¡YAHOI! Pues aquí va la cuarta parte. Espero que os guste. Perdonad mi falta de elocuencia, tengo un señor catarro encima que me está dejando p'al arrastre.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.


Enamorarse

Parte 4

[Hechizo]


―Mira, tu novio ha venido a buscarte. ―Kagome se sonrojó ante el tono divertido y algo burlón de Yuka, una de sus amigas. Eri y Ayumi también soltaron una risita, la primera más audible que la segunda.

―No es mi novio… ―susurró Kagome, recogiendo sus cosas a toda prisa de las escaleras en las que habían estado sentadas, charlando. Yuka y Eri alzaron las cejas pero se abstuvieron de comentar nada, ya habían aprendido que pinchar a Kagome no serviría para nada, porque la azabache estaba dispuesta a negar, por todos los medios, que aquel multimillonario e impresionante hombre la adoraba. No había más que fijarse un poquito en los dos cuando estaban juntos. Todo parecía desaparecer a su alrededor y nada más que ellos dos importaba.

―Es tan romántico, Kagome-chan… ―suspiró Ayumi―. Siempre te viene a dejar y a buscar, te manda regalos, te invita a citas…

―Si estuviéramos dos siglos atrás diría que te está cortejando―apuntó Yuka, sonriendo.

―Aburrido―comentó Eri―. Dile que vaya a lo divertido de una vez. ―Kagome apretó los labios, reprimiendo las duras palabras que pugnaban por salir de su garganta. Eri no lo había pasado muy bien en lo respectivo a los hombres una vez se aventuró en lo que comúnmente se denominaba "cosas de mayores". Sus perspectivas de ilusión romántica se habían caído cual castillo de naipes. Era demasiado impulsiva y enamoradiza, reflexionó Kagome, mientras caminaba hacia la lujosa limusina que la aguardaba y en la que InuYasha se encontraba apoyado, observándola en actitud relajada mientras la veía ir hacia él.

Una vez la tuvo a su alcance la atrajo por las caderas y la besó, pegándola a su cuerpo. Kagome se quedó sin respiración, sintiendo todo su cuerpo arder al contacto con los labios de ese hombre que hacía estragos en su corazón. Lo rodeó por los hombros poniéndose de puntillas para responder a la urgencia de su boca.

Había pasado casi una semana desde la última vez que se habían visto y, aunque habían hablado por teléfono todas las noches, hasta que ella caía rendida en la cama, no había sido suficiente. No al menos para ella.

Y tampoco para InuYasha. Había pasado una semana infernal, lejos de Kagome. Aquellos viajes de negocios habían sido algo normal en su vida durante mucho tiempo y, aunque le habría encantado poder invitar a Kagome a ir con él y poder disfrutar así de su compañía, sabía que ella no podría hacerlo. Se negaría en rotundo por mucho que le insistiera, y la entendía. No podía ni quería abandonar a su madre en el hospital y a su hermano pequeño durante tanto tiempo. Sōta estaba muy apegado a su hermana mayor y, si de repente se encontraba con que alguien que no era Kagome lo vigilaba y lo cuidaba se le haría muy extraño. El chico ya estaba pasando por mucho como para aún encima separarlo de la única persona en la que confiaba y que era, más que su hermana, como una segunda madre para él.

Acarició sus labios hinchados y rojos cuando se separaron, sonriendo con ternura al ver sus pálidas mejillas sonrojadas.

―Te he echado de menos―le dijo, con la voz ronca.

―Yo también―musitó la azabache. InuYasha se separó de ella y le abrió la puerta de la limusina, dejando que entrara primera y acomodándose luego él a su lado, cerrando tras ellos.

―Al hospital―ordenó a su chófer antes de pulsar el botón del cristal oscuro que separaba la parte trasera de la delantera. Kagome enrojeció, imaginándose lo que el empleado de InuYasha estaría pensado que iban a hacer fuera de su vista.

