N/A: ¡Hola!
¿Cómo les va?
Espero que todo de maravilla. Sé que a las bellas personas viviendo en el caribe no les está yendo del todo bien, con las tormentas, huracanes, etc. Desde aquí les mando un profundo abrazo y les pido que aguanten que todo pasa. Sólo hay que tener paciencia y aferrarse fuerte a este viaje que es la vida.
Creo que les mencioné que iba a subir en la semana, en especial porque esta sería la segunda parte del capítulo anterior. Aquí está. Espero de corazón que les guste.
Quiero tomarme un momento para agradecerles por sus comentarios. No me importa si estoy dormida, si estoy en clase, si estoy estudiando, donde me llega una notificación de un nuevo review, suelto todo y me pongo a leer con una sonrisa de oreja a oreja.
La vida se complica y en consecuencia no tengo demasiado tiempo para responder los reviews como desearía. Lo haré, pero como dije estoy medio atrasada. A cambio me voy a tomar un momento aquí para mandarles un beso y abrazo de aquellos bien grandotes. Gracias por el apoyo y gracias por todo el entusiasmo y buena onda. Son lo más:
Sally Elizabeth HR, Sta Granger, Athenea Eris, Doristarazona, dianetonks, mnj2327, suzione StarM, lunatica23, SandyMalfoy88, Julietinlove19, Camina Anahi 842, Sunset82, yulss957, selene lizt, AKAmart, magicisfidem, Selene1912, LluviaDeOro, Priky, houdiniboom, Parejachyca, NinadeMalfoy, Redeginori, Luna Traviesa, MrsDarfoy, Chinitaannima, AnastasiaRed, Ale Malfoy BalckDagger, Alice2613, MmaryJoD, Eri0, Justalittlestar, AlbaBC, FeltonNat88.
Nos leemos la proxima semana,
Cariños,
Albertina
PERFIDIA
CAPÍTULO SIETE
Algo está cambiando.
Lo sé. Lo sé perfectamente, pero no pienso hacer nada al respecto. Por esa razón sé que mi rostro debe estar contraído en malestar. Ya estoy cansado de tener que lidiar con las dificultades de ser un puto ser humano. Somos la creación más fallida que se realizó en la historia del universo. Somos dolor y miseria en un círculo vicioso del cual no sólo no podemos salir, sino que no queremos.
─Granger…
─Olvídalo, olvida que mencioné algo.─ suena condenadamente nerviosa. Estamos los dos parados sobre la misma roca en el medio del mar y la marea sigue creciendo y creciendo. No sé cuánto tiempo tenemos antes de quedar completamente sumergidos. Así que nos quedan dos opciones, o aprendemos a flotar rápidamente o morimos en el intento.
No le digo nada y a cambio la deposito en la escalera. Volver a lo que sabemos, eso es lo que nos trajo aquí en primer lugar y eso lo que nos dará oxígeno para que esta maravilla no se rompa jamás.
Es un movimiento veloz en el que ella se saca la remera y lo mismo ocurre con el resto de su ropa. No hay nada intrigante, no hay nada seductor. Es prácticamente el accionar de una visita médica. Esos son los cambios que provoca el caos. Tenemos tiempo, tenemos familiaridad y condenada confianza, pero ella acaba de quitarse la ropa como si la estuviera ahogando. Como si le estuviera privando respirar.
─Granger.─ me interrumpe cuando se arrodilla frente a mí. Sé lo que sigue y sus manos trabajando en soltar la hebilla del cinto de mi pantalón me lo confirman. Son segundos hasta que puedo sentir la punta de mi erección chocando contra el fondo de su garganta. Es primitivo. Es condenadamente desaforado y desesperado. Entierro mis manos en su pelo con bronca. Estoy enojado. Estoy totalmente enfurecido. Tiene que aprender a callarse. Hablar nos destroza. Hablar nos parte. Y ninguno de los dos está preparado para encontrarse destrozado y solo. Estamos destrozados. Estamos partidos en un millón de pedazos, pero está el otro haciendo el esfuerzo de pegarlos una vez más. Es sólo el otro el que sabe la verdadera naturaleza de quienes somos y como estamos. ─No hables más, por favor.─ es una súplica y sé que ella lo entiende como tal.
