N/A: ¡Buenas!

Comienzo aceptando que no tengo palabra, porque dije que publicaría los jueves, pero la realidad es que este capitulo ya estaba listo y sé que en alguna que otra ocasión deberan tener que esperar hasta el viernes, así que me ataje y lo saqué del horno unas horas antes.

Quiero tomarme un momento para agradecerles inmesanmente por los comentarios en el capitulo anterior. También por los Follow y los Favoritos. Cada pequeña cosilla ayuda. No sé si se nota pero verdaderamente estoy intentando volverme un poco mejor con cada capitulo y el combustible principal para dejar todo de mi es el apoyo recibido. Así que digo gracias una vez más a:

MrsDarfoy, LluviaDeOro, Selene lizt, dianetonks, AlbaBC, Ihana Malfoy, Pinkice50, houdiniboom, Eri0, Parejachyca.

Este capitulo, como este fic entero está dedicado a houdiniboom quien me escucha hablar y hablar de mis dudas e inseguridades con la escritura y que toma parte de su tiempo personal ayudandome a corregir los capitulos. Gracias Caro por ser lo más de lo más.

Por último les digo que me hice un Facebook es lightfeatherxa Fiction. Si tienen ganas manden solicitud de amistad.

Ahora si, les dejo un beso enorme,

Albertina


PERFIDIA


CAPÍTULO DOS

La brillante luz de la sala de estar de la mansión es lo primero que me recibe al regresar. El ambiente es amplio como un salón de baile y los muebles fueron hechos tantos años atrás que la calificación de reliquia no es en realidad errónea. En el centro de la habitación, allí donde un juego de sofás de madera oscura y terciopelo verde residen, está ubicada Astoria.

No me sorprendo al ver la amplia cantidad de correspondencia perfectamente apilada sobre la mesa de cristal ratona. Mi mujer cumple el rol de dama de sangre pura a la perfección. Fue críada para realizarlo con creces y no ha habido una sola ocasión en la que pueda decir que me desilusionó. Es elegante, carismática, posee los modales propios de alguien en su estrato social pero a su vez es capaz de proyectar la empatía de alguien que se identifica en cada clase. Es hermosa de esa manera en la que uno pierde el aliento y los ojos parecen atraídos como el metal al imán.

─Buenas noches, mi amor─ saluda con una amplia sonrisa en el rostro, mientras su silueta se pone de pie y comienza su camino a donde me encuentro parado.

El problema de tener un amante es la paranoia que trae consigo. Siempre que la veo, luego de haber estado dentro de Hermione Granger, de haber probado el sabor de su piel y haberme empapado en su aroma, temo olvidarme de borrar la evidencia y en consecuencia, que mi mujer le sienta en cada rincón de mi cuerpo. Es por eso que cuando rodea mi cuello con sus brazos y se extiende hacia delante a depositar un delicado beso en mis labios, mi figura se vuelve rígida como la de un animal acorralado.

─¿Cómo estás, Tori?─ pregunto con soltura cuando la sonrisa no desaparece de su rostro. En respuesta le rodeo la cintura con mis manos, trazando el camino sobre su piel descubierta. El vestido que lleva puesto es conservador en el frente, pero la parte de atrás deja poco a la imaginación. La sonrisa nunca deja mi rostro y lo que me hace aún más hijo de puta de lo que soy, es que verdaderamente disfruto sonreirle a mi mujer. ─Estás radiante, amor─ comento con completa honestidad. Mi esposa no es sólo soñada, sino que estoy bastante seguro que es el amor de mi vida.

Mi matrimonio con Tori fue arreglado por nuestros padres mucho antes de que alguno de los dos siquiera contemplara si queríamos casarnos con el otro. No tuvimos oportunidad de disentir y dos años después de la guerra estábamos dando el sí. Narcissa y Lucius se fueron lejos del Reino Unido con la cola entre las patas como los asquerosos perros sarnosos que siempre han sido. La mansión quedó a mi disposición y sin mucha práctica y sin mucha idea, hicimos de las cartas que nos repartieron nuestra mejor mano. No tardamos demasiado en volvernos compinches y mucho menos en enamorarnos. Ella es hermosa, es educada y es algo que yo no: una buena persona. Aún así, a pesar de ser mejor que yo en todos los aspectos que un ser humano puede ser mejor que otra persona, sé que me ama. He aquí el infierno por sentir semejante devoción por el cuerpo de Hermione Granger y mucho más luego de descubrir lo perfecto que se siente cuando las paredes de su interior me están estrujando con furia, liberando mi cuerpo de modo que toda gota de pasión quede dentro de ella.

