N/A: ¡Buenas!
¿Cómo las trata la vida?
Espero que todo excelente.
Vengo en este bello Jueves (son pasadas las 12 acá en Argentina) a dejarles un nuevo capítulo de Perfidia. Lamento la demora, pero la mayoría debe saber que estoy tapada de finales y que soy una nerd así que vivo estudiando. No sólo eso sino que tengo que devolverle la traducción corregida a Sandra de su historia Hunted (Para quienes no la han leído es una traducción de un fic de Bex-Chan así que tienen garantizado que será excelente). En fin, cosillas para hacer. Pero acá está el cap.
Quiero AGRADECERLES. Ya en verdad no estoy segura como poner en palabras toda la gratitud que siento hacia ustedes. Me hacen reir, soltar carcajadas (en especial vos Luna que estás hiper del tomate en el buen sentido), me emocionan, me han piantado algún que otro lagrimón, me hacen chillar de la alegría (en especial vos Dani aka dianetonks con tus portadas magistrales), en fin, me alegran la vida. Así que gracias y si puedo pedir un favor sigan haciendolo. Siganme regalando sus opiniones, sus pensamientos, su buena onda, su apoyo, todo! No se dan una idea cuanto me hacen meterle para adelante.
Ahora si, sin más que decir, les dejo el capítulo doce de Perfidia.
Cariños,
Albertina
PERFIDIA
CAPÍTULO DOCE
Puedo sentir el olor a muerte.
St. Mungo's es un poster de clínica. Envuelta en los fluorescentes blancos de techo, con paredes pálidas y angustiadas, olor a desinfectante en el ambiente y esa pizca de angustia que está presente de manera perpetua en su atmósfera. En cualquier clínica la esencia es la misma y me angustia saber que aquí es donde venimos a morir. Por todo el hablar de vivir la vida al máximo, nos vamos en uno de los más patéticos e insípidos de los ambientes.
Puertas afuera el día está gris, con una gruesa capa de nubes que amenazan con romper en la tormenta del siglo en cualquier instante. Mierda, hay veces que parece que la naturaleza se encuentra en sincronía con la vida, con el estado de ánimo y sobre todo con el estado mental. Mi cabeza es una tormenta, es oscuridad y lluvia. Es angustia y desesperación en su máxima expresión, pero no se trata de mí, así que lo escondo detrás de un semblante determinado.
A diferencia de la primera vez que vinimos con Tori a que la atendieran, no me detengo en los escritorios de recepción. En cambio encaro por el largo pasillo que lleva a la zona de internación. Siento la mirada de las personas que me cruzo clavarse en mí. Me miran con cierta pena y con cierto compadecimiento. No surge de una posición de superioridad, sino de una posición de entendimiento. Todos los que aquí estamos, nos estamos muriendo por aquellos que estamos perdiendo.
─Disculpe ─interrumpo a una medimaga avanzando a toda velocidad. ─Soy Draco Malfoy, marido de Astoria Malfoy. ─esta vez es ella la que me interrumpe.
─Por supuesto, señor Malfoy ─comienza. ─Estoy enterada de la situación de su mujer. ¿En qué lo puedo ayudar?
─¿Puedo pasar a verla?
─Le hemos habilitado la cama de al lado para usted. ─la influencia tomando forma. ─Puede pasar a verla cuanto desee, pero en este momento los médicos la tienen sedada por el tratamiento.
─¿Cuál tratamiento? ─pregunto confundido.
─Están intentando un tratamiento un tanto agresivo. Se probó en una paciente años atrás y fue la vez que más cerca se ha estado de vencer la enfermedad que presenta su mujer. ─la miro desconcertado, porque todo este ambiente me supera. ─Cada integrante del personal médico de esta clínica está a disposición de su mujer y estamos haciendo todo lo que podemos para curarla.
Asiento de manera desorientada y estoy seguro que la medimaga lo nota. Su rostro es tan falso como el mío. Se muestra servicial y optimista, pero lo puedo ver en sus ojos, puedo ver la desesperanza. Está segura que Tori no va a lograr salir adelante y no puedo enojarme con ella, porque las estadísticas están todas y cada de una de ellas en nuestra contra. Acepto cuando me sugiere que la siga hasta la habitación en la cual está Astoria. Es individual, con dos camas, una vieja silla de cuero marrón, una mesa de luz y una cómoda para que guarden las cosas los pobres condenados que se encuentran forzados a hacer de una clínica su residencia.
