¡YAHOI! Sí, ya os traigo la tercera parte. Estoy que me salgo xD.
Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
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Enamorarse
Parte 3
[Nerviosismo]
Sintió sus ojos dorados clavados en ella y tuvo que hacer esfuerzos para no volverse a mirarlo, apretando sus manos en puños e intentando concentrarse en el paisaje de la ciudad que se deslizaba a medida que la lujosa limusina la llevaba a casa.
Había permanecido en el hospital hasta que se agotó el horario de visitas y, aunque insistió en quedarse a dormir, su madre se negó en redondo a que lo hiciera y le había pedido a InuYasha, muy amablemente, que si podía acercarla hasta el templo, dado lo tarde que era. Kagome no quería que su madre se quedase preocupada así que había aceptado a regañadientes cuando él contestó que no tenía ningún problema en acompañarla.
Y aunque le dijo, una vez fuera del hospital, que podría cogerse el autobús nocturno o incluso un taxi, él había fruncido el ceño, molesto.
―No seas ridícula―le espetó―. No me cuesta nada acercarte y así yo también me quedo tranquilo. No es seguro para una joven tan guapa como tú andar sola por la calle a estas horas. ―Kagome se había mordido la lengua porque no quería empezar una discusión feminista que no la llevaría a nada. Estaba cansada y hambrienta y Sōta la esperaba en casa, seguramente preguntándose dónde estaba.
El alargado vehículo se detuvo por fin y, aliviada, Kagome se dispuso a bajar, tomando su bolso.
―No hace falta que cojas tus cosas. Solo tardaremos un minuto. ―Kagome pestañeó, sin entender.
―¿Cómo?
―Solamente hemos parado a coger algo de cenar. Luego te llevaré a casa. ―Parecía tan seguro de sí mismo y tan despreocupado que Kagome no pudo menos que quedárselo mirando, entre confusa, furiosa y avergonzada porque alguien como InuYasha Taisho les estuviera ayudando a salir del paso cuando era el principal causante de casi la totalidad de sus desgracias.
El que les hubiera dado de plazo para abandonar la propiedad hasta que su madre… ya no estuviera… no era suficiente como para redimirse ante los ojos de Kagome.
―No hace falta―le dijo, intentando aparentar frialdad. InuYasha tuvo que respirar hondo un par de veces, calmándose. Era sumamente difícil contentar a Kagome y, por el momento, sus esfuerzos por complacerla y ayudarla habían sido nulos. Clavó sus ojos dorados en ella y al instante un escalofrío recorrió la espalda femenina. Kagome tragó saliva, intentando por todos los medios no derretirse ante la intensidad de semejante mirada.
―Kagome, estás que no puedes más y dudo mucho que tu hermano sepa cocinar. Déjame hacer esto por ti… por vosotros. Por favor. ―Una oleada de ternura la invadió al percatarse de la inseguridad y la incomodidad que había dejado entrever en su postura, con la cara desviada, como si le estuviera costando hacer algo bueno por alguien.
―Y está haciendo ese esfuerzo por ti, tonta. Aprovéchate. Aunque solo sea una vez. ―Dejándose llevar por primera vez por lo que le dictaba su corazón y no su cabeza, Kagome suavizó su expresión y relajó la tensión de su cuerpo. Sonrió al hombre e InuYasha se quedó sin respiración.
Era la primera vez que Kagome le sonreía, una sonrisa sincera, de las de verdad. Y era una sonrisa preciosa, que hacía a su delicado rostro iluminarse y a sus ojos marrón chocolate brillar.
Su corazón latió deprisa y tuvo que apresurarse a apartar la vista y bajar de la limusina, dándose un tiempo para calmarse antes de abrirle la puerta a Kagome y darle la mano para ayudarla a bajarse de la limusina.
No pudo evitar encerrar entre sus dedos la pequeña y pálida mano femenina, sintiendo su calidez traspasarlo y haciendo a ambos quedarse prendados en la mirada del otro, durante unos segundos que para ellos parecieron horas.
