¡YAHOI! Pues na, aquí os vengo a dejar el siguiente. Espero que os guste.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Hora de publicación: 11:35am. Hora peninsular española.


Consolidación de la pareja

Parte 2

[Fascinación]


La vio ir y venir por la enorme cocina de su ático, con un monísimo camisón rosa de tiras y un cuco mandil de gatitos puesto por encima, moviendo sartenes y platos, mientras él se terminaba de abrochar la camisa y se ataba la corbata.

Sonrió enormemente, escuchándola tararear una alegre melodía, sus hábiles y pequeñas manos dando vueltas a una tortilla para que no se le quemase.

A Kaogme le encantaba cocinar. Era un hobby que hasta hacía poco había compartido con su madre. Naomi le había enseñado desde que era bien pequeña, e InuYasha no solo había descubierto que le encantaba, sino que además se le daba de maravilla. Nunca había comido tan bien en su vida como desde que Kagome compartía no solo su casa sino también su cocina. Bueno, más bien la chica se había apropiado de aquel espacio que, hasta que ella no fue a vivir con él, no había sido utilizado nunca jamás. De hecho, a Kagome la había dejado estupefacta ver una cocina tan impoluta como lo estaba la suya.

Y rápidamente había decidido que eso tenía que cambiar. Lo único que a InuYasha le molestaba era que, después de tomarse tanto trabajo cocinando, se empañara también en limpiarla y recogerla, cuando él ya pagaba a personas que hacían ese tipo de cosas por él. Aún seguían trabajando en eso, en que Kagome se acostumbrara a disfrutar de todos los lujos que él (o su dinero, como bien se encargaba ella de recordarle cada dos por tres) podía proporcionarle encantado.

Se sentó en una de las banquetas de la isla de la cocina al tiempo que escuchaba el ruido de unos pies que se arrastraban por el pasillo, antes de que un adormilado Sōta se apareciera en la cocina, aún sin peinar y con cara de no haber pegado ojo en toda la noche.

―Has vuelto a pasarte la noche jugando con tus amigos―acusó Kagome, mirando con ojos entrecerrados para su hermano menor, dejando un plato con un par huevos fritos y un par de cuencos con arroz delante de ellos. Sōta enrojeció, culpable.

―Es que… estábamos en medio de una campaña importante… ―Su hermana frunció el ceño.

―Me parece que me voy a quedar yo con tu portátil. ―Sōta la miró horrorizado.

―¡No puedes hacer eso!

―¡Claro que puedo! ¡Soy tu hermana mayor y aquí mando yo!

―En realidad manda InuYasha-nii. ―Kagome apretó los dientes y lo miró, airada, con las mejillas rojas. InuYasha no sabía decir si de enfado o de vergüenza―. ¿Qué? Es su casa… ―musitó, en un pobre intento por defenderse. InuYasha clavó la mirada en él.

―También es la casa de tu hermana―le dijo, en un tono que dejaba patente lo verdadero de dicha afirmación tan contundente. Kagome no pudo evitar sonrojarse nuevamente, pero esta vez de pura felicidad―. Y estoy totalmente de acuerdo con ella. No puedes pasarte tantas horas jugando a un videojuego. Necesitas dormir. ―Ambos hermanos Higurashi se lo quedaron mirando.

―Fue a hablar el adicto al trabajo. ―Ahora, el sonrojado fue InuYasha.

―Será mejor que me vaya. ―Kagome y Sōta rieron―. Date prisa si quieres que te lleve, niño. ―Se levantó terminándose su café y se acercó a Kagome, tomándola por la cintura y dándole un beso en los labios. Tras ellos, Sōta hizo una mueca―. Te veo luego. ¡Vamos, Sōta!

―Sí, sí. Ya voy. ―El adolescente cogió su mochila y sonrió a su hermana, antes de correr a darle un beso de despedida en la mejilla.

Kagome vio irse a los dos hombres de su vida con un suspiro. Echó un vistazo al reloj y empezó a recoger lo que había usado para preparar el desayuno. Aquel día tenía pensado terminar un trabajo que tenía que entregar la semana que viene, porque así le quedaría tiempo libre de sobra para pasarlo con su novio y con su madre.

Suspiró y sus movimientos se ralentizaron al pensar en su progenitora. Los médicos habían hablado con ella y con InuYasha hacía unos días, confirmándole lo que ya venía sospechando: el estado de salud de Naomi había empeorado, y tan solo le quedaban, según los cálculos de los doctores, un par de meses, como mucho.

