N/A: ¡Buenas!
Lo prometido es deuda, acá vengo con un nuevo capítulo de Perfidia.
Oficialmente quedan cuatro para el final de la historia.
Quiero disculparme por la tardanza, por su puesto, y también quiero decirles que espero que sigan por acá, esperando leer esta historia. Les agradezco el infinito apoyo, de corazón lo digo.
Este capítulo va dedicado a todos los que siguen diciendo presente, en especial a Lunis que este cap es medio un regalo de cumpleaños.
Ahora si, sin más que decir, les dejo un beso enorme,
Albertina
PERFIDIA
CAPITULO 16
El viento helado, quema.
¿Es una paradoja, verdad? El viento está helado, tan completamente frío que en mi piel se siente como una braza ardiente trazando finos tajos. Está en todos lados, en mi rostro, en mis manos y en mi cuello. La solución es un abrigo, lo sé, pero lo cierto es que llegué aquí sin un plan previo, sin estar completamente seguro de estar caminando fuera de mi mansión y en dirección al jardín trasero.
La planicie helada luce majestuosa con los delicados vivos de colores que esbozan las cientos de flores cuidadosamente ubicadas. Un hechizo las mantiene vivas todo el año, un hechizo que coloca el jardinero que solía ser de mi madre y que sé que sigue viniendo, pero no recuerdo haber visto en meses. Entre los ejemplares más maravillosos están alineados una decena de rosales de rosas blancas, los cuales lucen en armonía con la gruesa capa de nieve que cubre la grava. Allí, delante de ellos, justo en el centro, nace de la tierra una gruesa lápida de mármol; en delicadas letras doradas está grabado el nombre de mi mujer. Pensé enterrarla en mil lugares distintos, pensé dejarla descansar en un amplio mausoleo e incluso pensé en cremarla y esparcirla en el viento para que sea libre. No pude tomar ninguna otra decisión más que ubicarla donde está ahora, cerca mío, en nuestra propiedad, frente a las flores que más amaba.
─Te extraño. ─susurro.
Mis dientes están chocando los unos contra los otros, mis brazos, sin embargo, caen muertos a mi lado. No estoy haciendo ningún esfuerzo en cubrirme. No me sale, ya no tengo el instinto de supervivencia que tenía cuando era más joven. A veces siento que todo en mí aspira a irme de este mundo cuanto antes. De a poco pareciera que me quedo con menos motivos para ser feliz. Elijo dejar ese pensamiento de lado, porque si algo me enseñó Astoria es a intentar ser menos egoísta. Hay gente que me necesita, gente a la cual les debo mucho más que mi ayuda.
─Ya no estoy tan enojado contigo ─vuelvo a hablar. ─Estoy empezando a entender que no elegiste irte, sino que no tuviste otra opción.
La respuesta está en el soplar del viento. Cada aullido del mismo es un recuerdo de cuan sólo me encuentro. Miro la lápida con detenimiento una vez más, procurando no soltar un sollozo como un maldito niño llorón. Quiero hacerlo, quiero quebrarme como siempre lo hago, pero lucho por manteneme fuerte, por probar esta otra faceta mía en la cual crezco. Parte de crecer es animarse a enfrentar las cosas, a lidiar con las consecuencias de lo hecho. Yo no voy a recibir consecuencias, pero por primera vez me animo a hablar. A hablarle a ella, a Astoria, al pedazo de maldita piedra en lo que se ha vuelto mi mujer.
─Creo que estoy enojado conmigo más que con nadie ahora. ─continúo. ─No tuve la oportunidad de decirte en la cara que te he engañado.
No susurro, no desvío la mirada y no dejo que se me quiebre la voz. Me mantengo firme, observando la lápida de mi mujer como si se lo estuviera diciendo a la cara.
─No sé por qué empezó, esa es la parte que no te puedo explicar. Era la persona más feliz del mundo contigo, pero un día elegí cagarme en ello y mandar todo a la mierda. El día en el cual más feliz y más radiante te recuerdo.
Fue en la gala que organizó Astoria. Fue la noche en que todo debía ir perfecto con nuestros invitados. Nunca esperó que todo fuera mal con quien compartía el mismo techo todos los días de su vida.
