N/A: ¡Buenas!
¿Qué tal todo?
Yo vengo a dejarles el capítulo diez de Perfidia. No sé si ya se los había mencionado, pero la historia tendrá veinte capítulos así que oficialmente estamos en la mitad del fic.
Quiero agradecerles por el apoyo, por sus comentarios, por el interés en la buena onda. Oh por Dios! Es me viven sacando las mil sonrisas, saben? GRACIAS de verdad. Gracias por hablarme por Face así las puedo conocer un poco más, o también por mensajes privados acá mismo. Gracias, de verdad. Para ser honesta no me entra en la cabeza que en nueve capítulos ya haya llegado a los 200 comentarios. Es que ustedes no entienden... no hace tanto subía capítulos de otra historia en esta plataforma y si tenía dos comentarios era un gran logro. Así que su interés me está volando la cabeza.
En fin, les dejo un beso enorme. Espero que les guste el capítulo. EL CUAL POR CIERTO ES SUPER LARGO! (les grito porque muchas me dijeron que el cap anterior era corto, lo cual es totalmente cierto, pero esta semana me he redimido con el largo)
Por último les cuento que Dianely AKA Dianetonks le ha hecho una portada a Perfidia y estoy In Love! GRACIAS DIOSA DE LA EDICIÓN!
Ahora sí,
Muchos besos,
Albertina
PERFIDIA
CAPÍTULO DIEZ
Hace veinticinco días que se fue. Faltan seis para que vuelva.
El clima en Chicago es imperdonable en esta época del año. La imagino totalmente envuelta en su tapado rojo mientras camina bajo la nieve. Cabello revuelto, nariz colorada y manos heladas. Suele estar demasiado concentrada en su trabajo y olvida ponerse guantes. Acto del cual inmediatamente se arrepiente al notar lo cruel de la brisa.
La extraño. Mierda, sería un completo mentiroso si fuera capaz de decir que no lo hago. La extraño tanto que vivo intentando encontrar el equilibrio entre querer matar a alguien y querer matarme a mí mismo. Sin embargo tengo que ser justo y darle crédito a mi mente porque la insistencia con la que repite que ya casi vuelve, es una de las pocas razones por las cuales no he activado un traslador y corrido a ella como si fuéramos los protagonistas de una predecible novela de amor. Que irónico, según ella ni siquiera sentimos amor. Ya se verá quién tiene razón, si su testarudo y cínico trasero o mi inquebrantable voluntad de siempre complicar todo al punto de que comienza a consumirme la vida. Que par de pájaros los dos…
Mis ojos vuelven a concentrarse en el contrato que descansa sobre el escritorio de mi oficina. Hace más de una hora que estoy atorado en la misma página, incapaz de mantener mi mente anclada a las palabras frente a mí. Han salido a la venta acciones para una vieja compañía que produce indumentaria de quidditch. No sé si es un negocio inteligente, pero poco me importa, soy rico como la mierda y estoy encaprichado como un niño que nunca disfrutó que le digan que no.
Siento dos golpes en la puerta y sé que es Gloria. Le indico que entre, sabiendo con lo que me voy a encontrar. Este día eligió ponerse un delicado vestido de encaje verde, el cual le ajusta marcando el contorno de su esbelta figura. El cabello anaranjado cae en seductoras ondas alrededor de su rostro y el brillo de sus ojos es acentuado por una muy elaborada aplicación de maquillaje. Está intentando, aún lo está. Está viendo si encuentra la manera de conseguir que mis ojos grises se queden mirándola más de lo que es debido. La pobre no sólo no es consciente de que eso nunca va a ocurrir, sino que por su mal ubicada perseverancia, se está perdiendo de conocer a uno de la buena cantidad de magos que sé que se interesan por ella.
─Permiso, señor Malfoy─ asiento, mientras le indico con la mano que termine de ingresar. ─Su mujer ha escrito. Dice que no se encuentra bien y que ha llamado al medimago para que la visite en su mansión. Espera que usted pueda ir para allí pronto.
Mi reacción es inmediata, corriendo la opulenta silla en la cual me encuentro para atrás, y poniéndome de pie a toda velocidad. Mis sentimientos por Hermione Granger han sin duda interferido en mi matrimonio. Han puesto en duda muchas cosas dentro de mi cabeza, pero sobre todo han abierto dudas en lo que concierne a mi mujer. Es difícil imaginar que uno pueda sentir amor por dos personas a la vez. Creo que la respuesta la encontré en un libro de mi padre cuando tenía trece años.
