Capítulo 8: Mortífagos
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Advertencia: sexo explícito, sexo consentido pero no deseado, faltas de respeto, mentiras, sectas (los mortífagos), y unas gotitas de sangre. También se mencionan (de pasada) la prostitución, el alcohol, las drogas, y las enfermedades venéreas.
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Eran las casi las doce del mediodía cuando Pansy abrió los ojos. Había dormido sola esa noche, pues su marido había vuelto a las andadas. Debía estar durmiendo en el mismo cuarto donde solía hacerlo antes. Mejor, así no tenía que aguantarlo. Solo esperaba que no le contagiara la sífilis o alguna otra enfermedad de las que podía pescar en casa de Madam Rosmerta, ahora que estaban haciendo uso del matrimonio de nuevo para intentar engendrar un heredero.
Llamó a la doncella con la campanilla, para que la ayudase a vestirse. Parecía nerviosa, y le informó de que estaba de nuevo de visita Madame Lestrange, y que pensaba almorzar allí, ya que su marido tenía asuntos que atender y no volvería hasta la noche.
-Yo pensaba que las putas descansaban por la mañana, al menos mi marido suele estar en casa a esta hora -comentó Pansy a la doncella, que puso cara de horror, para luego fingir no haber escuchado nada. No quería que ningún miembro de la familia fuese a pensar que cotilleaba con la joven señora.
Se quedó mirando a la doncella y pensó en Hermione y en sus recelos sobre que su amiga la rubia rara trabajase para Dora. Sonrió para sí misma pensando en lo afortunada que sería ella si pudiese tener a Hermione a su servicio. Le pondría un uniforme muy ceñido y escotado, y la tendría todo el día a su lado para obedecer sus caprichos: "Mione, alárgame el té, si eres tan amable", "Mione, me duele la espalada, dame un masaje", "Mione, tengo frío, métete conmigo en la cama".
Como fantasía sexual no estaba mal, pero Hermione no aguantaría eso, antes preferiría pegarse un tiro. Lástima, pensó Pansy, arrugando la nariz.
Había estado muy rara el último día. Desde luego, si volvía a intentar lo de frotarse con su pierna como un perrito en celo, no se lo iba a consentir. Solo la había dejado porque la notó un poco triste. O preocupada, tal vez. Pero algo le pasaba.
-Señora, ha llegado una carta para usted, dijo la doncella sacándosela del bolsillo del delantal. No se la he dado antes para no despertarla.
-Ah, sí, una antigua compañera de piano, -dijo Pansy al leer el remite, intentando aparentar indiferencia. Era de Hermione.- Hace mucho que no sé de ella, -dijo de un modo innecesario Pansy antes de darse cuenta. Ella no era el tipo de persona que confraternizase con el servicio. Cada uno tenía su lugar, y no había necesidad de mezclarse con criados. –Súbeme un té, por favor.
Hubiese pedido también tostadas, pero el almuerzo sería en breve. A Narcissa le disgustaría que no bajase a almorzar con ella y su espeluznante hermana, y le diría lo de siempre: "¿cómo te vas a integrar en esta familia, querida, si te aíslas en tu alcoba?".
Se acordó de Hermione en clases de piano, vestida con su ropa de trapillo. Había intentado ignorarla todo lo que pudo. No sabía qué hacía una chica como ella estudiando piano ¿De qué le iba a servir? Estaba intentando aprender cosas propias de una vida que no era la que le correspondía; estaba fuera de sitio allí, y no tenía ni un ápice de humildad. Mejor hubiese hecho yendo a clases de costura, pensó la primera vez que la vio. Pero tocaba bien. Era muy buena, la maldita, eso no se lo podía negar. Casi tan buena como ella, que había tenido los mejores profesores particulares desde niña.
Recordó su pelo desordenado, apenas contenido en un moño mal hecho, y sus ojos brillantes mientras sus ágiles dedos se movían sobre las teclas con rapidez. Jamás equivocaba una nota, y su interpretación era magnífica. Poco a poco fue sintiéndose intrigada por ella, hasta que un día se atrevió a invitarla a un chocolate, que la otra rechazó. Por lo visto la señorita Granger también pensaba que no tenía por qué mezclarse con ella.
En aquella época les mandaron a las dos colaborar para interpretar una pieza a cuatro manos, y bueno, el resto era historia. Al final se tomaron juntas más de un chocolate y más de un café.
A veces aparecía con las estúpidas de sus amigas. Eso sacaba de quicio a Pansy. Hermione no parecía querer darse cuenta de que ella no quería relacionarse con esas piojosas. Solo deseaba estar con ella. Cuando venía con la Ginny o la Angelina de turno, le costaba trabajo no tirarles el té caliente a la cara. Alguna vez se preguntó a sí misma si ese disgusto no sería por algo más, y se tuvo que reconocer que sí. Que anhelaba usar sus dedos para muchas más cosas que para tocar el piano con ella. En ese momento se decidió a besarla, a ver qué pasaba. Y a Hermione, tras la sorpresa inicial le gustó, y correspondió mordiendo sus labios y abrazándola, como si ella también llevase mucho tiempo deseando aquello.
Pero entonces Pansy desapareció para casarse con Draco, dejando incluso el conservatorio. Ya no necesitaba aprender nada más. La vida era así, ella no había inventado nada nuevo.
Hablando meses más tarde con una amiga en común, se enteró de que Hermione también lo había dejado, en apariencia por motivos económicos. Sintió un ramalazo de culpa, y le escribió. Le devolvieron la carta. Miss Granger ya no vivía allí y no había dejado ninguna dirección a la que le pudiesen llegar las cartas. La había perdido.