─A veces creo que fue el morbo, el tener a todo lo que siempre tuve que despreciar frente a mis ojos, esperando que haga con ella lo que desee. Pero después Tori, después es donde te puedo decir con perfecto detalle porque te engañé. ─un nudo aparece en mi garganta, pero trago con fuerza para disiparlo. ─Me enamoré, ¿sabes?. No sé como ocurrió, no sé por qué ocurrió tampoco, pero lo hice. Me enamoré de otra mujer que no eras tú y como te casaste con un maldito cobarde, lo tienes confesándotelo frente a un puto pedazo de piedra.
Cierro los ojos, por fin me rindo y en vez de seguir en lo que estoy doy media vuelta y me dirijo nuevamente a la mansión. Intento convencerme de que no sé el motivo por el cual me agarró la imperante necesidad de salir a hablar con mi mujer, pero sí lo sé: porque la extraño. No, no extraño a mi mujer, extraño a ella, a Hermione Granger. A Astoria la extraño, por supuesto que lo hago, la mansión se siente vacía y enorme sin ella. Extraño su cálida voz, el repiqueteo de sus zapatos altos contra el suelo de piedra, extraño su aroma y la calidez de su cuerpo junto al mío en la cama. La extraño. En verdad lo hago. Pero a ella, a Hermione, no la extraño, esto no es simplemente extrañar. No sé ni como ponerlo en palabras, pero hay instantes en los que siento que me voy a morir sin ella. La he extrañado antes, las veces que nos hicimos los radicales y terminamos todo, pero esta vez es distinto, porque esta vez ella eligió irse de mi vida para siempre y ahí donde reside el dolor, en el para siempre; en el nunca más.
Entro a la mansión por la doble puerta de vidrio que da a la sala de estar principal. Los muebles oscuros y la poca luz brindan al ambiente un aura de tristeza y soledad. Sé que no voy a aguantar allí así que en cambio avanzo por el pasillo al estudio que solía ser de mi madre. En esa habitación estuve con ella por primera vez, en esa habitación me cambió la vida. ¿Para bien o para mal? No lo sé, sólo sé que me cambió. Ahora es mi estudio, moví mis cosas allí y trabajo más desde mi hogar que en la oficina. No soporto ir a la oficina.
La chimenea está encendida y el ambiente es cálido. La luz de la antigua lampara que descansa sobre mi viejo escritorio de madera, está encendida. Avanzo hacia la amplia silla de cuero en la cual me ubico horas y horas a trabajar, pero me detengo a servirme una copa de cognac. Es a penas el fondo de la misma lo que adorno con un oscuro tono ámbar y procuro saborearlo en vez de hacerlo descender por mi garganta de un saque.
Evito pensar en que la extraño, evito pensar que todo comenzó con una copa de cognac y en cambio me dispongo a lidiar con la adquisición de una vieja compañía de tinta para libros. Está en el mercado a un precio absurdo y si bien mi proyección de mercado me dice que no me hará significativamente más rico, he decidido ponerme en marcha para adquirirla. Malfoy Enterprises tiene acciones en varias editoriales y el hacer negocio con ellas sin duda que será un beneficio para mi economía.
No estoy seguro cuanto tiempo me quedo concentrado en ello, hasta que siento la puerta de mi despacho abrirse. No se molestaron en llamar y hay pocas personas que tienen semejante tupé. Frente a mí está un desgarbado Theodore Nott. Camisa blanca fuera de un desaliñado pantalón de vestir verde. Su cabello está revuelto y sus ojos están delineados por una fina aureola rosácea. Da tanto la sensación de que estuvo llorando, como de que estuvo bebiendo. Tal vez ambas a la vez. Es sólo cuando Theo mueve su cuerpo hacia delante que veo los baúles de madera apilados detrás suyo en el pasillo.
─¿Qué ocurre? ─pregunto manteniendo un tono calmo.
─Otra vez, ya sabes… ─responde rápidamente.
Años atrás, poco tiempo después de terminar Hogwarts y de haber peleado en la batalla, Theo se encontró en un camino de malas decisiones. Algunas le costaron más que otras, pero la que más le costó fue recordar como era la vida sin beber demasiado. Esta clase alta en la que vivimos inevitablemente te empuja a beber para superar el día a día. Lo de Theo, sin embargo, había tomado vida propia y él ya no estaba en control de cuanto consumía.
─Ya lo superaste una vez ─comienzo. ─Lo harás de nuevo.
