N/A: ¡Buenas!
¿Cómo están?
Espero que todo de maravillas.
Aquí me paso a dejar un capítulo nuevo. No sé ni como he logrado terminar de revisarlo. No tengo tiempo ni para respirar últimamente.
¡¿Cuándo vuelven las vacaciones?!
Quiero, desde ya, agradecer inmesamente por sus comentarios en el capítulo anterior. ¡Es que me dicen las cosas más bellas! Me llena de felicidad que les guste la historia. Me encanta leer que opinan del aspecto moral del fic y sobre todo a donde creen que va dirigido. Una pregunta recurrente es si tendrá un final feliz y la realidad es que tendrán que seguir leyendo para enterarse.
Cuando llego de cursar les respondo los comentarios. Tengo muchas cosillas que decirles. ¡Gracias! una vez más y gracias a las felicitaciones por mi cumpleaños en Facebook. Tabién las contesto cuando llegue. Como he dicho, ni tiempo para respirar.
Beso enorme,
Albertina
P.D. GRACIAS A MAJO A.K.A MrsDarfoy Y A DANI A.K.A. dianetonks POR LOS HERMOSOS O.S. Y TWO SHOTS QUE ME HAN REGALADO! PASEN POR SUS PERFILES A LEER SUS COSAS PORQUE SON BRILLANTES. ¡SI, AMERITA GRITAR!
PERFIDIA
CAPÍTULO CINCO
Astoria está molesta.
Tendría que preguntarle para asegurarlo, pero conozco a mi mujer. La conozco de esa manera que uno logra luego de pasar años al lado de otra persona. Lo noto en su expresión contrariada, en su postura rígida y en la ausencia de calidez.
Está cepillandose el cabello frente al enorme espejo ovalado del tocador de belleza que dispuso en nuestro dormitorio. Yo estoy en la cama, aún acostado. Sólo llevo mi ropa interior, pero mi cuerpo está cubierto por las resbaladizas sábanas de seda gris. El motivo del enojo de mi mujer, sin embargo, reside en mi mano. Sostenido entre mis dedos se encuentra un corto vaso de whisky con concentrado líquido ámbar en su interior.
─¿Qué ocurre, Tori?─ pregunto, intentando disipar la tensión en el ambiente. El dormitorio principal de la mansión Malfoy, el cual ocupo con mi mujer, es francamente amplio. El malestar no ha encontrado dificultades para hacerse con cada rincón del mismo.
─Eso me gustaría saber a mi, Draco─ suelta de forma brusca. ─Pero los dos sabemos que no me vas a contar nada, porque eres más privado que una caja fuerte.
─¿Qué te hace pensar que me ocurre algo?─ las señales deben ser varias. Juego el rol del tonto porque no estoy seguro que otro rol jugar, pero mi mujer es muchas cosas menos poco inteligente. Y como he mencionado, me conoce.
Hace cinco días que hablé con ella por última vez, con Hermione Granger. No la extraño de esa manera que uno extraña a los padres o a los amigos. No la extraño en el sentimiento. No tanto, al menos. Es mi cuerpo el que está teniendo problemas para procesar la pérdida. En las últimas veinticuatro horas me he masturbado tantas veces que temo que me salgan ampollas en la mano. Soy como un condenado adolescente rebosante de hormonas. Sé que no será suficiente. Ni masturbarme, ni follarme a mi mujer. Es a ella a la que mi cuerpo quiere y es a ella a quien mi moral eligió exiliar. La razón de mi existir está en jaque en medio de una dicotomía y dicho conflicto está presente en mí como una fea reacción alérgica que me cubre la piel.
─¡Por Salazar, Draco!─ exclama Astoria, elevando la voz de modo que las líneas de mi rostro se contraen en advertencia. No me importa que sea mi mujer. He sido un cabrón toda la vida y toda la vida lo seré. Cualquiera que me levanta la voz corre riesgo de ver un lado mío que prefiero mantener alejado lo más posible. ─Hace tres días que decidiste adquirir el hábito de tomar whisky en la cama, a las ocho de mañana, antes de que siquiera desayunemos.
¿Cómo le explico a mi mujer que tengo que hacer lo que hago para atontar mis sentidos y que en consecuencia mi cuerpo no la extraña tanto? ¿Cómo le explico que no soy un ser funcional porque elegí no follarme más a Hermione Granger en su patética oficina por respeto a un primogénito que ni siquiera ha sido concebido? No puedo. No puedo decirle la verdad a mi mujer, lo que sí puedo es pedirle que retroceda. Que no se meta en un campo minado, porque si pisa el lugar equivocado y todo vuela por los aires, será su propia culpa.