En la cama de la derecha está ubicada mi mujer. Está tan reconocible como irreconocible y puedo sentir el sabor amargo que sube por mi garganta y amenaza con tenerme doblándome hacia delante y vomitando toda la miseria que tengo dentro. No lo hago, aguanto, porque si ella está aguantando de la manera en que lo está haciendo es lo mínimo que le debo. Su rostro está tranquilo, sus ojos están cerrados y sus brazos descansan de manera relajada a cada lado de ella. Me doy cuenta que si alguien me dijera que está muerta no sería una sorpresa, porque nada en ella parece vivo. Son los pequeños detalles los que me rompen por dentro como si hubieran plantando la más agresivas de las bombas en mi interior y hubieran apretado el detonador. Su cabello está grasiento y desprolijo, ya no queda una pizca de maquillaje, se ven las marcas cansadas en los pequeños recovecos de sus expresiones y su piel brilla transpirada y sucia. Es mi mujer tanto como no lo es y siento la necesidad de arrodillarme a su lado y rogarle que se despierte, que se ponga bien y que por Merlín espere a que me muera yo primero porque no quiero vivir en un mundo donde la gente como ella acaban perdiendo la vida y las escorias como yo tenemos un futuro por delante.
Acabo dejando el pequeño bolso de mano sobre la cómoda y luego camino hasta sentarme en la silla de cuero marrón al lado de ella. No sé dónde tocarla, no sé si puedo rozarla sin romperla, no sé si puedo respirar cerca suyo sin dañarla, simplemente no sé así que me quedo aquí sentado de manera rígida y con mis ojos grises clavados en los párpados cerrados suyos. Puedo sentir los minutos escabulléndose sin que logre registrarlos y para este entonces ya no sé si es pasado el mediodía, si está por anochecer o si hace menos de una hora que llegué.
─¡Draco! ─escucho exclamar desde la puerta.
La veo a mi cuñada parada en el umbral de la misma y por un segundo creo que es Tori. No son tan parecidas como uno puede ver a algunas hermanas serlo, pero en la esencia, en los pequeños rasgos, son idénticas. Me puedo sentir al borde de romper en llanto, pero no lo voy a permitir, así que limpio mi garganta y me dispongo a ponerme de pie.
─Daphne, es bueno verte.
Corre a abrazarme con la familiaridad de alguien que te conoce desde niño y que nunca compró el papel de magnánimo que siempre se me quiso adjudicar, en especial en aquellos tiempos donde todos los de verde reinábamos los pasillos del viejo castillo en el que perdimos la inocencia. Le devuelvo el gesto y es cuando me roba el asiento y se ubica ella al lado de su hermana que me doy cuenta que Hermione le debe haber avisado.
─No entiendo qué está ocurriendo ─confiesa con un susurro.
─Tu hermana se está muriendo, Daphne ─respondo sin tapujos. ─Y no hay nada que podamos hacer al respecto.
Me mira con resentimiento y la juzgo tanto como la comprendo. ¿Quién mierda se cree que es para resentirme en éste momento? Si alguien se está quebrando en un millón de pedazos soy yo. La dejo igualmente, la dejo mirarme con resentimiento, la dejo juzgarme y odiarme tanto como lo necesite, porque por dentro sé que voy a estar haciendo lo mismo en muy poco tiempo.
Así como noto que Daphne ha llegado primero, noto como su marido no está en ningún lugar cercano. Son los pequeños regalos de la vida, porque no tengo el estado mental para lidiar con un hijo de puta como es ese mago. Lo que sí recibo con los brazos abierto es la bienvenida de mis suegros. Son del estirpe de sangre pura y en consecuencia actúan como tal. Se los ve enteros, poco afectados y levemente interesados. Mi suegra me da un beso en cada mejilla y me saluda como si acabara de recibirme en su casa para una cena de domingo. Mi suegro, por su parte, me estrecha la mano de manera firme, como un hombre de verdad debe hacerlo. ¿No es eso lo que dicen? Puedes medir la virilidad de un hombre por cómo aprieta la mano de otro hombre. Si a mi me preguntan lo único que puedes medir por cómo aprietas la mano de otro hombre es cuánto disfrutas jugar para el mismo equipo de quidditch que ellos.