El asiente con la cabeza, antes de limpiarse la garganta con una suave e incomoda tos. No tiene de que mierda preocuparse, no soy digno de juzgar a nadie y si algo me queda en esta vida es él y Pansy. Que no dude ni un segundo que voy a poner lo que sea que me quede para dar en ayudarlo.
─Tus cosas son-
─Me mudo contigo, Draco. Es como si fuera un puto puberto que vuelve a casa de mamá y papá, lo cual haría, si tuviera a alguno de los dos vivos. ─inhalo lentamente. ─Pero no es el caso y si bien eres una mierda y me he encontrado odiándote millones de veces en esta vida, eres mi hermano y necesito que me ayudes a salir de esta miseria una vez más.
No me enojo porque lo que está diciendo es completamente verídico y porque tras ese comentario de "eres una mierda" está implícito que él también lo es. Ambos lo somos y tal vez por eso es que somos amigos. Tal vez es porque ambos estamos solos, porque ambos tuvimos una crianza de mierda o porque ambos tenemos una gran tendencia a llenarnos de barro hasta la frente como buenos idiotas.
─Mañana arrancamos, Theo. ─determino. ─Déjame por escrito a quien le debes oro que yo me encargo.
─Puta madre, me siento un niño llorándole a papá.
─Deja toda esa mierda que somos todos pecadores. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
─¿Qué mierda es eso? ─pregunta con una expresión confundida mientras toma asiento frente a mí.
─Religión. Ni preguntes, pero los muggles tienen una maldita fascinación con ello.
─Aquí tuvimos una maldita fascinación con un tipo de ojos rojos y sin nariz, la verdad no tenemos derecho a juzgar.
Su comentario está empapado de decepción. Decepción a él mismo seguramente. Nadie disfruta caer vez tras vez, pero la verdad es que pocos consiguen no hacerlo. La mayoría tropezamos tantas veces que las rodillas rara vez sanan.
─Hoy fui a la tumba de Tori ─comento al pasar, escondiendo el vaso de cognac en uno de los cajones del escritorio.
─¿A?
─No lo sé, a pedirle perdón supongo, a confesarle lo que estuve haciendo a sus espaldas el último año de su vida.
Theo no contesta. Theo se queda allí sentado, mirando la pared detrás mío y pensando. Una parte mía tiene curiosidad por saber en qué está pensando, pero otra parte mía, la sensata, sabe que no es de mi maldita incumbencia. Me lo que mirando fijo, observando sus ojos hundidos, su cabello revuelto, los labios definidos y los pómulos aristocráticos. Si no fuera porque su cabello es oscuro seríamos hermanos enserio. Tenemos tanto en común que a veces se siente como si fuéramos la misma persona, pero luego vivimos la vida y tomamos decisiones que tienden a ser sorpresivamente opuestas.
─No te quiero cagar la vida, Draco ─suelta, cortando el silencio. ─Vas a tener que aprender a vivir sin Granger.
─Lo sé ─respondo de mala gana.
─No sé si hago bien en decir lo siguiente…
─Dilo.
Me atengo ante cualquier palabra que pueda nacer de los labios de Theo ahora. Estoy pretendiendo ser valiente, estoy pretendiendo estar dispuesto a escuchar cualquier cosa y ser capaz de enfrentarlo. No es así, estoy atado con alambres por donde se me miré, un movimiento en falso y caigo como una estructura de naipes en un día de viento.
─Granger, su despacho… viene más seguido de lo que crees.
─¿Cómo lo sabes? ─pregunto.
Tengo que estar seguro que lo que Theo esté por decir ser correcto, sea verídico. No puedo enfrentar la noción de saber que ella está en el mismo país que yo de manera relativamente cotidiana, para luego recibir la corrección de que no sólo no viene, sino que no planea venir más. Es estúpido de todas las maneras que un razonamiento puede serlo, venga o no venga ella ya se ha ido de mi vida. Aún así, aún siendo consciente de lo nefasto de mi pensar, que ella venga hace una diferencia infinita en mi vida.
─Marcel pidió hacer uso de ese piso en el ministerio y le respondieron que aún corresponde a la división de Granger y que está en uso.
─Tal vez lo está usando alguien más ─discuto.
─¿Quién mierda en su sano juicio iría a meterse en ese poso de mugre y humedad para lidiar con expedientes de putos elfos domésticos, Draco? ─pregunta Theo con bastante lógica. ─Es ella, ella está usando el despacho todavía.
