¡YAHOI! Aquí os tengo ya el siguiente capítulo.

Siento haber tardado. Llevo queriendo publicarlo desde hace dos semanas, pero entre unas cosas y otras y las de más allá pues no encontraba el momento ni para terminarlo ni para subirlo. Y lo estoy subiendo a contrarreloj, porque ahora tendré que llamar para salir y las ganas que tengo... *suspira*.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.


Desilusión

Parte 3

[Crisis]


El trayecto en avión fue silencioso y lleno de tensión. En un momento dado, Kagome tuvo que hacer uso de la tan manida excusa de "Me duele la cabeza" para ir a esconderse al único cuarto del vehículo aéreo, cerrando la puerta con pestillo tras ella.

Cuando aterrizaron, fue la azafata la que la avisó; InuYasha, al parecer, había decidido evadirla y ya había bajado del avión. La estaba esperando en el interior de uno de los tantos coches caros y lujosos que guardaba en el garaje de la casa familiar de los Taisho, porque en la ciudad él no tenía dónde tenerlos.

Igual de callado fue el viaje por carretera hasta la casa de su suegro. Kagome intentó por todos los medios distraerse mirando el paisaje por las ventanillas, mientras InuYasha tecleaba mensajes como un loco en su teléfono, contestando alguna que otra llamada por el medio.

Cuando al fin llegaron a su destino Kagome casi llora de puro alivio. Abrió la puerta de un empujón y casi saltó del coche, con los ojos quemando por culpa de las lágrimas que no se permitía ni se permitiría derramar jamás. Ya había llorado demasiado.

―¡Kagome, cielo!

―¡Señor Tōga!―Se lanzó a los brazos abiertos del padre de su marido, aliviada de que alguien le diera el cariño que tanto necesitaba en esos momentos.

El hombre mayor la separó un poco de sí y la observó con detenimiento, para luego ponerle las manos en el rostro y acariciarle las mejillas como si de una niña pequeña se tratara.

―Cariño, ¿ocurre algo malo? ¿Está todo bien?―Kagome tuvo que parpadear para evitar que las lágrimas rodaran libres por su rostro. Había tanta ternura en ese hombre al que había llegado a querer como a un padre que quiso morirse.

Forzó su mejor sonrisa. No quería preocuparlo innecesariamente. Era un bache, una mala racha. Nada más. Estaba segura de que todo se arreglaría pronto.

―Estoy bien, todo está bien. No se preocupe. Cuénteme, ¿qué tiene pensado para la fiesta?

Tras ellos, con rabia y las manos metidas en los bolsillos, InuYasha observaba con los puños apretados y la mandíbula tensa cómo su mujer se cogía con total confianza y familiaridad del brazo de su padre y lo guiaba por las escaleras de la entrada hacia el interior de la enorme casa.

Estaba evadiéndolo, evitándolo. Maldijo por lo bajo; reconocía que él tampoco había hecho nada para dar el primer paso, para acercarse nuevamente a ella, pero es que le carcomía por dentro todo lo que estaba pasando.

¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no podían, simplemente, volver a esos maravillosos días del principio de su relación? Cuando se sonreían, cuando se llamaban casi cada hora tan solo porque no podían estar sin escuchar la voz del otro durante demasiado tiempo, cuando no era capaz de quitarle las manos de encima cuando se veían, ansioso por tocar su piel, por sentirla, por saberla suya.

―¿Adónde llevo las maletas, señor?―Pestañeó, volviéndose, solo para ver a su chófer jadeando, sosteniendo apenas varias maletas enormes.

Torció los labios y miró con odio para todas esas maletas. Estuvo tentado a coger y tirarlas todas por el barranco más cercano. Conocía unos cuantos que le servirían muy bien a su propósito de hacer desaparecer todas aquellas cosas que, en su opinión, eran del todo innecesarias.

Pero Kagome no se lo perdonaría si lo hiciera. Así que hizo de tripas corazón y contestó, con voz monótona:

―Dáselas a alguien del personal de la casa y ya se encargarán de hacerlas llegar a nuestra habitación. ―El hombre asintió y se apresuró a cumplir con el encargo.

