N/A: ¡Buenas!

¿Cómo les va?

Espero de que todo de maravilla.

Acá vengo a traerles un nuevo capitulo de Perfidia. Se hizo esperar y debo echarle la culpa plenamente a mi vida, la cual parece estar saturada de trabajo y estudio. No puedo hacer mucho más que eso y por desgracia influye en mi tiempo para escribir y básicamente socializar.

Habiéndome desquitado con eso, quiero pasar a agradecer a todos sus comentarios. Esta historia está teniendo una respuesta sumamente positiva por parte de ustedes y no se dan una idea la inspiración y el ánimo que provee. Cuando empecé a postear Perfidia, mencioné que iba a subir todos los jueves y mi mayor miedo era que nadie estuviera esperando el capítulo el Jueves porque a nadie le interesaba esta historia. No se ha dado de esa manera, todo lo contrario, veo el entusiasmo por saber que ocurrirá y eso es siempre reconfortante y altamente satisfactorio así que estoy eternamente agradecida. Si puedo sugerir algo, es que continúen dejándome sus opiniones, sensaciones, etc. Me llenan de alegría.

Una última aclaración, es que este capitulo era en realidad el doble de largo, pero decidí truncarlo porque la otra parte es muy importante para la historia y pensé que quedaba mejor dejar donde dejé antes de subir lo otro. No teman, que lo subiré el Jueves a más tardar.

Ahora si, les dejo un beso enorme, de esos bien grandes,

Albertina


PERFIDIA


CAPÍTULO SEIS

Cinco días, dos horas y cincuenta segundos.

Ese tiempo ha transcurrido desde la última vez que la vi. Ese tiempo ha transcurrido desde la última vez que estuve dentro de ella y ella acabó alrededor mío. Estoy intentando ser fiel a sus palabras. Que mierda, soy un condenado perro adiestrado, por supuesto que estoy a su completa merced. Ella quiere tener las riendas y la voy a dejar, porque el estúpido que dio el primer paso en falso en esta retorcida relación que tenemos, fui yo.

─Draco.─ es la voz hastiada de Tori. Ese parece ser su estado permanente en los últimos días y sé que no tiene tanto que ver conmigo, como tiene que ver con su hermana. Daphne fue víctima de un golpe de puño del enfermo con el que se casó. Los Greengrass están poniendo en debate si la seguridad de su hija mayor supera la deshonra que su divorcio le proveería al nombre de ellos.

─¿Qué ocurre, Tori?─ pregunto mientras me adentro a nuestro dormitorio.

Su baúl de viaje está sobre la cama. Decenas de túnicas, vestidos y otras caras prendas que mi mujer ha comprado últimamente están ordenadas dentro del mismo. Sus delicados rasgos están contraídos debido a cierto malestar y el que llame mi nombre de manera impaciente confirma que algo no va del todo bien.

─Sacaste el traslador para mi sola.

─No me dijiste que viajabas con alguien más, amor.─ me excuso dejando mi portafolio al lado de la puerta y caminando a depositarle un beso en la frente.

─Pensé que quedaba sobreentendido que me acompañarías tú, Draco.─ quiero decirle que no quedaba sobreentendido en lo más mínimo. No sólo porque genuinamente no lo entendí así, sino porque tampoco tengo ganas de hacerlo. Ir a Bulgaria acaba siendo siempre una mala idea. Hechizos suelen ser lanzados de un lado al otro, lo mismo ocurre con insultos y siempre, siempre, hay llanto presente.

─Yo estoy ocupado y lo sabes, Tori.─ Es totalmente cierto. No es la razón principal, pero tampoco es una mentira. ─No tengo tiempo para lidiar con el drama de tu familia, en especial cuando están todos siendo nefastos. Saquen a Daphne de esa casa ahora mismo y paguen al mejor abogado mágico para que aniquile ese matrimonio.

─No se puede conversar contigo.─ Ahí está. Su mal humor. Si Astoria cree que su mal humor me altera, está muy equivocada. Yo soy el rey de encontrar todo irritante, ella es una mera principiante y la realidad es que no tiene demasiado potencial. ─Tú siempre apelas a la solución fácil. Claro, que Daphne se divorcie y después que la familia pague las consecuencias de su patética elección por marido. Nadie querrá casarse con ella, no tendrá hijos y se quedará sola de por vida. Una sabia decisión, Draco. Una sabia decisión.─ quiero aconsejarle que comience a recular. No me quiere hacer perder los estribos, porque luego me voy de boca y ella termina llorando. Odio verla llorar. Odio verla sufrir, en especial si es a manos mías.

