¡YAHOI! No tengo mucho tiempo para las notas de autor, me he hecho un hueco antes de comer para poder terminar y subir este capítulo. Pido perdón adelantado por si acaso hay errores de algún tipo.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.


Desilusión

Parte 4

[Rutina]


Escuchó la puerta cerrarse con un fuerte golpe y saltó de la cama, desorientado. Tras un segundo que le costó espabilarse, saltó de la cama y corrió hasta la entrada, abriendo la puerta recientemente cerrada.

Pero el rellano estaba vacío y el ascensor ya descendía, según veía los números cambiantes en el panel electrónico del mismo. Maldijo audiblemente en voz alta, sin darse cuenta de que dos de sus vecinos, un matrimonio mayor, lo estaban observando total y absolutamente boquiabiertos al estar él con unos míseros calzoncillos puestos.

InuYasha no pudo menos que enrojecer de vergüenza y, murmurando una disculpa entre dientes, se volvió a meter en su casa y volvió a cerrar la puerta, irritado.

―Nee-chan se levantó muy temprano. ―La voz de Sōta lo hizo volverse.

Su pequeño cuñado adolescente se encontraba sentado tranquilamente a la isla de la cocina, degustando un cuenco con cereales y un vaso de zumo de naranja recién exprimido.

―¿Ah, sí?―dijo, pasándose la mano por el pelo.

Sōta lo miró por encima de sus cereales. Tras dar un suspiro, hundió nuevamente la cuchara en la leche, llevándosela a la boca. Masticó con tranquilidad y tragó.

―No sé lo que ha pasado entre vosotros, o qué narices le has hecho―le dijo―. Pero tampoco puede ser tan grave. ―InuYasha quiso reír amargamente al oírlo.

¡Claro que era grave! ¡Había dejado que su estúpido orgullo y su incapacidad para hablar de sí mismo mermasen la seguridad que Kagome tenía en sí misma! ¡Había dejado que las sanguijuelas que se hacían llamar sus "amigos" la despreciasen, siguiéndoles el juego a sus crueles y viles parejas! Solo cuando su padre le contó la verdad tras lo que le había ocurrido a su madre comprendió que Kagome iba por el mismo camino, directa hacia la autodestrucción.

―No puede ser tan grave―repitió Sōta, ajeno a los pensamientos de su hermano político.

―Tú no sabes-

―Te ha hecho el desayuno―interrumpió Sōta, señalando para el otro extremo de la isla, en el que InuYasha no había reparado hasta entonces.

En el lugar en el que Sōta lo había hecho fijarse había un plato con huevos fritos, beicon, una tortilla, un cuenco con arroz y, en caso de que le apeteciera algo dulce, había hecho una torre de tortitas. Le había dejado también zumo de naranja, café recién hecho en la cafetera y su taza favorita a la vista. También había dejado un bote con sirope de chocolate y el de nata montada, en caso de que quisiera.

Parpadeó, no creyéndose que Kagome había invertido tanto tiempo y esfuerzo en prepararle un delicioso desayuno casero, ¡y además con diversos platos para elegir! Llevaban tantos días sumidos en la misma horrorosa y monótona rutina de no verse, no hablarse y ni siquiera estar en presencia del otro, que aquello lo sorprendió sobremanera.

―Si ha cocinado para ti… ―continuó Sōta, terminándose su propio desayuno y yendo a dejar el cuenco y la cuchara en el fregadero―… es que no está tan enfadada como aparenta. Créeme. Nee-chan tiene formas muy sutiles de vengarse, y una de ellas consiste en matarte de inanición. Pregúntale a Eri-nee. Una vez la convencieron para ir a pasar un fin de semana a un camping y, no sé lo que le hicieron sus amigas, pero volvió al día siguiente y con toda la comida que había cocinado para ese par de días. Las dejó sin nada. Cero.

―Sōta…

―Solo te digo que no te rindas. No tan fácilmente. Si lo haces, es que no te mereces a mi hermana. ―Dicho esto, el adolescente se hizo con su mochila, se calzó y se fue, rumbo al instituto, dejando a un InuYasha con mucho en lo que pensar.