Me concentro en la humedad de su lengua, en la calidez del interior de su boca, en la estrechez de su garganta y en lo bien se siente cuando me sostiene de forma firme con el entusiasmo que sólo he visto ponerle a aquellas cosas que la apasionan. La fricción de su contacto al moverse hacia delante y hacia atrás me lleva rápidamente al abismo. No me detengo a mirar, simplemente cierro los ojos y me dejo caer. Con un gruñido gutural el resultado de su accionar está descendiendo por su garganta con lentitud. Nunca hace gesto de asco, nunca me da a entender que está encontrando restricciones. Los dos somos unos malditos animales en celo cuando estamos juntos y cuanto más sucio mejor se siente.
─No importa lo que se diga, eso no va a dejar de sentirse así─ está intentando probar un punto y asiento para no continuar discutiendo. En cambio comienzo a trabajar en los botones de mi camisa y casi con la misma velocidad clínica de ella, dejo todo tirado en los escalones de madera de la escalera que conduce a la planta alta. ─Ven─ suelta con autoritarismo y con una mueca de frialdad me hace seguirla a la planta alta.
Todos los ambientes son de tamaño reducido. Hay un pequeño hall de descanso al llegar y tres puertas aparecen a la vista. Están todas abiertas y lo mismo ocurre con las cortinas, dejando ver la iluminada noche fuera. Una da a un baño, otra da a un dormitorio con una cama de dos plazas y la tercera deja ver una cómoda blanca y el pie de una cama individual con acolchado de color rosa. No tengo que ser demasiado brillante para saber cual es el de ella. Sus piernas desnudas avanzan al interior del mismo y apretando una ficha en la pared, su dormitorio queda completamente iluminado.
Lo primero que noto es la decoración. Todo está en tonos blancos y rosas y por alguna razón no se corresponde con la visión que tenía de ella a esa edad. No la veía siendo de las niñas femeninas que le gusta ese condenado color y sueñan con ser princesas. La tiara de plástico que descansa en su mesa de noche, me demuestra que ese ha sido su sueño alguna que otra vez.
Me siento un maldito depredador analizando cada objeto, cada marca, cada condenada señal que me cuente más de quien solía ser esta mujer que tanto se ha adueñado de una parte de mi vida. Hay pequeñas figuras de bailarinas, hay fotos de gatos y de princesas. Parece calcada del poster para niñas bien y Hermione Granger nunca lo ha sido. Siempre fue distinta, molesta, irritante, soberbia, condenadamente inteligente y con abundante carencia de mesura cuando se trataba de demostrarlo. Usaba el uniforme demasiado grande para su menuda figura y el cabello tenía más semblanza a un nido de putas arpías que a cabello humano.
─¿Es esto genuinamente tuyo?─ pregunto, porque no puedo aguantar la curiosidad. Viva la maldita hipocresía. Hablemos menos porque soy un niño asustado, pero cuéntame más de ti porque estoy obnubilado por todo lo que eres.
─¿Por qué no sería mío?─ pregunta sentándose al pie de su cama. Su figura desnuda me tiene salivando y puedo sentir mi erección creciendo. Lo mismo ocurre con mi mente, la cual está comenzando a ser monopolizada por las imágenes de ella debajo mío rogando que por favor la haga acabar porque está por estallar en mil pedazos distintos si no libera la tensión en su abdomen.
─¿Cuándo te gusto tanto el rosa?─ la pregunta es condenadamente estúpida y no sé si la puedo reformular de manera que no demuestre la imagen que tenía de ella de pequeña. ─Hay fotos de vestidos bonitos y ¿Qué mierda es esto? ¿Un corcel blanco? En fin, ¿Donde está todo lo que verdaderamente te gustaba de pequeña?─ sonríe con cierto entretenimiento. Encuentra entretenido que esté dejando tanto de mí para descifrarla.