Los segundos se sienten como minutos, que enseguida se convierten en horas, pero son sólo eso, segundos. Me doy cuenta que estoy parado en el mismo lugar desde que arribaron mis suegros. Cada uno de ellos rodea a Astoria en la cama, Daphne está sentada a su lado, sosteniendole la mano, mi suegro está parado del otro lado, brazos cruzados y expresión neutra, mi suegra, por su parte está sentada al pie de la cama con su mano izquierda tomando el tobillo de Tori por sobre la mantas en un gesto que estimo debe ser cariñoso. Soy su marido, pero igual me siento ajeno, como si estuviera espiando por el agujero de la cerradura en una puerta que no tengo permitido cruzar. Estoy al borde de retirarme cuando siento dos suaves golpes en la puerta.
Es ella…
Hermione Granger está parada en la puerta de la habitación donde está internada mi mujer. Luce ropa cómoda y absurdamente muggle. Su cabello está atado pero puedo ver el desastre de rulos que cae por detrás de su nuca. Quiero correr a abrazarla, quiero pedirle que me saque de aquí y me lleve a un lugar donde me olvide de toda esta mierda, quiero decirle que la amo y que por favor me diga las palabras de una vez por todas. Tuve razón todo este tiempo, es amor, ¿Entonces por qué no lo pone en palabras?
─Disculpen la intrusión ─ susurra ─¿Malfoy, puede ser un segundo?
No volteo para ver la expresión en el rostro de la gente presente detrás mío. Sé que no se debe tanto a no querer saber cómo están interpretando que heroína de guerra, Hermione Granger, esté en la habitación de Astoria solicitando conversar conmigo, sino que puedo sentir el pánico de que descubran en mis líneas de expresión mi devoción por ella. En cambio asiento y comienzo a encarar fuera de la habitación con ella liderando el camino. Sale por el pasillo desierto y entra dos habitaciones más lejos de donde se encuentra Tori. El ambiente está totalmente vacío y agradezco la privacidad.
─¿Cómo estás? ─pregunta. ─¿Cómo está Astoria?
─Ninguno de los dos bien, pero ya sabemos quien en verdad puede decir que está mal ─respondo rápidamente. No tenemos derecho a quejarnos ella y yo, tenemos demasiada suerte para ser semejante par de hijos de puta.
─Esto es tuyo ─dice lentamente.
Por primera vez noto el bolso de mano que está sosteniendo. Lo reconozco como mío, es de cuero negro, pequeño y adornado con apliques de oro. Es extravagante y asquerosamente caro. Que ironía, forrado de oro desde pequeño y aún así incapaz de salvar a mi mujer. Fuerzo una pequeña sonrisa y tomo el bolso con mi mano derecha.
─Ya la avisé a la familia de Astoria, pero visto que todos están en su habitación ya estabas enterado ─comenta. ─Le avisé también a tus amigos o a quienes consideré que podían ser tus amigos.
─¿Como por ejemplo?
─Theodore Nott y Pansy Parkinson ─responde sin demorarse un segundo. ─Vinieron conmigo dos de los mejores especialistas que tiene el mundo mágico. Se están interiorizando de la situación de tu mujer con Aurelius, ya los verás.
─Dijeron que la están sometiendo a un tratamiento agresivo ─murmuro mientras mi mano libre recorre mi desaliñado cabello platino.
─Confía ─son sus únicas palabras. Hermione Granger está carente de palabras que decirme y no la puedo culpar.
─Gracias por todo.
Espero que me reponda sin dar vueltas, pero no dice nada y en sus ojos hay una tormenta. Está nerviosa porque por fin hay nudos a la vista de todos que nos mantienen unidos. Hermione Granger asistiendo a Draco Malfoy en el peor de mis momentos. El río está sonando y hay mucha gente interesada en escuchar. El conflicto surge en no querer dejar ir, en no querer soltar, porque hay amor de por medio y nada duele más en esta miserable vida que ver a aquellos que amamos sufriendo. Si es amor, si es de verdad, no dudas un segundo en hacer cualquier cosa para alivianar la carga. La veo dudar, pero eventualmente extiende su mano hacia delante, cerrándola alrededor de la mía en un gesto de apoyo. Le digo lo único que sé como decirle, porque es lo más claro en toda mi vida.
─Te amo. ─no me sorprendo cuando no me responde que ella también.
