¡YAHOI! Pues aquí vengo a dejaros el segundo capítulo. Lo estoy intentando hacer rápido porque el plazo para la actividad es hasta el 24 de este mes, así que nada, me he puesto a ello a toda mecha xD.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

¡Espero que os guste, de verdad!

Hora de publicación: 13:28pm. Hora española.


Enamaorarse

Parte 2

[Coqueteo]


Kagome miró de reojo para su acompañante en el ascensor, sumamente incómoda. Los ojos dorados de InuYasha Taisho no se habían apartado de ella ni un solo segundo desde que lo había encontrado en la puerta del hospital. Era algo que sucedía siempre que lo veía, algo tremendamente común ahora, cosa que la desconcertaba porque hasta hacía escasamente un mes ni siquiera lo conocía. Había oído hablar de él, por supuesto, ¿quién en el mundo civilizado no había oído hablar de InuYasha Taisho? Guapo hasta quitar el aliento, alto, delgado pero atlético, con un exótico cabello plateado y unos aún más exóticos y preciosos ojos dorados que quemaban como ascuas encendidas cada vez que la observaba.

Vio con alivio como las puertas del ascensor se abrían y, con el corazón golpeando sus sienes, salió casi de un salto del ascensor, deseosa de apartarse de aquel cuerpo masculino y del magnetismo que emanaba.

Todavía recordaba el beso, aquel beso absolutamente fantástico que él le había en su primer encuentro. No habían vuelto a hablar del tema y mucho menos a mencionarlo pero, desde esa vez, InuYasha pasaba por el hospital casi regularmente con la excusa de ver a su madre porque, según sus propias palabras, "la buena mujer le había caído bien".

―Es una buena persona―le había dicho, tenso y a la defensiva, cuando ella lo enfrentó para decirle que no hacía falta que fingiera que se preocupaba por ellos cuando no era así, que era algo hipócrita por su parte cuando él era el principal causante del deterioro de la salud de su madre―, y me gusta. Además: conoció a mi madre y me gustaría conocer más detalles de… de esa parte de su vida. ―Kagome había fruncido el ceño pero, sabedora de que aquella información era cierta por boca de su propia progenitora, había optado por callar y aguantar.

Por otra parte, las visitas de InuYasha parecían hacer bien a su madre y cualquier cosa que la hiciera sonreír y animarse en la que debía de ser la peor época de su vida hacía a Kagome feliz también.

Eso sin contar lo rápido que se había ganado el gran hombre de negocios a su hermano pequeño. Sōta era un niño demasiado confiado para el gusto de la joven y, aunque adoraba que su hermanito fuera de tan fácil trato y dulce hasta darte diabetes, había esperado algo más por su parte. La había decepcionado al decidir que InuYasha era bueno y que le caía bien.

―Aunque no es muy divertido. ¿Crees que yo podría ayudarlo con eso, nee-chan?―Y Kagome había tenido, al fin, que capitular, viendo que su familia no iba a poner impedimentos en que un total y completo extraño irrumpiera en sus vidas para ponerla todavía más patas arriba.

Con un suspiro, abrió la puerta de la habitación de su madre con cuidado, temerosa de despertarla en caso de que esta estuviese durmiendo. Así era y, con una sonrisa, Kagome fue a cerrar la puerta con suavidad tras ella, antes de que un cuerpo alto y musculoso se lo impidiera.

Se sobresaltó y a punto estuvo de chillar del susto, consiguiendo retenerse a tiempo. Le lanzó una mirada furiosa y fue a dejar sus cosas sobre el sillón que solía ocupar.

―Está descansando―le dijo, cortante, señalando con la cabeza para el cuerpo inmóvil de su madre. InuYasha asintió, serio, cerrando tras él con cuidado de no hacer ruido y haciendo tener que esperar fuera a su equipo de seguridad―. No tienes que-

―Me quedaré. ―Apretando los labios, Kagome se dejó caer en el sillón e inmediatamente sacó un grueso libro, acomodándolo sobre sus piernas. Con curiosidad, InuYasha la vio sacar de su enorme bolso un estuche, varios folios y su teléfono móvil, que puso sobre el colchón de la cama sobre la que descansaba Naomi Higurashi.

―¿No estarás incómoda?―Kagome frunció el ceño ante la escondida preocupación que manaba de su pregunta.

―Estaré bien. He estudiado en sitios peores. ―InuYasha alzó las cejas pero no dijo nada, sabedor, a estas alturas, de que Kagome podía ser más terca que una mula y que no daría su brazo a torcer tan fácilmente.

Así que se apoyó contra la pared con un gesto de indolente despreocupación, limitándose a observarla mientras ella leía e iba tomando notas malamente y como podía, en el reducido espacio que le proporcionaban sus preciosas y blancas piernas.

Frunció el ceño al discernir las ojeras y la tensión que atenazaba el cuerpo femenino. Había intentado de todas las maneras posibles evitar preocuparse, se había dicho que no era asunto suyo y que, por muy hermosa que fuera esa chica, no era diferente a otras mujeres igualmente (o más) hermosas con las que él había estado.

