¡YAHOI! Pues na, aquí va el quinto capítulo. Sé que estoy yendo muy rápido, pero es que como son capítulos cortos y es una historia muy light, sin tramas complicadas, pues se me hace muy fácil escribirla. Porque no tnego que andar planeando y pensando, todo fluye sin necesidad de que exprima a mi cerebro cual naranja para hacer zumo (?).
Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi.
Consolidación de la pareja
Parte 1
[Declaración]
Subió en el ascensor hacia su despacho en el último piso, sin poder parar de sonreír. Tras él, los miembros de su equipo de seguridad se miraban y también esbozaban pequeñas sonrisas, mientras que el resto de los empleados a los que él había contratado y a los que pagaba lo miraban como si de pronto le hubiese crecido una segunda cabeza.
Salió y anduvo hacia su oficina, dando muestras de su excelente humor al saludar a todo el que se le cruzara por el camino, dejándolos estupefactos y nerviosos, a alguno incluso preguntándose si no tendría que ir recogiendo las cosas de su mesa.
Era extremadamente raro ver al presidente tan alegre y despreocupado, tan relajado y… ¿feliz? Era un concepto que hasta ese día nadie que lo conociera se hubiese atrevido a asociar con InuYasha Taisho.
―Vaya, te veo contento… muy, muy contento. ―InuYasha cerró la puerta del despacho, sonriendo a Miroku.
―Estoy contento.
―Ya, se te nota. ―InuYasha ignoró su nota de sarcasmo, sabiendo que Miroku tan solo quería molestarlo.
―¿Has venido solo para meterte conmigo?―Miroku sonrió, negando con la cabeza.
―En realidad, he venido a invitarte el fin de semana a una pequeña reunión. La familia de Sango hace una pequeña fiesta y, por supuesto, todos quieren que vayas. Ah, y me ha dicho que sí o sí tienes que ir con Kagome, o no te dejará volver un pie en nuestra casa. ―InuYasha alzó una ceja y Miroku amplió su sonrisa―. Sus palabras, no las mías. ―InuYasha suspiró, dejándose caer sobre la silla que había detrás de su mesa.
Sabía lo que pretendía Sango con aquello. Le estaba diciendo que no aceptaría más que un comportamiento decente de él hacia Kagome. Si se presentaba con Kagome el fin de semana en la casa de campo de los Taijiya, Sango se encargaría de dejarles a todos bien claro quién era. Su amiga siempre había sido muy crítica en cuanto a su elección de la compañía femenina y, si estaba dispuesta a mandarlo a freír espárragos por Kagome, eso significaba que la Higurashi contaba con su total aprobación.
Además, la idea de no ver más a las gemelas y al pequeño Komori le causaba cierta angustia. A pesar de los demonios que eran, las niñas lo adoraban y él a ellas, aunque eso era algo que se cuidaba muy mucho de dejar traslucir.
Suspiró una vez más, echándose hacia atrás y apoyando la espalda en el respaldo de su cómoda silla de cuero.
―De acuerdo. ―Miroku parpadeó, quedando sin habla por unos minutos―. ¿Qué?―preguntó InuYasha, impaciente, al ver la incrédula mirada que su mejor amigo le estaba lanzando.
―Nada, nada. Es solo que… no me lo esperaba. ―InuYasha pareció ofenderse ante sus palabras―. ¡No te pongas así! Es que… entiéndeme, nunca… te había visto así.
―¿Así cómo?
―Así. Tan… enamorado. ―InuYasha se dio la vuelta bruscamente, evitando de esa forma que Miroku viera el furioso sonrojo que se había apoderado de su rostro.
Sintió su corazón latir fuerte en su pecho. Enamorado. Sí, claro que estaba enamorado. De Kagome.
Le había costado mucho darse cuenta y mucho más aún reconocer aquella sensación, aquel sentimiento que lo embargaba cada vez que ella le sonreía, cada vez que lo abrazaba y cada vez que le hacía algún mimo.
Pero aquella noche… la noche en que por fin había podido hacerla suya… jamás se había sentido de aquella forma con nadie: completo, amado, feliz. Y por supuesto que lo habían repetido desde esa.
Pero ya no se trataba solo de una simple atracción, y tal vez, pensó, ya era hora de poner nombre a su relación. Sabía también que hacerlo supondría un gran paso para él y un alivio para Kagome. Ella no se lo había dicho, por supuesto, por temor a que él le diera la espalda y la dejara. Pero no hacía falta ser un genio para darse cuenta de que la joven anhelaba algo más cada vez que lo miraba.