―¡Kagome, aquí!―La aludida sonrió y saludó con la mano a sus amigas al tiempo que caminaba hacia ellas.

Era la hora de la comida y habían quedado en comer todas juntas ese día. Las había descuidado mucho los últimos meses, con toda la estupidez de cambiar y de amoldarse a la vida que suponía ser la esposa de alguien como InuYasha. Al menos, lo que ella creía que debía ser. Ahora se daba cuenta de que no debió molestarse, de que lo suyo con InuYasha no podía durar. Él estaba demasiado acostumbrado a un estilo concreto de vida y a un tipo específico de mujer.

Y a ella ya le había quedado claro que no encajaba en ese tipo que él siempre había buscado.

Las lágrimas amenazaron con desbordarse de sus ojos e, irritada, se las sacudió. No iba a volver a llorar. No otra vez. InuYasha no se lo merecía.

―Buenas, chicas.

―Vaya, has vuelto a ponerte tu ropa sosa de siempre… ―El comentario de Eri, aunque sabía era sin malicia, la enfadó.

―Me gusta esta ropa. Es mi ropa―dijo, con un bufido.

―Ten, te hemos pedido un café antes de que llegaras. ―Se apresuró a decirle Yuka, acercándole una taza humeante de dicho líquido marrón.

Kagome se relajó al instante, olfateando. No olía igual que el delicioso café importado que compraba InuYasha en las tiendas especializadas y que costaba un dineral, pero era el café que había tomado siempre. Y por ello ya le gustaba.

Sí, su ropa de siempre, sus amigas de siempre, su rutina de siempre… Todo estaba mejor ahora, cuando volvía a ser la sencilla Kagome que iba a clase, estudiaba, tenía un trabajo de medio tiempo, se ocupaba de su casa y cuidaba de su hermano pequeño.

―¿Ha pasado algo entre InuYasha y tú?―Ante la insistencia de Eri de seguir con el tema, Yuka y Ayumi la fulminaron con la mirada. Kagome suspiró. Ya suponía que su amiga no iba a dejar el tema tan fácilmente.

―Nada que no fuera lo esperable. ―Yuka y Ayumi intercambiaron miradas mientras que Eri fruncía el ceño.

―¿Estás de coña o qué te pasa?―Kagome alzó una ceja en dirección a Eri.

―No me pasa nada, solo digo que era cuestión de tiempo y…

―¡Pero si estáis la mar de enamorados! ¡No me fastidies!―Kagome apretó los puños por debajo de la mesa.

―¿Podemos cambiar de tema, por favor?―preguntó; por toda respuesta, Eri resopló.

―Claro que sí, Kagome-chan―dijo Ayumi.

―¿Qué os parecen las clases este cuatrimestre? Hay algunas que a mí, personalmente, me están resultando un poco difíciles-

―Eres una cobarde.

―¡Eri!―increpó Yuka, lanzándole una mirada de advertencia―. Kagome ha dicho que no quiere hablar del tema…

―Por eso lo digo: es una cobarde. Al primer problema, ¿qué hace? Se escuda en que son muy distintos, en que no encaja en el perfil de mujer que él solía frecuentar, en que no son del mismo estrato social y económico…

―Te estás pasando―le advirtió Ayumi, en un susurro.

Eri clavó la vista en Kagome, ignorando a sus otras dos amigas, y señaló con el dedo para la de ojos marrón chocolate.

―Tú, que decías amar a tu marido más que a nada ni nadie en el mundo… ¿vas a dejarlo así? ¿Sin pelear? ¿Sin tratar de aclarar las cosas?―Kagome respiró hondo, intentando calmarse.

―No hay nada que aclarar. Somos incompatibles. Punto.

―Oh, por favor―dijo Eri, poniendo los ojos en blanco―. ¡No hay más que veros para saber que InuYasha te ama con locura y que sería incapaz de hacer nada que te dañase! ¡Tendrían que darle un premio por haberte aguantado todos estos meses de atrás!