Sintiéndose peor que nunca antes en su vida, InuYasha subió pesadamente los peldaños hacia la casa en la que había pasado toda su infancia y adolescencia, sintiendo su enormidad y la frialdad de pulcro mármol calarle hasta los huesos.

Estaba pensando en refugiarse en la antigua salita de lectura que había sido casi del uso exclusivo de su madre mientras vivía cuando sintió un apretón en su hombro y se giró, descubriendo el rostro serio y adusto de su padre.

―Tenemos que hablar. ―Con desgana, InuYasha lo siguió hasta el despacho.

Tōga cerró la puerta con cuidado tras de sí, para luego dirigirse hacia un carrito en el que se exponían varias bebidas. Se sirvió un chorro generoso del mejor de sus whiskys y sirvió un segundo vaso, que tendió a su hijo. Con algo de renuencia, InuYasha lo cogió. No solía beber, pero en esos momentos el olvido momentáneo del alcohol le parecía de lo más seductor.

Creyó que su padre querría hablarle de algo relativo a negocios, pedirle su consejo o su opinión sobre algún tema en concreto, lo que no se esperó fue el ataque directo que él le lanzó:

―¿Qué es lo que pasa entre Kagome y tú?―Atontado, InuYasha tuvo que dar un violento trago, quemándose la garganta en el proceso. Su padre esperó pacientemente a que le pasara el arrebato de orgullo infantil.

―¿Qué te hace pensar que pasa algo?―El hombre mayor tuvo que cerrar los ojos, buscando paciencia. Cuando los volvió a abrir, los clavó en su hijo, haciendo que este se removiera, incómodo.

―Soy viejo, InuYasha, no estúpido. Algo ocurre o ha ocurrido entre Kagome y tú, y que se congele el infierno si no voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que lo solucionéis. Es la primera vez en toda tu vida que te veo feliz y enamorado. Kagome es perfecta para ti, es tu alma gemela y tú lo sabes, ella lo sabe, todos lo sabemos. ¡Solo los dioses saben todo lo que he rezado para que tanto tú como Sesshōmaru encontrarías a la mujer adecuada! ¡Y juro por lo más sagrado que no pienso dejaros salir de esta casa sin que hayáis hablado y resuelto vuestras diferencias!―Tras el extenso discurso, Tōga tuvo que detenerse y respirar hondo, tomando aire.

Su pecho subió y bajó a un ritmo rápido en varias ocasiones; InuYasha no pudo menos que ruborizarse, sintiendo que volvía a tener diez años y que su padre acababa de echarle una reprimenda por haber estado jugando dentro de casa a la pelota a pesar de sus reiteradas advertencias de no hacerlo.

―No creo que las vicisitudes de mi matrimonio te-

―¡A la mierda con eso! ¡Eres mi hijo y Kagome es como una hija para mí! ¡Así que ya estás contándome qué coño os pasa! ¡A los dos!―InuYasha pegó un respingo al escuchar a su padre soltar tremenda palabrota. Sin duda, la edad lo estaba afectando.

Con cansancio, suspiró y se dejó caer en uno de los confortables sillones que había en la habitación. Con gran elegancia, su padre hizo lo mismo en uno que estaba enfrentaba, inclinándose hacia delante mientras daba golpecitos con el dedo índice sobre su rodilla mientras sujetaba contra la otra el vaso de whisky aún medio lleno.

―¿Por qué… por qué mamá se suicidó?―Ante la pregunta, su padre apretó el agarre en su vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

No había esperado la pregunta, pero tal vez, la respuesta ayudara a su vástago menor a resolver lo que quiera que amenazaba su feliz matrimonio.

