N/A: ¡Buenas!
¿Qué tal tanto tiempo? Espero que todo de maravilla. Lamento mucho la repentina desaparición. Ocurrió una mezcla de falta de inspiración y vacaciones. En conclusión estaba peleada con la computadora. Pero bueno, cap 13 diciendo presente. Espero que les guste.
Quiero agradecerles inmesamente por todo el apoyo. Es el primer fic que escribo que alcanza los 300 comentarios. No es por el número, sino por el apoyo.
Este cap fue sacado lo más rápido posible por tres razones distintas: mi página lightfeatherxa fiction en Facebook llegó a los 200 likes, gané dos categorías en el concurso Amores Cortos de la página La Pluma de Rowling también en Facebook y estoy nominada en varias categorías en los Amortentia Awards. Así que todo junto consiguió que sacara este cap en medio de mis vacaciones.
Este capítulo va dedicado a todo el mundo que lee este fic, que lo disfruta y le gusta, pero en especial a Sophi y a Lu, quienes me dan un apoyo que excede lo humanamente posible.
Les dejo un beso enorme y les deseo un maravilloso 2018
PERFIDIA
CAPÍTULO TRECE
La casa de sus padres está iluminada, completamente iluminada. Las ventanas que dan al jardin frontal están abiertas de par en par y las cortinas blancas flotan en el aire como globos de la más fina tela. La temperatura por fin ha comenzado a subir y los insectos cantando en la noche nos lo hacen saber. Hermione me avisó más temprano que viniera a encontrarla aquí. Esta casa es nuestro hogar lejos del mundo, es donde el secreto está escondido en la vidriera principal.
─Hola ─saludo.
Mis largas piernas avanzan por la sala y en dirección a la cocina. No imagino que esté ahí, porque si lo estuviera estaría la radio muggle sonando. Igual reviso, porque las luces están prendidas e imagino que puede estar cocinando y perdida en sus propios pensamientos. Cuando volteo y miro descubro que allí no está. El baño en la planta baja tiene las luces apagadas. Sólo queda subir la escalera y continuar explorando.
Mi primera reacción es acceder a su dormitorio, aquel que luce igual que lo hizo cuando ella tenía quince años. Está tan vacío como parece estarlo el resto de la propiedad. Por momentos no la entiendo, lo nuestro es complicado, lo nuestro es un embrollo de aquellos que ni siquiera con paciencia y buena predisposición uno es capaz de desanudar. Inhalo de manera profunda y me dirijo al dormitorio que solía ser utilizado por sus padres, antes de que olvidaran que tenían una hija y antes de que lograran recordar, pero aún así elijan ignorarla.
El ambiente está oscuro exceptuando por la pequeña luz de noche enchufada en el aplique correspondiente a la mesa de noche del lado derecho. Pequeños motivos de cuerpos celestiales dan un aire infantil al lugar y sé que algo no está bien. Esas cosas las hacemos cuando estamos enterrados en mierda hasta el cuello y queremos refugiarnos en las cosas que nos remontan a un tiempo donde todo era más fácil.
─Me encontraste ─susurra.
Está sentada en el suelo, con las rodillas pegadas a su pecho y rodeadas por sus brazos. Su rostro está empapado y su maquillaje corrido. Está llorando por algún motivo, mientras que su cabello la envuelve con un caos que encaja perfectamente la descripción de quienes somos y qué tenemos. Me quedo quieto mirándola, confundido y ajeno a que mierda está ocurriendo. Ella no suele llorar, no frente a mí, ni siquiera cuando todo está alineado para que sea más que justificado. ¿A quién mierda quiero engañar? El que más suele llorar de los dos soy yo. Ella es la fuerte, yo soy el débil y el cobarde.
─¿Qué ocurrió?
La pregunta sale cargada de cierto miedo. Sus lágrimas pueden estar asociadas a nosotros. Sus lagrimas pueden estar asociadas a mi completa implosión. Con Astoria internada, con mi mujer mal y arruinada no puedo enfrentar que ella elija dejarme. No soy suyo para empezar, ni ella mía, pero mierda si no se siente como si su puño me apretara de pies a cabezas.
─Lo dejé. ─ me mantengo estático. ─Dejé a Ron, no puedo estar con él. No quiero estar con él, quiero estar contigo, Draco.