─Frente a tus ojos.─ insiste.
─De acuerdo… si quieres jugar a ser obtusa hazlo Granger. Verdaderamente lo único que quiero saber de tí es si aún conservas el uniforme de la escuela.─ sus ojos marrones están clavados en los míos y la lentitud con la que su lengua sale de su boca a humedecer sus labios me confirma que sabe perfectamente a lo que me refiero.
─¿Por qué preguntas?─ le encanta jugar el papel de tonta inocente. Tal vez porque es tan diferente a quien ella en verdad es. O tal vez porque sabe que me enciende como una maldita hoguera. Razón aparte, tiene perfecto conocimiento de por qué quiero el uniforme del colegio.
─Ve a ponertelo que quiero hacerte acabar como nunca antes lo he hecho.─ asiente mordiéndose el labio inferior antes de abrir el último cajón de su cómoda y sacar la tan conocida camisa blanca y pollera gris. Me parece ver su corbata también. Es un instante hasta que sale por la puerta de su dormitorio y la escucho cerrar la del baño. Yo avanzo hasta su cama y me acuesto boca arriba, perdiéndome en los paneles de madera blanca de su cieloraso.
No sé que estamos haciendo. No sé a qué juego estamos jugando. Estoy condenadamente aterrado, pero no puedo frenar ni aunque deje todo de mí para conseguirlo. Amo a Astoria. Amo a mi mujer. Amo a mi mujer. Amo a mi condenada mujer. ¡Mierda! Sé que si lo repito lo suficiente no lo olvidaré. La amo, la amo, la amo. No la puedo perder. Ella es mi futuro, mi compañera de vida, todo lo bueno que yo no soy. Pero esto. Esto que estoy viviendo con ella, con Hermione Granger. Esto me está comiendo por dentro como un parásito y ya sé que no hay manera de frenarlo. Lo terrible es tener que ser consciente de que no quiero frenarlo ni aunque tuviera el poder de hacerlo.
─Ya no luce tan bien.─ Hermione Granger ha perdido los estribos completamente. De más está decir que como le calza el uniforme en la mitad de sus veinte, no es apropiado para el código de ética y convivencia de Hogwarts. Medio trasero al aire, sus senos amenazando con colarse por el escote de varios botones que no prenden y esa desaliñada corbata con colores que tantos días y noches pasé despreciando. ─¿Qué opinas?─ ahí está otra vez ese tono de niña inocente.
─Ven aquí─ demando con autoridad, mientras comienzo a despegar mi cuerpo del colchón de aquella pequeña cama, haciendo fuerza con mis antebrazos. Ella asiente y comienza a avanzar hacia mí con su labio inferior entre sus dientes y los ojos marrones destilando nervios.
─Ya que estoy con el uniforme puesto me gustaría rememorar algún hechizo.─ el tono inocente dice presente una vez más, pero me atrevo a decir que para este entonces la conozco. Hay un motivo ulterior. ─¡Binderia!─ mierda. Estoy cagado.
Gruesos lazos de soga se cierran alrededor de mis muñecas y tobillos, dejando mis extremidades aferradas al pie y cabezal de la cama. Estoy atado y a su completa merced. Me excita de modo desorbitante, pero también estoy levemente aterrado. Es ella. Es mi droga, es mi perdición. Es lo que me consume por dentro como una violenta enfermedad que no estoy seguro desear que alguien me cure. Le da valor a la mortalidad como puede hacerlo sólo aquello que te hace apreciar lo bello de estar vivo en este mundo de mierda en el que hemos sido depositados.
─Respóndeme un pregunta─ menciono intentando recuperar cierto control en la situación. ─¿Alguna vez pensaste en mí dentro de esta habitación?
─Una vez me viene a la mente.─ su figura avanza hacia mí de modo seductor, encarando al espacio libre al lado de la cama. ─Fue en las vacaciones luego de terminar con tercer año. Si cerraba los ojos podía sentir tu nariz rompiéndose debajo de mis nudillos.─ suelta una suave risa y como el estúpido petulante hijo de puta que he sido toda mi vida, me pongo de mal humor.