Fue Kagome la que rompió el contacto, dándole un débil "gracias" antes de fijar la vista en el establecimiento ante el que habían parado.
Se le abrió la boca por la sorpresa al ver el nombre del sitio. Miró para InuYasha.
―Esto… yo no sé si…
―Ven. ―InuYasha le ofreció su brazo y la obligó a enganchar el de ella con el suyo. Kagome tragó saliva mientras él la guiaba hacia la entrada, donde el metre se quedó estupefacto al verlos aparecer.
El rostro de Kagome hirvió de vergüenza. No iba vestida para estar en un sitio como aquel, para nada. La gente se la había quedado mirando con marcado estupor. ¿Quién en su sano juicio iba al mejor y más caro restaurante de la ciudad vestida como una persona del montón? Sus sencillos vaqueros gastados de la tienda de su barrio junto a la simple camisa rosa y unas más que sucias zapatillas no era lo que nadie tenía en mente para acudir a un local tan elegante.
―¡Señor Taisho, bienvenido!―El metre hizo una pronunciada reverencia―. ¡No sabía que-
―No tengo reserva. ―El camarero tragó saliva, y Kagome no pudo dejar de notar su expresión calculadora, seguramente sopesando las posibilidades. ¿Acaso hasta eso llegaba el poder de InuYasha? ¿A que los demás pusieran por delante sus necesidades y sus deseos en vez de los propios?―. Quiero que preparen comida para llevar. Un menú para tres personas. Algo sencillo pero que esté rico. Pagaré lo que haga falta. ―El metre sonrió, claramente aliviado por la sugerencia del inesperado cliente.
―¡Por supuesto, señor! ¡Enseguida aviso al chef! ¡Se lo llevaré a su coche personalmente!―InuYasha cabeceó, ya dándose la vuelta y arrastrándola con él.
―No se olvide de las bebidas. Un par de botellas de refresco y el mejor champán que tengan. ―Y con esa última orden salieron del restaurante y regresaron a la limusina. Antes de que el chófer les abriera la puerta, Kagome se soltó de su firme agarre y se giró, encarándolo.
―¡¿A qué ha venido eso?!―InuYasha la miró, claramente desconcertado por su enfado.
―¿A qué te refieres?
―¡A esa escenita!―InuYasha siguió mirándola con cara de no entender nada. Kagome apretó los labios, molesta porque no se diera cuenta de nada. Tuvo que respirar hondo y calmarse, comprendiendo mientras lo hacía que, seguramente, InuYasha ni siquiera entendía lo que había hecho mal―. No era necesario que me trajeras al restaurante más caro de la ciudad―musitó―. Con el Wcdonald's me conformaba…
―Puedo permitirme lo mejor. ―Se encogió él de hombros. Kagome frunció el ceño.
―Eso no quiere decir que tengas que gastarte semejante salvajada de dinero. ¡Solo una bebida en este lugar cuesta más que lo que gano en medio año en mi trabajo de medio tiempo!―InuYasha clavó su mirar dorado en ella.
―¿Tienes un trabajo de medio tiempo?―Kagome ladeó la cabeza, ahora confusa por su tono peligrosamente bajo. Todo el cuerpo emanaba tensión y sintió tales ganas de abrazarlo que tuvo que cruzar los brazos sobre el pecho y clavar las uñas en la camisa, arrugándola.
―Como casi todos los estudiantes normalitos y corrientes. ¿Qué te pensabas? ¿Que vivíamos del aire? A mamá hace tiempo que se le acabó el paro y los ingresos del templo son mínimos. Las facturas no se pagan solas y, aunque no vamos a tener problemas para encontrar otra vivienda… ―InuYasha la vio hacer una mueca y tuvo que contener las furiosas ganas de abrazarla para consolarla―… tengo que pensar en el futuro. Necesito ahorrar para un alquiler aunque sea modesto, llenar la nevera para Sōta y para mí… la electricidad, el agua, el gas, las medicinas de mamá…
―Creía que las medicinas las ponía el hospital.