―¡¿Disculpa?!―exclamó Kagome, ahora sí, mostrando su enfado―. ¡Tú no sabes nada! ¡No tienes ni idea de todo lo que hice por él, y de cómo me lo tiró a la cara de la forma más… más…

―¡Tú eres la que no sabes nada!―gritó Eri, dando un puñetazo en la mesa, haciendo saltar las tazas y los vasos que en ella había―. ¡InuYasha estaba muy preocupado por ti! ¡Vino a hablar con nosotras para preguntarnos si te había pasado algo en clase o en la uni! ¡Porque no te reconocía!―Kagome parpadeó, sin terminar de creérselo.

―Eso…

―¡Nos pidió que te vigiláramos! ¡Incluso me confesó a mí, más tarde en privado, que se le estaba pasando por la cabeza el que te hubieras fijado en alguien más!―Kagome se sintió mareada de repente: ¿InuYasha creyó de ella lo que ella mismo creyó de él? ¿Por qué?

Sintió una mano sobre las suyas y se volvió, viendo la mirada compungida de Ayumi.

―A mí también me lo preguntó. Por supuesto, le dije que eso era imposible: tú lo amas.

―A mí también me lo preguntó―repitió Yuka, al otro lado de Kagome―. Creí que era una broma y me reí, porque era imposible que te hubieses fijado en otro tío teniendo a la perfección hecha hombre babeando por ti. ―Kagome pestañeó.

Eri respiró hondo, tratando de calmarse. Luego, miró fijamente a los ojos de su amiga.

―No quise sonar brusca, perdóname por eso. ―Calló, buscando las palabras adecuadas―. Pero nosotras también pensamos que te pasaba algo raro…

―Lo consulté con uno de mis profesores de psicología clínica―dijo Yuka, algo colorada―. Me dijo que probablemente sentías una inseguridad muy grande junto con un complejo de inferioridad, y que los recientes acontecimientos tristes que había habido en tu vida te estaban yendo ir en la dirección incorrecta. Que era tu manera de intentar buscar tu lugar en el mundo, tras tantos y tan inesperados cambios. Que te diéramos tiempo y estuviéramos ahí para cuando necesitases hablar.

―Pero no parecías querer hablar―dijo Ayumi, con pesar―. Siempre… siempre has sido una persona más bien reservada, que prefiere guardarse las cosas malas para sí y compartir solo las buenas. Ni siquiera cuando tu madre enfermó quisiste hablar del tema. Tan solo decías que estaba bien y que se iba a recuperar… ―Kagome desvió la vista, con las lágrimas picándole detrás de los ojos.

―Kagome…

―Kagome-chan…

―Kagome…

Miró a sus amigas y se sintió ahogar. Se levantó de golpe y recogió sus cosas apresuradamente.

―Tengo… tengo que irme… ―No podía quedarse, no podía derrumbarse frente a ellas.

Yuka, Eri y Ayumi suspiraron mientras la observaban atravesar a la carrera la cafetería.


Metió la llave en la cerradura y forcejó con la misma hasta que abrió, sintiendo la angustia crecer hasta el punto que amenazaba con ahogarla. Entró y cerró tras ella de un portazo. Se había largado de la universidad en mitad de las clases. Tendría que pedirle a algún compañero de alma caritativa al día siguiente que le pasara los apuntes del día.

Tiró sus cosas en el sofá y corrió hasta el baño, para lavarse la cara y refrescarse.

Estoy bien―se dijo, mientras se mojaba las manos en el agua fría y las llevaba a su rostro para limpiarlo de todo rastro de llanto reciente―. Estoy bien, estoy bien… ―Tan ensimismada estaba repitiéndose la misma frase a sí misma una y otra vez que no oyó que alguien más ingresaba en el piso, no hasta que sintió unas manos grandes, fuertes y cálidas posarse en sus hombros.