Creía haber estado preparada para oír aquellas malas noticias, se había estado mentalizando para ello, pero recibirlas fue un golpe mucho peor de lo que había pensado. Tuvo suerte de que InuYasha estuvo ahí para ella, sosteniéndola mientras ella no podía parar de llorar, de lamentarse y de culparse.

Terminó de lavar los cacharros y se secó las manos en un paño, cogiendo los productos de limpieza para dejar como una patena las placas de inducción, la encimera y la mesa de la isla de la cocina.

Cuando al fin terminó observó satisfecha su trabajo y se quitó el mandil. Lo dejó colgado de la puerta del horno y se dirigió hacia la habitación que, hasta hacía poco, había sido el despacho de InuYasha. Pero la estancia era lo suficientemente grande como para que cupiese una segunda mesa de trabajo, y así lo había mandado InuYasha, dándole así un pequeño rinconcito para que ella pudiera concentrarse cuando tenía que estudiar, buscar información para algún trabajo o para redactar algún documento.

Encendió su nuevo portátil (también regalo de InuYasha, ese hombre pensaba en todo) y su mirada vagó por el cuarto mientras el aparato se encendía. Sus ojos fueron a dar a la mesa de InuYasha, donde reposaban varias carpetas con papeles, algo desordenados. Se fijó en que la papelera que había a un lado yacían varios envases de ramen instantáneo y se le escapó una risita.

Los primeros días de su convivencia junto a InuYasha la había sorprendido sobremanera encontrar no solo la nevera completa y absolutamente vacía, sino también la despensa y los armarios de la alacena. Cuando ella señaló este hecho, InuYasha se había limitado a encogerse de hombros.

―Suelo comer fuera o, si estoy en casa, me traigo ramen.

―¿Ramen?―Había preguntado ella, sin entender.

―Sí, esos envases que se calientan al instante, ya sabes…

―¿Me estás diciendo que te gusta el ramen instantáneo?―InuYasha se sonrojó, repentinamente avergonzado por haber desvelado ese particular gusto que tenía por aquel plato hecho a base de fideos y caldo.

―¡Soy un hombre muy ocupado y no tengo tiempo de aprender a cocinar! ¡Además, el ramen es la mejor comida del mundo! ¡Es rica y nutritiva y no se necesita más que agua caliente y tres minutos de espera para comerlos!―Recordar la defensa tan apasionada que su novio había hecho de su comida favorita la hizo reír de nuevo.

InuYasha podía ser un hombre hecho y derecho, uno de los hombres de negocios más prósperos y ricos del mundo, a la par que poderoso e intimidante tanto para aliados como para competidores. Pero allí, en la intimidad de su hogar, a veces podía ser como un niño.

Le encantaba. Adoraba no solo su gusto por el ramen, sino también sus gruñidos por la mañana, cuando sonaba el despertador que lo obligaba a soltarla del abrazo fuerte en el que la guardaba durante toda la noche, todas las noches; adoraba su costumbre de quitarse el traje nada más llegar a casa para ponerse unos simples pantalones de chándal y una camiseta; adoraba la manera en que cuidaba su apariencia, si que ello le supongo ningún tipo de vergüenza; adoraba la forma en que se preocupaba de que la gente a su cargo no tuviera ningún tipo de problemas, ya fueran empleados de la empresa o las chicas que hacían la limpieza del ático.

Adoraba asimismo el hábito que tenía de hacer ejercicio y, aunque eso él no lo sabía, Sango le había cotilleado que había aumentado las horas de gimnasio desde que se había propuesto conquistarla.

―Teme que te fijes en algún polluelo de tu edad. Piensa que es demasiado viejo para ti o que te irás con alguien más joven si se descuida. ¿Por qué crees que ha dejado que le cambies los hábitos alimenticios? Nunca lo había visto comer tan sano y tan variado como desde que eres tú la que le cocinas. ―Sonrió con inmensa ternura al recordar aquella conversación.

Miroku y Sango eran los mejores amigos de InuYasha y ahora también los suyos. ¿Por qué iban a mentirle? Ambos le habían asegurado múltiples veces que ella contaba con su total aprobación, la de los dos. Y contar con el visto bueno de Sango, según InuYasha, era como haber conseguido bajar la luna del cielo.

Sacudió la cabeza, intentando que el amor y la devoción que sentía por ese hombre no la distrajera más de lo necesario.

Tenía un trabajo que entregar.