─Siempre un caballero─ ríe de manera natural y condenadamente hermosa. Temo que se escape por mis labios las palabras que le sugieren que preste más atención, de la misma manera temo que las líneas de mi rostro se contraigan de modo que quede a la vista en cuán contrariada posición sus palabras me ponen. No soy un caballero, soy una reverenda escoria. ─Este fin de semana tenemos un evento al cual asistir.─ sus palabras son dulces y sé que me está endulzando para revelarme que tenemos que ir a la residencia de los Weasley. Pobre Tori, tan hermosa, tan gentil y simplemente tan ingenua.

─Déjame adivinar, quieres ir de compras al callejón Diagon para conseguir algo nuevo que lucir, por más que tu ropero está al borde de estallar─ bromeo antes de depositar un delicado beso en su cuello. Ella ríe con genuino entretenimiento y todo dentro de mí se retuerce con la miseria que deja detrás el follarme a Hermione Granger en una vieja y desagradable oficina.

─Una dama nunca puede tener demasiada ropa, cariño─ me regaña entre risas. ─Y no olvides que el hermoso vestido estará avanzando de tu brazo.─ niego con mi cabeza, moviéndola de un lado a otro y procurando que no se note cuán verdaderamente estúpidas encuentro a esas palabras.

─Tori, puedes lucir un saco de arpillera y el cabello hecho nudos que aún así serás la bruja más hermosa en cualquier evento.─ mis palabras son genuinas. Mi mujer es el ser humano más bello que he tenido el placer de contemplar. Sus enormes ojos verdes, los rellenos labios rosados, el elegante y estilizado cuello y curvas que marean la hacen una visión.

─Tú no estás nada mal, Draco Malfoy.─ la escucho usar su voz rasposa y seductora. Con esa misma voz es que suelen iniciar nuestros encuentros sexuales. Hasta hace un año atrás contaba los segundos hasta follar a mi mujer una nueva vez. Ahora cada vez que lo hago, no puedo evitar sentir lo condenadamente aburrido que en realidad es. Me extiendo hacia delante y le deposito un beso suave en los labios antes de separarme y avanzar hacia los amplios sofás.

Las líneas de mi rostro están contraídas de manera que destilan cansancio. Nunca procuré estar ajeno a la noción de que soy un hijo de re mil puta y en consecuencia apuesto a que la compasión de mi mujer le borre la idea de querer que hagamos el amor, como a ella le gusta llamarlo. Ella inhala profundamente antes de reponer la cálida sonrisa en su rostro y avanzar hasta sentarse a mi lado.

─Nos han invitado a la casa de Ronald para festejar el aniversario de su hermana y Harry Potter.─ pretendo escuchar esa noticia por primera vez antes de ponerme de pie con mal humor. El mismo no es fingido en lo más mínimo. Detesto ver al imbécil de Potter, a la renegada de su mujer y al básico ser humano que es Ronald Weasley.

─¿Tori, por qué disfrutas arruinar mi noche?─ las palabras suenan con una pizca de broma de fondo que sé que mi mujer identificará sin problema. ─¿Me doy un baño y vamos a dormir? ─pregunto a la par que mis piernas me alejan de ella y en dirección a la imponente escalera de mármol gris que conduce a la planta alta. Ella asiente inmediatamente.

─Claro que sí, amor. Respondo que asistiremos y enseguida estoy allí.

No digo nada más mientras hago mi camino a uno de los baños del segundo piso. Solamente me doy cuenta cuando estoy abriendo el agua caliente de la mueca de satisfacción que hay en mi rostro. No dudo ni por un segundo de que se trata, y es la previa satisfacción de saber donde me voy a follar a Hermione Granger la próxima vez que nos veamos.