Por otra parte, Pansy no había esperado mucho de su matrimonio, más que un arreglo económico que las sacase de problemas a ella y a su madre, pero todo fue peor incluso de lo esperado.
Un día se encontró mirando el escote de Dora Black, prima de su marido por más señas, quien era muy amable con ella, la miraba de forma lánguida, y buscaba cualquier excusa para arreglarle el pelo, el tocado, o colocarle bien el cuello del vestido, dejando sus manos sobre ella más tiempo del necesario. Decidió seguirle el juego, y resultó obvio que no era la primera vez que Mrs. Black se encamaba con otra mujer. Pansy solo tuvo que dejarse llevar; al principio fue todo fácil, agradable y divertido, además había algo en ella que le recordaba a Hermione, solo que Dora era más cariñosa y divertida.
Pero al cabo de un tiempo, se dio cuenta de que su vulgaridad, su mal genio, su obsesión con ciertos temas que a ella no le importaban, y su afición por la botella y las armas, no la enternecían precisamente, y comenzaron los enfrentamientos entre ambas. Dora borracha podía ser muy incómoda. Dora borracha y con un arma… era bastante inquietante. Y se emborrachaba más a menudo de lo que Pansy consideraba tolerable, incluso en un hombre.
Y justo cuando más aburrida estaba de su marido y de su amante, que se comportaba a veces como una demente y otras era pesada y hasta empalagosa, apareció de nuevo Hermione, de la forma más inesperada. Parecía distinta. Más experimentada, y más fría, pero en compensación, estaba muy dispuesta a ser su amante. Dora se lo había tomado bastante mal al principio, pero se había resignado muy pronto. Tal vez la rubia tuviese algo que ver, o tal vez no. De todas formas no le importaba. Que hiciese lo que le diera la gana, mientras no la molestara a ella, ni se acercase a Hermione.
Mientras estaba perdida en sus pensamientos, llegó el té. –Gracias, puedes retirarte, y cierra la puerta al salir si eres tan amable, -dijo Pansy. Una cosa era mantener la distancia con el servicio, y otra ser descortés.
Una vez supo que no iba a ser interrumpida, abrió el sobre.
La nota era muy breve, escrita con la letra pequeña y minuciosa de Hermione.
Querida Pansy,
Espero disculpes mi actitud del otro día. En efecto estaba preocupada, por asuntos de trabajo. Espero poder compensarte próximamente por mi poca amabilidad. Tal vez podríamos tomar un chocolate el fin de semana que viene.
Sería agradable verte, ya que mi amiga Ginny se va todo el fin de semana a visitar a su familia, y voy a estar muy sola.
Saludos cordiales,
Hermione Granger.
P.D. Recuerda que no es buena idea llamarme al trabajo, a causa de mi jefa. Siento mucho si esto es un inconveniente para ti.
La carta era fría, pero al menos intentaba ser amable. Por otra parte, el estilo seco y breve seguramente se debía a intentar no dar pistas en el caso de que la carta fuese interceptada. Era prudente. Y la avisaba de que tendrían la casa de Hermione disponible. No se esperaba un palacio, pero al menos habría una cama decente, agua, y una estufa. No eran malas noticias.
Guardó la carta en un hueco entre el escritorio y la pared, aunque estaba segura de que nadie, y menos su marido, registrarían su cuarto. Pero no estaba de más tomar algunas precauciones.
Al rato, volvió a aparecer la criada con otra carta. Esta era de Dora, invitándola de forma fría y formal a una cena que tendría lugar en su casa tres días más tarde. Había otro sobre para cada miembro de la familia, le dijo, todos remitidos por N. Black.
Tan ridícula, avergonzándose de su nombre. Ahora llevaba el pelo rosa. Hubiese hecho bien en abandonarla incluso si no la hubiese cambiado por otra. Dora daba vergüenza ajena, aunque tenía que reconocer que en la cama era mucho mejor que Hermione. Pero ya arreglaría ella ese detalle, con un poco de paciencia. Parecía que iba a tener tiempo el fin de semana de darle unas cuantas lecciones a la señorita Granger, y quizás ella tuviese mejor disposición para aprender que la última vez.
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-Cissy querida, considero muy descortés por parte de tu nuera que no haya bajado todavía, -dijo Bellatrix.
-Déjala. Así podemos hablar de nuestras cosas. Pansy no es de fiar, todo se lo cuenta a Nymphadora, aunque creo que ahora están peleadas. Pero vete a saber cuándo se reconciliarán.
-¡No menciones a esa desgraciada! ¡Ojalá me hubiese librado para siempre de ella cuando era niña! ¡Hubiese sido tan fácil!
-No digas esas cosas, Bella. De todas formas ya no se puede hacer nada.
-Por desgracia. Ahí la tienes, casada con el malnacido de Sirius, y viviendo en Grimmauld Place. Walburga se revolvería en su tumba si la viese a ella de señora de la casa, -dijo Bellatrix con una voz desagradable y los dedos crispados. Parecía un gato a punto de atacar.
-Malnacido, y sodomita. Qué desagradable asunto el de la sodomía, qué bien le vino encontrar a tu sobrina para que le sirviese de fachada, -dijo Lucius mirando a su esposa.- Creo que voy a servirme otra copa de Oporto.