─Estás equivocada, Tori. La decisión sencilla es dejarla con ese maniático. La decisión dificil es darle a tu hermana la ayuda que necesita. Esta vez fue un golpe, la próxima quién sabe.─ Astoria cierra el baúl de forma brusca, haciéndome saltar en el lugar. Ni siquiera se despide cuando comienza a avanzar en dirección de la planta baja. ─¿Te vas?─ frena en la mitad de la escalera y voltea a verme. Ira adornando sus rasgos.

─Si, Draco. Te veo en una semana.─ asiento sin amagar a avanzar a ella y besarla antes de que se vaya.

─Escríbeme cuando llegues.─ esta vez la que asiente es ella, antes de dar media vuelta y continuar su camino hasta la chimenea. La escucho murmurar algo que suena parecido a un te amo, pero como no estoy seguro no le contesto que yo también.

No pierdo demasiado tiempo ahogándome en la desazón en la que mi matrimonio se encuentra últimamente. Tuvimos una conversación donde pactamos empezar a intentar tener un hijo y desde aquella maldita conversación que no le he puesto un dedo encima a Astoria. Tal vez esté equivocado, considerando que nunca he sido del tipo paternal, pero creo que tenemos que tener sexo para que ella pueda quedar embarazada.

Puedo ser un hijo de puta y echarle la culpa a ella. Asegurar que su incesante necesidad de figurar por sobre todas las cosas ha puesto nuestra vida personal en un segundo plano. Pero no es así, porque cada vez que pienso en acostarme con mi mujer, lo único que puedo recordar es que no se va a sentir para nada como estar con ella. Como estar con Hermione Granger. Y a cambio termino encerrado en la ducha como un adolescente hormonal masturbandome de manera desesperada.

Es mi pensamiento constante y recién salgo de tomar un baño. Acabé dos veces sobre el empapado piso gris de la ducha, viendo como el producto de rememorar las cosas que hemos hecho es más que suficiente para encenderme como un mechero cerca de una llama viva. Estoy solo en mi cama por primera vez en mucho tiempo. Es recién ahora que me doy cuenta cuanto tiempo paso con mi mujer. La extraño, extraño la calidez de su cuerpo en las sábanas de seda, extraño su aroma dulce al lado mío en la almohada, extraño sus delicadas manos recorriendo mi cabello en la mitad de la noche en un gesto cariñoso. La extraño como se supone que la extrañe y eso me envuelve en una paz que jamás esperé sentir. Lo que ocurre es que me doy cuenta que también la extraño a ella, a Hermione Granger. La extraño con cada pensamiento, la extraño con cada exhalación, la extraño con cada célula de mi cuerpo que me reclama de forma desenfrenada sentir el contacto de su piel sobre la mía. La extraño tanto que me aterra el siquiera contemplar si la extraño más que a mi mujer. Porque amar a Astoria es fácil y sentir sólo lujuria por Granger también lo es. Lo difícil es que la lujuria se convierta en algo más y que el amor por mi mujer, de pronto, deje de ser suficiente.

Me duermo sumergido en pánico y confusión. Me despierto de la misma manera. Tengo que mover la piezas en este intrincado juego que estoy jugando, para alcanzar las respuestas que necesito. Me visto para ir a la oficina. Ni siquiera me molesto en avisarle a Gloria que he llegado. Tengo una adquisición con la cual lidiar y sé que me va a llevar toda la mañana y posiblemente la tarde.

-PERFIDIA-

Está nublado fuera de mi ventana. Las luces de los edificios ya están encendidas por más que el reloj no alcanza las seis de la tarde. Miro el folio de manila cerrado delante mío. Quiero agradecerle. Gracias por despejar mi mente. Gracias por ocupar mi tiempo y evitar que mi vida se vuelva un laberinto de malas decisiones, combinadas con severos arrepentimientos.

─¡Señor Malfoy!─ exclama Gloria sorprendida, al verme sentado en mi escritorio. ─Pensé que le habría ocurrido algo, porque no lo vi llegar.

─Arribé directamente por mi chimenea, Gloria.─ explico sin mucho ánimo. ─no temas que no te he necesitado, de lo contrario te hubiera hecho saber de mi presencia.─ ella asiente, aún confundida. Desde aquella tarde en la que le grité a causa del estado en el que me encontraba, que ella no ha tenido las agallas de mirarme a los ojos. Me quiero disculpar, pero para hacerlo tengo que justificar mi comportamiento y no es algo que tenga permitido hacer. No cuando la verdadera justificación es que no logro saciar mi deseo por Hermione Granger.