-PERFIDIA-

La madriguera es la misma propiedad enclenque y arruinada que ha sido siempre. Para este entonces me queda considerar que están tan acostumbrados a ella que se rehúsan a cambiarla, porque la mayoría de los hijos de Molly y Arthur Weasley están haciendo un nombre por sí mismos y dicho nombre siempre va acompañado de una buena cantidad de oro.

En el jardín se ha elevado una masiva carpa blanca, en la cual el dinero de Potter se percibe en cada rincón. En las bebidas, en el mobiliario, en la comida y sobre todo en la gente presente. El maldito niño que no parece morirse jamás es popular y por más que en sus años de juventud no lo disfrutaba, ahora sí. Se podría decir que casi tanto como yo, pero la diferencia es que él es él y yo soy la mierda de Draco Malfoy.

Astoria sujeta con más fuerza mi brazo cuando varios gnomos de jardín pasan corriendo delante nuestro. Son pequeños y desagradables y lucen perfectos en composé con la pocilga que es esa propiedad. En un intento de asegurarle que no hay nada que temer le doy una sonrisa y soy recibido con un gesto idéntico de su parte.

Mi mujer luce tan hermosa que parece salida de una obra de arte. El cabello castaño y lustroso sujetado en un delicado rodete con hebras enmarcando el rostro. Los labios rellenos destellan un delicado rosa perlado y los enormes ojos verdes se encuentran delineados de manera precisa. Los mismos me recuerdan a una muñeca cuando se los conjuga con el largo de sus pestañas. Es su cuerpo, sin embargo, lo que sé que volverá a los hombres locos. Luce un ajustado vestido de terciopelo azul, el cual combinado con la imponente gargantilla de diamantes descansando en su cuello y los pendientes colgando de sus lóbulos, la vuelve una visión. Es un alto vaso de agua helada en el desierto y todo hombre va a querer beberlo.

─¿Cómo haces para estar siempre tan hermosa?─ le pregunto, tomándole su mano entre las mías y avanzando por el interior de la carpa a donde se encuentra Potter y su mujer. ─¿Y cómo es que me he vuelto tan afortunado de tenerte a mi lado?─ porque Merlín sabe que me he ganado el pozo grande con ella.

─Tantos halagos, Draco Malfoy… estoy comenzando a pensar que estás compensando por algo malo que has hecho.─ sonrío de la manera arrogante y de hijo de puta que siempre tuve, porque sé que eso es lo normal y lo normal no levanta sospechas. Dentro, en mi interior, siento un terremoto destructivo sacudirme de pies a cabeza. Astoria no se puede enterar de lo que hago, Astoria es mi compañera, mi mejor amiga, el amor de mi vida. Ella, Hermione Granger, ella es mi mayor pecado y mi mayor deseo, pero sólo eso… Sólamente eso.

─Tori, sabes que jamás podría hacerte algo ─y sueno tan convincente que me dan ganas de correr a vomitar toda la miseria que me recorre el cuerpo. Es viscosa y abundante y a veces siento que se va a hacer con mi cordura. Ella me cree, porque me ama como sólamente otra mujer lo ha hecho en mi vida.

Astoria se queda con la palabra en la boca, cuando Potter aparece frente a nosotros. Luce arreglado y me animaría a decir aristocrático con su frac negro y el ridículo moño colorado atado a la altura de su cuello. Su cabello es el mismo patético desastre de siempre y lo mismo se aplica a su visión. El muchacho es capaz de salvar al mundo mágico de la tiranía del mayor mago oscuro de todos los tiempos, pero sin esas absurdas gafas redondas ve lo mismo que un condenado murciélago. La señora Potter, dejando de lado la familia de la que viene y los modales de mujer de las cavernas, es francamente atractiva. Tiene una figura intrigante, por más que su verdadero magnetismo reside en el cabello color fuego que está sujetando en una cola alta y tirante. Si mal no recuerdo había sido Blaise el que había mencionado querer follarsela cuando estábamos en Hogwarts. Pobre condenado, nunca tuvo una sola oportunidad.

