¡YAHOI! Pues aquí, con otro capítulo más.

Este es especial, más que nada porque supone un... punto y aparte en la historia, por así decirlo. A partir del siguiente las cosas ya no serán tan bonitas, aviso. Y el que avisa... no es traidor.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.


Consolidación de la pareja

Parte 4

[Locura]


Se removió, incómodo en aquel sofá, mientras tenía los ojos de su padre y de su medio hermano clavados en él, en él y en Kagome. A Sōta se lo había llevado Myōga, el viejo mayordomo, para que no fuera testigo del encuentro tan violento entre su hermana mayor y la familia de su novio.

InuYasha carraspeó, tratando de desviar la atención de sus dos parientes más cercanos hacia él, para que dejaran de mirar a Kagome como si la estuvieran analizando en profundidad.

―Padre… ―obvió el nombre de su hermano mayor, sabedor de que Sesshōmaru lo miraría fríamente y con desaprobación si lo nombraba. Nunca había gozado de las simpatías del que siempre había sido considerado como el heredero legítimo de la fortuna de los Taisho, por eso él se había labrado su propio camino, lejos de la sombra de su progenitor y de Sesshōmaru―. Esta es Kagome…

―Es muy guapa―dijo al fin el viejo hombre de cabello tan plateado y de ojos tan dorados como los de su hijo menor―. ¿De dónde la has sacado?―InuYasha pareció desconcertado momentáneamente por la luminosa sonrisa que teñía el rostro de su padre.

Era la primera vez en mucho tiempo que veía a Tōga Taisho sonreír tan abiertamente en su presencia.

―Ella… bueno… nos conocimos… ―Miró para su novia, rogándole ayuda con la mirada. Kagome sonrió ampliamente y cogió su mano, dándole así fuerzas.

―Nos conocimos de casualidad, hace unos meses. Lo cierto es que su hijo fue muy insistente. ―InuYasha no pudo evitar enrojecer ante aquellas palabras, puesto que algo de verdad había en ellas.

―¿No es muy joven para ti? ¿Cuántos años tienes?―Y ahí estaba, la razón principal por la que no se llevaba bien con Sesshōmaru.

―¿Te importa, acaso?―soltó InuYasha, en tono agresivo. Tōga suspiró y Kagome le lanzó una de sus miradas de reproche.

―Tengo veintiuno… casi veintidós―contestó con toda naturalidad, no dándole ni una pizca de vergüenza que supieran su edad.

―Le sacas casi diez años.

―No es asunto tuyo.

―Claro que-

―¡Basta!―exclamó el padre de ambos hombres, en tono firme, poniendo fin a la inminente discusión. Sessōmaru rodó los ojos e InuYasha gruñó, disgustado―. Espero sepas disculparlos. Siempre están igual. ―Kagome volvió a exhibir su radiante sonrisa.

―No pasa nada, no se preocupe. Estoy acostumbrada a los arranques de mal genio de su hijo. ―InuYasha masculló una palabrota y Kagome soltó una risita, apretando su mano en un gesto de cariño, indicándole así que estaba de broma.

Los ojos dorados de InuYasha se posaron en ella y consiguió relajarse un tanto. Había llevado a Kagome para que conociera a su familia. Tras varios meses de relación que pronto se convertirían en un año, un maravilloso año, añadió en su mente, creyó prudente ir presentándola de manera formal a su padre, al menos. Sesshōmaru podía irse a tomar viento. No necesitaba de su aprobación. Nunca la había necesitado.

―El niño de antes…

―Es mi hermano―se apresuró a aclarar Kagome―. Sé que tal vez no debería haberlo traído pero… es aún un niño y… me preocupaba dejarlo solo y-

―Solo iba a decir que parece de lo más encantador―interrumpió Tōga, sonriendo ante el nerviosismo de la que, intuía, iba a ser su próxima nuera.

Kagome enrojeció al escuchar las amables palabras del padre de su novio.