-Pues nos han invitado a cenar en su casa dentro de tres días, para presentarnos al hijo de Potter, -dijo Narcissa. -Las invitaciones las ha traído uno de sus criados, para que no se vayan a perder.
-¡Qué desfachatez! ¡El hijo de Potter, nada menos! ¿De quién habrá sido la idea, de mi primo el traidor, o de la otra desgraciada? –Exclamó Bellatrix.
-Las cartas las firma ella, pero no creo que haya sido suya la idea. Esta provocación solo puede venir de Sirius, -comentó Narcissa.
-¿Podríais no gritar tanto? ¡Hay algunos que tenemos resaca! –Añadió Draco desde lo alto de la escalera, justo bajo el retrato de su padre a caballo y con una escopeta de caza, con porte regio y rodeado de galgos.
Bellatrix lo miró con desprecio. Parecía a punto de hablar, pero cerró la boca y decidió ignorarlo.
-¿No vas a saludar a tu tía, Draco? –Dijo Narcissa.
-Buenos días, no sabía que hoy íbamos a contar con el placer de tu compañía, -dijo Draco con un deje de sorna en la voz. –Creo que me iré a darme un baño hasta que llegue la hora del almuerzo, -añadió.
-¿Se esconde de mí tu hijo, Cissy? ¡Qué blandito te ha salido! ¡Claro que hoy en día los hombres ya no son hombres de verdad!
-Ni las mujeres son tampoco auténticas mujeres, -dijo con una voz glacial Lucius.
Al escucharlo, los dos cuñados se sostuvieron la mirada por un momento. Lucius fue el primero que la retiró.
-Y dime, Cissy ¿Cuándo vas a tener un nieto? Tu hijo ya lleva varios años casado ¿Qué pasa? Te lo digo yo, como hermana tuya que soy, antes de que te enteres por otras personas: la gente está empezando a murmurar.
-¿Qué dicen? –Preguntó Narcissa preocupada, con un hilo de voz.
-Dicen que tu hijo pasa tanto tiempo en los burdeles que no tiene tiempo de atender a su esposa, -dijo de manera venenosa Bellatrix.
-¡Eso es mentira! ¡Bien sabe Dios de quién es la culpa! –Exclamó Narcissa, antes de poder contenerse.
-¿Y de quién es la culpa? –Quiso saber Bellatrix.
-Pansy… Pansy no es cariñosa con él. Ha estado demasiado ocupada con su íntima amistad con Nymphadora. Ya les hemos llamado la atención a los dos, de todos modos. A ella y a Draco.
-¿Y crees que eso va a funcionar?
-Espero que funcione. De todas formas, la última vez que estuvimos en casa de Dora, tenía un nuevo entretenimiento. Y tú la conoces. La rubia que tuviste en casa.
-Lo sé. Mi sobrina y ella tuvieron la desfachatez de ponerme un telegrama pidiendo su ropa ¿Entonces tú crees que ellas…? –Preguntó Bellatrix levantando una ceja.
-Ni lo sé, ni me importa. Ni siquiera me importaría mucho si Pansy tuviese otra amiga íntima, con tal de que nos dé un heredero. Siempre es preferible eso a que tenga un amante que la deje preñada, ¡y a ver entonces qué hacemos con el bastardo!
-Hazme un favor, querida Cissy: dile a Kreacher, cuando vayas a esa cena, que se ponga en contacto conmigo de una forma discreta. Sé que no está contento allí, y que por lo único que sigue trabajando con ellos es porque en ninguna otra casa le consentirían su alcoholismo. Yo le puedo compensar generosamente la información que me dé. Me interesa lo que pasa allí.
-Pero Bella, ¿qué más te da? Es cierto que tanto Nymphadora como la rubia han sido unas ingratas contigo, y es cierto que Sirius es un personaje de la peor calaña, y una vergüenza para la familia, pero de ahí a que te dediques a espiarlos… ¡es absurdo!
- Cissy, deja de decir necedades, querida, ¡hazme el favor!
-Te rogaría, Bella, que no insultases a mi esposa en nuestra propia casa, -dijo Lucius bastante disgustado.
-Lucius, no puedo dejar de señalar que mi hermana dice necedades mientras no deje de hacerlo. No es ya una cuestión familiar, que también. Lo peor de todo, es que tanto Sirius como mi sobrina están activamente en contra del Lord, y de todos los que formamos el Círculo.
-¡No tenemos pruebas de eso, Bella! –Exclamó Narcissa.
-¡De ahí que necesitemos conseguirlas! ¡Hay que actuar antes de que se unan contra nosotros!
-Querida, perdona que te lo diga, pero estás paranoica ¡Sirius y la ordinaria de nuestra sobrina solo piensan en divertirse! ¡No están conspirando contra nosotros!
-Tú no la conoces tan bien como yo. Ella sabe cosas, las sabe porque yo la quise meter en el Círculo. A pesar de ser hija de un don nadie, vi aspectos valiosos en ella, pero me traicionó. Con Luna fui más prudente, pero también sabe demasiado. Y Sirius siempre ha estado abiertamente en nuestra contra ¡No es bueno que ahora estén todos juntos, Cissy!
-Querida, creo que se trata más de una cuestión de antipatía personal. También está el asunto de la casa. Estuviste pleiteando con Sirius por la propiedad de Grimmauld Place. No los veo persiguiendo mortífagos, Bella. De hecho, con nosotros no tienen tan malas relaciones como contigo.
-¡Querrás decir contigo! ¡Conmigo no pueden ser más insolentes los tres, e incluyo también a ese escritor sarasa con el que viven! –Exclamó Lucius.
