryen, y a Dickon le pareció que era lo último que le faltaba.

Por supuesto que se había enviado la correspondiente invitación al torneo a sus majestades, incluso a pesar de lo que se pudiera pensar de ello. Era solo que él y Sansa habían estado tan preocupados de la organización del mismo como del luto de Allen, que en ningún momento pasó por su cabeza que aquello pudiera verse como un intento de acercamiento entre su esposa y el Rey.

Por supuesto que no, sobre todo por cómo habían ido las cosas la última vez que ambas parejas se vieran.

La perspectiva cambio cuando todo el reino supo que la Reina Daenerys y el Rey Jon habían tomado caminos separados. Y, por supuesto, la lucha diplomática por la mano de la reina había comenzado desde el preciso momento en que se supo con seguridad que el Rey, ya no estaba en Desembarco del Rey.

Y, con el pasar de las semanas, nada se sabía de él. No es que, claro, él o Sansa estuvieran pendientes de ello. Pero ya habían recibido información de que a Invernalia no había llegado. Sansa había apostado por el Muro y había preguntado por ello, recibiendo respuestas negativas. Los rumores lo habían situado en Rocadragón de donde había sido nombrado príncipe al casarse con la Reina, pero eran solo eso; rumores.

Habían esperado la misiva desde Desembarco del Rey desde hace semanas y cuando esta no llegara habían dejado pasar los días junto a la preocupación que ello podría acarrear, hasta ese momento.

Dickon rompió el sello y leyó la carta.

A los señores de Altojardín e Invernalia;

Su majestad, Daenerys de la Tormenta de la casa Targaryen, legítima reina del Trono de Hierro, soberana de los Ándalos y Primeros Hombres, Protectora de los Siete Reinos, Madre de Dragones, la Khaleesi del Gran Mar de Hierba, la que no arde, Rompedora de Cadenas y el azote del rey de la noche, se complace en señalar que gustosa acudirá con su séquito para el glorioso torneo de Altojardín.

Era peor de lo que había imaginado. Aun así, no tuvo el valor suficiente para ir a despertar a su esposa. Sacudió su cabeza y le habló a Ser Ciffer.

― Dioses ― suspiró ― la reina viene al torneo ― le pareció que a Ser Ciffer el rostro se le desencajaba igual que a él ― Ser, necesitaré un inventario de todo el grano acumulado, así como de las cosechas del Rejo… ― divagó unos segundos ― así como que desde ya se extiendan las caballerizas… ― suspiró y se rascó la cabeza ―… al menos, para cien caballos más.

― ¿Vendrán sobre sus dragones?

― Es lo más probable, así que comienza a separar el ganado para alimentarlos, tenemos algunas semanas, así que cruza a los que puedas y separa unas 400 cabezas de ganado y ovejas … no nos gustará que con tanta gente a los dragones les dé por cazar.

La noticia por supuesto, espantó a Sansa y Dickon no pudo descifrar si era por lo ocurrido con el Rey, o por los preparativos extras que significaba la llegada de la reina. De todas maneras, Sansa no dejó que aquello dificultara los planes que ya estaban en marcha, y tal cual como meses atrás, ambos, con un séquito mucho mayor se formaron en el patio principal de entrenamiento para ver descender a los dragones y a su reina.

El séquito de esta, que había llegado el día anterior, también acudió y Missandei que siempre había tenido una buena disposición hacia su esposa, formó parte también del comité de bienvenida junto a Gusano Gris y dos jóvenes Dothrakis.

Estos últimos habían cambiado su indumentaria y ya no lucían como los recordara en su llegada a Invernalia, habían pasado casi 5 años de la Batalla por el Amanecer y claramente no podrían mantener los ropajes que ostentaran al llegar a Poniente, el uso de pieles se mantenía, pero eran más llamativos los cueros teñidos en rojo y negro del estandarte de los Targaryen, una combinación que, en lo personal, a Dickon no le agradaba, le recordaba las celdas de Rocadragón.

Avanzó seguro hasta la reina y le pareció que Drogon nuevamente lo atravesaba con su mirada, el aleteó de sus alas llenó el lugar de un viento cálido con olor acre que fue más suave cuando Rhaegal imitó a su hermano.

