N/A: ¡Buenas noches!

¿Cómo están?

Espero que de maravilla, como siempre.

Tarde. Tarde como es de esperar cuando se trata de mí. Pero como diría mi padre, quien es reconocido por su impuntualidad: tarde pero seguro.

He aquí el capítulo ocho. En verdad le pongo tanto pero tanto amor a esta historia cuando la escribo, que me siento aterrada de que deje de gustarles. Luego de cada capítulo, sin embargo, recibo sus comentarios, sus opiniones, como se sienten respecto a los personajes, a las decisiones que toman y a la trama en general y me alegran el día. En verdad, cuando estoy en esos días grises y feítos me doy una vuelta por la sección comentarios y me encuentro sonriendo. Así que de todo corazón: GRACIAS!

Espero que el capítulo les guste. Estaré por aquí pronto, aunque también debo avisar que en Octubre tengo nueve parciales así que mi tiempo como es de esperar, es escaso. Pero no teman estaré por aquí.

Les dejo un beso enorme,

Albertina


PERFIDIA


CAPÍTULO OCHO

El callejón Diagon está vacío.

El sol ya se está poniendo en el oeste y a causa de lo condenadamente atareado que suelo encontrarme, mis avances bordean lo frenético. Me estoy haciendo camino hacia la tienda de Madame Avery. Joyerías sobran en el mundo mágico. La sociedad en la que vivimos es aquella que aún encuentra el encanto en una fina pieza de oro. No hay nadie, sin embargo, que tenga mejor mercadería que Madame Avery.

Hay momentos en los que temo que mi propia cola de paja sea la maldita pista que vuele mi vida por los aires. Sería cuestión de que Astoria procese la noción de que su marido es capaz de engañarla para que note las señales. Lo sé. Sé que me estoy volviendo torpe, que estoy dejando pequeñas migajas detrás mío como un niño despistado. Es gracias a todos los años que fui el mejor marido que supe ser lo que aún la mantiene en la oscuridad. Lo que no permite que la venda caiga de sus hermosos ojos verdes.

Tori está a minutos de llegar a la mansión. Su traslador está programado para activarse a las ocho de la noche. El reloj de mi oficina marcaba las siete y media cerca de diez minutos atrás cuando por fín pude poner la liquidación de Nott Inc. a descansar. Hay una leve probabilidad de que arribe antes que ella, pero cuando sea que mi condenada presencia alcance el interior de nuestro hogar, quiero hacerlo con una bella pieza de joyería descansando en un almohadón de terciopelo. Las cosas están rocosas entre mi mujer y yo. La correspondencia de toda la semana que estuvo lejos fue cortante y en ningún momento mencionamos que nos extrañamos. La extraño, verdaderamente lo hago. No sé cuanto y no sé como, pero de alguna forma u otra lo hago.

La cálida luz anaranjada que ilumina los escaparates de la tienda es lo que me da la pauta de que he llegado antes de que cierren. Freno con toda la clase que me caracteriza, procurando que no se note mi desesperación por arribar. Tengo que adjudicar a mi acelerada predisposición el hecho de no ver quienes están entrando antes que yo. Cabello negro revuelto en una cabeza, y cabello anaranjado escaseando en la otra. En otros tiempos, en aquellos donde vivía obnubilado por el supuesto brillo que creía emanar, no hubiera jugado la carta de la diplomacia. Son otros los tiempos, somos otros respecto a quienes solíamos ser y la sociedad ya no apaña el desencanto entre ideales como alguna vez supo hacerlo. Puedo, sin embargo, pretender abstraerme de semejante manera que consideren que no los he visto. Soy un cobarde y no me animo a mirar a Ronald Weasley a la cara sin imaginar que cada línea de mi rostro va a revelarle a gritos que su mujer es mi mayor fascinación en este mundo.

