N/A: ¡Buenas!
Paso rápidamente a dejarles el capítulo tres de esta historia.
Mis vacaciones han finalizado y vuelvo a tener clases y trabajo con el cual cumplir. El resto de la semana estaré atorada de cosillas para hacer así que elegí subírselos ahora para que no tengan que esperar hasta el domingo.
Quiero agradecer a todas las personas que se tomaron un ratito para dejarme sus reviews. También a aquellos que pusieron Perfidia en follow y/o favorito. En un ratito les contesto sus comentarios.
Este capitulo, como el fic entero, va dedicado a Houdiniboom. Gracias Caro por tus eterna paciencia y tu constante buena onda. Sobre todo gracias por leer esto y ayudarme a corregirlo lo más que podemos.
La última aclaración es: lo que está en cursiva es parte del flashback. Creo que está claro pero lo aclaro por las dudas.
Ahora si, beso enorme,
Albertina
PERFIDIA
CAPÍTULO TRES
Mi brazo está descansando en el respaldo de la silla en la que se encuentra Astoria. La cena acaba de finalizar y por alguna razón alguien concluyó que eso equivale a fulminar las luces del lugar. La carpa está sumergida en una tenue luz que viene de las cientos de titilantes lamparitas alrededor. Se siente como estar dentro de una condenada botella repleta de luciérnagas. La gente en las repartidas mesas están conversando o iniciando su camino a la improvisada pista de baile que se ha formado en el centro del lugar. De fondo suena una música suave, una especie de balada romántica que no evita hacerme sentir como que sobro en el lugar. Es íntimo y privado y creo que tendría más sentido si sólo Potter y su esposa estuvieran aquí dentro.
─¿Qué opinas, Draco?─ me pregunta Astoria dejando caer su delicada silueta contra mi, forzándome a rodearla con mis brazos en un gesto cariñoso.
Le sonrío, mientras intento recordar qué es exactamente lo que está conversando con la mujer de cabello violeta y nariz de tucán. Sólo recuerdo haber escuchado que la misma se dedicaba a la moda y que no era de por aquí. Algo de conocer a la familia de la cuñada de Ginevra suena familiar.
─Vas a tener que repetirme la pregunta amor, porque me he distraído─ respondo antes de depositarle un beso en la cima de la cabeza a Tori, quien suelta una suave carcajada.
─Cariño, debes aprender el arte de la diplomacia. No puedes decirnos abiertamente que encuentras nuestra charla aburrida.─ muevo mis ojos grises a los de la mujer sentada al lado de Tori, procurando que se noten mis disculpas. Astoria se acurruca aún más contra mí y estoy bastante seguro que las palabras te amo salen de sus labios. En consecuencia vuelvo a mirarla a ella y le aseguro que el sentimiento es mutuo.
─Le estaba diciendo a su mujer, señor Malfoy, que no puedo imaginar a alguien más indicado que ella para que sea el rostro de la campaña de otoño invierno.─ mis ojos vuelven a los de la mujer cerca nuestro y sé que hay una mueca de disconformidad en mi rostro. La idea no me hace ninguna gracia y es que tal vez soy un condenado posesivo que se cree que su mujer es su pertenencia. No lo creo, sin embargo, creo que temo que la gente vea lo hermosa que es. No sólo por fuera, sino por dentro también, y que toda esa atención le abra la mente y se de cuenta que se casó con un hijo de puta.
─¿Lo imaginas, amor?─ pregunta sonriendo con la felicidad de una niña. A veces se siente como que Astoria lo es, como que es en verdad una niña, es demasiado pura y demasiado ingenua. Sobre todo porque está impoluta y no se supone que uno alcance la mitad de sus veinte sin estar manchado por la mierda del mundo. ─Yo modelando.
─Por supuesto que lo imagino, Tori─ respondo de manera certera y determinante. ─Eres una visión, amor.─ su estilizada figura se aleja de mí, obligándome a soltar el agarre que tengo alrededor de su cuerpo.
─Baila conmigo, Draco Malfoy.─ me pide con la certeza de que le diré que si.
Me pongo de pie luego de que ella lo hace y la dejo tomarme de la mano y arrastrarme en dirección a la pista de baile. La melodía que inunda el ambiente es lenta y delicada, por lo que las parejas a nuestro alrededor están sujetadas en un profundo abrazo mientras se mecen al ritmo de la melodía. Mi mujer apoya su mejilla contra mi pecho, a la par que yo la tomo de la cadera y comienzo a moverme de un lado al otro. Mis sentidos están empapados de su aroma, de su calor y de la familiaridad que se desarrolla con los años de formar una vida juntos. No puedo evitar sonreír al notar que sus ojos están cerrados y se encuentra completamente perdida en el momento.