Y si así fuera… ¿En qué me influye? Ya está. Lo nuestro ya ha concluido. Algo que nunca debió empezar y que nunca debió terminar ha hecho las dos cosas. Ella iba a ser todo lo que es sencillo, lo que es libre y poco complicado. Iba a ser la aventura, lo descontracturado, la maldita prohibición vestida de deseo. Ella iba a ser todo lo que no debía tener, pero todo lo que iba a consumir como una puta droga. Y en parte lo fue, se convirtió en mi adicción, se convirtió en el exceso de lo prohibido, pero luego se convirtió en mi vida y luego la destrozó cuando se me fue. Sí, a la mierda con pensarlo de otra manera, se me fue. Ella me ama a mí, me elige a mí, no a su marido, pero me elige sólo en secreto; cuando la habitación está oscura y los pasillos desiertos. Así me elige, en la impunidad de lo prohibido, y es por eso que se me fue.
─Lo eligió a Weasley.
─Lo sé ─responde. ─Sólo te lo dije por si tienes algo que decirle. Unas últimas palabras.
─Ya le dije que la iba a esperar hasta el día en que me muera. Que entre por la puerta cuando desee porque la estaré esperando.
─Granger… ¿Quién lo hubiera dicho?
Me encuentro sonriendo. Es una sonrisa un tanto amarga y un tanto melancólica, pero encuentro el humor en las palabras de Theo. El se queda ahí conmigo un rato. Yo sigo trabajando y él se queda en silencio, con los ojos cerrados, saboreando la calma antes de la tormenta. Sabe que al día siguiente comienza la parte difícil. Dejar un vicio es de los actos de voluntad más arduos de sobrepasar. Es el logro de atravesar un camino con los obstáculos más demoledores que se nos puedan presentar.
─Iré a instalarme y luego tomaré una ducha ─anuncia Theo luego de un buen rato.
Asiento porque no encuentro nada más para decirle. Parte de mis pensamientos están en el negocio con el que estoy lidiando y otra parte está en lo que me acabo de enterar, en el saber que vuelve todo el tiempo. En el saber que puedo hablarle una vez más, que puedo decir mis verdaderas últimas palabras antes de verla desaparecer.
Mi mente me lleva a Theo, quien me necesita, necesita que esté ahí para él. Otra parte de mi mente se va a Daphne, quién sigue encerrada en un matrimonio nocivo y quien no parece estar dispuesta a escapar del mismo. Ella también me va a necesitar porque un incidente más y no me importa lo que tenga para decir, la encerraré en los putos calabozos del sótano si hace falta, pero con ese hijo de puta no vive un segundo más. Está Pansy también, quien es Pansy y siempre necesita algo. Todos ellos cuentan conmigo y si Hermione se fue, es momento de dejarla detrás.
Cierro los ojos, me permito un minuto para mí en el cual cierro los ojos con fuerza y la veo. Está conmigo en la casa de sus padres, estamos abrazados, estamos haciendo el amor, nos estamos besando como si fuéramos una pareja enamorada de tantos años que ya olvidamos como era la vida antes de conocernos. La recuerdo riendo, hermosa, enojada, la recuerdo incluso dolida y llorando. La recuerdo de tantas maneras como logré conocerla. La recuerdo con los labios rojos y la ropa ajustada, la recuerdo en tonos pasteles y hasta cuando su rostro no posee una gota de maquillaje. La recuerdo con el collar que en teoría le regaló su marido, acariciándole el cuello. Pero no se lo regaló su marido y nunca lo hará, porque nunca aceptaré ese inmundo oro.
Muevo mis ojos al pergamino en blanco que descansa sobre mi escritorio junto con el resto de los papeles de la adquisición. No lo pienso y tomo la pluma que comúnmente está sumergida en el tintero y elijo escribir.
Querida Herm- Mi amor,
¿Cómo empezar esta carta? No sé como comenzarla porque no estoy seguro que quiero decirte. ¿Ya nos dijimos todo, verdad? Te amo, no me dejes, nada tiene que cambiar. Todo, nos dijimos todo. No, ahora que lo pienso no, no nos dijimos me la juego. Me la juego por ti, me la juego por mi, me la juego por nosotros. Ninguno de los dos lo hizo. Tantos hechizos sabidos por ambos y ninguno de los dos logró decir las palabras mágicas.