El interior de la tienda es pulcro y ordenado. Cada anillo, cada brazalete, cada gargantilla y tiara, todo está donde se supone que esté. Hay pequeños mostradores de vidrio y roble exhibiendo lo que está disponible para ser adquirido si uno posee cierta cantidad de oro en Gringotts. Cuenta la leyenda que los guardias de la tienda los conjuró Grindelwald en persona. De acuerdo a las malas lenguas Madam Avery estaba fascinada con su incursión en la magia oscura y en las cosas que prometía a aquellos que estaban dispuestos a seguirlo. Es tal vez por eso que la tienda nunca jamás ha sido víctima de un robo. Me concentro en mi alrededor. Hay clientes, siempre los hay. La mayoría son magos de la clase alta, es un club bastante exclusivo y nos conocemos desde el nombre hasta el ADN. No hay privacidad cuando cada mínimo detalle es una posible fuente de presión que acabe contigo sacando la más grande tajada posible. Nos alimentamos los unos de los otros como aves carroñeras, pero al menos tenemos la decencia de sonreír mientras lo hacemos.

─Malfoy, que coincidencia.─ sé que al levantar la vista me voy a encontrar con un par de hinchados y redondos ojos celestes clavados en mí. Asocio esa pequeña premonición a justificar por qué no salto en el lugar como un maldito niño aterrado en la fiesta de halloween. ─¿Comprando algo a Tori?─ la predisposición de Ronald Weasley siempre es una perfecta amalgama entre bondad y jocosidad. Es quien solía ser, sumado al hermano que perdió y al orgullo de estar casado con Hermione Granger. Es la mirada fría de Potter la que me irrita la piel como siempre supo hacerlo. Nunca entendí qué tiene de especial, me parece el hombre más absurdamente insulso que he tenido el poco placer de cruzarme. Es el resultado de mala suerte y buen azar. Es la mismísima representación de las coincidencias que se separan del karma y hacen de su camino el propio.

─Weasley, Potter─ asiento de modo educado. ─Así es. Está regresando de visitar a Daphne y siempre es bueno recibir a tu mujer con un regalo.

─¡Ves, Harry!─ exclama Weasley golpeando a su siempre fiel amigo en las costillas con un brutal codazo.

Tal vez me estoy apresurando y no me sorprendería. Tiendo a dejar que mi juicio me abandone cuando pienso en ella. Pero si ocurre que estoy en lo cierto, Ronald Weasley está buscando un regalo para su mujer. No puedo evitar pensar cuán asquerosamente tarde se ha acordado. Astoria vive luciendo joyas nuevas, vestidos nuevos, regalos que le hago no sólo por la culpa que me corroe ahora, sino desde aquellos tiempos cuando era ignorantemente feliz a su lado. Granger… Hermione, todo lo que tiene lo hizo ella. Cada nuevo vestido, cada nuevo anillo o pendiente es producto de su condenado esfuerzo. No sé si Weasley sigue siendo tan pobre como lo ha sido siempre o si tiene el interés de un rollo de pergamino en blanco. De cualquier manera, ella es demasiado especial. Mierda, es tan rara como la primera edición de un libro ancestral. Merece ser apreciada, venerada, celebrada.

─Malfoy no está casado con Hermione─ murmura Potter. ─Malfoy ni siquiera es amigo de Hermione, él no la conoce como nosotros.─ si supiera cuán absurdamente equivocado está, probablemente encontraría el humor que le estoy encontrando yo a sus palabras. ─Lo único que creo es que ella prefiere que gastes tu dinero en algo más productivo que en una correa de oro o un pedazo de diamante.

─Potter tiene razón, Weasley─ interrumpo el monólogo del irritante niño que aún está condenadamente vivo. ─Si estás en busca de utilidad debes ir a otra tienda muy diferente a esta. Pero si lo que quieres es hacerle un regalo a tu mujer que no se trate de utilidad sino de belleza, un gesto que demuestre lo invaluable que la consideras, estás en el lugar apropiado.─ Potter me mira con rechazo y no dudo en devolverle la cortesía. No va a transcurrir un día en esta podrida tierra en la que no lo considere ridículamente molesto.