Asiento una vez, dos veces, tres veces y luego me doy cuenta que lo estoy haciendo aún cuando pretendo detenerme. No estoy pudiendo procesar sus palabras, porque nunca creí que ocurriría. Lo hemos dicho, tiempo tras tiempo, no vamos a dejar a nuestros respectivos cónyuges, pero acá estamos. Yo al borde de ser viudo y ella separándose de la comadreja colorada. No sonrío, no me muevo, no le digo nada. No lo hago por varios segundos, hasta que mis piernas por fin responden y me llevan al lado opuesto de la planta alta, donde un amplio baño se encuentra.
Respiro hondo como si fuera una maldita mujer al borde de dar a luz. Inhalo, exhalo, inhalo, exhalo. Abro el agua de la ducha y la dejo correr hasta que regulo la temperatura perfecta y sin más preámbulo avanzo hasta la otra punta del lugar, donde ella está hecho un bollo en el suelo. Al carajo las lágrimas y la angustia. Al carajo la discreción y la prohibición. La ayudo a ponerse de pie y sin nada que decir le estoy devorando la boca con la desesperación de un hombre que vive con la creencia de que perderá a la mujer que le vuela la cabeza todos los días.
─Te amo y eres mía.
─Y tú eres mío. ─asiento con vehemencia.
Soy de ella desde el momento en que mencionó que estaba teniendo problemas con su marido. Desde que me miró por primera vez como si no fuera un enemigo. Soy de ella completa y eternamente desde aquel instante y a la mierda con todo lo demás. Mis besos se lo hacen saber y sus gemidos me confirman que el sentimiento es mutuo. Es su manera de decir te amo, cuando claramente las palabras textuales le son tan esquivas.
─Fóllame como lo hacíamos al principio ─susurra. ─Cuando todo empezó.
Sonrío como un verdadero hijo de puta. Un muy arrogante y soberbio hijo de puta mientras la tomo de la muñeca y en pocas grandes zancadas la tengo ingresando al baño. La luz está apagada, es sólo la del pequeño pasillo que separa las habitaciones del mismo la que ilumina el ambiente. Ella entiende a donde estamos yendo y se quita la ropa tan rápido como es posible. La imito, me quito cada pedazo de tela prohibiendome sentirla en cada rincón de mi piel y entre torpes movimientos le estoy mordiendo su seno izquierdo bajo la tibia lluvia.
Sus dedos se están enterrando en mi pelo, sus uñas se están haciendo hogar debajo de mi cuero cabelludo y sus gemidos me están envolviendo los sentidos. Es el sentir las rosadas aureolas de sus pechos volverse rígidas lo que me tiene duro como una maldita piedra. Ella pidió que la folle como antes, como cuando la lujuria tenía todo el maso de cartas y era la encargada de dictar las reglas. La tomo por debajo de las rodillas en un instante y la aplasto contra la pared con la furia de un hombre siendo víctima de su libido.
─No vas a volver con él ─suelto luego de cada mordisco en su cuello. ─No, ahora vas a estar conmigo. Vamos a hacer esto todos los días sin deberle explicaciones a nadie.
Ella asiente mientras un gemido se cuela por entre sus labios. Siento sus manos dejar mi cabello y emprender camino hacia abajo, hasta encontrar mi erección chocando contra su abdomen. Su puño se cierra con decisión alrededor de la misma y con firmes movimientos hacia arriba y hacia abajo, el que está gimiendo como un maldito felino en celo soy yo.
Al principio era así. Al principio era descubrir con las manos, con la boca, con los ojos. Al principio era encontrar el camino en un mapa ajeno y complejo. Era descubrir qué botones apretar para conseguir las respuestas deseadas. Era conocer cada rincón recóndito del cuerpo ajeno y mierda si nos tomamos el tiempo de descubrirlos. Guío mis manos hacia su trasero antes de tomarlo con fuerza del mismo. Es sólo mi mano derecha la que sigue indagando y encuentra el punto en el mismo que con paciencia y ganas nos hará perder la cabeza. Tan sólo un digito es suficiente, un dígito marcando el contorno del mismo, un dígito adentrándose y volviendo el lugar apto para que exploten los sentidos de aquella manera que poca gente consigue explotarlos.