Y Kagome se lo merecía. Se merecía que se esforzara en dárselo todo.
Sonrió, habiendo tomado la decisión y sintiéndose increíblemente bien con ello. Lejos de la angustia y la ansiedad que creía que sentiría si una mujer lograba atraparlo como Kagome lo había atrapado se sintió de lo más bien.
Se giró hacia Miroku y, echando a un lado sus sentimientos personales, decidió concentrarse en el trabajo. La empresa no se dirigía sola y él tenía a miles de personas que eran su responsabilidad.
Pero cuando la jornada laboral terminara iría a buscar a Kagome y le propondría lo del viaje. Seguramente le costaría convencerla, pero había encontrado un buen método para hacer que dijera que sí a todo lo que él quisiera.
No pudo evitar sonreír perversamente al pensar en ello.
Kagome sonrió a la última clienta de la tienda y le dio su cambio, despidiéndola con una reverencia.
―¡Gracias por su compra!―Se volvió entonces hacia la caja que había abierta a un lado del mostrador y la cogió, llevándola hacia una estantería y empezando a colocar las cosas en su sitio, cosa que había estado haciendo hasta que había entrado la clienta de antes.
El teléfono móvil le vibró en el bolsillo y lo cogió. Su rostro se iluminó como un árbol de navidad cuando vio el mensaje de InuYasha. Lo abrió y lo leyó. Su sonrisa se hizo aún más grande y su corazón comenzó a palpitar con fuerza.
¡Iba a verlo cuando saliera de trabajar! Era muy raro que él pudiera quedar entre semana, salvo que hubiese estado de viaje de negocios y no pudiera esperar para verla. Era tan dulce…
Animada por la perspectiva de quedar con él, llamó a Sōta durante su descanso y le dijo que en cuanto llegara a casa del colegio encargara comida, lo que más le apeteciera, pero que ella no iba a tener tiempo de cocinar. Su hermano no hizo nada más que aceptar, sabiendo que la felicidad de su hermana mayor se debiera probablemente a cierto hombre de pelo plateado y ojos dorados.
Cuando terminó su turno le faltó tiempo para cambiarse y salir como una tromba hacia la parada del autobús, quedando sorprendida al toparse con InuYasha esperándola en la calle, delante de uno de sus elegantes y carísimos coches deportivos.
Él sonrió y abrió los brazos en una muda invitación. Olvidándose de que estaban en plena vía pública, Kagome se lanzó hacia ellos, dejando que la apretara contra su torso duro. Dejó también que la besara con ganas.
―Pensé que nos veríamos después… ―susurró ella cuando se separaron y entraron en el coche. InuYasha le abrochó el cinturón de seguridad y ella suspiró, encantada con todas sus muestras de cariño.
―No podía esperar. ―Le acarició el rostro y se inclinó para besarla una vez más. Frunció el ceño al ver las sombras oscuras bajo sus párpados y su piel blanca aún más pálida de lo que ya era―. Estás cansada. ―Kagome se dejó caer contra el asiento mientras él arrancaba el coche.
―He tenido exámenes… ―InuYasha la miró.
―No me gusta que trabajes―le soltó. Kagome suspiró, conteniendo las ganas de fruncir ella también el ceño. Habían tenido esta conversación docenas de veces antes.
―Pero tengo que trabajar, InuYasha.
―No, no tienes por qué.
―Tengo gastos…
―Que yo puedo pagar por ti.
―Pero yo no quiero que lo hagas. ―InuYasha trató de controlarse, apretando los dientes y el volante. Pero cuando la observó de reojo y se fijó en que cada vez parecía más y más cansada se dijo que ya era suficiente.
―Se acabó―masculló. Detuvo el vehículo bruscamente pegado a la acera. Probablemente le pondrían una multa, pero a la mierda, no tenía problemas en pagarla. Podía permitírselo.
―¿InuYasha?―Se giró a mirarla, enfadado.
―No volverás a trabajar. Lo dejarás mañana mismo… no, mejor ahora. Llama a tu jefe. ―Kagome pestañeó.
―¿Q-
―Llama. Ahora. ―Le tendió su propio teléfono móvil, que Kagome se quedó mirando, como si fuera un alienígena de otro planeta.
―No pienso hacer eso―dijo, controlando el tono de su voz. InuYasha bufó, agitando el teléfono en su mano.
―Sí, lo harás. Estás que te caes. Tienes que estudiar, ocuparte de la casa, de Sōta y de tu madre. Y todo porque no me dejas cuidarte. ―Kagome apretó los labios, formando una fina línea en su rostro. Respiró hondo, tratando de controlarse.
