N/A: ¡Buenas!

Perdón la demora de este capitulo. Estoy super enferma. Recién ahora resucitando un poco así que aproveche que me levanté para publicar esto.

No está revisado por la genio de Carolina a.k.a. houdiniboom porque no tuve ni tiempo de enviárselo.

Quiero agradecerles por sus comentario en esta historia. Ha tenido una recepción mucho más positiva de la que esperaba. En especial porque veo que están interesadas e idean teorías del destino de fic de modo elaborado.

Contesté ya varios mensajes. Si a alguien le falta pronto tendrá mis agradecimientos.

Les dejo un beso enorme y nos leemos pronto,

Albertina


PERFIDIA


CAPÍTULO CUATRO

La oficina está tranquila.

Mis piernas avanzan con decisión por los pasillos de la cima del rascacielos donde está ubicada Malfoy Enterprises. Los ambientes son amplios, pero perseveran en asociar el nombre de mi familia a un grupo de psicóticos con tendencias destructivas. La imagen está en los pisos oscuros, en la decoración que emula una potente inquisición y en la siempre presente falta de luz que se asocia a cada ambiente de la gótica mansión que tantos cientos de años atrás fue elevada a las afueras de esta mismísima ciudad.

Al fondo del camino que estoy recorriendo puedo ver a Gloria, mi secretaria, concentrando sus enormes ojos verdes en mi. Es una niña, recién salida de Hogwarts y con prospectos de futuro. Lo más resonante es su origen irlandés, el cual aparece en su acento y está siempre presente en sus pecas, el cabello anaranjado y la piel blanca como la nieve. No puedo evitar reírme al ver el patético intento de seducción que lanza en mi dirección. Los he visto venir desde que la ubiqué en el antiguo escritorio fuera de mi oficina. Mi juego es el de jactarme de ignorante y dejarla seguir sacando ventaja de la posición en la que se encuentra, al menos hasta que la situación se vuelva insostenible.

─Buenos días, Sr. Malfoy─ saluda como siempre, poniéndose de pie y corriendo a tomar mi portafolio y mi abrigo. Entra a mi oficina detrás de mí y ubica cada elemento en su correspondiente lugar. Soy un hijo de puta con cierta tendencia al orden. Una secretaria años atrás intentó cambiar la manera en que elijo organizar todo y se encontró repartiendo currículums por el callejón Diagon veinticuatro horas después.

─Bueno días, Gloria─ saludo de manera estoica y hasta un tanto reticente. Que nunca se olvide que soy un hijo de puta. ─¿Hay alguna llamada de Theodore Nott?─ pregunto muy a mi pesar.

Ha transcurrido una quincena desde la pelea que tuvimos aquí, en esta misma oficina. Me rehúso a disculparme, porque tengo demasiado orgullo y porque mi padre me inculcó desde pequeña edad que ese tipo de acciones demuestran debilidad. No soy tan nefasto como para creer que sea cierto, pero tampoco soy lo suficientemente rebelde como para retrotraerme en la totalidad de mi crianza. Francamente espero unas disculpas de parte suya. Aunque sean movidas por el interés de recibir mi ayuda en aspectos monetarios. Los sangre pura no somos pobres, simplemente no lo somos. Como toda regla hay una excepción y esos son los asquerosos pelirrojos de comedor comunitario que siempre eligieron la vereda de enfrente en cada aspecto de la vida. Incluso lograron llevársela a ella a su estúpido lado. Me gustaría cruzar la calle sin que nadie me viera, y empapelar las paredes con anuncios que griten a los cuatro vientos que somos dinamita cuando estamos juntos, sin ropa y completamente ebrios de lujuria y desesperación.

─No, señor. No se ha comunicado ninguno de sus amigos personales, sólo clientes.─ Inhalo como un condenado toro al borde de atacar y procuro calmarme antes de asustar a mi secretaria. Muevo mis ojos grises a mi abrigo, que ahora descansa en un elegante perchero de madera oscura que eligió Tori para la oficina.

─En el bolsillo del saco hay una carta, llévala y enviasela a Nott, por favor.─ no espero que diga nada y a cambio me siento en mi silla de cuero y volteo de modo que quede el respaldo en su dirección. No la veo seguir mis órdenes, pero si la escucho. ─Gracias, Gloria.─ agradezco antes de sentir la puerta ser cerrada detrás de ella al salir.

