¡YAHOI! Pues nada, aquí os traigo el siguiente capítulo de esta historia que, en principio, no iba a tardar tanto en terminar. Pero se me está resistiendo, la muy jodía.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

¡Espero que os guste!


Desilusión

Parte 2

[Quiebre]


Después de aquella romántica y posteriormente apasionada velada, Kagome había creído firmemente que las cosas solo podían mejorar, que nada más podría interponerse entre InuYasha y ella, ni en el amor que sentían el uno por el otro.

¡Qué equivocada estaba! Pensó, mientras salía de la ducha y se envolvía en un suave y mullido albornoz. Se calzó sus pantuflas de baño y, arrastrando los pies, se plantó delante del espejo que había sobre el impresionante lavabo de dos senos. Con gesto cansado, apoyó las manos en el frío mármol blanco sintiendo un escalofrío al hacerlo. La superficie transparente frente a ella le devolvió la imagen de una chica joven que parecía estar siendo maltratada cruel y vilmente por la vida.

Estaba demacrada, delgada, las ojeras le llegaban casi hasta la nariz y sus ojos no podían estar más rojos e hinchados, a pesar de haberse pasado casi una hora bajo el chorro caliente de la ducha, esperando que el calor del agua penetrara su piel y calentara su alma y su dañado corazón.

Las cosas no habían hecho más que ir de mal en peor.

Sí, habían empezado a compartir más cosas. Kagome había dejado a un lado sus inseguridades y sus miedos y había empezado a comportarse como lo que se esperaba de la esposa de un multimillonario tan importante como lo era InuYasha Taisho. Se arreglaba más, se gastaba verdaderas fortunas en ropa, en maquillaje, en tratamientos de belleza y de peluquería. Incluso se había apuntado a un exclusivo gimnasio y tenía un entrenador personal a su servicio cada vez que lo requiriera.

También había empezado a seguir una dieta estricta, para no engordar y conseguir así esa figura ideal de la que el resto de mujeres de los círculos en los que se movía su esposo gozaban. La primera vez que lo acompañó a una cena de gala tras su última discusión las mujeres la habían mirado con desprecio y la habían atacado con todo el veneno que guardaban dentro de sí. Claro que todo había sido muy educado y muy civilizado, nada de gritos, de rubores indignados que se apoderaban de tu rostro ni de peleas de gatas, que era a lo que ella estaba acostumbrada y en lo que sabía defenderse.

Creía que estaba haciendo lo correcto, lo que se esperaba de ella, lo que todo el mundo quería que hiciera.

Entonces, ¿por qué, de repente, InuYasha la miraba como si no la conociera? ¿Por qué ya no la besaba, la abrazaba, la acariciaba, le hacía el amor con el abandono y la pasión a la que había llegado a acostumbrarse? ¿Por qué ya no quería que fuera con él a esos eventos importantes por los que antes discutían?

Unos golpes en la puerta del baño la hicieron dar un respingo. Cerró los ojos, respiró hondo y tomó una toalla pequeña, para envolverse el cabello con ella y así no ir goteando por el carísimo parqué de la casa.

Abrió y se encontró a su hermano pequeño ante ella, con el ceño fruncido y la postura rígida. A pesar de que Sōta era menor, ya le sacaba casi una cabeza, por lo que tuvo que elevar el rostro para poder mirarlo a los ojos, forzando una sonrisa.

―Sōta, ¿ocurre algo?―El adolescente la miró de arriba abajo, sin deshacer en ningún momento su expresión ceñuda; es más, Kagome creyó que esta se acentuaba, haciéndolo parecer mayor de lo que en realidad era.

―Llevas una eternidad ahí dentro. ―Kagome pestañeó.

―Bueno, una mujer tiene que tomarse su-

―¿Por qué? Antes no te preocupaban estas cosas. Antes simplemente las disfrutabas. ―El que su hermanito, el niño al que había cuidado y criado desde que era un bebé, se pusiera a hablarle de sopetón de rituales de belleza femeninos le chocó.

―Ahora me gusta estar guapa-

―Tú ya eres guapa, nee-chan. ―Kagome pestañeó de nuevo.

Intuyendo que ahí estaba ocurriendo algo de lo que no tenía ni la más remota idea, decidió salir del baño e ir a sentarse a la cama, un lugar cómodo y una atmósfera más relajada eran mejor que aquella tensión que parecía estar consumiendo a su hermano.

Sōta se echó a un lado para dejarla pasar y luego fue a sentarse a su lado, en cuánto Kagome palmeó el colchón, indicándole así que la acompañara sobre el enorme y confortable mueble.

―Sōta… ¿qué es lo que te ocurre?―El chico volvió a fruncir el ceño, mirándola ahora de manera acusadora.