-Eso es solo porque saben que tú no estás en el Círculo, Cissy. Por eso te tratan de forma diferente ¡Hasta tu marido se ha dado cuenta! –Afirmó Bellatrix.
Lucius alzó una ceja. Al parecer no le había gustado mucho la forma en la que su cuñada había hecho hincapié en que incluso él se había percatado de ser tratado de forma diferente, y se preguntó si la horrible arpía estaba insinuando que él era imbécil. Pero lo dejó pasar. No le apetecía otra disputa familiar.
-Está bien, querida. Le diré a Kreacher que te mantenga informada ¿contenta? –Dijo Narcissa, deseando cambiar de tema, aunque tuviese que ceder una vez más.
A Pansy desde su cuarto no le llegaba la conversación, pero sí el murmullo de voces. Se sintió inquieta. No le gustaba Bellatrix. A decir verdad, no le gustaba ningún miembro de su familia política, aunque por un tiempo, muy al principio, se había sentido atraída por Draco, solo porque era muy guapo, hasta darse cuenta de que a él no le interesaba su amor en absoluto.
Pero lo de los Lestrange era distinto. A Pansy se le erizaba el vello a veces cuando ellos estaban cerca. Era más que una antipatía: era un oscuro instinto animal que la avisaba de la presencia de depredadores. Cuando pensaba en que ella había criado a Dora, no se extrañaba de lo rara que había salido. A decir verdad, hubiera podido ser peor.
Tal vez necesitase una cómplice. Todas las señales de peligro se le encendían a la vez cuando pensaba en Bellatrix sabiendo de su relación con Hermione, y eso era probable gracias a la imbécil de Dora, que había hecho comentarios inapropiados delante de su suegra, que a su vez se lo contaba todo a su hermana.
Puede que sí que le hiciese falta una doncella personal, pero no una doncella cualquiera: ella necesitaba un perro guardián. Tendría que hablar ese tema con Narcissa. Más le valía empezar a ser amable, al menos en apariencia, con su suegra, pensó suspirando. No tendría más remedio que arreglarse, vestirse, bajar, y fingir que estaba encantada con su vida. Una vez más.
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Tras el almuerzo no se sintió mejor. Había intentado comer, dar conversación trivial, y poner buena cara, pero no podía evitar sentirse incómoda. Querría estar en otro sitio. En cualquier otro sitio. En especial si era con Hermione.
Ya había escrito una contestación para su carta, en la que aceptaba ese chocolate con ella, y la citaba a las tres de la tarde en el mismo café que la otra vez. Ahora solo faltaba tener una excusa para salir y echarla al correo. Cuando tuviese su doncella personal, todo sería más fácil.
De pronto apareció Dobby golpeando con suavidad en la puerta, sin que nadie lo hubiese llamado. La policía estaba en casa, y deseaba hablar con los señores.
-Permítanme presentarme, señores: soy el inspector Rufus Scrimgeour, de Scotland Yard. Querría interrogarles a causa de aquél cadáver que encontraron cerca de la casa. Una mera formalidad.
-Ya estuvieron aquí interrogando a Mr. Filch, ¿A qué se debe que vuelvan de nuevo, y esta vez a molestarnos a nosotros, si es que puedo preguntarlo? –Dijo Lucius, petulante.
-La muchacha que encontró el cadáver fue la que nos dio la descripción de Mr. Filch, pero él a su vez nos dio un dato interesante: pensaba que ella venía llevando su bicicleta desde aquí, desde esta casa. Iremos de nuevo a interrogarla, no les quepa duda, pero antes, hemos pensado que sería interesante preguntarles a ustedes si conocen de algo a Miss Hermione Granger.
Pansy intentó poner cara de póquer. Hubiese sido imposible disimular si la hubiesen pillado por sorpresa, pero esperaba ese momento más tarde o más temprano. No había nada que la delatase si ella mantenía el tipo. Y si al final la pillaban, diría que era una antigua compañera de piano la que había invitado a tomar un té que se había prolongado hasta tarde, y que luego después no había querido contar la historia, por miedo a verse complicada en un tema tan desagradable como un asesinato. Parecía bastante creíble de cara a la policía, aunque obviamente su propia familia sabría qué había estado haciendo exactamente con Hermione. Pero no la delatarían ante la policía: los trapos sucios se lavaban en casa.
-No conocemos de nada a esa señorita, inspector. Será una de esas desagradables muchachas modernas que van en bicicleta a todas partes, fisgoneando todo con sus caras rojas por el esfuerzo físico. Son tan poco atractivas las pobres… parece como si no tuviesen espejos en casa.
-Por favor, Dobby, sírvale un té al inspector. Y dese usted prisa por una vez: este señor no tiene toda la tarde para aguantar sus retrasos y su incompetencia, -dijo Narcissa, intentando parecer amable con Scrimgeour, mientras taladraba con su mirada de basilisco al criado.
-No se moleste, señora, nunca tomo nada estando de servicio, aunque agradezco su amabilidad.
-Inspector, ¿sería posible que nos informasen de algo más? Al fin y al cabo, uno de los cadáveres apareció cerca de nuestra casa ¡Estamos preocupados por nuestra seguridad! ¡Hoy en día Londres está llena de asesinos, bandidos, y comunistas! –Dijo Narcissa con voz preocupada.
-Pudiera ser que los comunistas tuviesen que ver algo en este asunto ¡Pero yo no les he dicho nada! –Añadió rápido el inspector al darse cuenta de que había hablado de más.