―No todas… ―Kagome negó con la cabeza, haciendo que sus preciosos rizos dieran contra su blanco cuello. InuYasha sintió tal arrebato de deseo ante ese pequeño trozo de piel descubierta que tuvo que apretar los dientes.
Sin embargo, no pudo contener todo lo que sentía y al final terminó alargando los brazos para tomarla de los hombros y tirarla contra su pecho. Kagome soltó una exclamación de sorpresa al chocar su cabeza contra su torso duro. El olor de su colonia la envolvió y no pudo evitar que él la aplastara contra sí; hundió la nariz en su caro traje gris marengo hecho a medida y aspiró con fuerza. Nunca volvería a tener una oportunidad como esta, así que tenía que aprovecharla al máximo porque nunca volvería a permitir que InuYasha se tomara semejantes libertades con ella.
Sintió el corazón masculino palpitar bajo su mejilla y cómo el suyo amoldaba sus latidos al ritmo del de el hombre que la apretaba con desesperación contra su cuerpo. Kagome era pequeña, suave, delicada… y encajaba tan bien entre sus brazos. Pegó la nariz a su espeso cabello azabache y todos sus sentidos se embotaron con el aroma de su champú: coco… con un toque de vainilla…
Todo él se estremeció cuando sintió a la chica devolverle el abrazo. Sus manos empezaron a sudar y apretó todavía más el agarre en torno a Kagome.
Llevaba dos semanas de intenso alejamiento, tratando por todos los medios de no ceder a sus egoístas deseos de sentirla cerca, sintiendo su corazón desbocarse como un caballo de carreras cada vez que la veía o creía escuchar su dulce voz. Tan solo percibir su presencia o su mirada era suficiente para hacer que se sintiera flotar, como si fuera un estúpido adolescente encandilado por su primer amor.
Y lo que había terminado por quebrantar su férreo control habían sido sus palabras, su explicación ante lo que debía de ser la vida de alguien que no gozaba ni de su mismo dinero ni de su poder ni privilegios, alguien que tenía que luchar con uñas y dientes para sobrevivir. Cuando había ido a visitar el Templo Higurashi por primera vez hacía una semana se había sorprendido de que hasta hacía muy poco cuatro personas pudieran vivir en un espacio tan reducido.
Se maldijo por no haberse dado cuenta de ese hecho, de que Kagome y su familia eran de ese grupo de personas cuya supervivencia dependía del trabajo duro y de largas y extenuantes jornadas a cambio de un sueldo seguramente miserable. Tensó la mandíbula y la abrazó con más fuerza, de pronto angustiado y nervioso por poder permitirse dar rienda suelta a sus sentimientos aunque fuera solo esa vez.
Solo esta vez, se dijo, solo una vez más.
Tomó la delicada barbilla de Kagome con una mano y la elevó hasta que sus ojos se encontraron. Vio el deseo en lo más profundo de sus preciosos ojos del color del chocolate, el mismo deseo que seguramente el tenía reflejado en sus orbes dorados.
Casi de forma inconsciente Kagome entreabrió sus carnosos y rosados labios en una muda invitación que él aceptó de buen grado, apoderándose de su boca en un beso devastador que los hizo estremecerse a ambos. Kagome gimió al sentir la invasión de su lengua aterciopelada e InuYasha sintió el rugido de la sangre en sus venas cuando sus suaves curvas se rozaron contra su cuerpo, provocando un incendio que lo hizo ponerse duro al instante y aumentar la pasión del beso que los estaba consumiendo a los dos.
Kagome se puso de puntillas y le pasó los brazos por el cuello. InuYasha la aferró de la cintura y la empujó con fuerza hasta acorralarla contra la puerta de la limusina, aprisionándola contra la chapa del vehículo sin dejar en ningún momento de besarla, tan solo parando para coger aire cuando este les era necesario para seguir respirando.