─Malfoy, es bueno verte-─ saluda Potter y casi suelto una carcajada al ver el rechazo en sus líneas de expresión. Las mismas se relajan cuando se concentran en Tori. Ella no tiene problema con nadie y es otra de las cosas que en iguales cantidades admiro y envidio. ─Astoria, estás muy bella como siempre─ mi mujer sonríe como una princesa antes de extenderle la mano a Potter con delicadeza.

Me detengo a depositar un beso en la mano de Ginevra Weasley, quien si bien me detesta, no tanto como su marido. A cambio recibo un saludo que le respondo procurando esconder todo vestigio de rechazo e incomodidad por estar aquí.

─Mira quien anda por estos terrenos─ mi espalda se vuelve rígida de manera inmediata. Su voz no es agresiva, ni fomenta rechazo, es más bien bromista porque esa es su prerrogativa de vida. Es quien se ha convertido en parte en su hermano fallecido en la guerra, como si tuviera la necesidad de compensar por el mismo. Volteo y lo veo, Ronald Weasley, túnica negra de gala, cabello anaranjado revuelto y la manzana de mis deseos avanzando a su lado. ─Bienvenido a la residencia Weasley, Malfoy.

─Gracias por invitarnos─ hablo por mí y por mi mujer, quien aún se encuentra conversando con Harry Potter. Ginevra se alejó a recibir nuevos invitados y yo quedé teniendo que lidiar con Ronald Weasley y mi amante, también conocida como su mujer.

─¿Tori anda por aquí?─ porque esa es otra de las ironías de la vida. Mi mujer, a pesar de su educación, clase y buen gusto, parece haber encontrado en Weasley a un amigo. Es tal vez gracias a cuánto disfrutan conversar y cuán bien se llevan, que Hermione Granger puede estar gritando de manera agónica mi nombre sin que ninguno de los dos lo note.

Y hablando del mismísimo diablo, veo sus ojos marrones posarse en los grises míos. Luce condenadamente pecaminosa en un vestido de seda rojo y los labios pintados en ese tono que tanto me gusta. Quiero decirle que me rindo, que ella gana, que haga lo que quiera conmigo incluso delante de todo el mundo, porque sé que no presentaré ningún tipo de resistencia. En cambio la muy maldita me da la sonrisa más inocente en todo su arsenal, al punto de estar seguro que veo cierta tonalidad rojiza en sus mejillas. No la he visto sonrojarse ni siquiera en aquellas noches que nos animamos a hacer las cosas más sucias y tabú que el sexo puede presentar, pero frente a todos ella es capaz de sugerir que le da vergüenza conversar conmigo.

─Tori está conversando con Potter─ le respondo a su marido y Weasley sigue de largo y en dirección a mi mujer, dejando la suya conmigo. ─Buenas noches─ le saludo extendiéndome a depositar un beso en su mejilla. Ella lo recibe mientras pretende que la familiaridad entre su cuerpo y el mío no es tan asquerosamente abundante que prácticamente no nos identificamos con la ropa puesta.

─¿'Mione, amor, no vas a buscarle la poción a Ginny?─ la voz de Weasley nos llega en medio del bullicio de todos los presentes. Uno pensaría que esperaríamos a que estén todos alcoholizados, bailando o al menos más sumergidos en la celebración, pero los ojos marrones y lascivos de Hermione Granger me dicen que ésta es la oportunidad que ella quiere usar para que nos escapemos a follar. Y yo soy patético y débil cuando esa mujer quiere mi cuerpo así que dejo que mis ojos grises le hagan saber que la voy a seguir.

─Claro que sí, Ron. Ahora vuelvo.─ y se va, no sin antes lanzar una sutil mirada en mi dirección.