El movimiento de su puño se acelera con cada segundo y sin darme cuenta estoy más cerca de estallar sobre su abdomen que follarla duro contra la pared. La suelto, deposito sus pies sobre la empapada superficie de la ducha y la volteo con fuerza antes de que pueda preguntar por qué la detuve. Su cabello está empapado, cayendo contra su espalda y dejando una eterna fila de gotas caer sin cesar. Sus piernas brillan con el reflejo de la luz del pasillo chocando contra la humedad y la redondez de su trasero parece haber sido diseñada para volverme el hombre más sucio del planeta.
No lo dudo, separo el mismo y lentamente me estoy adentrando en ella. El movimiento lento, pero eficaz. Su gemido letárgico se asemeja en demasía al mío y son solamente mitigados por el chocar de la lluvia contra el piso de la ducha. No hay calidez, estrechez o sensación que se le asemeje y así como cada vez que ocurre, confirmo que follarme a Hermione Granger por el trasero debe ser lo más parecido a la gloria en la tierra.
Estoy al borde mucho antes de lo que esperaba y me da verguenza admitir que no sé si duraré la mitad de lo que comúnmente lo hago.
─Promételo. Promete que encontrarás trescientas sesenta y cinco maneras de follarme. Una por cada día del año hasta que alguno de los dos deje este maldito lugar. ─asiento, por más que ella no me vea.
─Y luego prometo encontrar infinitas maneras de hacerlo, para pasar nuestro tiempo cuando estemos ardiendo en el infierno.
Hermione gime de manera necesitada, mientras sus movimientos hacia atrás me encuentran a mitad de camino. La vista es pecado puro, su trasero elevado en el aire, mis embestidas chocando con las suyas, mis gruñidos y sus gemidos… Lo siento. Siento que voy acabar como un condenado pre puberto que acaba de descubrir cómo se siente meterla dentro de algo húmedo, cálido y estrecho por primera vez.
─¡Draco! ─el grito de Pansy me descoloca.
No logro comprender como llegó hasta aquí, a la casa de los padres de Hermione. No quiero parar y ella tampoco. La siento enterrarme dentro de ella mientras la voz de Pansy vuelve a sonar. Miro en la oscuridad de la ducha, pero no la veo.
─¡Draco, reacciona!
No está en la ducha, ni en la casa de Hermione. Está en la clínica, justo entre mi cama y aquella en la que reside mi mujer. Mujer que está siendo rodeada por más medimagos de lo que he visto jamás. Algo está ocurriendo y el sueño, combinado con la excitación, me tienen luchando por descubrir qué es.
─Draco, necesito que despiertes, vamos.
Lo hago, despierto y me siento en la cama tan rápido como mis perezosos reflejos me lo permiten. Quiero pedirle explicaciones a Pansy, pero las contraídas líneas de su rostro lo dicen todo. Algo está mal. Algo está mal con Astoria, algo estaba mal con Astoria mientras yo soñaba follarme a Hermione Granger por el culo como un par de adolescentes desenfrenados.
─¿Tori? ─pregunto. ─¿Qué le está ocurriendo a Tori?
─Retírense, por favor.
El pedido de una joven medimaga es tan insistente como puede serlo y Pansy me está arrastrando fuera de la habitación, más rápido de lo que soy capaz de entender. El fluorescente del pasillo me encandila tan velozmente como su brillo alcanza mis retinas y son segundos en los que veo todo negro. El color encaja perfectamente con lo que está ocurriendo. Todo parece haberse vuelto negro más rápido de lo que creí.
─¿Pansy? ─pregunto, buscando respuestas.
─No lo sé, Draco ─susurra de una manera poco característica. Está asustada. Pansy Parkinson no se asusta. ─Estaba leyendo Bruja del Corazón, viéndote a ti y a Tori descansar cuando Astoria comenzó a sacudirse. Al principio era lento, apenas notable, pero enseguida se volvieron movimientos bruscos y violentos. Grité y enseguida vinieron.
─Se va a poner bien.
─No lo sé…
Siento a Pansy inhalar de manera profunda a mi lado e instantes después una fuerte luz azulada está llenando el pasillo de la clínica. Tiene la forma de una boa pitón delicada y majestuosa y es el animal que engalana el patronus de Pansy.
─Astoria está mal. Ven.