A Pansy cada vez le costaba cada vez más fingir tranquilidad. Si sospechaban de Hermione, pronto irían a por ella. El secreto de su relación no resistiría una investigación a fondo, se dijo recordando la carta que había llegado esa misma mañana. Seguro que la criada recordaba el remite, aunque por suerte no estaba allí en ese momento.
Y también había otro sentimiento, un poco más oculto. Estaba preocupada por Hermione, y a la vez enfadada. Si no se hubiese empeñado en abandonar Malfoy Manor aquella noche, no se hubiese visto complicada en un asesinato. Y encima, comunista. Solo hubiese faltado que la pillasen con una pistola encima. Se merecería una azotaina en el trasero, por idiota. Aunque por desgracia, no se iba a dejar, pensó Pansy, intentando reprimir una sonrisa libidinosa.
-Me alegra saber que nosotros no somos sospechosos, al menos, -dijo de nuevo Narcissa, riendo. -Se nos podrá acusar de otras cosas, pero convendrá conmigo, inspector, en que no de ser comunistas.
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El inspector se fue al poco rato, y el día transcurrió con relativa paz y algo de aburrimiento. Pansy había hablado con Narcissa acerca de su deseo de tener una doncella personal, y la otra la había mirado con una ceja enarcada, y le había dado a entender que pagaría tal capricho siempre y cuando viese cambios en su actitud. Pansy ya sabía a qué cambios se refería, así que esa noche le hizo saber a su marido que sería bien recibido en su alcoba.
-¿Quieres que me quite el camisón, Draco?
-No hace falta, solo súbetelo un poco. Venga, tírate en la cama, acabemos con esto cuanto antes.
Pansy se había quitado antes los pololos, así que se tumbó en la cama con las piernas abiertas y el camisón levantado a la altura del ombligo. Draco se quitó los pantalones del pijama dejándose los calcetines. Todavía no tenía una erección, y ella esperaba que no tardase mucho en excitarse. Se ponía de mal humor, y le echaba la culpa a ella.
Draco se echó encima de su cuerpo, y comenzó a chuparle la oreja y luego el cuello sin decirle una palabra ni mirarla a la cara. A Pansy se le ocurrió pensar si sería así con las putas, y sin saber por qué se le escapó una carcajada.
-¿De qué demonios te ríes?
-Perdona, ha sido sin querer.
-Tómate esto en serio, tenemos que tener hijos. La gente está empezando a murmurar cosas. Y no nos conviene a ninguno de los dos, -dijo Draco con voz gélida.
-Tienes razón, vamos a seguir.
Pansy respiró hondo y cerró los ojos. A veces también se desconcentraba si ella lo miraba. Mientras tanto su esposo le había abierto el escote y estaba mordiendo sus pezones. Ella no notaba nada más que una sensación muy desagradable. De todos modos daba igual, no se esperaba que ella sintiese placer. Con que él lo sintiese el tiempo necesario para eyacular dentro de su cuerpo, era suficiente.
Intentó dejar la mente en blanco mientras cerraba los ojos, intentando no apretarlos (también le molestaba eso), y de pronto notó que ya la había penetrado y estaba empezando a moverse dentro de su cuerpo. Era doloroso, pero no iba a gemir ni protestar. La última vez que lo había hecho, él le había dicho que para putas ya tenía a las de "Las tres escobas".
Al cabo de un rato, él ya había terminado, y se sintió pringosa y sucia. Pero así tenía que ser, si querían tener hijos.
-Podías por lo menos fingir que te gusta: ha sido como hacerlo con una muerta.
Pansy consideró injusto el reproche: si gemía o se movía, era una zorra, y si se estaba quieta y callada, es que ni siquiera intentaba fingir que le gustaba.
-La verdad, querido, es que ni me he dado cuenta de que la tenía dentro… la tienes tan pequeña, que no he sentido nada. Lo siento si te ha molestado, -dijo Pansy con todo el veneno que supo poner en un tono de voz amable y cantarín.
-Sabrás tú mucho de vergas, si lo único que has hecho ha sido restregarte con la invertida de mi prima, -dijo Draco.
-¿Te acuerdas de aquél baile de máscaras al que tú no pudiste ir, porque tenías una de tus resacas? Bueno, pues Dora supo convencerme para que entre las dos tuviésemos un pequeño affaire con un caballero que pasaba por allí. Fue divertido, valió la pena ir.
-¡Eso es mentira! –Gritó Draco. -¡Ibas con mis padres! ¡Ellos no te hubiesen dejado suelta, te conocen y saben lo zorra que eres!
-Tus padres, querido, cambian mucho cuando van un poco ebrios… y drogados. Se les olvidan sus responsabilidades y se van a divertirse ellos también.
En realidad Draco tenía razón y ella se estaba inventando el episodio sobre la marcha, pero él no tendría por qué saberlo nunca. La había ofendido una vez más con sus malos modales. Ella empezaba a hartarse de sus tonterías, y ahora él lo iba a pagar. Si había algo que Pansy no toleraba era eso. Todo, o casi todo, era excusable, salvo la grosería.
-No sé si quiero que seas la madre de mis hijos. Eres una ramera, igual que cualquiera de las pupilas de Madam Rosmerta, -dijo Draco arrastrando las palabras con desprecio.
-Divórciate. Y aguanta la vergüenza y las murmuraciones. Y si no te atreves, apechuga. Esto es lo que hay.