―Tu madre… tuvo que lidiar con muchas cosas cuando empezó nuestra… relación. Sabes en gran parte cómo fue. ―InuYasha asintió, frunciendo la boca en una mueca de desagrado―. No empezamos con buen pie, primero la hice mi amante y luego… cuando nos enteramos de que te esperábamos, todo fue cuesta abajo. Yo quería casarme con ella, pero la familia de tu madre puso el grito en el cielo por haber mantenido un idilio sin estar casada todavía. Eran muy tradicionales. Aun así, mi Izayoi decidió igualmente venirse a vivir conmigo. ―Paró para tomar aire, sumido en sus recuerdos. Cogió aire para continuar―. Pero, a pesar de todo, tu madre no estaba preparada para lo que suponía vivir conmigo, ser la "querida" de un multimillonario. Empezó a sumirse cada vez en sí misma, dejó de sonreír, se pasaba horas y horas maquillándose, acicalándose, comprando vestidos y yendo a salones de belleza y peluquerías. Yo… me avergüenza decirlo, pero no supe ver las señales, no cuando ya era demasiado tarde.

―Papá… ―Tōga lo calló levantando una mano. Necesitaba contárselo, sacárselo de dentro.

―Intenté que buscara ayuda, pero ya sabes que el primer paso para curarse de algún mal es admitir que estás mal, y tu madre lo negó hasta la saciedad, hasta que, en uno de sus arrebatos de compra, casi te pierde. ―InuYasha lo recordaba bien a pesar de que aún era pequeño: un tipo había intentado secuestrarlo en el centro comercial y su madre, sumida como estaba en un frenesí de compras compulsivas, ni siquiera se había dado cuenta.

Afortunadamente, uno de los guardias de seguridad se había percatado de lo que ocurría, y no había quedado más que en un susto y una anécdota.

―Solo entonces Izayoi admitió tener un problema. Y la cosa era grave: depresión, problemas de autoestima, adicción a ciertas sustancias… Lo gracioso es que tu madre pensaba que todo lo que estaba haciendo era por su bien y por el mío, por el de nuestro matrimonio. No entendió nunca que solo me hacíais falta vosotros para ser feliz. El psicólogo nos advirtió que el camino hacia la recuperación iba a ser lento y duro, muy duro, porque implicaba hablar de nosotros mismos. A mí no me habían educado para abrirme a los demás y a tu madre tampoco. Fue una bomba de relojería lo que puse en marcha. Y solo fue cuestión de tiempo que esta explotara. Llegó un punto en que Izayoi no lo soportó y el resto, ya lo sabes: la encontraron metida en su coche con las ventanillas cerradas y el motor en marcha… Al menos, según el forense, no sufrió, porque se había tomado un cóctel de pastillas que la dejó noqueada. ―InuYasha apreció como el labio inferior de su padre temblaba, y cómo sus ojos dorados se apagaban.

En un impulso, se levantó y fue hacia él, abrazándolo.

―No fue culpa tuya―susurró.

―A veces me parece que sí. Al menos, no te llevó con ella… ―Le devolvió el abrazo y estuvieron padre e hijo un rato así, consolándose mutuamente.

―No fue culpa tuya, papá―repitió InuYasha separándose de él y sentándose nuevamente en el sillón.

―En realidad sí. Si hubiera actuado antes… ―Miró para su hijo y le sonrió, inclinándose hacia delante con los dedos de las manos entrelazados―. InuYasha, si algo así está ocurriendo con Kagome… no te alejes, no le eches toda la culpa a ella. Yo tuve mi parte de culpa en lo que le ocurrió a tu madre, no intentes convencerme de lo contrario. Debería haberme implicado más, debería haber esta más aquí, en casa, con vosotros, en lugar de pasarme el día trabajando. Debería haber hecho un montón de cosas que no hice, y ya conocemos los dos cómo acabaron las cosas. ―Se levantó, dejando el vaso sobre una mesita auxiliar que tenía al lado―. Habla con ella, hijo, no lo dejes pasar.

Y se fue, dejando a un InuYasha con mucho en lo que pensar.