─Sabes que estoy pasando por momentos difíciles, Tori. Déjame ser.
─Entonces tú a mi también─ elevo mi vaso en un gesto de brindis a sus palabras. Esa tiene que ser la clave del matrimonio. Mantener el mayor acceso al libre albedrío posible, antes que el otro elija asesinarte o dejarte. O las dos cosas a la vez.
Astoria se pone de pie y se encierra en el baño con un portazo que resuena en la propiedad entera. Gruño con cierto malestar. Estoy lidiando con mi etapa de abstinencia. Estoy procurando sacarla de mi sistema. Estoy intentando hacer las cosas bien. Necesito que Tori me deje en paz por un rato. Es por el bien de ella y de nuestro futuro hijo que estoy haciendo lo que estoy haciendo.
-Perfidia-
Cuarenta y ocho horas transcurren desde aquella leve disputa verbal. Mi estado es aún peor. Estoy irritable, lo puedo sentir en la manera en que le hablo al resto e incluso en como me odio más de lo normal. Me doy cuenta que extrañarla es como tener cientos de hormigas debajo de la piel, moviéndose de un lado al otro. Quiero arrancarme cada centímetro de la misma hasta que la sensación desaparezca. Hasta estar en paz nuevamente.
─Draco.─ me habla mi mujer mientras termino de tomar el portafolio para partir a la oficina. Por primera vez en mi existencia estoy contemplando caminar hasta allí. Creo haber oído alguna vez en algún lado que el aire fresco ayuda. Debo admitir que el aire tiene que ser condenadamente polar para enfriar lo caliente que estoy desde que la dejé. ─¿Antes de que te vayas puedes hacerme un favor?─ por supuesto que puedo. Estaré en conflicto con la vida, pero por mi mujer hago cualquier cosa. Hasta dejarla a ella. A Hermione Granger.
─¿Qué ocurre, Tori?
─¿Podrás comunicarte con tu contacto en el ministerio para acelerar un traslador a Bulgaria?─ la expresión en mi rostro debe dejar en claro mi confusión. Astoria la nota y elige elaborar sin que haga ningún interrogante. ─Las cosas no están bien en el matrimonio de Daphne y quiero ir a visitarla. Darle cierto apoyo.─ la hermana de mi mujer y antigua compañera de casa y colegio, está casada con un magnate ruso y viviendo en Bulgaria. El mago está enterrado hasta los dientes en actividades ilegales, pero eso no pareció molestar nunca a Daphne. Lo que sí siempre le molestó fue la larga cadena de prostitutas con las que su marido disfruta acostarse.
─¿Ha decidido dejarlo de una buena vez?─ Tori me mira molesta y sé perfectamente a lo que se debe. Al diablo con los ideales de sangre pura y la condenada necesidad de figurar. Hicimos una guerra por esos putos ideales y nos patearon el trasero como era de esperar. Nos otorgaron el permiso de ser meros mortales y como mortales estamos impregnados de barro de la frente hasta los pies.
─Sabes perfectamente que los sangre pura no nos divorciamos, Draco.─ asiento sin mucho ánimo.
─No te preocupes, Tori. Llego a la oficina y le pido a Gloria que se comunique con el ministerio.─ esta vez es ella la que asiente sin mucho ánimo. Por primera vez en años las cosas están tensas entre nosotros y sé que el culpable soy plenamente yo y mi incapacidad de dejar de desear follarme a Hermione Granger las veinticuatro horas del día. ─Te amo.─ le recuerdo, porque tensión o no tensión. Amante o no amante, ese hecho no va a cambiar. La amo más que a nadie en el mundo.
─Yo también, renegado y todo.
Sonrío muy a mi pesar mientras avanzo hasta la chimenea y con un puñado de polvo flu menciono Malfoy Enterprises. Aparezco al inicio del largo pasillo donde se encuentra mi oficina. Me gusta entrar por ahí, para que Gloria se percate de que he llegado y ordene todo acorde. A simple vista se nota el cabello naranja en la otra punta del ambiente. Es gracioso ver el rápido pestañeo de sus ojos verdes a medida que me acerco a donde ella se encuentra. Que mierda, debería darle un aumento por la perseverancia. Lo intenta, genuinamente intenta conquistarme. Sabe que si dejo a mi mujer por ella no tendrá que trabajar en toda su vida y que el prestigio de mi apellido la dejará ser tapa de Bruja del Corazón de modo semanal. Eso es lo que quiere, la fama, el reconocimiento, la comodidad. No quiere tener que trabajar para hacerse un nombre. Lo sé porque sus hermanas mayores son así y lo mismo ocurre con generaciones anteriores. Es el modus operandi de los O'Sullivan.