─Y después te preguntas por qué mierda todo el mundo te encuentra jodidamente irritante.─ sé que el comentario le dolerá. También sé que leerá entre líneas y se dará cuenta que es un patético ataque nacido de mi orgullo magullado.
─¿Quieres saber si hablé de ti en mi diario íntimo?─ su pregunta está cargada de burla. ─Querido diario, estoy un tanto preocupada.─ la miro de forma fija, mientras ella sube la primer rodilla al colchón de la vieja cama de su infancia. ─No sé qué está ocurriendo conmigo, pero creo que estoy sintiendo cosas por el chico malo del colegio.
Sus dos piernas están sobre la cama y en un movimiento veloz, tiene una a cada lado de mi cadera. Su trasero descansa cómodo sobre mi creciente erección. Quiero tocarla, quiero cerrar mis manos en sus curvas y devorar lo que se esconde detrás de ese precario escote. Quiero ponerla debajo mío y follarla de modo tan duro que le tiemblen las piernas cuando intente ponerse de pie.
─Deberías verlo. Es tan guapo con su cabello platino y sus ojos grises. Es tan guapo que sé que nunca se fijará en mí.─ la voz de niña inocente le sale de manera tan natural que a veces me pregunto, si en el fondo no lo sigue siendo. Enseguida recuerdo cual es nuestra realidad y como nadie que hace lo que estamos haciendo, puede tener siquiera un vestigio de inocencia dentro. ─Me pregunto cómo se sentirá besarlo. ¿Son sus labios tan suaves como parecen a lo lejos?
La calidez de sus manos se desliza por mi pecho, mientras su figura desciende hacia mi, hasta cerrar sus labios alrededor de los míos. Me puedo sentir tirando de las sogas, rogando que dejen soltarme. Quiero tomar su rostro entre mis manos, quiero clavar mis pulgares en sus pómulos y morder su labio inferior con más fuerza de la apropiada, hasta sentir el gusto metálico encontrando mi lengua.
─Libérame, por favor─ susurro ni bien se separa de mí.
─¿Dónde está la gracia en eso?─ su susurro está empapado de burla. Los ojos marrones vuelven a lucir un tanto más grande de lo normal y su voz recupera el tono aniñado al hablar. ─Verás querido diario, nunca estuve con un chico antes.─ No estoy seguro que sea posible ponerme más duro de lo que estoy, pero si no estoy dentro de ella pronto, es probable que acabe siendo víctima de la combustión instantánea en la que tomará parte mi cuerpo. ─Me pregunto si le gustará la forma de mis senos cuando me quito la camisa.─ sus manos trabajan de modo seductor en desprenderse los botones de la vieja camisa blanca del colegio. Me sacudo como el condenado imbécil que no termina de aceptar que no tiene control en la situación. Es todo de ella. Completamente de ella. ─¿Y mis curvas? ¿Le gustaran mis curvas, querido diario?─ está delante mío, con sus pechos completamente descubiertos y una mirada inocente clavada directamente en mí.
No estoy seguro que esperar de la mujer que tengo sobre mí, pero sé que no debo dudar ni por un segundo que me depositará directamente en el paraíso. Fue hecha a imagen y semejanza de mi libido. Sabe cada truco, cada palabra, cada gesto. Todo lo que me hace perder la cabeza es de ella para explotar.
─Suéltame, Granger. Por favor.─ la sonrisa seductora en su rostro me dice que no es una opción que esté disponible.
─¿Sabes cual es uno de mis miedos, querido diario? ¿Qué ocurre si es demasiado grande para mí?─ sin duda estoy más grande de lo que he estado en toda mi vida, porque jamás estuve tan encendido por algo. El placer está bordeando el dolor y siento que voy a romper en llanto si no hace algo al respecto.
─Hermione─ es un sollozo desesperado. Mis muñecas tiran con fuerza de la soga, luchando por soltarse. No tiene sentido, no lo voy a lograr, pero tengo que mantener la cordura de alguna manera.