Lucius siempre encontró interesante la cultura griega. Si hay algo en lo que los muggles y magos se parecen es que ambos tuvieron su mayor incursión en el conocimiento como pregunta existencial todos esos siglos atrás entre togas, oro y deliciosos quesos. No sé exactamente de qué iba el libro, pero mencionaba la concepción de amor de dos maneras distintas: eros y ágape. Eros es el amor romántico, el pasional, el que uno siente por su pareja y que es liderado más por el instinto animal que por la maldita razón. Ágape, por su parte, es aquel amor de familia, el fraternal, el que le da sentido a la vida desde el día que uno nace envuelto en sangre y luchando por entender. Siento amor por las dos mujeres en mi vida, pero siento un amor distinto por cada una de ellas. Hermione Granger es delirio, es locura y desesperación. Es lo más parecido a la necesidad que te consume por dentro y se hace con tu vida. Astoria es familia, es mi mejor amiga, mi confidente y sobre todo mi salvadora.
Es difícil pasar de tener la vida resuelta a ser consciente de que escuchar los gemidos de tu mujer se siente como un puto acto incestuoso. Los sangre pura somos retorcidos y poco asco le tenemos al tabú, pero a la mierda con follarte a un familiar y Tori es familia de aquella que quiero tener con la ropa siempre puesta. Aún siendo capaz de entender la diferencia, de haberme ubicado en el mapa de los tóxicos sentimientos de alguien tan jodidamente dañado como estoy yo, soy absoluta y completamente consciente de que estoy dispuesto a dar la vida por mi mujer.
─Gracias por avisar, Gloria─ agradezco, ignorando por completo el nervioso temblar de su figura. ─No voy a regresar por el resto del día, así que cuando termines con lo que estás haciendo eres libre de retirarte.
Mis piernas avanzan con decisión hasta la chimenea de mi oficina y soltando un puñado de polvo flu, estoy mencionando mi mansión. Las luces de la sala están apagadas y el único brillo viene de la planta alta. Es cuando estoy pensando en dejar el maletín y el saco sobre algún sofá, que me doy cuenta que no he traído ninguna de las dos cosas. No es lo importante en este momento, así que en consecuencia me dirijo rápidamente a la planta alta. El tenue resplandor viene de nuestro dormitorio y por el susurrar de voces cuyas ondas avanzan por el pasillo, asumo que el medimago ya debe haber arribado.
─¿Tori?─ pregunto antes de llegar a la habitación.
─En el dormitorio, Draco─ la escucho responder rápidamente.
La gruesa puerta de madera está entornada y la abro con un fuerte empujón cuando finalmente la alcanzo. La escena frente a mí no es tan dramática como mi mente estaba logrando lucubrar. No hay sangre, ni indicios de una pronta muerte. En cambio está Tori recostada en la cama, sobre las gruesas mantas y el mullido acolchado. El medimago está a su lado luciendo una prolija bata blanca con el escudo de St. Mungo´s a la altura del corazón. Su rostro me suena familiar, en especial los pequeños ojos negros y la gruesa barba canosa naciendo de su mentón.
─Buenas noches─ saludo al hombre, extendiendo mi mano en un gesto cordial. ─Muchas gracias por venir.
─No hay de qué, señor Malfoy. Es mi trabajo después de todo.─ asiento, sin ánimo de contradecir que su visita ha sido mucho más veloz de lo que son para el común de la gente.
─¿Cómo estás, amor?─ pregunto con preocupación a Tori. Está más pálida de lo normal y es la primera vez que noto que sus clavículas lucen verdaderamente prominentes. No he notado un cambio en su dieta, ni tampoco en su rutina, no tendría por qué estar más delgada. ─Vine ni bien me enteré.
─Gracias─ susurra dándome una cálida sonrisa. La veo extender su mano en mi dirección y acabo moviendo la mía la distancia que hace falta hasta rodearla de manera posesiva.
─Me estaba contando los síntomas que ha estado sufriendo, Sra. Malfoy.─ ¿Qué ha estado sufriendo? Sé que la confusión está diciendo presente en mi rostro y también sé que Tori es consciente de que eso significa enojo de mi parte.
─¿Qué síntomas, Astoria?─ uso su nombre entero con cierta petulancia. ─¿Desde cuando los tienes y por qué no estoy yo enterado?
─Creo que estoy embarazada, mi amor─ responde posando sus bellos ojos verdes en los grises míos. Hay alegría e incertidumbre en su rostro. Tiene pánico de que reaccione mal.
