¡Hola! ¿Qué tal estáis? Espero que muy bien y sin problemas.

Ya ha pasado una semana más o menos, no me acuerdo bien XD, desde la última actualización del fic y hoy pues lo pude terminar esta mañana pero quería revisarlo antes por si se me escapaba alguna falta de ortografía o alguna frase sin sentido, etc. Pero ahora está perfecto para publicar :)

Y hoy es el tan esperado día, hoy vais a ver la primera interacción entre los protagonistas LOL XD, agarraos a algo fuerte porque va a ser bueno, juju.

Ahora sí, ¡disfrutad de la lectura!


Capítulo III: El fantasma de la ópera


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Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos, pero pudo oír perfectamente la voz que la llamó. No pudo evitar que un frío extraño calara sus huesos de manera estrepitosa, provocando que sus cinco sentidos se pusieran atentos. Ni aunque pasaran años, conseguiría evitar sentir esta sensación de nerviosismo. No obstante, la manera en que la llamaba producía siempre en ella un estado de hipnosis del que era imposible de despertar, y del cual extrañamente se sentía como si estuviera en casa. Definitivamente, era una voz que afectaba de sobremanera a Bulma.

Sin moverse un solo centímetro desde su sitio, quieta como una estatua, buscó al dueño de la voz.

—¿Maestro? ¿Dónde está?

Se le hizo eternos los minutos a la joven. Pero sabía que él estaba aquí, se sentía vigilada, inexplicablemente, por su enigmática no presencia. Y sin saber aún dónde provenía, Bulma se sobresaltó de nuevo al oír de nuevo, y más explícito, la voz del hombre:

—Acércate al espejo— le ordenó suave, pero sin perder la autoridad en su tono.

La joven obedeció, ahora mismo estaba hecha un manojo de nervios, no tenía ni idea de lo que iba a pasar. La curiosidad y la impaciencia comenzaba a nacer en todo su sistema. Sin embargo, cuando llegó al espejo se quedó parada enfrente de ella sin saber qué hacer, pero no tardó mucho en oír de nuevo a su maestro:

—Mira fijamente en el centro— esta vez ordenó mediante susurros, pero perceptibles al oído de la joven.

Lo hizo, al principio no veía nada salvo oscuridad, pero empezó a darse cuenta que unas leves luces se dejaron ver poco a poco, parecían que iluminaban una sala o algo parecido. Entonces, bajo esas tenues luces, Bulma observó cómo dibujaban la silueta de una persona. Podía distinguir su altura, ni demasiado alto ni demasiado bajo, aunque obviamente siendo ella más baja que él; luego, contempló su peculiar cabello, abundante y negro como la noche, y elevándose en alto asemejando a una llama. Honestamente, se estaba maravillando al descubrir por fin cómo era su misterioso profesor. Y quería más.

De repente, sin previo aviso, el espejo se corrió a un lado, haciéndola saltar desde su sitio y dejándola también estupefacta, ¡el espejo era un pasadizo secreto! Y en ese mismo momento, una mano enguantada de cuero negro se levantó frente a ella.

—Ven conmigo— le susurró, acariciando de esta manera los oídos de la muchacha, que no evitó que un extraño flechazo de gozo enviase leves espasmos a su cuerpo.

Se avergonzó un poco por eso, tenía que comportarse. Era normal que sintiera un poco de tranquilidad cuando escuchaba la voz de su maestro, porque siempre le demostró confianza, pero no entendía por qué ahora se comportaba como si fuera una adolescente. Quizás sea a la novedad de conocer en persona a su maestro. Debía ser eso. Increíblemente cierto, era la primera vez que iba a descubrir quién es su maestro, físicamente hablando.

Aceptó la mano y cuando sus dedos se rozaron, podían jurar que ambos notaron una especie de electricidad que surcaron entre ellos, a pesar de que la mano del hombre estaba cubierta por el guante. El hombre sonrió, sin que Bulma se diera cuenta debido a la oscuridad del lugar. Cogió con suavidad la mano de la joven, como si temiera a que se rompieran sus delicados dedos, y entonces comenzó a caminar sin prisa, guiando a su pupila por el estrecho pasillo. A medida que iban avanzando, las luces ayudaron a Bulma a descubrir poco a poco la figura del hombre, con el único inconveniente de estar detrás de su espalda. Y efectivamente, comprobó que era un poco más alto que ella, supuso que por su altura era un hombre que rozaría la treintena de años, aparte de notar la madurez en su voz; además, le llamó la atención la capa negra que cubría toda su espalda y el resto del cuerpo mientras observaba cómo se ondeaba a cada paso que avanzaban.

Y llegaron a una sala que te daba la sensación de estar dentro de un cubo, todo cuadrado de arriba y abajo, iluminando las velas del alrededor con más fuerza todo el espacio. La chica observó que en el centro de la pared de delante, había una entrada abierta que daba inicio al descenso del sótano por unas escaleras amplias de piedra. Era ya la entrada a las famosas catacumbas del teatro, un lugar del que nadie entra ni sale.

Notó que su maestro apartó su mano por un momento mientras este se dirigía hacia la entrada secreta de donde sacó una antorcha y la encendió con una de las que había en la sala. Entonces por fin lo vio cuando acabó y se dirigió a ella.