Por más que no lo dice en voz alta, sé que el mensaje es para Theo. Dejo mi peso caer contra la pared detrás mío antes de cerrar los ojos e intentar abstraerme de lo que está ocurriendo. Quiero llorar, quiero gritar, quiero arrastrarme por el suelo y quiero romper a patadas cuanto objeto me cruce en esta maldita clínica. Quiero agarrar a los medimagos del cuello y estrujarlos hasta que salven a mi mujer, quiero susurrar a la impunidad del viento que la muerte se la lleve de una vez. Quiero escribirle a Hermione Granger y pedirle que venga a sostenerme la mano como el niño asustado que soy, quiero escribirle a mis padres y maldecirlos por haberme dejado solo. Quiero escribirle a mi madre y decirle que la resiento por haber arreglado mi matrimonio con Astoria, quiero escribirle a mi padre y decirle que lo único bueno que hizo en su vida fue dejar entrar esta mujer en la mía. Quiero agradecerle a la vida por poner a Astoria a mi lado, quiero maldecir a la vida por haber puesto a Astoria a mi lado. Quiero gritar con furia que Lord Voldermort me cagó la vida, quiero susurrar entre sollozos que mi arrogancia no me permitió ser feliz. Quiero confesar que estoy aterrado y que soy demasiado débil para enfrentar lo que estoy viviendo. Quiero cerrar los ojos y pretender que soy feliz. Quiero subir hasta la terraza de esta tétrica clínica y saltar, quiero correr por la puerta principal y seguir corriendo hasta que la vida me haya pasado. Quiero las respuestas a preguntas que todavía no he formulado. Quiero aprobar un examen para el cual no he estudiado. Quiero ser condenadamente feliz, ¿Es en verdad tanto pedir?
─¿Se va a morir, verdad?
─Eso no lo sabemos.
─Jamás se te dio bien ignorar los factos ─murmuro con resentimiento.
─Y a ti siempre se te dio bien hacerla sentir mal. ─es la voz de Theo.
─No puedo discutir con eso ─coincido.
Theo está a mi lado en el patético pasillo. Su expresión estoica y seria a mi lado, sus brazos cruzados y las líneas de su rostro rígidas. Es el brillo en sus ojos el que me dice que está preocupado. No me toca, no me abraza, no dice nada, pero no necesita hacerlo, porque sé que está conmigo más de lo que cualquier persona puede estarlo.
─Draco no me hace sentir mal. ─se acuerda de refutar Pansy.
Todos los presentes sabemos que es mentira. Desde que tenemos once años que hago y deshago con Pansy a gusto y antojo. Muchos me han catalogado de su debilidad, pero ella nunca fue la mía. Nunca creí que tenía una hasta que conocí un lado de Hermione Granger que no había conocido jamás. Ahora sé que es ella. Ella y nadie más.
La puerta de la habitación se abre antes de poder decir algo y el rostro del anciano medimago lo dice todo. Hay algo en mí que se rompe. Es algo pequeño, pero algo clave para mi existir. Es un pequeño pedazo del vidrio que mantiene toda la miseria alejada. Se rompe lo suficiente que todo comienza a llenarme. La soledad, la bronca, la angustia, la ira, el resentimiento, el miedo. Todo, absolutamente todo lo asqueroso de ser humano me ataca como el más violento de los parásitos y la vida deja de tener sentido. Hay sólo una luz dentro, una luz tenue y lejana pero allí está.
─Lo sentimos mucho, señor Malfoy.
Asiento como un condenado hijo de puta al cual le acaban de decir que se agotaron las entradas para un partido de quidditch. Soy una lacra que ni a su propia mujer puede llorar. Es sólo Pansy la que limpia su garganta con un leve carraspear y así es como sé que está aguantando las lágrimas. Theo sigue intacto, como si nada hubiera ocurrido. Los medimagos comienzan a abandonar la habitación uno a uno, hasta que la última posa sus ojos en mí. Es delgada y bajita, con nariz prominente y ojos verdes. Luce conmovida de la manera que uno se siente cuando de manera repentina adquiere perspectiva.
─Puede pasar si así lo desea, señor Malfoy.
Vuelvo a asentir con la misma distancia que alguien carente de emociones puede hacerlo. Quiero pasar a verla. Espero que al menos Pansy entre conmigo, pero la escucho murmurar algo de Daphne y sus padres así que estoy en esa condenada habitación de hospital sólo. Yo soy el único ser vivo en ella, mientras que sobre una de las camas descansa lo que solía ser mi mujer y ahora es… algo.