―Oh. Sí que lo es―dijo, tras unos segundos de silencio.

―Me gustaría charlar contigo, pero seguro que estás cansada del viaje y querrás refrescarte y descansar antes de la cena. ―Kagome supo que aquello era una forma muy educada y sutil de pedirle que se retirara. Seguramente el hombre mayor querría hablar con sus dos hijos a solas, y no se lo reprochaba. Su visita había supuesto toda una sorpresa, puesto que no habían avisado. InuYasha simplemente le dijo esa mañana que hiciera una pequeña maleta para ella y otra para Sōta y los obligó a montarse en un avión privado, rumbo a quién sabe dónde.

Suspiró, soltándose de su mano y poniéndose en pie.

―Si me disculpan… ―InuYasha frunció el ceño e hizo amago de levantarse él también y seguirla, pero ella negó―. Voy a echarme un rato antes de la cena. Por favor, quédate aquí con tu padre y con tu hermano. Estoy segura de que tendréis mucho de lo que hablar. ―Dicho esto, desapareció del salón, dejando a los tres hombres solos.

―Es lista, además de guapa. Muy espabilada. En serio, ¿de dónde la has sacado?―InuYasha gruñó, volviéndose a mirarlo.

―¿Por qué la has hecho irse así? ¡La has ofendido!―Tōga suspiró y Sesshōmaru alzó las cejas.

―Te presentas aquí, con una completa desconocida y un mocoso que dice ser su hermano y, ¿creías que no íbamos a sospechar?

―Kagome no es una caza fortunas―masculló InuYasha entre dientes, conteniendo las ganas de partirle la cara a su hermano mayor por haber insinuado semejante cosa de Kagome.

―¿Cómo estás tan-

―Sesshōmaru―cortó su padre. El aludido calló pero mantuvo su expresión fría y recelosa―. Estoy muy contento por ti, hijo, se te nota feliz. ―Por primera vez desde que puso un pie en su casa paterna, InuYasha sintió que se relajaba un tanto.

Sí, estaba feliz, Kagome lo hacía feliz.

―Soy feliz―aseguró él―. Kagome me hace feliz―matizó. Tōga sonrió y asintió, mientras que Sesshōmaru rodó los ojos una vez más, levantándose del sofá.

―Si no me necesitas para nada más, padre, tengo asuntos que atender. ―Tōga suspiró, viendo a su hijo mayor salir de la habitación.

―Ojalá tu hermano encontrara a alguien que le hiciera feliz. ―InuYasha no pudo evitar sonreír, burlón.

―El día que Sesshōmaru encuentre a una mujer que lo aguante será el día en que los cerdos vuelen. ―Padre e hijo soltaron una carcajada ante la broma.

―Me extrañó muchísimo cuando Myōga vino corriendo a mi encuentro, excitadísimo, diciendo que habías venido de visita con una bella joven de tu brazo. Es como si todos sus sueños se vieran realizados. ―InuYasha sonrió, recordando la cara de alegría del viejo mayordomo que prácticamente lo había criado―. ¿Por qué has venido? Y sin avisar ni nada, además…

―Necesito… pedirte una cosa. ―Tōga alzó las cejas pero no dijo nada, esperando a que su hijo hablara.

InuYasha tomó aire y le formuló entonces su petición, dejándolo emocionado, patidifuso y al borde de las lágrimas.

Tan solo habría sido mejor si su querida Izayoi estuviera viva para haber vivido aquel momento con él.


―¿Y? ¿Te está gustando la villa de los Taisho?―Ante la pregunta de Sango, Kagome suspiró y dejó su taza de té sobre la mesa. Dirigió su vista hacia el jardín, donde su hermano jugaba con los hijos de su amiga.

―Es… un lugar precioso. Magnífico. ―Sango sonrió.

―¿Pero?

―Es… demasiado… ¿grande? Tiene tantas habitaciones que no sé si algún día lograré orientarme bien. ―Sango soltó una risotada.