No iba muy desencaminada. InuYasha se acercó a ella y la abrazó una vez más contra él, buscando su boca y abrasándola con un beso cargado de pasión y ternura al mismo tiempo, una combinación que Kagome nunca hubiera pensado que pudiese existir en un hombre tan duro y arrogante como InuYasha Taisho.

Se aferró a su camisa, intentando responder a la urgencia que emanaba todo el cuerpo masculino, sintiéndola dura y exigente contra su estómago. No pudo evitar que su propia anatomía contestara a esa exigencia: sus senos se hincharon y sus pezones se endurecieron contra las copas de su sujetador al tiempo que un calor insoportable se instalaba en su bajo vientre, haciéndola derretirse.

―Me vuelves loco―le dijo con la voz enronquecida, cargada de toda la pasión que lo estaba quemando por dentro. No obstante, hizo un esfuerzo por controlarse y se limitó a abrazarla contra él y a acariciarle los brazos y la espalda mientras trataba de calmar los alocados latidos de su corazón.

Tenía que ser cuidadoso, paciente, se dijo por enésima vez. Kagome bien podría asustarse y retroceder, decidir que ya no quería que pasase nada entre ellos y eso era algo que no podía ni quería permitir. Kagome era pura perfección femenina, en todos los aspectos: no solo era preciosa, sensual y muy femenina, sino también educada, amable, cariñosa, responsable, inteligente y apasionada, sobre todo apasionada. Siempre se involucraba al cien por cien en todo lo que se proponía, ya fuera un examen difícil o la dura enfermedad que día a día iba consumiendo a su madre, algo de lo que ambos se negaban a hablar abiertamente porque sería ponerse tristes sin ningún motivo. Nada podía hacerse ya por Naomi y regodearse en algo que no tenía remedio era perder el tiempo.

La limusina se detuvo y le cogió la mano, entrelazando los dedos con los femeninos, infundiéndole ánimos con ese simple gesto.

―Vamos. ―Kagome respiró hondo y asintió. Cada día se le hacía más y más difícil entrar en aquel edificio y afrontar el terrible destino que le esperaba a su progenitora. Pero por nada del mundo la abandonaría. Naomi siempre se había volcado con ellos, se había desvivido por su bienestar, por educarlos y por darles cariño. Era justo que ella ahora, como la mayor de la familia, le devolviera un poquito de toda esa abnegación que Naomi había mostrado a sus hijos.

Además, tenía a InuYasha. Él no la dejaría derrumbarse, ya se lo había demostrado en más de una ocasión, sosteniéndola cuando los sollozos se le atascaban en la garganta, negándose a dejarlos salir. Llorar no servía de nada. Sabía que lo haría cuando su madre dejara de respirar en este mundo, pero por el momento debía ser fuerte. Si su progenitora la veía triste ella también se pondría mal, y entonces todo se volvería aún peor de lo que era.

Así que esbozó su más radiante sonrisa mientras abría la puerta del cuarto de su madre y la saludaba con un beso y un abrazo.

InuYasha la observó, maravillado por su fortaleza. Se permitió mirarla durante unos segundos antes de unirse a las dos mujeres para saludar a Naomi e integrarse en la animada conversación.

Repentinamente, su teléfono vibró en su bolsillo. Farfulló una disculpa, incómodo por la fulminante mirada que le lanzó Kagome, fiel cumplidora de las normas del hospital. Pero InuYasha no podía evitar ir acompañado de su móvil allá adónde fuera, ni siquiera en un edificio donde no se permitía su uso. Que ya lo tuviera en vibración y desactivara los datos para no recibir correos ni mensajes había supuesto todo un reto, pero por Kagome volvería a hacerlo. Ella se merecía su consideración, al igual que Naomi.

―¿Diga?

―Señor Taisho… ―InuYasha frunció el ceño al oír la voz del jefe de su equipo de seguridad.