─Te amo.─ me dice al finalizar la canción, como si el baile compartido hubiera sido un recordatorio tan abrumador que tuvo que mencionarlo de manera inmediata. En respuesta me inclino hacia delante y le rodeo los labios con los míos, en un gesto cariñoso.
─Yo también.─ le aseguro con voz inquebrantable.
Me dispongo a bailar una pieza más, cuando veo a Ronald Weasley avanzando en nuestra dirección. Sé exactamente cuales son sus intenciones y por más que desearía golpearlo con toda la fuerza que soy capaz de llevar a mi puño, conjuro una expresión neutral en mi rostro y espero pacientemente a que alcance nuestro destino.
─¿Malfoy, no te molesta que baile con Tori un rato, verdad?─ niego lentamente con la cabeza y dejo todo de mí para suavizar las comisuras de mis labios que amenazan con contraerse en un gesto de desaprobación. ─Es que ahora viene la tanda de música movida y tú eres muchas cosas, pero divertido no es una de ellas.─ ríe en complicidad con mi mujer, quien pretende enojarse con Ronald, por más que sé que se complotan contra mí cada vez que están juntos en mi cercanía.
─Todos en esta maldita carpa saben que soy mejor que tú en todo, Weasley─ comento, intentando sonar jocoso. ─Pero vé, no dejes que te arruine tu falsa noción de la vida.─ no dice nada y sonrío para mí mismo cuando me doy cuenta que se han alejado. No sé si soy mejor que Weasley en todo, pero hay una categoría en la que lo supero con creces y es en la que involucra follarme a su mujer.
Su rostro aparece en mi mente con la desesperación que trae consigo una adicción. En instantes estoy recorriendo el interior de la carpa en busca de ella. Sé que ya tuvimos nuestro encuentro esa noche, pero quiero verla, quiero ver que hace, quiero que me vea para que se acuerde como me sentí dentro de ella sólo horas atrás. No me sorprendo cuando la encuentro un tanto recluida. Está parada en uno de los rincones de la carpa concentrada en la gente que baila. Su vestido luce intacto y lo mismo ocurre con su maquillaje. Casi que siento ganas de avanzar a toda velocidad y devorarle la boca con semejante necesidad que el labial rojo quede desparramado en todo su rostro y en el mío también. Que por una vez en la vida no tengamos que borrar la evidencia de la perfección que somos cuando estamos juntos.
─Que raro encontrarte reclusa en la mitad de una fiesta.─ los ojos marrones de ella se elevan hasta dar en los grises míos. Juro que puedo notar un leve temblor en su figura y si tengo que apostar digo que se asocia al recuerdo que acaba de ser proyectado en su mente.
─¿Está tu esposa con mi marido?─ me pregunta con tono de pocos amigos. No somos amigos y a veces, por como se dirije a mi cuando no estamos en la intimidad, creo que ni siquiera me soporta. La idea me corroe por dentro como ácido al metal, pero lo pongo a un lado cuando recuerdo como grita agónicamente mi nombre mientras acabo dentro de ella.
─Bailando─ confirmo a la vez que asiento con mi cabeza. Por primera vez me concentro en la pequeña copa que tiene en su mano. Está al borde de quedar vacía una vez más, pero aún es posible percibir el líquido ámbar que alguna vez residió allí dentro. ─¿Qué bebes?─ pregunto, intentando ampliar nuestro tema de conversación. En respuesta consigo una mirada juguetona, una de aquellas que me da cuando la tensión sexual se eleva como el vapor del agua hirviendo.
─Cognac─ responde con una voz grave y rasposa que conozco a la perfección. Agradezco que estamos levemente alejados de la muchedumbre, porque del fondo de mi garganta nace un gruñido de excitación. Vuelvo a mirarla de manera fija y como si mi cabeza fuera sumergida en un pensadero, la abrumante secuencia de eventos que dieron origen a todo vuelven a mí.
Once meses atrás
La mansión está atiborrada de invitados. Astoria planeó este evento por la totalidad de un año y el que esté ocurriendo sin alteraciones ni interrupciones me pone muy feliz por ella. La veo avanzar entre la multitud, conversando con cada invitado allí presente, mientras la liviana tela de su vestido verde la hace lucir como esmeralda líquida. Es hermosa en todas las maneras que una mujer puede serlo y como yo soy mugre, elijo contemplarla a la distancia.