―A mí me pasó igual la primera vez que vine con Miroku. Al menos, tú no te confundiste de cuarto. Te aseguro que hacerlo no es nada grato, sobre todo cuando encuentras a sus dos ocupantes en una postura… interesante. ―Kagome la miró, con la boca abierta.

―No…

―Oh, sí. Recuerdo que salí tan rápido y deshaciéndome en tantas disculpas que fue inevitable que todo el mundo se enterara de mi metedura de pata. Miroku e InuYasha estuvieron semanas riéndose a mi costa, aunque ya habrás visto que me lo he cobrado, con creces. ―Kagome rio.

―Ni que lo digas―dijo, recordando alguno de los enfados de Sango para con su novio y su propio marido, Miroku.

―Pero hay algo más, ¿verdad?―Kagome apretó los labios y bajó la vista a sus manos, entrelazadas sobre su regazo.

―Nunca imaginé que… que InuYasha fuera… tan rico. Es decir… sabía que era un multimillonario y tal pero… nunca imaginé…

―¿Qué su fortuna era tanta?―Kagome asintió y Sango suspiró, dejando su taza de té al lado de la de Kagome, sobre la mesa―. A InuYasha no le gusta ir alardeando de su fortuna familiar. Prefiere hacer uso de su propio dinero. Está orgulloso de haberse abierto camino sin la ayuda de su padre y de su hermano y no duda en hacérselo saber a todo el mundo a la menor oportunidad. Odia que lo comparen con el señor Tōga o con Sesshōmaru.

―Y esa es otra: parece que no le caigo bien a Sesshōmaru. Siempre me mira raro, como si esperara a que cometiera un error fatal o algo así.

―Cariño, nadie le cae bien a Sesshōmaru, así que no te agobies por eso. Dudo mucho que se aguante a sí mismo siquiera. ―Las palabras de Sango le sacaron una sonrisa a Kagome.

―Me alegro de que estéis aquí, aunque sea entre tantos invitados. Nunca me habría quedado de saber que el señor Tōga tenía planeado dar una fiesta, solo me convencí cuando InuYasha me dijo que ibais a venir Miroku y tú. No conozco a nadie―murmuró. Sango tuvo que ocultar una sonrisa.

―Bueno, pues ya ves que he venido al rescate. Así que no te preocupes, porque tengo toda una lista de cosas estupendas y entretenidas por hacer. Empezando por el salón de belleza. Verás qué gozada. Nos van a dejar guapas como princesas. ―Kagome sonrió, animada ante la idea de pasar unos días de chicas en compañía de Sango. Seguramente InuYasha tendría que ayudar a su padre a entretener al resto de invitados, y, además, podía tenerlo para ella todas las noches.

No podía ser una acaparadora.


El sol le dio de lleno en la cara cuando alguien descorrió las cortinas de la habitación. Gimió y se giró hacia el otro lado, poniéndose la almohada sobre la cabeza. InuYasha se había levantado muy temprano para hacer una llamada a algún lugar lejano y había salido del cuarto para no molestarla. Ella, acostumbrada a aquello, simplemente se había dado la vuelta para seguir durmiendo, algo que quería seguir haciendo si esa luz no fuera tan brillante…

―¡Arriba, dormilona, hace un día espléndido! ¡Los pájaros cantan, las nubes se levantan…

―Sango―susurró, con la voz ahogada por la mullida almohada que le tapaba la cara.

―¡Vamos, venga, arriba!―Kagome protestó cuando los fuertes y enérgicos brazos de su amiga la destaparon y la obligaron a sentarse en la cama. Gritó con sorpresa cuando sintió una tela suave taparle la vista y ser atada en la parte posterior de su cabeza.

―¡Sango! ¡¿Qué-

―¡Chist! ¡No te la quites! ¡Hoy te tengo una sorpresa, pero tienes que prometer que harás todo lo que yo te diga, empezando por no quitarte esa tela de los ojos!―Kagome frunció el ceño, contrariada.