Decido enterrarme en trabajo. Las horas se me pasan sin percibir que el sol le está dando paso a la luna y que la calidez en el ambiente está siendo derrotada por una fría brisa. En el expediente descansando en mi escritorio aparece la adquisición de una nueva compañía, es muggle y se centra en la minería. Por las estadísticas y detalles que aparecen sé que no juegan para el equipo de los buenos. No cumplen con la tarifas impuestas por el gobierno en el suelo soberano en el que están operando, fabrican los reportes de salubridad y entierran los casos de los pobres infelices que han muerto a causa de toda la mierda que trabajar en un área como la minería deja detrás. De más está decir que el medio ambiente no figura en el horizonte en esta gente. Lo sé por cada letra de ese expediente que si Hermione Granger supiera que estoy por adquirir semejante negocio me condenaría a arder en el nivel más trágico del infierno. Tal vez no es quien todo el mundo cree que es, pero eso no significa ni por un segundo que su esencia no es tan inquebrantable como lo ha sido desde que los dientes de castor y cabello de nido de arpías aparecieron en Hogwarts por primera vez.

Escucho el golpe en la puerta y elevo mi rostro con la sorpresa que provoca salir del tren de pensamiento en el que estoy viajando. Es un tren que siempre la tiene como destino a ella. Y así de rápido me puedo sentir endureciendo en mi pantalón. Condenada bruja del infierno, debería atarla a una silla y torturarla hasta que me confiese que tipo de hechizo usó en mí que no puedo sacarla de mi cabeza. Que mi cuerpo no puede parar de necesitarla.

─Permiso, señor Malfoy─ pide Gloria y asiento haciéndole un gesto con mi mano que ingrese. ─Llegó está correspondencia del Sr. Nott para usted.─ la deposita en mi escritorio y después se va no sin antes intentar darme una sonrisa un tanto juguetona. Quiero gritarle que a menos que su nombre sea Hermione Granger y posea el título de bruja más inteligente de mi generación que no se moleste.

Tomo la carta sin dar muchas vueltas y la abro rompiendo el fino hilo dorado con el cual el rollo de pergamino ha sido atado. La primer pista es que no posee demasiadas palabra. La segunda pista es que lo único que dice es que me vaya a la mierda. Respiro hondo, intento calmarme por más que puedo sentir la ira naciendo del centro de mi estómago con el usual ardor y gusto amargo que lleva consigo. Respiro aún más hondo, procurando mantenerme en control mientras el condenado pedazo de pergamino se vuelve un bollo en el agarre colerizado de mi puño.

No lo consigo.

Un grito de profunda bronca se cuela por mi garganta y resuena en la oficina con tanta fiereza que sé que hay ondas del mismo flotando por la totalidad del piso en el que me encuentro. No es suficiente, nunca es suficiente, nada logra librarme de la miseria que me recorre las venas cuando me dicen a gritos que no soy suficiente, que no me quieren. Que no me necesitan. Esta vez grito, pero muevo mis brazos conmigo, tirando todo lo que descansa en mi escritorio al suelo y regocijandome en el estallar de las cosas. Que se rompan, que se partan en mil pedazos. La maldición de ser humanos es que cuando nos rompemos nadie nos puede ver rotos y la condenada procesión va por dentro.

Varias ideas se me cruzan por la mente. Una es verla a ella, es pedirle que me deje follarla hasta que esté tan extenuado que no sólo no recuerde mi día, sino que no recuerde quien soy, cual es mi nombre y cuanta mierda dejo detrás a cada lado al que voy. Verla a ella, sin embargo, significa que me vea así y no quiero. Está su respeto por mi en juego y por más que me de bronca y asco aceptarlo, la idea de perderlo me retuerce las entrañas como si hubiera sido envenenado con algo lento, doloroso y letal.

Necesito a Tori. Necesito su calma, su apoyo, su siempre presente sonrisa y buena predisposición. La necesito tanto que me puedo ver llorando de la frustración. Dejo el desastre detrás mío y con un puñado de polvo flu estoy una vez más en la mansión.

Tori está en la sala, como siempre, cumpliendo su rol de esposa y ama de casa con perfección. Voltea a verme y su sonrisa inquebrantable es resquebrajada al ver mis lineas de expresión. Contemplo disimular, decirle que volví antes porque la extrañaba, porque estaba harto de estar entre cuatro paredes ideando maneras de hacer más oro, como si nos hiciera falta, pero no lo consigo. En cambio me quedo allí parado, mis ojos grises clavados en los de ella y como si tuviera cinco años una vez más escucho un sollozo nacer de mi garganta y después otro y sin siquiera darme cuenta estoy abrazando a mi mujer con la toda la fuerza que me queda. Astoria no dice nada, porque sabe que no soy bueno compartiendo mis sentimientos. Hace lo sabe que es mejor y me da amor incondicional de una manera que no merezco, pero que recibo como un mendigo siendo el beneficiario de una grotesca donación.

─¿Qué sucede?─ me pregunta con lentitud cuando me calmo. Es una pregunta abierta y lo hace con la esperanza de que traduzca lo que sea que me esté recorriendo por dentro. Quiere entenderme para ayudarme.

