N/A: ¡Buenas!
Chicas vengo a dejarles un nuevo capítulo de Perfidia.
En verdad he intentado subirlo tan pronto como me fue posible.
Quiero tomarme un momento para agradecerles infinitamente todo el apoyo, el interés, la buena onda, sus comentarios, sus opiniones, etc. GRACIAS.
Este capitulo va dirigido a Caro y a Luna por crear un grupo de WA titulado "Las Locas de Perfidia" y mandarme audios que me tenían sonriendo como una completa estúpida. Las quiero locas de mierda.
Por último les dejo un beso enorme y les mando muchos cariños,
Albertina
PERFIDIA
Capítulo Quince
La mansión se siente infinita.
Las cientos de hectáreas en las cuales se ubica mi propiedad fue apropiada por los originarios Malfoy. Cuenta la leyenda que siendo capaces de hacer magia y encontrando su situación amenazadora, se hicieron con una vasta cantidad de tierra sin nadie a la vista. El lugar rebosaba de verde y la planicie volvía el terreno óptimo para construir la más maravillosa de las mansiones. Eso tomó, una idea, miedo y mucho talento. Hoy en día, con siglos y siglos de guardias y antigua magia, mi hogar es una fortaleza impenetrable y aún conserva la sensación de no tener a nadie a la redonda. Es soledad pura.
Creciendo siempre me encontré con ruido. Los elfos hacían ruido, la cantidad de mortífagos reunidos de manera constante hacían ruido, las discusiones de mis padres hacían ruido… Luego crecí y llegó Astoria. Jamás hizo ruido, pero siempre empapó la propiedad de la más cálidas de las presencias. Su aroma se siente en todos lados, los pequeños detalles de su existir están en todos lados, pero la que no está más es ella. Su presencia, su persona, su suave risa, el repiqueteo de sus zapatos de taco alto, todo se ha ido.
Me dejo caer en el sofá. El ambiente es amplio, decorado en tonos neutros con resaltes de vivos verdes. Escucho el correr del agua en las fuentes que decoran los jardines, escucho el pasar de los segundos marcados por el reloj, escucho el latir de mi propio corazón y hasta el exhalar exagerado de cada respiración. Me escucho a mí y a nadie más que a mí, porque estoy solo. Ella, Hermione, la mujer que quiero tener a mi lado por lo que nos queda de vida ya no ocupa el lugar que solía ocupar. No quiero vivir más así, no quiero pasar momentos maravillosos a su lado para volver a esta misma mansión a escuchar el exhalar de cada respiración.
No podría precisar donde se encuentra. No sé si está en su casa, con su marido, jugando a ser la perfecta esposa. No sé si está en la casa de sus padres, enojada y refunfuñando porque por primera vez no pudo hacer conmigo lo que desea. Tal vez y sólo tal vez, aún sigue parada bajo la noche de Ashford, con los coloridos banderines descansando sobre su cabeza, esperando que vuelva a salir el sol para traer vida a aquella particular calle. No me importa. ¿A quién mierda quiero engañar? Claro que me importa, claro que deseo correr a toda velocidad hacia ella y decirle que acepto cada una de sus condiciones, pero elijo no hacerlo. Elijo apostar todo o nada a que va a reaccionar.
─Volviste.
Salto como un condenado niño asustado al escuchar una voz ajena dirigiéndose a mi en la oscuridad del ambiente. Enseguida la reconozco, pero el sacudir exaltado de mi cuerpo igual tuvo lugar. Veo la figura alta y estilizada de Theo. El plateado iluminar de la luna que se cuela por los amplios ventanales, refleja contra el corto vaso que sostiene en su mano. El líquido dentro del mismo es de un profundo color ámbar y destella como si fuera suerte líquida. Suspiro, porque estoy aliviado de no estar sólo, porque sé que por más que voy a tener que aceptar que esa es mi nueva realidad, no quiero comenzar esta noche.
─¿Qué tomas? ─pregunto.
─Cognac.
Sonrío una sonrisa amarga, porque no le dije adiós ni hace media hora y ya la extraño como si mi vida se hubiera escurrido entre mis dedos esperándola. Supongo que es el precio a pagar por ser un condenado hijo de puta demasiado enamorado de alguien prohibido. Theo nota que su respuesta a provocado algo en mí, porque su lengua es succionada contra su paladar y un chasquido suena en el ambiente.