¿Cómo mierda reacciono a esto? No lo sé. No sé qué decir, como sentirme o que hacer. Puedo notar mi cuerpo petrificado mientras mis ojos siguen fijos en los de mi mujer. La amo, amo a Tori con todo mi corazón, pero no la quiero como la madre de mis hijos. No la quiero como mi esposa. No quiero que viva bajo el mismo techo que yo y que esté obligado a pasar mis años junto a ella. Quiero sugerirle que salga al mundo, que haga a un mago fino y aristocrático el más feliz hijo de puta que camina sobre la tierra.
Si es así, sin embargo, si no podemos cambiar la realidad y hay una pequeña persona dentro de ella en este momento, entonces lo acepto. Acepto sacrificar lo que quiero para siempre, acepto jugar a ser el mejor esposo hasta el día en que me muera. Acepto sonreír cuando vengan a tomar la foto familiar todas las navidades. Acepto decirle que la amo todas las mañanas y todas las tardes cuando regrese del trabajo. Acepto darle la mejor vida que pueda darle y más. Acepto, y esto lo hago sin pretender ni figurar, acepto a esa criatura con los brazos abiertos y estoy dispuesto a volverme quien me tenga que volver para hacer a esa criatura lo más feliz que pueda ser.
─¿Por qué cree eso, Sra. Malfoy?─ pregunta el medimago, cortando el hilo de pensamiento en el cual me estaba enredando.
─Mi periodo debería haber venido una semana atrás y aún no lo ha hecho.─ contesta Tori a toda velocidad, concentrándose en el profesional presente. ─He tenido vómitos, en especial durante las mañanas y mis niveles de energía me han tenido sintiendo desgano y cansancio todo el tiempo.
─¿Por qué no dijiste nada de los vómitos?─ detesto que oculte cosas. La ironía, lo sé, pero me molesta igual porque soy un arrogante de mierda que se cree con el derecho de saber todo, todo el maldito tiempo.
─No quería preocuparte─ susurra Astoria antes de volver a concentrarse en el otro hombre presente.
─Vamos a hacer un test ahora, es un procedimiento bien sencillo y no tomará más de un minuto.─ me puedo sentir perdiendo el color en mi rostro y dejando pánico a cambio. Era un día normal. Era un día más dentro de la interminable sucesión de días en los cuales mi única verdadera tarea es pensar las cosas que quiero hacerle a Hermione Granger cuando vuelva. Era un puto día más. Yo no firmé para esto.
El medimago voltea y avanza a la cómoda donde parece haber apoyado el maletín negro de cuero con lo que asumo será su material de trabajo. No tarda en encontrar lo que necesita, porque instantes después está volteando nuevamente y volviendo a avanzar a donde nos encontramos. En su mano lleva un fino y largo palo de metal que se asemeja a una aguja. Es negro con la punta pintada de colorado. Si alguna vez nos explicaron cómo se hace un test de embarazo, no lo recuerdo.
─Necesito que me preste su dedo índice de la mano izquierda, Sra. Malfoy─ Tori hace lo que le pide, soltando el agarre que tiene mi mano en la suya y se la extiende al hombre con el dedo índice en su dirección, palma arriba. ─Solo dolerá un instante.─ y sin más preámbulo, clava la gruesa aguja negra en la yema del dedo índice hasta que una oscura gota de sangre comienza a nacer del mismo.
Astoria no dice nada y lo mismo ocurre conmigo. Ambos parecemos completamente hipnotizados por los accionares del medimago. El hombre toma la varita que descansa en un pequeño ojal adherido a su cinturón y comienza a murmurar un hechizo que no recuerdo haber escuchado alguna vez previa a este momento. Tardo en comprender qué está ocurriendo, pero eventualmente veo el cambiar de color de la punta colorada de la aguja. Ahora luce un pálido tono azul. No sé qué significa y en consecuencia mi pánico parece ser capaz de ascender de manera exponencial con cada segundo que transcurre.
─¿Y, doctor?─ pregunta Tori, vociferando mi impaciencia.
─Lamento decirle que no está embarazada, Sra. Malfoy.─ el rostro de mi mujer se contrae en un gesto de congoja, a la par que sus brillantes ojos verdes son cubiertos por una fina capa de lágrimas. Tori, Tori, Tori… Dejo mis propios sentimientos de lado, antes de agacharme y besarla en la frente de aquella manera que sé que la reconforta.
─No llores, amor─ susurro con calidez.