Está pálida, desprolija, rígida y… muerta. Mi mujer está muerta. Astoria entró a Mungo's caminando a mi lado, rezongando que no tenía sentido visitar al médico porque ella estaba bien. No llegué a decirle que la amaba, no llegué a decirle que fue lo mejor que me pasó en la vida, no llegué a decirle gracias. Gracias por salvarme, gracias por aguantarme, gracias por creer en mí, gracias por querer formar una familia conmigo, gracias por protegerme, gracias por creer que soy mejor persona de lo que en verdad soy. Gracias por ser mi compañera de vida, mi mujer, mi primer amor. Lo peor de todo sin embargo, es no haber podido pedir perdón. Perdón por engañarte, perdón por dejar de amarte, perdón por no querer formar una familia contigo, perdón por cagarte la vida, perdón por hacerte perder el tiempo, perdón por no ser lo suficientemente bueno para ti. Perdón por todo.
Gracias y perdón, Tori.
─Draco…
El susurro es de Daphne. Está en el umbral de la puerta con lágrimas rodando por sus mejillas, la piel pálida como un pedazo de pergamino seco y los labios temblando como si estuviera cayendo la más fría de las heladas. No digo nada, ni siquiera me detengo a abrazarla. Paso a su lado y fuera de la habitación. En el pasillo no hay nadie excepto Theo, quien sigue con los brazos cruzados y su cuerpo cayendo contra la pared. Está serio y no se toma ni un segundo en decirme cuanto siente que de pronto sea viudo.
─Está en Kent. Ve cuando quieras.
Sus palabras me toman por sorpresa y sé que mis ojos grises deben reflejar la sorpresa de escucharlo mencionar ese maldito condado. Ashford es el lugar y no tardo un segundo en correr a ella como la más desagradable de las lacras. Mi mujer acaba de morir y yo estoy yendo a encontrarme con mi amante sin siquiera llorarla.
─Gracias.
Es lo único que digo e instantes después estoy avanzando hacia las chimeneas de salida. Tomo un puñado del polvo flu a disposición y menciono la casa de sus padres. No sé si alguien me ve y por primera vez no me importa. No le debo explicaciones a nadie y por más asquerosamente egoísta que sea, me rehúso a pasar el tiempo que me quede escondiéndome.
La sala de la casa de sus padres está a oscuras. La única luz viene de la planta alta y subo hacia allí más rápido de lo que parece ser humanamente posible. Está en su dormitorio, sentada sobre su cama mirando lo que aparenta ser un viejo álbum de fotos muggles. Ninguna se mueve, pero los colores son vibrantes y las sonrisas son amplias.
─Draco. ─comienza al verme. ─Me avisó Theodore.
─Yo le conté. ─me atajo, tomando culpa de mis acciones. ─Theo es una tumba.
En sus ojos marrones hay una batalla, entre reprocharme en este momento y dejarlo pasar. Por supuesto que elige dejarlo pasar, porque si bien los dos somos una mierda ella en verdad es pura moral la gran mayoría del tiempo. Irónico y ridículo, pero cien por ciento verdad.
Sus piernas están a la vista por la corta pollera negra que tiene puesta. Una rasgada remera de lo que parece ser una banda muggle se apega a sus senos y su cadera. En los pies tiene clásicas zapatillas rojas y su cabello está recogido en una desastrosa coleta. Estaba cumpliendo su rol de buena amiga, su rol de buena esposa y de bruja ejemplar. Me da asco pensarlo.
─Draco, me enteré.
─Déjalo ─pido.
─No.
─¡¿Para qué mierda quieres seguir con él?! ─pregunto con bronca. ─Eres miserable a su lado y no quiero pasar el resto de tiempo que nos queda así, escondiéndonos en esta condenada casa.
─Draco…
─Déjalo y cásate conmigo. ─suelto a toda velocidad. ─comencemos una familia, seamos felices de una buena vez.
─Draco…
En mi mano izquierda está presente el anillo de mi matrimonio con Astoria y lo quito tan rápido como lo noto. Tengo la tentación de tirarlo tan lejos como mi fuerza me lo permita, pero en cambio lo dejo sobre su colchón. Mis ojos grises vuelven a los marrones de ella, que están batiendo a duelo dos ideas completamente opuestas. No tengo nada a mi alcance, pero estoy tan decidido como se es humanamente posible. Así que lo hago, dejo caer una rodilla al suelo mientras apoyo mi codo en la otra.
─¿Hermione Granger, te casarías conmigo?