─¿Qué sugieres, Malfoy?─ sonrío como el arrogante hijo de puta que soy. Pobre condenado, si supiera que dos días atrás estaba acabando dentro de su mujer sobre el escritorio en el que trabaja, en vez de estar pidiendo consejos estaría regalando golpes de puño. Que mierda, si la situación fuera al revés y yo me enterara que Weasley se está follando a Astoria no le daría un golpe de puño, le lanzaría un Avada directamente en las pelotas y después lo colgaría de las mismas en la plaza principal como si todavía estuviéramos en la puta Edad Media.

─Buenas noches, caballeros─ saluda Janine. Es una bruja en sus cuarenta y ha tenido más amantes de los que es posible contar con los dedos de las manos. Lo sé porque varios magos de sangre pura han sido sus víctimas. Le doy una sonrisa un tanto misteriosa antes de posar mis ojos grises en los negros suyos.

─Buenas noches, Janine.─ sus rellenos labios pintados de morado sonríen de modo interesado al notar que se trata de mí. Aún falta tachar mi nombre de su lista. No tiene oportunidad. Nunca pensé que sería infiel y la vez que comencé a serlo fue gracias a la bruja más brillante de nuestra generación. Nadie es competencia. ─¿Podríamos ver la mercadería que tienes en oro rosa?─ la bruja asiente de modo inmediato y enseguida puedo sentir la presencia de Weasley y Potter uno a cada lado mío esperando ver que nos depositan en el pequeño mostrador de cristal frente a nosotros.

─¿Malfoy, no es uno de los materiales más caros el oro rosa?─ no llego a responder cuando Janine está frente a nosotros desenrollando un grueso rollo de terciopelo azul marino. Delante nuestro quedan exhibidas todo tipo de joyas. Anillos, pendientes y dijes.

─Su gusto es siempre exquisito, señor Malfoy.─ sonrío una vez más, porque es condenadamente cierto. Las ventajas de nacer forrado en oro.

No puedo revelarlo. No puedo decirle a Ronald Weasley que la mejor opción para Hermione Granger es el oro rosa. Es complejo, es intrincado sin ser ostentoso. Es delicado de una manera que no capta la atención tanto como el dorado o como una enorme gema puede hacerlo, pero una vez que posas tu vista en el mismo es imposible mirar a nada más. Es ella, misteriosamente es su elección de color, es quien es ella desde aquellos tiempos donde vivíamos en dos mundos completamente distintos.

─¿Ves algo que te llame la atención?─ le pregunto a Weasley, posando mi vista en un bello dije con forma de gato. Tiene la cola enroscada y mira hacia delante, luciendo solamente su perfil. En aquel lugar donde estaría el ojo hay un diminuto diamante. No me cabe la menor duda que es el regalo apropiado. Es prácticamente hilarante el ser consciente de que si le llevara eso a Astoria me haría un escándalo. Mi mujer se estudió cada libro que enseña como ostentar. Siempre espera lo más grande, lo más caro, lo más llamativo. Eso es ella. Esa es la mujer de un Malfoy.

─No tengo ni la más remota idea que puede gustarle a Hermione─ murmura Weasley con pánico filtrándose en las quebraduras de su voz. Es patético. Me genera repulsión y rechazo. ¿Cómo mierda hizo para que ella se enamorara de él? ¡¿Cómo mierda?! ─¿Harry?─ Potter está igual de desorientado. Eventualmente mueve su mano hacia delante y señala un par de aros redondos y grandes que menos no podrían coincidir con la personalidad de quien llama su maldita mejor amiga.