─Estaba por cancelar la reunión con los representantes de la compañía muggle de minería.─ niego moviendo mi cabeza de un lado al otro. No. Quiero ocupar mi mente. ─Lamento no haber entrado antes, señor Malfoy.

─No hay por qué disculparse, Gloria. Estás haciendo un buen trabajo como siempre.─ ella asiente antes de salir de mi oficina y cerrar la puerta detrás suyo. Inhalo profundamente al ponerme de pie.

Tengo que tomar coraje. Tengo que dejar de ser el condenado cobarde que he sido toda mi vida. Le quiero dar las riendas a ellas y lo haré. Estoy en el purgatorio y es mi pena pagar por mis pecados cometidos. También estoy sólo. Soy tan libre como alguien que pronunció los votos "hasta que la muerte nos separe" puede serlo. No quiero perder la oportunidad. No quiero dejar pasar el fugaz momento que me lleve a la puerta detrás de la cual se encuentran las respuestas a las preguntas que me habitan la mente.

Avanzo a la chimenea de la oficina y con un puñado de polvo flu en mi mano, estoy mencionando el trigésimo subsuelo del ministerio de la magia. Estoy allí en lo que tarda mi corazón en latir y como es habitual me recibe la penumbra y el olor a humedad. Es absurdo ver el lugar que le ofrecieron, cuando ella es la condenada personificación de la maestría. Muevo mis piernas por el oscuro pasillo, dejando a mi pasar puertas cerradas que en algún momento alguien supo ocupar, pero que ella tuvo que sacrificar para aferrarse a sus ideales. Está sola y a veces creo que no lo está sólo en el trabajo, sino en la vida en la general. A veces creo que soy su única compañía y abandonarla me retuerce las entrañas con el conocimiento de toda la mierda que he hecho en el pasado y que me rehuso a repetir en la actualidad.

Abro la puerta de su oficina sin llamar. Ella está sentada en la enclenque silla que da al escritorio. Sus ojos marrones se deslizan sobre el texto impregnado en el pergamino con la eficiencia de haber leído de manera voraz desde una corta edad. Tiene el cabello revuelto sujetado en un desaliñado rodete y en vez de lucir una camisa de seda o un vestido arreglado tiene puesta una camiseta que sé que se corresponde con una universidad muggle. Cuando sus ojos registran mi presencia y en consecuencia se pone de pie, noto que a sus piernas la recubren un gastado jean azul. Es una versión de ella que nunca aparece cuando está conmigo. Conozco aquella cepa pasional que me pertenece y conozco aquella de tonos pastel y sonrisa inocente que le pertenece a sus amigos y a su marido. Esta Hermione Granger que tengo delante mío le pertenece a ella misma y a aquellos que la conocen desde que nació.

─Todavía tienes las riendas.─ le explico mientras paso mis manos por mi cabello de modo nervioso. Ella tiene ese efecto en mí, más de lo que estoy dispuesto a admitir. ─Vengo a avisarte que Astoria se fue por una semana.

─No pienso acostarme en la cama que compartes con tu mujer.─ sonrío con cierto entretenimiento, por más que sus rasgos no están relajados, sino truncados con cierta confusión.

─La mansión tiene dormitorios de sobra.─ nunca pensé en utilizar mi casa para pasar tiempo juntos. No se me ocurrió ni por un instante, antes de que ella lo mencionara. Si elige que sea el escenario de esta retorcida historia que estamos escribiendo la dejaré, porque la dejo hacer lo que desee conmigo.

─No voy a volver a tener sexo en esa propiedad.─ asiento sin saber exactamente qué decir.

─De acuerdo.─ acepto viendo su postura permanecer rígida. Quiero decirle que me alegra conocer este lado suyo y que de una manera muy diferente a como suele serlo, luce hermosa. Sé que es una terrible idea. Esa alta pared que nos separa lo suficiente como para no dejar pasar sentimientos de un lado al otro, me lo prohíbe. ─Sólo vine a hacerte saber eso.

─Para aprovechar el tiempo─ agrega al notar que estoy comenzando a voltear para abandonar su oficina.

─El cual nunca es suficiente.─ sin detenerme a averiguar si tiene una respuesta más salgo de allí y en dirección a la chimenea por la cual arribé. Tengo que estar en la oficina para la condenada reunión que continúo y continúo postergando.