Vestía un frac negro con la cola abierta por detrás llegando hasta sus muslos, por delante, la chaqueta era corta y presentaba en los bordes una fila de botones puestas oblicuamente; los pantalones que llevaba eran también negros teniendo dos galones que discurren a lo largo de la pernera del pantalón. También llevaba debajo de la chaqueta un chaleco negro y, debajo de esta, tenía una camisa de blanco impoluto perfectamente ordenado, además por el alrededor del cuello portaba una corbata amplia de color burdeos. Por último, los zapatos eran negras que tenían un poco de tacón. Elegancia, esa era la esencia que demostraba. Pero lo que en verdad llamó toda la atención de la joven, fue su cara. Quedó muda al verlo, su maestro tenía una máscara blanca que le cubría la mitad derecha de su cara, pensó para sí misma que a pesar de llevarla, no le restaba de guapo, al contrario, en verdad era hermoso su maestro ya que su otra mitad de cara era atractiva, de piel bronceada, cejas gruesas negras y unos ojos azabaches tan severos como enigmáticos.

Se ruborizó y agradeció Bulma que su maestro no se haya dado cuenta, se hubiera muerto de la pena.

E inmediatamente, como un repentino flash back, recordó la famosa historia que Gine le contaba de pequeña cuando se iba a la cama.


(Flashback)

Las niñas malas que no duermen en sus habitaciones, serán castigadas por el fantasma que merodea en esta ópera— advertía Gine a unas pequeñas que la escuchaban temblando de miedo— Las arrastrarán hacia las sombras y nunca podrán salir de ellas. Algunos dicen que se las comen y otros que las mantienen por un tiempo antes de matarlas.

Una de ellas, se aventuró a preguntarle:

Y, ¿cómo es ese fantasma?— preguntó Bulma.

Gine miró a la pequeña que a pesar del temblor, muy por encima del miedo, la niña sentía mucha curiosidad.

Dicen que siempre va vestido con ropas oscuras para poder mezclarse con las sombras— le contó— Pero solo hay una cosa de él que no es negra, su máscara blanca que solo cubre la mitad de su faz— concluyó Gine.

El cuerpo de la pequeña se sacudió levemente por el miedo que tenía, no quería que le fantasma la llevara con ella.

¿Acaso quieres que el fantasma te lleve, Bulma?— le preguntó Gine, como si le advertiera.

Inmediatamente, Bulma sacudió su cabeza de forma rápida negándose.

Entonces debes permanecer en tu cuarto durante la noche sin peros— advirtió tajante.

(Fin Flashback)


Aquella lejana historia hizo mella cuando era pequeña, lógicamente, era una historia de terror que conseguía que no fuera a explorar la ópera de noche por culpa del miedo que sentía cada vez que la oía. Sin embargo con el paso del tiempo, no le tomó importancia porque simplemente era una historia y nada más.

En cambio ahora, irónicamente, está siendo guiada por el mismo ser que de pequeña le ocasionó alguna pesadilla que otra.

Dejó atrás sus pensamientos cuando vio al hombre avanzar despacio hacia ella, resonando sus pasos por los zapatos, y otra vez cogió sin decir nada su mano, sin resistirse y retomaron su camino.

Bulma empezó a notar que descendían circularmente por la escalera de caracol y se sentía como si estuviera en una espiral. Además, también percibió que el cambio de temperatura bajaba a medida que descendían, sintiendo leves corrientes de aire frío. Y unos minutos más tarde, oyó el sonido del agua. Había escuchado por parte de Bardock que la ópera, cuando empezó a edificarse, tenía debajo una laguna que cubría la base del edificio, pero se construyeron unas bombas hidráulicas que controlaban el paso de las aguas subterráneas a la ciudad.

Finalmente, llegaron por fin al final del camino donde les esperaba una barca dispuesta para llevar a ambos por la zona que antiguamente era la laguna mentada. El hombre ayudó a su alumna a subir en la barca, sentándose ella en unos mullidos cojines pequeños para que estuviera cómoda. Y comenzó el nuevo viaje. A la cabeza, estaba de pie el maestro de Bulma dirigiendo el transporte utilizando un largo remo como soporte. Era una escena mágica. Gracias a los farolillos que tenía la embarcación, Bulma contemplaba todo el lugar como si estuviera en un castillo encantando. A pesar del escalofriante sitio, de un modo distinto se encontraba a gusto.

Mientras tanto, su maestro disimuladamente no dejaba de observarla, le causó cierta gracia al verla tan emocionada como una niña pequeña en una tienda de juguetes. Rió para sus adentros y se congratuló al ver lo cómoda que estaba su alumna con él. Estuvo un tiempo pensando en decidir si quería que su alumna le viese y parece que el resultado era el ansiado por él. Además, veía injusto ayudar a su alumna estando él oculto, pero eso decidió cambiarlo y más todavía después del estreno de su pupila. A partir de ahora, se encargaría personalmente de realizar las mismas clases pero endureciéndolas un poco más, quería que su alumna brillara en los escenarios. Sin duda, estaba de buen humor, tanto así que se le ha ocurrido una idea.

—Bulma.

La joven dejó de mirar el lugar y se giró hacia su maestro, prestándole toda su atención.

—Canta para mí— le pidió, Bulma notó un matiz anhelante en su maestro.

Se percató incluso de su buen humor, recordó que cuando estaba así siempre le pedía que cantara. Como si su maestro lo necesitara. Así que no le hizo esperar más.