Se giró de golpe, pestañeando hasta que reconoció los ojos dorados del que aún era su esposo. Le pareció ver atisbos de profunda preocupación en ellos.

―Kag-

―¿Q-qué haces aquí?―preguntó, con la voz temblorosa.

InuYasha frunció el ceño y abrió la boca, como para decir algo, pero se lo pensó mejor y cerró los ojos, inspirando hondo y buscando la calma en su interior. Cuando los abrió de nuevo, clavó la vista en Kagome, apretándole al tiempo los hombros con sus manos bronceadas.

―Eri me llamó. Dijo que habíais tenido una… conversación delicada y que… te fuiste corriendo de repente. Estaba muy angustiada porque no hacía más que repetir que era culpa suya por haber forzado las cosas… Temía que… ―Calló y suspiró, negándose a pronunciar las siguientes palabras.

Kagome tardó un momento en entender lo que él quería decirle, y sus orbes marrón chocolate se abrieron como platos.

―¡Oh, Dios mío! ¿Eri creyó que… que sería capaz de… ―InuYasha tragó saliva y asintió.

―Yo… yo también lo pensé… que podrías estar pensando en… en hacerte daño a ti misma… ―Kagome gimió y se llevó las manos a la boca.

Le entraron náuseas y apartó a InuYasha de sí de un empujón, yendo corriendo a la cocina a por un vaso de agua. Su marido la siguió enseguida, preocupado.

―Kagome… ―Ella alzó una mano, pidiéndole silencio mientras engullía el vaso de agua. Cuando acabó lo enjuagó y lo metió en el lavaplatos, lo que hizo sonreír ligeramente a InuYasha.

―¿De verdad pensasteis… ―InuYasha respiró hondo nuevamente y asintió.

―Estamos… estamos muy preocupados por ti… todos, pero… especialmente yo. ―Kagome retuvo el aliento y lo miró fijamente.

―Pe-pero… yo… tú… Cre-creí que… ―InuYasha se acercó a ella, con cautela, hasta que las puntas de sus pies rozaban los de ella.

Elevó las manos hasta posarlas sobre las mejillas femeninas. Se las acarició lentamente durante unos segundos, con suma ternura, antes de hablar nuevamente:

―Kagome, te amo. No hay nadie más en mi vida, nadie más que tú. Te lo juro. ―La sinceridad que impregnaba su voz y sus ojos hizo que gruesas lágrimas se acumularan en los orbes marrones de la azabache―. Estaba muy preocupado por ti, no sabía cómo llegar a ti, cómo… hablar contigo. No fui criado para compartir mis sentimientos, me cuesta, lo sabes, pero… estoy tratando de mejorar. Te prometo que lo intento, pero no puedo hacer esto yo solo. Te necesito a ti para salvar nuestro matrimonio.

―¿Tú… de verdad quieres… quieres salvarlo?

―No quiero una vida si no estás tú en ella. ―Kagome empezó a temblar y pronto el llanto la sobrepasó.

Se lanzó a los brazos de su amado, llorando a moco tendido, balbuceando disculpas por haber sido tan necia y tan cabezota, por haber pensado que él no la querría por sí misma, cuando ya estaba más que claro que InuYasha la amaba por lo que era y no por la ropa que vestía o por las horas que se mataba en el gimnasio.

―Te amo, mi amor―le susurró, besándole tiernamente el pelo―. Y siempre te amaré.

Kagome solo pudo asentir, poniéndose a llorar más fuerte, mientras que InuYasha la apretaba entre sus brazos, aliviado y dichoso de que por fin su esposa entendiera que no necesitaba nada más que tenerla a ella a su lado, y que al fin podrían romper esa sofocante rutina que los estaba ahogando poco a poco a ambos.

Fin [Rutina]


En fin, hasta aquí por hoy. Espero poder traeros el siguiente capítulo pronto, pero a saber. Se me acumularon muchas cosas este mes, así que no sé cómo haré hasta que la cosa se normalice un poco xD.

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Ja ne.

bruxi.