―¿A mí? ¿Preguntas que qué me ocurre a mí? ¡Es a ti a la que te pasa algo! ¡Estás muy rara últimamente!―Kagome parpadeó de nuevo, no entendiendo nada―. ¡Antes te importaba un comino lo que llevaras puesto y ahora te pasas horas y horas eligiendo ropa y maquillándote! ¡Antes te importaba una mierda mantener la línea y ahora apenas comes! ¡Antes no ibas al gimnasio porque decías que era una pérdida de tiempo y ahora te pasas allí casi las veinticuatro horas del día!―Sōta paró para tomar aire y Kagome aprovechó para tomar la palabra.

―Las personas, cambian, Sōta. Ahora… ahora me gusta más arreglarme, y me encanta mirarme al espejo y verme guapa. ―Y sofisticada. Y elegante. Y la perfecta y amante esposa.

―Ya eres guapa―insistió Sōta. Kagome sonrió. Ah, la inocencia de los niños. Qué bella era.

―Sé que a tus ojos sí, pero…

―No solo yo. InuYasha-nii-chan también dice que eres preciosa. Y solo nuestra opinión debería importarte. ―Kagome se mordió el labio inferior y desvió la vista. No quería revelarle a su hermano la cruda y amarga verdad: que su marido ya no parecía amarla, ya no parecía desearla. Ni siquiera parecía poder soportar un minuto seguido en su compañía.

El timbre del teléfono fijo sonó en ese momento, evitándole tener que seguir con aquella discusión que no parecía que fuera a llevarlos a ningún sitio. Se levantó y anduvo hasta la mesilla de noche, tomando el aparato inalámbrico que descansaba allí.

―¿Diga?

―¿Cómo está mi nuera favorita?―Kagome sonrió, algo triste, al escuchar el entusiasmo en la voz del que era su suegro.

Tōga no solo la había aceptado como un miembro de pleno derecho dentro de su pequeña familia, sino que, además, le había dicho que la quería como a una hija, la hija que nunca había tenido.

―Señor Tōga… ―Algo en su voz debió de alertarlo, porque enseguida adoptó un tono serio.

―Querida, ¿ocurre algo malo? ¿Te cojo en mal momento?―Kagome respiró hondo y trató de que la voz no le temblara cuando contestó.

―No, no, es solo que me sorprendió su llamada. Disculpe. ―Su interlocutor no pareció nada convencido, porque aún tardó varios minutos en volver a hablar.

―¿Estás segura? Llamaba para avisaros con antelación de una pequeña fiesta que voy a dar el mes que viene, y como mi hijo siempre parece estar tan ocupado… ―Kagome cerró los ojos y se frotó el cuello, intentando deshacer el nudo de tensión que se le había formado en las cervicales.

―Se lo comentaré en cuanto regrese.

―Te lo agradezco, querida. Seguro que a ti te hará caso. ―Kagome se abstuvo de decirle que lo dudaba mucho, que su hijo apenas la miraba en los últimos tiempos.

―Claro que sí, señor Tōga. Yo lo convenzo. No se preocupe―aseguró, sonriendo falsamente a pesar de que el Taisho mayor no podía verla.

Se despidió de él y, cuando se volvió, se llevó un tremendo susto al encontrarse conque Sōta seguía allí, en su cuarto, mirándola con sus penetrantes ojos marrones.

―Estáis echándolo todo a perder―le dijo, con la voz grave y clara de un hombre hecho y derecho―. Tanto tú como InuYasha-nii. Sois unos gilipollas. Los dos―sentenció, antes de salir de la habitación matrimonial dando un sonoro portazo.

Kagome se quedó tan sorprendida por el arrebato de su dulce y nada temperamental hermano que tardó varios segundos en reaccionar.

―¡SŌTA HIGURASHI! ¡VUELVE AQUÍ AHORA MISMO, JOVENCITO! ¡¿QUÉ FORMA ES ESA DE HABLARLE A TU HERMANA MAYOR?!


Tras mucho debatirse, metió la llave en la cerradura y le dio la vuelta, abriendo la puerta y entrando por fin al que, hasta hacía muy poco, consideraba su hogar. Asomó la cabeza con cautela, escudriñando el interior con atención.

Respiró aliviado cuando vio a Kagome sentada cómodamente en el sofá, con la televisión puesta y comiéndose lo que parecía ser un bocadillo de algo. Cerró con cuidado para no alertarla de su presencia y se deshizo silenciosamente de los zapatos, preguntándose cómo enfrentarla.

Secretamente, había esperado que estuviese ya durmiendo a estas horas, para así no tener que ver su rostro demacrado y su cuerpo cada vez más esquelético. Ni tampoco con aquellos camisones transparentes que dejaban poco o nada a la imaginación. No es que no le gustaran, pero no era típico de Kagome ponérselos por sistema. Ella era más bien tímida, y a él le encantaba, porque eso quería decir que no era una caza fortunas ni una pelandrusca buscavidas, sino una chica que lo amaba por ser él y no por el tamaño de su cartera.