InuYasha se despidió de su secretaria y su ayudante y apagó el ordenador. Cogió la chaqueta y se la puso mientras salía del despacho y se dirigía a los ascensores. Una vez en el aparcamiento se metió en su coche y recibió otra llamada. Comprobó la pantalla con el ceño fruncido y se relajó al ver que era el jefe de su equipo de seguridad, que le informó en cuanto contestó de que Sōta había quedado en ir a merendar con su novia, una dulce y encantadora muchacha llamada Hitomi, que les había caído bien tanto a él como a Kagome en cuanto el chico había reunido el valor necesario para presentarla oficialmente como su pareja, aunque según Kagome llevaban juntos desde los once años.

Puso en marcha el motor, sintiendo la felicidad inundarlo al pensar en que, al llegar a su espacioso y lujoso ático en el centro de la ciudad, ya no iba a encontrarlo silencioso y totalmente vacío. Desde que Kagome y Sōta habían ido a vivir con él cada día era distinto, mejor que el anterior.

Ahora, al llegar a casa, lo primero que lo recibía era el olor de la deliciosa comida que Kagome preparaba, así como la música de Sōta o la tele, si es que este estaba en casa. A veces, era la radio, que Kagome sintonizaba en una cadena de música. O su dulce y melodiosa voz, hablando por teléfono con alguna de sus amigas o, a veces, con su madre.

Se negó a deprimirse pensando en Naomi. Era el curso natural de la vida, por mucho que le doliese a Kagome admitirlo. Aún no le habían contado nada a Sōta, pero el niño no era tonto y ya se había dado cuenta de todo, aunque no daba muestras para no preocupar más a su hermana. Su comportamiento en el colegio también había mejorado ostensiblemente tras una amistosa charla que había tenido con él y con Miroku quien, sin ningún tipo de reparo ni contención, le había explicado con sumo detalle lo que le pasaría si de pronto se le daba por seguir quebrantando las reglas.

Recordar aquella conversación aún le provocaba escalofríos. Miroku podía ser tremendamente convincente, por eso era tan buen abogado. Y no le había resultado difícil asustar a un adolescente sensible como Sōta.

Llegó a su casa y casi corrió hacia el ascensor para subir a su piso. Metió las llaves en la puerta y abrió, aspirando con fuerza en cuanto un delicioso olor hizo que las tripas le rugieran y que la boca se le hiciese agua.

Sonaba una canción que estaba de moda últimamente y por eso Kagome no lo oyó entrar. Cerró tras él y se descalzó enseguida, encaminándose a la cocina. Allí vio a su preciosa novia ataviada con unos pantaloncitos cortos y una camiseta suya de la que Kagome se había apropiado y que lo hizo sentir un arrebato de deseo inmediato.

Gruñó cuando sus blancas piernas se movieron al ritmo de la música que sonaba. Se acercó a grandes zancadas hacia ella y la abrazó por detrás, asustándola. Pero no le dio tiempo a gritar, puesto que cubrió sus labios con los suyos y la obligó a abrir la boca para recibir a su lengua, ansiosa de devorarla y sentirla. Kagome gimió y soltó la espátula con la que estaba revolviendo un caldo que estaba preparando en una olla.

Le pasó los brazos por el cuello y se echó hacia atrás, dejando que él la cogiera por las nalgas y la levantara, hasta sentarla sobre la isla de la cocina. Acarició todo su cuerpo hasta colar sus manos bajo la camiseta y acariciar sus senos sobre el sujetador, pasando los pulgares por sus pezones para endurecerlos.

―InuYasha… ―Él gruñó nuevamente, apretándose contra su curvilíneo cuerpo para hacerle sentir su hinchada erección que pugnaba por salir de sus pantalones―. S-Sōta… ―Con otro gruñido, esta vez de impaciencia, la tomó en brazos y atravesó el pasillo con ella hasta la habitación de los dos.

Cerró la puerta con el pie y se acercó a la cama para dejarla caer sobre la misma, colocándose sobre ella sin darle tiempo a reaccionar, tirando desesperado de sus ropas mientras ella hacía lo mismo con su camisa y con la hebilla de su cinturón, ansiosa.

La miró a los ojos antes de volver a besarla mientras sus pieles entraban en contacto, haciéndolo gemir de pura satisfacción masculina.

Y esa era otra cosa que le encantaba de vivir juntos.

Kagome siempre estaba disponible y más que dispuesta a demostrarle cuánto lo amaba y lo necesitaba.

De la misma manera en que él la amaba y la necesitaba a ella.

Fin [Fascinación]


Bueno, pues eso, que ya viven juntos y de momento parece que se entienden muy bien, veremos si la cosa siguie igual de tranquila y bonita xDDD.

¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

¡Muchísimas gracias por el suyo a Silvia! ¡Gracias, de verdad!

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Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.