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Durante la cena de esa noche, Luna expuso la teoría de que la Atlántida se hundió por culpa de los mortífagos, pero que los marcianos habían rescatado parte del conocimiento perdido, para guardarlo en una cripta subterránea situada en el corazón de la Antártida, para que fuese recuperado y aprovechado por los hombres de un futuro menos bárbaro.
Mientras Sirius fingía un ataque de tos para intentar disimular la risa, Tonks y Remus por una vez estuvieron de acuerdo en que era una buena historia para escribirla. Luna insistía en que no era ninguna historia, sino la pura realidad.
Tonks cambió de tema preguntándole a su marido si no le importaría que invitase al padre Snape a la cena.
-Lo siento, Dora, pero ese amargado nos va a reventar la velada. En otra ocasión, querida. Preferiblemente, en otra ocasión en la que Remus y yo no estemos.
-¿Te gustaría seguir contándome lo de la Atlántida en mi cuarto mientras nos cepillamos el pelo, Luna, o estás cansada? –Preguntó Tonks guiñándole un ojo nada más terminar el postre.
-Al parecer nos vamos a tener que entretener nosotros solos, Remus. No vamos a poder contar con las señoras para una partida de bridge, -dijo Sirius, levantando una ceja, ante el entusiasmo con que Luna había afirmado que sí que quería ir arriba con ella.
-¿Vamos a dormir juntas? –Preguntó Luna a Tonks, quizás un poco tímida.
-Sí, claro, -respondió la otra mirándola con extrañeza.
-Necesito ponerme el camisón, volveré enseguida, -dijo Luna abriendo la puerta para salir del cuarto de Tonks y dirigirse al suyo.
-¡No necesitas nada, Luna, ven aquí!
Pero ya Luna había desaparecido por el pasillo. Tonks se desnudó, se puso su bata favorita, de un amarillo casi dorado y ribeteada en negro, se soltó el pelo, y la esperó tirada en la cama. Al poco rato apareció Luna en la puerta con un camisón blanco muy cerrado al cuello, que le cubría hasta las muñecas y con el que no se le veían los pies. Tonks tenía un comentario sarcástico en la punta de la lengua, pero juzgó más prudente guardárselo. En vez de eso, le pidió que se echase a su lado, lo que Luna hizo enseguida, apoyando la cabeza sobre su hombro. Le preguntó si estaba bien, o si había cambiado de idea con respecto a lo hablado a la hora del baño. Luna dijo que no. Solo estaba un poco nerviosa.
Con lo atrevida que había sido al final en la bañera, ahora se mostraba tímida nuevo. Tonks la arropó para que no se enfriase, y luego la besó en la boca, mientras la acariciaba por encima del camisón. Las manos de Luna pronto acabaron en torno a su cuello. Se miraron un tiempo a los ojos antes de que Tonks se sintiese un poco incómoda y comenzase a jugar con su pelo. A Luna no le había parecido incómodo. Le gustaba la mirada de la otra, aunque seguía estando nerviosa.
-No tengas vergüenza de tu cuerpo, Luna. Es muy bonito, -dijo Tonks con suavidad.
-No tengo vergüenza, era por si pasaba frío, -mintió Luna.
-No vas a pasar ningún frío, te lo aseguro ¡Qué bien te has cerrado el cuello del camisón! ¿No te aprieta? -Preguntó Tonks mientras abría uno a uno los botones, besando la piel que quedaba al descubierto. Cuando llegó al último, abrió el escote, dejando al descubierto la mitad superior de sus pechos.
Mientras tanto, los dedos de Luna le acariciaban el pelo a la otra. –No tienes que hacer nada, Luna. Solo relájate un poco, -dijo Tonks.
-¿Qué vamos a hacer? –Preguntó Luna.
-¿Te gustó lo que hiciste con el chico aquél?
-En realidad dolió un poco.
-Es normal la primera vez. Esta vez no dolerá. Te va a gustar, te lo prometo.
-¿Pero cómo…?
-¿No prefieres averiguarlo sobre la marcha? –Preguntó Tonks sonriendo.
-Creo que no, -respondió Luna, por completo seria.
Tonks le enseñó los dedos índice y corazón de su mano. -No es una polla, pero no la vas a echar de menos. ¿Tú qué dices?, ¿Crees que te dejaré satisfecha? ¿Quieres apostarte algo?
-¿Me quieres meter los dedos por "ahí"?
-Sí. Pero no va a ser de golpe, solo cuando estés lista. Fíjate lo cortas que tengo las uñas; no voy a hacerte daño, preciosa. A no ser que no quieras, claro.
-No, está bien. Solo que no me lo imaginaba así.
-¿Y qué te imaginabas? –Preguntó entre intrigada y divertida Tonks.
-Algo así como un pito postizo.
Tonks empezó a reír a carcajadas. Luna frunció el entrecejo. Cuando pudo controlarse, alisó con los dedos el entrecejo de Luna y la besó en la frente.
-No te enfades Luna, no he podido evitarlo, eres muy graciosa. Voy a enseñarte una cosa. No vayas a asustarte, ¿vale?
Y cogiendo una llave de un manojo que guardaba en su escritorio, abrió un cajón de un pesado mueble, y sacó el arnés con el dildo de madera, dándoselo a Luna con una sonrisa de medio lado.
-Cógelo, está limpio ¿Qué te parece? ¿Te gusta?
Luna lo examinó con cara de estar muy intrigada, y después miró a Tonks, dubitativa.