― Majestad ― dijo inclinándose algo que todo su personal copió ― Altojardín es vuestro ― al alzar la vista Dickon vio tranquilidad en los ojos violeta de la reina, aunque estos, al parecer se habían oscurecido.

― Mi señor Tarly ― contestó ella extendiendo su mano ― os he traído la corte a disfrutar de las delicias de vuestro hogar ― Dickon ya lo sabía, el consejo real estaba siendo acomodado y cuando vio al señor de Roca Casterly no pudo menos que imaginar los asuntos de estado que estos querían tratar con él.

"Dinero, es lo más lógico"

El saludo entre su esposa y la reina fue cordial, aunque incómodo. Dickon imaginó que para ambas era algo raro el actuar sin el lazo que las unía, o en su defecto ver como deberían tratarse ahora de que Jon no se encontraba en la jugada. Era por el que la reina había declarado a Lady Stark como su hermana, era por Jon que varias consideraciones hacia la familia Stark, incluido el matrimonio entre ambos se había sopesado con mayor relevancia que una serie de actos y decisiones de igual importancia.

Era por Jon que Sansa había tenido un acceso privilegiado a la corte.

De todas maneras, la reina pareció quebrar con ello, cuando besó ambas mejillas de su esposa y la abrazó profundamente. Algo le dijo la reina que Sansa asintió y bajó el rostro para luego, ambas, presionarse con más fuerza.

Sin notarlo Dickon sintió su tacto y cuando miró los ojos de la reina, que aún abrazaba a su esposa, asintió entendiéndolo sin palabras.

"Es por Allen"

Cualquiera que fuera el plan que se tenía para ese día, fue postergado por orden de Daenerys, quién solicitó a su esposa ir al mausoleo construido para su hijo. Aquello, sin embargo, no retraso los asuntos a tratar entre los señores.

Sansa había dispuesto su habitación para las reuniones y él tomó la cabecera del lugar, la cual solo sería cedida si es que la reina se apersonaba ahí.

Lord Tyrion se sentó a su derecha y el Pentoshi conocido como Illyrio Mopatis, Mano y consejero de la Moneda respectivamente, Stannis Baratheon fue guiado por su escudero lo más lejos de la luz y Asha Greyjoy cogió una manzana del centro de su mesa y con un cuchillo sacó un trozo para devorarlo.

― Vuestro vino es espléndido, mi señor ― Dickon había quedado concentrado en el gesto de Asha, y no dejó de observarla cuando asintió sin interés a Tyrion, no notó tampoco cuando este siguió su mirada, y solo la desvió cuando la líder de las Islas de Hierro le sonrió de vuelta, de una manera que le pareció insolente y arrogante en iguales cantidades.

Solo entonces giró hacia Tyrion.

― Gracias mi señor ― miró al fondo del salón a Stannis Baratheon y algo susurraba este a su escudero, el muchacho asintió y salió de la habitación.

― Creo que de todo lo que conozco de Poniente, este es por lejos el lugar más hermoso que he visto mi señor Tarly ― los elogios vinieron de parte del hombre Pentoshi, quién contrario a sus palabras parecía sufrir bajo el calor de sus ropas y túnicas, aquello sin mencionar el fuerte olor de su perfume.

"Que fácil es odiar todo esto…"

El silencio que siguió a aquel pensamiento pesó sobre la habitación con tal incomodidad que incluso el ciego de Stannis carraspeó molesto cuando se dirigió a él.

― Mi señor Tarly, de seguro imagina porque nos encontramos acá… ― entre los miembros del consejo se miraron, pero Dickon no les prestó atención y se centró en su interlocutor.

― Imagino varios temas desde dinero hasta el nuevo consorte de la reina… ― todos sonrieron, excepto Stannis que se mantuvo en su lugar. De todas maneras, fue el primero en hablar;

― Debemos agradecer que la reina Daenerys tenga más sentido común que su padre, Jon era una buena Mano y afectó demasiado al reino al quebrar así su matrimonio con la reina. Con suerte si elige bien, al menos, podrá procrear herederos… ― todo el reino lo esperaba, un reino sin herederos era la fórmula perfecta para el caos.

En un rápido vistazo, en ese mismo salón existían un listado de amenazas ante quién pudiera tomar en trono, bastaba un poco de voluntad y las revueltas comenzarían a sucederse una a otra.