La velada procura ser un evento de caridad. La familia Malfoy es famosa por lanzar dicho baile todos los años. Cuando yo era un niño y hasta que me casé con Tori, la labor le correspondía a mi madre. En aquellos tiempos la lista de invitados era severamente más reducida y consistía pura y exclusivamente en magos y brujas de de sangre pura y mortífagos. Más comunmente que no, los invitados cumplian ambos requisitos. Mi mujer eliminó esa regla en la primer ocasión que tuvo de poner sus manos en la organización, es por eso que ahora está en mi hogar el renombrado trío dorado al cual tanto le debemos. Sarcasmo de lado y no tan de lado.
Hay una sola característica que mi mujer no se ha atrevido a cambiar y no puedo decir que la culpo. Desde el inicio de semejante evento que el visionario Malfoy a cargo procuró tener dos cosas a mano: vasos que se llenen por cuenta propia y muy, muy buen alcohol. Nadie, no importa cuán rico, tiene ganas de dar amplias pilas de oro a causas de las cuales no entienden nada porque no mueren de hambre o no se encuentran enfermos.
─Draco, estoy comenzando a pensar que me evitas a propósito .─ cada músculo en mi cuerpo me ruega que me mueva de manera que un asentimiento quede claro.
Blaise Zabini está empecinado en hacer negocios juntos. No sólo no tiene ninguna necesidad mi compañía en saltar a la cama con otra mucho menor, sino que mi antiguo compañero de colegio es tan nefasto a la hora de tomar decisiones administrativas que le doy meses antes de que Zabini Corp. se vaya por el retrete. Malfoy Enterprises no tiene por qué seguir el mismo camino.
En mi rostro acaba apareciendo una mueca soberbia y aburrida. Ese es mi estado natural, aquel en el cual me burlo de la gente y me cago en las sensibilidades de vivir en sociedad. Hace años me etiquetaron como un hijo de puta, y el mejor hijo de puta siempre intentaré ser. Muevo mis ojos grises hasta dar con los negros de Blaise. Su piel morena está un tanto pálida y el tambaleo de su figura me dice que ha hecho uso del buen alcohol a su disposición.
─Blaise, quiero disfrutar de la velada por Tori. Ha trabajado duro para que esté todo de maravilla y sé que le enojaría que me disponga a discutir de negocios.─ Zabini asiente, en su estado de estupor mi excusa le suena convincente. La remato para terminar con ese baile de tire y afloje de una buena vez por todas. ─Pásate el lunes por mi oficina y escucharé tus propuestas con detenimiento.─ una vez más asiente, antes de dar media vuelta y alejarse.
Aprovecho la situación para salir del salón por un momento. Quiero respirar lejos de toda la gente que sonríe como si sus vidas no fueran una mierda. No puedo sonreír tanto, no puedo pretender y eso que mi vida en los últimos años ha sido condenadamente positiva. Igualmente estoy asqueado y el alcohol no ayuda a tolerar las cosas.
Avanzo por el largo pasillo que eventualmente desemboca en una amplia biblioteca. Es el pasillo contrario al cual ha sido asignado para el uso de baños y sé que estaré tranquilo. No llego a pasar por fuera de la primer puerta, cuando algo dentro me llama la atención. La madera está a medio cerrar. En el interior sé que hay un juego de muebles de antaño en colores morado. Los eligió mi madre antes de adoptar la habitación como sala de té en la cual encerrarse con sus amigas a cuchichear y pretender ser las perfectas damas de sangre pura. En los últimos años que asistí a Hogwarts, sin embargo, mi madre lo usaba para encerrarse a llorar y tomar alcohol hasta que le fuera imposible controlar el agarre de la fina copa de cristal.
En esta ocasión está Hermione Granger.
Está sentada en uno de los amplios sofás de un sólo cuerpo. Su esbelta figura luce desgarbada, como si estuviera dando su mejor intento de imitación de un saco de patatas. Son sus ojos marrones los que captan la atención. Están incandescentes debido a las caprichosas llamas del hogar a leña. Es la única fuente de iluminación en la habitación y sé que es producto de algún hechizo realizado por ella. Esa habitación rara vez es visitada por mí o por mi mujer.