-No lo voy a usar contigo, corazón. Creo que con eso te haría más daño que otra cosa. Pero me ha hecho gracia lo que has dicho antes, sin tener ni idea de esto, -dijo Tonks, indicándole por señas que se lo devolviese para guardarlo en su sitio.
-A lo mejor podría usarlo yo contigo, -dijo Luna de un modo travieso.
-A lo mejor. Sería interesante. Y divertido. Pero esta noche no será, -respondió Tonks.
Luna deseaba seguir preguntando cosas, como con quién había usado el pene postizo, pero Tonks había empezado a besarle la garganta de nuevo, y algo le decía que tal vez no le gustase la respuesta. Sintió como la otra le giraba con suavidad el cuello para hacerle un chupetón en una zona nueva, mientras la tumbaba de nuevo sobre la cama y metía una de sus manos bajo el camisón. Cuando encontró uno de sus pezones, lo pellizcó casi sin presionar, para luego sacar el pecho por el escote y comenzar a besarlo y chuparlo. Luna ya llevaba un tiempo dando pequeños suspiros, pero en ese punto, los gemidos se intensificaron y comenzó a revolverse.
La mano derecha de Tonks levantó el camisón de Luna para acariciar su pierna, encontrándose con que llevaba puestos los pololos.
-¿En serio, Luna? –Preguntó sin esperar respuesta. –Voy a quitarte esto. Vas a estar más cómoda.
Y antes de que Luna pestañease, ya estaba sin los pololos, y Tonks estaba tirando de su camisón hacia arriba para sacárselo por el cuello, tras lo cual se quitó su propia bata y bajó la intensidad de la luz de gas, hasta que la habitación se quedó en penumbras. Luna la buscó a tientas, para luego quedarse mirando, casi sin ver nada, el cuerpo desnudo de la otra, y besar su cuello, sus clavículas, y su pecho.
-Qué dulce eres. Me encantas, -dijo Tonks.
Luna no se había comportado al principio como ella había esperado, aunque era culpa suya, por esperar un comportamiento determinado por su parte. Luna era Luna. Pero ya estaba más relajada, y eso era lo importante. Acarició su espalda y no interrumpió sus besos, hasta que Luna paró para mirarla a los ojos y luego acercarle sus labios. Volvieron a besarse en la boca. Tonks metió una mano entre sus piernas, buscando un punto por encima del clítoris que se notaba al tacto como una cuerda tensa, y que hizo a la otra dar un respingo.
Tonks bajó los dedos hacia la vagina de Luna para ver si estaba húmeda, pero todavía no le había dado tiempo a lubricar lo suficiente. Aprovechó lo poco que había para arrastrarlo a la zona del clítoris, y empezar a acariciárselo.
-¡Un poco más, quiero un poco más! –Dijo Luna.
-A ver si esto te gusta. Tranquila, déjate querer un rato, -dijo Tonks cogiendo los tobillos de Luna, y abriéndole las piernas con las rodillas un poco dobladas, para empezar a besar su rubio pubis, mientras Luna la miraba asombrada.
Tonks le cogió por un momento una mano, y notó cómo los dedos de Luna la apretaban. Su vulva era sonrosada, con un fino vello rubio que apenas cubría sus labios. Tonks los abrió un poco para lamerla, y luego siguió acariciando con la lengua los labios menores. Luna comenzó a mover la pelvis buscando más contacto entre ambas. Tonks sujetó sus caderas con ambas manos, y comenzó a chupar su clítoris.
-Por esto querías que nos bañásemos ¿verdad? –Preguntó Luna de forma entrecortada, sonriendo un poco.
-Sí. Ahora cállate y céntrate. Luego resuelvo tus dudas, -respondió Tonks.
Al cabo de un rato, Luna gemía un poco, se revolvía, y estaba mucho más mojada. Tonks acarició su sexo con un dedo, le preguntó si estaba lista, y ante su afirmación se lo metió con suavidad hasta el final, para seguir así un rato, notando que a pesar de lo estrecha que era su vagina, podía mover el dedo bien dentro de su cuerpo, y Luna parecía estar disfrutando. Fue moviéndose más deprisa dentro de ella, mientras no dejaba de prestar atención a su clítoris con la lengua y los labios.
Cuando sintió que Luna lo agradecería, metió otro dedo para seguir con lo mismo, pero de forma un poco más contundente. Dobló un poco los dedos, buscando dentro una zona rugosa que Tonks ya conocía por haberla tocado, entre otros cuerpos, en el suyo propio. Luna seguía gimiendo y moviendo las caderas de adelante hacia atrás. Tonks pensó en preguntarle si le estaba gustando, pero era obvio que sí. Preguntarle solo serviría para distraerla y que ella a su vez le hiciese mil preguntas, teniendo que empezar luego otra vez desde cero. Notando los dedos muy húmedos, en vez de eso, prefirió intensificar el ritmo, hasta que sintió como la vagina de Luna se estrechaba aún más, y su respiración se entrecortaba.
-¡Para, para! –Exclamó de repente Luna.
-¿Qué pasa? Preguntó Tonks sacando rápido los dedos.
-¡Tengo que hacer pis!
Tonks volvió a reírse. –No es pis, cielo. Solo es que te está gustando mucho. Tranquila, suéltalo todo. De verdad que no pasa nada ¿Puedo seguir? –Preguntó ella, antes de volverle a meter los dedos dentro, tras el asentimiento de Luna.
Supo que Luna había terminado cuando sintió aún más humedad en su mano, que le goteaba más allá de los nudillos, y Luna dejó de apretar sus dedos para quedarse relajada, en silencio, y con la mirada un poco perdida. Tonks se separó con lentitud de su cuerpo y se echó a su lado para empujarla hasta que quedó de lado, y abrazarla por detrás.