―Sango…

―¡Confía en mí! ¡Te aseguro que la sorpresa te gustará y merecerá la pena!―Resignada ante la insistencia de la castaña, Kagome se rindió, dejando que la tomara de los brazos y la levantara de la cama. Con mucho cuidado, la fue guiando por toda la casa, bajando las escaleras hasta meterla en una habitación donde, a juzgar por los susurros, había más gente.

―Sango―llamó.

―Tú siéntate aquí y no te muevas. Déjate hacer. ―Kagome notó como alguien le subía los pies y empezaban a frotárselos, poniéndole crema o algo así. Lo mismo hicieron con las manos y el rostro, en cuanto le quitaron la tela de los ojos―. Ah-ah, no puedes abrir los ojos, ¿recuerdas?―Picada, Kagome torció los labios en una mueca.

Estaba empezando a escamarle tanto secretismo, pero confiaba en Sango, así que permitió que la siguieran tratando como una muñequita.

Creyó adivinar que la estaban maquillando y peinando, aunque solo Dios sabía para qué. Cuando la pusieron en pie de nuevo la ayudaron a subirse a una especie de plataforma.

―No te muevas―le dijo Sango, quitándole el camisón de dormir que aún llevaba puesto por la cabeza, con sumo cuidado de no estropear ni el maquillaje ni el peinado. Hizo gestos a un par de doncellas de la casa que había a su lado y estas enseguida entendieron, saliendo de la habitación y volviendo a la carrera, cargando entre las dos una enorme bolsa de ropa.

Sango la colgó de un perchero y la abrió. Kagome frunció el ceño ante el sonido de la cremallera y Sango no pudo evitar soltar una risita, mientras era ayudada por las mismas doncellas de antes a transportar la preciosa carga que había encerrada en la bolsa de ropa y se la pasaba por encima a su amiga.

―¿Me estás vistiendo? Sango, esto ya es pa-

―Chist. Te digo que te va a gustar. ―Kagome suspiró, metiendo los brazos por donde Sango le indicó. Sintió una tela ligera y suave ceñirse a su cuerpo, al tiempo que una vaporosa falda cubría sus piernas.

Con la mandíbula tensa, se dejó hacer unos minutos más, antes de que Sango la ayudase a bajar de aquella plataforma. Le puso algo en las manos que despedía un olor fragante que la hizo aspirar hondo. ¿Flores? ¿Le había dado un ramo de flores? Caminó hasta que su amiga le dijo que parara y entonces le soltó los brazos.

―Vale, ya puedes mirar. ―¡Por fin! Kagome abrió los ojos y la imagen que le devolvió el espejo de cuerpo entero que tenía delante fue la de otra persona.

No era ella misma, no podía ser… ella.

Iba maquillada de forma bellísima, con el cabello espeso negro azabache recogido en una trenza adornada con margaritas frescas recién cortadas. La trenza estaba, además, sujeta en la parte posterior de su cabeza en un apretado moño que la hacía ver más madura de lo que en realidad aparentaba normalmente.

Se miró entonces el vestido: blanco, vaporoso, de mangas largas y escote recto, con una larga cola. Se le humedecieron los ojos sin que pudiera evitarlo y alguien se apresuró a enjugarle las lágrimas, para que así no se le estropease el maquillaje.

Era el vestido de novia de sus sueños… lo había contemplado tantas y tantas veces en el escaparate de una de las tiendas más caras y exclusivas de la ciudad…

Se miró entonces el ramo que tenía en las manos: en forma de cascada, hecho a base de orquídeas y flores blancas.

―Y el toque final… ―Sango se acercó por detrás, ataviada con un precioso vestido en un tono rosa muy suave de manga corta y escote barco, muy elegante. Le puso un velo de encaje que sujetó a su pelo con una tiara de diamantes que encajó en el moño trenzado que llevaba en el cabello.