Empujo lentamente la puerta, revelando que he descubierto su escondite. Años atrás, cuando éramos más jóvenes, Granger solía pasar las veladas bailando y conversando con todos los presentes. No estoy seguro exactamente qué le ocurrió, pero con el paso del tiempo su prerrogativa cambió y de pronto encontrarla en una fiesta se volvió todo un desafío. Personalmente nunca me dispuse a buscarla, pero sí he visto a Weasley preguntando a los presentes si alguien había visto a su mujer.
─Este pasillo no está habilitado para los invitados ─ comento, por más que sé que poco le importa. Está acostumbrada a romper las reglas. En respuesta me da media sonrisa torcida y un tanto arrogante. Me hace acordar a nadie más ni nadie menos que a mí y esa es una ocurrencia extraña en sí misma.
Adentro mis piernas en la habitación, deteniéndome antes a entornar la puerta nuevamente. Ella no dice nada, sólo concentra sus ojos marrones en mi figura. Alcanzo el sofá de un sólo cuerpo a su lado y tomo asiento con la misma desfachatez que presenta ella. Parecemos adolescentes alcoholizados y petulantes que se esconden de los niños populares. Me doy cuenta enseguida, sin embargo, que esa es toda una idea fallida. Ella luce un vestido de gala negro y un labial rojo que seduce a cualquier hombre presente. Ella jamás sería una chica poco popular. No ahora, no cuando se ha convertido en una mujer hecha y derecha con una personalidad arrolladora y una confianza que sacude el piso bajo los zapatos de taco alto que siempre calza.
─¿No puede una dama alejarse un momento para tener un trago por cuenta propia?─ me pregunta elevando la delicada botella de cristal donde descansa cerca de un litro del cognac más añejo en toda la mansión. Quedó aquí desde la época de mi madre. Me es imposible asegurar cuánto sale cada gota ámbar dentro de esa botella, pero Salazar sabe que es una buena cantidad de oro.
─No recuerdo que justamente esa elección estuviera incluida en el menú del evento.─ una vez más sonríe de manera soberbia. Sus ojos marrones encuentran los grises míos y la veo guiñarme uno con la torpeza de una persona que tomó una elevada dosis de alcohol. Es muy a mi pesar que termino sonriendo de manera arrogante, encontrando por primera vez en mi vida, cómica a Hermione Granger.
─Estoy dispuesta a compartir.─ bromea, extendiendo la botella. La tomo, pero únicamente para apoyarla en el piso al lado de mi sofá. No es por el valor del cognac, ni por mi siempre presente dificultad para compartir, está más bien relacionado con que ella parece haber tomado más que suficiente por la duración de la noche. ─Tacaño─ susurra al contemplar mis acciones.
─Weasley va a comenzar a buscarte en cualquier momento─ menciono al pasar, intentando cambiar el tema. Los ojos marrones de ella están concentrados en las danzantes llamas delante nuestro. Más allá de los sillones y una mesa de cristal entre ambos, el resto de la habitación queda sumergida en la oscuridad. La atmósfera se siente íntima y yo no me atrevo a aceptar que eso me está poniendo nervioso. Hermione Granger siempre logra ponerme nervioso. Años atrás creí que se debía a su origen. Con el tiempo acepté que no se trataba de eso. Se trata de siempre sentir que tengo que impresionarla. Como si fuera mi profesora y yo el estúpido alumno que perpetuamente intenta demostrar que sabe lo suficiente como para hacerla sentir orgullosa.
─Ni lo menciones─ pide en medio de un gruñido de disconformidad.
─¿Problemas en el paraíso, eh?─ pregunto de manera jocosa.
─Algo así.─ suelta de forma reticente antes de mirarme de mala gana. Sus ojos me invitan al desafío en el cual intente burlarme de ella una vez más. No creo ser capaz de lidiar con las consecuencias. Reculo como el condenado cobarde que he sido toda mi vida.
─El matrimonio es una bestia difícil de domar─ comento con certeza, porque tengo experiencia en el tema y sé que es una batalla diaria. Ella asiente, concentrada en el fuego y no en mí. Elijo el momento para notar cuanto más adulta luce. Se percibe en especial en la confianza que destila y en su presentación al mundo. Está maquillada, con el cabello revuelto que ya no luce torpe e impresentable, sino como una melena exótica asociada a una imagen sensual. Es gracias a su figura. Es esbelta y si bien no tiene demasiado en el área del busto, ni tampoco en el trasero, como ya he comprobado en el pasado, su vestuario ajustado y elegante la vuelve digna de habitar las fantasías de cualquier mago de sangre caliente.