Sacudió la cabeza y respiró hondo, tomando valor para acercarse a ella y saludarla. Kagome levantó la vista en cuanto sintió su presencia y se lo quedó mirando, con la misma cautela con la que él la estaba observando a ella. Una cautela que últimamente primaba en todos y cada uno de sus movimientos.

―Creí que estarías durmiendo ya. Es muy tarde―dijo, con un tono quizá más bruscamente del que pretendía. Kagome desvió la vista un momento para luego volver a fijarla en él.

―Tenía que hablar contigo de algo… ―Esperándose lo peor, InuYasha se puso en guardia. ¿Qué le iba a pedir? ¿Más dinero para esa ropa que no pegaba nada con ella? ¿Que le pagara un nuevo tratamiento de belleza que no haría más que estropear su suave y blanca piel? ¿Qué estaba interesada en adquirir un nuevo set de maquillaje exclusivo el cual no le hacía falta ninguna porque ya era perfecta, aunque ella no fuera capaz de creérselo?

―¿De qué?―se atrevió a preguntar, intentando disimular el temor en su voz.

Kagome se aclaró la garganta antes de responder.

―Hoy llamó tu padre. ―InuYasha relajó un tanto la tensión de sus hombros―. Al parecer, va a dar una pequeña fiesta el mes que viene y nos ha invitado. Le dije que te convencería de asistir. ―InuYasha cerró los ojos y maldijo.

Llevaba semanas eludiendo las llamadas y los mensajes de su progenitor. No quería ir a esa maldita fiesta. No cuando su matrimonio hacía aguas y estaba intentando con todas sus fuerzas que no siguiera por ese camino. No cuando estaba buscando desesperadamente un modo de hacerle entender a su mujer que dejara de comportarse como una de esas mujeres a las que antes solía frecuentar pero que ahora tan solo le causaban repugnancia.

Kagome valía más que todas ellas. Pero no tenía ni pajolera idea de cómo hacérselo entender.

―No creo que sea necesario que vayamos. ―Kagome frunció el ceño. Parecía molesta, e InuYasha temió preguntarse el porqué.

―Le prometí que te convencería, InuYasha. Vamos. Es tu padre.

―Mi presencia no es tan importante. Tan solo será una pequeña fiesta para los empresarios con los que mi padre solía relacionarse y que están todos jubilados. Será muy aburrido y la mayoría de los invitados nos doblarán o triplicarán la edad, en tu caso. ―Kagome acentuó su ceño fruncido.

―¿Me estás llamando niña?―InuYasha suspiró.

―No, Kagome, claro que no. Simplemente estoy diciendo que no creo que debamos ir. ―Al menos no en esos momentos, en que deberían centrarse en ellos y no en una estúpida fiesta.

―Venga, seguro que lo pasaremos bien. ―Ante su insistencia, InuYasha entrecerró los ojos en su dirección.

―¿A qué viene ese repentino interés en asistir? Antes solías odiar esas fiestas, y ahora no haces más que pedirme que te lleve a todas y cada una de ellas. ―Kagome parpadeó. Le había parecido notar un deje de acusación y de enfado en el tono de su marido.

Sacudió la cabeza. Seguramente estaba siendo paranoica.

―Tu padre me lo ha pedido, nos lo ha pedido. ¿Qué nos cuesta ir a pasar unos días con él y con sus invitados?―InuYasha se la quedó mirando, fijamente, durante varios minutos, haciéndola sentir incómoda.

Finalmente, el hombre decidió darse la vuelta y empezar a caminar hacia el pasillo, directo a su despacho.

―Como quieras. Pide cita para peinarte y esas cosas. Supongo que estarás deseando lucirte ante un montón de viejos septuagenarios. ―Kagome abrió los ojos como platos, sorprendida ante aquellas duras y amargas palabras procedentes del hombre al que amaba.

Se puso en pie de un salto, con las mejillas rojas, abriendo la boca con intención de replicarle y discutir, de hacerle entender que no hacía todos esos rituales de belleza femenina por gusto, sino por él; se esforzaba cada día para poder estar a su altura…

Pero InuYasha fue más rápido, internándose en la oficina que tenían en casa y que ambos compartían, cerrando la puerta de un portazo tras él.

Kagome pestañeó, intentando que las lágrimas que se habían acumulado en sus ojos castaños no rodaran por sus mejillas.

Tal vez… debería rendirse, pensó, con tristeza, mientras apagaba la televisión y recogía el plato y el vaso que había usado.

Tal vez, se dijo, no era suficiente con esforzarse.

Tal vez no era suficiente con poner toda su ilusión y sus esperanzas en su matrimonio.

Tal vez, ella no era la mujer adecuada para un hombre tan atractivo y bueno como InuYasha.

Fin [Quiebre]


Ay, que los problemas no habían hecho más que empezar. ¿Creéis que conseguirán resolverlo o, como piensa Kagome, esto ya no tiene solución?

(Y si a estas alturas de mi andadura como escritora no sabéis la respuesta a la pregunta, es que no me conocéis xD).

¿Me dejáis un precioso review contándome vuestras teorías? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.