―Sango…

―Perteneció a la madre de InuYasha. La liga es azul y los pendientes son míos. Así llevas algo nuevo, algo prestado, algo viejo y algo azul. ―Kagome sintió su corazón martillear con fuerza en su pecho.

―Sango…

―Vamos, ven. Todos esperan. ―Su amiga la guio hasta el enorme vestíbulo de la casa, donde vio a su hermano pequeño erguido en toda su altura, vestido con un esmoquin que le sentaba realmente bien y que lo hacía ver más mayor.

―Sōta… ―El muchacho sonrió ampliamente al ver aparecer a su hermana.

―Estás muy guapa, nee-chan. InuYasha-nii se caerá de espaldas cuando te vea. ―Le tomó la temblorosa mano y la enganchó con delicadeza en su brazo.

―No… no entiendo… ¿qué…

―Es tu boda, Kagome. Disfrútala. ―Entonces, las puertas se abrieron y dieron paso a un montón de invitados de pie ante numerosas sillas. Una marcha nupcial empezó a sonar en todo el jardín y Sōta echó a andar, con ella del brazo temblando visiblemente.

Al final del pasillo de verde césped, vio a InuYasha, guapísimo en un esmoquin negro. Parecía tan o incluso más nervioso que ella. Quiso llorar, debatiéndose entre cogerse el cabreo de su vida con él por haberle hecho aquello sin su consentimiento o correr hacia su estúpido y romántico novio para comérselo a besos.

Cuando llegó a su altura, Sōta lo miró serio, e InuYasha le devolvió la misma mirada grave.

―Cuidala.

―Lo haré.

―InuYasha… ―Él se volvió hacia ella y le tomó las manos. Le alivió ver que él también temblaba. Le apretó las manos y le sonrió de forma insegura. Vacilante, metió una mano en uno de los bolsillos de su pantalón y sacó una cajita que abrió con un dedo, mostrándosela. En su interior aguardaba el anillo más hermoso que hubiese visto nunca: de oro blanco, con una circonita cúbica engarzada en lo alto―. ¿Qué… qué locura es-

―Kagome―la interrumpió él, antes de que ella dijera nada más―. Desde el momento en que te vi, me enamoré de ti. Supe que te quería para mí y que te querría siempre, aun si es suena egoísta. Pero soy egoísta, mucho, ya lo sabes, y por eso no puedo evitar por más tiempo las ganas de que seas oficialmente mía. ―La miró fijamente a los ojos y ella se perdió en aquellas lagunas doradas que la observaban con todo el amor que ese hombre sentía hacia ella―. Por eso hoy… aquí, ahora, en este momento, te pido… humildemente… que me dejes hacerte mi esposa. ―Sus palabras lo hicieron enrojecer, pero no apartó la vista de Kagome, quien estaba atónita, incrédula. Pasaron varios minutos, angustiosos minutos, antes de que ella chillara.

―¡POR DIOS, SÍ! ¡SÍ QUIERO! ¡¿A QUÉ ESPERAS?! ¡PONME ESE ANILLO!―Ante las risas de los asistentes, InuYasha tomó su mano y deslizó el anillo en su dedo anular. Kagome lo contempló, maravillada, embobada. Aquella piedra tenía el mismo tono que los ojos de InuYasha cuando le daba el sol, tal vez por eso él lo había escogido.

Se volvió entonces hacia el sacerdote que esperaba, sonriente, para dar comienzo a aquella ceremonia en la que uniría irremediablemente y para siempre su vida a la del hombre al que amaba con todo su corazón.

Si cabe, ahora más que nunca.

Con locura y por siempre jamás.

Fin [Locura]


Pues lo que muchos estabais esperando: la boda. Espero que os haya gustado, y pido perdón si veis algún error ortográfico y demás, pero es que lo escribí en apenas unas horas, está recién salidito del horno. Lo que hacen las oleadas de inspiración...

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Un review equivale a una sonrisa.

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Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.