─¿Me vas a hacer preguntar? ─suelta pretendiendo desinterés.
─No preguntes, porque no hay nada para contestar.
Me hace caso y no pregunta y sé que le debo el gesto a la muerte de mi mujer. Tendré que ponerme manos a la obra y organizar un velorio digno de quién ella fue. Tengo que enviar lechuzas, comunicarme con el florista, con el servicio de sepelios y demás. Siento que será demasiado, pero después recuerdo que se lo debo, le debo todo y más.
─Me tienes a mí. ─comenta Theo como si supiera qué estoy pensando. ─La tienes a Pansy y a Daphne. Solo no estás.
─No se trata de la compañía. ─explico. ─Es más bien un sentimiento, un estado mental.
No dice nada al respecto, porque en el fondo sé que me entiende. La madre de Theo murió cuando él tenía cuatro años, su padre siempre un mortífago de baja caña con poco interés por todo, eso incluye su hijo. Al ingresar a Hogwarts encontró una especie de familia en nosotros, en los Slytherin tan repudiados por todos, pero aún dentro de nuestro grupo siempre tuvo la inclinación a resaltar. Hemos llegado a considerar que sea más Ravenclaw que Slytherin, porque el condenado es inteligente como la mierda. Inteligente como Granger. Pero la realidad es que ella tampoco es Ravenclaw, así que son otras las cualidades que acaban sobresaliendo en cada uno.
─¿Quieres contarme qué ocurrió con Granger?
Estoy tentado a decir que no. No quiero explicarle, porque explicarle significa revivirlo y no sé si soy lo suficientemente fuerte como para revivirlo. Tal vez no se trata de fortaleza, sino de valentía y toda mi vida he sido más un cobarde que un corajudo. Tan cobarde que puedo ser calificado de patético. Elijo revelar los eventos de la noche, porque si alguien me va a entender es Theo y tal vez sea el que me diga que acabo de cagar mi felicidad para siempre.
─La dejé. Terminamos.
─Nunca comenzaron.
Quiero protestar y mandarlo a la mierda, decirle que es un hijo de puta por decirme eso en la cara, pero es Theo y nunca se las rebusca para ser honesto y tener tacto. Sus palabras suelen ser un balde de agua fría en una noche helada, pero siempre las he preferido por sobre cualquier otras. Acabo resignándome y asintiendo, admitiendo que tiene completa razón.
─Le di a elegir entre lo nuestro y su marido. Eligió a su marido.
Theo acaba sentándose a mi lado sin decir nada. Se queda serio, mirando el jardín que tan místico luce bajo la plateada luz de la luna. El líquido en el vaso que sostiene con su mano izquierda se siente como una incitadora burla, pero lo ignoro lo más que puedo y pido a Merlín que conteste algo pronto, de lo contrario perderé la cordura.
─Hiciste bien. ─termina sentenciando. ─Tiene que saber que no hay una tercera opción en la que todo sigue como hasta ahora.
Sonrío otra sonrisa amarga, pero asiento, porque es exactamente lo que he intentado hacer. Hacerla reaccionar, espabilarla, hacerle entender que lo nuestro es una de esas historias de las que se escriben odas. Al sentir lo que sentimos nos merecemos el cielo, la tierra, los mares y la gloria. Nos merecemos un condenado éxtasis infinito, aunque debamos compartirlo solos, porque para el resto de la sociedad seremos escorias. ¿A quién mierda le importa? Ser buena gente está sobre valorado y en verdad no tiene ningún beneficio.
Continuamos conversando por el resto de la noche, hasta que la luz plateada de la luna se vuelve anaranjada y los pájaros cantando nos revelan que está por amanecer. Mis músculos están agarrotados, mi cabeza palpita con un incesante dolor, mi visión bordea lo borrosa, pero sé que no hay una sola oportunidad de que consiga pegar un ojo ni aunque lo intente. Elijo enviarle una invitación a Daphne, para que venga a la mansión y juntos organizar la despedida de Astoria. Entierro suena demasiado desagradable.