Comenzó a vocalizar a capella, sin necesidad de un instrumento musical, Bulma creó paulatinamente una armonía perfecta en el espacio. Solo se escuchaba el dulce canto de sirena que la vida condecoró a la soprano, teniendo como único testigo su maestro que la miraba complacido. El poder que ejercía la muchacha bastaba con transportale a un mundo de ensueño donde solo existía ella y la música, como si fuera el paraíso. Siempre creyó en ella desde la primera vez que la oyó cantar cuando Bulma apenas era una niña. Sonrió ante el recuerdo de la primera vez que la conoció. Fue el día en que Bulma llegó por primera vez a vivir a la ópera, asustada y triste por la reciente falta de su madre, todos los días esa pequeña niña se resguardaba del mundo yendo a la capilla. Y casualmente él pasaba por ahí cuando la oyó cantar. Al principio se extrañó, porque esa zona solitaria no era concurrida, pero la curiosidad le picó y a medida que avanzaba, cada vez atendía con más interés aquella infantil voz, y con posibles. Entonces la vio por el único vitral de la capilla, le llamó mucho la atención ese peculiar color de cabello azul amarrado con dos graciosas coletitas, pero retomó su atención cuando la pequeña volvió a cantar mientras oraba delante de una vela encendida. Por la tristeza en cómo cantaba, comprobó que se la dedicaba a alguien muy importante. Sin embargo, aunque las emociones influenciaban en la niña, notó un gran potencial en su voz. Si se le educaba de manera correcta, tendría un gran futuro como cantante de ópera. Y fue esa misma noche cuando empezó a acompañar a la pequeña en sus canciones, al mismo tiempo que decidió que sería su profesor de canto. No quiso desaprovechar la oportunidad de entrenar a una joven con un gran promedio, era el reto que esperó.

—Sigue cantando, Bulma— le pidió susurrante, aunque se notaba la ansiedad en sus palabras.

La joven continuó cumpliendo el deseo del hombre, vocalizaba de manera suave al principio, pero cuando su maestro le pidió más, comenzó a entonar con más fuerza.

Y justo en ese momento llegaron a una compuerta que fue abriéndose ante ellos, como si supiera de su llegada, y Bulma se sorprendió al ver cómo aparecían del agua candelabros que encendían paulatinamente sus luces, creando además un camino que conducía a la barca hasta que pararon en la orilla. Un espectáculo hermoso sin duda.

—¡Canta para mí!— exclamó con fervor el hombre.

Y Bulma acabó de manera espectacular la última vocal, notando al acabar el cansancio por el esfuerzo, pero pudo amenizarlo. Mientras recuperaba el aliento, vio como su maestro trotó de la barca al suelo, caminando un poco hacia delante quitándose la capa mientras y la colgó en un perchero de metal. Giró hacia ella y la contempló. Observó cómo su pupila se entretenía mirando su hogar con atención, el asombro y la curiosidad se instalaron en ella. Era un libro abierto su alumna.

—Bienvenida a mi hogar, Bulma— le anunció.

Eso la pilló desprevenida, ¿su maestro vive en una cueva? No pudo cuestionarle al ver cómo se acercaba a ella y aceptó enseguida su mano, que la tendía para ayudarla a bajar del bote. Una vez en tierra, se dejó guiar por el hogar de su tutor.

Habían estatuas por doquier y todas con una venda cubriendo los ojos, variando algunas con un ojo y otras con el otro. Luego vio bocetos de dibujos, pinturas que cubrían toda la pared y por otra pared observó que habían partituras pegadas a ellas. Pero le llamó la atención la cantidad de espejos que se cruzaban en su camino, de pared a pared, reflejándose entre ellos a la infinidad. Subieron por una pequeña escalinata en un silencio cómodo hasta un rincón donde había un inmenso escritorio con una maqueta de la propia ópera.

—Esta es mi sala de escritura— le contó su maestro— Aquí planeo todo lo que tengo en mente.

Bulma observó con más detenimiento la maqueta, y quedó sorprendida al ver una muñeca pequeña de ella misma con la misma vestimenta que ella había utilizado esta noche en la gala.

—Entonces, ¿usted planeó que yo cantara esta noche?— le preguntó, sabiendo la respuesta que sospechaba.

—Sí— la miró disimuladamente— Aunque no podía recomendarte directamente con esos idiotas que Bardock se ha asociado, le pedí a Gine que lo hiciera por mí.

Eso la dejó con los ojos como platos. ¿Su madre adoptiva conoce a su maestro? Su cabeza comenzó a crear un mar de dudas. Quiso preguntar pero fue detenida por las palabras de su maestro.

—Pero si por mí fuera, yo te habría recomendado desde hace tiempo— le dijo mirándola a los ojos— Y así la estúpida de Maron se habría marchado para siempre de mi ópera.

Y cuando mencionó a la susodicha, Bulma recordó el incidente del telón.

—Maestro, ¿usted fue quien soltó las cornisas del telón?

—Sí— le afirmó sin darle mucha importancia— ¿No la maté, cierto?

—No, no— respondió enseguida Bulma— Pero fue peligroso maestro, hubiera quedado mal la señorita…

—Bulma— la interrumpió mirándola fijamente y se acercó a ella— Era el momento, durante años he tenido que aguantar la falta de profesionalidad que esa mocosa carece y tú ya estás más que preparada para cantar.

Bulma se perdió por unos segundos en esos pozos sin luna, había anhelo en ellos. Cuidadosamente su maestro tomó sus manos y los apretó delicadamente, era un apretón afectuoso y sin dolor.

—Debes entender que esa mocosa estaba profanando mi teatro con su voz— dijo esto último con mofa— Necesitaba que la reemplazaras, porque solo tú puedes cantar mi música.

Ante estas palabras, la columna de Bulma empezó a sentir suaves escalofríos que no la incomodaban, al contrario, la hacían sentir a gusto.

—Además, esos dos estúpidos, los marqueses, se dieron cuenta que tu voz es mucho mejor que la de Ceballi— le dijo con una sonrisa de autosuficiencia— Y sin pensarlo un segundo, te dieron el papel principal porque, aun sin saber nada de ópera, sabían que tú debías cantar esta noche.

"Y todo lo hizo por mí" pensó Bulma. No sabía segura si esa era la verdadera respuesta que su maestro indirectamente le lanzaba, pero al ver cómo se demostraba de manera fervorosa, pensó que todo lo que hizo su maestro era por y para ella. Se sentía agradecida, nadie (aparte de Bardock y Gine) había hecho tanto por ella.