─Lamento mucho haberle dado una triste noticia, Sra. Malfoy, pero no dudo que llegará la ocasión en la que la punta de la aguja se torne verde.─ asiento, procurando que no se note mi inquietud ante semejante noción. ─Le voy a dejar unas pociones para condiciones comunes. Si la toma todos los días al levantarse deberían cesar los vómitos. Lo mismo le voy a dejar polvo de raíz de verbena, disuélvalo en un vaso de agua o de jugo de calabaza en la mañana y en menos de una semana se debería sentir con la energía recuperada.─ asiento yo, porque sé que Tori está demasiado angustiada para que le importe lo que el medimago le está recetando en este momento.
─Muchas gracias por venir─ agradezco parándome de manera erguida y comenzando a guiar al hombre fuera de nuestra habitación y en dirección a la chimenea.
Ninguno de los dos dice nada y sé que está apurado por irse. Los años han transcurrido y el apellido de mi familia tiene dos acepciones distintas dependiendo de qué Malfoy uno esté hablando. Gracias a Astoria, cuando hablan de mí la gente no recuerda mucho mi pasado como mortífago o mi alianza al lado de la oscuridad. Muy distinta es la situación cuando mencionan a Lucius y Narcissa. Pero independientemente de que Malfoy se trata, la mansión sigue siendo una propiedad a la cual el común de la gente no disfruta venir. Si pudieran la usarían en Halloween como lugar embrujado, contando la leyenda de que el mago más tenebroso de todos los tiempos solía ducharse en el baño al final del pasillo del ala derecha de la propiedad.
─Señor Malfoy─ dice el hombre antes de disponerse a tomar un puñado de polvo flu. ─En caso de que el malestar de su mujer persista, le pido que hagan una visita a la clínica mágica. Pregunten por Appius Bonnet y enseguida los atenderé.─ asiento con cierta preocupación.
─Pensé que era una cuestión sencilla de resolver.
─Parece un simple malestar que uno se agarra al pasar.─ coincide el hombre. ─Pero si su mujer está tan obsesionada con la idea de ser madre, podría estar generando estos síntomas ella misma y ahí tendremos que recurrir a ayuda psicológica para resolverlo.─ asiento una vez más, pero no agrego nada. Prefiero ir a consolar a Tori que seguir hablando de algo que puede ser que tenga. Sé que Astoria quiere un hijo, pero no la siento capaz de estar causándose ésto ella misma.
Appius se retira sin agregar nada más y yo aprovecho para dirigirme al dormitorio. No tengo ni que entrar para saber qué está ocurriendo. Los sollozos de Tori llegan hasta el pie de la escalera. Mi mujer es capaz de sentir cualquier tipo de emoción posible, pero aún en los momentos de angustia rara vez le da lugar al llanto.
Al abrir la puerta avanzo a toda velocidad a mi lado de la cama y me recuesto antes de indicarle que se abrace a mi. Lo hace sin dudar y es en instantes que puedo sentir la humedad de sus lágrimas mezclándose con la fina tela de mi camisa de vestir gris. Poco me puede importar eso ahora, lo único que sé es que en toda la mierda que he sido como marido, tengo que encontrar la manera de ser lo que mi mujer necesita éste momento para ponerse feliz. O al menos para reducir el sufrimiento.
─No llores, amor.─ me tengo que morder la lengua para no decir las palabras que sé que harían todo el dolor desaparecer. Porque no puedo mentirle en la cara y decirle que quiero seguir intentando. ─Sabes que puede ser una tarea ardua concebir un hijo.
─Estaba segura, Draco.─ susurra entre sollozo y sollozo. ─Lo podía sentir dentro mío.
Nunca he sido bueno lidiando con sentimientos. No sólo me cuesta lidiar con los sentimientos ajenos, sino que soy patético queriendo poner orden en los míos propios. Es tal vez por eso que siempre se me ha hecho fácil cambiar el tema, dirigir la atención a algo distinto. No soluciona nada, pero si permite alegar ignorancia.
─¿Qué pasó en Bulgaria?─ pregunto mientras entierro mis dedos en el cabello de Astoria y comienzo a deslizarlos entre las finas y sedosas hebras. ─No digas que no ocurrió nada, porque regresaste llorando y ahora que te veo estás muy delgada, Tori. Algo está ocurriendo y quiero saber qué es.─ los sollozos cesan y sé que le he pegado al clavo en la cabeza.
─No ocurrió nada, Draco.─ protesta, como si no tuviera ningún derecho a interrumpir su congoja.
─Te conozco, Astoria─ respondo con una mezcla de petulancia y autoritarismo.