Los ojos marrones de ella no dejan de mirarme mientras se separa lentamente de mí. Pollera aún puesta, corbata aún puesta y ropa interior descansando en algún rincón olvidado de la escalera. Su labio inferior está entre sus dientes y acompaña a la perfección el contornear de sus rasgos que destilan absoluto deseo. Siento la calidez de la palma de su mano alrededor de mi erección y con el descender lento y letárgico de su cadera me encuentro dentro de ella. La humedad, la calidez, el aroma, todo me está llevando al borde de la locura y no lo cambiaría por nada. No la cambiaría por nada.
─Espero que le guste los sonidos que hago cuando lo sienta llenarme y liberarme.─ los movimientos de su cadera son lentos. Seductores. Lo puedo ver en su rostro, ella también está luchando por no caer al abismo en tan sólo unos segundos. ─Espero que le guste la calidez de mi cuerpo y la humedad que hay entre mis piernas cuando pienso en él.─ ¡Mierda! ¿Cómo lo hace? Me encanta, me encanta todo lo que es su cuerpo. Cada recoveco, cada marca, cada lunar. Es una puta obra de arte y es toda mía.
Puedo sentir la soga cortandome las muñecas mientras lucho por soltarme. Las manos de Hermione Granger están sobre mi pecho, mientras su humanidad sube y baja sobre mi erección. Cada gemido que se cuela por entre sus dientes se asemeja más al paraíso.
─No aguanto demasiado─ confieso, porque tal vez sea la primera vez desde que empezamos a estar juntos, en la que acabe antes que ella.
El ritmo de su cadera se acelera y de pronto son los jadeos desenfrenados de su respiración los que llenan la habitación. Cada vez que está cerca de acabar hace un sonido que es la perfecta mezcla entre un sollozo y un gemido. Es el perfecto resumen de la mierda en la que vivimos. Es dolor con deseo. Es pasión con egoísmo. Es lo prohibido con el paraíso. No llego a decir nada cuando la siento contraerse alrededor mío. Un grito agudo nace de lo profundo de su garganta y yo acabo dentro de ella con la misma violencia con la que estoy luchando por soltarme. No logro entender el momento, no logro comprender el tipo de liberación que acabamos de protagonizar y cuando ella cae rendida sobre mí, la lucha por soltarme está más asociada a querer rodearla con mis brazos que a cualquier otra cosa.
─Cerca─ susurra antes de soltar una suave risa. Nunca se ríe conmigo. Nunca somos más que la perfecta amalgama entre fuego y hielo.
─Ahora sí, por favor─ ruego como un maldito niño. Ella asiente de modo agotado antes de tomar su varita que descansa sobre el colchón y moverla sin decir nada. Puedo sentir las sogas liberarme y el mover de mis brazos es puro dolor. ─Mierda, Granger. No sé si besar el suelo por el que caminas o prenderte fuego en la hoguera por brujería.
Estoy esperando que se separe de mí, que se levante. No lo hace. Está desparramada sobre mí con el cansancio de alguien que acaba de perder hasta la última gota de energía. Lo que tenemos tiene cerrado todo camino para los sentimientos. No pueden decir presente. No están permitidos. Es sólo por esa razón que no paso mis dedos por su condenado cabello revuelto y es sólo por esa razón que no la abrazo contra mi cuerpo como el maldito hijo único que soy y que tanto detesta compartir. En cambio me concentro en mis muñecas y en los hilos de sangre que están naciendo de las quemaduras que se han producido al rozar la piel contra la dura superficie.
No lo pienso demasiado. Tomo su varita sin mucha meditación. Soy un maldito mago después de todo. Nací para tener una varita entre mis dedos y así poder hacer grandes cosas con la magia. Pero es de ella. Y compartir es un gesto tan condenadamente íntimo que lo meditaría antes de prestarle la mía a mi esposa. Es así. La varita de uno es de uno, es sagrada y sólo pueden poner sus manos aquellos en los que uno confía con la vida. Me sorprendo cuando tomo la suya entre mis dedos. Mis ojos grises encuentran los marrones de ella que destellan cansancio detrás de los párpados a medio cerrar. No hay palabras. No hay mucho para decir. Es sólo un asentimiento lo que me dice todo y pronunciando el hechizo apropiado estoy curando mis muñecas con la efectividad de un puto palo de madera que te responde como si fuera propio.