─También lo es el sexo.─ creo que imaginé sus palabras, pero sus ojos marrones se posan en los míos confirmando que en realidad las soltó. No sé si son los nervios o es el desconcierto de la escena frente a mí, pero acabo soltando lo único habitando mi mente en este momento.
─No se supone que uno dome el sexo─ su cuerpo se mueve rápidamente, dejando su figura sentada de manera erguida por primera vez desde que entré en esta habitación.
─¡Exacto!─ exclama con demasiado entusiasmo. Debe ser un treinta por ciento de Hermione Granger hablando y el otro setenta por ciento es el cognac. ─¿Por qué es entonces que mi marido no lo entiende? Hay tantas ocasiones en las que uno puede recaer en el misionero antes de que leer un libro de tejer se vuelva más interesante.─ río. Genuinamente suelto una carcajada estruendosa que en mi vida imaginé que pudiera ser causada por Hermione Granger. Es de por sí raro que yo ría. Mis rasgos angulosos suelen ser agraciados con una mueca soberbia y de hijo de puta que combina perfectamente con mi esencia como ser humano.
─Háblalo con él, Granger─ comento al pasar. Es totalmente normal que me siente a conversar con ella y le dé consejos de como mejorar su vida sexual. Eso es lo que me repito una y otra vez para no comenzar a sonrojarme. Y para no tener que salir de allí como un niño demasiado sensible a temas de adultos.
─¿Te crees que no lo he hecho?─ suena indignada. Procuro no reírme una vez más porque no sé de lo que es capaz una Hermione Granger alcoholizada y cabreada a la vez. ─Pero yo quedo como una condenada ninfómana cuando sugiero que lo hagamos sobre el escritorio de mi oficina o en el baño de la casa de sus padres.─ así que Granger disfruta la idea de agregar variedad en el dormitorio. Suena en ambas cantidades sorpresivo como totalmente lógico. ─Tú sabes que tengo una necesidad patológica de querer ser la mejor en todo. O al menos en todo lo que considero de importancia.─ asiento de manera inmediata.
─Lo sabemos todos desde que tenemos once años, Granger.─ le recuerdo con cierta amargura. La maldita bruja hija de muggles que tengo frente a mí, me causó mil y un problemas en mis años de escuela, justamente por ser la mejor de la clase. Digamos que Lucius Malfoy no estaba muy de acuerdo con que alguien de mi apellido no fuera el primero. Si él hubiera estado en el aula con esta condenada bruja hubiera entendido lo imposible de su requerimiento.
─¿Por qué sería diferente con el sexo, entonces?─ es una pregunta, pero no estoy seguro que esté esperando mi respuesta. ─Quiero saber lo que se siente probar posiciones nuevas, hacerlo en lugares donde estén al borde de encontrarnos, quiero que descubra cada rincón de mi cuerpo y que me deje hacerle lo mismo. ¡Mierda! ni siquiera quiere hacerlo parado detrás mío porque dice que el no verme a los ojos lo hace sentir como que me está desvalorizando.─ una vez más quiero reír, pero no lo hago.
Es en este momento en el que veo a Hermione Granger con ojos totalmente distintos por primera vez. La bruja es condenadamente atractiva y seductora y me está hablando como una sirena que me llama al mar. Quiero decirle que la entiendo en algunos aspectos, porque Astoria tampoco es muy aventurera. Es clásica y conservadora y no está a favor de que acabe en su garganta, ni tampoco de que la sienta acabando en mi lengua. No me cabe ninguna duda que la lujuria está diciendo presente en mis ojos grises. Refleja la batalla empedernida que está ocurriendo en mi interior. Es mi líbido atacando con armas mortales a mi moral. El mismo está ganando con la decadencia con la que suele acabar triunfando todo lo que le está prohibido al ser humano. Se acordó miles de años atrás que lo correcto es la monogamia. Morgana sabe que si Hermione Granger me dice que sí en este momento, tiro mi fidelidad por la ventana y luego entierro la vergüenza como un cadáver putrefacto. Rogando que el olor a podrido no llegue a la nariz de mi mujer.
─¿Qué estás pensando?─ me pregunta lentamente, mientras su labio inferior parece haber quedado atrapado entre sus dientes. Es un gesto involuntario y lo reconozco a la perfección. Cuando mi contrato con Tori aún estaba en el aire y vivía soltero, más de una bruja me miró de esa manera.