─Si me conocieras, sabrías que no ocurrió nada.─ medito por un instante dejar el tema de lado, pero no quiero. Estoy demasiado interesado en llegar al fondo de la cuestión.
─Tori, llegaste llorando, rogándome que no te deje sola y pidiendo que te haga el amor.─ rememoro en voz alta. ─¿A ti te parece que eso es el comportamiento tuyo habitual? No me trates de ingenuo.
El silencio demora su respuesta y mi cabeza empieza a lucubrar cada posible respuesta que acabará destrozándome en un millón de pedazos. Siempre he sido una mezcla de mártir y sádico. Sufro por la idea de imaginar que mi vida va a explotar en cualquier momento, que el caos y el dolor están a la vuelta de la esquina, pero a la vez lo busco como un maldito hijo de puta. ¿Qué mierda quiero escuchar? Tan asqueroso como pueda ser, creo que estoy esperando que me diga que me traicionó, que estuvo con otro, que me quiere dejar, que contempló terminar nuestro matrimonio. Quiero sentir el dolor, el sabor amargo de la traición, así tengo una condenada soga de la cual agarrarme para decirle que está bien que me deje, porque lo único que quiero es no tener que esconder más cada vez que quiero besar a Hermione Granger, o como su aroma está sobre mí cada vez que terminamos de follar como malditos conejos.
─Fue algo que me dijo Daphne.
─¿Estás así por algo que te dijo la psicótica de tu hermana?─ Daphne era compañera mía en los años que asistí a Hogwarts, pero desde que la guerra terminó que sus decisiones han sido erráticas e ilógicas. Sus prioridades están retorcidas y quiere convertir a Tori en lo mismo.
─¡No le digas así, Draco!─ exclama Astoria con frustración. ─Daphne estará mal, pero siempre ha sido la más inteligente de las dos.─ eso puede tener una pizca de verdad. Daphne, junto con Theo, solían ser las serpientes más inteligentes todos esos años atrás.
─Cuéntame qué te dijo, entonces.
─Que si no comenzamos a formar una familia pronto, nuestro matrimonio va a terminar mal.
─¿Qué significa "terminar mal"?─ pregunto con arrogancia. ─Independientemente de eso, Tori. Daphne tiene por referencia de lo que es un matrimonio, el suyo. Los dos sabemos que lejos estamos de esa dinámica enfermiza.─ eso es completamente cierto. Porque infidelidad de lado, la relación de mi cuñada con su marido involucra violencia física, amenazas y hasta extorsión. Lo único que involucra mi matrimonio es que soy un reverendo hijo de puta.
─Quiero tener un hijo─ susurra, como si acabara de recordar el tema del cual logré distraerla. Sé que no tengo oportunidad de conseguirlo una vez más, así que recaigo en lo que siempre supo hacer mi padre con mi madre: ignorarla.
─Descansa, amor─ respondo. ─Descansa y mañana comienzas con las pociones que te quiero tener sana.
-PERFIDIA-
─¡Draco, no quiero!─ exclama mi mujer con determinación. ─Soy una mujer grande y no tienes derecho a obligarme a hacer lo que no quiero.─ en una parte tiene razón, es una mujer grande. En la otra está muy equivocada, porque si la tengo que arrastrar de los pelos hasta la clínica lo haré.
Jamás imaginé que pudiera olvidar que Hermione Granger está por regresar. No lo he hecho, no lo he olvidado, pero sorpresivamente no es lo principal en mi mente. La salud de mi mujer ha pasado a ocupar ese puesto. Hace exactamente seis días que el médico la ha visitado y hace exactamente seis días que los vómitos no se han ido y su pérdida de peso, junto con su falta de energía, se han incrementado.
─Escúchame bien, Astoria─ hay hielo entrelazando cada sílaba que suelto y mi mujer lo nota. ─Vas a venir a la clínica conmigo en este momento. No es una pregunta y no está abierto a debate.
─No quiero─ protesta una vez más, sólo que esta vez tiene la decencia de dejar en claro que igualmente va a seguir adelante con mis pretensiones.
Usa la conexión flu ella primero y yo enseguida la sigo. No la creo lo suficientemente infantil de negarse a ir, si yo hubiera ido primero, pero no estaba dispuesto a averiguarlo. En cambio aparecemos ambos en el poblado hall principal de St. Mungo's. Tanto pacientes como profesionales avanzan de un lado a otro con clara decisión. Gracias a Merlín nadie en mi familia está demasiado familiarizado con la distribución del lugar, eso significa que hemos estado exentos de tener que visitar de manera recurrente.