Apartó suavemente sus manos, siendo vigilada por su mirada misteriosa, era mucha información, se sentía un poco mareada por todo, gesto que no pasó desapercibido por su maestro sin embargo no le dijo nada porque conocía a su alumna, necesitaba digerir la situación.

—Maestro— le llamó cogiendo aire, como si el respirar le fuera imprescindible— ¿Por qué lo hizo? Es que no puedo evitar pensar que todo esto esté pasando de manera precipitada— le confesó sintiendo un nudo en su garganta formándose.

Con tranquilidad, el hombre se acercó a su preocupada pupila. Por un lado la entendía, era joven y teniendo a él como único testigo de su talento, le era difícil demostrarlo como lo hizo en la gala, además del agobio que le va a suponer su futura fama. Pero, por el otro lado, no quería que se preocupara, porque él estaría con ella siempre.

—Bulma, mírame— le ordenó sereno y Bulma no tardó en devolverle la mirada— No tienes porqué preocuparte.

Miraba absorto esos luceros zafiros que le agradaban, esperando su respuesta.

—Lo único que tienes que hacer es dejarte llevar, deja que la música te lleve a un lugar desconocido del cual sientas admiración y deseo de conocer— le susurró, de manera atrayente, había una magia extraña que provocaron esas simples frases en la mente y cuerpo de Bulma, como si la invitara a probar algo nuevo— Y recuerda que yo siempre estaré contigo, no dejaré que nada ni nadie te haga daño.

Estaba complacida de escuchar eso, sabía que su maestro siempre cumplía con su palabra, para ella era una persona fantástica.

—Gracias, maestro— le respondió más aliviada ahora— Perdóneme si mis miedos le han molestado— se disculpó apenada mirando de nuevo el suelo.

No tardó en volver a mirarle cuando su maestro cogió suavemente su barbilla, atrayéndola despacio a su cara hasta una distancia prudente.

—Acepto tus disculpas, pero debes aprender a consentirte más Bulma— le comentó— Y nunca dejes que nadie te pisotee, debes ser más fuerte y yo te ayudaré.

Bulma sonrió suavemente, no tenía porqué preocuparse y una vez más su maestro la salvaba. En su mente, agradecía a su difunta madre que le haya enviado al ángel guardián delante de ella. Nunca hubiera escogido a otro mejor.

—Ven, quiero enseñarte algo más— la llamó rápida y llevándola a un rincón un poco alejado del escritorio, bajando una escalinata, la guió hasta una vitrina que tenía telas por el alrededor de color escarlata. Además Bulma se fijó que en la cueva no habían puertas, sino telas que cubrían las entradas a habitaciones o lugares, apartados de los ojos curiosos.

Se pararon en la vitrina, cubierta por una inmensa tela. Su maestro se pudo al lado de ella mientras que su alumna se paró frente a ella, esperando pacientemente lo que su maestro quería enseñarle. Y en ese momento, sin decir nada, su maestro levantó súbitamente la tela que sonó al vuelo, dejando por fin mostrar lo que tenía escondido y los ojos de Bulma se abrieron de la conmoción ante lo que veía: una modelo escala real de ella misma, con cabello y todo, parada en el mueble con un vestido de novia precioso.

Sintió de repente como sus ojos se cerraban y antes de sentir el suelo contra ella, unas fuertes manos la ayudaron a evitar la caída y antes de sucumbir a la oscuridad, sintió a su maestro apretarla fuertemente en su pecho, notando la tensión de sus músculos cuando la cargó, mientras la llevaba a su habitación.


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Anna juraría que la puerta del camerino de su amiga nunca se cerraba con llave. Menos mal que cerca de allí había un pequeño armario de llaves de todas la habitaciones y fue a coger la del camerino de Bulma (aunque bueno sigue siendo de Maron Ceballi).

Cuando ya abrió la puerta, se percató de la oscuridad del lugar. Esto le llamó la atención, ¿cómo es posible que la habitación esté a oscuras sin nadie dentro y cerrado a cal y canto? Intentó encender las luces pero no surtió efecto, no quería pensar mal, quizás las luces se fundieron y por eso no había luz. Sin embargo, sabía de sobra que aquello era lo que quería pensar, las luces siempre eran revisadas y extrañamente daban problemas.

No quiso pensar en conjeturas porque si no acabaría mareándose con ideas infundadas.

—¿Bulma?— llamó susurrándola, aunque sabía que no estaba su amiga, oír su voz la calmaba frente a esta situación.

Tanteó el lugar hasta llegar al tocador y encendió una lámpara que afortunadamente funcionaba. Aunque no era potente la iluminación, conseguía vislumbrar el lugar. La chica observó los objetos que habían encima del tocador, los pasadores del cabello seguían estando ahí, intactos, sin guardar en el pequeño cajoncito al lado del espejo y repartidos por la tabla. No lo entendía, conocía lo escrupulosa que es su amiga y una de las cosas que no tolera es el desorden. Completamente extrañada, Anna volvió a inspeccionar una vez más el camerino, por si encontraba algún indicio o una pista de dónde pueda estar Bulma. Y creyó encontrarla al dirigir su vista en el espejo de cuerpo entero.

Se acercó a ella lentamente y entonces se fijó en algo que la dejó sorprendida, había una rendija vertical que dejaba mostrar un pequeño haz de luz, como si en realidad el espejo fuera una entrada secreta. Se encaminó decidida a comprobar sus sospechas y, efectivamente, al empujar de lado con su mano el espejo, se dejó ver un oscuro pasillo.