─Te mereces mucho más que tenerme a mi como tu marido─ es la verdad y siento que es la primera vez que mis palabras incluyen una disculpa camuflada por mi aventura con Hermione Granger.

─No me importa lo que creas que merezco, Draco.─ comienza diciendo con voz tan inquebrantable que me sorprende. Es raro ver a mi mujer dejando de lado el tono dulce y comprensivo para verla convertirse en una fiera. Pero lo es. Como toda condenada mujer en el planeta tierra lo es. ─Te elijo a ti si fueras la única opción y te elijo a ti si tuviera el mundo a mi gusto y antojo.

─Estoy sólo, Tori.─ confieso y sé que sabe que esa declaración no la incluye a ella. Estamos unidos hasta el final. Eternos compañeros de vida.

─¡Porque te escondes!─ grita alejándose de mí y caminando a sentarse en el amplio sofá ubicado en el centro de la sala. Me da la espalda, hasta que avanzo a ubicarme al lado suyo. ─Se te metió en la cabeza esta idea de que tienes que ser horrible con todo el mundo porque eso es lo que esperan de ti. Cuando estás conmigo, sin embargo, eres todo menos horrible. Deberías mostrarle al mundo ese lado de vez en cuando.─ la siento retarme como si fuera un niño pequeño. Las usualmente tranquilas líneas de expresión en su rostro están revueltas como la marea en una fea tormenta. El verde de sus ojos destella cautela y hasta enojo, pero su postura extendida en mi dirección me dice que está dispuesta a matar si eso significa protegerme. Que no tema, porque haría exactamente lo mismo por ella.

Amago a ponerme de pie, intentando dejar la conversación detrás y volviendome un recluso en la ducha. Tengo el anhelo de que el agua caliente y una habitación llena de vapor me alivianen las ideas. Que va, probablemente me masturbe más de una vez pensando en ella, imaginando que está en esa misma ducha conmigo, arrodillada delante de mí y con mi erección reencontrándose con su garganta. Astoria no me deja, me toma de la mano con decisión y tira de mi figura hasta que quedar sentado delante de ella una vez más.

─Podemos solucionar la sensación de soledad.─ no pretendo ni por un segundo entender la dirección de sus palabras. No digo nada, sólo la miro, alentando a que elabore. ─Ya no tenemos veinte años, ya somos más grandes y estamos bien económicamente. Tenemos un hogar y un matrimonio hermoso.─ ahora sé perfectamente donde va la conversación y puedo sentir mis piernas temblando. Sé que tiene razón, sé que está todo dado. La noción igual me aterra. ─¿Por qué no empezamos a buscar un hijo, Draco?─ respondo lo primero que me viene a la mente.

─Seré un terrible padre.─ Astoria ríe como una condenada princesa. Está entretenida con mis palabras y nunca imaginé una reacción tan cínica de mi mujer.

─Ese niño o niña te amará tanto como te amo yo y sé que será mutuo. El resto lo iremos resolviendo a medida que pasa el tiempo.─ asiento. Asiento como un condenado enfermo, porque eso es lo que estoy, un enfermo si creo que es una buena idea.

No sé exactamente a qué se debe, pero lo puedo sentir en mi interior. Es calor mezclado con anticipación. Es sentir las yemas de mi dedos ansiando tener la calidez de alguien creado por mi. Es la promesa de poder hacer las cosas bien por una vez en mi vida y dejar hasta la última gota de mi en corregir todos los errores de mi padre. Es comenzar a pensar en como puedo envolver el mundo y donde compraré un moño tan grande, porque eso es lo que le voy a regalar. El mundo y la condenada galaxia si también la desea. Todo lo que es mío será para él o ella y no deberá ni pedirlo, simplemente lo será.

─Te amo─ digo con más efusividad de la que me caracteriza. Astoria coincide. Siempre lo ha hecho, siempre me ha amado.

Pero en mi cabeza está ella. Siempre está ella. No puedo tenerla allí cuando estoy construyendo un futuro con alguien más. No cuando ella estando allí pondrá en jaque el futuro de la persona que sé que amaré más que a nadie en el mundo. Quiero romper en llanto de vuelta. No estoy listo para dejarla. No quiero dejarla nunca. Quiero que sea mi droga y mi adicción hasta el día en que me muera, porque lo que tenemos no es normal y no deberíamos tener que enterrarlo o matarlo como a un animal sufriendo.

─Tori, tengo que salir un momento─ luce sorprendida, pero lo disimula y asiente. El reloj en la pared me dice que tengo que apurarme si quiero encontrarla antes de que se vaya del ministerio. ─Prende una velas y cuando vuelva cenaremos como aquellas noches que pasamos en París─ suelta una pequeña exclamación antes de ponerse de pie y abandonar la sala en dirección al salón comedor.

