¡YAHOI! Segunda actualización en un período corto de tiempo. Si es que cuando quiero...

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Hora de publicación: 13:35pm. Hora peninsular española.


Consolidación de la pareja

Parte 3

[Perfección]


Kagome sonrió, viendo a InuYasha ir y venir por la sala, recogiendo las cosas y haciendo un esfuerzo por dejarlo todo mínimamente ordenado.

―Ya… ya lo haré yo…

―No―gruñó él, metiendo unas cuantas revistas bajo la mesa baja del salón―. Ya lo hago yo. Tú descansa. ―Kagome cerró los ojos y suspiró. Sintió que el dolor comenzaba a ahogarla de nuevo y tuvo que arrebujarse en la manta que la tapaba, acurrucándose aún más en el sofá, hasta hacerse casi una bola.

Aún le parecía un sueño, una terrible y horrorosa pesadilla, de la que despertaría en cualquier momento. Aunque, en el fondo, comprendía que no era así.

Hacía una semana que, por fin, tras una extenuante y agónica batalla contra la enfermedad, Naomi Higurashi, su querida y adorada madre, había fallecido. Los médicos le habían asegurado que no había sufrido en ningún momento, que ocurrió mientras dormía, sedada por los medicamentos. Aquello fue un consuelo, aunque escaso.

Desde esa estaba perdida en un limbo, sin saber qué ocurriría a continuación o qué hacer ahora que ya no tenía los sabios consejos de su progenitora para guiarla. Lo único que la aliviaba un poco era el hecho de que su hermano pequeño parecía llevarlo mucho mejor de lo que había esperado en un principio.

Sōta no solo no se había derrumbado, como ella había temido, sino que la había abrazado fuerte cuando se lo contaron, y le había dicho lo que necesitaba oír en ese momento de la otra persona, además de ella, que había conocido a su madre tan bien como solo unos hijos podían hacerlo.

―Ya está, hermana. Ahora ya no sufrirá. Papá cuidará de ella. Están juntos. ―Kagome había sido la que había estallado en llanto, abrazándolo a su vez mientras Sōta dejaba aparcado unos momentos su propio dolor para ser el sostén que su hermana mayor necesitaba.

Entre él e InuYasha no la habían dejado desmoronarse. Tuvo la suerte de que el período de exámenes ya había acabado en la universidad y de que pronto serían las vacaciones, porque así había podido desconectar de todo, tomarse unos días para llorar y pasar así el duelo.

InuYasha se había encargado de todo por ella. Se le saltaron las lágrimas al recordar el funeral, en el templo Higurashi. Amigos y vecinos, entre las que estaban Yuka, Eri y Ayumi, habían ido a presentar sus respetos. También se habían personado Miroku y Sango, para hacerle saber que contaba con su apoyo para lo que necesitase.

E InuYasha… ¡oh, InuYasha había sido un amor! Había dado días libres al personal que normalmente iba a limpiar la casa, dándole así el espacio y el tiempo que necesitaba antes de tener que volver a enfrentarse al mundo. Dormían juntos, pero tampoco la había agobiado pidiéndole que hicieran el amor. Era de lo más cariñoso, amable y considerado, al menos con ella, algo que sabía dejaría boquiabiertos a todos aquellos que lo conocían. Pero solo ella lograba hacer aflorar aquella faceta de su carácter.

Salió de sus pensamientos al verlo acercársele. Se inclinó y le pasó las manos por el pelo, acariciándole los mechones oscuros, ahora sucios y enredados, sin brillo, así como sus mejillas calientes por las lágrimas que todavía le humedecían la piel. Frunció el ceño pero no dijo nada, se limitó a bajar el rostro y a depositar un casto, suave y cariñoso beso en su frente que la hizo temblar y querer sollozar de nuevo. Estaba siendo tan dulce…

―Te prepararé un té y llamaré a esa pastelería que tanto te gusta para que traigan tu tarta favorita. ―Aquello sonaba genial. No pudo evitar abrazarlo y rozar sus labios con los suyos, diciéndole así, con ese simple gesto, lo agradecida que estaba por tenerlo en su vida.

InuYasha la agarró de los hombros, correspondiendo de forma suave a la caricia.

―Te amo―le dijo, con la voz enronquecida de tanto llorar. Él sonrió, con esa sonrisa arrogante que la volvía loca.