El chófer de InuYasha se había vuelto a meter dentro del coche. Lo que su jefe hiciera o dejase de hacer no era asunto suyo, y llevaba el suficiente tiempo al servicio de InuYasha Taisho como para saber cuándo debía ser discreto y quitarse de en medio. Tan solo se volvió a bajar cuando vio aproximarse al metre del restaurante, cogiendo las bolsas con la comida. Incómodo por tener que interrumpir a su empleador en un acto tan íntimo carraspeó lo más fuerte que pudo, con la mirada desviada.
InuYasha gruñó con frustración y rompió el beso, girando la cabeza, claramente molesto.
―¿Qué?―gruñó de nuevo. Su chófer miró para el metre, quién parecía tan incómodo como el pobre conductor.
―La comida… señor… ―Con un bufido de impaciencia y sin soltar a Kagome para que no se le escapara, metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó la cartera, lanzándosela al chófer. Sin más palabra abrió la puerta y se metió dentro con Kagome, empujándola al interior y cerrando la puerta tras él con un portazo, dejando a su empleado hacerse cargo del pago.
Una vez sobre los asientos, con ella sobre su regazo, vio que la joven parecía sumamente avergonzada, rígida como una estatua. Respirando con dificultad ante la visión de sus labios rojos e hinchados por sus besos, le acarició los brazos con dulzura, suavemente, buscando calmarla.
―Kagome…
―Es-esto… n-no debió pasar… y-yo… yo no soy así… yo nunca… nu-nunca… ―Las palabras se le atascaban en la garganta. InuYasha cerró los ojos.
Lo había intentado, Dios era testigo de ello. Había intentado con todas sus fuerzas resistirse, contener sus deseos y sus anhelos. Había intentado buscar alivio en otras mujeres, fallando miserablemente al hacerlo y ofendiendo a unas cuantas en el proceso. Tan solo recordar la mirada herida de Kikyō un par de semanas atrás, cuando sus sofisticados intentos por seducirlo no habían logrado sino dejarlo frío había sido suficiente como para dejar de intentar hallar algo que, sabía, solo Kagome podría darle.
―Kagome, mírame. ―Reticente, ella lo hizo, sintiendo un calor abrasarle las entrañas y que hizo que los pechos se le hincharan y los pezones se tensaran contra la tela de algodón de su sujetador. Avergonzada por su reacción, intentó cubrirse, abrazándose a sí misma, temiendo que él viera las pruebas de su excitación. InuYasha sonrió, pero fue una sonrisa tierna, cálida, muy diferente de aquella mueca arrogante que solía acompañarlo.
El corazón de Kagome dio un vuelco al ver esa sonrisa sincera dirigida a ella. Despacio, InuYasha subió sus manos por sus brazos, sus hombros y cuello, hasta enmarcar su rostro e inclinarlo hacia él para besarla nuevamente, al tiempo que empujaba sus caderas hacia el cuerpo femenino. Kagome abrió los ojos como platos al sentir la dureza de su erección contra su costado.
Incómoda, trató de levantarse y sentarse en el asiento, pero InuYasha no se lo permitió.
―No―le dijo, abrazándola y hundiendo el rostro en su pecho. No fue con intención sexual, pero Kagome no pudo evitar sonrojarse igualmente y apartar la mirada, avergonzada―. No te avergüences, no quiero que te avergüences. ―Kagome miró para el cabello plateado y, buscando tranquilizarse, comenzó a acariciarlo distraídamente, maravillándose de lo sedoso que era. InuYasha disfrutó de aquel mimo durante unos minutos, antes de levantar la vista para encararla―. Te deseo, Kagome. ―Y decirlo en voz alta fue un alivio, una liberación. La chica abrió la boca para decir algo pero InuYasha se lo impidió, poniendo sus dedos sobre sus labios, pidiéndole silenciosamente que lo dejara hablar―. Te deseo―repitió―, te deseo como no he deseado nunca a una mujer y, aunque he tratado, intentado desesperadamente luchar contra esta atracción que siento hacia ti, ya no puedo resistirlo por más tiempo. Te necesito.