PERFIDIA
El salón de baile de la mansión está atestado de gente. Es amplio y luminoso y su último verdadero gran uso fue cuando Astoria planeó la bella velada en la que acabé comenzando un tórrido romance prohibido con Hermione Granger. Esta vez la decoración es diferente, no hay tantas luces y no suenan las pistas más movidas del mundo mágico a través de encantados amplificadores, esta vez hay una orquesta que evoca serias melodías y nadie ríe ni baila, sino que lloran y susurran; la decoración en tonos neutros fue elegida por Daphne, al igual que las blancas flores que envuelven el evento. En el centro del gran salón está mi mujer, descansando en un mullido colchón de seda negra y envuelta por la más fina madera. Sé que su cuerpo está protegido por un elegante vestido de terciopelo azul, el cual combina con el imponente collar de aguamarinas que cuelgan de su pálido cuello.
─¿Qué ocurre? ─susurro.
A mi lado se acaba de ubicar Daphne. Su esbelta silueta envuelta en negro, con un grueso tul protegiéndole el rostro. No tengo que verlo para saber que algo acaba de ocurrir. Está todo en su mano derecha, la cual ya no lleva puesto un guante negro, como todavía lo hace el izquierdo. Sé que el bruto de su marido anda en algún lugar de la mansión y elijo no hacer una escena en pleno funeral de mi mujer, pero apuesto toda mi fortuna a que él es el principal culpable de la pérdida del guante.
─Nada.
─Daphne, escúchame bien lo que te voy a decir ─comienzo. ─esta casa es tú casa. Entras y sales a gusto y antojo, la usas cuando desees por el tiempo que desees.
─Draco…
─¡Por amor a Salazar! ─exclamo en medio de un susurro. ─Déjalo, deja a ese hijo de puta que te vive usando de muñeca de trapo.
─Es fácil decirlo. ─suena tanto a Astoria que por un instante creo que estoy hablando con ella. ─Tú eres hombre y tú eres rico. Tú seguirás con tu vida como si nada, nadie te juzgará, nadie susurrará a tus espaldas. Tú tendrás una segunda oportunidad, yo no tendré hombre que se interese en contraer matrimonio con una divorciada. Eso no existe en nuestro círculo.
─¿Es por el oro? ─pregunto. ─Ùsalo, Daphne. Cualquier bóveda a mi nombre en Gringotts estará a tu disposición.
─No quiero tu caridad.
─Y yo no quiero perder a mi mujer y perder a mi cuñada también. ─protesto. ─Ese hijo de puta te va a terminar matando si no lo dejas ─insisto. ─Y si hay un momento para dejarlo es éste, cuando tu hermana murió sin haber podido vivir la vida.
La abandona un sollozo y me siento bien por haberla hecho llorar. No porque sea un hijo de puta, por más que en verdad lo soy, sino porque es señal de que mis palabras han entrado en su dura cabeza. No es Astoria y de los Slytherin nunca fue mi amiga más cercana, pero es cierto lo que le he dicho. Todo lo que tengo está a su disposición, en parte porque se lo debo a Astoria y en parte porque lo haría por cualquiera de aquellos que temblaron a mi lado en las mazmorras cuando éramos demasiado pequeños para saber en qué nos estábamos metiendo.
─Malfoy.
Una voz nos interrumpe y no tengo que elevar la vista para saber de quién se trata. Conozco esa voz más de lo que me gustaría admitir. Irónico, es justamente la voz que jamás tembló por las razones que yo supe hacerlo. Es la voz perteneciente al antagonista de mi historia, a mi némesis, a quien siempre quise imitar y nunca logré: Potter.
Está igual que siempre con su cabello negro revuelto y aquellos estúpidos lentes redondos que uno pensaría que ya le han informado que le quedan como una patada directamente en los huevos. Su cicatriz está a la vista y no estoy seguro de haberla visto con tanto detalle alguna vez. Elijo no decirle nada, no responderle, no saludarlo, sino simplemente mirarlo y hacerle saber que tiene mi atención.
─Lamento mucho lo que le ha ocurrido a Astoria.
─Yo también.
─Se la extrañará ─susurra.
Vuelvo a no decirle nada. No pienso agradecerle por venir, ni decirle que Astoria le tenía mucho aprecio como al resto de la gente, porque en verdad no soporto a Potter. Desearía que no estuviera aquí, desearía que nunca hubiera entrado en mi vida, ni él ni el desagradable de su amigo. Pero la vida se trata de aceptar que no podemos doblar el destino a gusto y antojo y que más de una vez acabamos molidos a golpes y tirados en el suelo.