─Están amigos tuyos en la sala de espera de la entrada. ─asiento y comienzo a dar media vuelta para salir de allí. ─Cuando me necesites, estoy.
─Tengo que salir de aquí, porque no creo que aguante demasiado sin besarte. ─es la verdad y no tengo nada más para decirle.
Salgo a toda velocidad y me detengo en la habitación de Astoria únicamente para dejar el bolso de mano sobre la cama disponible. No veo si Hermione salió detrás mío, pero conociendola debe haber tomado una ruta alternativa, en especial si como ha dicho están quienes he sabido llamar mis amigos esperando en la entrada.
No sé si han venido por mí o tal vez si sé pero pretendo que no es el caso para no enfrentar la realidad. No hace mucho le confesé a mi mujer que estaba solo y aun lo mantengo. Pansy, Theo, Blaise, cualquiera de ellos que esté aquí no está por mí, está por Tori y bien merecido se lo tiene, porque a diferencia mía ella sí es una buena persona.
Estoy abriendo la puerta del pasillo que da al hall de entrada y en el instante que veo la claridad filtrarse por las puertas de ingreso al edificio, me encuentro rodeado por un par de insistentes brazos. Devuelvo el gesto porque se siente bien y porque aun anhelo el contacto físico que tuve que contener debido a la carátula de clandestina que tiene mi relación con Hermione Granger.
─Draco ─susurran en mi oído. ─Lo siento muchísimo.
Conozco esa voz aunque esté con los ojos vendados y en la otra punta de la habitación. Es grave y un tanto rasposa, en los recovecos de la misma se puede sentir la arrogancia de alguien quien siempre se creyó superior y que esa creencia fue avalada por el estirpe de su sangre. Es la voz de la chica a la cual le dí mi primer beso y con la que más peleas he tenido por problemas sentimentales. Pansy Parkinson supo ser mi mejor amiga desde mi infancia hasta que comenzó nuestra adultez. Ella tuvo que buscar un buen marido y convertirse en la ejemplar dama de una casa de alta clase, mientras yo me casé y mandé a todo el mundo a la mierda.
─Gracias por venir, Pans ─agradezco. ─Sé que a Tori le encantaría verte pero ahora está dormida.
Pansy se separa y posa sus enormes ojos negros directamente en los míos. Ya no luce como lo hacía cuando éramos pequeños, sus rasgos se han estilizado y ahora tiene una imagen de mujer aristocrática. No es su belleza lo que deslumbra, es la confianza que deposita en la misma. Dejo que mis ojos contemplen los de ella porque sé que no tengo opción de hacer algo diferente. Me sorprende verla un tanto confundida, como si fuera incapaz de entender lo que acabo de decirle.
─Cariño, siento mucho si esto que diré suena brusco, pero por tanto que quiera a Astoria eres tú al que vengo a ver.
Su delicada mano hace un ademán hasta mi cabello y se encarga de arreglarlo a la vez que lo hace sentir como un gesto de cariño. Pansy no ha sido madre aún, pero hace un tiempo que se comporta como si fuera una. Sus ojos negros dejan los míos por un momento hasta dirigirse a la puerta de entrada. No sé que está esperando, si es que alguien las atraviese pronto o si está siendo capaz de ver algo que yo aún no.
─Es Theodore ─explica. ─Vino conmigo pero está fuera consumiendo ese vicio muggle al que tanto cariño le ha tomado.
No sé a qué se refiere con el vicio muggle. No sé si Pansy lo sabe pero mi relación con Theo ya no es lo que era antes. Tal vez la mejor manera de definirlo sería diciendo que mi relación con Theo ya no es. Enseguida recuerdo que por supuesto que lo sabe, no hay nada que ocurra en la clase alta del mundo mágico de lo que Pansy no esté enterada.
─¿Cuánto te costó traerlo? ─pregunto.
─¿Es qué tengo que estar presente para que no peleen como un par de infantes caprichosos? ─pregunta molesta. ─Tú eres un maldito arrogante y el otro sufre de un severo complejo de inferioridad.
─El problema es que yo la vivo cagando y Theo no es bueno perdonando ─explico.
─Eso también. ─comparte. ─¡Theodore! ─exclama Pansy de manera autoritaria en el instante en el que Theo atraviesa las puertas de entrada.