─Draco─ susurra cerrando los ojos de manera completa. ─¿Estás asustado?─ ¿Asustado? Estoy aterrado como un niño. Quiero correr a esconderme debajo de la túnica de mi madre y pedirle que me proteja de todas las cosas que me pueden lastimar.
─Amo a mi mujer.─ se lo digo, porque estoy convencido de que es cierto. Lo que tenemos es la octava maravilla del mundo, pero no se sale de la perfecta muralla que le construimos alrededor. No puede salirse. Simplemente no puede.
─Eso no es lo que te pregunté─ suena molesta. Tiene motivos para estarlo, pero mierda si no es difícil lidiar con este tipo de estúpidas conversaciones.
─¿Qué mierda quieres escuchar, Granger?─ si ella suena molesta, yo puedo sonar como el más cabreado hijo de puta que va a cruzarse en su vida. Se separa de mí con la velocidad de alguien que parece haber tocado una llama ardiente. De pronto no soy seguro. De pronto no soy lo que le conviene tener cerca.
─No quiero escuchar nada─ dice al ponerse de pie. ─Quiero que te vayas de mi casa.─ niego con la cabeza como un niño caprichoso. No me voy a ir una mierda. Quiere hablar de todas las cosas que tenemos pactadas no hablar, entonces que se anime ahora. Porque tener sexo es fácil, complicarlo con todas las cosas que sobran en una relación lo vuelve una verdadera tortura. Ni siquiera lo he contemplado. No puedo contemplarlo.
─No me voy a ir, quiero que me digas ahora que mierda quieres escuchar.─ esta vez el que se pone de pie soy yo.
─¿Para qué me quieres hacer perder el tiempo? Eres un maldito niño cobarde. Quiero que te vayas. Quiero que me dejes tranquila.─ río, porque no sé qué más hacer.
─¿Dejarte tranquila después de esto?─ pregunto señalando la cama. ─Tú estabas presente recién, ¿Verdad?─ eso fue magia en su más puro estado. Eso fue la creación de una obra de arte. Eso fue detonar las puertas del paraíso y saquearlo de punta a punta.
─Te pregunté si estabas asustado y me contestas que amas a tu mujer. Me alegro que así sea, porque a pesar de toda la mierda yo también amo a mi marido.─las palabras duelen, porque por más que sé que es de él, no dejo de odiar que así sea. ─Pero a diferencia tuya no soy tan cobarde de aceptar que esto no es sólo sexo. Porque si fuera sólo sexo saldría y buscaría a cualquier mago de sangre caliente con el cual conseguir mi dosis semanal. No necesito a cualquier mago, no quiero a cualquier mago, te quiero a ti, condenado mago del demonio.─ está enojada. Verdaderamente enojada.
─¿Eso era lo que querías escuchar? ¿Qué te quiero sólo a ti?─ pregunto tan cabreado como ella. ─Estuve lejos tuyo por seis días y creí que iba a perder la maldita cordura. Por supuesto que te elijo a ti, maldita bruja terca.─ no sonríe y no se alegra. Lo único que tengo son a sus ojos marrones clavados directamente en los grises míos. No sé cuánto tiempo transcurre, pero se siente lo suficiente como acelerar mi ritmo cardíaco y humedecer las palmas de mis manos.
─Vete, Draco.─ esta vez no suena cabreada, es más bien una súplica. ─Necesito espacio. Necesito estar sola.─ asiento y sin más que decir salgo del cuarto y en dirección a la escalera, a tomar mi ropa y a volver a mi mansión. A pretender que las palabras ya dichas no cambian nada y que lo tenemos Hermione Granger y yo es pura y exclusivamente sexo del bueno.