Sus ojos se abrieron como platos ante el descubrimiento, ¿será que Bulma habrá entrado por aquí? Inmediatamente se preocupó ante la posible idea. Quizás se haya perdido y con lo curiosa que es su amiga no se habrá dado cuenta de dónde está. Ahora sí que estaba intranquila Anna, así que no lo pensó más y entró.

A medida que avanzaba, lentamente, sus nervios se iban apoderando de ella. Y sin pretenderlo, recordó las historias que los empleados del teatro contaban al resto sobre unas secretas zonas que la ópera tiene y que por ellas merodeaba un fantasma, y que si te atrevías a deambular por estos pasadizos, nunca volvías a salir. Tembló ante el pensamiento.

Aunque son historias que contaban porque se aburrían, eso era lo que pensaba la chica. De repente escuchó un chirriante sonido.

—¡AH!— se asustó.

Una rata apareció al lado de sus pies sin llegar a rozarlos, pero la sola aparición del animal la hizo estremecer. Su corazón latía desbocado, intentó tranquilizarse, pero no lo lograba por culpa de la oscuridad que poco a poco engullía el pasillo, definitivamente tenía que encontrar a Bulma lo antes posible.

Sin embargo no pudo avanzar más cuando una mano la tomó del hombro.

—¡AH!— se asustó de nuevo, pero se alivió al reconocer a la persona— ¡Gine!

La mujer estaba delante de ella y Anna se maldijo al ver su severa mirada, le caería un buen sermón por esto.

Gine agarró con fuerza la mano de la joven para volver de nuevo al camerino, esta vez cerrando con firmeza el espejo y sin pronunciar ni una sola palabra.

—Gine…— llamó con cautela la chica, sintiendo culpa por lo ocurrido.

—Mejor no digas nada, Anna— le avisó calmada aunque se le notaba un poco el enfado— Volvamos a la habitación antes de que se te ocurra volver aquí.

Y la llevó consigo hasta la habitación sin decir nada, además Anna tampoco se sentía con derecho a justificarse y se dejó guiar hasta los dormitorios de las bailarinas.

Gine se lamentó en dejar el armario de las llaves abierto y a disposición de cualquier curioso que quisiera explorar el teatro. Sabía que Anna lo hizo porque se preocupó por su amiga, pero creyó que la chica estaba en su dormitorio durmiendo. No debía dejar que volviera a repetirse, por el bien de ella y de todos.

Cuando llegaron a los dormitorios, Gine se giró quedando delante de la cabizbaja Anna.

—Anna, espero que esto que ha pasado no vuelva a ocurrir— le advirtió— Y quiero que también lo olvides, como si nunca hubieras estado allí, ¿entendido?

La chica solo asintió sin poner peros, no quería que la mujer se enfadara.

Entonces, Gine sin pronunciar nada, como si nunca hubieran tenido esa conversación, abrió la puerta y entraron a los dormitorios, asegurándose así la mujer. Y una vez que se adentraron escucharon sonoros gritos femeninos, como si estuvieran asustadas. La esposa de Bardock entró con firmeza, sus alumnas eran muy traviesas al estar a estas horas de la noche formando escándalo, no se iban a librar de un buen regaño. Pero cuando llegó a la habitación, comprobó no eran ellas las que provocaron el alboroto.

Con una capa desaliñada como disfraz, el jefe de tramoya Nappa, asustaba sardónicamente a las bailarinas mientras contaba la historia del fantasma de la ópera.

—Dicen que su piel es pálida y fea como un cadáver humano y lo que cubre en realidad su faz es su calavera. Y además, dicen también que no tiene nariz, que solo hay un asqueroso hueco en ella.— contaba con mofa— Si un día os lo encontráis, ya podéis empezar a rezar a todos los santos, porque él os cazará con su "lazo mágico."—comentó sacando de su espalda una soga del cual las chicas se estremecieron al verla y más cuando de repente Nappa pasó la sago por el cuello de una, simulando un ahorcamiento.

Justo en ese momento apareció Gine que ganó las miradas de todos y Nappa, fastidiado, dejó a la chica en paz, sacándole la soga por la cabeza.

—Señor Nappa— le llamó severa— ¿Qué está haciendo en la habitación de mis alumnas?

El hombre miró a su dirección y reconoció que la mujer de Bardock cuando quería se mostraba como el mismo demonio. Disimulando su hastío, le habló con un poco de guasa:

—Nada, señora Son. Solo contábamos cuentos— le informó con mofa.

Gine no le creyó, sabía de la mala lengua que empleaba el jefe de tramoya. Era un maldito bastardo cuando se lo proponía. Sin dejarse amedrentar por la burla, se acercó al hombre y le quitó la soga pillándolo desprevenido.

—Espero que solo sea eso, señor Nappa, de lo contrario, si alguna de mis alumnas me confiesa algo impropio que usted ha hecho, me veré en la obligación de avisar a mi esposo de tal inconveniente— le advirtió manteniendo una compostura sutil y regia.

El hombre tragó saliva, sintiendo un nudo en su garganta. No quería volver a ver al fastidioso de Bardock advirtiéndole de su comportamiento, ya bastantes problemas ha tenido con respecto a eso, y aun así continuaba sin importarle nada. Pero no tenía más remedio que callar y acatar sin objeciones.

—Y espero que sea la última vez que pise el dormitorio de las bailarinas— continuó Gine— Y ahora si es tan amable, márchese.

El hombre chistó, incordiado por la mujer, y se marchó de la habitación, dando un portazo a la puerta.

Las chicas expulsaron el aire aliviadas pero fueron interrumpidas por la demanda de su maestra de ballet.

—¿Y vosotras? ¿No vais a dormir? Porque si no, el fantasma vendrá y os llevará con él— reprendió la mujer a sus alumnas, las cuales se metieron enseguida a la cama sin protestar cuando mencionó al fantasma.