―¿Qué ocurre?―preguntó con irritación, porque había dado órdenes estrictas de que no lo molestaran siempre que estuviera en compañía de Kagome. Ella iba primero. Tenía que ser así para que ella al fin cayera en sus brazos, tan hechizada como él estaba por ella.

―Sé que dijo que no se le molestara, pero… se trata del chico Higurashi. ―InuYasha frunció el ceño y se apartó rápido de la puerta de la habitación de Naomi, temeroso de que alguna de las dos lo escucharan hablar. Desde que la última trastada de Sōta le había producido un disgusto y una angustia que nunca antes había presenciado en ella, mermando así su alegría y su vitalidad, había echado mano de su influencia para que, si algo malo volvía a ocurrir, la dirección lo avisara a él en vez de a Kagome. Él lo solucionaría y, aunque probablemente Kagome se enfadaría mucho con él por haberse entrometido, eso era preferible a volver a verla al borde de las lágrimas por culpa de las estupideces de una adolescente cuyo mundo se estaba desmoronando a su alrededor.

E InuYasha sentía debilidad por Sōta porque, en cierta manera, se sentía identificado con el sensible muchacho, tan parecido, además a su hermana. Tenían la misma sonrisa, el mismo carácter dulce y amable, aunque en el caso de Sōta este hubiera mutado en uno agresivo y nada correcto. Pero solo era una fase, así había conseguido convencer a Kagome de que no se preocupase tanto, asegurándole que él había pasado algo parecido cuando…

Un estremecimiento lo recorrió cuando los recuerdos volvieron a sacudirlo. Los bloqueó en el acto, adoptando la actitud dura que le había granjeado su reputación de hombre de negocios internacional implacable y orgulloso.

―Habla―exigió a su subordinado. El hombre vaciló un segundo antes de proceder a explicarle, con voz monocorde, que Sōta se había metido en una pelea con varios estudiantes a la hora de la comida y que había acabado no solo en la enfermería sino también en el despacho del director.

Dando un gran suspiro, InuYasha le dijo que se asegurara de que Sōta no escapara del centro, que él iría enseguida. Hizo una mueca pensando en que tendría que sobornar al director y al consejo escolar para que dicha amonestación no apareciera en el inmaculado expediente del adolescente. No es como si fuera la primera vez, porque ya lo había hecho un par de veces antes… claro que Kagome no sabía nada de aquello y así esperaba seguir manteniéndolo, en absoluto secreto. Se pondría furiosa si se enteraba de que estaba haciendo uso de su dinero y su poder para, según lo que le parecería a ella, malcriar a su hermano.

Volvió a la habitación. No pudo disimular la preocupación de su rostro, por lo que Kagome se levantó nada más verlo.

―¿Qué pasa?―InuYasha le pasó un brazo por los hombros y besó su cabeza, deleitándose con la suavidad y el aroma de su cabello.

―Nada, una minucia. Me requieren en la oficina para firmar unos papeles. Lo siento, olvidé que esos papeles-

―No pasa nada―lo cortó Kagome, aliviada de que no fuera algo más grave―. Podemos… podemos vernos luego. ―InuYasha le sonrió ampliamente, mostrando toda su perfecta dentadura blanca.

―Por supuesto. Te llevaré a cenar. ―Kagome sonrió y lo despidió con un beso, algo menos fogoso de lo que acostumbraban, dada la presencia de su madre. Cuando la puerta se cerró tras InuYasha Naomi sonrió, observando el brillo soñador en los ojos marrones de su hija.

―Pareces feliz. ―Kagome sonrió.

―Lo soy… creo. ―Luego, miró con aprensión para su madre, pero Naomi se limitó a tomar las manos de su primogénita entre las suyas para apretárselas con cariño.

―No tienes que sentirte culpable por eso. Me alegro de que encontrases a alguien como InuYasha. Se nota lo mucho que te quiere. ―Kagome se contuvo de decirle que aquello no era cierto, que ni siquiera eran pareja, que solo andaban juntos, de una manera algo extraña, porque ella ni siquiera era su mantenida ni su amante… aún.