─Buenos días, señor Malfoy─ asiento, de modo que note que reconocí su saludo. Toma mi maletín y abrigo de modo eficiente antes de ingresar detrás mío a la oficina. ─Le recuerdo que en cuarenta minutos comienza su conferencia con los representantes de la compañía minera muggle que─ la interrumpo, porque si hay algo que no estoy capacitado para hacer es lidiar con gente.
─Cancela─ demando como un puto cabrón.
─Pero es la segunda vez en dos semanas que le estaríamos cancelando, no sé si es una buena idea.─ ¡Por Merlín! ¿Es tanto pedir que le dejen a uno tranquilo cuando se está tratando de sacar a su amante de su sistema? ¿Es que acaso no ven que estoy al borde de hacerme un bola en el suelo y llorar hasta que me la traigan de vuelta, como si fuera mi condenada mantita de seguridad?
─¿En qué momento arribaste a la conclusión de que te he contratado para pensar?─ ¿Sueno como un hijo de puta? Si. ¿Me importa? No. ─Te pago para que hagas lo que te ordeno que hagas, Gloria. ¡Ahora mueve tu trasero fuera de mi oficina y haz tu condenado trabajo!─ veo las lágrimas que aparecen en sus ojos antes de asentir de manera desesperada y salir de allí como un perro con la cola entre las patas. Pobre desgraciada, si tan sólo supiera que no es su culpa.
Como es de esperar no me vuelve a hablar. No entra para nada y yo tampoco la llamo. No quiero reaccionar como un toro viendo rojo únicamente porque estoy absurdamente frustrado. En cambio elijo enfrascarme en el trabajo. Le escribo al ministerio por el pedido de Tori, reviso propuestas de negocios y chequeo los balances de las sub compañías bajo el control de Malfoy Enterprises. Estamos entrando en una etapa de recesión y hay que mantener el ojo alerta antes de que una pequeña inversión nos termine drenando el capital en nuestras bóvedas.
Es recién cuando el destello de un furtivo relámpago ilumina el cielo que noto que ya se ha vuelto de noche. El enorme ventanal de la oficina está empapado de las gotas incesantes que han elegido caer del cielo. La ciudad luce triste, envuelta en una niebla de resignación. Inhalo de manera más profunda, procurando concentrarme en el trabajo frente a mi. Es difícil cuando me siento tan miserable. No es sólo emocional, es físico. Es el dolor del período de desintoxicación. Es el desgaste que produce liberarte por completo de cada gota de la sustancia a la que uno se encuentra adicto. Yo todavía la siento. Puedo oler su perfume, puedo escuchar sus gemidos, puedo sentir la calidez de su cuerpo.
¡Por Merlín, hasta puedo escuchar su voz como si estuviera aquí mismo!
Escucho suaves golpes en la puerta de mi oficina, antes de ver la esbelta figura y el colorado cabello de Gloria aparecer por la puerta. Mis ojos grises están destilando malestar. Sí es inteligente, como sé que es, hará lo que tenga que hacer allí dentro rápido antes de desaparecer.
─Disculpe que lo moleste, señor Malfoy. Tiene una visita que no está programada─ la interrumpo, porque si estoy con poco ánimo de lidiar con mi secretaria, a quien le pago por estar aquí, mucho menos ánimo tengo de lidiar con alguien que ha elegido ese fatídico día para consumir los minutos del reloj.
─Ahí tienes tu respuesta, Gloria. No está programada. Arregla una cita y que vuelva cuando le corresponda─ normalmente Gloria asentiría y se iría de allí sin decir nada más. Por extraña razón, esta vez, sus ojos verde me miran nerviosos, animandose a, sin dudas, contradecirme. ─¿Cuál es el problema?─ pregunto de manera brusca.
─Es que dice que a usted no le molestará que no tenga cita─ inhalo profundamente y comienzo a preparar los hechizos que le lanzaré a quien elija cuestionar mi decisión. No hay nadie que plausiblemente esté aquí que yo tenga ganas de ver sin una cita previa. Mi secretaria no golpea para avisarme que hay alguien que quiere verme, si se trata de Astoria. Tori simplemente abre la puerta y camina hasta donde estoy a darme un beso. Reunión en proceso o no.