─Ron no ha podido venir. ─comienza. ─Sin embargo me ha pedido que te alcance ésto.
En sus manos descansa una pequeña bolsa marrón en las que comúnmente se transportan monedas. Es oro y tardo un momento en saber a qué corresponde. Enseguida lo recuerdo y sé que es uno de los pagos por el dije que le compró a su mujer. El dije que usa pensando que su marido la conoce, cuando en verdad no tiene ni noción de quién es la bruja más brillante de su edad. Acabo negando, no, no lo quiero. No quiero recibir el oro, quiero que el dije siga siendo mi regalo para Hermione. Quiero que algo quede entre ambos que se corresponda a aquel tiempo en el que no podíamos respirar por mucho tiempo, sin el otro.
─No lo quiero, Potter.
─Malfoy, Ron no va a permitir que seas tú el que le regale eso a Hermione.
¡Lo sé! Quiero gritar con ira y me da asco lo que estoy por hacer, pero uso a mi mujer como la perfecta excusa. Mi mujer fue la perfecta excusa para tantas cosas, que en el fondo me pregunto si no las supo siempre y en verdad murió de toda la mierda que estaba guardando dentro. Si supo que su marido era en verdad una lacra y eligió mirar a otro lado para no lidiar con ello.
─Mi mujer está muerta a unos metros nuestro, discúlpame si no puedo pensar en un par de mugrosos galleons.
San Potter asiente, porque vale tirar un poco de la cuerda de su humanidad que se dobla a gusto y antojo. Puedo sentir cientos de palabras picarme la punta de la lengua, rogándome que las deje salir, rogándome que me ayuden a destruir su mundo en un millón de pedazos y así tal vez se sienta como me siento yo. Opto por darle paso a la curiosidad, la cual envuelvo en un manto de desinterés.
─¿A qué se debe la ausencia de Weasley? ─pregunto. ─Después de todo parecía cercano con Astoria.
─Está en el ministerio, acabando todo el trabajo que tiene pendiente porque se muda a Norteamérica.
La respiración se atora en mi garganta. Son decenas tras decenas de preguntas que luchan a muerte entre sí, por ser las que logren colarse por entre mis dientes. Procuro cerrarlos con tanta fuerza que me pregunto si no se acabarán rompiendo. Weasley se va, Weasley deja el Reino Unido para irse al otro lado del océano. Pienso en ella y como sería la persona más feliz del mundo si la razón por la que su marido se va es porque ella le confesó que me elije a mí.
─¿Nuestro país se ha vuelto demasiado caro?
─Hermione aceptó un puesto en MACUSA.
Cada esperanza, cada deseo, cada puta gota de felicidad me deja el cuerpo en cuestión de segundos. Imagino que es posible que tenga mil reacciones, desde llanto hasta la más violenta ira. Acabo entumecido, de los pies a la cabeza no siento nada. No puedo sentir, porque si siento estaré tan roto que ya no tendrá sentido intentar pegar los pedazos.
─No sé cómo sobrevivirá el mundo mágico sin la sabelotodo.
Esas son las únicas putas palabras que logro producir, antes de elegir retirarme. Me alejo de Potter, de la mayoría de los invitados y me concentro en las copas de fuerte alcohol que descansan en la larga mesa de aperitivos. Una copa. Dos copas. Tres copas y por fin siento la energía estática interceptar los pensamientos que habitan en mi mente. Pansy lo nota, porque sus ojos negros se fijan en mí y toda su postura me dice que va a avanzar en mi dirección. Niego, le aviso que se mantenga alejada porque esta crisis de mierda la voy a pasar solo.
─Draco.
Es Theo que aparece a mi lado. Su mano se apoya sobre mi hombro y se la saco con tanta bronca que tiro varios canapés de cangrejo al suelo. Que va, si no está el engendro de Weasley para bajarlos que acaben en la basura. Lo que ocurre con Theodore Nott es que me conoce y en consecuencia parece entenderme, así que vuelve a apoyar su mano sobre mi hombro y se inclina a susurrar en mi oído algo que sólo nosotros podemos saber.