─Éste, Weasley.─ señalo el gato con plena confianza. Los ojos celestes me miran desorientados. No sabe si lo estoy engañando en comprar el peor regalo posible o si estoy siendo su mismísima salvación. ─¿No tenía Granger una asquerosa bola de pelos naranja con ella cuando eramos chicos? Si eligió ese engendro de mascota, no me quiero imaginar cuanto le gustan los gatos que verdaderamente lucen como uno.─ Weasley asiente de manera vehemente.

─Crookshanks.─ Recuerdo haber escuchado el nombre. ─Por fín murió unos meses atrás.─ es imposible no detestarlo. Se alivia de que haya muerto un estúpido gato porque no le gustaba, aún cuando sabe del afecto que sentía su mujer por el mismo. No la merece. ¡Mierda! ¿Cuando se dará cuenta ella? ¿Cuándo mierda se dará cuenta que merece el universo y no está patética excusa de hombre que tiene a su lado?

─Tú tuviste a Colagusano de mascota más años de lo que es creíble imaginar. Tu autoridad ha sido diezmada.─ regaño como lo hubiera hecho mucho años atrás: con un aire de superioridad y bastante petulancia. Weasley pone cara de renegado antes de dirigirse a Janine.

─Llevo el estúpido gato─ suelta de modo ordinario. Se nota la poca familiaridad de la bruja con este reciente tipo de clientela.

─De acuerdo─ sonríe Janine. ─Es para regalo, ¿Verdad?─ Weasley asiente inmediatamente. ─El total es mil quinientos galleons.─ es sencillo notar el palidecer de Ron Weasley. Todo en él es condenadamente colorado: su cabello, sus mejillas, el horrendo suéter que está luciendo. Cuando el color abandona su rostro a máxima velocidad todos los presentes que están mirando lo notan.

No sé exactamente si siento felicidad o si me es posible regocijarme en su patética existencia. No logro evitar pensar cuán inferior a mi es. Cuán patético y básico todo su ser resulta ser. Lo cierto es que al final del día él está casado con ella. Aquella bruja que hace y deshace conmigo a gusto y antojo. Esa bruja que parece considerarme a mí patético e inferior. Esa bruja por la que en pequeños momentos de lucidez, o tal vez es de completa locura, contemplo la realidad de que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por ella. Merece más de lo que tiene. Merece que su marido le haga un regalo. Merece ser feliz de puertas afuera, por más que no estoy seguro de que siquiera sea feliz de puertas adentro.

─Te dije que el oro rosa era caro, Ron─ susurra Potter quien mira de manera nerviosa a todos lados.

─¿Cuánto tienes, Weasley?─ pregunto procurando sonar lo más neutral posible. Debe ser su pánico mezclado con vergüenza lo que lo lleva a soltar la respuesta sin pensarlo dos veces.

─Quinientos.

─Janine, pon el dije en mi cuenta y pon la gargantilla de esmeraldas que está en vidriera para regalo también.─ la bruja asiente sin decir nada y desaparece de delante nuestro una vez más. En su mano el dije de gato.

─Es un regalo para mi mujer, Malfoy─ suelta Weasley con rechazo. ─No voy a permitir que lo compres tú─ es un instante. Sólo un segundo en el que creo que me ha descubierto.

─Estás severamente equivocado si crees que es un regalo, Weasley─ contraataco con petulancia. ─La diferencia es que mil quinientos galleons para mí son un vuelto, mientras que para tí es ruido. Págame en tres meses. No temas que no te cobraré interés. No soy tan hijo de puta, incluso siendo un Malfoy.─ no digo nada más y avanzo lejos de ambos y en dirección a la caja registradora. La conversación está terminada.

Es de manera rápida que abandono la tienda y de manera aún más rápida que estoy apareciendo en los terrenos de la mansión. Sé por la luz encendida del dormitorio que Tori ha regresado. Sonrío muy a mi pesar. Es la genuina señal que me revela que la quiero, que la extraño y que verla me provoca felicidad.