─Que quiero enseñarte cómo se sienten todas esas cosas─ es un susurro, porque si bien me he animado a confesárselo, el pánico me tiene entre sus garras. Ella asiente antes de ponerse de pie y avanzar a donde me encuentro sentado. No sé que está por hacer y eso me pone en estado de alerta. Soy la presa de un cazador al cual se le sienten las botas aplastar la grava. Mi destino está en sus manos.
Su brazo se extiende y sin decir nada rodea mi muñeca con sus delicados dedos. Es un gesto cariñoso provocando que sienta el reflujo de los deliciosos canapés de cangrejo subiendo por mi garganta. Amo a mi mujer, la amo con cada fibra de mi cuerpo, pero cada músculo me está diciendo que haga lo que la bruja enfrente mío quiere, porque al final del túnel me estará esperando la entrada al paraíso.
Me pongo de pie como ella quiere. Su vestido de seda negro está aferrado a su silueta y cuando le rodeo la cintura la hace lucir como tinta entre mis manos. No le digo nada y en un abrir y cerrar de ojos le estoy devorando la boca en un ataque que es más defensivo que otra cosa. Sus manos están en mi cabello en la brevedad y cuando sus uñas recorren de manera posesiva mi cuero cabelludo, estoy gruñendo contra sus labios con fiereza.
Ninguno de los frena las ministraciones. Ninguno de los dos se anima a decir que es un error. Ninguno de los dos quiere aceptar que es un error y estoy seguro que si alguna vez esto se repite, los dos seguiremos creyendo que es cualquier cosa, menos una maldita equivocación. Doy un paso hacia atrás, en dirección a donde sé que se encuentra un antiguo escritorio de madera. Nunca fui bueno calculando nada, en consecuencia su cadera choca contra el borde de forma brusca y tosca. Esa es nuestra señal, esa es nuestra coartada para decir que tenemos que frenar, por respeto a toda la gente que nos cree honorables y por amor a aquellos que llevan puesta la otra banda dorada en su mano izquierda. Ella no lo hace, sino que clava sus uñas de manera aún más profunda en mi piel. Mi única respuesta reside en apoyarla sobre el escritorio y comenzar a subir la falda de su vestido.
Hermione Granger no sólo me deja, sino que suelta ininteligibles susurros que transmiten la sensación de aliento. Que me apure. Que esté dentro de ella. Que la haga sentir de esa manera que tanto ansía sentirse. Tardo segundos hasta revelar sus bronceadas piernas y aquel lugar que debería estar cubierto por ropa interior, pero que ya está al descubierto para que me familiarice de manera rápida y dedicada. Comienzo a darme cuenta a qué se refiere, porque si supiera que mi mujer no lleva nada debajo del vestido verde que está luciendo en este momento en el salón de fiesta, hubiera ideado la manera de arrastrarla fuera de allí y follarla contra la pared con desesperación.
Sus ojos marrones encuentran los grises míos y la veo mover su mirada al cinto plateado que sujeta mi pantalón de vestir negro. No faltará ocasión, pero quiero que pruebe algo nuevo, quiero que concluya que no fue un error que hagamos esto. Deslizo mis manos por sus muslos de forma posesiva, antes de encontrar el lugar detrás de sus rodillas. Con un tirón brusco le estoy abriendo las piernas hasta donde sé, debe comenzar a dolerle. El pequeño jadeo que suelta me lo confirma, provocando que una mueca de arrogancia aparezca en mi rostro.
─¿Qué haces?─ pregunta en medio del estupor. Si tengo que calificarlo digo que por primera vez en la noche es ella la que suena nerviosa.
─Dijiste que querías probar algo nuevo─ no le revelo que hace mucho que no hago acabar a una mujer de esta manera y en consecuencia desciendo hasta que mis rodillas están apoyadas sobre la gruesa alfombra en el suelo. Muevo mi rostro hacia delante, clavando mis dientes en el interior de sus muslos. Sé que es primitivo y que es de completo idiota, pero quiero que quede algo marcado. Quiero que cuando use el hechizo para hacer desaparecer el morado de las marcas que deje detrás, confirme que en verdad ocurrió. Que yo Draco Malfoy la follé como nadie más en su vida.
Hundo mi rostro hasta que esté lo más cerca posible de su centro pero sin tocarlo. Que sienta la anticipación. Que crea que está al borde de perder la cordura, pura y exclusivamente porque yo no termino de hacer contacto con ella. Son mis dedos los primero que se mueven. Separan los pliegues brillosos que me revelan que está completamente húmeda. Que está tan condenadamente excitada por toda la situación, como lo estoy yo. Mi erección dura y firme chocando contra el cierre de mi pantalón.
