"Para que sepas que tal vez me contradigo, pero si de algo estoy segura es que quiero estar contigo, que soy una caracola revolcada por las olas aturdida por tu amor"
Quédate esta noche, Mon Laferte
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-¿Hablaste con tu madre?

La pregunta de Adrien devolvió a Marinette, que estaba en sus
pensamientos, a la realidad. Estaban los dos sentados a la mesa, en el inmenso comedor de la villa. Alzó la vista hacia el rubio y asintió. Tenía el pelo húmedo, como si acabara de ducharse, y se
había cambiado de ropa.

–Sí, aunque no he podido decirle mucho porque no sé todos los
detalles.

–Esta tarde he hablado con los especialistas –le dijo Adrien–. Sé
pondrán en contacto con sus médicos mañana y lo organizarán todo para que sea trasladada a Alemania en los próximos tres días.

–¿Tan pronto?

–Imagino que estarás de acuerdo en que cuanto antes pongamos
las cosas en marcha, mejor, ¿no?

Marinette sabía que no se refería solo a su madre.

–Sí, claro.

–Bien. Entonces te alegrará saber que he pedido cita para que
vayamos mañana a un médico en la ciudad –le dijo él calmadamente–. Luego nos iremos al centro y pasaremos allí el día.

Marinette, que estaba llevándose la cuchara a la boca, frunció el ceño.

–¿Por qué?

–Ya que hasta la noche no estaremos ocupados concibiendo un bebé –dijo Adrien–, he aprovechado para concertar una reunión de negocios por la mañana, y tú, mientras, puedes ir de compras para tener algo más de ropa que ponerte. A menos que
pienses apañártelas un año entero con lo poco que has traído.

Marinette frunció los labios.

–Pensaba comprar un par de cosas aquí, y luego traerme la ropa que me hiciera falta cuando vuelva a París.

Adrien soltó la cuchara y apretó la mandíbula.

–Hasta que te quedes embarazada no irás a ninguna parte sin mi
permiso. Y cuando eso ocurra, como hemos acordado que el bebé nacerá aquí, lo lógico es que te quedes en Londres. Además, tu madre estará en Alemania; podrás ir a visitarla cuando quieras.

Ella lo miró furibunda.

–¿Piensas dictar qué puedo o no hacer con cada segundo de mi
vida a partir de ahora?

–Voy a tomar las riendas para asegurarme de que el embarazo
vaya bien. Acéptalo y no habrá ningún problema.

–¡Pero si aún no estoy embarazada!

–Podrías estarlo ya si no fueras tan particular respecto a hacerlo de
día.

Marinette se enfureció casi tanto consigo misma, por sonrojarse,
como con él.

–Por favor… Te crees todo un semental, ¿no?

Él se encogió de hombros con arrogancia.

–Te dejé embarazada hace meses aunque usamos preservativo,
así que quiero pensar que esta vez tendremos la misma suerte.

–¿Y si no me quedo embarazada a la primera? –le espetó ella
desafiante. Adrien esbozó una sonrisa lobuna.

–Eso es lo maravilloso del sexo: podemos intentarlo tantas veces
como haga falta. Y ahora acábate la sopa antes de que se enfríe.

–Me parece que he perdido el apetito.

–Es igual; cómetela. Tienes que comer para estar sana.

Marinette puso los ojos en blanco y tomó un sorbo de agua mientras intentaba pensar en algún tema de conversación neutral que no
tuviera que ver con bebés o sexo.

Teresa, que había salido del comedor para llevarse sus platos,
regresó en ese momento con el segundo: pollo relleno acompañado de pimientos asados y arroz cocido en leche de coco.

Continuaron comiendo en silencio, y la tensión entre ellos hizo que la conversación siguiera igual de envarada. A Marinette le dolía que notuviera ningún interés en ella más allá de utilizarla para que le diera un hijo.

–Sé que no lo hemos discutido a fondo, pero preferiría no dejar mi trabajo por completo durante el embarazo –le dijo–. Me volvería
loca pasarme todo el día sentada.

Pensaba que Adrien mostraría de inmediato su desacuerdo, pero
para su sorpresa se levantó y le respondió:

–Tengo un proyecto del que podrías ocuparte.

–¿Lo dices en serio?

Adrien asintió.

–Ven, te lo enseñaré.

Marinette dejó su servilleta en la mesa y lo siguió fuera del comedor. La siesta que se había echado y lo tarde que él había vuelto habíaimpedido que le enseñara el resto de la villa, como le había prometido. Sin embargo, cuando una criada la había conducido al comedor para la cena, había aprovechado para asomarse brevemente a las estancias por las que pasaban. Cada una le había parecido más impresionante que la anterior, y por eso estaba segura de que el proyecto de reforma que quería encomendarle no tendría nada que ver con la villa.