Tiemblo por un momento, mientras tomo varias bocanadas de aire animándome a mentir delante de todos ellos como siempre hacemos. A veces es ella la que tiene que fabricarse su propia excusa, y otras noches, como esta, me corresponde a mi. Volteo y avanzo a donde está mi mujer con Potter y Weasley conversando. Están sumergidos en algún tópico que los tres parecen disfrutar. Dejo que las líneas de mi rostro se conjuguen en una expresión de soberbio de hijo de puta, mientras suelto mis hombros para que queden distendidos y relajados, como si escaparme a follar con la mujer de uno de ellos fuera un plan de lo más liviano.

─¿Weasley, podría hacer uso del baño en tu residencia?─ no demuestro una predisposición que les sugiera que pueden ahondar en lo específico del pedido. En cambio los tres se miran rápidamente antes de que sea Tori la que hable.

─¿Estás bien, cariño?─ me pregunta extendiendo su delicada mano hasta tomar la mía. La dejo y le doy una sonrisa, intentando conciliar sus nervios.

─Por supuesto que sí, amor, es sólo que hay mucho bullicio aquí dentro y sabes lo renegado que puedo ser.─ tanto Potter como Weasley sueltan una corta carcajada en coincidencia con mi expresar. Los detesto tanto que vivo reprimiendo las ganas de estallar mis nudillos contra sus mandíbulas.

─Siéntete en casa, Malfoy─ responde Weasley y yo hago un gesto con mi cabeza, en señal de apreciación.

No me detengo a mirar la gente que dejo detrás, ni qué significa cada uno de ellos para mí. Sólo sigo el accionar de mis piernas que me piden de manera desesperada que la encuentre a ella. Mi necesidad se incrementa con cada centímetro que avanzo, y la siento en el temblar de mis manos y en la aceleración de mis respiración. No cruzo mirada con nadie mientras salgo de la carpa. Luego es absoluta vorágine mientras intento encontrarla en ese desastre de propiedad.

Eventualmente empujo la puerta que está a medio abrir. La pequeña franja de luz que revela la iluminación en el interior me da la pauta de que allí es donde entró. Es un buen lugar, porque todas las habitaciones a la redonda están en completa oscuridad y el bullicio de la fiesta ocurriendo en el jardín es apenas un susurro. El resplandor amarillento del intenso foco que cuelga del techo, justo en el centro del ambiente, me ciega por un instante. Enseguida recobro la capacidad de focalizar y lo que descubro es que estamos en un baño. Es pequeño, más pequeño de lo que debe ser legal para una familia de semejante cantidad de integrantes. En una esquina hay un mínimo receptáculo para la ducha, contra la pared se encuentra empotrada una bacha de porcelana blanca y por último está el retrete. Completamente reluciente, como es de esperar de una señora como Molly Weasley.

Mis ojos grises la encuentran a ella. Está parada en el centro de la habitación. Retrete de un lado y bacha del otro. Las delgadas y delicadas tiras de su vestido colorado cayendo a ambos lados y sus senos a plena vista. Tiene el cabello revuelto y el labial rojo que ella sabe que tanto me gusta. No llega a emitir una sola palabra cuando estoy cerrando la puerta detrás de mí y avanzando a donde se encuentra. Soy como un felino en pleno ataque. Paso una mano por detrás de su cuello y con la otra rodeo un pecho desnudo mientras mi labios devoran los de ella con desesperación. Sus gemidos se ahogan en mi garganta, mientras mi lengua encuentra la suya y la reta a un duelo letal.

Siento sus manos deslizarse por mi pecho de manera posesiva, antes de encontrar la hebilla del cinto de cuero negro que descansa en mi cadera. Lo ha desabrochado en tantas ocasiones que es poco sorprendente el notar cuán rápido es capaz de hacerlo. Son movimientos fluidos y eficaces, sin interrumpir por un segundo mis desaforadas ministraciones en sus senos y en su boca.

─Te prometí que iba a lucir este labial.─ me recuerda en un susurro al lado de mi oído, cuando detiene el beso.