―No tienes que cuidarme. ―InuYasha casi rugió, pero consiguió convertirlo en un gruñido antes de que saliera de su garganta.
―No seas terca, Kagome. Puedo ocuparme de ti, de vosotros. Puedo transferir a tu madre a un buen hospital, donde estaría cuidada las veinticuatro horas del día. También puedo ocuparme de las facturas, incluso de tus estudios y de los de Sōta… tan solo si me dejaras. ―La miró, penetrándola con sus ojos dorados brillando como oro líquido. Se acercó a ella suavizando sus rasgos y el tono de su voz, acariciándole la cara y el pelo con ternura, derritiéndola y derribando sus defensas una a una―. Déjame cuidarte―susurró, con voz ronca, antes de besarla.
Kagome cerró los ojos, tratando de resistirse. No podía dejar que él tumbase su determinación. Lo amaba, sí; se había acostado con él, sí; pero eso no quería decir que se fuera a convertir en su mantenida. Bastante tenía ya con no saber lo que eran como para dejarlo que él se apropiara del último resquicio de voluntad y auto protección que le quedaba.
―No puedo… ―musitó, con las lágrimas picando debajo de sus párpados. InuYasha maldijo. Tenía que encontrar la manera de convencerla. Kagome no podía seguir jugando así con su salud.
Le acarició los brazos, rebuscando a toda velocidad en su mente la forma de acabar con su reticencia.
Y, por fin, la encontró. Era tan sencillo… No es como si no hubiese planeado decírselo, pero lo que él tenía en mente distaba mucho de la situación en la que se encontraban: metidos en un coche parado en medio de una carretera en medio de la ciudad.
Aunque… ¿qué importaba el sitio? Miroku siempre decía que lo importante no era el lugar o incluso el ambiente, sino los sentimientos, el ser totalmente sincero con la persona amada. Al menos, a él le funcionaba con Sango, y las mujeres solían tener todas ese fondo romántico.
Enmarcó su precioso rostro entre sus manos y se lo levantó, obligándola a mirarlo. En cuanto sus ojos marrón chocolate se clavaron en él las palabras salieron de su boca sin que él pudiera hacer algo para evitarlo.
―Te amo. ―Kagome pareció verdaderamente impactada por su torpe declaración. Lo miró, como si lo viera por primera vez, con la boca y los ojos abiertos como platos.
Tardó varios segundos que a InuYasha se le hicieron eternos en procesar dicha frase y, cuando pareció comprender que él parecía hablar en serio, creyó que se quedaba sin respiración y que su corazón se le saldría del pecho en cualquier momento, de lo rápido que este iba.
―T-tú… ¿lo… lo dices… en serio?―InuYasha no supo si reír o enfadarse al ver su expresión de sorpresa.
Acarició sus pómulos y su cuello, poniendo el pulgar sobre el latido de su cuello y sintiéndose dichoso al notarlo tan acelerado como el suyo propio.
―Sí. ―Pasó el pulgar por sus labios en forma de arco, rosados y carnosos, perfectos―. Te amo, Kagome. Y, por si no lo sabías, eres mi novia. ―Aquella afirmación la dejó perpleja.
―¿Tu… t-tu novia?―Estaban siendo demasiadas emociones en un día.
―Sí. ―Las lágrimas acudieron al fin a los ojos de Kagome y se lanzó a abrazarlo por el cuello, estrangulándolo al tiempo que lloraba y reía y lo besaba. InuYasha la sujetó de las caderas, respondiendo a sus muestras de afecto encantado.
―Te amo, te amo, te amo. ―Él sonrió, mirándola a los ojos cuando ella se separó para tomar aire.
―Y yo a ti. ―La volvió a posar en el asiento del copiloto, sintiendo la felicidad burbujear en sus venas. Puso de nuevo el vehículo en marcha―. Por cierto.
―¿Sí?―preguntó Kagome, mirándolo con ojos soñadores.
―Ahora no te quedará más remedio que dejarme cuidarte. Y lo primero es que dejes ese estúpido trabajo. ―Y cuando Kagome iba a protestar él le robó un beso rápido, nublando sus sentidos y dejándola anhelante de más.
Oh, sí, ahora no le quedaría más remedio que dejar que la cuidase.
Empezando por llevarla a vivir con él.
Fin [Declaración]
Ay, pero qué momos que me son. Si es que me los comería, al horno y con patatas.
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Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