―Yo…
―Pero también sé que no puedo hacerte eso. No a ti. Tú eres buena y cálida, te mereces a alguien mejor, te mereces a un hombre que te ame y te trate como una reina y Dios sabe que yo no creo ser ese hombre. ―Kagome sintió una punzada al percibir el dolor y la angustia que teñían la voz del hombre que, por primera vez, le estaba abriendo las puertas de su corazón―. Pero solo imaginarte en los brazos de otro hace que me hierva la sangre. Sé que no puedo… no debo tenerte pero, ¡por Dios que tampoco puedo soportar verte con otros!―Kagome no pudo evitar soltar una risita.
―Eres como el perro del hortelano… ―InuYasha parpadeó, sin entenderla―. Es una obra de teatro… ―Kagome sacudió la cabeza, como intentando aclarar sus ideas―. Yo también te deseo―le confió, pasándole los dedos por el pelo y relajándolo al instante. InuYasha sonrió, ahora de la misma forma arrogante que ella tan bien conocía. Pero esta vez el gesto no la enfadó, sino que la hizo sonreír.
―Lo sé. ―Amplió su sonrisa, mirándolo con sus ojos marrones brillantes.
―¿Sabes? No… no me importaría… si es contigo… qui-quiero decir… ―Se sonrojó pero no apartó la vista, quería que supiera que era sincera―… soy virgen y… eh… no tengo experiencia pe-pero… s-si a ti eso no te molesta… ―InuYasha abrió los ojos con sorpresa.
Kagome esperó, conteniendo la respiración, por su respuesta. Si él la rechazaba no sabía lo que haría. Se estaba arriesgando a algo que nunca había pensado hacer. Ella había estado esperando al hombre ideal, al chico que le hiciera las piernas temblar y su corazón latir apresurado, a ese príncipe azul que la amase y la tratase como una reina.
Y, aunque no creía que InuYasha la amase, sí tenía claro que había sido el único en hacer que el mundo dejara de existir a su alrededor cada vez que lo tenía cerca. El único que hacía a su corazón acelerarse y a sus piernas temblar. El único que, por el momento, había sido totalmente sincero con lo que podía darle y con lo que podía esperar de él. Había visto a sus amigas sufrir demasiadas veces por relaciones fracasadas porque los chicos solo parecían buscar una cosa en ellas y luego, una vez lo obtenían, si te he visto no me acuerdo. Así que Kagome había buscado algo más, había querido algo más, negándose a darle a la primera cara bonita el regalo que suponía su virginidad.
Por él sí que valía la pena arriesgarse, se dijo. Él la trataría bien y, aunque su relación no durase y acabase con el corazón roto, al menos podría decir que lo había intentado y se había arriesgado.
Tragó saliva y, con cuidado, se inclinó hacia él y esta vez fue ella quien lo besó, tímidamente. InuYasha le correspondió con un gemido, dejando que ahora fuera ella la que tomase el control.
―¿Estás segura?―Le preguntó, con la voz ronca. Kagome asintió, roja como un tomate. InuYasha sonrió y acunó el rostro femenino entre sus grandes manos.
―Te prometo que será maravilloso y que, dure lo que dure, nunca te mentiré ni te haré creer algo que no es. ―Kagome asintió.
No era una propuesta de noviazgo pero se conformaba.
Sabía, por los cotilleos a los que sus amigas solían ser tan asiduas, que aquel tipo de arreglos eran comunes en el mundo sofisticado del que provenía InuYasha.
No podía pedirle más porque sino lo asustaría pero, tal vez, si jugaba bien sus cartas, podría convencerlo de que el amor no tenía nada de malo y de que podía confiar en ella.
Le enseñaría a amar, se dijo con determinación.
Porque ella ya lo amaba.
Con todo su corazón.
Fin [Nerviosismo]
¡Bueno, pues uno más!
Kagome ya ha admitido que lo ama... ¿cuánto creéis que tardará InuYasha en hacer lo mismo? ¡Hagan sus apuestas, señoras y señores! (?)
Bromas aparte... ¿me dejáis un review? ¿Uno que refleje lo mucho mucho mucho (o poco poco poco) que os está gustando esta historia? ¿Sí? ¿Porfi? ¿Porfi plis? (?).
Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