Y mientras observaba cómo apagaban las luces de las lámpara sus alumnas, la habitación poco a poco se fue oscureciendo invitando a las chicas a dormir, a excepción de una joven todavía preocupada viendo la cama vacía de su lado derecho.

—Anna- llamó en susurros Gine cuando pasó por su cama— Duérmete ya.

—Pero, ¿qué pasa con Bulma?— le preguntó también susurrante sin querer desvelar el sueño de sus compañeras.

—Descuida por ella. Creeme, Anna, ella está bien— le dijo con calma.

Miró desconcertada a su maestra pero notó que le dijo la verdad, así que, a pesar de estar intranquila, no dijo nada más y se metió entre sus sábanas. Esta noche no iba a dormir bien.


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Una suave melodía fue lo primero que escuchó Bulma cuando perezosamente comenzó a abrir sus ojos después del profundo sueño del cual se durmió. Y cada vez se volvía más nítido el sonido y podía cerciorar que la música provenía de una caja musical. Y no estaba equivocada.

Cuando abrió por completo los ojos, giró en dirección a la sutil melodía y se encontró con una cajita musical muy bonita. Estaba encima de una pequeña mesa al lado de la gran cama de plumas donde Bulma estaba tumbada y observó la forma de la cajita, en ella había un mono vestido con túnicas persas tocando los platillos mientras iba al compás de la música. Era bastante lindo el juguete, pensaba Bulma. Pero la veía a través de unas cortinas negras transparentes y buscó a ver si encontraba alguna cuerdecilla para destapar la cama. Unos segundos más tarde pudo encontrarla y estiró de ella, dejando por fin ver dónde estaba exactamente. Parecía estar en una habitación, solo había una cómoda antigua y la cama junto con la mesita con la caja musical.

Bulma se reincorporó en las mullidas sábanas rojas burdeos, mientras todos los recuerdos del día anterior vinieron estrepitosamente a su mente. El ensayo final, los nuevos socios, el accidente de la señorita Ceballi y su inminente renuncia y luego Gine apoyándola en su audición para reemplazar a la italiana. Sin duda un giro extraño que dejó confundida por todo lo que después vino, la fama de anoche sin duda la abrumó. Pero no fue eso lo que desconcertó totalmente a Bulma. Anoche ocurrió lo que nunca iba a imaginar que pasara: la visita de su misterioso maestro. Inesperadamente se dejó conocer su guardián, el que siempre ha estado velando por ella y el que se encargó de educar su voz. Recordó que la llevó… ¿en dónde estaba, por cierto?

Se levantó decidida a descubrir el lugar desconocido y fue hasta una cortina larga que cubría toda la entrada a la cueva y la deslizó con cuidado, entonces ya su mente se esclarecía de las dudas.

"No fue un sueño" pensó Bulma. Temió por un momento si lo fuera.

Caminó observando su alrededor y entró a la sala principal de la cueva, los candelabros situados en el agua aún continuaban ahí, dando un toque de misterio al lugar. Todo lo demás que veía también estaban en su mismo lugar. Y justo en el momento, unos pasos resonaron en la otra zona, en la que estaba el inmenso escritorio, llamando la atención de Bulma.

—Ya estás despierta— se dejó oír una voz masculina.

Bulma giró en dirección a la voz de su maestro, viéndolo cerca de su escritorio.

—Por un momento pensé que estaba en un sueño— le comentó.

Su maestro se sentó frente al mueble mientras le contestó:

—¿Y crees que hubiera sido mejor si todo fuera un sueño?

—No— le contestó Bulma sonriendo— Si no hubiera sido un sueño, ahora mismo no estaría aquí y no le hubiera conocido.

No pudo ver la joven la sonrisa que se le instaló en la cara de su tutor.

Avanzó hasta él, viendo por el rabillo del ojo el vestido de novia con el maniquí que se asemejaba a ella y se estremeció por un momento. Agradeció que su maestro estuviera concentrado en sus quehaceres. Cuando se situó cerca de su maestro, pudo ver que escribía unas notas.

—¿Qué está haciendo?— le preguntó curiosa.

—Notas— le contestó simplemente, encogiendo un poco sus hombros— Se las voy a enviar a los señores Bills y Champa y también a Maron Ceballi. A partir de ahora van a haber cambios en mi ópera— dijo esto más para sí mismo, aunque Bulma pudo escucharlo bien.

—¿Y qué les va a decir exactamente?— su maestro continuaba sin levantar su vista de los papeles.

—A los marqueses les tengo que recordar cuándo pagarme y a la mocosa le voy a exigir su renuncia definitiva como soprano principal.

No quiso preguntar más por la forma tan escueta con la que hablaba su maestro, parecía además que disfrutaba con ordenar todo lo que quería que se cumpliera. Una actitud bastante controladora de su parte.

Entonces cayó en cuenta de algo que la inquietó un poco.

—Maestro— le llamó nerviosa que captó enseguida su atención— ¿Qué hora es? ¿Es aún de noche o ya es temprano?

Su maestro dejó un momento su pluma de escribir y cogió de un pequeño bolsillo de su pantalón un reloj de bolsillo.

—Son las siete de la mañana— le informó— Todavía es temprano y más de uno seguro que aún estarán durmiendo después de anoche.

Era cierto, después de una noche de ópera, a la mañana siguiente se les permitía a los que vivían en la ópera dormir un poco más tarde, debido a la intensa fiesta que se celebra en cada representación.

Bulma suspiró aliviada pero no pudo evitar preguntarse si Gine, Bardock o Anna la estuvieran buscando. Pensaba en el posible regaño por parte de sus padres adoptivos, cuando escuchó la voz de su tutor tranquilizándola.