Pero finalmente había tenido que capitular, resignado, al darse cuenta de que Kagome era diferente, en muchos sentidos, a todas esas mujeres altas y espectaculares que solían pelearse por ir de su brazo aunque fuera unos segundos, orgullosas de haberlo logrado como si él fuera una especie de premio gordo.

Pero es que lo eres―le dijo una maliciosa vocecita interior. Multimillonario, atractivo… era el partido del año y uno de los solteros más codiciados. A sus 30 años muchos ya se estaban preguntando si tardaría mucho en sentar cabeza, ya que la treintena parecía ser la edad en que a los hombres les picaba el gusanillo de la familia, como decía Miroku.

Meneó la cabeza, centrándose de nuevo en Kagome Higurashi. Había tratado de acercarse a ella, de saber más sobre ella y, aunque normalmente recurría a un detective privado para averiguar más sobre las personas que lo rodeaban no había hecho lo mismo con Kagome. Algo lo empujaba a conocerla por sí mismo más que a través de un puñado de papeles.

¡Y el beso! No había olvidado el maravilloso beso que se habían dado hacía unas semanas. Por la forma tan abrupta en la que se le escapó después supo, sin que ella se lo dijera, que había sido su primer beso. Lo que lo llevó a la inevitable conclusión de que, si ese había sido su primer beso, lo más probable era que Kagome fuese… virgen.

Y la idea lo había entusiasmado como nunca nada antes en su vida.

Siempre había huido de las mujeres inocentes porque eran las más peligrosas. Si intimaba con alguna lo más probable era que después tuviera que soportar no solo una escena lacrimógena sino aun encima se vería obligado a casarse con ella para "reparar el honor dañado". Así funcionaba su mundo: con convenciones sociales de hacía cientos de años aunque luego todo ese buen comportamiento brillara por su ausencia. Había visto demasiados amigos y conocidos pasar por matrimonios insufribles que acababan en amargos divorcios o por relaciones tempestuosas con amantes que querían más de lo que generosamente recibían.

Por eso él nunca mentía. Si se acostaba con una mujer le dejaba claro desde el minuto uno lo que podía o no podía esperar de él. Nunca amor, sí satisfacción sexual. Nunca disponibilidad total pero sí compensaciones más que suficientes por su tiempo y su compañía. La única mujer con la que había durado algo más había sido Kikyō Nakamura, y solo porque la alta y morena modelo-actriz había sido la excepción a la regla: nunca le pedía más, no lo atosigaba y se conformaba con lo que tenía. Pero al final, como le ocurría siempre, había terminado aburriéndose de su arreglo. Kikyō era educada y agradable, tal vez hubiera considerado hacerla su esposa si él no tuviera tan mala opinión del matrimonio. Al fin y al cabo, sus padres nunca habían llegado a casarse aunque decían que se amaban con locura por culpa de la recta moral que le imponía su posición a su padre. Por mucho que se quisiesen eso no había sido suficiente.

Sin embargo, había algo en Kagome… que lo llamaba, lo atraía como la miel a las moscas. Se había esforzado por llamar su atención, pero, o bien ella no se había percatado de sus intentos o bien estaba pasando olímpicamente de él, cosa que lo enfurecía porque no le había pasado nunca.

―Deja de mirarme. ―La voz de Kagome lo sacó de sus pensamientos. Pestañeó, volviendo al mundo real, mirándola y quedándose sin respiración al ver sus bonitos ojos marrón chocolate fijos en él.

―¿Perdona?

―Llevas mirándome mucho rato. No me gusta. Deja de hacerlo. ―InuYasha sonrió, viéndola virar el rostro a un lado con sus pálidas mejillas teñidas de un ligero rosado. Al parecer no le gustaba que la miraran, algo que no entendía porque, siendo tan guapa como era, era literalmente imposible que no llamara la atención de todo hombre que fuese heterosexual.

―No puedo. Eres la cosa más bonita que he visto nunca. ―Los ojos de la chica se abrieron como platos, fijándose de nuevo en él. Kagome sintió su corazón latir deprisa y su rostro hervir de vergüenza. Nunca le habían dicho nada parecido y, en el plazo de unas pocas semanas, se había visto bombardeada por frases como esa del único hombre que no quería que se las dijera.

InuYasha era peligroso, peligrosamente encantador cuando quería, poderosamente masculino y, para su desgracia, también amable… cuando se le daba por ahí. Además, tenía que ser inteligente para haber logrado el éxito que tenía.

Rico, guapo y considerado. Eri diría que me he ganado la lotería… ―Sacudió la cabeza―. No te va a funcionar. ―InuYasha la miró, desconcertado por su rotunda afirmación.

―¿El qué?

―Eso. Halagarme. No te va a funcionar. No va a hacer que caiga rendida en tus brazos―le espetó, furiosa con él y consigo misma por haberse emocionado al pensar que podría gustarle. Ni en sus más locos había pensado llamar la atención de un hombre tan impresionante como InuYasha Taisho.