─Allí está la mesa de entrada.─ señala Astoria a un grupo de mostradores viejos y gastados con brujas vistiendo coloridas túnicas sentadas detrás de los mismos.
No me importa quedar como arrogante o simplemente como un condenado petulante. Muevo una pierna delante de la otra, mientras prácticamente arrastro a mi mujer conmigo. No sé si hay fila, no sé si se llama por turno, la realidad es que soy un altanero hijo de puta y en consecuencia me siento en una de las sillas libres y poso mis ojos grises en los marrones de la bruja que está frente a mi.
─Espere a ser atendido─ menciona con tanto hastío que no me cabe duda que lo debe decir una centena de veces al día.
─Buenos días, mi nombre es Draco Malfoy y me gustaría que me indicara donde puedo encontrar a Appius Bonnet─ Astoria está parada a mi lado y no necesito verla para saber que hay una sonrisa de orgullo en su rostro. Siempre consideró mi arrogancia y condenada superioridad una virtud. No puedo decir que disiento con ella, esas son cualidades positivas en cualquier sangre pura.
─¿Cómo dijo que es su nombre?─ el desinterés de la secretaria pasa a ser superpuesto por diligencia cuando suma dos más dos y concluye quién soy y cuán importante soy.
─Draco Malfoy, pero la paciente es mi mujer Astoria Malfoy─ la bruja se pone de pie a toda velocidad y murmurando que enseguida volverá se aleja del escritorio y en dirección a un largo pasillo de paredes blancas y suelo blanco.
El ambiente es el de todo hospital. Encandilante luz de los fluorescentes encendidos sobre nosotros, el olor a desinfectante mezclado con enfermedad, el ruido del ir y venir de la gente y el color blanco dominando por sobre cualquier otro. Es estéril y tétrico de la manera que sólo estar tan cerca de la muerte puede serlo. A favor de Tori debo decir que luce inmaculada con el pantalón rosado y la blusa blanca que lleva puesto. Su cabello brilla bajo las luces y lo mismo ocurre con sus hermosos ojos. Es, sin embargo, su sonrisa la que acapara toda la atención. Sintiéndose como se siente, estando en el lugar en el que está, mi mujer demuestra una predisposición que le hace frente a cualquier cosa.
─¿Cómo te sientes, Tori?─ le pregunto, aferrándome a su mano y dándole un apretón cariñoso.
─Estoy bien, mi amor─ responde dejando de lado cualquier aspereza que pudiera haber surgido de traerla hasta aquí a la fuerza.
─Señor Malfoy─ escucho una voz apareciendo del pasillo. ─Y señora Malfoy─ agrega Appius Bonnet. Lleva puesta la misma bata blanca que lucía cuando nos visitó en la mansión y sus ojos negros siguen igual de pequeños que siempre. ─Asumo que las pociones no han surtido efecto.
─Mi marido es un tanto exagerado, doctor─ explica Tori. No es cierto y ella lo sabe.
─Sigue con vómitos, está perdiendo peso y le cuesta mucho esfuerzo levantarse de la cama─ protesto, ignorando por completo la mueca de desaprobación en el rostro de Astoria.
Me pongo de pie, dejando la silla y el escritorio detrás. Tori sigue aferrada a mi mano y avanza a la misma velocidad que yo cuando me dirijo al médico. Mi otra mano extendida en una señal de saludo. El hombre la toma antes de depositar un beso cordial en la mejilla de mi mujer.
─Haber venido es la decisión correcta─ asegura el Sr. Bonnet, indicándonos que lo sigamos por el pasillo por el cual apareció.
Su consultorio es pequeño. Diplomas de todos los tamaños engalanan las paredes, mientras que pociones en frascos pequeños, altos, grandes y gordos son exhibidas a través del sucio vidrio de un amplio cabinete de madera oscura. El mobiliario de la habitación es escaso, con un escritorio, dos sillas para los pacientes y una para el Sr. Bonnet, hay una gastada camilla de cuero colorado y un dispositivo contra la pared que no estoy seguro que hace, pero si tuviera que aventurar una respuesta diría que es alguna especie de balanza.
No sé qué esperar cuando me siento con mi mujer, cada uno en una silla. No sé lo que imagino que puede tener, pero sé que nunca se me cruza por la cabeza que pueda ser algo grave. No, en lo más mínimo. Es una gripe, algún virus molesto que circulaba el aire de alguna tienda de ropa en la cual Tori pasó la tarde. Lo que sí imagino es que será algo rápido, en especial la visita. La recostará sobre la camilla, la revisará y la diagnosticará. Le dará la poción apropiada esta vez y volveré a ocuparme del torbellino de sentimientos que me recorren en el día a día y que tiene por norte a Hermione Granger.