― ¿Qué edad tenía vuestro pequeño? ― preguntó suavemente Tyrion, aquello lo desconcentró, sin embargo, la mirada del enano parecía sincera.

― Tres… ― de pronto el aire se había viciado y de nuevo Dickon se recordó por que resultaba tan fácil odiar todo ello.

― Lamento mucho vuestra pérdida.

― Gracias, mi señor…

El silencio que invadió la habitación lo hizo removerse, de pronto su silla molestaba, el aire pesaba y el ruido del exterior crecía de manera exponencial a un malestar en su cabeza.

― Bien, creo que es hora de ir al grano mis señores ― en esa ocasión fue Asha la que lo sacó de su auto conmiseración con la facilidad con la cual, de seguro, había rebanado más de un cuello.

Dickon extendió su mano, dándoles el pie para hablar.

― Creo que el tema principal, mis señores ― intervino Illiryo ― tiene que ver con la herencia de la reina, desde que el príncipe Jon se marchara han llovido los pretendientes, aunque claro… los candidatos o no son adecuados, o no impresionan a su majestad.

Stannis soltó algo parecido a una carcajada.

― ¿Quién podría impresionar a una mujer que monta dragones, que logró que los Dothrakis cruzaran el mar estrecho y lucho contra el Rey de la Noche? No lo encontraremos en Poniente, mis señores.

― El rey tenía todas esa ventajas ― dijo él pensativo ― no hay hombre en todo el mundo que pueda reclamar haber regresado después de recibir una puñalada en el corazón.

― Muy difícil será encontrar otro Jon Targaryen.

― ¿Y qué hay de su amante? ― preguntó Asha, Tyrion negó;

― Daario Naharis, ciertamente podría calentar la cama de la reina, pero no tiene material de Rey, es un mercenario y creo que Poniente está cansado de ellos, aún tenemos Dothrakis renegados que descampan por las tierras de los Ríos y las Tormentas causando muchos problemas a los señores menores, si llamamos a Naharis podríamos entrar en rebelión. Además, queremos alguien con quién la reina pueda procrear…

― ¿Qué tan seguros estamos que ella pueda procrear? ― la brutalidad de la pregunta, así como su tono no pasaron desapercibido para nadie, pero era algo esperable de Stannis Baratheon, si sirvientes leales como Illyrio o Tyrion no lo disuadían de suavizar su tono cada vez que se refería a la reina, nada lo haría.

Además, el tema de la sucesión claramente era más importante que las sensibilidades que se pudieran herir con ello.

― La reina pudo gestar un par de veces… según recuerdo ― contestó Tyrion sin quitar la vista del señor de Bastión de Tormentas.

― Todos hemos oído esa historia, difícilmente un bebé si salió de ella con tan poco tiempo de gestación, y ya en muchas ocasiones los Targaryen han tenido bebes que no llegan a nacer y que tienen más de dragón que de humano ― agregó Stannis aburrido ― de nada nos servirá que el consejo apruebe a este u otro candidato si no tenemos la seguridad de que ella pueda concebir.

― Si es así, las opciones se nos acaban ― ese era el discurso formal, pero todos sabían cuál era la respuesta a eso; Gendry Baratheon. Era el último sucesor de la casa, fuerte, noble, sus señores y la gente de las Tierras de las Tormenta lo adoraban, tenía la confianza de la Reina y del trono, estaba en edad de tener herederos y era conocida su pretensión hacia lady Arya Stark.

En ocasiones él se perdía tras los muros de Invernalia por meses, y se supo que más de una vez Lady Arya lo visitó por semanas compartiendo cacerías, mesa, comidas y cama con él. Pero nada se había oficializado y en ocasiones, era un tema que traía de cabeza a su esposa.

Y al parecer era una idea a la cual Stannis no se oponía, aun cuando hubiera cedido todos sus derechos a su casa y señorío. Condición de la reina que él aceptó, junto con ser parte del consejo real para mantener a su hija viva, quién además también se encontraba en el norte.

― ¿Y qué hay del príncipe? ― preguntó de pronto Asha ― ¿Se sabe de algún bastardo suyo? ― Tyrion negó, al igual que Illyrio.