-¿Qué tal, Luna? ¿Ha sido como te lo imaginabas, o estás decepcionada? ¿Te hubiese gustado más una polla?
Luna sonrió, pero no dijo nada, y cerró los ojos.
-¿Con lo parlanchina que estabas antes y ahora no tienes ganas de hablar? Bueno, vamos a arroparnos y descansar un poco.
Cuando tiró de las blancas sábanas para cubrir sus cuerpos, se dio cuenta de que acababa de mancharlas con algo oscuro que no debería estar allí, y enseguida manipuló la lamparita de gas de la mesita para que iluminase de un modo más intenso. Como le había parecido, tenía los dedos manchados de sangre, y una gotita ya casi seca se le había escurrido hasta la muñeca. Miró a Luna, que entrecerraba los ojos para evitar la luz.
-¿Luna? ¿Me has mentido? ¿Qué significa esto, eras virgen?
Luna abrió los ojos mirando con extrañeza a Tonks, y cuando vio su mano ensangrentada, se quedó boquiabierta.
-¡No! ¡Te dije la verdad! ¡No sé por qué he sangrado, no me ha dolido, bueno, quizás un poco, pero muy poco!
-Entonces he sido yo ¡Qué bruta soy! ¡Lo siento mucho, Luna, voy a lavarme y vuelvo contigo!
-Sí, vuelve. Además, tú no has tenido nada: pensé que la reciprocidad era importante.
-Luna, te he hecho sangrar. No quiero nada, no te preocupes. Solo quedarme a tu lado, -dijo Tonks mientras se lavaba las manos en la jofaina. Luego abrió un cajón de un armario y sacó uno de los paños que ella misma tenía para su menstruación, tan limpio que no parecía haberse usado nunca, y se lo pasó a Luna, antes de bajar de nuevo la luz.
-Póntelo Lunita, no te duermas sintiéndote pegajosa. ¿Cómo estás? ¿Te molesta? –Preguntó mientras la abrazaba de nuevo por detrás.
-Ahora es cuando me está empezando a molestar. Antes solo sentí gusto.
-A veces pasa, cuando una está muy caliente, que no empieza a doler hasta después de un rato. Pero nunca me había pasado que yo le hiciese sangre a nadie, y no entiendo por qué. No creo haberte dado tan fuerte como para eso.
Tonks tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de Luna, y de vez en cuando dejaba besos allí. Metió los dedos entre su pelo. Otra vez lo tenía enredado. Por la mañana se lo cepillaría de nuevo.
-¿Te sientes muy incómoda? ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Quieres un trago de anís? Puedo subirte una copita; te ayudaría a dormir, –dijo Tonks, mientras la estrechaba en su abrazo.
Luna apretó sus manos contra las de la otra antes de contestar que estaba bien, solo era una leve sensación de quemazón, y Tonks volvió a disculparse y a besarle la mejilla.
-Luna, ya no te vas a ir de esta casa ¿lo sabes verdad?
-¿Y eso?
-Porque te quiero. No nos vamos a separar ¿verdad? Dime que tú también me quieres.
-Sí que te quiero, pero tú tienes marido y medio.
-Creo que más bien es marido y cuarto. Pero da igual. Eso no cambia nada.
-Y también vas a fiestas donde te acuestas con otra gente.
-¿Te molesta eso? ¿O quieres hacer tú lo mismo?
-¿A ti que te parecería?
-Ya te dije que no me gustaría, por ti. Si te quedases embarazada no serías feliz. La gente no te dejaría en paz, y puede que hasta te quitasen a tu hijo.
-¿Y si me acostase solo con mujeres?
-¿Quieres hacer esto con otras mujeres, Luna?
-En realidad no, es solo una pregunta hipotética.
-No me gustaría, -reconoció Tonks.
-Pero tú lo haces, -dijo Luna en un tono neutro.
-No lo haré más. Pero no puedo dejar de acostarme con Sirius, y a lo mejor con Remus, si alguna vez hacemos las paces. No solo es el acuerdo que tengo con ellos, también los quiero.
-Pero yo solo puedo hacerlo contigo, -repitió Luna en un tono un poco desafiante.
-Luna, puedes hacer lo que quieras. Pero no hagas nada solo por molestarme a mí: sería una estupidez. Y no te pega ser así, -dijo Tonks mientas acariciaba su mejilla.
-No lo voy a hacer. No me apetece ir por ahí acostándome con cualquiera. Pero no es justo.
-La vida no es justa Luna, lo siento mucho. Pero Sirius y Remus no son tus rivales ni nada parecido: ellos tienen sus propias historias, y además, también te aprecian, aunque a Sirius le guste tomarte el pelo. Le caes bien, en realidad por eso lo hace, si no te ignoraría. Es su sentido del humor.
-Parece un buen tipo.
-Es un buen tipo. Tiene sus cosas, pero lo es. También Remus es un buen tipo, aunque últimamente no nos llevemos bien. Pero nada de eso afecta a la relación que hay entre nosotras ¿No lo ves tú así?
-Supongo que sí, -dijo Luna sin mucho convencimiento. -¡Pero todo esto es muy raro!
-Nosotras somos raras, Luna. Pero si las dos estamos contentas, todo está bien. Y lo demás no importa.
*En el próximo capítulo, reunión familiar. Qué movida ¿verdad? ¡Y sin ser Navidad ni nada!