Recorro la totalidad de su entrada. Desparramo la humedad por sus pliegues y juego con la sensibilidad del área. Muevo mis ojos grises a su rostro para ver qué está haciendo. Es un intento de comprobar si puedo adivinar lo que está habitando en su mente. No dice nada con palabras, pero el marrón destella voracidad y anticipación. Cedo ante la silenciosa plegaria que está enviando en mi dirección. Llevo mi rostro al lugar entre sus piernas antes de trazar la entrada, pero esta vez con mi lengua. El gemido es agudo y necesitado. Si éste fuera mi primer encuentro sexual, sé que hubiera acabado en mi pantalón como un pre-puberto. Escucharla sonar así, el escuchar la necesidad que mi contacto puede producirle, me está llevando al borde de mi entereza mental y amenazando con hacerla estallar en un millón de pequeños fragmentos.
─Por favor─ ruega en un susurro. ─Por favor dime que no vas a frenar─ mi respuesta la recibe con mi lengua encontrando la pequeña bola de nervios que le va a hacer perder la cabeza. Me concentro en ella. Me concentro en entender cómo algo se puede volver tan adictivo tan rápido. Su aroma, su sabor, su humedad, la calidez de su piel, pero sobre todo sus sonidos. Las súplicas, los ruegos, la fervorosidad con la que me confiesa que responde a mis ministraciones.
La siento enredar su dedos en mi cabello y sujetarlo con bronca. Mi contraataque es sencillo pero eficiente. Mientras mi boca se asegura que aquella bola de nervios esté perfectamente atendida, dos de mis dígitos hacen su camino dentro de ella. Su agarre se incrementa y lo mismo ocurre con sus gemidos, entre pequeño jadeo y pequeño sollozo, murmura que por favor no frene. Son segundos en los que acelero el movimiento de mi mano y esta vez el gemido es un genuino grito. Es agudo y necesitado. Prácticamente se lo puede calificar de desgarrador. Cuando siento los restos de su orgasmo contra mi lengua, estoy sonriendo como un condenado hijo de puta.
─¿Alguna vez te probaste?─ le pregunto de manera posesiva mientras llevo a sus labios los dos dedos húmedos que instantes atrás estaban dentro de ella. Espero que me rechace, que me diga que no quiere saber nada, pero abre la boca como una condenada buena alumna y traza con su lengua el largo de los mismos como si estuviera devorando el más delicioso de los bombones helados. ─¿Dónde mierda tuviste este lado oculto cuando teníamos diecinueve?─ le pregunto, rememorando una época donde yo no le debía explicaciones a nadie. Ella suelta mis dedos de dentro de su boca antes de responderme.
─Animándome a tener mi primera vez─ estoy por decir algo cuando me interrumpe. ─Una pena que no me animé a pedirte que fueras tú el que me enseñara de sexo.─ su voz no suena infantil, pero sí sumisa y sus ojos marrones están clavados en los míos de modo seductor. ─Tal vez puedas hacerlo ahora.
─Aférrate─ demando de manera autoritaria, antes de volver a tomarla por debajo de las rodillas y obligarla a rodear mi cadera. Nuevamente chocamos contra el destino, el cual es la pared sumergida en la oscuridad. La diferencia es que esta vez el golpe fue a propósito. Ella gruñe antes de descender su rostro a mi cuello y morder de la forma que lo haría una reina vampiresa. Gruño, obligando a que se aferre a mi. Rápidamente me encargo del cinto en mi cintura. Cuando está desabrochado y lo mismo mi pantalón, estoy liberando mi erección y sin decir nada estoy dentro de ella.
No sé en dónde reside la diferencia entre mujer y mujer, pero es tan real como la diferencia entre los sabores de cada gragea. Todas se sienten bien, porque su humedad, su calidez, la estrechez, todo está diseñado para que cuando uno esté dentro de ellas pueda sentirse lentamente desarmándose y dando paso al estupor de la pasión. Pero hay algunas que no sólo te hacen sentir bien, sino que te consumen desde dentro como un cáncer y te dejan a su disposición con alguna alteración de la maldición imperius.
Hermione Granger es esa mujer.