InuYasha arqueó una ceja, mirándola. Una lenta sonrisa arrogante se instaló en su rostro, sus ojos dorados chispeando con diversión al ver que Kagome había desplegado todas sus defensas para no sucumbir a la atracción que había entre los dos.

―No te estoy halagando. ―Kagome pestañeó.

―¿Ah, no?―dejó salir, insegura. InuYasha no pudo evitar sonreír de nuevo, pero esta vez con ternura. Era tan inocente…

―No. ―Kagome frunció el ceño, pasando a fijar la vista en sus apuntes. Un destello de comprensión pasó por su mente y de pronto se lo quedó mirando nuevamente, boquiabierta.

―T-tú… ¡estás coqueteando conmigo!―Y llevaba haciéndolo semanas, se dio cuenta la muchacha, sorprendida. Sus halagos, sus intentos de darle algún detalle, el hecho de que visitara a su madre siempre cuando estaba ella, que le abriera la puerta y la dejara salir primero, que se ofreciera a llevarla a casa e incluso a ayudar a Sōta con sus estudios…

―Bingo. ―Kagome rechinó los dientes, ahora molesta por su actitud tan altiva.

―¡Pues deja de hacerlo! ¡No me gusta!

―¿No? No te he oído protestar. ―Kagome se sonrojó, teniendo que admitir para sí misma que aquellas pequeñas dosis de atención la habían hecho verlo con otros ojos.

―No me gusta―repitió, en un susurro quedo. InuYasha suspiró, viéndola removerse, incómoda.

―Kagome… ―Justo en ese momento Naomi empezó a removerse y abrió los ojos. Kagome se apresuró a atender a su madre, olvidándose de la imponente presencia masculina en la pequeña habitación de hospital.

InuYasha apretó los labios, enfadado porque hubiese perdido la oportunidad de hablar con ella de una vez y poner las cartas sobre la mesa.

Kagome le gustaba, le gustaba mucho y, aunque no sabía bien lo que eso significaba también sabía que la deseaba, la deseaba como no había deseado nada nunca antes.

Pero también sabía que ella no se prestaría a un arreglo como los que él solía tener con otras mujeres. No. Kagome querría más porque, se dijo, merecía más. Merecía a un buen hombre, que se enamorara de ella y que la amase incondicionalmente, que la cuidase y la mimase, que la apoyase en los momentos difíciles y la acompañase en sus alegrías.

Y, aunque él no creía ser ese hombre, tampoco podía dejar de anhelar tenerla. De anhelar sus besos dulces y excitantes, de anhelar sentir sus brazos rodeándolo y el aroma de su cabello envolviéndolo, de anhelar la suavidad de sus curvas pegadas a su cuerpo y de sentir la sedosidad de su piel bajo sus manos.

La deseaba tanto que le dolía, ardía de necesidad por esa joven que había conseguido resquebrajar los altos muros que había erguido en torno a su corazón. Por eso se escudaba tras su deseo puramente sexual.

No podía enamorarse, mucho menos de alguien como Kagome.

Porque acabaría haciéndole daño, aunque esa no fuera su intención. Y no pudo dejar de notar, sorprendido, que se cortaría un brazo antes que permitir que su egoísmo y su arrogancia la macharan y la dañaran.

Sin decir palabra, se dio la vuelta y salió de la habitación. Tenía que poner distancia entre esa chica y él. Era la única manera de que las aguas volvieran a su cauce. Solo cuando pudiese controlar sus emociones volvería a visitar a Naomi. A pesar de todo, la cariñosa mujer le caía bien, y el niño, Sōta, era como el hermano pequeño que nunca había tenido…

Respiró hondo, sacó el móvil y marcó un número. Solo había una forma de sacarse a Kagome de la cabeza. Y esta vez lo conseguiría aunque hubiese fallado miserablemente hacía unos días.

―Te espero en el hotel. Te invito a cenar. ―Colgó sin esperar respuesta, sabedor de que su interlocutora acudiría a la cita.

Una noche de sexo maratoniano era lo que necesitaba. Cuatro semanas de abstinencia lo tenían desesperado. Pero es que nadie había logrado despertar su libido desde aquel espectacular beso con Kagome. Pero ya era hora de solucionarlo, se dijo.

Y Kikyō siempre había sido complaciente y nada exigente. Por eso la había seguido viendo de cuando en cuando.

Ella era su solución, pensó. Sí, una perfecta y más que adecuada solución.

Aunque algo dentro de él le dijo que no iba a ser tan fácil.

Fin [Coqueteo]


¡OH-MY-GOD! Hasta yo misma me sorprendí de lo que salió de mi cerebro mientras lo escribía. Son capítulos cortos, así que, quizá por eso, es que las cosas se están tornando tan interesantes rápidamente xDDD.

Kagome no quiere e InuYasha parece que tampoco, aunque en el fondo sí quieren. Es muy confuso todo, lo sé, pero poco a poco iré resolviendo las cosas. Paciencia xD.

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Ja ne.

bruxi.