―Keh. Lo sé. ―Rozó con los dedos los bordes hinchados y enrojecidos de sus ojos. Lo vio fruncir el ceño y no pudo evitar sonrojarse de vergüenza. Seguro que tenía un aspecto horrible y estaba fea y desaliñada. Dios, era una novia terrible… ―. Te prepararé también un baño. ―Asintió, tragando saliva e intentando así que se le deshiciera el nudo que sentía atascado en la garganta.

Era increíble que él supiera exactamente lo que necesitaba, a todas horas, era como si le leyera la mente.

Dejó la tetera al fuego y desapareció en el pasillo, metiéndose en el baño. Abrió los grifos y respiró hondo varias veces. Las manos le temblaban y sentía la tensión agarrotándole todos los músculos del cuerpo. La muerte de la madre de Kagome lo había afectado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Le había hecho recordar a su propia madre, lo que había ocurrido y lo que había sufrido cuando le comunicaron la noticia de su muerte. Claro que él no había llorado, no había dejado que las lágrimas tomaran el lugar que les correspondía, no. Había canalizado su rabia de manera muy distinta, haciéndoselo pasar mal a todos los que estaban a su alrededor.

Sacudió la cabeza para ahuyentar aquellos recuerdos tan funestos del pasado. Cerró la llave del agua y comprobó que el agua estuviera caliente. Lo menos que podía hacer por la mujer que amaba era cuidarla, tal y como Kagome había hecho tantas veces a lo largo de los maravillosos meses que llevaban juntos.

Su preciosa novia se ocupaba de él, cubriendo siempre sus necesidades y sus deseos. No sabía cómo, pero siempre lograba hacer y decir lo correcto en el momento correcto. Claro que también lo criticaba, haciéndole ver sus defectos y ayudándolo a mejorar, como novio, como persona y como jefe. Y lo mismo hacía él con ella.

Pero ahora le tocaba a él cuidarla y protegerla, aparte de a Sōta, por supuesto. Aunque el niño le dijo que él estaba bien, que la muerte de su madre, aunque lo había entristecido, no lo había afectado tanto como a Kagome.

―Nee-chan te necesita a ti, InuYasha-nii. Estaba muy unida a mamá, lo estará pasando peor que yo. No te preocupes por mí y céntrate en ella. Yo… tengo a Hitomi. Y nee-chan te tiene a ti. Cuídala. ―No hizo falta que se lo repitiera dos veces. Volvió al salón al oír silbar la tetera en la cocina. La apartó del fuego y la dejó sobre una salva mantel encima de la encimera. Se dirigió entonces al sofá y, con todo el cuidado del mundo, pasó los brazos por debajo del cuerpo de Kagome y la levantó en vilo. Kagome suspiró, abrazándolo y hundiendo la cara en su camisa. Temblaba y parecía demasiado frágil y pequeña allí, pegada a su pecho.

―Puedo caminar… ―protestó con voz débil. InuYasha anduvo con ella hasta el baño.

―Deja que te mime un poco. Lo necesitas. Y a mí me gusta hacerlo. ―Kagome no pudo evitar sonreír, con las lágrimas pendiendo de sus negras pestañas. Suspiró nuevamente, mirándolo fijamente a sus hipnotizantes ojos dorados.

―Eres maravilloso. ―InuYasha enrojeció pero no dijo nada. Se limitó a dejarla de pie al lado de la bañera y comenzó a desvestirla, acariciando su piel con cuidado y besando cada trocito de piel que iba dejando a la vista, como diciéndole que él no dejaría que nada malo le pasara. Una vez la tuvo desnuda ignoró las palpitaciones de su entrepierna, que había ido despertando gradualmente a medida que la iba desnudando, y la tomó en brazos por segunda vez, metiéndola despacio en la bañera. Kagome cerró los ojos, suspirando de placer al sentir el agua caliente relajando sus agarrotados músculos. InuYasha se sentó en el borde de la bañera y comenzó a mojarle el pelo con la ducha. Cogió su champú y le enjabonó el pelo, dándole un pequeño masaje en el cuero cabelludo que la hizo gemir de satisfacción.

Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para ignorar sus propios deseos y necesidades. Llevaba demasiado tiempo sin tocar a Kagome como a él le gustaría, pero sabía que no era el momento. Ella necesitaba pasar la etapa de duelo, centrarse en ella misma, en recuperarse. No tenía que ocuparse de nada más. Todos los asuntos legales y demás trivialidades estaban en sus manos y en las de Miroku. Sango se había ofrecido a pasar tiempo con Kagome también, para que él pudiera acudir a la oficina a trabajar si lo necesitaba, pero, aunque agradecido por la sugerencia de su amiga, había declinado muy educadamente el ofrecimiento. Kagome no parecía aún lista para enfrentarse al mundo. Le daría todo el tiempo que necesitaba y solo cuando ella le dijera que podía, de nuevo, levantarse y encararse a los demás, era que él dejaría de preocuparse en exceso.

―Ya… ya puedo seguir yo―le susurró, con un adorable sonrojo tiñendo sus pálidas mejillas. InuYasha le sonrió cálidamente y se acercó para besarla.

―Iré a preparar ese té. ―La dejó metida en la bañera y Kagome lo vio irse. Dios, no podía amar más a ese hombre terco, orgulloso, arrogante pero demasiado cariñoso al mismo tiempo.

En la cocina, InuYasha cogió una taza, de esas especiales para té que Kagome había comprado. Echó unas cuantas cucharadas de un té relajante que Miroku le había traído hacía unos días y lo tapó, dejándolo reposar unos minutos. Luego cogió el teléfono y llamó a la pastelería favorita de Kagome y encargó que le llevaran, cuanto antes, su tarta favorita, de chocolate y nata. La dependienta le aseguró que la tendría en menos de diez minutos en su casa. Siempre tenían una de esas tartas preparadas desde que él había dado la orden de que así fuera, dada la asiduidad que habían adquirido de ir por allí y de ver la cara de desilusión de su chica cada vez que llegaban y no tenían su dulce favorito.

La tarta llegó antes de que Kagome saliera del baño. Cortó un trozo, lo puso en un plato junto con un tenedor y un cuchillo y cogió el té. Lo puso todo en una bandeja junto con un ramillete de lavanda, uno de los olores favoritos de Kagome, y fue a dejarlo todo a la mesita del salón, para que cuando Kagome saliera del cuarto de baño tuviera todo listo. La había visto comer más bien poco, pero sabía que no podría resistirse a un pedazo de su pastel preferido, por muy desolada que estuviese.

Cuando su novia salió, por fin, del baño y fue a la sala, se le volvieron a saltar las lágrimas al ver el detalle tan bonito que InuYasha había tenido para con ella. Fue hacia el sofá y se dejó caer en el mismo, abrazándolo en cuanto tuvo a su alcance.

―Siempre sabes lo que necesito… eres fantástico. Te amo tanto… te amo, te amo, te amo. ―InuYasha sonrió, encantado, dejando que ella lo besara una y otra vez con cada te amo.

―Yo también te amo. ―La agarró por las mejillas, acunando su precioso rostro, y la besó ahora él esta vez―. Come. Tendrás hambre. ―Por primera vez en días, Kagome sintió a su tripa rugir.

Así que cogió el plato con la tarta y cortó un pedacito, llevándoselo a la boca y saboreándolo con un gemido de placer al sentir el sabor dulce del chocolate y la esponjosidad de la nata.

Era perfecto, simplemente perfecto, y todo gracias a InuYasha.

―Estás siendo tan maravilloso… y yo…

―Tú nada―la cortó InuYasha―. Tú siempre tienes estos detalles conmigo, es justo que yo te cuide ahora que lo necesitas. ―Y era cierto. Kagome siempre estaba pendiente de sus necesidades.

Se habían amoldado tremendamente bien, encontrando un equilibrio más que perfecto entre sus personalidades y logrando contagiarse el uno al otro en aquello que sentían que fallaban.

Kagome lo había impregnado de una ternura que ni sabía que podía llegar a tener, mientras que él la había hecho más decidida. Kagome lo había hecho valorar mucho más a las personas a su alrededor, mientras que él le había contagiado parte de su aplomo y estoicismo a la hora de enfrentar situaciones difíciles o bochornosas.

Habían encontrado la perfección en sus imperfecciones.

Y no podía estar más convencido de que la mujer que su corazón había escogida amar era su alma gemela, la persona perfecta para él.

Eran el complemento del otro, y cada día estaba más convencido de que estaban no solo hechos el uno para el otro, sino también de que había sido el destino el que los había juntado.

Fin [Perfección]


Ay, qué tierno, por Dios. Yo también quiero a este InuYasha, tan dulce y atento... ¡si es que me lo comoooooo!

Bueno, espero de corazón que os haya gustado. Así que... ¿me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.