Su cuerpo comienza a descender, hasta que sus rodillas se apoyan en el frío y duro suelo. Por un instante siento ese gesto de protección que suele aparecer hacia mi mujer a cada momento de mi vida. Después recuerdo que no es mi mujer y que ninguno de los dos debería obtener el privilegio de ser cuidado mientras hacemos algo tan aberrante como cagarnos en aquellos que amamos. Es aberrante y es egoísta, pero Merlín si no se siente como una rebanada del mismísimo paraíso. Podría morir nutriéndome en los senos de esa mujer, o sintiendo la calidez y humedad del interior de su centro. Por todo lo que sé podría morirme oyéndole susurrarme al oído como es que nadie la hace sentir como yo.

Sus manos mueven mi pantalón de su lugar, el mismo cayendo hasta la mitad de mis piernas. La ropa interior sigue idéntico camino y en instantes estoy sintiendo el frío aire rozar mi pulsante erección. Estoy duro de la manera que consigo únicamente cuando estoy con ella. Cada gota de sangre en mi cuerpo se dirige en dirección de mi miembro, como si supieran que si están ahí tendrán contacto con la maravilla que es el cuerpo de Hermione Granger. Por mi parte sé lo que va a hacer antes de que lo haga, pero cuando sus delicados labios rojos se cierran de manera juguetona en la punta de mi erección, estoy soltando un gruñido que revela como soy un hombre rendido a sus pies.

Hace meses que comenzamos con lo que se está dando y siempre creo que seré inmune al siguiente contacto. Siempre me equivoco. La punta de su lengua aparece de manera casi burlona y delimita el largo de mi miembro antes de que su mano se cierre en la base del mismo de forma firme y brusca. Ella no agrega nada y yo estoy tan rendido a su accionar que no soy capaz de decir nada ni aunque lo intente con todo mi ser. Y así como quien no quiere la cosa comienza a mover su rostro hacia delante y hacia atrás mientras su mano me sostiene como si su vida dependiera de ello. Es todo combinado, es la calidez, con la fricción y la humedad. Es la seductora boca roja y el cabello revuelto. Son los penetrantes ojos marrones clavados en los míos. Son mis manos hundiéndose en las hebras castañas mientras le aliento a que me tome más hondo. Y bendito Salazar si no es la excelente alumna, porque la puedo sentir expandiendo su garganta y cerrando los ojos en un gesto con el cual procura no soltar una arcada.

─No se te ocurra hacérselo a él─ digo como si tuviera algún derecho a reclamar semejante cosa. No me importa, no me importa en lo más mínimo que yo no sea su esposo. Quiero que su pasión sea mía, que su deseo sea mío y que su cuerpo me pertenezca de esa manera que sólo te puede pertenecer el cuerpo de un amante que guarda tan terrible secreto con uno. ─No quiero que descubra lo que se siente que le hagas esto. Él te tiene cuando las luces están encendidas, pero esto se hace con la luz apagada y es ahí cuando eres mía.─ una especie de risa suena entre sus labios, enviando una ola de vibración desesperante por mi cuerpo. Estoy por acabar y tengo otros planes que no incluyen que los restos de mi orgasmo desciendan por su garganta.

─¿Qué haces?─ me pregunta confundida. No agrego demasiado antes de tomarla de los brazos bruscamente y ponerla de pie.

Sus ojos marrones lucen desorientados mientras volteo su cuerpo y le obligo a apoyar sus manos en los bordes de porcelana blanca de la bacha del baño. Sus senos reflejándose en el espejo frente a su rostro. Detrás de ella estoy parado yo y se ven mis rasgos angulosos mientras lucho por levantar el delicado vestido rojo hasta que es un mar de tela en su cadera. No digo nada antes de apoyar la punta de mi erección en ese lugar que está más arriba del lugar común en el que suelo entrar. Es más estrecho, también. Y muchas personas dirían que está mal o que no tiene ese propósito. Lo que ocurre es que nosotros lo probamos en una noche de muchas copas y mucha lujuria, y ambos acabamos destrozados de la perfección que semejante contacto invocó. Es por eso que cuando le indico donde quiero follarla, veo su reflejo en el espejo. Sus ojos están más oscuros, mientras sus dientes toman su labio inferior en un gesto lascivo. Lo quiere, lo quiere tanto como yo.