Pero eso fue hasta que llegaron a una estancia del ala oeste. La
diferencia con el resto era tan chirriante que se quedó boquiabierta.

–¡Por Dios! ¿Quién ha hecho esto?

–Alguien en quien no debería haber confiado –contestó él.

La estancia, un salón en la primera planta con una terraza que daba
a la piscina, había sido convertida en una pesadilla futurista-
minimalista, un estilo que desentonaba por completo con el resto de la villa. Mirara donde mirara había muebles blancos que chocaban de un modo espantoso con otros con las mesas y sillas con armazón de cromo y cortinas y sillas tapizadas con telas brillantes con estampados de flores.

–¿Y por qué lo permitiste? –le preguntó ella.

No sabía si cerrar los ojos para no ver tanta estridencia, o echarse a
llorar por aquel crimen.

–Desoí mi buen criterio. Y además cometí el error de darle carta
blanca al diseñador. Cuando me di cuenta le dije que parara las
obras de inmediato, como verás.

Marinette miró la pared más alejada y se fijó en que, efectivamente, el estuco estaba a medio hacer.

–No puedo creer que hiciera… ¡esto! –murmuró ella–. ¿Pudiste
salvar alguno de los elementos originales?

Para su sorpresa, a Adrien asintió.

–El marido de Teresa, Mario, es el guardés de la villa. Se aseguró
de que todo lo que se quitara se mantuviera intacto. ¿Te interesaría hacerte cargo de este proyecto de restauración?

–Podría hacerlo, no diseño interiores pero se me da, me encantaría intentarlo.

–Estupendo. Mario te mostrará dónde guardó todo lo que se retiró. Pero eso será solo cuando…

–Cuando haya cumplido con mi «deber», lo sé. ¿Vas a enseñarme
el resto de la villa?

Adrien miró su reloj.

–Me temo que eso tendrá que esperar –le dijo–. Tengo que dejarte; debo hacer unas cuantas llamadas. Además, mañana tenemos que salir temprano, y quiero que estés descansada para la noche.

A pesar del calor que le subió de repente a las mejillas, Marinette lo miró a los ojos y le dijo:

–No hace falta que sigas haciendo eso, Adrien. Él enarcó una ceja.

–¿El qué?

–Recordarme que vamos a… que voy a…

–¿A acoger mi semilla en tu vientre mañana por la noche? –terminó él por ella, sin el menor pudor.

Marinette se puso aún más colorada.

–¡Por favor…! ¿Quién habla así hoy en día?

Adrien levantó una mano para acariciarle la mejilla.

–Te sonrojas con nada –murmuró–. Casi podrías engañarme y hacerme pensar que formas parte de la raza de los ángeles –añadió en un tono de clara censura.

–No es culpa mía que te hubieras formado una impresión
equivocada de mí. Nunca he dicho que fuera un ángel, ni mucho
menos –replicó ella–. Pero desde luego tampoco soy el diablo sin
corazón que crees que soy.

Los dedos de Adrien se deslizaron hasta su nuca.

–¿No lo eres? –murmuró–. Eso está por ver…

Molesta, Marinette dio un
paso atrás, apartándose de él.

–No te olvides de esas llamadas que tienes que hacer.

Él se quedó mirándola un momento.

–Buenas noches, Marinette–le dijo finalmente.

Ella no respondió. La rabia que se agitaba en su interior se lo
impedía. Permaneció allí de pie, en silencio, mientras él salía, y
luego, incapaz de seguir un instante más en aquel esperpento desalón, salió a la terraza.

El fresco aire de la noche la envolvía, pero la sangre aún le hervía por las palabras de Adrien y todo lo que había pasado ese día.

¿Cuánto tiempo más seguiría viéndola como a un monstruo?
¿Hasta que le diera ese hijo que quería? ¿Y cómo se suponía que
iban a hacer el amor con la actitud que había entre ellos? No servía
de nada darle vueltas a todo aquello, pero esa desazón siguió
atormentándola cuando volvió a su suite y se metió en la cama.

A la mañana siguiente una criada despertó a Marinrtte sobre las siete para decirle que «el señor» quería que salieran a las nueve, y a las ocho ya estaba en el comedor, duchada y vestida. De hecho, casi
había terminado de desayunar cuando apareció Adrien, que le dio los buenos días y la miró de arriba abajo antes de comentar en un
tono seco:

–Se te ve tan descansada como me siento.

A Marinette no le pasó desapercibida la pulla; y no le faltaba razón: se había pasado la mayor parte de la noche dando vueltas en la cama.

–Vaya, qué lisonjero te has levantado… –respondió con sorna.

–Tal vez sería más generoso con mis cumplidos si hubiéramos
pasado la noche haciendo algo útil en vez de pasarla contando
ovejas –repuso él antes de sentarse.