─De acuerdo─ acepto. Mal humor palpable en cada palabra que escapa entre mis dientes. Gloria se corre a un lado y como si un boggart se hubiera materializado frente a mi, la veo a ella. Tiene que ser un boggart, porque no me cabe dudas que Hermione Granger es mi mayor miedo. Me aterroriza como nada en la vida perderla, me mantiene despierto de noche la noción de no volver a tenerla entre mis manos, me frena el corazón imaginar que no voy a sentir la calidez de su centro contrayéndose alrededor mío en aquellos picos de placer. No es ella. Ella ya no es más parte de mi vida. Yo me fui y ella me dejó hacerlo. ─Granger─ procuro disimular mi sorpresa y en un momento de maravillosa iluminación, recuerdo que no estamos solos. ─Gloria, ya es tarde y el clima está terrible. Vete a tu casa y gracias por tu trabajo.─ ella asiente antes de despedirse y cerrar la puerta al salir, dejando a Hermione Granger en mi oficina.
Sus ojos marrones están concentrados en los míos y me sacude el ver de forma tan clara la razón por la que vino. Me necesita. Me está rogando en silencio que no la deje. Que no deje lo que tenemos. Es necia, es testaruda, es una condenada cabeza dura, pero no le quedó más que aceptar la magnitud de semejante adicción. Y Salazar si yo no he sido tan nefasto como se es posible. Ir a su oficina así como quien no quiere la cosa e informarle que lo nuestro había alcanzado su final. Como si fuera el servicio de envío diario de El Profeta al que quiero suspender.
Elevo mi varita y con un hechizo no verbal inundo la habitación en silencio de las puertas para afuera. Lo que ahí va a ocurrir solamente nosotros lo podemos saber. No dice nada y avanza con amplios pasos hasta donde estoy yo antes de tomar mi rostro entre sus manos y cerrar sus labios alrededor de los míos de forma posesiva. Un gemido se cuela entre mis labios y ella, en cambio, suelta un sollozo. Es el sollozo de poder dejar atrás la bronca y la necesidad. La infuriante necesidad como si fuéramos asquerosos adictos. Pero lo somos. Merlín sabe que lo somos.
No me dice nada. Ni siquiera me mira mientras trabaja en deshacer el cinto de mi pantalón y luego bajar la cremallera, liberando mi erección en el proceso. Ya estoy duro, listo, expectante. La quiero a ella, la deseo tanto que creo que voy a morir de la necesidad. Por el brillo en sus ojos marrones sé que está en la misma situación.
Me sorprende verla voltear. Sus manos elevan su pollera negra a la altura de su cadera, dejando el redondo trasero justo frente a mis ojos. Extiendo mi mano, como un niño en la tienda de dulces que desea probar todo lo que tiene frente a sus ojos. Es ella, es su piel, su aroma, sus curvas, su condenada calidez. También su fiereza y cuando toma mi muñeca y me separa de sentirla contra las yemas de mis dedos, estoy por comenzar a protestar, pero cuando su físico desciende hasta quedar sentada sobre mi y mi erección es que creo que mi cordura ha abandonado el edificio.
No puedo creer que sea cierto. No puede ser cierto que esté sentando en la silla de mi oficina y que ella está sentada sobre mi, su cuerpo subiendo y bajando, rebotando contra mis piernas con una desesperación enfermiza. Sus gemidos me lo confirman. También lo hace la humedad entre sus piernas y el aroma a sexo y excitación que enseguida llena el ambiente. Es el olor que rodea cada encuentro que ocurre entre nosotros. Porque nunca nos encontramos a menos que haya orgamos de por medio y pegajozos fluidos que comprueben que aquella experiencia maravillosa ocurrió.
─¿Qué ocurrió?─ pregunto como un maldito canalla. Estoy furioso con ella y quiero lastimarla. Yo fui el idiota que la dejó, pero ella fue la estúpida que lo permitió. ─¿No resultó ser tan fácil reemplazarme?─ sus manos usan los apoyabrazos para elevarse y volver a descender. Su piel chocando contra la mía provee una banda sonora acorde al martilleo de mi corazón.
─¡Vete al infierno!─ me grita con asco. Está molesta. Está asqueada y cabreada todo a la vez.
Llevo mis manos hacia delante y tomo su camisa por el pequeño agujero que dejan los botones cerrados. Un violento tirón y los mismos están volando a todos lados. Soy brusco cuando le corro el brassiere lo suficiente que uno de sus senos encuentra la libertad de mi oficina y soy aún más brusco cuando pellizco el pezón con malicia. Grita. Grita y gime de esa forma que nos gusta. Cuando combinamos ira con placer, dureza con la suavidad del terciopelo.