Puedo ver la incomodidad en el rostro de Theo. Su altura se está viendo levemente diezmada por su postura encorvada, sus ojos esquivan los míos y sus rasgos aristocráticos están contraídos en disconfort. Igual avanza hacia nosotros y yo procuro no dejar que se note cuanto me duele no tenerlo más como amigo.
─¿Puedo pasar a ver a Daphne? ─pregunta Pansy. No está interesada en Daphne, sino en dejarnos solos por un rato.
─Sí, está con sus padres en la habitación. ─Pansy asiente antes de encarar hacia el pasillo que lleva al ala de internación.
El silencio abunda y lastima. Theo no dice nada y yo tampoco. Puedo sentir un olor peculiar en él, es fuerte y se cuela por las fosas nasales con violencia. Es desagradable y altamente no característico de nuestra clase. Sé que no es un perfume y sé que debe estar asociado al vicio del cual Pansy ha hablado. Así como soy cobarde me animo a mirarlo y sé que si no digo nada, él tampoco lo hará y todo esto será para la nada misma.
─Gracias por venir. ─comienzo. ─Torí estaría muy contenta de verte.
─Me escribió Hermione Granger. ─noto el tono de incredulidad en su voz. ─¿Por qué mierda está ella enterada de todo esto?
─Porque no se me ocurrió otra persona a la cual recurrir cuando me enteré lo de Astoria.
Esa fue la excusa que ella sugirió que usara. Le hago caso porque es brillante y porque sé que tiene las riendas de lo nuestro mucho más de lo que yo alguna vez las tuve. Es decidida, es inteligente, es precavida y sobre todo es la que más tiene para perder. No soy estúpido y sé lo que está arriesgando al ayudarme. No es por el lado de su marido que el interés puede elevarse, sino por mi lado. Los slytherin son slytherin desde los once años hasta que mueren.
─Eres una escoria, ¿Lo sabes? ─no quiero discutir con él así que asiento. ─Pero a pesar de toda la mierda siempre has sido más familia que cualquier familiar que me quede vivo.
─No te compré la compañía para cagarte ─confieso. ─No tenías manera de salvarla y si la compraba yo seguiría estando en tu control.
─¿De que mierda sirve el oro, Draco? ─pregunta sonando frustrado. ─Estamos cagados en oro, tapados hasta la sien pero cuando las cosas se ponen verdaderamente feas el oro de poco sirve.
No me cabe ninguna duda que sus palabras son ciertas. Puedo comprobarlo con mi realidad y con la enfermedad de Tori. Seguro que compra la atención de los mejores médicos, la mejor habitación y todas las comodidades accesibles, pero la muerte… a la muerte no se la puede comprar.
─Estoy hecho mierda. ─me toca confesar a mí.
─No sé qué lado ha visto esta mujer en tí ─comienza ignorandome. ─pero debes tener algún lado angelical o alguna mierda así porque Astoria te ama como no he visto a otra mujer amar.
─Es su inocencia ─suelto sin pensar.
─¿Me querés contestar por qué fue Granger la que me contactó? ─pregunta y sé perfectamente por qué lo está haciendo.
Peleas o no de lado, odio, bronca, insultos, rechazo, no importa lo que esté presente entre los dos Theo es más mi familia que los hijos de puta de mis padres. Es tan familia como mi mujer, aunque tal vez más, porque está a mi lado desde que era el rey de nuestro mundo y aún cuando caí en desgracia. Nada que le diga usará en mi contra, todo lo contrario el muy maldito es capaz de dar la vida con tal de protegerme. No exagero porque sé que yo haría lo mismo.
─Por qué es mi amante ─susurro.
─¿Hace cuanto? ─pregunta sin juzgarme y sin sonar sorprendido.
─Poco más de un año.
─De todas las brujas del mundo tú vas y te eliges a Hermione Granger. ─hay cierto entretenimiento y sonrío por la ironía de la cuestión. ─¿Has pensado en dejarla? ─esta vez río. Una genuina carcajada.
─¿Dejarla? ─pregunto. ─Estoy jodido como en mi puta vida lo he estado. ─la sonrisa se convirtió en un gesto mucho más sufrido. ─No podría dejarla ni aunque quisiera. Estoy más enamorado que un adolescente hormonal. Todo esto mientras mi mujer se está muriendo y ella juega a ser la esposa ejemplar con el infradotado de Ronald Weasley. Así que dejarla, no Theo, no es una opción.