Las horas se suceden como la cinta rota de una película en blanco y negro. Nada tiene mucha forma y abunda la falta de color. No quiero estar solo. He aprendido que no me gusta, no lo disfruto. No estoy apto para estarlo. El dormitorio luce más grande de lo normal y la cama se siente desamparada sin nadie con quien compartirla. Es un instante en el que pienso en llorar. Romper en llanto como un niño pequeño que está asustado de la soledad. Resulta ser que en realidad no estoy sólo. Tengo compañía y es la lechuza anaranjada que llama a mi ventana en este momento.

Retiro las mantas que me recubren antes de ponerme de pie y avanzar en dirección al animal. No lo reconozco, pero me doy cuenta que debe ser de ella. Jamás nos escribiríamos a nuestro respectivo hogar si supiéramos que hay una oportunidad de que Tori o su marido intercepten el mensaje. Aún en la oscuridad de la noche noto el pequeño pedazo de pergamino atado a su pata. Lo tomo de manera veloz y acaricio de forma un tanto brusca al animal antes de cerrar la ventana y disponerme a leer sus palabras, junto a la lámpara de mi mesa de noche.

Te espero en mi oficina.

No dice nada más que eso. Me espera en su oficina. No menciona ni fecha, ni horario. Tiene que referirse al presente. Me está esperando ahora. A las once de la noche me está esperando allí. Tal vez estoy equivocado y no sería una gran sorpresa, considerando que suelo ser un maldito idiota la mayoría de las veces. Prefiero comprobar que estoy equivocado a dejar pasar la oportunidad de verla. La necesito.

Me visto a toda velocidad. Elijo una camisa blanca y un pantalón de vestir azul. Ni contemplo tomar un abrigo, no tengo tiempo para nimiedades cuando ella me está esperando. De más está decir que la poca ropa que pueda llevar puesta, igualmente va a sobrar. Cuando estamos juntos todo lo que no es parte de nuestro cuerpo, sobra.

Prácticamente corro a la chimenea y con un puñado de polvo flu estoy apareciendo en el oscuro pasillo que me lleva a su oficina. Soy un maldito adolescente desesperado. Que mierda, estoy dispuesto a gritar a los cuatro vientos que la necesito como al puto aire que me rodea. Quiero ponerme de rodillas frente a ella y pedirle que me regale más de su tiempo. Que consuma el mío como la adicta al mismo que es. Que no intente desintoxicarse porque no puedo estar enfermo yo sólo. Es un juego de a dos y los dos debemos participar.

Está sentada en la misma silla de siempre. A veces me pregunto cuánto tiempo pasa en esta maldita posición. La política de mierda sigue siendo movida por los intereses económicos y salvar a los elfos domésticos no es precisamente la mayor fuente de ingresos. Es así como la han despojado hasta de lo más mínimo. Es sólo ella, en un piso olvidado por Merlín, con cientos de expedientes a su disposición y la ausencia de cualquier otro alma para cooperar. Todavía tiene puesta la remera de una universidad y sus piernas aún están cubiertas por un gastado jean. Está desalineada. Está terrenal y es la primera vez que me doy cuenta que está siempre presente en mi mente rodeada por un halo de divinidad.

─Pensé que podríamos usar el tiempo, en vez de que yo lo pierda yendo a mi casa a cambiarme y vestirme para la ocasión.─ la miro confundido, porque no entiendo a que se refiere exactamente. ─Ya sabes, como una puta.

─No sé de qué mierda estás hablando.─ las palabras salen de forma brusca y es que por primera vez desde que la conozco, la escucho decir una completa idiotez.

─Si que lo sabes.

─¿Con cuantos magos te estás acostando?─ pregunto comenzando a sentir el mal humor hacerse con mi estado de ánimo. Ella se está poniendo de pie y avanzando a tomar su bolso de mano que tiró sobre el polvoriento sofá que sobra en esta oficina.

─Una vez más, sé que sabes esa respuesta.

─Si te estás acostando con tu marido y conmigo, fallo en ver como eres una puta─ sueno como si la estuviera regañando y su mal estar me confirma que debería comenzar a callarme. ─Lo que estoy viendo es que puedes ser bastante obtusa cuando lo deseas.

─Malfoy, deja de quer─ la interrumpo. Harto de escucharla balbucear tanta porquería. El mártir, el que está enterrado en auto compasión soy yo. Que me deje ese rol a mi y que ella cumpla el rol de la bruja brillante que es.