Kagome terminó de darse los últimos retoques y se miró en el espejo del tocador, comprobando con ojo analítico que todo estuviera en su sitio. Había escogido un vestido exquisito pero de corte conservador en color verde agua, con escote cuadrado y manga francesa. La cintura se ceñía a su cuerpo consiguiendo así que la falda hiciese vuelo en torno a sus piernas, y los pliegues las abrazaban suavemente. En los se había puesto unos zapatos sencillos de color negro y tacón alto aunque ancho, para no sufrir mucho durante la velada. El cabello lo había recogido en un moño que había sujetado con una preciosa peineta de nácar del mismo tono que su pelo, de modo que parecía como si este se mantuviera así por sí mismo y no porque llevara algún abalorio adornándolo.

El maquillaje también era simple, resaltando sus rasgos y la luminosidad blanca de su piel. Las uñas perfectamente arregladas y pintadas de rosa muy, muy clarito, casi transparente. Un reloj de oro, una pulsera en la otra muñeca también de oro, su alianza y su anillo de compromiso junto con unos pendientes a juego con la pulsera completaban su atuendo.

Escuchó que la puerta se abría de golpe y se levantó, volviéndose. InuYasha estaba en el umbral, repasándola de arriba abajo. Se felicitó interiormente por haber podido disimular con la pintura de su rostro las señales de su malestar, de su llanto.

Por su parte, InuYasha torció los labios al verla así de maquillada y arreglada. ¿Dónde había quedado la Kagome sencilla y natural que con un poco de brillo de labios y un cepillado a su bonito cabello azabache salpicado de rizos ya estaba lista para ir a cualquier parte? Al menos, se dijo, el vestido era de los que solía usar siempre, de su estilo: simple y sin adornos extravagantes, aunque no por ello dejaba de ser caro dada la marca exclusiva que lo había diseñado.

―Todos están esperando. ―Kagome respiró hondo y asintió, haciendo una última comprobación en el espejo de cuerpo entero que había en el vestidor.

―Vamos, entonces. ―Notó la rigidez de los miembros de InuYasha cuando se cogió de su brazo, cual esposa abnegada y consciente de su papel en el mundo.

Se le retorcieron las entrañas al pensar en que, seguramente, su marido estaría aborreciendo su contacto en esos momentos, pero hizo de tripas corazón y forzó una radiante sonrisa en cuanto entraron en el amplio salón en el que se desarrollaba la fiesta: cincuenta invitados junto con sus acompañantes se encontraban desperdigados por toda la estancia.

―¡InuYasha, Kagome!―Tōga fue hacia ellos, tomando la mano de Kagome e inclinándose al tiempo que se la llevaba a los labios―. Estás preciosa, querida. Ven―dijo, desenganchándola del brazo de InuYasha y poniendo su mano sobre su propio antebrazo―, quiero presentarte a unos cuantos amigos… ―Con irritación, InuYasha vio cómo su propio padre se llevaba a su confusa esposa lejos de él.

Respiró hondo, tratando de que ese hecho no lo molestara. Seguramente, su progenitor había visto el malestar que los acechaba a ambos y había decidido intervenir de una forma educada y sutil, apartándolo de Kagome para que no hiciera ni dijera nada de lo que después pudiera arrepentirse.

Un camarero pasó por su lado portando una bandeja con varias copas de champán y cogió una, vaciándola de un trago, intentando que el líquido dorado y fresco le aclarase las ideas. Sintió un toquecito en su hombro y se giró, encontrándose con la mujer cuya presencia había hecho tambalear el inicio de su matrimonio.

―Kikyō… ―Ella le sonrió suavemente, haciendo que dicha mueca dotase de una involuntaria sensualidad sus delicados rasgos orientales.

―¿Necesitas escabullirte?―Una sonrisa tiró de las comisuras de los labios masculinos. Kikyō lo conocía bien, y sabía cuándo estaba de mal humor y cuando necesitaba evadirse de las fiestas multitudinarias como aquella.

No obstante, echó un vistazo rápido por el rabillo del ojo, encontrándose con la mirada enfadada y dolida de Kagome. Esta le dio la espalda, poniéndose recta como una tabla, e InuYasha maldijo, seguro de que después tendría que soportar otra escena de celos y la consiguiente discusión.

Aquello lo molestó lo suficiente como para que aceptara la sugerencia de Kikyō. Era un hombre hecho y derecho y no tenía que darle explicaciones a absolutamente nadie. Ni siquiera a la que era su mujer. Ya era mayorcito.