Dejo mis cosas sobre uno de los sofás en la sala principal y encaro a la planta alta, llevando conmigo únicamente el regalo que escogí para ella. Estoy nervioso tanto como estoy ansioso. No sé como estamos, no sé quienes somos. No sé que versión de mi mismo tiene que aparecer ahora, ni que versión de mi mismo ella espera encontrar.

La puerta del dormitorio está abierta y su despampanante figura es lo que se hace con mi vista primero. Luce un modesto vestido gris que la abraza cada delicada curva con pecaminosa perfección. Su largo cabello desciende por su espalda de forma prolija y estilizada. Es cuando limpio mi garganta con una suave tos que voltea a verme. La belleza de su rostro no se queda atrás y cada aristocrático rasgo está aún más resaltado gracias a una incontable cantidad de hechizos de belleza.

─¿Siempre has sido tan hermosa?─ le pregunto, dejando caer mi peso sobre el marco de la puerta. Puedo notar la tensión en sus líneas de expresión suavizandose. ─Lamento no haber llegado antes que tú para recibirte, pero el tenerte de vuelta merece la más bella ofrenda que pude encontrar─ mis piernas se mueven de modo experto, mientras mi brazo extendido le ofrece el delicado paquete con la gargantilla. En el momento en que Tori lo toma, cierro mis manos alrededor de su rostro y apoyo mis labios sobre los suyos. ─Te extrañé, mi amor.

Si hay algo que caracteriza a mi mujer es su incapacidad de estar enojada conmigo por mucho tiempo. Todos tenemos un punto débil y por alguna razón, yo resulté ser el suyo. Estoy seguro que me va a devolver el abrazo, que va a abrir el regalo y proclamar a gritos que le fascina y que debemos salir pronto, para que tenga una ocasión donde lucirla. Tampoco me cabe dudas que dirá que también me extrañó y que por favor nunca más peleemos porque lo detesta. La rueda es siempre la misma, gira y gira y gira, pero nunca se rompe.

O tal vez si.

Sus brazos se cierran alrededor mío, dejando caer la gargantilla al suelo con un fuerte golpe. Espero el beso o el reproche, pero lo que siento es su figura sacudiéndose. Los sollozos que acompañan se sienten enseguida y por alguna razón no sé que hacer. No sé como reaccionar o que decir. Es instantáneo el aferrar de su cuerpo contra el mío de manera posesiva.

─No me dejes nunca más sola─ son sus primeras palabras. ─No me importa si algún día me odias, no me dejes sola.

El decir que estoy confundido no comienza a explicar como me siento. Es un segundo en el que creo que sabe de mi romance con Hermione Granger, por eso me está pidiendo que no la deje. Enseguida razono que mi mujer no tendría esa reacción al enterarse. No, esto es algo distinto. Algo le ocurrió y está relacionado con Bulgaria.

─Tori, sabes que no te voy a dejar.─ no podemos. Los sangre pura no nos separamos. Aún cuando, como dijo ella, nos odiamos. ─¿Qué ocurrió? ¿Por qué estás así?─ no me responde. Lo único que hace es comenzar a besarme. Es torpe y poco sensual. Es necesitado de una manera primitiva que no se asocia al libido y a la lujuria, sino al miedo y a la desesperación.

─Haceme el amor, Draco.─ es un pedido que se traduce más en una orden. También soy consciente de que hace mucho que no estoy en la intimidad con mi mujer. Asiento lentamente y cierro los ojos antes de tomar el control en el beso y comenzar a empujarla hacia la cama.