─Estás hermosa.─ sé que si la dejo hablar seguirá discutiendo. Es demasiado parecida a mi en muchas cosas y dar el brazo a torcer nunca es una opción. En cambio avanzo en dos rápidas zancadas a donde se encuentra y cierro mi boca alrededor de la suya de forma posesiva. Francamente, si quiere ser nefasta y creer que es una puta, voy a dejarla. Pero es mía, mi puta y yo soy su enfermo y juntos somos una droga que lo consume todo. ─¿Para qué estás tomando tu bolso?─ pregunto antes de pensar que estoy por agregar algo. ─No te vayas. Te necesito.─ salen sin estar listo para escucharme decirlas y sé que puedo arreglarlas si agrego que necesito su cuerpo, lo cual es cierto. Pero es una verdad parcial, porque por primera vez desde que toda esta narrativa oculta y torcida comenzó que tengo que aceptar que la necesito a ella, en su completitud.

─Me ofende que me creas capaz de citarte aquí para esto nada más.─ está levemente entretenida, como lo está cada vez que me ve siendo débil o sufriendo. ─Si estás dispuesto a seguirme puedes averiguar cuales son mis intenciones.─ no digo nada mientras avanzo detrás de ella por el pasillo y hasta la chimenea. Toma un puñado de polvo flu de la enclenque caja de cartón que lleno yo cuando comienza a reducir su cantidad. ─La dirección es número veintidós, calle Wallace, Ashford, Kent. ─asiento con vehemencia antes de verla partir a ella.

Tomo polvo flu y menciono la dirección que instantes atrás me informó. Estoy allí antes de terminar de exhalar y delante mío se extiende una hogareña sala de estar. Es pequeña, decorada en madera blanca y lino azul. Contra la pared contraria se extiende una pequeña escalera de madera que lleva a la planta alta. Lo que más capta mi atención son las farolas encendidas en la calle fuera y como el silencio parece reinar en el ambiente. La casa está vacía y el lugar, donde sea que quede Ashford, es igual de tranquilo.

─Sal de ahí así puedo prender la chimenea de una vez. Está helado dentro de la casa.─ salgo de aquí de forma veloz, ignorando el tono brusco en su voz.

─¿Dónde estamos?─ pregunto de una buena vez.

─Era la casa de mis padres. Les borré la memoria antes de partir con Harry y Ron a buscar los horrocruxes. Durante la guerra se mudaron a Australia y cuando los fui a buscar años después para devolverles los recuerdos, aceptaron que tenían una hija, pero nunca decidieron volver al Reino Unido.─ está sola. Está tan sola como creo que está. No puedo lidiar con la tensión del ambiente y elijo recaer en lo que se nos da bien.

─¿Me estás diciendo que tu dormitorio de la infancia está dentro de esta casa?─ sonríe. Es de modo entretenido y un tanto seductor. Sabe a donde está yendo mi mente y ella está tan feliz por seguir ese camino como lo estoy yo. Asiente lentamente mientras tira su varita sobre el clásico sofá azul ubicado en el centro de la sala. ─¿Planta alta?─ Asiente una vez más y yo avanzo hasta tomarla por debajo de las rodillas y obligarla a rodearme la cintura. Lo hace sin chistar y acaba sumando sus brazos, los cuales me rodean el cuello, atrayendo mi rostro al suyo.

Hermione Granger me besa con la desesperación que se incrementa cada segundo que pasamos separados. Es la ansiedad de una adicción, combinada con el placer de conseguir la dosis deseada. Es ella la que me rodea los labios, y soy yo el que le doy paso para que su lengua juegue dentro de mi boca. No me muevo, porque estoy saboreando el momento. Es un momento distinto a todos los demás, porque tenemos tiempo y no hay nadie esperándome en mi mansión. No sé si está dentro de mi cabeza, pero me responde como si supiera lo diferente de la situación.

─Esto no cambia nada─ suena autoritaria y decidida. Nunca emana cariño, ni calidez y mucho menos amor. Destila deseo y desenfreno, nada más. ─El haberte invitado a esta casa, el haberte abierto la puerta a esta parte de mi vida es una cuestión puramente de conveniencia.

─No se me ocurrió pensarlo de otra manera─ respondo, por más que no estoy seguro si estoy mintiendo o diciendo la verdad.

─¿Estás seguro?─ pregunta y suena asustada. ─Porque lo puedo ver en tus ojos. Algo está cambiando, Draco.