― Bueno, es un problema menos ― agregó él. Y era cierto, si Jon Targaryen, hubiera tenidos bastardos, aquello habría suscitado el interés de algunos señores que, quizás en un futuro quisieran alzarlos en contra de la Reina. Y más que cualquier cosa, se debía pensar en el futuro.

"Incluso si Allen no está en él"

El resto de la reunión la discusión se centró en cosechas, impuestos, la construcción de una nueva flota, posibles resultados del torneo y la posibilidad de que alguien adecuado ahí pudiera captar la atención de la reina.

Cuando la reunión terminó Dickon invitó a los miembros del consejo a comer y se realizó un pequeño festín al que llegaron su esposa y la reina.

Daenerys como era usual se sentó en una de las cabeceras de la mesa, la cual pertenecía a Sansa y Dickon, como correspondía lo hizo en la propia. Su esposa tomo su lugar a su lado. Y él cogió su mano y se la besó para darle bienvenida.

En aquel momento fue la reina quién dirigió la conversación sobre temas referentes al torneo, lo que permitió que él pudiera centrarse en la compañía de Sansa.

― ¿Cómo habéis pasado la tarde con su majestad? ― Sansa le sonrió y contestó:

― Hemos recorrido los campamentos y varios caballeros le han pedido una prenda a la Reina para defenderla en el torneo, ha sido gracioso ya que la reina les ha dicho "Mis hijos me defienden, si no podéis domar un dragón, difícilmente podréis llevar mis colores" ― Dickon sonrió más por cortesía que por sentirse verdaderamente divertido.

En general le fastidiaba aquel tipo de humor en el cual la reina solía recordarle a todo el mundo lo especial que era. Como si nadie más mereciera estar cerca de ella.

― ¿Alguno ha osado a ofreceros defender vuestro honor mi señora? ― Sansa negó centrando su atención en su plato, Dickon notó como es que la sonrisa de su esposa se esfumo para dar paso al gesto taciturno que venía luciendo desde la muerte de su hijo.

Cuando alzo la mirada a sus invitados, noto los ojos liliáceos de reina sobre, él. Alzó su copa y la extendió hacia ella.

― Un brindis por su majestad ― todos le imitaron y alzaron sus copas, la reina asintió agradecida y bebió sin quitarle la vista de encima.


Missandei le extendió una sonrisa cuando se presentó en la salida, le ofreció una capa, pero Dickon se negó. No necesitaba ir oculto en su propio hogar. Cuando salió al patio de entrenamientos, de nuevo, la mirada del dragón negro le atravesó como si quisiera volverlo cenizas, el dragón verde no le prestó atención. Y en medio de ellos la reina caminaba lentamente acariciando sus cada vez más gigantescas alas, o garras, consiente de su pequeñez, pero al mismo tiempo de la fuerza que era sobre ellos.

Dickon no mostró su miedo y se inclinó ante ella cuando estuvo a la distancia adecuada.

― Habéis enviado por mi majestad ― dijo sin mirarla.

― Así es mi señor, por favor acompañadme.

Un grupo de seis inmaculados se pusieron en doble fila tras ellos, y el suelo retumbó bajo sus pies cuando las bestias se incorporaron y extendieron sus alas para emprender el vuelo. La fuerza del aire fétido y caliente que los rodeo casi lo tira al suelo, sin embargo, sus acompañantes a penas reaccionaron.

Missandei los alcanzó prontamente y con premura se ubicó al lado de Gusano Gris.

― ¿Recordáis la batalla del risco, mi señor? ― claro que lo recordaba, en sus pesadillas las cenizas de su padre tomaban la forma que este tuviera en vida y le urgía a huir, solo que cuando abría la boca lava y sangre salían de esta.

― Creo que es algo que jamás podría olvidar majestad ― ella asintió incómoda y eso le llevo a preguntarse si es que Daenerys de la Tormenta, realmente sentía dudas respecto de su reino y la forma en la cual había conseguido su poder.

― Lamento lo que ocurrió con vuestro padre ― eso Dickon no supo como tomarlo. Por lo que solo guardó silencio. Sentía que debía desconfiar, sentía que debía irse. Al final solo asintió y habló:

― Muchas gracias, su alteza ― la reina suspiró y finalmente volteó hacia él.