Es difícil entender el amor. A veces, sin embargo, creo que es más difícil entender la pasión. ¿Cuál gana? ¿Cuál tiene más potestad? Amo a mi mujer. Sé que la amo aunque a esta altura ya no sé cómo. Sé que siento pasión y deseo por Hermione Granger. La verdadera pregunta es si es posible amar a alguien y sentir tanta pasión por otra persona. Tanta pasión que el amor deje de ser suficiente. Tanta pasión que el control de tu vida quede subyugado a la misma. Tanta pasión que aún cuando te follás a quien amas tengas que pensar en la otra persona para ponerte siquiera duro. Tanta maldita pasión que cuando estés acabando, cierras las ojos y te imaginas que es dentro de ella de quién estás y no de aquella persona que amas. Porque el amor, parece ser, puede dejar de ser suficiente. Porque el amor, parece ser, puede perder la partida.

Tal vez, y este sí es un pensamiento radical, pasión y amor sean lo mismo.

Ahí surge entonces el más intrincado de los interrogantes: ¿Si amor y pasión son lo mismo, es posible amar a dos personas a la vez?

El cuerpo desnudo de Tori descansa al lado mío. Está dormida y sé que no es por el pulcro y estándar sexo que acabamos de tener, es por el viaje y por lo que sea que le esté ocurriendo. Me concentro en las líneas de su rostro por un buen rato. Intento analizarlas, intento desenterrar a la mujer que solía tener mi completa atención. Intento recordarla de aquella manera en la que era el centro de mi universo y nada más importaba. Siento desolación cuando no la encuentro. Siento desolación cuando en lo único que puedo pensar es en alguien más.

Inhalo de manera profunda y procedo a salir de la cama. No hay tanto que pensar, tal vez porque pensar no me ha llevado a ningún lado. O tal vez porque estoy tan tapado por la realidad que ni aunque me concentre por horas y horas seré capaz de resolver lo que tengo delante. En cambio me visto con un pantalón y una camisa que ni me molesto en meter dentro del mismo. Me pongo un par de zapatos de cuero que en verdad no combinan con lo que estoy luciendo y sin mirar atrás salgo del dormitorio y en dirección a la chimenea del salón de cartas. Tomo un puñado de polvo flu y con un suave susurro me encuentro en el oscuro pasillo del trigésimo subsuelo del ministerio de la magia.

No sé si estará. No sé si es tarde y ya se habrá ido. Es sólo cuestión de averiguarlo. Con el decidido tranco de mi andar estoy abriendo la puerta de su oficina más rápido de lo que lo he hecho jamás. Me recibe la luz blanca y el olor a humedad, pero aún debajo del mismo puedo sentir su perfume.

La versión de Hermione que está frente a mí, es la que le pertenece a su marido. La blusa rosa y el tono pastel de sus labios me hablan de la nena buena que todo el mundo cree que es. No es que no lo sea, pero tampoco es tan buena como la imaginan. Es tantas cosas, son tantas capaz, tanta complejidad. Es un hermoso acertijo que nadie ha logrado resolver jamás. Es todo lo que uno puede imaginar que es y tanto, tanto más que a veces creo que no tiene final. Hermione Granger es infinita como el universo y todos nosotros somos demasiado mortales para entenderla.

─Me estoy yendo, Draco─ suelta de modo cansado mientras termina de ordenar sus cosas. Está parada frente a su escritorio y poniendo expedientes que sólo a ella le importan, dentro del delicado portafolio de cuero que siempre lleva consigo en momento de trabajo.

Sé que está pensando que mi razón de ser en su oficina es sexo. O discusión, que quiero discutir, acabar a los gritos y luego acabar dentro de ella. Si está un poco renegada, tal vez crea que veo a hacerle un desplante. Sabe que hoy llegaba Astoria y ya ocurrió una vez que me atreví a entrar a esta misma oficina a decirle que lo nuestro se terminaba. No vengo por nada de eso. Vengo por algo más complejo, algo con lo que sólo ella me puede ayudar y algo que sólo ella puede entender. Imagino que mi rostro está contraído en confusión y desentendimiento y es que así es como me siento. También me siento aterrado, pero cansado de estarlo.

Mis ojos grises se elevan hasta dar en los marrones suyos.

─Creo que te amo.