—No te preocupes por Gine y Bardock, ellos saben que estás conmigo— le dijo mientras retomaba su escritura.

Eso le llamó la atención, ¿acaso sus padres adoptivos conocían a su maestro? Necesitaba una respuesta inmediata.

—Maestro, ¿cómo es que les conoce?— le preguntó confundida y juró que vio los hombros de su maestro tensarse por unos breves segundos. Sin embargo, la respondió con mucha tranquilidad.

—Les conozco desde hace tiempo, cuando Bardock se puso a cargo de la ópera, me pidió que le ayudara con el tema de las composiciones musicales— le explicó escuetamente, sin dar más explicaciones sobre el tema.

Pero la curiosidad de la joven no cesaba y quería saber más.

—Y, ¿por qué vive aquí?

—¿No crees que estás haciendo demasiadas preguntas?— la paró repentinamente, a modo de regaño.

—Lo siento— se disculpó apenada, bajando su cabeza— Es solo que usted es un enigma difícil de descifrar— le confesó un poco sonrojada por la vergüenza.

El hombre la miró detenidamente, pudo ver el sonrojo, pero se molestó un poco al verse agobiado por las preguntas de su alumna.

—Nunca te han dicho que, "la curiosidad mató al gato"— le dijo como si la advirtiera.

Se calló volviendo a sentir la vergüenza recorrerle. A veces le gustaría morderse la lengua, pero no podía evitar que su naturaleza curiosa saliera a flote. Su maestro, en cambio, sosegó un poco su mirada, no quería ser demasiado duro con ella, pero era mejor dejar las cosas como están. Retomó con su escritura para acabarla y devolver a su alumna al exterior, seguro Gine y Bardock se habrán levantado y querrán buscar a Bulma. Volvió a concentrarse en lo suyo siendo observado por la joven.

Bulma lo miraba volver a su faena y no pudo evitar sentirse un poco desplazada por la indiferencia que le ha mostrado su maestro. Era cierto que ha pecado de indiscreta con las cuestiones anteriores, pero es que estaba tan confundida ante tanto misterio, que ella permitió irse de la lengua a pesar de ser reprendida. Y ahora que lo miraba tan tranquilo, sin preocupación alguna, le hacía morderse la mejilla interna. No obstante, hubo algo que quería saber desde el primer momento en que lo conoció.

Caminó despacio hacia su maestro, que estaba ensimismado con lo suyo y sin percatarse de las intenciones de su alumna, y cuando se paró a su lado, de un movimiento rápido, le quitó la máscara.

—¡NO!— bramó furioso el hombre, empujándola tan fuerte que al caer Bulma se hizo daño en el brazo.

Todo pasó rápido, lo único que veía Bulma era a su maestro dando zancadas violentas de un lado a otro.

—¡¿POR QUÉ LO HAS HECHO?!— le cuestionó colérico, tapándose su cara con la mano enseguida.

Bulma estaba aterrada, temblaba como un corderito asustado a punto de ser zampado por el lobo, y las lágrimas de culpa no tardaron en aparecer deslizándose desmesuradamente por sus mejillas rosadas.

—L-lo siento… Por f-favor, p-perdóneme…— le pidió entre hipos descontrolados.

—Pequeña diabla...— reprendió furiosamente entre dientes— ¿Acaso nunca has oído que si alguien ve mi cara, muere?— le comentó provocando espeluznantes escalofríos al menudo cuerpo de su pupila.

Bulma se encogió de miedo desde su sitio, ¡qué idiota era! ¿Cómo es que su curiosidad a veces le jugaba malas pasadas? ¿Por qué simplemente no lo dejó en paz? Todo esto le estaba provocando un terrible dolor de cabeza. Aún cabizbaja, no se atrevía a mirar su cara.

Su maestro, por el otro lado, la veía temblar ante su juicio, pero por un lado se lo merecía. Ella no tiene porqué ver sus horribles marcas, ella no se merece ver lo que su cara le representaba, un oscuro y horrible pasado del cual todavía no se sentía absuelto. Intentó calmar su fuerte temperamento, al final decidió dejar pasar esa espantosa sensación de pagar su frustración con la joven, esos instintos salvajes debía calmarlos por ella.

Bulma escuchó como respiraba profundamente su maestro, intentando tranquilizarse y, aunque haya provocado su ira, quiso hacer algo por él. Buscó la máscara, aún sin atreverse a mirar a su maestro, y al encontrarla finalmente cerca de ella, se la tendió todavía sintiendo sus nervios a flor de piel. El hombre veía la buena intención de su alumna, como si de esta manera expiara su culpa y se la aceptó sin reparos.

Se colocó la máscara y, luego, se arrodilló frente a ella, viendo cómo las lágrimas surcaban por sus mejillas.

—Bulma— la llamó suave pero con un matiz autoritario.

La joven finalmente levantó despacio su mirada, encontrándose con sus ojos azabaches mirándola severamente.

—Nunca vuelvas a quitarme la máscara, ¿de acuerdo?

Bulma reprimió el sollozo que amenazaba con salir y siguió manteniendo un comportamiento dócil, no quería que su maestro volviera a enfadarse.

—Le prometo que nunca lo volveré a hacer, se lo juro— le prometió firme y si lo no lo cumpliera, que le partiese un rayo.

El hombre continuaba mirando los orbes zafiros de su alumna, viendo además la rojez en ellos por las lágrimas caídas. Su alumna cuando quería se volvía una persona impenetrable. Le creyó, confiaba de nuevo en ella. Le gustaba esa naturaleza generosa que desprendía sin quererlo.

Se levantó sin prisa pero sin pausa y le tendió la mano.