Sintió náuseas ante sus pensamientos pero se reprimió de seguir pensando de aquella manera tan repugnante de InuYasha. Él no la había tratado en ningún momento como eso que ella pensaba, sino todo lo contrario: había sido un caballero. Nunca la tocaba sin su consentimiento y se apartaba en cuanto notaba el más mínimo atisbo de reticencia o miedo en ella.

Pero, ¿a qué tenía que temer? Su corazón ya estaba completamente involucrado por mucho que hubiera intentado evitarlo al principio, y ya se había hecho a la idea de que este acabaría roto en miles de pedazos en cuanto InuYasha se cansara de ella… o encontrara a una mujer a la que sí amara.

No tenía nada que perder y sabía que, después de todo lo que InuYasha le hacía sentir, iba a ser muy difícil encontrar a otra persona que despertarse en ella los mismos deseos y anhelos.

Esta noche, decidió. Esta noche pondría remedio a toda esa pasión que la consumía cada vez que él la rozaba.


Sōta se mordisqueaba los labios una y otra vez, mirando con aprensión para el pasillo en el que estaba el despacho del director. Agarró la camisa de su uniforme y trató, en vano, de volver a limpiarse la sangre que aún tenía pegada al rostro. Su hermana lo mataría. Era consciente de que las últimas veces, anteriores a esta, ella no se había enterado de sus fechorías gracias a su novio, algo por lo que le estaba infinitamente agradecido a InuYasha, pero esta vez no había escapatoria posible. Lo habían pillado con las manos en la masa, dándose de hostias contra varios de sus compañeros. Y todo por una estúpida frase que no debería haberlo afectado.

Pero tenía las emociones a flor de piel y escuchar aquello había supuesto la gota que colmaba el vaso. No lo dejarían pasar porque, esta vez, había mandado a dos chicos a la enfermería y todos se habían puesto en su contra. Tampoco es que ayudara el hecho de que hubiera seguido intentando golpearlos cuando ya los habían separado. La ira lo había cegado en ese momento, no tenía más excusa.

Escuchó pasos rápidos por el pasillo y respiró hondo al tiempo que se le encogía el estómago, preparándose mentalmente para el estallido de furia de su hermana. Lo aguantaría como un hombre y aceptaría el castigo que le impusiera. Sabía que se lo merecía y se sentía tremendamente culpable por haber echado más preocupaciones encima de Kagome.

Su sorpresa fue mayúscula cuando la persona que giró en la esquina apareció ante su vista. No era Kagome, su hermana, sino su novio, el importante hombre de negocios InuYasha Taisho.

―¿InuYasha-nii?―dejó salir su nombre con incredulidad―. ¿Qué haces tú-

―Después. ―InuYasha se detuvo ante el adolescente y lo miró con dureza, analizando las ropas descolocadas manchadas de sangre, los cardenales en sus brazos y su mandíbula, su labio partido y los arañazos en su piel, así como la piel enrojecida de su cuello, tan pálido como el de su hermana mayor. InuYasha gruñó, sintiendo salir su vena protectora―. Quédate aquí y no hables, no te vayas y no des más problemas. Ichiro se quedará contigo. ―A un gesto de su mano, un imponente hombre vestido con traje y gafas oscuras se posicionó a su lado. Sōta bajó la cabeza, entre avergonzado e intimidado, pero no se atrevió a contradecir las órdenes de InuYasha.

Lo vio perderse en el interior del despacho del director, entrando sin llamar y sin esperar a que le dieran paso. Sōta, que ya se había acostumbrado a que InuYasha se comportara así con todo el mundo menos con su hermana, sonrió, con algo de perverso placer, al pensar en la indignación que el director se estaba viendo obligado a esconder.