Así que enganchó su brazo con el de Kikyō y la guio hasta uno de los balcones por los que entraba la brisa fresca nocturna.

Sin embargo, una vez en el exterior, InuYasha se arrepintió del arrebato; se encontró con que, lejos de sentirse tan cómodo como en las ocasiones pasadas en las que estuvo en situaciones similares con la mujer que ahora lo acompañaba, se sentía extraño. No se sentía bien. Se sentía… incorrecto.

Aquello estaba mal. Y tan pronto como el pensamiento cruzó por su mente se separó de Kikyō como si su contacto le quemara. La hermosa mujer sonrió, comprensiva, aunque no pudo evitar que un pequeño destello de dolor se reflejara fugazmente en sus ojos castañ oscuro.

―Kikyō… yo…

―Vuelve dentro―le dijo, en tono suave.

InuYasha respiró hondo y se volvió un instante antes de entrar nuevamente en el salón.

―Gracias. Por todo. ―Ella asintió, aunque en cuanto el hombre al que amaba desapareció dentro de la casa no pudo evitar que una lágrima solitaria se deslizara por su níveo rostro.

En cuanto volvió a entrar en el amplio salón, InuYasha barrió la habitación con los ojos, en busca de Kagome. No la vio por ningún sitio y paró a un camarero, que lo miró confuso por el agarre brusco que estaba ejerciendo sobre su brazo.

―¿Has visto a la señora Taisho?―El chico se relajó al comprender que no iba con él la cosa. Ya temía una reprimenda de su jefe…

―La he visto hace un minuto, señor. Subiendo por la escalera. Creo que no se encontraba bien. ―Temiéndose lo peor, InuYasha soltó al camarero y subió corriendo y de dos en dos las escaleras, en dirección al cuarto que en teoría compartía con su esposa.

Abrió sin llamar y se la encontró metiendo la ropa de cualquier manera en una de sus enormes maletas. Ella se volvió al oír la puerta abrirse y cerrarse de golpe. Se le partió el corazón al ver su rostro tapado por el maquillaje corrido, a causa de las gruesas lágrimas que se desprendían de sus ojos marrón chocolate. El recogido también estaba prácticamente deshecho y, por primera vez en semanas, vio a la auténtica Kagome en aquel arrebato de ira.

A su Kagome.

―¿A qué has venido?―consiguió articular ella, girándose nuevamente para seguir guardando sus cosas en la maleta que seguía abierta sobre la enorme cama de matrimonio. Se sintió orgullosa de que no le temblara la voz ni un ápice, a pesar del dolor que la atravesaba y que en cualquier momento amenazaba con partirla en dos―. Puedes irte con tu amante, ya no me importa―le dijo, dejando que parte de su enfado y de su furia se filtrase en su tono de voz.

InuYasha tuvo que respirar hondo, recordándose que ella estaba disgustada y que eran el dolor y la ira los que hablaban.

―No es mi amante.

―¿No me has oído? ¡He dicho que ya no me importa!―Cerró la maleta de un manotazo y forcejeó con la cremallera para intentar cerrarla―. ¡Por mí como si la traes aquí y os revolcáis toda la noche! ¡¿Quieres presentártela a tu padre esta noche?! ¡Adelante, pues! ¡Yo ya no tengo- ¡Dios, maldita maleta, CIÉRRATE!―Se hizo daño en la mano al intentar tirar de la cremallera y aquel punzante dolor fue el detonante para que empezase a llorar con fuerza.

Con delicadeza, InuYasha se acercó a ella y, haciendo caso omiso de la débil resistencia de ella, la envolvió en sus brazos, apretándola contra su pecho.

―Kagome, escú-

―¡NO! ¡No quiero escucharte! ¡Mentiroso! ¡Embustero!―La apretó aún más fuerte contra él, temiendo que se hiciera daño aunque él apenas sentía sus débiles puños en los hombros.

―No es mi amante―repitió él―. No es nada mío. ¿Me oyes? No es nada mío―reiteró.