─Está en el estudio que era de tu madre.
No tengo que preguntar quién y esta vez saco la mano de Theo para avanzar hasta aquella habitación donde todo comenzó. En mi mano llevo la copa número cuatro y la termino de tomar para cuando arribo a la puerta. Está entornada y elijo escurrirme por la pequeña hendidura antes de cerrarla por completo detrás mío. Una vez que termino volteo y siento que pierdo el aliento al verla allí.
Sus ojos están rosados, irritados y soportados por dos gruesas medialunas oscuras. La piel de su nariz está agrietada, aún a la distancia puedo ver los pequeños hilos de piel suelta. Su cabello está recogido y su ropa es tan casual que por un momento me cuestiono cómo pudo ser que nadie la haya visto entrar. No me importa nada, excepto que está aquí.
─Me avisó Theo. ─comienzo como un idiota asustado.
Ella asiente y no dice nada. Todo me dice que está tan rota como yo, pero su postura es firme y desafiante. Siempre fue fuerte, siempre ha sido la más fuerte de los dos. Creo que vale decir que es también la más orgullosa de los dos, por más que siempre sospeché que no era posible ser más orgulloso que yo. No la juzgo por estar así, por más que debo admitir que en el fondo creo que es su propia culpa. Ella eligió este camino, ella lo eligió a él.
─Tengo novedades.
─Te vas. ─interrumpo ─Te vas a trabajar para MACUSA.
─Están interesados en un verdadero movimiento revolucionario que incluya los derechos de las criaturas mágicas.
─¡Me importa una mierda! ─exclamo, interrumpiendo nuevamente.
No voy a pretender que me interesa las supuestas razones por las cuales se va. Se va porque está asustada, está tan asustada como yo, pero la diferencia es que a ella aún le quedan cosas por perder. A mi me queda sólo por ganar, pero parece ser que voy a salir perdedor de todos modos. La odio. Eso pienso por un instante. Pienso que la odio por no elegirme, por hacerme sufrir de la manera en que lo ha hecho, pero sé que es pura mentira. No la odio, jamás podría odiarla. La realidad es que la amo demasiado y es por eso que estoy sufriendo.
─¡Tú me hiciste elegir! ─esta vez es ella la que exclama, pero a diferencia mía, lo hace rompiendo en llanto. ─¡Tú elegiste dejarme y dejar todo lo que teníamos!
─Yo elegí darte la oportunidad de ser feliz y tú elegiste la opción contraria.
─Lo hiciste cuando ya no tenías a nadie a quien darle explicaciones ─contraataca. ─Porque mientras Astoria estaba viva, cuando no estabas empapado en sudor conmigo, estabas besando el suelo por el que caminaba.
─No lo niego. ─acepto. ─No niego que soy un puto cobarde y que tuve que perder a mi mujer para animarme a perseguir lo que quiero.
─Entonces no me juzgues.
Asiento. Me quedo allí parado, viéndola llorar y sintiendo que me estoy muriendo por dentro. Medito por un instante arrodillarme frente a ella y pedirle que no me deje. Medito echarme hacia atrás y decirle que acepto seguir con el trato que teníamos antes, pero en cambio sólo asiento. ¿Qué sentido tiene recordarle que la amo? ¿Qué sentido tiene recordarle como se siente cuando estamos juntos? ¿Qué sentido tiene mencionarle que no es feliz con su marido? Ningún sentido tiene, porque tiene las tres cosas tatuadas a fuego sobre la piel.
─Te deseo lo mejor ─digo. ─De todo corazón te deseo la más absoluta de las felicidades, Hermione.
─Te odio. ─supongo que ella sí es capaz de decir esas palabras. ─Te odio por haberme hecho elegir. ─elabora. ─Te odio porque siempre supiste que no te podía elegir a ti y aún así hiciste la pregunta.
─No digas nunca, mi amor ─la corrijo. ─Siempre estaré esperando, en caso de que algún día decidas cambiar de opinión. ─sonrío. ─Incluso si tengo noventa años y diez nietos. Si eliges aparecer en la puerta de esta mansión para decirme que ya no lo eliges a él, sino que me eliges a mí, dejo mi vida y paso lo que me quede de tiempo a tu lado.