Rápidamente tomo polvo flu y menciono el trigésimo subsuelo del ministerio. La oscuridad y humedad me recibe una vez más. Puedo hacer el camino hasta su oficina con los ojos cerrados de tantas veces que lo he trazado. Elijo ver, elijo avanzar a toda velocidad procurando no perderla. Cuando llego a la puerta de su despacho y veo el interior, la encuentro sentada en el mismo lugar de siempre. Tiene expedientes delante de ella y una pluma en la mano. El cabello revuelto está domado como lo está en escasas ocasiones, las ocasiones en las que luego del trabajo tiene una cita con su marido. Su maquillaje es más tranquilo también. El rojo es para mi, el fuego, la pasión, el ser dos desaforados de la vida es para mi. Él se queda con la versión pulcra e inmaculada de su mujer.

─No se suponía que hoy vinieras.─ me recuerda con su usual tono desinteresado. Su postura se volvió más rígida y la puedo ver acomodando sus piernas en la silla. Debe estar empapada, debe estar dejando todo de ella para que no se note la anticipación que le produce la idea de que vuelva a follarla sobre ese asqueroso escritorio.

─Es la última vez que vengo.─ no doy vueltas. Soy muchas cosas de mierda, pero siempre he sido frontal. Tan frontal como sea capaz de conjurar. La gente no suele estar preparada para ese tipo de actitud y cuanto más los descoloco y cuanto más les duele mejor me siento.

─¿Creciste una conciencia y no quieres engañar más a tu mujer?─ la pregunta está bañada de humor y no puedo culparla. No me acerco a su figura, me quedo parado en el umbral de la puerta, con el peso de mi cuerpo descansando contra el sucio marco de madera. ─Un poco tarde, ¿No crees? Probamos todo lo existente bajo el sol. Eso no va a desaparecer.─ sigo sin enojarme, porque ella sigue teniendo razón.

─Voy a ser papá.─ los ojos marrones encuentran los míos y algo extraño destella en ellos por primera vez desde que empezó lo nuestro. No sé si es bronca o celos. Tal vez puede ser dolor. No lo conozco, pero no significa que me sacuda aún menos. No es mi mujer, Hermione Granger es mi amante, pero mierda si no haría todo lo posible por no lastimarla. Es de autodestructivo querer lastimar a lo que te da la mismísima gloria. Ella es mi puerta a la gloria en este insípido y gris mundo de mierda en el que vivimos. ─Tori no está embarazada─ aclaro. ─Pero vamos a empezar a buscarlo.

─Pensé que habíamos acordado que ese tipo de circunstancias no cambiaban nada para nosotros.─ asiento, porque lo habíamos dicho, pero no puedo evitar sentir lo que siento. Quien sabe, soy débil y patético. Sé que tendré una recaída, sé que volveré a ella. Es la noción de que intenté hacer las cosas bien lo que me quita un poco el peso que llevo en mis hombros desde que tengo uso de razón.

─Lo siento.

─Por Merlín, Malfoy. No te disculpes─ la veo ponerse de pie. Lleva puesta una camisa rosa y un pantalón gris. Es tierna y pulcra Hermione Granger. Es la Hermione Granger que no es mía. No quiero tener esta conversación con ella. Quiero tener esta conversación con la mujer que me ayudó a descubrir la exacta razón de porque mierda estamos desparramados sobre la superficie de este mísero planeta. ─Es sólo buen sexo, lo puedo encontrar con cualquiera.

Ahí está otra vez. Es esa sensación de ira y miseria. Es asco y bronca. Furia cegante. ¿Quién mierda se cree que es para reducir lo nuestro a buen sexo? ¡Una mierda que es simplemente buen sexo! Si fuera tan sencillo tener lo que tendríamos, el mundo no sería una masa de gente sexualmente frustrada. Estaríamos todos radiantes y rebosantes del brillo que un polvo trascendental te provoca.

─Te reto a que lo hagas─ sueno como un niño petulante, pero me importa un carajo. ─Te reto a que intentes reemplazarme─ ella se ríe, antes de volver a sentarse y seguir con su trabajo.

No pienso quedarme allí un minuto más. Doy media vuelta para salir de allí pero la escucho hablar antes. No volteo a verla, pero tampoco termino de irme.

─Exitos con la paternidad.─ lo dice así como quien no quiere la cosa. Con cierta burla y cierto entretenimiento. Quiero conciliar en mi interior todo lo que me hace sentir, pero soy transparente como una gota de agua y salgo de allí con un portazo tan estruendoso que siento pedazos de empapelado terminar de caer al piso.

Salgo del ministerio a toda velocidad. Tengo un hogar al cual llegar. Tengo una mujer a la cual amo esperándome con una cena romántica. Tengo el prospecto de una vida digna delante de mí. Me rehúso a fallar. Ya estoy asqueado de fallar. Estoy atiborrado de fracasos y miseria. Esta vez me toca hacer las cosas bien.