Kagome era la única que parecía recibir las palabras "por favor" y "gracias" de parte de InuYasha. Y todo porque en una ocasión ella le había retirado dignamente la palabra durante casi dos semanas por haber tratado de mangonearla como mangoneaba a todo el mundo.

Pero InuYasha estaba haciendo el esfuerzo de aprender, y todo por su hermana mayor. Sōta sonrió de nuevo, ahora relajado y alegre. Esos dos se querían, no había más que verlos. Y se sintió muchísimo mejor al pensar en que, después de tantos reveses, al fin su hermana estuviera alcanzando la felicidad que se merecía.


Kagome observó fascinada su aspecto en el espejo de cuerpo entero que tenía en su habitación. El vestido verde agua resaltaba la palidez de su piel, al igual que el maquillaje, que hacía a sus ojos marrones brillar bajo sus pestañas negras. El cabello ondulado, con una espesa trenza en el medio y el resto suelto, acariciando sus hombros, estaba suave y perfectamente peinado. El collar plateado con diamantes y el reloj y la pulsera, también los dos de diamantes, la hacían parecer una princesa, junto con los zapatos de tacón.

Tuvo que reconocer que en el salón de belleza habían logrado algo imposible: hacerla parecer guapa y sofisticada, la clase de mujer que podría mostrarse con InuYasha en público sin sentir la más mínima vergüenza.

El salón de belleza había sido una decisión de última hora, al igual que ponerse las joyas que InuYasha le había regalado. Tenía algunas más, de igual e incalculable valor, en su pequeño joyero de plástico, ya desgastado por tantos años de uso. Al principio se había ofendido por aquellos presentes, hasta que se dio cuenta de que InuYasha parecía confundido por su incomodidad y su negativa a aceptarlos. Ambos habían tenido que ir haciendo concesiones en su extraña relación, y una de ellas por su parte había sido la de acostumbrarse a que InuYasha funcionaba, para muchas cosas, de forma distinta al resto del mundo.

Él le había dado carta blanca para usar su nombre y por consiguiente su poder e influencia adonde quiera que fuera, solo tenía que decirlo y sus guardaespaldas, a los cuales había aprendido a soportar, aparecían de la nada y se hacían cargo de todo.

Suspiró, tomando un pequeño bolsito y saliendo de su cuarto, con los zapatos en la mano. Bajó las escaleras con cuidado de que el vestido no rozase el suelo y llegó abajo, donde InuYasha conversaba seriamente con su hermano. Ambos cortaron la charla abruptamente al verla aparecer y, aunque se moría por saber de lo que habían estado hablando, se olvidó de todo en cuanto los brillantes ojos dorados de InuYasha se clavaron en ella, fascinados.

Se acercó y tomó una de su mano, llevándosela a los labios.

―Estás preciosa. ―Kagome se sonrojó y sonrió, tímida. Miró para el enorme guardaespaldas que aquella noche iba a cuidar a su hermano, aunque Sōta se había quejado, diciendo que ya era mayorcito y que no necesitaba supervisión. Kagome dudaba de eso, así que no le había parecido nada mal la sugerencia de que uno de los empleados de InuYasha se quedara con Sōta esa noche.

InuYasha la ayudó a ponerse los altos zapatos de tacón y luego la tomó de la cintura, ayudándola en todo momento a bajar lenta y cuidadosamente los enormes escalones del templo. Abajo los esperaba uno de los coches deportivos de InuYasha, y a Kagome le encantó que fuera él quien condujera en aquella noche que pretendía ser tan especial.

―¿Adónde me llevas?―le preguntó una vez estuvieron los dos en el coche.

―A una cena con baile. Te encantará. ―InuYasha le sonrió, pero Kagome sintió los nervios florecer en su estómago.