No es como espero. El día se hace noche, Astoria es derivada a una habitación. Le dan ropa apropiada para acostarse y pasar el resto del día, porque necesitan hacer estudios. Appius Bonnet deja de ser el medimago a cargo para pasar a ser reemplazado por un staff de diez profesionales capaces de cubrir cada arista de la medicina mágica. A Tori no le dan una poción, sino diez, doce, para cuando toma la número quince dejo de llevar la cuenta. Yo dejo de tener permitido estar sentado al lado lado de ella. Mi mujer no está más consciente, pero aún así nadie parece hablarme. El decir que no entiendo qué está ocurriendo no comienza a explicar el estado de confusión en el cual me encuentro.
─Señorita─ pido de manera desesperada cuando veo salir a una de las enfermeras. Es joven, de cabello negro y lacio. Luce extenuada y con poca disposición para lidiar conmigo. ─Explíqueme qué está ocurriendo, por favor.
─El doctor estará saliendo en un momento para darle el parte─ responde antes de continuar con su camino.
El medimago a cargo es un anciano de quien sabe cuantos años. Luce encorvado y tiene una cantidad de arrugas en el rostro que le han deformado las expresiones. Sus ojos celestes se ocultan detrás de lentes de ver con grueso marco de plata. Lo único que sé es que se llama Aurelius y que es considerado una eminencia dentro del área de la salud.
─Sr. Malfoy.─ Aurelius ha salido de la sala donde se encuentra Tori y está parado frente a mi con mirada cansina y sudor humedeciéndole la frente.
─¿Cómo está mi mujer?─ pregunto con desesperación en la voz. La última vez que logré verla estaba acostada y totalmente inconsciente. No parecía Tori. Le faltaba la cálida sonrisa y el brillo en los ojos verdes que siempre me dicen que me aman.
─Déjeme decirle que hizo bien en traerla.─ eso no contesta mi pregunta. ─Sin embargo, no creo tener buenas noticias para darle.─ no entiendo. Estoy entumecido. Siento a mi cerebro apagarse, intentando evadirse de la situación y esperando que si no escucho lo que el hombre tiene para decir, no será cierto. ─Su mujer tiene la infección de Salem. Es una afección extraña y poco entendida.
─Nunca escuché hablar de la infección de Salem─ susurro.
─Surgió durante la época de los juicios de Salem en el siglo XVII.─ ¿Los muggles infectaron a mi mujer? ─Dicen los registros de aquella época que pusieron una mezcla de hierbas tóxicas en los pozos de agua y que acabaron matando a más muggles de lo que afectaron a brujas. Sin embargo, por alguna razón que desconocemos, se produjo una mutación en la genética de algunas de las brujas de la época y cada unos cuantos años, aún en la actualidad, sigue apareciendo.
─¿Le dará alguna poción?─ pregunto ajeno a la explicación que el hombre me está dando. No me interesa lo que tiene Tori, lo único que quiero es que la curen. ─¿O se puede curar con algún hechizo?
─Cómo le dije, Sr. Malfoy─ comienza Aurelius ─Es una afección poco común y en consecuencia no se ha podido estudiar como es apropiado.
─¿Qué quiere decir?─ pregunto, mientras me siento perder la paciencia. ─Estúdiela ahora si es lo que hace falta.
─Se han hecho tratamientos a los casos que han aparecido en el pasado, pero lamentablemente ninguno ha surtido efecto.─ ¿Por qué mierda no habla con palabras que uno entienda? ¿Qué quiere decir que no ha surtido efecto? ¿Qué está ocurriendo con Tori? Aún más, ¿Qué mierda ocurrirá con Tori?
─¿Qué ocurrió con esos casos?
─Las pacientes acabaron falleciendo.
-PERFIDIA-
Tres semanas. Mi mujer tiene tres semanas de vida.
El pasillo delante mío está oscuro como siempre. El olor a humedad parece ser más penetrante de lo normal, o tal vez soy yo, ha pasado un mes desde la última vez que me aventuré hasta su oficina. Mi memoria muscular, por su parte, sigue intacta. Mis piernas avanzan con la confianza de saber que por más que no soy capaz de ver en la oscuridad, no chocaré con nada.