Kagome se dejó caer contra su pecho, sollozando. InuYasha la abrazó como si quisiera fundirse con ella.

―Ya no me importa―dijo ella tras varios minutos de agónico silencio. Se separó del cuerpo masculino y se sacudió los brazos del hombre, apartándose hasta estar cada uno en extremos opuestos de la habitación.

InuYasha hizo ademán de acercarse a ella pero Kagome extendió los brazos, con las palmas abiertas, diciéndole con ese simple gesto que se mantuviera en su sitio.

―Me da igual. Puedes hacer lo que quieras, yo… ya no me importa.

―Kagome…

―¿Sabes lo que más me duele? Que todo lo que he hecho… todos mis esfuerzos por caerles bien a tus amigos… a sus parejas… todo el tiempo invertido… ha sido en vano. ―Tiró de su recogido hasta que su espeso cabello azabache cayó libre sobre sus hombros. Se quitó las joyas y los zapatos de tacón, haciendo una mueca de dolor en cuanto sus doloridos pies tocaron el duro suelo de madera pulida.

InuYasha abrió los ojos como platos, viendo como ella se hacía con una toallita desmaquillante se la pasaba por el rostro, dejándolo casi limpio y libre de maquillaje. Quiso llorar de alivio al volver a ver su hermosa cara, tal y como la recordaba: sin adornos, sin pintura, tan solo sus luminosos ojos marrones, sus carnosos labios en forma de arco, su piel blanca de porcelana y su pequeña y respingona nariz, esa que le encantaba besar todas las mañanas nada más despertarse.

―Kagome… ―Ella respiró hondo y lo miró a los ojos.

―Me vuelvo a casa… ―Y, antes de que pudiera hacer o decir algo, su mujer se largó de la habitación, arrastrando una maleta que casi era más grande que ella.

Salió corriendo tras ella, importándole muy poco que dieran un espectáculo a los invitados de su padre.

―¡Kagome, por favor! ¡Espera!―La detuvo casi al pie de las escaleras, agarrando una de las esquinas de la maleta―. ¡Tienes que creerme! ¡Vuelve arriba y hable-

―¿Sobre qué? ¿Sobre el fin de nuestro falso matrimonio? ¿Sobre cómo te has dado cuenta de que soy muy poquita cosa en comparación con la hermosa y perfecta Kikyō Nakamura?―InuYasha sintió auténtico pánico ante sus palabras.

―¡No digas tonterías! ¡Sube de nuevo al cuarto y hablemos!―Le arrancó la maleta de las manos e hizo ademán de agarrarla a ella también del codo, pero Kagome se escabulló, echando a correr escaleras abajo.

Lanzando una maldición, InuYasha puso la maleta en las manos de un camarero despistado diciéndole que la subiera al piso de arriba y salió pitando tras su esposa. Algunos de los invitados que pululaban por el vestíbulo se quedaron boquiabiertos al ver a una descalza y furibunda Kagome Taisho correr en dirección a la puerta de entrada.

―¡Myōga, no la dejes salir!―La orden llegó demasiado tarde, porque Kagome consiguió deslizarse por la puerta antes de que esta se cerrase tras una dama que había ido a su coche a dejar el bolso.

InuYasha abrió la puerta enseguida pero, cuando bajó las escaleras hacia el jardín delantero, vio un coche perderse tras las verjas abiertas.

Maldijo en alto y se pasó la mano por el pelo. Se sacó el teléfono móvil del bolsillo y llamó a su piloto al tiempo que le decía a Myōga que avisase a su chófer.

Tenía que llegar al aeropuerto antes que Kagome.

De ello dependía su matrimonio y su futura felicidad.

Fin [Crisis]


¡Pues ale, ya se armó la marimorena! ¿Cómo creéis que terminará la cosa? ¿Bien? ¿Mal? ¿Regular? ¡Dejadme un bonito review contándomelo! Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.

P.D.: hoy por la noche o mañana por la mañana a más tardar (hora peninsular española) contesto los reviews. Palabrita de niño Jesús.