—Ven, debes regresar ya a casa— le anunció sereno.

Y aceptó sin pensarlo mucho la joven dejándose guiar por su maestro. Se fijó que no iban a coger la barca para regresar, en vez de eso, prefirió el hombre llevarla por un pasadizo secreto que encaminaba a la misma sala cúbica de anoche. Durante todo el camino se produjo un silencio tenso del cual ninguno de los dos se atrevía a romper por sus propias razones, y prefirieron dejarlo así.

Cuando llegaron al fin al espejo, antes de que su maestro abriera la puerta, Bulma se giró de nuevo hacia él.

—Maestro, yo…

—Bulma, mejor dejémoslo así— la cortó— Han sido demasiadas emociones juntas, es mejor que descanses ahora.

—Pero, ¿volveré a verlo?— preguntó Bulma esperanzada, no quería que por su falta ahora su maestro no quisiera seguir teniendo contacto.

—Sí, pero no todavía— le aclaró— Yo mismo te buscaré.

Bulma ya no dijo nada más, solo asintió a sus palabras. Después, el espejo se abrió, deslizándose, dejando pasar a la joven a su camerino que estaba tal cual como lo dejó anoche. Giró su cabeza en dirección al espejo, pero vio que ya estaba cerrado.

A pesar de haber dormido de un tirón anoche, se sentía cansada y lo único que pedía en esos momentos era tumbarse en su cama hasta que le hiciera olvidar el bochornoso momento de la máscara. Jamás se lo iba a perdonar.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de unas llaves abriendo las puertas del camerino, dejando entrar a una preocupada Gine.

—¡Bulma, estás aquí!— se alivió al verla— Estábamos buscándote, creí que habías llegado antes.

Bulma no prestaba atención a lo que su tutora le decía, estaba demasiado agotada para escuchar.

—Perdón, Gine— se disculpó.

—No pasa nada, Bulma— le dijo sin dar mucha importancia— Oye, ¿te encuentras bien?— esta vez se preocupó al ver la apesadumbrada cara de ella y se temió que algo malo le pudiera haber ocurrido.

—Solo estoy cansada y lo único que quiero es meterme en la cama, Gine— le pidió triste.

—Está bien— dispensó Gine— Te llevaré a tu dormitorio y me aseguraré que nadie te moleste, pero me gustaría que comieras algo, por favor— le pidió con ese instinto maternal que caracterizaba a la mujer.

Bulma asintió, pero por no ponerle peros. Así que sin decir nada más, las dos mujeres abandonaron el camerino y se encaminaron a los dormitorios de las bailarinas que en esos momentos no había nadie porque todas ellas a esas horas de la mañana estarían desayunando.


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Pasadas unas dos horas aproximadamente, siendo alrededor de las nueve de la mañana, un taxi se estaba aproximando ya por la plaza donde se ubica el Teatro Popular de la Capital del Norte para por fin llegar a su destino deteniéndose el vehículo en el nombrado teatro. La persona salió no sin antes agradecer al taxista de sus servicios propinándole una buena paga por ello, siendo además muy bien correspondido por su generosidad. Y no esperó para entrar en el edificio sabiendo de la gran sorpresa que se llevarán algunos con su visita inesperada. Cuando por fin llegó a su destino, dejó a un lado sus maletas, que solo consistían en una mochila y en una maleta grande, y golpeó suavemente, pero sonora, la puerta.

—Adelante— se escuchó la voz de Bardock.

Entró con cuidado de no provocar algún sonido delatorio y observó al gerente de la ópera concentrado en unos papeles delante de una librería, perfecto todavía no se ha dado cuenta de su presencia.

—Gine, ¿eres tú?

Soltó una risita inocente y ya no pudo aguantar más.

—No soy mamá pero si quieres voy a buscarla, papá— anunció.

"No puede ser" pensó incrédulamente Bardock y dejó lo que estaba haciendo para mirar en dirección a la voz. Una sonrisa de lado se asomó en su rostro.

—¡Kakarot!— exclamó contento.

Las risas de alegría no tardaron en inundar toda la oficina, padre e hijo se fundieron en un abrazo familiar dándose dos palmadas en la espalda.

Son Goku Kakarot, el hijo menor de Bardock y Gine había regresado.


N/A: ¡GOKU HA REGRESADO! ¡AAAAAYY! Ahora sí que van a ocurrir movidas impresionantes, XD.

Bueno con respecto al capítulo espero que os guste porque a mí sinceramente me ha gustado mucho y mira que me temía que me saliera mal, mal pero al final pude sacarlo más o menos a lo que tenía en mente, así que ya me decís en los reviews si os ha gustado.

Una cosita, si hay alguna que no le haya gustado por ejemplo la actitud de Bulma, he de aclararos que al principio va a ser así, pero luego cuando vayamos avanzando en la historia veréis su madurez; tened en cuenta que incluso en las miles de historias del fantasma la protagonista se muestra dócil e incluso dependiente de su maestro, pero luego cambia, aunque aquí por supuesto será distinta la trama. Es decir, será una chica suave pero más adelante irá fortaleciéndose. Sin embargo quiero que ese cambio lo notéis, no solo con Bulma sino con el resto de personajes.

Por cierto, la próxima actualización tardaré en publicarla porque yo solo escribo los fines de semana y el resto de días de la semana las aprovecho para estar con mis asuntos de la escuela, aunque no vayamos ahora a clase, nos mandan tareas y yo trabajo solo entre semana. Así que igual tardaré en publicar el cuarto capítulo y sería más o menos sobre el segundo fin de semana de mayo.

Bueno dicho el aviso, me despido, cuidaos mucho, mucho ánimo y nos leemos en otra actualización.

¡Besos! :)

RWIrene.