El gemido que nace de dentro de ella es lacónico, lento y desesperado. Es placer en su más pura forma. Yo la entiendo, porque mi gemido suena sumamente similar al de ella. Me muevo hacia atrás, abandonando la perfección de su centro, antes de embestir con furia una vez más. Imagino que su espalda debe estar doliendo con los choques contra la pared. No me importa y a ella parece que tampoco. Para cuando vuelvo a salir y vuelvo a embestirla lo hago con más fervorosidad. Hermione Granger acaba gimiendo en mi oído de forma desesperada.
─Más fuerte─ susurra en mi oído, antes de tomar el lóbulo de mi oreja entre sus dientes y tirar. Gruño, porque no puedo creer que tenga el tupé de demandar cosas. Comienzo a follarla más fuerte y enseguida olvido mi bronca, porque tenía razón, se siente aún mejor.
Gemidos, gruñidos, arañazos, mordiscos.
Le dejo hacer lo que desee conmigo.
Cuando siento las paredes de su interior cerrarse alrededor mío en un orgasmo enfurecido, estoy gritando como nunca en mi vida. Acabo dentro de ella, dejando más de lo que creí que fuera posible. Los resultados son escombros de un desastre natural. Su cuerpo aferrado al mio con desesperación, su aliento cálido y errático justo en mi oído, yo aún dentro de ella y mi boca succionando en su cuello con la esperanza de dejar la más posesiva de las marcas.
─¿Te sientes como una mierda?─ me pregunta al oído. Lo bizarro es escuchar esa pregunta sin estar empapada de absoluta culpa y miseria. Aún así asiento, porque si me siento como una mierda, por más que volvería a hacer lo que recién hicimos mil veces más. ─¿Lo suficiente como para no volver a hacerlo?─ esta vez niego en una reacción tan instantánea que debería asquearme. ─Excelente, porque acabo de encontrar el paraíso y me rehuso a partir.
─¿Alguna vez te arrepientes?─ pregunto con lentitud. Su esbelta figura envuelta en rojo es una visión que pone en jaque cada uno de mis sentidos.
─Algunas noches─ confiesa mirándome a los ojos. Me otorga más honestidad de la que creo merecer. Enseguida recuerdo que yo tampoco le he mentido a ella. Lo nuestro por más retorcido y miserable que sea, es honesto desde las bases. Ambos somos una mierda. Ambos estamos completamente jugados. ─Cuando Ron habla del futuro. Cuando habla de la familia que quiere que tengamos o cuando menciona que al cumplir diez años de casados debemos reafirmar los votos. Ahí es cuando me arrepiento.
No sé qué decir a aquello. Astoria es el amor de mi vida y siempre estuvimos de acuerdo que eventualmente tendríamos hijos. Ella mencionó algo de una gran familia, pero sé que no corre en los genes de los Malfoy la multiplicidad de hijos. Probablemente alcancemos a tener uno y sea más que suficiente para provocar una transformación radical en nuestras vidas.
¿Qué haré entonces?
¿Puedo ser un gran padre y un gran esposo si en la oscuridad me estoy follando a otra mujer?
Sé la respuesta a esa pregunta. También sé que no quiero escuchar dicha respuesta.
─¿Será esa nuestra fecha de expiración?─ la pregunta es tan genuina que puedo sentir mis piernas temblar en anticipación a su respuesta. ─Cuando tú seas madre o yo sea padre.
─Quiero decirte que sí─ confiesa dejando la copa vacía sobre la mesa más cercana. Sus ojos marrones se posan en los míos. Creo que es la primera vez que los veo totalmente aterrados. Si no estuviéramos aquí, si no estuviéramos rodeados de tantas personas, la envolvería en un abrazo y le susurraría como a una criatura que todo estará bien. ─Pero hay días en los que no puedo parar el temblor de mi cuerpo de tanto que deseo que hagamos lo que hacemos. Hay noches en las que quiero llorar de la frustración porque no puedo despertar al hombre que duerme a mi lado para que me haga todas las cosas que tú me haces.─ estoy por decir algo, pero me interrumpe. ─Tengo instantes de pánico donde veo todo borroso, pero son aquellos instantes de lucidez en los que sé que no quiero que esto se acabe. No me importa nuestras realidades o nuestras obligaciones.─ no puedo asegurarlo, pero creo escuchar su voz quebrarse. ─Somos una mierda, Draco. Y sobre todo somos asquerosamente egoístas, pero no sé cuánta gente estaría dispuesta a dejar lo que tenemos. Cuando estamos juntos cierro los ojos y te juro que veo el paraíso.