―InuYasha…

―Es un acto benéfico―se apresuró a aclarar, conocedor del pánico que le tenía Kagome a los grandes actos sociales―. Tengo que ir con pareja, y no pensaría jamás en llevar a nadie de mi brazo que no fueras tú. ―Aquella declaración de intenciones la derritió, y se impulsó en el asiento para alcanzare su mejilla con los labios, donde depositó un beso. Luego, con una risita, sacó una toallita húmeda del bolso y le limpió la zona, donde había quedado una pequeña mancha de pintalabios.

Animado por su respuesta, InuYasha se relajó, conduciendo por las calles de la ciudad hasta el hotel donde iba a llevarse a cabo el acto social en cuestión. Un empleado apareció raudo para hacerse cargo de su vehículo, mientras él descendía y otro empleado le abría la puerta a Kagome, quien se lo agradeció con un "gracias" y una de sus preciosas sonrisas. Intentando por todos los medios que los celos no se lo comieran se apresuró a ponerse a su lado, rodeando su delgada cintura con un brazo.

Sentir los flashes de las cámaras de las cámaras de los papparazzi la abrumó, pero se obligó a comportarse a la altura de las circunstancias, poniendo la espalda recta y tratando de sonreír. InuYasha se sintió tremendamente orgulloso de ella ante su alarde de elegancia y educación.

―Lo has hecho muy bien―comentó en voz baja una vez entraron en el vestíbulo del hotel. Kagome le sonrió.

―La verdad, estoy muy nerviosa.

―No tienes por qué. Estás deslumbrante. ―Kagome volvió a sonreírle con timidez y él no pudo resistirse a inclinar la cabeza para besarla con delicadeza.

Se encaminaron entonces hacia las puertas de un enorme salón, donde se habían dispuesto mesas redondas para varios comensales, con una pista de baile en medio de ellas, con camareros pululando aquí y allá, repartiendo las bebidas y los canapés que llevaban en sus bandejas.

Sin vacilar, InuYasha la llevó hacia dónde una pareja conversaba con un par más de personas. Todos callaron y observaron con marcada curiosidad para la diminuta joven que acompañaba a InuYasha Taisho.

―Damas, caballeros, les presento a mi acompañante, Kagome Higurashi. ―Fue un atractivo hombre de cabello oscuro y pícaros ojos azules el primero en romper el hielo y tomar una de sus manos para saludarla.

―Señorita, Miroku Hōshi, a su servicio. Permítame presentarle a mi esposa, Sango. ―Una alta e imponente mujer de largo pelo castaño y sensuales curvas le sonrió, enganchando su brazo con el suyo en el acto.

―Es un placer conocerla, señorita Higurashi. No sabe cómo me alegro de que haya aparecido. Las conversaciones de los hombres son siempre aburridas. ―Hizo un gesto desdeñoso con la mano que hizo reír a la concurrencia.

―Encantada. ―Sango sonrió con afecto al ver el palpable nerviosismo de la muchacha. Parecía muy dulce y, en comparación con las antiguas compañeras que su amigo elegía para pasar el rato, era un cambio más que agradable y bienvenido.

―Venga conmigo, le presentaré al resto de las damas. Presiento que vamos a ser grandes amigas… ―InuYasha vio, con el ceño fruncido, como Sango se llevaba a Kagome y la alejaba de su lado. Quiso impedirlo, pero tampoco quería parecer demasiado posesivo. Había llevado allí a Kagome para que se relajara y se olvidara un poco de sus preocupaciones diarias, y sabía que Sango sabría distraerla y hacerla sentirse cómoda y aceptada.

―Vaya, es una preciosidad―comentó uno de los hombres que quedaron con él.

―¿Puedo preguntar de dónde la has sacado?―Ante la fiera mirada que InuYasha les lanzó a todos Miroku decidió hacer gala de sus dotes de pacificador.

―No hay duda de que la señorita Higurashi es una belleza, pero no estamos aquí para alabar la sensualidad femenina. Hirsoshi, ¿no me estabas comentando algo de tus últimas inversiones en China… ―InuYasha agradeció mentalmente el cambio de tema de su amigo.