No sé si estará. No sé si se habrá ido más temprano. Mierda, ni siquiera sé qué hora es en realidad. Es un instante en el que medito dar media vuelta y volver a la chimenea por la cual arribé. Un instante donde un amargo sentimiento dentro me dice que hacer lo que estoy haciendo me califica como la más grande mierda en el todo el continente Europeo. Quién sabe, tal vez la más grande mierda incluyendo el territorio americano también. Pero sé que no puedo, no me puedo alejar de ella y no quiero. Cada célula me está pidiendo a gritos sentir su calor y la suavidad de su piel. Por primera vez me doy cuenta que la extraño más de lo que la necesito. Termino tomando el picaporte y revelando el interior de la vieja oficina.
Me alivia verla allí sentada. Cabello revuelto, ojos marrones concentrados en el trabajo y mejillas rosadas. Su rostro se eleva de inmediato y su mirada se clava en la mía. No sé que destila. No sé si es felicidad o sorpresa o ambas cosas combinadas. Tal vez es aprehensión. Sé que si fuera yo, sentiría rencor por haberme tenido esperando hasta altas horas de la noche.
─Pensé que no vendrías─ susurra lentamente mientras se pone de pie. Sus labios resaltan con el tono rojo que eligió y combinan a la perfección con la blusa de seda verde que lleva puesta. Estoy esperando que agregue algo más, o tal vez es que me encuentro incapaz de moverme, pero no le digo nada, ni tampoco camino a separar la distancia. Para mi sorpresa la veo sonreír. Es una sonrisa pequeña y hasta un tanto tímida, pero está feliz de verme y eso significa la mismísima gloria para mí.
Es ella la que camina hasta donde me encuentro. Sus brazos son decididos cuando me rodean el cuello y sus labios son dominantes cuando se cierran alrededor de los míos.
Te extrañé. Te extrañé. Te extrañé. Por favor no me dejes solo.
Quiero decir cada una de esas palabras, pero no parecen nacer. Estoy entumecido y perdido dentro de mi propia mente. Estoy atiborrado de miedo y paralizado por una agresiva mezcla de ansiedad y pánico. Estoy destrozado en un millón de pedazos y es tal vez el pasar a ser consciente de ésto que me hace soltar mi primer sollozo. Luego otro y luego estoy enterrando mis rostro en el cuello de Hermione Granger y llorando como un maldito niño asustado.
─¿Draco?─ pregunta sorprendida por mi comportamiento.
─Es Astoria─ respondo, siendo consciente de eso puede significar un millón de cosas distintas. ─Está en Mungo's y parece ser que no saldrá─ tres semanas. Eso es lo que estiman. En tres semanas perderé a mi mujer.
─No entiendo─ la escucho decir con cautela. Sus brazos me están rodeando por la espalda, procurando consolarme como si mi vida dependiera de ello. ─¿Está enferma?
─La infección de Salem.
Siento su cuerpo volverse rígido. Si tenía alguna esperanza. Algún pequeño sueño de que el diagnóstico no fuera tan grave. Que el viejo hijo de puta que salió a mirarme a la cara y decirme que voy a perder a mi mujer, está totalmente desquiciado y por eso me dijo lo que dijo. Cualquier vestigio de esperar poder salir de esa clínica con mi mujer de mi mano, sonriente y feliz se desvaneció con la reacción de Hermione Granger.
─Déjame que me comunique con algunas personas.─ suelta de modo exaltado. Su cuerpo se aleja de mí y en dirección a su bolso de mano el cual está tirado sobre el sillón. ─Me puedo contactar con los mejores profesionales. Si alguien la puede ayudar serán ellos.─ asiento lentamente. Es tarde, el reloj debe estar tocando la madrugada. No es hora de contactar a nadie y sé que si es ella la que escribe tendré a las más renombradas eminencias estudiando a mi mujer minutos después. ─Se pondrá bien, ya verás.
─Ven─ susurro con la voz ronca. Mi brazo está extendido, pidiéndole que me tome de la mano y no la suelte nunca más. La veo dudar entre seguir buscando el contacto de los profesionales a los cuales quiere alcanzar y dirigirse a mí una vez más. Elige lo segundo y estoy eternamente agradecido. Acabo atrayéndola contra mí y tomando su rostro entre mis manos. Está asustada, sus ojos marrones están asustados como lo están los grises míos, porque cualquiera de los dos está dispuesto a enfrentar las consecuencias de lo que hacemos antes de enfrentar perder a alguno de nuestros respectivos cónyuges. ─Mañana─ pido antes de depositar un suave beso en los labios. ─Pero esta noche no me dejes solo, mi amor.