Sigo sin saber para que te escribo, lo que sé es que no lo hago para rogarte que cambies de opinión. Ya entendí, lo eliges a él, eliges tu vida actual y no la que puedas tener conmigo. No es un reproche, lo prometo, en verdad lo entiendo. Tú debes entender, sin embargo, que algunas cosas no cambian, mi amor. Todavía soy infantil y petulante y hasta un tanto rencoroso. No sigas leyendo si no quieres lidiar con esas cualidades no tan positivas mías, pero aquí te va: el collar ese tan hermoso que llevas en tu cuello no lo compró tu marido, lo compré yo. Se supone que él me lo pague en cuotas, pero Merlín sabe que jamás voy a aceptar ese oro. Ese gato que cuelga de tu cuello es el pequeño pedazo de mí que siempre estará contigo. Tal vez lo veas en muchos años y recuerdes todo lo que vivimos. Tal vez lo veas en unos años y te acuerdes de mí. Si llegas a hacerlo, no dudes ni por un segundo mi amor, que estaré haciendo lo mismo.
Eso es todo, supongo. Eso era lo que quería decir. Eso y que te amo. Eso y que mis últimas palabras para contigo las siento tanto como las sentí como cuando te las dije: cuando decidas elegirme ven a buscarme porque dejo la vida que sea que tenga, por pasar lo que me queda de tiempo contigo.
Que tengas una hermosa vida, Hermione.
Cuidate,
D.M.
P.d. Respondeme una vez mas: ¿Por qué no te casaste conmigo?
Doblo el pergamino a la mitad, dejando las palabras que acabo de escribirle allí dentro, refugiadas, como si fueran a desaparecer si no lo hago. También las recubro porque no quiero releer lo que allí le puse, no quiero tener la oportunidad de cambiar de idea. En cambio me pongo de pie y salgo fuera de mi despacho y en dirección a la sala de estar. Jamás fui libre de hacer lo que voy a hacer, porque mi mujer estaba en esa casa y no podía saber que me iba a los recónditos lugares del ministerio a encontrarme con mi amante.
Tomo un puñado de polvo flu y anuncio su piso del ministerio. Las llamas verdes me envuelven y en instantes estoy allí una vez más. El olor a humedad me quema las fosas nasales, la oscuridad está viva, absorbiéndome como si fuera capaz de hacerme desaparecer de allí. No necesito ver para llegar a su despacho y en decididos avances lo hago. Inhalo hondo antes de abrir la puerta, porque no sé si estoy listo para encontrarme con ella. No sé que hacer si la veo, no sé como reaccionar.
Inhalo. Una vez. Dos veces. Tres veces. Empujo.
No está allí dentro. La habitación está a oscuras. Tomo mi varita y hago un sencillo hechizo lumos, revelando que todo sigue como estaba cuando ella trabajaba allí todos los días. No lo pienso demasiado y deposito el pedazo de pergamino sobre su escritorio. Doy media vuelta y estoy fuera de allí antes de decidir si dejar eso allí para que lo encuentre cualquiera fue una buena idea.
Vuelvo tan rápido como mis piernas me lo permiten y una vez en la mansión intento quitármela de mis pensamiento sumergiendo mi cuerpo en un cálido baño de inmersión. Cada vez que el agua se enfría vuelvo a calentarla con un sencillo hechizo, es recién cuando mi piel está deformándose que me dispongo a ponerme de pie. Envuelvo mi cintura en una mullida toalla blanca y avanzo hasta mi dormitorio una vez más.
No sé cuantos segundos transcurren pero eventualmente la veo. En la ventana está posada una delicada lechuza color caramelo. Sus expresión es molesta, como si hiciera tiempo que está esperando que me disponga a tomar el pequeño pedazo de pergamino atado a su pata. Lo hago, desato el fino hilo antes de acariciar suavemente al ave y cerrar la ventana una vez más, bloqueando el frío polar que entra con la brisa nocturna. Mis ojos recorren la breve respuesta varias veces antes de entender completamente de quién es y qué es lo que me está diciendo. Cuando por fin lo hago me encuentro sonriendo suavemente, a la vez que escucho, y acepto, esa despedida final.
porque el Tiempo Es unA mierda y taMbien lo sOmos nosotros.