No volvió a ver a Kagome hasta que anunciaron la cena. La vio aparecer aún en compañía de Sango, ambas charlando y riendo despreocupadamente. Lo alivió enormemente el verla tan relajada, y le separó la silla para que se sentara antes de sentarse él mismo a su lado.

―¿Qué tal con Sango?―Kagome le sonrió.

―Es muy amable, y simpática, y también muy firme en sus opiniones. ―InuYasha no pudo evitar soltar una carcajada. Sango era más que firme en sus opiniones: era contundente, y tenía tan mal genio que nadie, ni siquiera su propio marido, se atrevía a llevarle la contraria cuando se enfadaba.

―Es una forma de decirlo―Kagome le sonrió nuevamente―. Me alegro de que te lo estés pasando bien. ―Ella asintió, cogiendo su copa y dando un sorbo, hizo una mueca ante el sabor algo amargo del vino―. ¿Quieres que te pida otra cosa?―Kagome negó, diciéndose que era tremendamente dulce que él se preocupara tanto por ella.

―Está bien. Es solo que no estoy acostumbrada a beber alcohol, pero por una vez no pasa nada, de verdad. ―Algo reacio todavía, InuYasha asintió.

Pronto se sumieron en una animada conversación con el resto de los comensales que los rodeaban, entre los que se incluían Miroku y Sango. Cuando llegó la hora del baile, InuYasha no dudó en sacarla a bailar y, mientras se deslizaba por la pista entre sus brazos, Kagome supo que había llegado el momento de dar rienda suelta a lo que deseaba.

Le rodeó el cuello con los brazos y buscó sus labios, abriéndolos para él y dejando que su lengua la saboreara y la acariciara. InuYasha gimió en su boca, aferrando su cintura y sintiendo la pasión queriendo abrirse paso entre ellos.

―Kagome―murmuró, cuando ella volvió a besarlo.

―Quiero estar contigo―susurró, con las mejillas encendidas y el deseo reflejándose en sus orbes marrón chocolate. InuYasha tardó un segundo en procesar sus palabras. La miró de forma ardiente, sintiendo la palpitación de su entrepierna contra los pantalones de tela de su esmoquin.

―¿Estás segura?―le preguntó, con la voz ronca. Kagome tembló de deseo cuando los dedos masculinos acariciaron sus brazos, con cuidado, como una anticipación de lo que le esperaba si confirmaba aquello que le había dado a entender.

Asintió, lentamente, incapaz de pronunciar palabra. Con un gruñido, InuYasha la agarró del brazo y, tirando de ella, se abrió paso entre los invitados, saliendo del salón y dejando atrás a más de un amigo y conocido con la boca abierta.

―Vaya, vaya, cualquiera diría que es la primera vez―comentó Miroku, observando la intempestiva salida de su mejor amigo. Sango rodó los ojos. Hombres. Nunca se enteraban de nada.

―Me cae bien Kagome―le dijo a su marido―. Lo mataré como le haga daño. ―Miroku rio.

Si aquella jovencita contaba con la aprobación de Sango entonces no había más que decir. Su mujer era realmente buena juzgando a la gente.

Rezó para que todo le saliera bien con aquella muchacha. InuYasha merecía ser feliz. E intuía que Kagome podía ser la llave para aquella felicidad que su mejor amigo llevaba tanto tiempo buscando.

Fin [Hechizo]


¡Bueno, pues uno más! Estoy segura de que más de uno habrá adivinado a lo que iban esos dos, y no, no habrá lemon, al menos de momento. Preferí no incluirlo aunque era una posibilidad que consideré mientras escribía este capítulo, pero al final decidí que quedaba mejor así, tal cual está. Me gusta más.

Además: el sexo no lo es todo. En una relación hay cosas mucho más valiosas a tener en cuenta, el sexo tan solo es un plus. Al menos, así es como lo veo yo xD.

En fin, ¿me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.