─Tú elegiste actuar como que te importaba un carajo lo nuestro─ me quejo. Ella deja caer su espalda contra mi pecho. Ojos cerrados y labios abiertos justo al lado de mi rostro. Los movimientos no cesan, su cuerpo sigue subiendo y bajando, llenándose de mi y liberándose hasta que la fricción nos deje exhaustos.
─Tú elegiste dejarme por alguien que aún no existe─ contraataca ella. Estoy por responderle cuando la siento tomar la mano que está jugando con su pecho descubierto y moverla hasta aquel lugar entre sus piernas que ya está ocupado con otra parte de mí. Sé lo que quiere y no dudo ni por un segundo otorgarlo. ─Tú elegiste dejarme.─ esta vez el reproche suena genuinamente empapado de dolor. No me animo a decir nada y a cambio encuentro la pequeña bola de nervios y muevo dos dígitos sobre la misma de manera insistente.
Los gemidos se vuelven gritos. Son agudos y desesperados. Son necesitados e inundados de alivio. Quiero confesarle que yo también estoy aliviado de tenerla de vuelta. Pero el modo en que está pulsando mi miembro dentro de ella debería ser confesión suficiente. Llevo mi rostro a su cuello antes de morder con fiereza y con ese sólo gesto lo escucho. Es un gemido largo, agudo y letárgico. Se asemeja al que me abandona a mi un par de embestidas después. Aquí estamos, dos adictos bajando del sacudón que una dosis de la droga de elección nos provee. Ella es mi droga y yo soy la suya y ninguno de los dos es lo suficientemente fuerte para pasar por un proceso de desintoxicación exitoso. No ahora, no aún. Tal vez nunca, pero como toda mentira sé que tendrá fecha de expiración y allí estaremos obligados.
─Deberías haberme visto estos días.─ susurro al lado de su oído antes de tomar el lóbulo de su oreja entre mis dientes. ─Un alma en pena.─ ella ríe porque siempre ha disfrutado mi sufrir.
Todo el peso de su cuerpo recae contra mi. Mi decayente erección aún se encuentra dentro de ella y el leve rotar de su cadera me da indicios de que está trabajando en que se vuelva dura como una condenada roca una vez más, pronto.
─Tal vez deberías regalarme el perfume de tu mujer─ su sugerencia me descoloca por un momento. Me vuelvo rígido debajo de ella mientras cierro el agarre de mis manos alrededor de su cintura como una maldita boa constrictora. Estoy más posesivo de lo normal y ella está más dócil de lo normal. La combinación es peligrosa y a la vez tan increíblemente invitante. ─Así no corres riesgo de que me sienta en tu piel. Incluso te ofrezco comprarte una botella del que usa Ron─ arrugo mi nariz como un adolescente petulante.
─¿Qué mierda usa tu marido? Pis de gato combinado con una leve fragancia a inmundicia y pobreza. Delicioso.─ sé que me he ido a la mierda con ese comentario y el silencio que prosigue mi sobresalto me altera más que si me estuviera gritando a todo pulmón.
─Los inmundos somos nosotros.─ como si necesitara que me lo recuerde. ─Por cierto, nunca follamos en una cama y tengo planes de cambiar eso pronto.
La declaración me tiene endureciendo nuevamente. Soy un maldito niño plenamente hormonal. Ella es mi fantasía de todas las maneras que alguien puede ser una fantasía mientras también es la jodida realidad. Estoy pensando en tumbarla sobre mi escritorio y follarla con bronca. De manera rápida y brusca como disfrutamos cuando tenemos poco tiempo. Se pone de pie, dejando mi erección rebosante en el frío aire de esta noche de tormenta.
─Toma─ me ofrece una pequeña botella de loción para manos que guarda en su cartera. La tira sobre mi pecho y la misma cae a mis manos. ─acostumbrate a usarla, porque la que pone las fechas de cuando y donde follaremos seré yo─ ¿Qué está queriendo decir? ─Las cosas cambiaron─ contesta la pregunta sin hacer que está flotando en el ambiente. ─No tienes derecho a dejarme y creer que todo seguirá igual. Ya sé lo que significa perder lo que tenemos y ahora te puedo asegurar que las consecuencias de esto saliendo a la luz me importan menos que una mierda. Súmate al juego o muérete de asco.
─Tú también lo harás.─ que no se haga la que perderme no le afecta porque su baraja ya está dada vuelta. Todas las cartas residen sobre la mesa.