Ella se encogió de hombros.

–Yo no he contado ovejas. Los increíbles relieves que tienen las
paredes de mi dormitorio eran una distracción mucho mejor.

Adrien, que estaba sirviéndose café, levantó la cabeza, y un brillo lascivo brilló en sus ojos.

–Espero que los disfrutaras, porque esta noche no podrás
entretenerte con ellos.

Aunque Marinette optó por ignorarlo, sus palabras hicieron que le temblara el vientre. ¿No se había despertado ella esa mañana pensando en lo mismo? ¿Y no le había provocado ese pensamiento un cosquilleo de expectación?
Depositó con cuidado la taza de té en su platillo y se levantó.

–He terminado –dijo–. Iré por mi bolso y cuando quieras podemos
irnos. Adrien, que se había puesto a leer el periódico, se limitó a
asentir sin levantar la vista y Marinette abandonó el comedor.

A su regreso encontró a Adrien con sus abogados. Al parecer los
había llamado para que fueran testigos de la firma del acuerdo entre ellos. Fueron todos a la biblioteca, y cuando se hubieron quedado de nuevo a solas, Adrien guardó los documentos en la caja fuerte y salieron de la casa para dirigirse al helipuerto.

El helicóptero los llevó, y una limusina los dejó en la clínica privada donde el rubio había concertado la cita. Durante casi una hora Marinette estuvo respondiendo a las preguntas del médico sobre su salud, y le tomaron la tensión y una muestra de sangre.

Creía que con eso habían terminado, cuando vio que Adrien se remangaba para que a él también le sacaran sangre y le tomaran la presión sanguínea. Al ver su sorpresa, Adrien le explicó:

–En mi última revisión estaba todo bien, pero no está de más
asegurarse, ¿no?

Aturdida, ella se limitó a asentir, y se alejó hasta la ventana con un
extraño cosquilleo en el estómago mientras él contestaba a las
preguntas del médico. Parecía que Adrien no solo iba en serio con
lo de tener un hijo, pensó mientras miraba la calle; también quería
asegurarse de que su bebé naciera sano.

Cuando salieron de la clínica Adrien le dijo que el médico le había prometido los resultados preliminares de los análisis para esa tarde, y volvieron a subirse a la limusina para que los dejara en el aeropuerto, donde aguardaba el jet privado que los llevaría a Gales.

Al subir al avión, que era el colmo del lujo y el confort; sofás y
sillones de cuero, mesitas con tablero de mármol, televisores de
pantalla plana…, Marinette no pudo sentirse más fuera de lugar con su sencillo vestido y sus sandalias, y se quedó allí de pie, embobada, mirando a su alrededor.
Al sentir una mano firme y cálida en la cintura dio un respingo, y
cuando se volvió vio que era Adrien, que estaba detrás de ella.

–Tenemos que sentarnos para que el piloto pueda despegar –le
dijo.

Ella asintió y se dirigió hacia uno de los sillones, pero la mano de él la recondujo hacia el sofá de dos plazas. La hizo sentarse, le abrochó el cinturón de seguridad y se sentó a su lado.

Incómoda por su proximidad, Marinette se apartó un poco con el pretexto de cruzar las piernas y al girar la cabeza vio que Adrien se había dado cuenta y parecía que se había molestado.

–Adrien, no…

No estaba segura de qué iba a decirle para explicarse, pero en ese momento se acercó una de las azafatas para ofrecerles algo de
beber. Ella le pidió un zumo y él una botella de agua mineral. Él esperó a que se quedaran de nuevo a solas para lanzarle
una mirada furibunda.

–Estaría bien que dejaras de comportarte como un animalillo
asustado cada vez que te toco en público.

–Es que no sabía que íbamos a dejarnos ver juntos en público –
replicó ella.

Adrien torció el gesto.

–¿Qué pensabas, que iba a tenerte encerrada los próximos nueve
meses?

–Pero… ¿no te preocupa que pueda dar una determinada
impresión? – inquirió ella vacilante.

–¿Qué clase de impresión?

Nerviosa, Marinette se pasó la lengua por los labios.

–Pues… bueno, que la gente piense que estamos juntos.

Él se encogió de hombros.

–Yo no tengo ningún problema con eso. ¿Tú sí?

-No. Sí -Marinette sacudió la cabeza, confundida. –Pero es que no estamos juntos –replicó–. No me gusta que la gente vaya a dar por hecho algo que no es cierto.

–¿Y qué sugieres?, ¿que haga un comunicado de prensa para
anunciar que solo vamos a acostarnos para tener un hijo?

Entonces fue ella quien lo miró furibunda.

–No, por supuesto que no.

–Tú y yo sabemos cuál es la verdad –le espetó él en un tono tajante–, y eso es lo único que importa.

Continuará...