― Seguramente os estáis preguntando el porque os cite aquí, sin mi consejo para aconsejarme ― la risa juguetona de la reina le pareció más peligrosa que todas las palabras que intercambiara con el consejo durante esa tarde.

― Eso es correcto majestad

― Bueno, basta de preámbulos. Entenderéis que en la actualidad lo más importante es el reino.

― Por supuesto majestad.

― La separación mía y del rey nos ha dejado sin herederos, y os seré honesta, sin la posibilidad de procrear ― aquello era una información, como mínimo delicada y le parecía completamente extraño que fuera él en quién se depositara esa información ― sin embargo, en estos tiempos de paz la idea de dejar este mundo es bastante lejana. Por supuesto que existe una posibilidad en el caso improbable de que ello ocurra, todos han hablado de ella ¿La habéis escuchado? ― Dickon sabía a que o a quién se refería.

― Su majestad habla de Gendry Baratheon ― Dany asintió sin mirarlo.

― Pero, al parecer nadie se ha percatado de que Gendry y yo somos demasiado cercanos en edad, y ninguno tiene herederos. No tendrá sentido alguno nombrarlo a él para cuando yo muera, si él muere dos o tres años después. Concordaréis conmigo en qué si soluciono esto, debe ser de manera determinante. Las últimas guerras redujeron a menos de la mitad la población de Westeros y necesitamos niños, muchos niños para que esto pueda ser remediado ― volvió a suspirar y en ese momento lo miró con gesto acusador ― ninguna de las grandes casas ha cumplido con eso ― la reina podía hablar con sentido, pero jamás dejaría de ser una Targaryen y medirse en sus gestos de crueldad, claramente no estaba en su forma de ser ― ¿no tenéis bastardos? ― Dickon negó, esta vez sin emitir una sola palabra.

El gesto de exasperación de ella era evidente. Pero él guardó silencio, no tenía nada más que decir, no quería decir nada más.

― Debo evitar la concentración de poder, debo evitar que una casa crezca por sobre otra y mantener un equilibrio, debo dejar a mis posibles enemigos lo más reducidos en fuerza que me sea posible y además debo mirar al exterior ― eso era nuevo, eso había captado su atención.

― ¿Essos se ha convertido en una amenaza? ― Dany se le quedó mirando, pero no dijo nada. En ese momento, el gesto de exasperación fue de él, pero se dijo así mismo que lo olvidara, que no valía la pena.

― He hablado con vuestra esposa y le he expuesto esto ― Sansa no le había dicho nada y aquello le sorprendió y molestó, aunque no sabía en que medida ― y obviamente ella ha sido mucho más sabia al decidir…

― ¿Decidir qué?

― Renunciar, ambos viajaréis a Desembarco del Rey para que sea oficial ― es estómago de Dickon se apretó y de pronto le faltó el aire.

― ¿Renunciar a qué?

― A Invernalia, era eso o la disolución de vuestro matrimonio. Vosotros dos habéis acumulado demasiado poder en mi convalecencia. Solo por conexiones familiares vosotros controláis el Valle, Aguas Dulces, el Dominio y el Norte. No es posible. No puede ser, cuestiona mi autoridad. Lady Stark… ― le sonrió ― lady Tarly lo ha entendido y ha cedido sus derechos sobre Invernalia. Después arreglaré matrimonios entre los que me son leales y el señor del Valle y la señora de Aguas Dulces. No puedo nombrar a Bran Stark como guardián del Norte, pero me dicen que Rickon Stark es bastante competente y fuerte, lo casaré con Shireen Baratheon. Aquello mantendrá un equilibrio aceptable ― Dickon no tenía palabras, aunque claramente las de ella venían embebidas en un tono que le parecía demasiado similar al del señor de Roca Casterly ― Os habéis quedado mudo, mi señor. Aunque convenimos en nunca habéis sido muy elocuente.

― Lo lamento, majestad. Pero me habéis sorprendido con vuestros planes.

― Vuestra esposa me ha sorprendido ― a él también.

― ¿Qué deseáis de mí?

― Disfrutad vuestro torneo, disfrutad vuestro hogar. En cuanto termine me acompañaréis a Desembarco del Rey.


N/A:

Lamento la demora, no pondré mas excusas que; la inspiración es una puta.

Saludos a todos.

Atte.-

Brujhah.