Mis manos aprietan su trasero de forma dominante, separándolo y ayudando mi cometido. Muevo mis ojos hacia abajo, visualizando el largo de sus piernas y como acaba en todos los lugares donde me desvivo por familiarizarme. Es atosigante tomar consciencia de cómo tiraría mi vida por la borda, si eso me garantiza acabar dentro de ella una vez más. Finalmente elevo mis ojos al espejo, cruzando gris con marrón y la penetro de manera lenta y posesiva. No puede ser rápido, porque por más brusco que disfrute siendo en nuestros encuentros, lastimarla no es parte del objetivo. Como respuesta la escucho gemir. Es un sonido letárgico, agudo y necesitado. Sus ojos marrones se mantienen clavados en los míos grises por el espejo y cuando comienzo a llenarla y liberarla de manera rápida y desesperada, puedo ver las líneas de su rostro contonearse de genuino placer. Porque a Hermione Granger la enciende como dinamita que la folle duro en el trasero. Y a mí también.

─¿A ella también la miras así cuando la follas?─ me pregunta de manera desafiante. Sé que sabe la respuesta y no quiero contestar lo que sé que quiere escuchar, pero no puedo mentirle, porque sería estúpido de mi parte creer que puedo salirme con la mía.

─En la puta vida tuve un polvo siquiera la mitad de bueno con ella.─ Hermione Granger sonríe en el espejo con satisfacción.

La veo abrir la boca para decir algo, cuando sus ojos se cierran con fiereza y un grito agudo se cuela por entre los dientes. La mismísima imagen frente a mí me lleva directamente al borde y como si fuéramos una maldita pareja enamorada acabamos a la vez. Los dos gruñendo y gimiendo de un placer que lejos está de ser puro y digno. Es sucio y prohibido pero mierda si no se siente demasiado bien como para frenar.

Me quedo donde estoy por unos momentos más. Llenándola completamente mientras mis ojos grises vuelven a dar con los suyos en el espejo. Esta vez no son desafiantes o juguetones, son abatidos y extenuados y el saber que ella está completamente carente de energía por cómo la hice sentir, amenaza con ponerme duro como una maldita piedra una vez más.

─No podemos frenar─ suelta con lentitud, de manera que parece que se está convenciendo a ella misma mucho más de lo que me está convenciendo a mí. ─No podemos frenar cuando se siente así─ asiento porque sé perfectamente a lo que se refiere.

Cuando me salgo de ella, una parte de los restos blancos y perlados de mi orgasmo salen conmigo, mientras otra queda asomando por su trasero. Tomo papel sanitario y lo limpio de manera rápida y efectiva, tirando la evidencia al retrete y jalando la cadena para que desaparezca de manera permanente. Acomodo mi pantalón de manera veloz y ágil, porque el tiempo se acumula y nuestra ausencia está cada vez más cerca de ser notada. Ella lo entiende, porque se acomoda el vestido a la misma velocidad y luego usa su varita para deshacerse de cualquier arruga que estuviera diciendo presente.

Estoy listo para irme, cuando sus ojos marrones encuentran los míos una vez más y sin que diga nada sé lo que quiere. Doy un paso adelante y tomo su cuello entre mis manos de manera posesiva, antes de rodearle la boca con la mía y besarla con pasión. Ella responde, gimiendo de manera suave y sumisa. Más de una vez me he preguntado si eso espera de mí, si espera que juguemos al amo y al sumiso, pero después me golpea porque usé un término que no le gustó o me grita por llegar tan tarde que apenas si tendremos tiempo de juego previo.

─Estás hermosa.─ recuerdo mencionarle porque no es mía y no me corresponde hacerle un cumplido, pero Merlín si no es despampanante. Ella sonríe de manera soberbia antes de encarar la puerta y desaparecer por la misma. Me toca a mí ser el que espera esta vez. Tengo para diez minutos allí encerrado y con la amenaza de sentirme endureciendo una vez más, decido abrir el cierre de mi pantalón, tomar mi miembro entre mis manos y recordar los delicados labios rojos alrededor del mismo sólo minutos atrás. Esta vez, sin embargo, sí acabo dentro de su garganta y ella traga todo como la buena alumna que es.